Queridos lectores,
¡Hemos regresado con una nueva entrega! Espero la disfruten. Recuerden que esta historia va en paralelo a la trama de Cristy1994, "Encrucijada de Sangre", para que no olviden pasar por allá.
Por cierto, notamos que no se han pronunciado mucho en cada capítulo, lo cual igual nos desconcierta. Nos gustaría saber sus apreciaciones, así que si pueden, déjenos un comentario con su opinión, ya que es importante el feedback.
Un abrazo.
Mad.
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4. Paso en falso (parte 2)
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Sentía el fuego crepitar a su costado, acompañado por el silbido de su propia respiración, que iba y venía con una extraña calma para las circunstancias en las que se encontraban. Reprimió sus deseos de taparse con los brazos, pues no quería demostrar perturbación. Eso era darle ventaja a su rival, un ser despiadado y mezquino, que se regocijaba desde la escuela con situaciones incómodas y dolorosas para el resto. Así que apretó los dientes y elevó el mentón con desprecio, sin dejar en ningún momento de observarlo fijamente a los ojos, transformando aquellos segundos de silencio en una improvisada guerra de miradas.
Sin embargo, no era su estado semidesnudo lo que en el fondo de sus entrañas le preocupaba. No. No era eso. Lo que la estaba turbando era la varita que Malfoy le enterraba en el cuello a Theodore, quien más que asustado con la amenaza, parecía extremadamente furioso por verse atrapado de forma tan fácil y estúpida.
Hermione analizó la situación con detalle y le pareció curioso que las manos del rubio inmovilizando a su compañero no parecían demostrar firmeza, aunque la madera se hundía en la carne de su amigo con tanta profundidad que parecía que el Mortífago quería hacerle un orificio en ella.
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Dejó escapar un suspiro de falso tedio y con las manos en las caderas pronunció.
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–No esperaba tener la desgracia de verte tan pronto… ¿Me extrañabas? –esbozó con ironía.
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Ella había movido la primera pieza del tablero.
Ahora tenía que estar atenta a cómo se desarrollaba la partida.
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–Podría decir algo similar, Granger –le respondió él con sorna, siguiéndole el pulso–. Era tan predecible que vendría por pistas, que casi da para pensar que me estás acosando y que Potter es una excusa para verme. Eso sí, lamento informarte que estoy comprometido, así que olvídame impura.
Ella enarcó una ceja incrédula. ¿Era broma? Le costaba creer que ese sujeto fuera a contraer matrimonio, especialmente en los tiempos como los que corrían y particularmente considerando su falta de corazón para demostrar preocupación por cualquier ser vivo que no fuera él mismo. Pero eso poco le importaba la verdad. Fuera o no parte del juego, la vida personal de esa mierda de individuo le era totalmente indiferente.
–Descuida. Sobreviviré a la decepción –replicó.
Lo escuchó soltar una risa breve, aparentemente divertido con el intercambio rebosante de sarcasmo, lo que le indicó que el Mortífago estaba bajando la guardia.
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Bien.
Eso era justamente lo que necesitaba.
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Con la mayor discreción posible, deslizó su mirada hacia la mesa donde había dejado su ropa y su varita, moviendo los dedos suavemente para conjurar un accio, ya imaginando la sucesión de encantamientos y maldiciones que le lanzaría una vez armada. No obstante, poco pudo ocultar su decepción al notar que su varita ya no estaba ahí: había desaparecido.
–¿Estás buscando esto?
Hermione pudo apreciar cómo el Mortífago le indicaba con la nariz la varita que estaba utilizando, portando una sonrisa muy mal disimulada. Ella achicó los ojos para fijar la atención en el objeto y su mandíbula se desencajó unos milímetros al reparar que Draco Malfoy estaba amenazando a Theodore con nada más ni nada menos que su propia varita. ¿En qué momento la había cogido? ¿Cómo no había advertido eso antes? La aparente calma con la que se estaba representando a sí misma se estaba quebrando como una lámina de hielo a pleno sol.
–Hijo de… –masculló rabiosa.
–No, no. Qué bocaza. Mira que mi madre es una santa.
–Para soportarte, sin lugar a dudas que lo es.
La sonrisa de su adversario se amplió y ella se preguntó si realmente él disfrutaba de aquellas discusiones repletas de mordacidad. En la escuela, los insultos eran usuales, especialmente cuando se refería a su origen muggle de manera despectiva y cruel. Sin embargo, en escaso tiempo ya habían tenido dos encuentros, y sus diálogos eran cada vez más sofisticados, al menos, todo lo que podía esperar de alguien de su calaña.
Quizás, como cazador no tenía mucha oportunidad de charlar con sus víctimas, o tal vez, éstas se encontraban demasiado atemorizadas como para poder responderle de igual a igual. Fuera cual fuera el caso, su capacidad de llevarle el ritmo le estaba comprando preciado tiempo hasta encontrar una salida, aunque ésta cada vez se veía más lejana.
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De pronto, sintió su mirada gris inspeccionarla de arriba abajo.
No con lujuria.
No con interés.
Sino con un aire que le era imposible de descifrar en esos momentos.
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–Me sorprende tu falta de vergüenza, Granger –le dijo entonces, en un tono que podría considerarse recriminatorio–, pero lo que más me decepciona es tu descuido. Al entrar no revisaron el lugar para verificar que era seguro, y menos notaron que yo ya me encontraba aquí. Solo comenzaron a desvestirse como un par de críos hormonales, así que decidí intervenir antes de que me brindaran la follada más patética del siglo. La de los amantes viudos. ¿Qué diría tu padre, Theodore? –inquirió, enterrándole aún más la varita–. Te liberó de una lunática para que cayeras de segundón de una sangre sucia.
La sola mención de Luna llevó a Theodore a tratar de zafarse del agarre, pero Malfoy ya estaba preparado para esa eventualidad, después de todo, hasta sus reacciones había planificado. El bastardo había aprendido desde pequeño cuáles botones pulsar para descontrolar a sus adversarios, y para infortunio de Theodore, lo conocía demasiado bien. Así que para el rubio no fue demasiado difícil esquivar el cabezazo que su prisionero trató de encestarle hacia atrás, respondiendo el ataque incrustándole la rodilla al costado del cuerpo, en las costillas, con tanta potencia que era probable que se las hubiera fracturado. Hermione ahogó un grito y Theodore se encogió adolorido, terminando postrado en el suelo gracias a la patada que el Mortífago le dio en la parte posterior de las rodillas.
–Tranquilo, Nott –añadió mofándose, mientras se arreglaba su túnica oscura–. No querrás lastimar a tu jefa platónica. Además, es una descortesía que estés tratando de interrumpir nuestra conversación.
–¿Conversación? –inquirió el aludido, tosiendo un poco de sangre acumulada en los labios–. Yo solo escucho a un cabrón mal parido divagando.
–¿Qué les ha dado a ustedes con mi madre? –soltó Malfoy con cinismo–. En fin, puede ser que esté divagando, pero si tratas de noquearme otra vez, déjame informarte que la ballesta se disparará automáticamente.
–¿La ballesta? –repitió Theodore confundido.
Hermione parpadeó sin entender tampoco, hasta que notó cómo los orbes de Theodore se abrían de par en par, fijos en algo que estaba a sus espaldas. Con precaución volteó cuarenta y cinco grados el cuello para encontrarse por el rabillo del ojo con una ballesta apuntándole, lista para ensartarle una flecha.
"Maldición" resonó en su cabeza mientras tragaba espeso, tratando de no perturbar aún más su semblante, especialmente considerando que reconocía esa arma, pues pertenecía a la Orden. De seguro había quedado abandonada en esa casa, pues no se imaginaba de dónde podría haberla tomado ese engendro de ser humano.
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Un cazador amenazándola con una ballesta.
Era tan poético que hasta podía reconocerle mérito al esfuerzo.
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–No sé –oyó que Malfoy continuaba, dirigiéndose a Theodore con sorna–. Yo que tú no me arriesgaría. No creo que ella sea tan rápida para esquivar la flecha… ¿O lo eres, Granger?
–Pruébame.
Escupió sus palabras con tanta fiereza y soberbia que ambos hombres parecieron sorprendidos. Pues ahí estaba ella, parada, con el mentón bien en alto, sin desviar la mirada a pesar de estar usando solo ropa interior, desafiando a su contrincante sin un gramo de temor y exudando audacia, sin importarle estar desarmada.
El sol que entraba por la ventana, cada vez más brillante, iluminaba su rostro dándole un aura especial que inspiraba respeto, lo que incluso el rubio tuvo que reconocer para sus adentros.
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Y lo hizo.
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–Incarcerous.
Las cuerdas fueron convocadas con una rapidez que no le permitió a Theodore resistirse, enrollándose como hábiles serpientes, rodeando sus extremidades y cuello, lastimándole el cuerpo a su paso debido a la fricción provocada entre el cáñamo y su piel. Lo apretaban lo suficiente como para herirlo y retenerlo, pero no en demasía, sin intención de matarlo. Hermione tuvo la intención de ir a socorrerlo, pero no alcanzó a concretar sus deseos pues escuchó la cuerda de la ballesta tensarse, indicándole que el más mínimo movimiento sería castigado.
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Odió, aún más si era posible, a ese Mortifago.
Y se odió a sí misma, por dejar que todo esto ocurriera.
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Jugando con la varita de Hermione entre los dedos, Draco Malfoy comenzó a avanzar lentamente hacia ella, casi en cámara lenta, dejando atrás a su otra víctima, que rechinaba los dientes para reprimir los gritos que pujaban por salir de su garganta ante la laceración de su venas de Theodore se asomaban cada vez más en su sien, al punto que parecía que iban a estallar.
–Sí te atreves a tocarle tan sólo un cabello… –amenazó, en un hilo de voz, pero con una potencia que no dejaba lugar a dudas que su advertencia no era en vano.
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Sin embargo, Theodore estaba en absoluta desventaja.
Y tendría que esperar para concretar su amenaza.
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–Silencio.
De un movimiento de muñeca del rubio, las cuerdas abarcaron más territorio para cernirse alrededor de su rostro, tapando su boca para impedirle hablar, pero dejándole suficiente espacio como para que pudiera ver.
–No te recordaba tan parlanchín, Theodore –comentó el Mortífago, sin dejar de avanzar hacia su próxima víctima–. Callado te ves mejor.
Hermione lo vio aproximarse y luego rodearla, hasta posarse detrás de ella, bien pegado a su espalda, mientras la ballesta flotaba en sentido inverso, ahora lista para dispararle un flechazo por delante. Ella dejó de respirar de cólera pero decidió mantenerse inmóvil, hasta que él efectuara la siguiente movida en ese retorcido juego que estaban disputando. Para no mostrar reacción, fijó la atención en su amigo, que aún se encontraba sobre sus rodillas, maniatado y amordazado, devolviéndole la mirada ahora con aspecto descontrolado. En todo el tiempo que llevaba conociéndolo, nunca lo había visto así de preocupado y a la vez iracundo. Estaba segura que si las miradas pudieran matar, Malfoy ya estaría varios metros bajo tierra, cercano al infierno, donde pertenecía.
–Tranquilo, Theo. No me tocará porque le repugno –se vio en la necesidad de asegurarle–. Y si fuera a matarnos ya lo habría hecho, ¿no? así que el malnacido solo esta jugando… otra vez.
Escuchó al hombre reír entre dientes, mientras su aliento le pegaba en la nuca como una suave pero mortífera brisa. Su lentitud para obrar la estaba desesperando, pero pronto quedó de una pieza al sentir como el rubio le corría el cabello para apoyar el mentón en su hombro, dejando pegada la mejilla a su cuello. Lo inesperado del contacto le erizó la piel del nerviosismo, sin que pudiera evitarlo o controlarlo. Era segunda vez que la tocaba en menos de veinticuatro horas y Hermione solo podía pensar: ¿Qué mierda le pasaba a ese imbécil?
–Mira que lista me saliste –le dijo él en un susurro grave –. Aunque si hubieras sido más lista hace un rato, no estarías en paños menores e indefensa.
–Todos tropezamos alguna vez –se defendió ella de inmediato, apretando las manos en puños.
–Yo no.
–Eso está por verse.
Lo sintió negar con la cabeza sin dejar de apoyarse contra su hombro. De refilón, solo podía distinguir su barbilla pálida, ya que sus cabellos rubios tapaban y escondían la expresión de sus ojos. No podía leer sus intenciones, y para más remate, ahora su respiración le chocaba contra la clavícula, generándose una incomodidad en ella del porte del mismísimo Hogwarts. Hermione tuvo que hacer grandes esfuerzos para no quitarlo de ahí, pues no quería morir con una flecha en el corazón sin antes vengar a Ron y poner a salvo a Harry.
–Míralo –retomó él la palabra, refiriéndose a Theodore, a la vez que posaba su varita en el muslo de la mujer–. Está hirviendo de rabia de sólo pensar que podría estar interesado en esta curva de aquí…
Hermione se petrificó al sentir la varita, su propia varita, sostenida por el Mortífago que tanto detestaba, deslizarse sobre su piel, desde su muslo derecho hasta su cadera, para luego navegar lentamente por el costado de su cintura. Arrugó la nariz inquieta. La punta de la madera estaba tibia. No le quemaba, pero claramente algún hechizo no verbal había efectuado ya que la temperatura no era normal.
–O en esta elevación de acá.
La varita siguió avanzando hacia arriba, cruzando por su estómago, trazando un camino hasta su seno izquierdo, el cual estaba escasamente protegido por el algodón del que estaba hecha su ropa interior.
–O este descenso.
Ahora la madera descendía otra vez desde la cima de su pecho hasta su clavícula, con una lentitud destinada a desarmarla psicológicamente, pero él no lo lograría. No señor. Llevaba tanto tiempo ansiando su objetivo de revancha, que Hermione se enfocó en ella, refugiándose en la ira para mantenerse incólume, pues a pesar de que en rigor él no la estaba tocando, era una invasión de su espacio personal tan malintencionada que se prometió que se la haría pagar con intereses.
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Sin embargo, cuando Malfoy detuvo el movimiento de la varita, ya no estaba tibia.
La punta ardía, dejándole una marca roja con forma de punto.
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– Cuando lo único que me llama la atención de ti, es esto.
El Mortífago se separó de ella y la rodeó para quedar frente a frente, mientras la ballesta volvía a su lugar original. Ahora él apuntaba la parte superior del rostro de su enemiga, efectuando un rectángulo en el aire a la altura de sus ojos castaños. Ella irguió la cabeza aún más en señal de desprecio y creyó ver en los labios de su rival una sonrisa ladeada que no supo cómo interpretar.
–Esa mirada altanera y desafiante, que no se va a pesar de que la estoy apuntando –sentenció él después de un alargado silencio–. Que no recula porque ya no tiene nada que perder. Eso te hace un animal interesante, Granger, a pesar de tu sangre putrefacta.
–No soy un animal –retrucó al instante ella, echando dagas por los ojos.
–Todos somos animales –aseguró en tono grave–. Incluso yo.
Hermione lo siguió con la vista mientras él se acercaba a la mesa en la que reposaba su ropa ya seca. Por un momento temió que fuera a incendiarla, pero para su sorpresa, él la levitó con un encantamiento y se la arrojó a la cara. Ella atajó sus prendas antes de que se fueran al suelo y lo miró confundida, a lo que él respondió con un ademán, indicándole que se vistiera de una buena vez.
–Si pretendes entregarme a ese reptil que tienes por amo… no iré sin pelear –prometió, mientras se colocaba cada pieza con movimientos secos y aireados.
–No, Granger, ya te dije, no tengo tiempo para ir por la plata cuando me encargaron el oro. Mi objetivo es Potter. Y asumo que el tuyo también.
–Asumes bien.
El rubio suspiró con falsificado dramatismo, peinando hacia atrás sus cabellos con los dedos. No obstante, las hebras doradas volvieron a caer sobre su frente amplia, en un caos que le daba un aspecto algo salvaje y peligroso.
–Para alguien que quebró la Orden para aniquilar al régimen, bien inconsistente saliste, Granger. Tu punto débil siempre serán tus amigos, ya que nunca serás lo suficientemente fría para ganar esta guerra, a menos que te quedes completa y absolutamente sola. Con tus acciones, solo estás dilatando un fin inevitable. ¿Verdad, Theodore?
Se giró en noventa grados para observarlo con sorna, mientras el aludido trataba de desembarazarse de las cuerdas que lo aprisionaban. Su mirada exudaba odio y Hermione estaba segura de que, de no estar restringido, habría matado a su ex compañero de Slytherin a puñetazos.
–Ah, se me olvidaba que hiciste un voto de silencio –añadió con una mueca cargada de maldad–. Me pregunto si podré escuchar tus gritos a través de las cuerdas si las aprieto lo suficiente.
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Él giro su muñeca nuevamente y las amarras de Theodore se estrecharon, impidiéndole respirar.
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–¡Déjalo! –rugió ella, adelantándose para socorrerlo.
Sin embargo, alcanzó a dar solo un paso antes de percibir la punta de la flecha enterrarse en su espalda, no lo suficiente para traspasar muy profundo en su carne, pero si lo necesario para hacerla soltar un hilillo de líquido rojo, que se impregnó en sus ropas recién recuperadas. A pesar del ataque, en realidad Hermione estaba más sorprendida de que no la hubiera arremetido con toda potencia, pero no había tiempo para pensar en ello. Reaccionó rápidamente, se quitó la flecha y se dirigió a su amigo, el cual yacía inconsciente en el piso. Las cuerdas ya no estaban constriñéndolo y descansaban sobre su cuerpo inerte. Destapó su cabeza de las amarras y colocó su índice en el cuello para comprobar su pulso. Por fortuna, él seguía respirando, aunque lo hacía a duras penas. ¿No lo mató a propósito o simplemente falló?
–¿Te das cuenta? –espetó el Mortifago ceñudo, con un aire sombrío–. Acabas de probar mi punto. No eres capaz de ganar. Este sujeto también es tu vulnerabilidad, y al igual que Potter, será tu perdición, aunque no sé si por los mismos motivos…
Ella bufó, repleta de indignación por su insinuación y extrañada por la conversación, sin entender ni una pizca de la conducta cambiante de su contrincante.
–Deja de hablar estupideces Malfoy –farfulló llena de resentimiento, incorporándose para enfrentarlo–. Más te vale que Theodore despierte a salvo, o me encargaré de amputarte ambas manos.
El hombre exhaló y negó con la cabeza, antes de replicar con hastío.
–Te recomiendo que desistas, o sino, seguirás encontrándote conmigo una y otra vez, hasta que me aburra de jugar contigo o me pilles en mal talante y decida asesinarte. A ti y a tu perro faldero.
Ella resopló y se cruzó de brazos.
–Quizás te ahorro la molestia si te elimino primero.
–Soñar es gratis.
–Alardear también.
Malfoy redujo las distancias, esta vez de frente, aún sosteniendo con firmeza la varita entre sus dedos. Tal como él esperaba, ella no retrocedió un centímetro, plantándole sin titubear. Con un rostro inexpresivo, dirigió la varita al costado de la cara de Hermione para correr su cabello ondulado y colocarlo detrás de la oreja, para luego , proceder a acercar sus labios hasta el lugar, susurrándole en tono de advertencia.
–Cazaré a Potter y luego iré por ti. Así que no me estorbes. Aprovecha de respirar unos instantes más hasta que sea tu turno.
–¿Preocupado por mi bienestar? –retrucó ella–. Si vas por Harry, vas por mí, cariño. Así que prepárate, porque para la próxima, no me encontrarás en bragas.
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Ella pensaba que con eso lo descolocaría.
No obstante, fue él quien obtuvo la última palabra.
–Quién sabe… –esbozó desconcertándola, antes de marcharse ante la mirada incrédula de la mujer.
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Continuará…
