Holi.

Primero que todo, disculpen la demora. En verdad lo siento.

Segundo, perdonen si me quedaron reviews sin responder, a veces la vida me pasa por encima. Pero juro que los leo todos y que los agradezco mucho.

Y tercero, espero disfruten este capítulo y no olviden pasar por "Encrucijada de Sangre", que está de pelos.

Abrazos Cósmicos

Mad


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5. Humo y Espejos

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Un pitido agudo comenzó a resonar en sus tímpanos.

No duró mucho, pero si marcó un quiebre entre una escena y otra.

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Malfoy se había marchado llevándose consigo su varita, inexplicablemente dejándolos con vida, pero humillados como nunca lo habían estado en sus respectivas putas existencias.

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Tal vez ese era su plan.

Tal vez ese era su juego.

Un retorcido atrapa y suelta.

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Hermione tardó unos segundos en notar que aún tenía las manos empuñadas de cólera, la cual llegó tan pronto el desconcierto la abandonó. Trató de tranquilizar su cuerpo que temblaba al son de la ira y se puso de rodillas para retirar las amarras de la piel de Theodore, la cual estaba lacerada gracias al roce de las cuerdas. Una vez que logró liberarlo, gateó hasta la mesa ratona donde había dejado sus prendas y se colocó solo la blusa, agarrando entre sus dedos la ropa de Theodore y tomando prestada temporalmente su varita.

Gruñó. Era peligroso permanecer en ese lugar una vez detectados por un cazador como Malfoy, pero no había cómo moverse de ahí en el estado en que se encontraba su compañero. Así que, al compás de la varita, comenzó a recitar como mantras cada hechizo protector que su cerebro recordó, de manera de pasar la tarde ahí y quizás, también la noche.

Al terminar, levitó el cuerpo de Theodore para subirlo al segundo piso, rogando que hubiese una cama abandonada donde poder dejarlo, pero tuvo que conformarse con un colchón viejo que estaba en una esquina. Suspirando y con cuidado, dejó ahí a Theodore sobre su espalda y se dirigió a rastrear en los botiquines de madera a ver si encontraba algunos implementos para curarlo, pero éstos nada guardaban. Afortunadamente, recordaba que Hannah solía esconder ungüentos en todas las guaridas en caso de urgencia, y no se equivocó. Golpeando las cerámicas del baño logró dar con un sonido hueco, y en ese sitio, la gloria.

No solo había ungüentos de curación, sino también un par de frascos de poción multijugos que le podrían servir para más adelante. "Bendita Hannah" pensó, aunque también se le oprimió el pecho al recordarla y saberla muerta. Pero no había tiempo de lamentarla. Podría llorar a sus muertos cuando todo acabara. Ahora tenía que mantenerse fría, aunque la humanidad de sus emociones se estuviese retorciendo de dolor y frustración.

Considerando la entidad de las heridas del cuerpo de Theodore, Hermione eligió la pasta naranja para curar quemaduras, además de una poción desinfectante y una infusión para adormecerlo, ya que eso iba a arder. Con cuidado, vertió un poco de esta última apretando las mejillas de Theodore para separar sus labios, y esperó un tiempo a que hiciera efecto antes de ponerse manos a la obra. Así que se sentó mientras tanto y observó sus piernas desnudas. Sabía perfectamente que su pantalón se encontraba en el primer piso, pero no tenía ganas de usarlo. Quería estar cómoda para todo el trabajo que se venía encima.

Cerró los ojos y exhaló todo el aire de sus pulmones, tratando de repasar mentalmente los libros de medimagia que había leído y estudiado luego del inicio de la guerra. Afortunadamente creía que podía curar esas heridas sin dejar cicatriz, pero no quería obrar de forma descuidada con la salud de él, por lo que lo haría lento, sin apremio. Con una palmada sobre sus rodillas se animó a levantarse y procedió a voltear el cuerpo de su "paciente", comenzando a desinfectar cada rastro en primer lugar, para luego esparcir la pasta naranja y recitar un hechizo curativo. Eran tantas laceraciones que tratar que no supo cuántas horas tardó. Comenzó por su espalda, bajando por sus piernas, para luego girarlo y subir hasta sus pectorales, dejando su rostro para el final. Sentía como gotas de sudor corrían por su frente y optó por secarlas con la manga de su blusa, mientras él seguía en un profundo sueño, y la noche ya estaba acercándose con su manto de oscuridad.

Exhausta, caminó hasta el lavamanos para lavar su rostro, quedando unos instantes con sus codos apoyados al borde, mientras las manos descansaban bajo el agua que corría fría. ¿Se durmió? Al menos creía que eso había ocurrido, pues la voz repentina de Theodore la sobresaltó.

–¿Te duele mucho? –dijo él.

Ella lo miró a través del espejo del baño y enarcó una ceja interrogante, ante lo cual, él sencillamente apuntó a su espalda, justo entremedio de sus omóplatos. Extrañada, se volteó para mirarse en el espejo y notó cómo su blusa estaba marcada por una mancha de sangre. "Cierto" pensó para sus adentros. Había olvidado la flecha que la había herido y, al parecer, había subestimado sus consecuencias.

–No deberías estar de pie –añadió.

–Tú tampoco –replicó ella, notando recién que él se había vestido… ¿en qué momento lo había hecho?–. No arruines mis horas de trabajo. Quedó de relojería así que procura no hacer estupideces mientras se absorbe todo, aunque ya con ropa, algo arruinado debió quedar.

Theodore resopló y negó con la cabeza.

–Estoy bien, Hermione –aseguró–. Ya me cuidaste lo suficiente, ahora me toca a mí. Ve a sentarte para revisar esa herida.

Ella rodó los ojos y se dirigió al colchón, dejándose caer en una de las orillas de brazos cruzados.

–No tengo mirada de rayos X, mujer. Quítate la blusa –le pidió con un tono neutral.

Hermione se mordió el labio, indecisa, pero finalmente optó por hacerle caso, notando que, al quitársela, el lugar le dolía más de lo que había reparado. Parte de la sangre se había secado, pegando la tela de su ropa a la herida, pero también había sangre nueva, lo cual no se lo esperaba.

–Sigue sangrando como una llave mal cerrada –le informó él luego de examinarla en silencio–. No es mucho lo que sale, pero de todas formas tendré que cauterizarla para que pare. Dolerá un poco eso sí.

–De acuerdo, hazlo.

–Tú me dices cuando estés lista.

–Lo estoy.

Notó cómo levantaba uno de los frascos que ella había utilizado para desinfectar, para esparcirlo en el lugar antes de proceder. Una vez limpia la herida, lo sintió titubear, así como sintió su respiración sobre la piel.

–Lo siento –escuchó que le susurraba–. Cicatrix.

Fue rápido, no más de cinco segundos, pero sus dientes se apretaron de tal forma que pensó que los quebraría en un momento. No gritó, aunque ganas no le faltaron.

–Lo siento –repitió él al terminar.

–No te preocupes, no fue para tanto –mintió, colocándose la blusa nuevamente.

–No me refería a eso.

Hermione terminó de abotonarse la prenda y se giró para mirarlo a los ojos. Podía leerlo con tanta perfección que era como mirarse al espejo.

–También es mi culpa –esbozó–. A los dos nos pilló con la guardia baja. Pero ya pasó así que prefiero no hablar sobre ese malnacido, es mejor no darle más importancia. No quiero que tenga otra mansión, pero esta vez, en nuestras cabezas.

Theodore sonrió con cansancio y bajó su cabeza.

–De todas formas, me vengaré Hermione. Me vengaré por todo –aseguró él, y ella se dio cuenta que no estaba hablando por hablar.

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Era una promesa, que se cumpliría con él tiempo.

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–Ponte a la fila. A ese hurón albino se la tengo jurada.

Theodore la miró de una manera cómplice pero fugaz. A pesar de haber dormido varias horas, se notaba que él aún se encontraba apaleado.

–Será mejor que descanses –comentó Hermione enseguida–, ya está anocheciendo. Lancé encantamientos protectores así que nadie debería acercarse. Hay que reponerse para seguir, así que usa el colchón. Tú lo pasaste peor por lejos.

Pero él movió la cabeza con determinación.

–Ni hablar. O la usas tú o la usamos ambos. No te dejaré dormir en el suelo.

Ella parpadeó sorprendida y luego incómoda. Miró el colchón a su lado y luego a su compañero, para volver su atención a lo primero.

–Somos adultos –puntualizó Theodore al ver su consternación–. No hay problema. Podemos compartir un colchón roñoso.

–Claro –respondió ella por inercia.

Antes de proceder, Hermione bajó a buscar su pantalón para colocárselo y volvió, acostándose sin mediar otra palabra, siendo consciente por primera vez de lo exhausta que se encontraba. Por su parte, él se recostó también, para quedar mirándola de frente.

Ella, que sabía que no era recomendable quedar de espaldas para que cicatrizara bien su herida, se mantuvo en la misma posición y cerró los ojos, tratando de conciliar el sueño. Sin embargo, la tarea no sería sencilla, ya que el frío había empezado a correr por su cuerpo, haciendo que frotara sus propios brazos para darse calor.

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De pronto, una mano se coló en la parte baja de su espalda y la empujó hacia adelante, dejándola cobijada contra el pecho de su amigo.

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Una tibieza reconfortante de inmediato se extendió por sus extremidades, pero también hizo lo suyo la inquietud ante la situación. No podía mezclar trabajo, amistad y placer, por mucho que su subconsciente gritara por dejar que un desliz la borrara del mundo un momento.

–Somos adultos y tienes frío –soltó él como toda explicación frente a sus acciones.

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Y ella no respondió, pues tampoco quiso resistirse demasiado.

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Dormir abrazada de alguien era una sensación que hacía siglos no experimentaba, y la verdad de las cosas, extrañaba sentirse acompañada.

Pronto, Morfeo hizo de las suyas y la arrastró a un sueño profundo, uno que no pudo recordar a la mañana siguiente, cuando ambos despertaron con las piernas entrelazadas con naturalidad. Inquieta por esa íntima y peligrosa proximidad, Hermione se desembarazó silenciosamente y se fue a lavar la cara, para luego recoger todo lo que le pudiera servir de ese lugar, antes de pronunciar el hechizo que idealmente la llevaría hasta su amigo.

Inveniet.

Theodore, que la miraba desde el colchón, no pudo advertir el hilo que comenzó a flotar desde su varita, pues sólo podía verlo quien pronunciaba el hechizo. Era un hilo flojo, que en teoría se tensaría cada vez más a medida que se fueran acercando. Sin embargo, el sólo hecho de que el hilo apareciera, era un avance importante: quería decir que Harry estaba vivo, y eso llenó sus ojos de esperanza.

–Vamos dijo entonces Hermione. Tengo nuestra pista.

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El encantamiento era cada vez más potente, y tiraba de la nueva varita de Hermione, una que había conseguido en el mercado negro gracias a un traficante mestizo. Estaba exultante, pues el hilo parecía obrar como un magneto acercándose a un lejano pedazo de metal con decisión, por lo que sus expectativas subían como espuma a medida que notaba como la iba guiando firme a su objetivo.

Llevaban dos días siguiendo la pista, tomando distintas apariencias conforme avanzaban para ocultar su identidad, y ante la inminencia del encuentro con su amigo, el corazón de ella parecía que iba a explotar de la ansiedad. Harry estaba vivo, no podía estar más segura de ello, pero dónde y en qué condiciones era la interrogante que esperaba pronto resolver.

El sol ya se había puesto y transitaban en silencio por una colina cercada por altos robles, los que se mecían gracias a una suave brisa que corría de costado. La tranquilidad en la subida los hizo olvidar un momento las circunstancias de su "paseo", sin embargo, al llegar a la cima, sintieron la sangre helada. La calle estaba repleta de magos y brujas desfilando en costosas tenidas de gala, por lo que rápidamente retrocedieron y se agazaparon para resguardarse de la multitud.

–¿Dónde diablos estamos? –susurró Hermione quien, a pesar de portar otra identidad, no bajaba la guardia.

Theodore, que ahora lucía cabellos negros de tono azabache gracias a la última suplantación, registró el sitio con la mirada desde su escondite, sintiendo como los músculos de su mandíbula se tensaban al identificarlo.

–Esa es la mansión Greengrass –declaró con un dejo de frustración–. Al parecer hay un evento, así que estará plagado de Mortífagos. Será mejor que nos vayamos.

Con la intención de retroceder y devolver sus pasos por la colina cuesta abajo, él movió su pie izquierdo y alcanzó a girar la mitad de su cuerpo, siendo detenido por Hermione quien lo sostuvo por el hombro con firmeza.

–No –declaró decidida–. Si Harry está allá adentro, hay que ir por él. Puede estar en peligro, Theo. No caminamos todo esto para retirarnos ahora.

–¿Y cómo pretendes entrar? –masculló él, algo exasperado–. ¿Por la puerta?

–Exactamente –respondió ella para su sorpresa–. Confundus.

Theodore miró sorprendido como Hermione conjuraba por encima de su hombro el encantamiento contra un invitado que se acercaba a la mansión, repitiendo la operación con su acompañante. Los destinatarios del hechizo se estremecieron y se miraron entre sí, desviándose de su destino para enfilar hacia el bosque en movimientos ligeramente aturdidos.

Tan pronto pusieron un pie fuera de la calle otro encantamiento chocó contra sus cabezas, haciéndolos caer de bruces. Un Desmanius ejecutado por ella que no dejó lugar a dudas respecto a sus intenciones. Apremiado, pero también resignado, Theodore tomó al hombre por debajo de los brazos y lo arrastró al interior del bosque, cuestión que también hizo Hermione con su presa. Una vez lo suficientemente lejos, fue él quien esta vez actuó.

Petrificus totalus.

Ambos los miraron desde arriba para familiarizarse con sus nuevas identidades, y Hermione se agachó para extraerle un mechón a cada uno.

–¿Los conoces? –le preguntó ella mientras arrancaba los cabellos suficientes para la poción, sin ninguna delicadeza por los agraviados.

Theodore asintió absorto.

–Helene y Thierry Zabini –informó con una mueca disconforme–. Son primos de Blaise.

Hermione arrugó el ceño recordando parte de las atrocidades que había cometido esa serpiente luego de dejar Hogwarts, y Theodore pudo oler sus pensamientos, por lo que se apresuró a agregar.

–No, Hermione. No son asesinos. Déjalos ahí.

Ella no parecía muy convencida, pero le hizo caso, incorporándose y colocando cuidadosamente una muestra de cada uno en las botellitas. Maldijo para sus adentros, pues solo quedaban estas últimas dos. Le entregó su frasco a Theodore y se bebió el propio de un solo trago, arrugando un poco la nariz con el sabor amargo de la poción. Helene Zabini sabía a tristeza y a frustración.

–Esto debería alcanzar para tres horas –comentó para sí misma–. Commutationem.

El hechizo salió como una luz plateada de su varita y se envolvió en el cuerpo de Helene Zabini, para luego flotar hasta Hermione y repetir la operación. En un abrir y cerrar de ojos, las prendas de ambas estaban intercambiadas. Ahora Hermione portaba un ajustado vestido rojo con la espalda cubierta por un largo cierre, pero con un escote demasiado pronunciado, que lucía sin pudor las curvas de su nuevo cuerpo, mientras que la morena tenía sus antiguos ropajes, ajados y sucios por el rastreo. Se recogió el cabello tratando de imitar el peinado de ella y le quitó los accesorios para ser una réplica fiel, ante la mirada recelosa de su acompañante.

–¿Estás segura?

La voz de Theodore era grave y no podía culparlo. Literalmente iban a entrar en la mayor congregación de Mortifagos de la historia, pero ella estaba apostando que por eso mismo nadie se esperaría una maniobra como aquella. Era una partida osada, pero a esas alturas, ella estaba dispuesta a jugarla con tal de salvar a su amigo de toda la vida.

–Nunca podría estar segura en estas circunstancias –confesó con sinceridad–, pero debo hacerlo. No es necesario que vayas conmigo. Puedes esperarme acá.

El ceño de él se frunció, ofendido.

–Nunca te dejaría sola en una situación así –le señaló, destapando su botella para bebérsela de una sentada–. Me agravia incluso que lo sugieras.

Sin dejarla replicar, Theodore ejecutó el encantamiento Commutationeny, en menos de un minuto, no solo lucía, sino que vestía como Thierry Zabini. En silencio y con el estómago apretujado, ella se colgó de su brazo y comenzaron a caminar hacia la mansión que se alzaba al frente, uniéndose a uno de los grupos que avanzaba a la entrada. Ahora que estaba en movimiento, notó lo incómodamente altos que eran los zapatos de la mujer, y lo pesados que eran los zarcillos que colgaban de sus orejas. Ella no estaba acostumbrada a otra cosa que ropajes cómodos y zapatillas, por lo que rogaba no ser tan evidente, pues caminaba en tacos como cervatillo recién nacido.

Miró de reojo como Theodore, ahora de piel oscura, pelo rizado y ojos verdes, avanzaba con el mentón en alto, interpretando a la perfección a Thierry Zabini, tanto que daba escalofríos. Aunque claro, él tenía la ventaja de conocer a estas personas y saber manejarse en ambientes sangre pura como aquel. Estaba acostumbrado a esa toxicidad probablemente desde crío. No lo envidiaba.

Una vez pasada la reja, Hermione casi dejó caer su mandíbula al piso. El sendero iluminado por velas flotantes llevaba a rodear la mansión, que se presentaba con toda majestuosidad en su arquitectura barroca y simétrica, decorado con cornisas finamente diseñadas. Al centro del edificio, se podía apreciar una cúpula de cristal, que parecía cumplir las veces de tragaluz. Su innata curiosidad por conocer lamentaba que el evento no se desarrollara adentro de tan magnifica construcción, no obstante, su decepción duró poco, ya que pronto llegaron a los jardines posteriores, que complementaban a la perfección el entorno.

Por un instante, Hermione olvidó que estaba rodeada de asesinos y se encandiló con la forma en que todo se dispuso para la ocasión. Si bien no habían techado el jardín, una lámpara de lágrimas se elevaba por sobre sus cabezas, dando una suave iluminación gracias a la combinación que hacía este objeto con la luna, todo acompañado por sutiles guirnaldas de luces que emulaban astros para reforzar al cielo estrellado.

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Pero el hechizo del lugar pronto de desapareció.

Theodore apretó su mano para llamarla a tierra y el regreso fue duro.

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Comenzó a mirar a su alrededor y a reconocer a distintos personajes. Algunos Mortifagos, otros asesinos de escritorio. Gente de todos los poderes se encontraba allí: política, "justicia" y grandes billeteras confluidas en un solo lugar. Por un momento, a Hermione ya no le pareció tan buen plan infiltrarse en un lugar como ese, pero ya era tarde para arrepentirse.

Las bandejas pasaban de un lado a otro con los más exquisitos manjares, y la rabia se hizo de la mujer al recordar cuánta gente estaba muriéndose de hambre a causa de la guerra civil, mientras estos malnacidos se llenaban la boca de comida. Dentro de los meseros, pudo identificar a algunos mestizos que se unieron al régimen por conveniencia, incluyendo a algunos compañeros de Hogwarts a los que alguna vez les tuvo aprecio.

–Miren a quien tenemos aquí –escuchó que alguien le dirigía la palabra a sus espaldas–. Apareciéndote al compromiso a pesar de que no tenías empacho en follarte al futuro novio cada vez que podías.

Hermione se giró atónita para clavar la mirada en el hombre delgado y de facciones duras que la enfrentaba. Él recién llegado encendía un cigarrillo con una sonrisa socarrona mientras la miraba de vuelta esperando su reacción. Su aliento gritaba exceso de alcohol y el olor de la mezcla hizo que frunciera la nariz de desagrado.

–No juzgo, ¿eh? –agregó, dándole una calada y soltando el humo controladamente–. Me encanta tu descaro, Helene. Apuesto a que viniste a un polvo de despedida, cualquiera lo haría en tu lugar.

Ella trataba de no lucir tan confundida, aunque era difícil, dado que los comentarios la tomaban totalmente desprevenida, además de irritarla en demasía a pesar de no conocer ni a Helene ni a ese supuesto novio infiel. Afortunadamente, Theodore sabía tratar a ese tipo de personajes, así que intervino para no darle más anchas al sujeto.

–Vírate Pete. Ve a molestar a otro sitio –soltó con tranquilidad.

El aludido se encogió de hombros y pasó de ellos, no sin antes acercarse a Hermione de una manera descarada para musitarle en la oreja.

–Si necesitan una coartada para follar, me avisan, ¿vale? Siempre he disfrutado complotar contra esa santurrona pontificadora.

Hermione se preguntó si con la "santurrona pontificadora" se refería a la futura novia, pero no quiso darle más vueltas al asunto. Algo dentro de ella se alivió al darse cuenta que esto no era más que un compromiso, por lo que todos debían andar con la guardia baja al no tratarse de un evento oficial sino una instancia de "celebración".

–¿Quién es ese reverendo imbécil? –le preguntó a Theodore hosca, una vez que el indeseable se había alejado lo suficiente.

Theodore se dio un pequeño masaje en las sienes antes de responder.

–Pete Parkinson. Un imbécil efectivamente. ¿Y bien? ¿Qué te indica el encantamiento? ¿Está Potter acá? No tenemos mucho tiempo. Estamos contra reloj.

Ella notó que a pesar de que él tenía desplante en estos ambientes, le desagradaba de sobremanera volver a ellos. Probablemente, cuando ocurrió lo de Luna nadie estuvo ahí para apoyarlo, por lo que era esperable que no guardase ninguna clase de afecto con alguien de por allí. Hermione metió la mano en su escote y tomó la varita que ahí había escondido, murmurando lo más bajito posible.

Inveniet.

El hilo ya no se veía flotando, sino tirante, apuntando con claridad a un hombre de cabellos castaños que estaba apostado al lado de una mesa, con una expresión de aburrimiento y desagrado que dejaba entrever que no quería estar allí.

–¿Quién es él? –preguntó, apuntando al sitio con un ademán–. Él que está al lado de Pansy Parkinson.

Theodore afinó la vista y luego respondió.

–Liam, su primo.

–Está lleno de primos por acá.

–Cientos de años de endogamia, querida. Todos son parientes entre sí, de algún modo u otro.

Hermione dejó escapar una suave risa y volvió su atención al hombre, que ahora sacaba de su traje una petaca para beber un sorbo. ¿Sería alcohol? No le parecía claro, ya que ese sujeto no tenía ni pizca de borracho.

–Por algún motivo, el rastro me guía a él –le comentó ansiosa–. ¿Será posible que Harry esté infiltrado utilizando su apariencia?

–No creo… Herm... ¡¿Helene?!

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Pero ya era tarde.

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Sin esperar respuesta, ella fijó rumbo hacia su objetivo, percibiendo como sus palpitaciones se aceleraban a medida que se aproximaba. ¿Sería él? ¿Harry habría logrado sobrevivir escondiéndose en el lugar menos pensado? ¿En las narices de sus más férreos enemigos? Caminaba como caballo de feria sin quitarle la vista de encima, avanzando entre la multitud sin otro propósito que comprobar su teoría, por lo que no se percató, hasta que fue demasiado tarde, que su ex compañera se proponía interceptarla para evitar que llegara a destino.

–¿Se te perdió algo?

Su tono tan hastiado como soberbio era inconfundible, pues tenía ese dejo viperino tan particular con solo enunciar cuatro palabras. Pansy Parkinson se le cruzaba justamente en esos momentos, después de años de no haberla visto ni en pintura. "Maldita sea" pensó, tratando de aparentar normalidad.

En un rápido escaneo visual, Hermione notó que estaba más delgada de lo que recordaba, y también más pálida, destacando aún más sus claros ojos y sus facciones simétricas. Llevaba un vestido negro ajustado, rebajado en los hombros para destacar unos enormes aretes de esmeraldas, que parecían serpientes de medusa.

Hermione fingió una sonrisa, asumiendo que se Helene Zabini se llevaba bien con ella, pues no podía cometer errores. Si bien, en el colegio alguna vez la describió como más tonta que un trol con conmoción cerebral, en realidad nunca la creyó estúpida, no por nada, también era prefecta en Hogwarts. Es más, si algo caracterizaba a la mujer que tenía al frente era su astucia para ver más allá de lo aparente, por lo que tenía que seguir sus pasos como si estuviera pisando huevos.

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Sin embargo, parece que se demoró más de lo presupuestado en reaccionar, pues fue su interlocutora quien retomó la palabra.

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– Piérdete, Helene. Liam es mi acompañante por esta noche.

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Corrección. No se llevaban bien.

¿Cómo se comportaría una Slytherin en una situación así?

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–Es tu primo, cariño, puedes prescindir de él un tiempo –replicó, sintiendo una extraña satisfacción por el sarcasmo de su tono–. ¿Bailamos una pieza, Liam? Te veo muy soporífero por acá. Debe ser que la compañía no es la adecuada.

Él abrió los ojos sorprendido y luego fabricó una mueca de incomodidad frente a su invitación, mirando de forma suplicante a Parkinson, quien solo se cruzó de brazos esperando su respuesta. ¿Acaso todos se llevaban mal con esta Zabini? ¿O sería que se trataba de Harry, que no quería ser descubierto? Las dudas la corroían por dentro.

–Lo siento. No me apetece. No estoy aburrido, solo estoy exhausto –contestó él finalmente, evitando el contacto visual.

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Hermione quiso insistirle.

Pero una voz ajena lo evitó.

Un mago mayor, que traía un puro entre los dientes, que hacía juego con un sombrero bowler que enmarcaba su regordeta cara.

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–¡Claro que está exhausto, mi campeón! –exclamó, dándole unas fuertes palmadas en la espalda–. Después de darle su merecido a esos mugrientos muggles, el muchacho merece descansar, ¿no?

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Hermione sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.

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–¿Golpeaste a muggles? –esbozaron sus cuerdas vocales en un hilo atónito, sin poder reprimirlas.

–Algo así –respondió él, incómodo otra vez.

El señor de facciones redondas se quitó el puro de la comisura y chasqueó la lengua, pasando ahora a darle palmaditas en el hombro izquierdo.

–No seas modesto, hijo mío, que eso no nos queda ni nos creen. Torturar no es un arte sencillo, no es para cualquiera. Se requiere precisión, paciencia y conocimiento de anatomía humana. Además, hay que manejar bien las técnicas para que no se mueran antes de cumplir el objetivo. ¿Cuánto resistió esa pareja? ¿Una hora? ¿Dos? Esos muggles fueron duros de roer. Pete y tú podrían ser la mano derecha e izquierda del señor Oscuro si se lo propusieran, y bueno, si Pete no estuviera más preocupado de su satisfacción personal que en la causa. Si míralo, ya está tratando de levantar a la pobre Astoria…

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Hermione no escuchó más.

Las palabras de ese ser deleznable poco a poco comenzaron a apagarse dando paso a sus emociones.

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Regresó su mirada a "Liam", a quien tomó por escasos minutos por "Harry" y supo que tenía que estar mal el hechizo. No era posible que Harry hubiera cometido tal barbaridad, no se imaginaba un mundo en el que Harry podría haber torturado por una o dos horas a una pareja de muggles, aunque hubiera sido con el objeto de pasar desapercibido. No. Sencillamente no era él, y tal vez el hechizo lo señalaba como él porque quizás Liam habría estado en algún momento con Harry. Quizás él participó del asedio a dicha casa de la Orden.

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O quizás, Liam lo había matado.

Y la sangre de Harry aún no se lavaba bien de sus manos.

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Hermione logró contener una arcada, pues las ganas de vomitar frente a la idea eran sobrenaturales.

–Si me disculpan, debo retirarme –señaló escueta, notando por el rabillo del ojo como Pansy seguía observándola con desconfianza mientras se marchaba.

Todo le daba vueltas. La idea de que Harry se sumara a la lista de fatalidades no era algo que tuviera realmente previsto, y tampoco podía estar segura de que fuera así, dado que el encantamiento había fallado estrepitosamente. La incerteza, la inseguridad, la ansiedad la estaba socavando por dentro, como ácido sulfúrico en sus entrañas. Tropezó con un par de invitados, hasta que un par de brazos la sostuvieron, evitándole una caída.

–¿Estás bien? Te ves muy descompuesta.

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Gracias a Merlín era Theo, que había llegado justo en el momento preciso.

Como siempre.

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–Él… él no es Harry –aseguró con la garganta apretada–. Ese hijo de puta no es él –añadió, con lágrimas de impotencia contenidas, que se resistía a derramar–. Harry nunca torturaría ni mataría inocentes como ese desgraciado. Algo debió salir mal con el encantamiento, no entiendo qué pasó, pero no tengo pista alguna. No sé ni siquiera si está vivo. No sé nada.

Hermione miró a su acompañante y percibió como él resistía las ganas de abrazarla, pues sería raro en un ambiente como aquél y quedarían en clara evidencia. Sin embargo, a través de sus ojos ella percibió su comprensión y apoyo irrestricto, como una promesa silenciosa de que, sin importar los resultados o su decisión, él permanecería siempre a su lado. Esa certeza la devolvió a sus cabales, y arreglando falsas arrugas de su vestido, elevó el mentón para interpretar el papel asignado, lista para ejecutar su salida.

–Vámonos de aquí o no respondo. Todo lo que me rodea me da asco.

Theodore asintió sin darle dos vueltas, pues él también estaba desesperado por irse de allí, tan pronto entró.

No obstante, como una mala broma del destino, justo en ese momento todo se paralizó. Alguien había usado un encantamiento amplificador para hablarle al público, por lo que todos se quedaron estáticos mirando al escenario que hasta entonces solo tenía una banda musical. Ahora, un hombre mayor se encontraba dispuesto a dirigirse al público, por lo que a los infiltrados no les quedó otra que hacer lo mismo.

–¡Sean bienvenidos al acontecimiento del año! –dijo el mago–. Nuestras familias esperan que lo estén pasando muy bien. Solo quería interrumpirlos para dar un brindis por los comprometidos, quienes los próximos meses estarán uniendo nuestros puros apellidos en sagrado matrimonio y en los más sagrados negocios –resaltó, y todos los presentes emitieron una risa cómplice–. Hija, futuro hijo, esto es por ustedes ¡Salud!

–¡Salud! ¡Salud!

Las voces de los presentes repitieron en coro sus parabienes para los novios, que habían subido al escenario para ser felicitados por el anfitrión.

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Fue en ese instante cuando Hermione sintió por segunda vez que su alma se escapaba de su cuerpo. Dejándola con la sensación de haber sido besada por un dementor.

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Ahí, frente a ellos, de túnica formal se encontraba nada más ni nada menos que el mal nacido de Draco Malfoy, acompañado por quien creía recordar como Daphne Greengrass que, si bien sonreía, parecía lamentarse a través de la mirada. No estaba segura de que la sorprendía más. Que el desgraciado efectivamente no le había mentido hace unos días atrás o que, en el marco de una guerra sangrienta, más sangrienta que cualquiera, los mortifagos aún estuvieran preocupados de concertar matrimonios por negocios.

–Ahora, ¡A bailar! –dijo el anciano, y la orquesta volvió a tocar, esta vez algo más parecido a un vals.

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Un vals que sonaba particularmente macabro en sus tímpanos.

Como el preludio de una desgracia.

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La gente comenzó a deslizarse a su alrededor al son de las notas, y Hermione supo que era su campana de salida. Un ahora o nunca.

Tomó del brazo a Theodore para escabullirse de allí, pero de la nada apareció la hermana menor de la futura novia que, con una resolución aplastante y sin aceptar un no como respuesta, se lo llevó con ella para bailar una pieza. Hermione maldijo por dentro, pues habían elegido los peores disfraces de la vida. Al parecer, tanto Thierry como Helene Zabini tenían sus historias…

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O tal vez, todos esos sangre pura la tenían.

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–No esperaba verte aquí. Como siempre, me sorprendes.

Le había hablado contra su oído, desde la espalda. Su aliento frío y cruel anunciaba su apellido sin necesidad de verlo, y por eso mismo, sintió que se le iba a salir el corazón del pecho. Estaba sola, en territorio enemigo, con su rival detrás de ella, mientras ella estaba escondida bajo la apariencia de… ¡Mierda! Exclamó para sus adentros, recordando las palabras de ese bastardo llamado Pete.

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"Apareciéndote al compromiso a pesar de que no tenías empacho en follarte al futuro novio cada vez que podías…"

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"Deux ex machina" pensó Hermione, pues le parecía inconcebible el derrotero que habían tomado los hechos. Parecía falso, demasiada coincidencia, demasiada casualidad, casi impuesto por un guionista que solo quería hacerla sufrir para mantener el interés del espectador. Pero no. No era así. Era su estúpida realidad. Y no tenía ni puta idea como iba a salir viva de esa situación. ¿Cómo debía comportarse? ¿Con despecho? ¿Dolida? ¿Cómo amante resentida? O tal vez, la mejor opción sería ignorarlo, hacerle la ley del hielo.

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Y eso intentó cuando simplemente, elevó la barbilla para marcharse sin mirarlo.

Pero los movimientos del rubio fueron más ágiles.

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–No tan rápido –siseó, tomándola por la muñeca para girarla y enfrentarla–. ¿Te cuento algo? –añadió, mientras comenzaba a guiarla para unirse a las parejas danzantes –. No me hace nada feliz tener que paralizar mi cacería por un evento socialité aunque sea en mi honor. Pero ya te imaginas cómo es esto, hay que complacer a los futuros suegros. ¿No es agotadora toda esta pompa y circunstancia? Es un despropósito, considerando cómo está la situación allá afuera.

–Todo esto es repulsivo –soltó ella sin tapujos y sin mirarlo, concentrada en ojear su entorno, tratando de buscar a Theodore entre las parejas–. Muy repulsivo.

–Lo es –le susurró él contra la oreja, en una cercanía que casi podía verse como una desfachatez para alguien públicamente comprometido–. Y puede serlo aún más.

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No.

No iba a tolerar que se comportara de esa forma.

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Si bien, no estaba con su propia apariencia, asumía que Helene Zabini tenía algo de dignidad todavía. Detuvo sus pasos y de un manotazo se soltó de él, a lo que él sencillamente respondió esbozando una sonrisa ladeada. Ahora que se percataba, era una fotocopia del Malfoy que conocía en la escuela, ya que por la formalidad, llevaba el pelo engominado hacia atrás, dejando libre su frente, alejado de su impronta de cazador.

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Sin embargo, sus pensamientos se vieron cortados cuando él volvió a la carga.

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–¿Te duele?

Era una pregunta sencilla, pero le costó entenderla. ¿Se referiría al compromiso? Probablemente, pues considerando que Helene fue su amante, era esperable que donde fuego hubo, cenizas quedaran. No obstante, ahora ella era Helene, y no iba a actuar como una mujer desesperada frente a alguien a quien solo quería atizar a golpes en venganza.

–Que te comprometas o no es un tema tuyo –espetó ceñuda–. Lo nuestro es asunto superado, Malfoy –agregó con desdén, cruzándose de brazos.

–No me refiero a eso –puntualizó él, ampliando su sonrisa–. Te preguntaba si te dolía la herida que tienes en la espalda.

Hermione alzó una ceja interrogante y se miró por encima del hombro izquierdo. Había olvidado que su espalda estaba tapada por el cierre de su vestido, pero tampoco sentía nada particular ni recordaba haberlo visto.

–¿Cuál herida? –respondió casi en un ladrido, deseosa de alejarse de él–. Estás demente, Malfoy. No tengo nada en la espalda.

–¿Ah no? –insistió él, volviendo a acercarse, colocándose nuevamente en posición de baile con naturalidad, con una mano enlazando la de la mujer y la otra en la espalda, la cual vagó desde la altura de sus caderas, hasta arriba–. Yo recuerdo que estaba por… acá.

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Dos de sus dedos presionaron un sector de su espalda.

Y ella no pudo evitar que un gritito se escapara de sus labios.

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–Bingo. Creo que esa flecha te penetró más de lo que pretendía, Granger.

Ella perdió el control de su cuerpo, quedando impávida al verse descubierta, mientras él, con agilidad, la deslizaba junto al resto de las parejas danzantes, con una mueca suficiente y ganadora. Nadie parecía percatarse de lo extraño del cuadro, ni siquiera la futura novia, ni Pansy Parkinson y el asesino de su primo, ese tal Liam.

–¿Cómo…? –esbozó atónita, una vez que comprobó que su aspecto seguía siendo el de Helene Zabini y no había mutado en Hermione Granger.

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Pero el descarado solo le guiñó un ojo.

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–Un profesional nunca revela sus trucos –contestó en un susurro, para luego agregar–. En todo caso, no me malinterpretes, Granger. Me agrada tu pronta visita. Quién diría que estabas tan desesperada por verme que hasta te colaste en un nido de mortífagos para ver mi compromiso. Sospecho que Thierry es Theodore, ¿estoy en lo correcto?

Ella se mordió la lengua y le dio un nada sutil pisotón en el pie derecho, pero Malfoy ni trastabilló. Es más, Hermione terminó adolorida al comprobar que ese psicópata de mierda tenía zapatos con punteras de metal por dentro, como un puto constructor.

–¿Quedó muy marcado Theo después de nuestro encuentro? –preguntó él, ignorando su ofensiva–. Las cuerdas pueden dejar su rastro…

Ella lo fulminó con la mirada, amenazante, soltándole mil y un insultos a través de sus orbes, frente a lo cual el cazador solo respondió ampliando su sonrisa cínica, dándole un giro y luego otro al finalizar la pieza de vals.

–Si no te portas bien y me conversas, me aburro –agregó en una advertencia, mientras la tomaba del brazo para alejarla de la pista–. Y si me aburro, no me quedará más remedio que entregarte para un poco de diversión.

–No quedó marcado –respondió ella cortante, casi mascullando–. No dejaste nada de lo que puedas regodearte, psicópata.

El siguió caminando con ella al brazo, sin mirarla, pero Hermione notó que su agarre se apretaba levemente a modo de reacción.

–¿Ah no? Qué pena –se lamentó el rubio–. Las cicatrices reflejan aprendizaje, como los anillos de un árbol reflejan su edad. Tal vez, no quedó nada porque no aprendió nada. Puede que sea necesario tener otro encuentro…

–Te mato antes de que vuelvas a lastimarlo –lo interrumpió ella en una amenaza–. O te matará él primero. No eres su persona favorita en estos momentos y no conoces a Theodore enojado.

El hombre siguió arrastrándola fuera de la vista de terceros hasta una esquina, donde finalmente la soltó para contestarle con una extraña severidad.

–Lo conozco mejor que tú. Sé su nivel de peligrosidad, pero gracias por la preocupación.

–No puedo estar menos preocupada por ti, Malfoy. Es más, me encantaría verlo machacarte si no quisiera tener yo el placer primero.

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Sin embargo, Draco Malfoy parecía no haber escuchado sus últimas palabras.

Más bien, parecía sumergido en otros pensamientos, unos que ella no sabía si quería averiguar.

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–Tú lo curaste –soltó el cazador de pronto.

–Por supuesto.

–¿Y seguro que no quedó marca alguna?

–Ya te dije que no. ¿Por qué insistes?

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Él volvió a observarla en silencio, con esos ojos grises que parecían acero templado.

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–Te di la excusa perfecta para manosearlo, ¿no?

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Hermione quedó de piedra por dos motivos.

Uno, era la frase en sí, que era a lo menos, inapropiada.

Y dos, era la tonalidad de su voz que, si hubiera estado loca, habría creído percibir un tufillo a recriminación.

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–¡Lo sabía! ¡Sabía que aún tenían algo!

La exclamación los sacó a ambos de su duelo visual, colocándolos en alerta. A un costado, ya en un evidente estado de ebriedad, con la camisa desabotonada en el cuello y una copa a medio vaciar en la mano, se encontraba Pete, elevando las cejas de manera juguetona una y otra vez. Parecía que el alcohol no le permitía quedarse quieto, pues mientras los enfrentaba, cambiaba constantemente la dirección de apoyo de sus pies.

Hermione se mojó los labios nerviosa y elevó el mentón en búsqueda de Theodore, pero no lo pudo encontrar. No se había dado cuenta qué tan lejos la había arrastrado Malfoy, y menos aún, sabía cuánto tiempo había pasado entremedio. ¿Dejaría de ser Helene Zabini en cualquier momento? Si era así, estaba muerta.

–Cierra el pico Pete, o te lo cierro yo.

La voz de Malfoy la sacó de sus cavilaciones, aunque le llamó la atención lo fría e indiferente que esta era, a pesar de estar formulando un claro ultimátum.

–¡Oh! Relájense chicos –contestó el intruso, dándole un sorbo a su copa–. Yo los cubro. ¡Vayan, vayan! Aprovechen mientras aún no es oficial. Un revolcón por los viejos tiempos nunca está de más –agregó, con un guiño significativo.

Hermione tuvo evidentes ganas de golpearlo, de hecho, creía que sería la misma reacción que tendría Helene en esos momentos. Sin embargo, su bofetada quedó en el aire, siendo atajada por el rubio, quien aprovechó el vuelo para volver a tomarla, esta vez de la muñeca, para guiarla adentro de la mansión. Hermione pensó en resistirse, pero se dio cuenta que si lo hacía, era más peligroso que si le seguía el juego. Además, no pretendía llamar más la atención gritándole a uno de los protagonistas del evento: al futuro novio.

Luego de subir unas escaleras vestidas con terciopelo rojo como la sangre, avanzó por un pasillo lóbrego, hasta abrir una puerta negra que se encontraba al fondo. Primero la hizo entrar a ella y luego entró él, cerrando detrás de los dos.

–¡¿Qué haces?! –protestó ella una vez dentro, en parte contrariada pero más que nada, iracunda.

Él pasó por su lado hasta el otro extremo de la habitación, donde una mini licorera lo esperaba con una botella de whisky. Con un ademán, le ofreció un vaso, a lo cual ella se negó con un mohín de asco. El mortifago se encogió de hombros y se sirvió el néctar con toda la tranquilidad del mundo, como si en ese momento, no estuviera transcurriendo la situación más extraña del planeta. Él y una sangre sucia en una habitación a solas, el día de su compromiso.

Sin darle otra vuelta, sacó la varita de su escondite y la empuñó en contra del mortífago, después de todo, si lograba eliminarlo en ese instante, al menos habría salvado a Harry que, de seguir vivo, seguía siendo su presa y objetivo.

–Esta habitación está protegida, me la cedieron los Greengrass cuando firmamos la promesa de matrimonio –respondió Malfoy con tranquilidad–. No permite que nadie efectúe magia a menos que sea yo. Lo único que puedes hacer con esa varita es picarte el ojo, así que devuélvela a tu escote.

Aunque en el fondo de su ser sabía que no mentía, de todas formas Hermione trató de lanzarle un Cruciatus, cuya luz roja se apagó al centímetro de ser lanzada.

–¿Qué pretendes? –gruñó ofuscada al ver el fiasco–. ¿Por qué me trajiste acá? ¿Qué demonios quieres?

–Charlar un rato.

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Cada vez que él contestaba como si nada, Hermione sentía unas ganas irrefrenables de gritar.

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–Ya hemos hablado lo suficiente.

–Probablemente –concedió, mientras se sentaba en el dintel de la ventana–. Pero, ¿No crees que es una absurda casualidad?

–¿Qué cosa?

–Que hayas tomado justo la apariencia de alguien a quien toman por mi amante.

Hermione puso las manos en jarra sobre sus caderas.

–Sí, es una jodida casualidad. Pero… ¿Toman? ¿Acaso te las vas a dar de santo, Malfoy? ¿Me vas a decir que Pete ha inventado que tienes algo con Helene?

Él soltó una carcajada.

–No, Granger. De santo nada, pero con ella no me meto. Mantengo mis asuntos de cama en privado. Helene solo es un señuelo para oligofrénicos como Pete. Que no puede controlar sus impulsos ni su gran bocota.

Ella rodó los ojos incrédula mientras la impaciencia la atiborraba.

–Vamos, Malfoy. ¿Entonces Helene es como tu pantalla?

–No, sangre sucia. No me interesan los hombres –respondió él, acusando el sentido de sus palabras–, pero no cuestiono esa opción. Algo interesante ha de tener si hay tanto campo… ¿Whisky?

Ella formó un gesto repleto de desprecio.

–¿No viste mi cara antes? Primero muerta a beber contigo.

Él se encogió de hombros y volvió a tomar otro sorbo de su vaso, no sin antes darle unas vueltas haciendo que los hielos chocasen entre sí.

–De hecho, Helene es bastante parecida a ti, Granger –añadió–. Aunque su sensualidad sea patente, en verdad es una comelibros insufrible como tú. Y eso la hace infollable para mí.

Hermione no quiso protestar, aunque su ego había sido levemente menguado. De pronto, él le dio la espalda y comenzó a mirar por la ventana en dirección a la fiesta, como si estuviera escaneando a cada asistente del lugar.

–Si estás acá, debe ser porque sospechas que Potter se encuentra cerca –soltó, pensando en voz alta–. Vaya, ¡quién lo diría!, la presa se encuentra bajo mis propias narices y no lo sabía. Me siento ligeramente indignado.

Ella maldijo para sus adentros. Ese bastardo que tenía al frente era astuto como un zorro, y a veces ella se comportaba como un maldito conejo, que él atrapaba y dejaba ir solo por diversión.

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Sí. Otra vez Malfoy estaba jugando al atrapa y suelta.

Pero esta vez, no estaba segura que la fuera a soltar…

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–Lo pensaba, de hecho, estaba casi segura, pero me equivoqué –refunfuñó como respuesta, con dolor al recordar el chasco de hace un rato–. Acá solo hay asesinos. Nada más.

Él asintió, aunque ella solo vio su nuca moverse.

–Toda la razón. Y eso te incluye, Granger. A ti y a Theodore, que despacharon a Flint y compañía con la frialdad propia de un Mortífago. Acá no hay nadie en esta mansión que tenga las manos limpias de sangre. Bueno, tal vez yo, que solo soy un cazador que lleva a sus presas al paredón. Mis manos están con sangre de forma… indirecta.

Ella lo miró desconcertada. ¿En realidad nunca había matado a nadie por su propia varita? Le parecía improbable, y debía ser una jodida broma. Aunque si había aprendido algo en los últimos encuentros, era que increíblemente Malfoy no mentía. Hasta su puto compromiso era verdadero.

–¿Qué mierda pasa? –no pudo evitar preguntar, perdiendo la paciencia–. ¿Qué pretendes? ¿Por qué no me has entregado? ¿Por qué no lo hiciste antes?

–¿Quieres que lo haga?

–No, imbécil –gruñó exasperada–. Simplemente no te entiendo. Y odio no entender.

Malfoy dibujó una expresión suficiente y dejó su vaso en la encimera, mientras se giraba para acercarse a ella. Hermione retrocedió dispuesta a pegarle un rodillazo en la entrepierna, pero como si él hubiese entendido sus intenciones, petrificó sus extremidades con un hechizo no verbal.

–Ya te dije. No eres mi objetivo –repitió, en un siseo grave, casi sensual–. Además, me divierten estos encuentros. Había olvidado lo entretenido que era discutir contigo. Es algo adictivo, debo admitir.

Al comprobar que sus brazos y piernas no respondían, ella alzó su mentón desafiante.

–Entonces si no me vas a entregar, déjame ir –ordenó decidida–. Porque en cualquier momento recupero mi apariencia.

–Eso estoy esperando.

Hermione apretó los dientes, con cólera mal contenida.

–Entiendo. Quieres ver si logro escapar, ¿no? Quieres ver el caos que se desatará cuando me vean tratar de salir, cuando Theo se transforme en medio del salón. Quieres ver si lo dejo atrás y… ¡Ah! ¡Eres un maldito enfermo! ¡Te odio!

Mientras ella escupía sus palabras, él se acercaba a su velador y desde allí extraía un objeto para enseñárselo con tedio.

–¿Una máscara? –esbozó confundida después de una hilera de improperios.

–La fiesta termina en una mascarada, el epítome de la originalidad –esbozó irónico–. En fin. En este instante deben estar terminando de entregarlas y tu querido Theo probablemente ya tiene una. Así que puedes respirar tranquila, no lo atraparán. Al menos, no por eso.

Ella boqueó unos instantes antes de poder formular otra frase.

–Entonces… ¿Por qué estabas esperando que recuperara mi apariencia?

Como si hubiera invocado el cambio, la curvas de Helene comenzaron a desaparecer para dar paso a su cuerpo menudo, dejando bastante tela sin rellenar. Su pelo regresó a su castaño natural y su piel se fue aclarando, para terminar con algunas pecas casi imperceptibles a la altura de la nariz.

–Solo quiero ver esto –fue todo lo que escuchó.

Malfoy en dos zancadas se había acercado hasta ella y por los hombros la había volteado, dejando su pecho sobre la puerta y su mejilla izquierda pegada a la madera. Sus dedos pálidos habían trepado en un dos por tres hasta el comienzo de su cuello, para comenzar a bajar el cierre de su vestido, dejando su espalda al aire.

–¡Oye! ¡Suéltame en este instante, depravado! –protestó Hermione con fiereza–. ¡Qué diablos crees que haces! ¡No te atrevas a tocarme!

No podía ver lo que él estaba haciendo, pero a decir verdad, no la estaba tocando… hasta que sintió sus dedos posarse sobre la cicatriz de su herida. Ella se mordió el labio para evitar gritar en su presencia.

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No le daría el gusto otra vez.

Nunca más le daría la felicidad de oírla gritar.

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Sus dedos eran helados, y parecía que estaban enfocados solo en la herida, paseando por los contornos de ella. Aunque quiso evitarlo, ella sintió como su piel extrañamente se erizaba frente al contacto suave de sus yemas.

–Nott hizo un pésimo trabajo –sentenció después de un rato–. A ti sí te quedará marca.

–No es su culpa –replicó ella, amarga–. Tú me hiciste esto, ¿lo recuerdas? No él.

–Somos humo y espejos, Granger. Nada más.

Percibió como él volvía a colocar el cierre en su lugar y destrababa sus extremidades del conjuro, ante lo cual Hermione lo primero que hizo fue darse la vuelta para enfrentarlo. Quiso golpearlo, abofetearlo si no podía hechizarlo, pero también estaba bastante desconcertada como para concretar sus planes. No entendía sus acciones. No entendía sus palabras. No entendía ni un carajo. Pero ahí estaba él, estirándole una máscara con tanta frialdad que sus facciones parecían esculpidas en piedra.

–Póntela y vamos –le dijo–. No puedo seguir perdiendo el tiempo contigo.

–Te recuerdo que tú me trajiste acá, idiota.

Él no contestó. Pasó de ella y abrió la puerta, dejándola aún más confusa. Sin embargo, pronto se recuperó y se colocó la máscara que él le ofreció, la cual tapaba la parte superior de su rostro. Hermione lo siguió a pisotones, pensando en pegarle esa patada en los testículos que le tenía reservada, mientras caminaba observando su espalda.

–¿Tan rápido? Me decepcionas, Malfoy. Con esa velocidad, cualquier dama se sentiría tremendamente insatisfecha.

Esa voz desagradable la dejó congelada. Frente a ellos con una copa nueva se encontraba Pete, como si estuviera esperando desde el principio, en el pasillo, que ambos salieran de la habitación. ¿El muy hijo de puta les había estado haciendo guardia? Parecía que ese hombre no sólo era un asesino, sino un degenerado de marca mayor.

Sabiendo que su cuerpo era evidentemente menos portentoso que el de Helene, sólo atinó a ocupar el torso de Malfoy de escudo, tratando de enseñarse lo menos posible, y rogando que la máscara pudiera hacer su magia de ocultarla.

–Desaparecer más tiempo es una descortesía con mis invitados –oyó que el rubio replicaba–. Y deja de meterte en mis asuntos, Pete. Bastante paciencia te he tenido, pero hasta yo puedo perderla.

A continuación, Hermione sintió unos pasos acercándose, hasta que tuvo al mortifago al lado.

–Espera… –esbozó el indeseable Pete. Su hálito alcohólico hacía imposible creer que siguiera en pie con todos sus sentidos intactos–. Esa no es Helene. Es más, tiene un aire a…

–Simplemente nos gusta hacer juego de roles –respondió Malfoy, atajando la mano de Pete que se acercaba peligrosamente a la máscara de ella–. Pronto se le pasará la poción multijugos.

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Corrección.

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Malfoy sí mentía, y lo hacía con la naturalidad propia de un actor. No obstante, Pete no parecía convencido, y seguía observándola como si quisiera atravesarla con la mirada. Afortunadamente si la descubría, podía tratar de deshacerse de él, ya que sólo estaban los tres en ese pasillo, y dudaba que alguien lo extrañaría. Hasta Malfoy quizás lo agradecería. Aunque existía también otra opción…

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Que era la menos riesgosa.

Pero a la vez, la más loca.

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–Pero… –insistió Pete, dejando la frase en el aire al presenciar lo que pasó a continuación.

Y es que Hermione, al ver en peligro su coartada, decidió ser una actriz tan natural como Malfoy, y con movimientos felinos elevó su mano derecha hasta el cuello de su camisa, tirando de él con la seguridad que asumía que destilada Helene, con la clara intención de besarlo como lo haría ella. O al menos, como Pete se imaginaba que lo hacía.

Mientras acercaba sus labios a los de su enemigo, el mismísimo Draco Malfoy, sintió que las entrañas se le revolvían. Una combinación de aversión y odio que la llamaban a salir corriendo, pero que su cerebro ignoraba con el fin de buscar una salida fácil.

No cerró los ojos, ni él tampoco lo hizo él, por lo que pudo percibir la duda en su mirada gris y también un poco de resistencia al entender su plan.

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Ocho centímetros,

Luego cuatro,

Para estar enseguida a dos, entre mezclando al instante sus respiraciones.

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Todo parecía en cámara lenta, sin perjuicio de que sus movimientos fueron más bien rápidos y ágiles. Pronto sintió como su propia boca, voluntariamente, besaba a su rival, pero como tenía que ser creíble, un mero choque de labios no era suficiente. Malfoy también lo sabía. Así que no evitó que él la acercaba por la baja espalda de forma dominante para profundizar el beso, mientras ella exploraba su boca, hasta que percibió su lengua enredarse en la de ella en un encuentro no planificado.

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Comenzó a faltarle el aliento.

Comenzó a faltarle la cordura.

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Quería llorar. No besaba a nadie desde la muerte de Ron y no podía creer que ahora, para salir de ese embrollo en que el propio Malfoy la había metido, ella estuviera besándolo como si la vida se le fuera en ello, tan pegada a él que podía sentir sus senos aplastarse contra su torso. Pero no sólo por eso quería llorar. Quería llorar porque el imbécil sabía besar, porque estaba haciendo que le gustara ese momento, porque lo estaba disfrutando, ya que estaba tan acalorada que otras partes de su cuerpo comenzaron a demandar atención, y la gravedad exigía horizontalidad, sentir su peso encima.

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No.

No podía.

No debía tener esa clase de pensamientos.

Menos con él.

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Los aplausos espontáneos de Pete frente al arrebato la hicieron reaccionar, devolviéndole el sentido común. Mordió el labio inferior del rubio dando por finalizado el beso con tanta fiereza que sintió el sabor metálico de su sangre. Retrocedió y arregló su cabello con desfachatez, mirando como Malfoy se llevaba la mano hasta la boca para comprobar su labio hinchado.

–¿Te duele?

El sarcasmo de su voz fue miel para su yo herido, particularmente al ver como los ojos de Malfoy destellaron, aguantando las ganas de replicarle.

Notó que Pete seguía atento cada movimiento, ya no con suspicacia, sino con una desvergonzada erección. Quizás, tenía alguna obsesión con Helene, o incluso con Malfoy, así que ni quería imaginar sus perversiones o fechorías como mortifago. Tal vez por eso Pansy Parkinson se comportaba así en Hogwarts. Con esa mierda de hermano, no era para menos.

Para finalizar la escena, elevó su mano derecha para rozar el mentón del rubio, pasando a llevar su labio hinchado a propósito con el pulgar, procurando provocarle dolor con la presión que ejerció sobre el tajo.

–Hasta pronto, cariño –le murmuró con un tono sedoso, para luego agregar–. Espero no deje marca.

Se volteó y se fue lentamente de regreso a la fiesta, aunque a decir verdad, lo único que quería era correr y largarse de ahí.

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Pero el sonido de una explosión y el movimiento que esta causó, la hizo trastabillar antes de llegar a destino.

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Trató de seguir adelante, desorientada, pero se levantó una cantidad de polvo y ceniza considerable que le impedía ver con claridad. ¿Qué diablos había pasado? ¿Un atentado en plena guarida de Mortífagos? ¿Y ahora cómo encontraría a Theodore?

Avanzó a trompicones entre los asistentes, que corrían de un lado a otro tratando de ponerse a salvo, mientras rogaba que su amigo se encontrara bien. Chocó con Parkinson y ese primo llamado Liam, que por unos instantes quedó mirándola fijamente hasta que su acompañante lo jaló para llevárselo.

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¿Por qué la miraba así? ¿La habría reconocido? Y si era así, ¿por qué no la había detenido o atacado?

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Negó con la cabeza para espantar el pensamiento y siguió delante, no obstante, al rato tropezó con un cuerpo inerte, para darse cuenta que no era el único que estaba ahí.

No alcanzó a contarlos, pero eran más de los que su estómago estaba dispuesto a tolerar, más aún considerando que muchos se encontraban mutilados. Aguantó una arcada y luego otra, aún de rodillas, tratando de no tocar a los fallecidos, cuando se vio levantada por debajo de los brazos desde la espalda, y dejada en un lugar donde ya no había cadáveres que pisar. Trató de divisar a quien la había sacado de esa pesadilla, pero nadie estaba detrás de ella, pues todos seguían corriendo.

Fue en ese momento que lo divisó. Theodore se había subido arriba de una mesa para buscarla, dejándose en evidencia si alguien era capaz de reconocerlo detrás de su antifaz. Así que, a toda velocidad, Hermione corrió a su encuentro y tiró de él para arrancar juntos, mientras papeles amarillos caían desde el cielo. A la pasada, Hermione tomó uno, y mientras escapaba, leyó su mensaje.

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"Esto es por Hannah.

Y por todos los que han caído hasta la fecha.

Ojo por ojo.

Vida por vida".

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En ese mismo instante, mientras Malfoy llegaba al jardín para chequear la gravedad del asunto, le dio un puntapié a un objeto metálico que, al identificarlo, lo guardó en el bolsillo para investigarlo más tarde:

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Una petaca.

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Continuará