Sus sombras se mueven a la par de ellos, como una especie de baile sincronizado con mucha precisión. Se repiten las acciones sobre el suelo de madera, que cruje con cada movimiento, como consecuencia del resplandor de la luna que se cuela por la ventana y deja ver sus siluetas en la superficie dura.
Kaji, mientras sus manos se posan sobre cada parte del cuerpo caliente de Misato, no puede dejar de admirar aquella maravilla de la naturaleza. Como si fuese la primera vez que descubre que posee una sombra, un reflejo oscuro de su persona que se mueve a la par de sus pasos, tan exactamente como él mismo. La palabra oscuro cambia su significado si se lo piensa de esa manera. Bien le podría dar miedo si no tuviera los años que tiene y si no supiera que aquel efecto es tan natural como respirar, aunque no se explica cómo es que sucede. Porque quizás haya sido consagrado con un ostentoso título universitario, como uno de los mejores estudiantes, pero no sabe cosas básicas del mundo.
La mujer frente suyo detiene sus movimientos, respira agitada y emite un sonido parecido a la resignación. O frustración. No lo interpreta bien.
No le dice nada, pero él sabe que ella pretende una explicación. Bastante lógico de su parte, siendo que les ha cortado el rollo por estar embobado. Intenta acomodar su cabello, pero ella le aparta de una manotazo.
—¿En qué pensabas?
No es un reclamo, ni suena a que se vaya a enojar, a menos que él diga algo incorrecto. Kaji se da cuenta, por primera vez, que Misato es más considerada y paciente de lo que él jamás había notado. Para seguir allí, no solo en ese momento en que ha decidido ser inoportuno, sino en general, desde que volvieron a verse. Y quizás ella se diga a sí misma que no es amable, que simplemente está siendo de ese modo porque le pica la culpa de haberlo dejado antes, pero él puede asegurar que ella así ha sido siempre. Cálida y esplendorosa. Es por eso que él también sigue allí.
—En cosas que no había pensado antes.
Ella le mira, como tratando de sacarle la verdad a través de sus ojos, pero desiste en cuanto él mira hacia la ventana. Le toma de las manos mientras mira la luna, elegante y sútil. Esa noche no hacen nada más que acariciarse las manos en un cómodo silencio.
Era, al parecer, una noche de descubrimientos.
