Si ver millones de dólares de arte lo volvería avaricioso. No sabía si podía confiar en el. Había visto como la riqueza y el poder convertían a un hombre en alguien a quien apenas reconocía. encantador externamente y Kardia lo era, pero también egoísta y cruel. ¿Se volvería Kardia como su ex marido?
Con un pinchazo de pánico, Degel se preguntó porqué estaba comparando a Kardia y a su exmarido. Antares sólo era su cliente, nada más.
Inspiró de nuevo. Necesitaba pensar de forma racional y no dejarse llevar por las emociones, los recuerdos y los miedos. Se trataba de otra ciudad y otro hombre y el también era otro: más fuerte, más duro y más sabio. Aunque hubiera podido, no estaba dispuesto a enredarse con nadie.
Se sentó y sacó su libreta. Tomaría notas, manejaria ese trabajo como cualquier otro. No pensaría en Kardia en bañador, si no en las líneas esculpidas de su cuerpo y sus hombros. No recordaría que le había hecho sonreír y aligerado su corazón. Y no se preguntaría si podía acabar como su padre o como su ex marido, corrompido por el poder y arruinado por la riqueza. No le importaba. En unos días se alejaría de esa ciudad y de ese hombre.
Degel Le Blanc. Kardia miraba la tarjeta que le había dado. Sólo incluía su título, el nombre de la empresa y el número de teléfono. De forma inconsciente, se la llevó a los labios, casi como si quisiera captar su aroma en el papel.
Degel Le Blanc lo intrigaba en muchos sentidos. Era un doncel bellísimo. Tenía el cabello como el pasto y ojos violetas, una combinación inusual y atractiva. Sus pestañas oscuras y espesas, descendían a menudo para ocultar sus emociones.
Tenía curvas generosas y piernas interminables, que ocultaba bajo un traje que sin duda pretendía ser profesional. Pero Kardia nunca había visto una blusa blanca de seda y un pantalón largo tan sexys. A pesar de su alto calzado, dudaba que el pretendiera ser sexy. Parecía llevar No me toques tatuado en la frente.
El en cambio deseaba tocarlo desde esas fantásticas piernas que habían entrado en su campo de visual, cuando nadaba. No había podido resistirse a tomar su mano en la cámara y creía que la reacción de el los había sorprendido a ambos.
Sin duda era un hombre con secretos. Percibía su tensión, incluso su miedo. Algo de la ciudad, de el lo ponían nervioso. No podía culparlo; desde el exterior el lugar parecía una prisión. Y el era un desconocido, hijo de un hombre con reputación de despiadado. Sin embargo, creía que su miedo debía ser algo más. Algo que Kardia sospechaba lo tenía atrapado desde hacía tiempo.
Hora de la felicidad
