PERFECTA PARA MÍ
Por: Tatita Andrew
Después de mucho tiempo de ausencia vuelvo a retomar este fic para darle el final correspondiente, una buena escritora se aleja, pero jamás olvida el fin de lo que hace, que es escribir para darle vida a los personajes a través de las letras..
Saludos a tod s y a continuar…
Candy le vio a Albert muchas veces antes de la noche, el siempre buscó alguna excusa para volver al pueblo y mirarla desde lejos. Tanto era las veces que iba y venía por el pueblo que las personas empezaron a comentar que el señor Andrew desempeñaba su labor de vigilancia con mucha eficacia. Les proporcionaba seguridad saber que un hombre con su experiencia (ni siquiera se preguntaban donde había adquirido aquel talento con las armas) les protegía.
Su confianza pondría a prueba a Albert más de lo que él podría imaginar.
Aquella noche terminó sus tareas a toda prisa, regresó a su casa mucho antes de lo acostumbrado y se lavó con mucha urgencia mientras cantaba para sí mismo, al salir notó que Candy había arreglado la pequeña casa del modo que había mucho más espacio, incluso había cortado flores frescas y las había puesto en un jarrón sobre la mesa. Su corazón se llenó de orgullo era la primera vez que sentía ese lugar como su casa. Y un hogar al querer regresar todas las noches.
La rubia se mostró tan nerviosa como él durante toda la cena, y dio la impresión de que tenía mucha prisa por irse a lavar los platos. Luego compartieron la última taza de café de la noche y se disponían a entrar al cuarto a descansar.
Momento en que alguien tocaba a la puerta.
-Buenas noches señor Andrew. Dijo el Sr Leagan.
-Buenas noches.
El hombre se quedó asombrado al contemplar a la joven, no se parecía en nada al ser mugriento que la señorita Pony había llevado a la casa de Andrew solo semanas antes, era una criatura hermosa, aunque su cabello era demasiado rebelde y sus ojos demasiado vivaces. El color blanco de su tez realzaba ningún hombre podría ignorar su belleza, como tampoco podría dejar de admirar sus formas. Le costó apartar los ojos de la muchacha para hablar con su marido.
-Andrew; siento mucho pedírtelo, pero ¿Te importaría patrullar por el pueblo esta noche?
-¿Patrullar? – repitió el rubio, despavorido. Quería ir y acostarse con Candy lo antes posible.
-Leegan carraspeó y se movió inquieto.
-Algunos hombres se reunieron y llegaron a la conclusión de que se sentirían más seguros si alguien con tus… habilidades… nos vigilara. Se ofrecieron turnarse pero temo que se maten entre sí sin querer si lo hacen. Todo el mundo está nervioso porque el asesinato de hijo de la señorita Pony aún sigue suelto. ¿Te molestaría mucho?
Suspiro para sí, Muchísimo, pero ¿Cómo iba a negarse?
-Muy bien solo esta noche
Leegan volvió a carraspear.
-Bueno, es que los hombres hemos pensado que quizá pudieras hacer guardia duran una o dos semanas. Se han ofrecido a pagarte – se apresuró a añadir.
Una maldición se escapó de los labios apretados de Albert. Y Leegan lanzó una mirada inquiera en dirección a Candy.
-¿Cómo voy a pasar despierto toda la noche, y después quien hará mis cosas durante el día?
-Toda la noche no. Los demás te relevarán por turnos pasada la media noche. Podrás dormir unas cuantas horas.
Pero no podré dedicarle tiempo a mi mujer, pensó Albert.
-Por favor, Albert. Sólo hasta que pasen varios días y a las personas se les olvide lo del asesinato de Tom, y los nervios de todo el mundo se calmen un poco.
A Albert no le quedaba más remedio que aceptar. ¿Qué excusa podría aducir? La auténtica no, desde luego, que deseaba pasar todas las noches con Candy para que cumpla sus deberes de esposa en la cama…
Trascurrieron los días, todo el mundo empezó a tranquilizarse a medida que las personas iban olvidando que el asesino de Tom aún andaba suelto. Todo el mundo menos el rubio, que cada día tenía un aspecto más hosco. La gente empezaba a temer encontrarse cara a cara con él. Por lo general, se topaban con unos ojos azules coléricos, los cuales se arrugaban de cansancio y tensión.
La paciencia de Albert se agotó al finalizar el sexto día. En cuanto acabó de atender sus caballos, se dirigió como un rayo hacia su casa sin llamar, sorprendió a Candy, desprevenida que se había estado lavando en una bañera. Tenía el pelo recogido de manera precaria sobre la cabeza. Mechones desobedientes habían escapado y caían sobre su cuello y hombros, todavía mojados después del lavado. Sorprendida, dejó caer la toalla y se quedó allí quieta e inmóvil como un animalito acorralado, nerviosa y sin poder hacer nada.
Albert, seguía sin pronunciar una sola palabra, dejó que sus ojos de desplazaran desde la base de su garganta donde observó un frenético latido, hasta el valle de sus senos, para descender luego hasta más abajo del ombligo. Contempló aquel punto durante un largo y silencioso tiempo. Después se dio media vuelta, salió del cuarto y se encaminó a la casa de Leegan.
-Quiero hablar contigo –rugió
-Claro, Albert.
Leegan que ya conocía a Albert, se alejó de su mujer para impedir que esta escuchará cualquiera expresión poco afortunada.
La especialidad de Albert, no eran los discursos. En realidad le hubiera querido decir a Leegan. Escucha, Leegan estoy caliente y quiero tirarme a mi mujer, si tú y los demás miembros de este jodido pueblo estáis de acuerdo Sin embargo ya no era un bribón y no podía hablar como si lo fuera. Consiguió con un supremo esfuerzo controlarse.
-Estoy harto, ¿entendido? No quiero pasar más una noche alejado de mi… familia. Casi no he tenido tiempo de mear durante toda la semana. –Un hombre tenía derecho a soltar una blasfemia. El dinero extra es estupendo, pero… respiró hondo, exasperado, cuando la visión de la carne de perfumada de Candy acudió a su mente. -Dimito.
-De acuerdo Andrew. Creo que todos se han convencido de que fue un incidente aislado y ya no corremos peligro.
Albert lanzó un suspiro de alivio, había esperado una fuerte discusión. Como no se había producido, se sintió avergonzado por la forma en que había abordado a Leegan.
-Muy bien hasta mañana.
Ya en su casa después de haberse bañado y estando con Candy hablando de todo un poco.
-¿Tú crees que fue un incidente aislado lo de Tom?
Albert miró a la rubia mientras está luchaba para cepillarse el cabello.
-Sí, creo que fue renegado, que ahora se encuentra ya muy lejos. Fue lo primero que te dije.
Candy dejo el cepillo, y empezó a sacarse los zapatos.
-Da la impresión de que la señorita Pony y los demás han aceptado la muerte de Tom. No sé cómo se puede superar la muerte de un ser querido.
Pensaba en cómo se sentiría si ella tuviera un hijo de Albert y luego se quedó helada y muda al oír la respuesta de Albert.
-Tú superaste la perdida de tu hermana Annie.
-Te recuerdo que también era tu mujer.
-Si, y todavía lloro su muerte. ¿Pero y tú?
-No es lo mismo – murmuró la rubia.
-¿Por qué?
-Es diferente solo eso.
-Candy.
Albert esperó hasta que ella le miró, entonces habló de nuevo y lo hizo con una seriedad capaz de comunicar a su mujer que exigía más respuesta.
-¿Quién era el hombre que mató a Annie?
Ella se acercó al rubio donde estaba sentado. Se arrodilló frente a él, poso las manos sobre su muslos, justo encima de las rodillas, y le miró a la cara. Las Lágrimas consiguieron que sus ojos brillarán a la tenue luz de la lámpara.
-No era nadie, Albert. Nadie ni siquiera se merece un pensamiento.
Ladeó la cabeza mientras hablaba. Su cabello se derramó como una cascada sobre un hombro.
-¿Pero ya puedes recordar algo?
-Solo sé que lo odiaba. Era cruel. Le gustaba hacer daño a los demás, me quería hacer daño. Le proporcionaba placer. No puedo recordar quien era (mintió en esto no quería que el rubio la despreciará más al saber que ya había recuperado la memoria y que el despreciable tipo que mato a Annie era su hermanastro y que ella era la culpable, por haberse ido a encontrar con su hermana). Pero puedo sentir que mi único deseo era escapar de él, para salvar mi vida, para salvar mi alma. Dejarle no significó nada. Debes creerme Albert.
-Lloraba las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero su voz no se quebró.
-Nadie me había poseído antes de ti. Te lo juró. Tú has sido el único hombre que me poseyó. Pero ese tipo me quería lastimar, yo me resistía cada vez. Ojala no le hubiera conocido nunca, ojalá, no me hubiera lastimado así podría haber llegado pura de alma para ti.
-Candy…
Ella movió la cabeza y no lo dejó terminar. Ya que había llegado tan lejos, quería explicarle lo que sentía. Tal vez no volviera a reunir fuerzas para ello.
-Pensaste que yo era basura cuando los hijos de la señorita Pony me acogieron. Pero era cierto, yo había vivido como basura, pero en el fondo siempre he sabido que no era mala. Quería vivir entre gente decente. Cuando te casaste conmigo, tomé la decisión de olvidar mi pasado. Me habían regalado una vida nueva, una vida feliz, y estuve decidida a dejar la vieja atrás, por eso me cuesta tanto recordar cosas de mi pasado, sobre todo quien era ese tipo porque solo quiero olvidar.
Las veces que hemos estado juntos no tienen nada que ver con lo que pasó antes. Me has enseñado a perder el miedo, a sentir placer, que lo que ocurre entre un hombre y una mujer no tiene por qué ser vergonzoso, doloroso y horrible.
Las manos del rubio rodearon su rostro. Secó las lágrimas con los pulgares deslizó su mano desde la coronilla a la nuca, fascinado por el tacto del cabello con su palma.
Nunca antes había sentido tanta compasión y orgullo de una mujer en su vida,.
-La mejor época de mi vida ha sido la que he pasado contigo. No puedo cambiar el pasado, aunque me gustaría que se quedará así en el olvido de mi memoria para siempre. Pero por favor, no lo utilices en mi contra, quiero ser una buena esposa para ti, tengo tanto que aprender. Enséñame. Albert. Intentó con todas mis fuerzas olvidar mis orígenes. ¿No puedes olvidarlos tú también por favor?
¿Quién era Williams Albert Andrew, para juzgar a los demás? ¿Acaso él no se había considerado víctima de su herencia? No se había equivocado muchas veces. ¿Cómo podría haber sido tan duro con Candy? Sí ella era tan solo una víctima.
Ahora que tenía la cabeza de Candy apoyada sobre su rodilla, con el pelo desparramado sobre su muslo como madeja de seda enmarañada, no podía negarse a amarla basándose en unos principios confusos. Lo que ella había hecho antes de conocerla se le antojaba circunstancial.
Albert alzó su cabeza con ternura. Separó las rodillas y la atrajo hacía sí,. Cerró los dedos alrededor de su cuello y los enlazó en su nuca.
-Eres hermosa, Candy – dijo en voz alta.
CONTINUARÁ….
