PERFECTA PARA MÍ
Por: Tatita Andrew
Capitulo #13
Un nuevo año y la ilusión de sacar tiempo para terminar todas las historias pendientes, saludos y espero les agrade la actualización..
Candy negaba con la cabeza ante la exclamación del rubio de que era hermosa.
-No.
Ella sacudió la cabeza, haciendo negación de sus palabras, todo cuanto le permitieron los fuertes dedos de Albert que la tenían rodeada por el cuello.
-Sí, lo eres.
Él se recreó y se perdió en la profundidad de sus ojos verdes que bañaban su rostro de un resplandor esmeralda.
-Hasta que te conocí, NO me sentía así.
Albert la atrajo hacia sí y se inclinó para besar sus labios. Los rozó primeramente con sus labios. Alejó las manos de su garganta y resbalaron sobre sus pechos. Recorrió su rostro con los labios, que depositaron besos fugaces sobre sus mejillas húmedas, los párpados, la nariz las sienes, para luego volver a su boca. Deslizó las manos hacia el hueco de su espalda.
Albert aplicó una presión lenta pero constante, hasta amoldarla a su cuerpo.
-He soñado con esto toda la semana – confesó contra sus labios – Te he deseado con todas mis fuerzas – suspiró.- Desde el primer momento en que te vi, te deseé, y me odie por ello.
Le costó mucho admitirlo. Candy no tenía ni idea, no se podía siquiera imaginar el esfuerzo – que Albert tuvo que hacer para confesarle aquella debilidad. Nadie que hubiera visto al joven pistolero de sangre fogosa abalanzarse sobre un hombre a la menor provocación, real o imaginaria, reconocería al individuo que ahora acariciaba con reverencia la mejilla de su amante.
-Pensaba que me odiabas – susurró la joven, y movió la cabeza de un lado a otro, embelesada por el tacto de sus labios de él contra los suyos. La boca de Albert. Una idea embriagadora, que aceleró su respiración y agitó su estómago. Como si tuviera mariposas revoloteando por todos lados.
-Lo intenté. No pude. Estoy harto de castigarnos a los dos.
Entonces la faceta agresiva de su naturaleza se reafirmó. Albert se apoderó de su boca posesivamente, en tanto la inmovilizaba contra el pecho, sus labios accedieron cuando la lengua de Albert los apretó y acarició la suave y húmeda piel. Candy gimió y rodeó su cuello con los brazos.
Se entregaron a los deseos que les había atormentado durante los últimos días. Homenajearon mutuamente sus bocas. Dejaron que sus lenguas se enzarzaran en un festivo combate.
Por fin. Candy se separó y apoyó la mejilla sobre su pecho para recobrar el aliento.
-No sabía que la gente podía hacer esto con sus bocas –susurró en voz baja.
Albert levanto la barbilla y le dedicó una sonrisa traviesa.
-Poca gente lo hace.
El corazón de Candy golpeaba contra sus costillas.
-¿Porqué?
Albert se encogió de hombros.
-No saben lo que se pierden, tal vez.
-Me alegro de que tú no lo hagas. De no dejarlo perder, quiero decir – se sonrojó.
Albert lanzó una vibrante y estruendosa carcajada.
-¿A ti te gusta? – Ella asintió con vehemencia -. Entonces repitámoslo de nuevo – murmuró. La atrajo hacia sí para fundirse en otro beso apasionado.
Sin que sus bocas de desunieran. Albert separó un poco el cuerpo para poder deslizar su mano hacia los botones del corpiño de cuello alto. La respuesta de Candy renovó su confianza. De joven, había sido demasiado impaciente para emplear la delicadeza. Durante su carrera de delincuente, el tiempo no le había permitido demorarse, al hacer el amor con una mujer, aunque tampoco lo había creído necesario, porque las putas consideraban excitante su lujuria desatada. La mojigatería de Annie lo había convertido en un hombre nervioso y torpe. Tenía miedo de tocarla o de ofenderla con cada uno de sus movimientos. Pero Candy….
-Por Dios suspiro. Esta chica lo volvía loco.
Cuando todos los botones estuvieron desabrochados. Albert bajó la boca hasta su cuello y lo mordisqueó con suavidad, mientras le quitaba el vestido.
-Siempre hueles bien.
El aliento de Albert acarició su piel era como si sus labios la quemarán por donde la besaba. Y volvieron las mariposas en su estómago.
Ya con los brazos libres de las mangas del vestido, ella alzó las manos hacia la cabeza de Albert, hundió los dedos en la masa rubia de su cabello y la apretó contra sí. Mientras él seguía mordisqueándola.
Albert la miró. Habían bajado la luz de la lámpara para eliminar cualquiera rastro de vergüenza en Candy. Pero brillaba lo suficiente para arrojar un resplandor dorado sobre la piel de su mujer. El borde de encaje de su bata de dormir dejaba al descubierto la curva superior de sus senos. La textura del valle que los separaba intrigaba a Albert, pues la imaginaba aterciopelada suave bajo los dedos de un hombre, bajo la lengua de un hombre.
Recorrió con el dedo el borde de la camisa de un lado a otro, poco a poco, luego en sentido inverso, mientras seguía su movimiento con los ojos. Cuando los alzó hacia su mirada tierna, sonrió complacido. Se desabrochó y quitó la camisa. A continuación, se quitó el cinturón, y después empezó a desabrocharse los pantalones. Ella continuaba como en trance y sólo miraba sus ojos. Los de ella estaban abiertos de par en par, y mostraban un tono verde oscuro.
-Te doy miedo, Candy?
Ella negó con la cabeza.
-No. Antes sí, pero ya no.
-bueno tú también me dabas miedo a mí – dijo él, lanzando una leve carcajada.
-¿Yo?
Era incompresible que un hombre como Albert pudiera tener miedo de algo.
-¿No te dabas cuenta de lo mucho que me costaba pasar la noche contigo sin tocarte, sobre todo cuando era la hora de dormir y se te veían los senos a través de la luz de la lámpara.
-¿Aún deseas tocarme?
Albert cerró los ojos, como si sintiera dolor.
-Muchísimo
Candy le cogió la mano, la posó sobre su pecho y apretó.
-¿Así?
-Dios sí.
Albert gimió. Su otra mano se reunió con la primera. Masajeó con cariño sus suaves pechos, los alzó, los comprimió, para dejar luego que se acomodaran bajo sus palmas. Candy suspiró su nombre cuando los dedos de Albert describieron círculos alrededor de sus pezones. Exploró e imploró con dulzura, hasta que se pusieron erectos.
-Me abriste la camisa aquella primera noche – susurró ella, aturdida por las emociones
Albert la miró con ojos incrédulos.
-Estaba borracho – contestó con voz ronca.
-Oh. – Candy inclinó la cabeza, avergonzada. A juzgar por su expresión, adivinaba que acababa de decirle algo terrible.
-Lo siento. No sé nada de estas cosas. Pensé que te gustaría…
-Ya lo creo, pero…
Caray, si su esposa era una de las pocas en todo el continente que no rehuía de las caricias de su marido, sería tonto que se lo dijera.
Maldijo los diminutos botones mientras sus dedos luchaban con ellos. Después de unos instantes frustrantes, ella le apartó con delicadeza. Soltó los botones uno a uno, con movimientos lentos e inconscientemente seductores.
Al principio, sólo apareció una franja de piel, después, las cuervas internas de sus senos. Y por el fin, el surco que dividía su estómago. Candy se inclinó hacia delante, de forma que casi tocó con la cabeza la barbilla de Albert, mientras se quitaba la camisa. El cabello resbaló sobre su cara, y cuando se irguió, la cubrió de una forma fascinadora.
Se produjo un rugido en los oídos de Albert que no escuchaba desde que se había acostado por primera vez con una mujer, muchos años antes. Apenas era más que un muchacho, pero recordaba la sequedad de su boca, el sudor que mojaba sus palmas y perlaba su labio superior, el tamborileo de su corazón. Como ahora.
Apartó su cabello y contempló sus pechos. Eran voluminosos coronados de coral, hermosísimos, altos redondos, maternales, eróticos. Los pechos de una mujer y de una amante. Recordó la primera noche que la vio, contempló aquellos senos erectos. Una nueva oleada de sangre inundó su miembro. La potente erección le produjo dolor en su entrepierna.
Cuando posó las manos sobre ella, experimentó mil sensaciones que recorrieron su brazo hasta el corazón. Como hechizado, acarició la carne suave, y comprobó con placer que se adaptaban a la forma de sus manos y al movimiento de sus dedos. La blancura de su mujer resaltaba.
Soplo con suavidad sobre el pezón, que se irguió tentador, la areola rosada que lo rodeaba se arrugó de una forma adorable. Albert murmuró una maldición, rodeó el seno con su mano y bajó la cabeza.
Al principio Candy sintió la caricia sedosa y áspera al mismo tiempo y después el beso húmedo. Apoyó las manos sobre las mejillas de Albert y echó la cabeza hacia atrás. La lengua de Albert se deslizó sobre el lecho de carne rosácea, una y otra vez, lo bañó con el roció de su boca. Después lo encerró en la prisión ardiente y húmeda de sus labios y chupó con suavidad.
Candy emitió una exclamación ahogada de sorpresa y placer, y se apretó más contra él. Un grito entrecortado surgió de sus labios. Los brazos de Albert se cerraron sobre la espalda de la rubia, que se arqueó más hacia atrás. Albert la devoró con dulzura, saboreó cada centímetro de la carne que, durante semanas, había soñado paladear. Bañó sus pezones con la lengua, los sujetó entre los dientes de su boca caliente y febril, y tiró de ellos rítmicamente.
Era un ritmo carnal, ambos respondían al unísono. Albert comprendió que la poseería de nuevo con brutalidad, sino aplacaba su deseo. La alzó y meció su cabeza bajo la barbilla. Lo senos mojados de Candy se aplastaron contra su pecho desnudo.
-Candy, Candy – repitió sin cesar, en tanto la mecía contra él hasta que los dos se calmaron. Esta vez no quería ser brusco y rápido, sino lento y paciente.
Candy se apartó y acarició sus mejillas hirsutas.
-Esto rasca – dijo, y arrugó la nariz de una forma cómica.
-Lo siento. Tendré que afeitarme.
-¡No! Exclamó la joven. Su entusiasmo arrancó una carcajada a Albert, pero se contuvo cuando oyó su siguiente observación.- Tienes muchas cicatrices.
Toco la cicatriz que aparecía sobre su pecho. Después las yemas de sus dedos deambularon sobre su pecho y hombros, en busca de más cicatrices y señales.
-Eso temo.
-¿Dónde te has hiciste? Preguntó curiosa.
Albert apartó su mano y besó sus dedos.
-Son recuerdos de la vida que llevaba.
Lo dijo en un tono que indicaba su determinación de no hablar más al respecto. Estaba entregado al estudio de como oscilaban sus senos al menor movimiento, o de cómo algunos mechones rubios de su cabello caían sobre sus hombros, flirteaban con sus pezones. Candy no aparentaba la menor timidez ante aquella detallada inspección, antes bien manifestaba una curiosidad casi infantil por Albert.
-Vamos a la cama- dijo éste con voz ronca.
Albert ya había tomado la decisión de que no iba a dormir en pantalones cortos, y de ninguna manera iba a sacar una de aquellas ridículas camisas de dormir que Annie insistía en que se pusiera. Iba a dormir tal y como había nacido, y sí a Candy no le gustaba… Bien tendría que acostumbrarse. Se quitó las botas, los calcetines y los pantalones, y los tiró al otro lado del carro.
Candy gateó a toda prisa hacia la cama y permaneció inmóvil cuando Albert apagó la lámpara. Se hizo la oscuridad en aquella casa. Sus oídos ya se habían acostumbrados a seguir los movimientos de Albert y sabía que estaría desnudo cuando se acostaría a su lado.
Estaba aterrorizada y excitada al mismo tiempo por la idea. Una vez García le había mostrado obscenamente sus partes íntimas desabrochándose la bragueta de los pantalones, pero nunca había visto a un hombre adulto desnudo por completo. Por supuesto, Albert era hermoso de cintura para arriba. No podía imaginar que el resto de su cuerpo fuera repulsivo. De todos modos, se quedó rígida y asustada cuando él se tendió a su lado.
Albert no encontró la menor resistencia cuando la atrajo hacia él. Sus brazos la aprisionaron, al tiempo que capturaba su boca en la oscuridad. Gracias a la experiencia contenida en aquel beso, los temores de Candy se disiparon.
Tocó las piernas de Albert con sus pies desnudos, y no fue tan horrible. Tenía los senos apoyados contra el muro de su pecho, y el contacto era electrizante. Albert desnudo no dejaba de ser Albert. Sabía que no debía temer nada de él.
Candy le rodeó con sus brazos y acarició los músculos de su espalda. Dejó que sus manos descendieran más debajo de la cintura y tocó lo que había admirado aquella mañana en el río. Deslizó las palmas sobre las curvas firmes de sus nalgas.
-Dios todopoderoso- gruñó el rubio, y la tendió sobre las sábanas. Agradeció la luz de luna que la ayudó a desatar el cinturón de las enaguas y los pantalones interiores de Candy. Agarró todo con una mano y le bajó de un solo movimiento el vestido y las prendas interiores, que formaron un montón de calicó e hilo al pie de la cama.
Entonces sus ojos admiraron los pies pequeños, los delicados tobillos, la forma de las pantorrillas las esbeltas columnas de sus piernas. Se le cortó la respiración al ver el nido de rizos en su triangulo de feminidad, al igual que la suave redondez de sus caderas, su estómago plano, la perfección de sus pechos. Su belleza le cautivó y la contempló, la absorbió, durante un largo momento.
Desde la pubertad. Candy nunca había estado completamente desnuda delante de nadie, ni siquiera ante su recatada madre. Se sintió alarmada por la atención que le prestaba Albert. ¿No era como las demás mujeres? ¿Era fea como un pecado y lo ignoraba? ¿Tenía alguna deformidad?
-¿Albert?- preguntó temblorosa, y cubrió su femineidad con una mano protectora.
Albert salió del trance y se tendió a su lado. Apretó su cuerpo peludo contra la sedosidad de Candy con el fin de experimentar el erotismo al contraste.
-Dios mío – suspiró, mientras apoyaba la mano sobre sus senos. Durante varios minutos se limitó solo a abrazarla sin creer que le hubiera concedido aquel regalo. Se le antojo inconcebible que alguna vez la hubiera considerado simple y vulgar. Ella era única y hermosa era suya…
Se incorporó y se inclinó para poder besar su boca. Apenas introdujo la lengua en la dulce cavidad de su boca, sino que la paseó con suavidad sobre sus labios. Candy apoyó la mano sobre su cabeza con idéntica delicadeza.
Albert tomó uno de sus senos con una mano y se lo llevó a la boca. Describió círculos de besos alrededor, cada vez más cerca de la cumbre. Acarició el pezón con un movimiento circular de sus labios, hasta endurecerlo como una piedra. Después lo lamió con la lengua.
Candy se estremeció y se alzó un poco, para luego dejarse caer de nuevo. En su interior, entre las piernas, experimentó aquella agitación que ya le era familiar, el deseo de algo indefinido y desconocido. La culminación si su legado era aquel goce casi insoportable, no podía ser menos esplendida.
Albert posó la mano sobre su cintura, la apretó un poco y continuó descendiendo por la curva de su cadera hasta el muslo. Su piel era como raso caliente. Acariciarla era como ser acariciado. Sus dedos recorrieron el muslo, se detuvieron una fracción de segundo e invadieron la humedad de su entrepierna.
No oyó ninguna objeción; tan sólo un leve gemido surgió de los labios de Candy. Albert, vacilante, apartó los muslos de la joven y acomodó su mano entre ellos. Carne dócil, calidad y húmeda, rodeó sus dedos.
-Candy – masculló entre dientes su nombre, a medida que se familiarizaba con su misterio.
-¡Albert! Gimió ella.
Él retiro la mano y al instante la apoyó sobre su rodilla.
-Lo siento. Parare. Sólo quería tocarte.
-No – la tranquilizó-. No he de hacerlo. Nunca volveré a tocarte así si tú no…
-¡No! – exclamó la joven, un poco histérica-. Quiero decir ¿si has de parar?
La maldición ahogada selló los labios de Candy, un momento antes de que él la besara. Su mano obró con más audacia, pero no con menos delicadeza. Dos dedos encontraron la confortable humedad y se fundieron en su abrazo líquido. El pulgar masajeó su clíctoris.
Vio que el rostro de Candy adoptaba aquella expresión sublime que había advertido las otras veces que la había poseído. Vio que sus pezones se tensaban, su estómago se convulsionaba, su respiración se aceleraba y casi estalló el deseo que le exigía la liberación.
Necesitaba poseerla adentrarse en ella, saco los dedos de su sexo, y se hundió en ella, hasta el fondo intentando acoplarse. Permaneció unos instantes completamente inmóvil, respirando en su cuello, alojado en sus entrañas. Después levantó la cabeza y la miró a los ojos.
-Nunca había sentido esto Albert. ¿Es así como ha de ser? – susurró, y recorrió su rostro con la yema de un dedo.
Albert cerró los ojos y sacudió la cabeza. Se esforzó en no moverse aún, en no apresurarse.
-No. Tan estupendo. No.
Entonces perdió el control y empezó a mover las caderas. Practicó todas las técnicas que le habían enseñado, tanto en burdeles como alrededor de los fuegos del campamento. Retrocedió hasta salir casi de su interior, para luego zambullirse hasta el fondo. Acarició los muros de su cuerpo, con rapidez, con lentitud, a ritmos que robaban el sentido a Candy.
Rozo sus pezones con el pecho, le acarició el estómago con el suyo, masajeó sus muslos con manos poderosas. Estaba perdido en su femineidad, en su dulzura y no deseaba que le encontrarán jamás.
El rostro de Candy expresaba un placer supremo, lo cual sirvió para intensificar el suyo. Cuando llego al éxtasis, Albert notó como Candy se estremecía debajo de su cuerpo, se abrazaron intensamente, para volar juntos a la cima del cielo para luego poco a poco regresar con suavidad a la tierra.
Los dedos de Candy recorrieron perezosos su espalda cubierta de sudor, mientras yacían entrelazados en un exhausto abrazo. Albert se recuperó por fin, se despegó de ella, se acostó de espaldas y tomó aire varias veces.
Al ver que permanecía inmóvil durante largo rato, Candy apoyó la mano sobre su estomagó y le preguntó con cierto temor.
-Te encuentras bien, Albert?
Él reunió suficiente fuerzas para lanzar una risita
-Candy, ¿Cómo puedes ser tan inocente y experta al mismo tiempo?
Se puso de costado y la miró con ternura. Mechones de pelo rubio rizados se pegaban a sus mejillas, húmedas de sudor, su piel exhibía el brillo rosáceo de la satisfacción sexual. Tenía los ojos brillantes y adormecidos cuando le sonrío con timidez. Dios, que hermosa es, pensó Albert. La abrazó, pese al calor de la noche.
-Vamos a dormir.
Candy se acurrucó contra él, acunada por la sensación de protección que le proporcionaba su compañero. Albert cubrió su seno con la mano, en tanto ella posaba la suya sobre el hueco de su cintura cuando se durmieron ambos sonreían.
Albert despertó con una letargia poco común. No recordaba una noche en que hubiera dormido mejor. Antes de abrir los ojos, se cubrió la cara con el pelo de Candy y aspiró su perfume. La joven aún dormía. Se levantó con cuidado, tratando de no despertarla. Quería examinar lo que la oscuridad de la noche había ocultado.
Dejó era tan que sus ojos vagaran a voluntad sobre las dulces formas de su mujer. Su piel apetitosa para la vista como para el tacto. Aún conservaba su sabor en la lengua. Una leva capa de pecas adornaba sus mejillas, sonrió al pensar que la dotaba de un increíble aspecto infantil. Sin embargo sus ojos adornados de espesas pestañas, extendidas ahora como abanicos sobre sus mejillas, eran los de una mujer. Polifacéticos, brillantes de lágrimas en un momento dado, nublado por la pasión al siguiente. Hablaba por sí solos, prometían maravillas, y la excitación hormigueó en su miembro dormido cuando recordó la forma sensual con que le habían mirado.
Tenía los labios entreabiertos. En aquel momento él solo deseaba introducir su lengua entre ellos, penetrarlos. Poseía la boca más dulce. Y sabía besar.
¿Qué más sabía?
Una arruga apareció en su entrecejo y se llenó de irritación. ¿Por qué demonios seguía pensando en ellos? Parecía tan inocente y sin embargo…
Anoche había vivido el sueño sexual de un hombre convertido en realidad. Candy no había fingido. Albert había oído que algunas mujeres experimentan la misma pequeña muerte que los hombres. Las prostitutas fingían, porque creían que así lo esperaban sus clientes. Dudaba que alguna vez Annie hubiera oído hablar de algo parecido, y si así fuera, se habría quedado horrorizada.
Annie. Sus recuerdos aún le incomodaban más que otra cosa. La echaba de menos. Tenía muchas preguntas, sin resolver. ¿Quién la había matado y porque? Y que tenía que ver Candy en todo esto. ¿Por qué se iban a encontrar? ¿Qué secreto las unía? No entendía cómo podía pensar en Annie y disfrutar el cuerpo de Candy con tal abandono. ¿Era posible amar a una mujer y estar obsesionado con otra? Él sabía que no amaba Candy solo era deseo se decía así mismo. Pensaba en Annie y la culpa lo invadía sabía que sino él no la hubiera traído a vivir con él, seguiría viva.
Odiaba las comparaciones pero no podía evitarlo. Annie era tan fría y educada, y Candy era como el fuego. Annie era tan recatada hasta el punto de exasperarle. Ella nunca le había dejado que la viera desnuda. Ahora Candy estaba tendida desnuda a su lado. Bellamente desnuda. Ella había traspasado los límites de la impudicia. Había dado todo con generosidad, permitiéndole un acceso ilimitado, todo cuanto había querido hacer. Annie se hubiera desmayado si se hubiera movido en su interior como lo había hecho con Candy. Se habría quedado quieta, le habría aceptado, pero después habría saltado de la cama para ir a lavarse, como si el producto de Albert hubiera sido algo degradante.
Candy se había aferrado a él, le había ordeñado con su cuerpo, se había movido con él, emitido aquellos sonidos musicales que parecían recorrer su cuerpo como ronroneos y acariciaban su miembro. Cuando todo terminó, se había cubierto el estómago con las manos y abrazado, como si atesorara la esencia de Albert que había pasado a integrarse en su cuerpo.
Pensar en aquello le produjo una erección. Se maldijo así mismo y la maldijo a ella también. Porque así como el adoraba su naturaleza sensual, ella lo hechizaba. ¿Cómo había llegado a adquirir Candy aquellas aptitudes, ese talento para amar que le había transportado a un reino sexual que incluso él, con toda su experiencia, desconocía?
Contempló sus senos, incluso en reposo, los pezones se veían un poco inflamados. Su estómago subía y bajaba al compás de su respiración. Y Albert quiso poner su boca sobre él, y hundir la lengua en su ombligo. Deseo recorrer de nuevo con los dedos aquel sedoso triángulo de vello.
-¿Quién eres, Candy…?
Ni siquiera sabía su apellido.
Claro ella tampoco sabía el suyo.
Admiró su hermosura a la luz del amanecer y supo que era capaz de perdonar cualquier cosa de su pasado, como ella le había pedido. Con tal de que no le hubiera mentido acerca de que ella también iba a olvidarlo… si alguna vez descubría que le había metido al respecto nunca la perdonaría.
No se atrevió a tocarla, pues de lo contrario le habría sido imposible marcharse. Se puso los pantalones y salió.
Minutos después Candy despertó y busco a Albert. No estaba a su lado pero le oyó moverse fuera. Se levantó; y se fue a dar un baño. Sus mejillas se encendieron cuando recordó como la había tocado Albert, como había reaccionado ella.
¿Pensaría mal de ella?
¿Qué le había pasado? Durante un terrible momento pensó que iba a morir, si bien, al mismo tiempo, nunca se había sentido más viva. El placer se había derramado sobre ella como cascada. Tan intenso fue el placer que no creyó que su cuerpo fuera capaz de contenerlo. Se había aferrado a él con avidez, para que durara más. Había cerrado los miembros alrededor de Albert, con el ansia de retener en sus entrañas todo cuanto fuera posible su virilidad.
Se cubrió la cara con las dos manos, respiró hondo y rogó no haber hecho algo impropio de una mujer casada.
Se apartó el pelo de la cara, pero dejó que resbalará sobre su espalda. ¿No le había dicho Albert que era bonito, que era ella hermosa? Después de vestirse. Salió de la casa. No lo vio a Albert, y se alegró. Aún no estaba preparada para encontrarse cara a cara con él, pues se sentía turbada por lo que había sucedido durante la noche.
CONTINUARÁ….
