PERFECTA PARA MÍ

Por: Tatita Andrew

Capitulo #15

Se comportó igual el resto de la velada. Albert no entendía el motivo. Estaba nerviosa, saltaba al menor ruido. Candy era muy parlanchina, sin embargo, aquella noche fue incapaz de terminar una frase. Incluso se mostró hosca con unos vecinos que vinieron después de la cena para visitarlos.

Albert se levantó expectante de la silla. La última vez que habían ido de paseo después del ocaso, se habían alejado bastante de la ciudad para hacer el amor en un campo de flores.

Mientras rodaban por el perfumado prado y se besaban con pasión, él le había forcejeado con los pantalones de Candy por debajo de la falda. Ella no había protestado, pero se llevó una decepción cuando, todavía estaba vestido, Albert se había puesto encima de ella.

-Albert, ¿Qué haces? – exclamó

-Adivínalo – replicó él, mientras rodeaba sus nalgas con las manos y la atraía hacía sí

Candy emitió un jadeo de placer cuando él la penetró. La tocó de una manera nueva y sus sentidos entonaron una canción. Parecía una virgen, con la falda desplegada en círculo a su alrededor y las piernas abiertas, pero no había nada recatado en su mirada erótica, cuando el instinto de su cuerpo dictó que rodará encima de Albert.

Éste había acariciado sus muslos, yendo hacia arriba, más arriba, hasta llegar al punto en que sus cuerpos se unían. La miró Candy echaba la cabeza hacia atrás y su cabello caía sobre su espalda, y hundió los pulgares hacia el auténtico centro de su cuerpo. Siempre con la misma delicadeza, masajeó la llave que abría toda su femineidad. Los pulgares frotaron la fuente mágica y notó que el cuerpo de Candy se cerraba sobre su miembro como un puño de seda.

Ella gritó su nombre a los cielos y cayó hacia adelante, apoyándose con los brazos encima de él. Albert había sonreído al cielo, aspirando el perfume de las hojas, de él, el de ella, el de la noche de verano, y admitió que nunca había experimentado tanta paz, bienestar y felicidad en su vida. Había enlazada las manos sobre su espalda para apretarla contra él. Tenía que agradecer a aquella mujer tanta dicha.

Por eso cuando las hijas de la señorita Pony sugirieron que fueran a dar un paseo, el pulso de Albert se aceleró, y su cuerpo reaccionó de la manera más profunda.

Candy rechazó la invitación y su creciente deseo con un seco No quiero que nadie cuide mi casa, excepto yo. Las muchachas la miraron con una expresión peculiar.

-Ha estado nerviosa todo el día, quizá tenga dolor de estómago – dijo Albert en nombre de Candy para no parecer grosero.

Aquella noche se acostó antes de que Albert entrará al cuarto. Él se dio cuenta de que no estaba dormida, aunque lo fingía. Maldijo a las mujeres en general cuando se tendió a su lado. ¿Qué rayos le pasaba?

Entonces el rubio sintió una punzada de culpabilidad. La regla.

Por Dios casi se había olvidado que Annie se pasaba varios días en la cama por esa causa, y Candy se había ocupado todo el día del cuidado de la casa, del aseo y de cocinar.

Se volvió hacia ella.

-¿Candy?

Tenía la cara apartada de Albert, y revivía mentalmente su encuentro con su hermanastro García, al tiempo que intentaba reprimir el miedo que retorcía sus entrañas.

-¿Sí?

No merecía ser su esposa. Seguía sintiéndose sucia y eso que García no le había puesto un solo dedo encima. Un sollozo escapó de sus labios.

Albert la oyó y la volvió hacia él, sin hacer caso de su momentánea resistencia. Apretó su cara contra su pecho y le acarició el cabello.

-Duerme – susurró y depositó un suave beso sobre su sien. Ya no maldecía la ternura que le inspiraba. Su origen era una parte que el desconocía. No podía controlarla, de modo que se entregó a ella. Se decía que aún quería un poco a Annie y tal vez siempre la querría, pero ella estaba muerta, él estaba vivo, y un hombre civilizado necesitaba una compañera.

-Te encontraras mejor en la mañana.

Albert se durmió primero que ella. Candy, a su lado, escuchó el ritmo regular de su corazón, llena de amor, y se preguntó cómo iba a escapar de García esta vez.

Empezó a tranquilizarse un poco cuando transcurrieron tres días sin que García apareciera de nuevo. Quizá sólo había jugado con ella para asustarla. Quizá le había pasado algo. Quizá…

De todos modos Candy estuvo registrando la casa.

-Todavía no me siento del todo bien – mintió a Albert la mañana siguiente a la visita de García-. ¿Crees que Tom le importaría sustituirme hoy? Creo que me quedaré adentro en la casa.

Albert la examinó con atención, pero ella evitó sus ojos. ¿Estaba enferma de verdad y no se lo quería decir? Albert no le había hecho el amor, pues supuso que aquella noche ella no habría respondido como siempre a sus caricias. ¿Acaso Candy pensaba abandonarle? Un millón de posibilidades pasaron por su mente, y no soportaba ninguna.

-De acuerdo – contestó tirante. Y se alejó.

Candy sabía que estaba poniendo a prueba los nervios del rubio, pero no podía evitarlo. Estaba luchando por su vida, por la de él, y por todas las personas del pueblo que ella amaba.

Aquel día miró en todas las cajas, en todos los cajones de la cómoda en cualquiera lugar donde Albert o donde Annie, hubiera podido ocultar las joyas. No creía que Albert supiera algo de esas alhajas, pese a que sí había escondido dinero en la casa. Lo descubrió en un azucarero de porcelana china que Albert había envuelto con papel de periódico. Pero no halló ni rastro de las joyas.

García debía estar equivocado, pero si no encontraba lo que él estaba decidido a poseer, ¿Qué pasaría? ¿Denunciaría a Albert? ¿Lo mataría? ¿Diría a Albert que ella era su concubina?. Candy sospechaba que Albert pensaba que no había sido virgen para él. Aquella primera noche.

No tardo en descubrirlo.

Al cuarto día mientras estaba inclinada afuera recogiendo unas leñas para la hoguera, levantó la vista y le vio de pie a escasos centímetros de ella. No sabía de dónde había salido. Se había materializado de la nada.

-¿Lo has encontrado? – preguntó.

-No. No hay nada. He buscado.

-NO me vengas ahora con enredos. Está ahí, te lo digo yo.

-NO, García.

Paseó una nerviosa mirada a su alrededor. ¿Qué ocurriría si alguien la veía hablando con él? Todo el mundo estaba dedicado a sus quehaceres como si se tratara de una noche cualquiera, y no aquella en que su mundo se haría trizas… por segunda vez.

-Te digo que las he estado buscando.

-¿Por todas partes?

-Sí afirmó ella con energía.

García se rasco la entrepierna.

-Bien, en ese caso, creo que deberé acercarme a la ciudad más próxima y avisar a las autoridades de que este pueblo se oculta un hombre buscado por la ley. Supongo que se producirá un buen alboroto.

Se alejó dos pasos.

-¡No, espera! – gritó Candy.

García se dio media vuelta y la traspasó con la mirada.

Candy se retorció las manos y humedeció los labios.

-Yo… quizás hay sitios donde no he buscado. No es fácil.

-No dije que fuera a ser fácil. Te dije que lo hicieras.

-Dame unos cuantos días más, García por favor.

-Él se acercó a ella con aire de depredador.

-Y para ablandar mi corazón. ¿Qué me darás, eh?

Candy retrocedió. El la siguió.

-Aún no he tenido tiempo de pasar por la ciudad, ¿comprendes? Hace días que me apetece muchísimo una mujer, y…

-Será mejor que tenga poderosos motivos para intentar acorralar a mi mujer contra la pared. Señor

La voz mortífera se oyó a medio metro de ambos, cuando Albert salió por el otro lado de la entrada principal. García reaccionó con instinto animal y lanzó la mano hacia la funda del cuchillo.

-Yo no lo haría – se limitó a advertir Albert.

Fue suficiente. Antes de que la mano de García hubiera llegado a mitad de camino de la funda, Albert ya empuñaba la pistola, cuyo cañón quedó apoyado sobre el puente de la nariz ancha y aplastada de García, justo entre los ojos. García levantó las manos y las extendió como pudo, para alejarlas al máximo de sus costados.

-Ahora a menos que quiera que le vuele los sesos, sugiero que se aparte de mi mujer.

Era la primera vez en su vida que Candy veía a García obedecer a alguien. Nunca había prestado atención a las órdenes. Estaba pálido y sudoroso cuando se alejó de ella, arrastrando los pies.

-Cuidado con ese Alber, señor – tartamudeó García, y trató de lanzar una risita -. Su mujer estaba tan asustadiza como un poni. Sólo le pregunté dónde estaba usted y empezó a temblar.

Albert no le creyó ni por un momento. Candy tenía el aspecto de haber visto un fantasma.

-Bien, ya me has encontrado. ¿Qué es lo que quiere?

-Trabajo: Usted es Williams Andrew ¿verdad?

Candy miró asustada a García ¿Qué era lo que pretendía? Albert se puso inmediatamente a la defensiva. Candy vio que sus ojos centelleaban y sus labios se apretaban bajo el bigote.

-¿Quién quiere saberlo?

-Me llamo García.

Antes de seguir hablando. García trató de advertir si se producía alguna reacción por parte del rubio, la oír su nombre, pero no fue así. Eso significaba que a Candy no le había hablado de su pasado. Deseó poseer la valentía suficiente para comunicarle que era él quien había matado a su esposa. Y también a una prostituta en donde acusaban al rubio de ser el asesino.

-He oído que tiene unos caballos estupendos.

-¿Dónde lo ha oído?

-No me acuerdo – arrugó la cara, como si intentará recordar-. Soy bueno con los caballos, y pensé que tal vez me contrataría para ayudar a cuidarlos.

Albert bajó el cañón de la pistola y la enfundó.

-No necesito ayuda – espetó.

-Seguro que son unos animales estupendos. ¿No puede prestar un poco de ayuda a un pobre hombre?

-He dicho que no necesito ayuda –repitió el rubio, con una voz que hubiera segado las venas de un hombre valiente. Ya he contratado a un joven para ayudarme.

García chasqueó la lengua.

-Vaya que pena, ¿no? La historia de mi vida. Un día tarde y un dólar menos.

-Ya puede marcharse. García – dijo Albert.

Candy advirtió un momentáneo destello de odio en la cara de García. No le gustaba que le dijeran lo que debía hacer y Albert ya le había humillado una vez.

-Muy bien. Siento haber molestado. – saludó con el sombreo a Candy-. Lamento haberla asustado señor. Evito los problemas siempre que puedo. – Apoyó la mano sobre la camisa y Candy oyó el crujido del papel. Era su forma de recordarle el cartel de busca y captura-. Siempre concedo a las personas el beneficio de la duda.

Volvería a averiguar si había descubierto las joyas.

-Largo – García.

Los labios de Albert ni siquiera se movieron cuando pronunció estas palabras.

García le dirigió una mirada de odio, esbozó una sonrisa taimada y se alejó hacia un escuálido caballo, que estaba atado no lejos de la casa. Albert y Candy le siguieron con la mirada hasta que se perdió de vista.

Albert se volvió hacia ella y la cogió por los hombros. Dobló las rodillas para escudriñar mejor su cara.

-¿Te ha hecho daño? ¿Qué dijo? ¿Te encuentras bien?

Los dientes de Candy castañearon y tartamudeó cuando contestó.

-Sí, estoy bien.

-estabas muerta de miedo. Ví la expresión en tu cara.

-Fui una tonta por asustarme. Era raro. Pero creo que inofensivo.

-Bien, pue yo no lo creo. Voy a seguirle.

-¡No! Gritó Candy y le agarró por las mangas-. No, Albert. Es… podría ser peligroso.

Al parecer no advirtió que se había contradicho. Albert lamentaba no haber disparado a aquel hombre cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Se contuvo para no aterrizar a Candy. Nunca la había visto tan aterrorizada.

-Sólo hasta que se haya alejado lo bastante. Enviaré a Tom para que te haga compañía.

Albert estaba ansioso por asegurarse de que el tal García sólo era un vagabundo. Le molestaba que aquel hombre supiera tanto sobre él. ¿Sabía algo más, aparte de que Williams Albert poseía una manada de caballos? ¿Sabía algo acerca de su pasado. Valía la pena comprobarlo.

Albert seguía preocupado horas después, cuando regreso a la casa, tras haber perdido el rastro de García después de anochecer. Paseó por la ciudad y preguntó si alguien había visto a aquel tipo o hablado con él. Se tranquilizó un poco cuando el señor Leagan le contó que García había esado en el corral por la tarde, cuando se disponía a acampar.

-Me preguntó de quien eran los caballos. Le di tu nombre. Incluso le indiqué vuestra casa. Lo siento Albert.

-No importa supongo que efectivamente tan sólo es un vagabundo en busca de trabajo, pero no creo que nos convenga su compañía.

-estoy de acuerdo – admitió Leagan. Una sabandija repugnante.

Albert volvió a su casa y decidió que había dejado volar demasiado su imaginación. Había pasado más de tres años desde que una bala le había alcanzado y le habían dado por muerto. En lo que a Albert concernía. Williams había muerto. No obstante los cazadores de recompensas y agentes de la ley se alegrarían mucho de saber que vivía bajo una nueva identidad. Las precauciones nunca eran pocas.

Tom estaba sentado en los peldaños de la escalera de la casa y contemplaba las ascuas agonizantes de la hoguera. Se puso en pie de un brinco y cogió el rifle apoyado contra la parte posterior de la casa cuando oyó acercarse a Albert.

-Tranquilo soy yo –dijo Albert-. ¿Dónde está Candy?

-dormida – contestó Tom, con la misma melancolía que manifestaba desde la muerte de Jimmy.

-¿Ella está bien?

-Sí.

-¿Alguna novedad durante mi ausencia?

-No

No podía contarle a Albert que Eliza Leagan se le había acercado a hurtadillas y le había suplicado que hablaran. Se había deslizado por detrás de él en cuando Candy entró al cuarto y apagó la lámpara.

-Tom – había susurrado desde la oscuridad.

El chico había girado en redondo, al ver quién le había sobresaltado y arrancado de sus tristes reflexiones, la miro con furia.

-Lárgate – murmuró, y volvió a sentarse en los peldaños de la escalera.

-Quiero hablar contigo, Tom – gimoteó la muchacha-. Me has evitado desde…. Desde… desde el día que mataron a Tommy.

-Exacto. ¿Has comprendido el mensaje?

Eliza apretó los dedos contra sus labios temblorosos.

Si no hubiera estado con Eliza aquella tarde, sino la hubiera manoseado de arriba abajo. Si sus senos…, si su boca…

Pese a todo, notó que una oleada de pasión le asaltaba. Controlaba su cuerpo, pero no podía dominar su cerebro, ni su corazón. ¿Cómo podía desear volver a hacer el amor, cuando aún lloraba a su hermano? Debía ser un pervertido. También detestaba que Eliza se hubiera dado cuenta de su excitación. La muchacha se había acercado a él, colocado una mano sobre la bragueta y frotado su miembro a través de la tela.

-¿Ya no te gusto, Tom?

Aún en la oscuridad, el muchacho pudo darse cuenta de que Eliza no llevaba nada debajo del vestido. Una erección había sido el fruto de sus manipulaciones, y un gruñido de desprecio por sí mismo surgió de su garganta.

La apartó de un empujón.

-Déjame en paz.

-la joven, enfurecida, se echó hacía atrás el pelo, pateó el suelo y cerró los puños.

-Muy bien, pero te advierto que si me has hecho un niño, lo lamentarás mi papá te matará.

Había desaparecido en la oscuridad después de aquella funesta, aunque absurda amenaza, y Tom se había quedado más desconsolado que nunca. Había pensado que tal circunstancia era imposible.

Ahora salió de sus meditaciones para pedir a Albert que repitiera su pregunta.

-He dicho si quedaba un poco de café. Da igual. Creo que si queda algo.

Albert se sirvió los restos y quitó el pote del fuego.

-Candy me dijo que quedan judías, por si querías.

Albert negó con la cabeza.

-Ya tengo bastante. Gracias por vigilar. Ya puedes ir a tu casa. Yo apagaré el fuego.

Tom vaciló y Albert, al intuir que la distracción del muchacho era fruto de su dolor por la muerte de Tommy. Esperó en tanto bebía el café con aparente indiferencia. No presionaría al chico para que le contará sus angustias, pero si Tom deseaba aliviar su alma, le escucharía con gusto.

-Recuerdo aquel toro que tenía nuestros vecinos. Se lo pedimos prestado para nuestra vaca – empezó Tom sin más preámbulos. Carraspeó y restregó la mano en la pernera del pantalón. Luego tiro de un hilo suelto del puño de la camisa-. Y bueno, cada que…, ya sabes, cada vez que él la montaba, ella paría.

-Sí – contestó Albert. Tomó otro sorbo de café y contempló los carbones humeantes.

-Me estaba preguntando – tosió -, si eso ocurre con nosotros. Con los humanos, me refiero.

Albert tiró los restos del café al suelo y se levantó. Se quitó el sombreo, lo colgó de un clavo que sobresalía de la parte posterior de la casa, se quitó la camisa y vertió agua en la jofaina de hojalata que utilizaba para lavarse.

-Si lo que preguntas es si una mujer concibe cada vez que está con un hombre, la respuesta es no – contestó, después de mojarse la cara y el cuello. Se secó con una toalla.

-¿Cuántas veces crees que son necesarias? Quiero, decir… si entras en ella varias veces, digamos tres o cuatro, ¿podría ser que…?

-Tom, - Albert apoyó una mano sobre el hombre del muchacho-, ¿por qué no me cuentas lo que te preocupa?

Tom miró a Albert con expresión apesadumbrada, y después inclinó la cabeza. Albert sintió que los delgados hombros del muchacho empezaban a temblar bajo sus manos, después de que Tom estalló en sollozos.

La historia surgió a borbotones, su deseo por Eliza, un deseo que le volvía loco, el momento en que soborno a Jimmy para que hiciera sus tareas, mientras él se encontraba con la muchacha junto al río. Confesó como habían pasado aquella tarde. También le dijo que había sido su primera vez y que había sido una experiencia increíble.

Lloraba a lágrima viva, después se secó la nariz y los ojos con la manga de la camisa y confeso su dolor.

-pero si yo no hubiera estado con ella. Jimmy aún seguiría vivo. Fue por mi culpa. Me comporté como un asqueroso bastardo, mientras mi hermano le cortaban el cuello.

Albert maldijo entre dientes ¿Por qué tenía que sufrir el muchacho aquella culpa? ¿No era suficiente que a su hermano le hubieran asesinado brutalmente?

Contempló la cara desolada de Tom y casi envidió su capacidad de querer tanto a alguien. Cuando él tenía la edad de aquel muchacho, mato a su primer hombre. No había sentido nada, salvo cierto júbilo. No había sentido una punzada de remordimiento, ya que fue en defensa propia, mucho menos la desesperación atormentadora que experimentaba Tom. El chico ignoraba la suerte que tenía al ser capaz de llorar.

-No fue por tu culpa, Tom – dijo-. Jimmy siempre iba a pasear solo. Podía haber ocurrido en cualquier momento. Fue pura coincidencia que tú estuvieras entonces con Eliza. Albert recordó los días en que deseaba con tanto ardor a Candy que creyó morir si no la poseía-. Cualquier hombre comprende lo que es desear a una mujer.

-Coño, ojala no la hubiera tocado nunca. Ahora ella dice que podría estar embarazada. Mi madre me matará. Si la de ella no me mata antes.

Albert lanzó una carcajada. Y Tom la miró sorprendido.

-¿Te gusta mucho Eliza?

Albert no quería denigrar a la muchacha por si el chico estaba enamorado de ella, o creía estarlo.

Tom se removió inquieto.

-Al principio pensé que quería casarme con ella. De verás pensaba que la quería.

– maldijo otra vez. Eliza tiene razón. Dijo que sólo me interesaba acostarme con ella, y ahora que ya ha sucedido me importa un pimiento. Supongo que tendré que casarme con ella. –añadió con escaso entusiasmo.

-Tendrás que ponerte a la cola.

-¿Qué?

-Oro chico me dijo que Eliza le estaba presionando para que se casará con ella. Tom – dijo con suavidad -. Esa muchacha ha estado con otros hombres. – No aclaró que él también había recibido la invitación muchas veces. Elia se lo había sugerido con sutiliza, pero un hombre no podía dejar de darse cuenta-. Y si se queda embarazada le costará muchísimo demostrar quién es el padre. Es un pendón muy listo y te hace bailar a su son. – cuando vio la expresión desolada del muchacho, le palmeó en la espalda. Hay una Eliza en la vida de cada hombre, la chica que le inicia, que le seduce, y que luego actúa como si estuviera ofendida.

-¿Tú también tuviste una Albert?

Albert frunció el ceño y se preguntó que diría Tom si supiera que él había sido iniciado por un harén. Cuyas mujeres le agasajaban complacidas las tardes noches en que el negocio no iba muy bien. Sonrió en la oscuridad y sus dientes destellaron.

-Está es la segunda lección que debes aprender: un caballero no habla de estas cosas.

Vio que Tom sonreía y se tranquilizó. Por primera vez desde el asesinato de Jimmy, volvía a ser el mismo…

CONTINUARÁ….

Seguimos en las actualizaciones mis estimadas amigas