Capítulo VI: Revelaciones

Día 4: Lunes 20 de Enero

8 am

Rachel dormía cómodamente en su departamento nuevo, en su gran cama king zise, ella dormía muy bien, muy rico.

Quinn ya se encontraba en el trabajo, en su oficina, cuándo entró Samanta a primera hora con una bandeja que contenía, tres píldoras y un pequeño vaso de jugo recién exprimido.

- Llegó los dulces mi Lucy – le dijo mirándola con mucho amor en sus ojos.

Quinn tomó sus píldoras tragándolas más el jugo de naranja – gracias Sam, no sé qué haría sin ti.

- Ojalá nunca tenga que averiguarlo – le dijo sentándose frente a ella.

Esa era su rutina desde que Quinn se enteró que estaba enferma, un tumor inoperable en la cabeza, en una región muy delicada que comprometía todas sus oportunidades de vida, en el mejor de los casos, paraplejia, dijo el doctor en ese momento. Consultaron muchos de ellos, casi todos con la misma esperanza de vida, ninguno quería operarla.

- "Hay tratamientos paliativos – le dijo una neuróloga – se puede intentar este nuevo tratamiento experimental con la única finalidad de reducir su tamaño para que al final del año, sea operable.

- ¿Pero al final del mismo, no se habrá expandido más? – le preguntó Samanta en su tiempo viendo a su Lucy recostada en la camilla, viéndola con demasiado temor en los ojos cómo para preguntar.

- Con tú diagnóstico, yo me arriesgaría por este tratamiento… - ella iba a continuar, pero Sam la interrumpió diciendo – la expansión y crecimiento del mismo, ¿no la matará?

- Es un juego de ruleta rusa, después de todo – le respondió la neuróloga.

- ¿Si fuera usted qué haría? – le preguntó Samanta cogiendo la mano de Quinn.

- Hay quienes le dirán que disfrute su vida, haga todo lo que no hizo y si lo hace el destino será la muerte. Sí ignora el problema, su destino será la muerte. Si se opera, el destino será su muerte. Si intenta el tratamiento experimental que voy a brindarle, "experimental" ojo, hay un 5% de probabilidades que haga que llegue al año con el tamaño perfeto y dentro del límite a ser operado, eh incluso después de la operación, el destino "podría "ser su muerte. Cómo le digo, se trata de una ruleta rusa – explicó

- Y si accedo a este tratamiento ¿habrá consecuencias? – preguntó Quinn desde su camilla, pensado en los dos amores de la vida. Uno en su vida, el otro, perdido por Nueva York.

- Por supuesto que las habrá – respondió la doctora – te sentirás cómo apaleada, puede haber desmayos, perdidas de la conciencia, lagunas, perdida de la visión, etc. El tratamiento es experimental, así que no sé cuáles, y en que intensidad o si hay algún nuevo síntoma, pero de que se presentará eso es muy cierto.

- Bueno lo tomo – accedió Quinn, ella ganaría tiempo para con su niña. Ella si tenía que perder, sería luchando, no así, entregándole su destino a la nada.

Ella era muy terca después de todo".

Sólo ellas tres incluyendo a Quinn sabían de su estado de salud, ni siquiera su querido abuelo a quien adoraba con locura.

¿La razón?

La gran probabilidad de que la aleje de la empresa y que ella no pueda interactuar con Rachel y hacer su vida mejor en lo que pudiera.

Samanta rodeó el escritorio para después regalarle pequeños besos sobre la cabecita de su Lucy y después de ello retirarse a hacer su labor en la oficina anexa.

Así era su rutina desde el diagnóstico de Quinn.

Y ¿Lucy?

Lucy, el nombre dulce por el que la llamaba Samanta nació para ella, hace exactamente 4 años, cuándo Quinn llegó prácticamente deshuesada al hospital producto de su accidente en su intento para detener la boda.

Ese día, por la tarde Samanta también de 16 años había entrado al hospital, con una pierna rota, un accidente que ocurrió al jugar fuerte con personas de mayor edad altamente competitivas, el básquet.

Al ser fin de semana la sala de emergencias estaba llena, con todas las cosas horrorosas y a la par estúpidas que puedas imaginar cómo, por ejemplo: reto de borrachos al ir desnudo por una plantación de cactus, así gente desnuda y borracha con espinas en todo su cuerpo, chicas que apenas podían respirar al hacer el reto de la cucharada de canela en polvo, accidentes de tránsito, cosas en el trasero de la gente que definitivamente no debería estar ahí. De todo un poco.

Samanta estaba muy adolorida y se lo hacía saber a los enfermeros que entraban corriendo de un lado a otro – me duele, por favor, me duele, hagan algo – y su amiga igualmente pedía por ella siendo más vocal y de vocablo más sucio que ella.

Samanta se seguía quejando, más al poco tiempo se dio cuenta de que los enfermeros y doctores clasificaban a las personas según gravedad y así las atendían, no por orden de ingreso.

Pasado un tiempo, Samanta se iba a quejar otra vez cuándo vió cómo una chica muy joven entraba en una camilla con sus extremidades en posiciones dónde no deberían estar, sangre por todo lado, misma que no la dejaba ver si la chica era rubia, morena o castaña con un respirador accionada por bomba manual y doctores y enfermeros gritando ordenes uno al otro, a fin de salvarle la vida, todos presurosos.

Samanta entonces entendió qué sí, había prioridades en la atención, le pidió a su amiga que se calmara y oró en silencio para que la chica en la camilla se salvara, fuera quién fuera.

Cuatro horas después de llegar ahí, la atendieron, fractura limpia, dijeron los médicos.

Después de su operación, tres días después ella aún estaba en el hospital en una cama en un cuarto, gracias a que su papá había venido a lo loco sobre ellos, sobre el cuidado de ella, de su niña. Por eso ella seguía en atención, en un cuarto.

Así fue cómo se coló en el cuarto de Quinn, y leyendo sus papeles leyó que decía Lucy Quinn Fabray – te llamas Lucy – le susurró mirándola y viendo que estaba anotada en la hoja de evaluación que Lucy no había respondido ante estímulos de su madre, hermana y amigos, decidió que si a ellos no le contestaba, a ella sí tenía que contestarle – Lucy despierta Lucy – le pidió y viendo que no respondía, procedió a picarla, con cosas simples, por eso la investigó, para saber con qué picarla, cosas tales cómo su equipo favorito, yendo ella por el opuesto, su cantante favorito, diciendo ella que apestaban, su libro favorito, estudió para ellos el libro y le dio razones opuestas a ello. Todo lo opuesto a lo que le gustaba a Lucy con el único objetivo de picarla esperando a que reaccione.

Ocurrió entonces una semana después del accidente de ambas. Samanta ya estaba con muletas, no necesitaba la silla de ruedas más, y cómo ya era su rutina habitual entró al cuarto de ella – Hola Lucy, despierta – incluso le cantó la canción que tenía su nombre de una gran y reconocida banda Inglesa en su tiempo - Lucy, Lucy – le susurró otra vez – voy a pintarte las uñas de los pies de "rojo puta" y los de las manos de "amarillo fosforescente" si no despiertas – siempre provocándola y para su gran sorpresa, ella si reaccionó con una voz muy ronca dijo – no te atrevas perra – o al menos eso entendió ella.

Fue tanta su alegría en ese momento que festejó saltando con un solo pie, y pisado mal, se resbaló, impactando su trasero con el suelo – auuuuuuu – se quejó Samanta desde el suelo.

- Te lo mereces perra – es lo que dijo Lucy, acompañado de carraspeos que intentaban ser risas.

Ellas desde su posición empezaron a reír, así fue cómo se creó su vínculo.

De ahí su papá traslado a Quinn a otra clínica y de ahí a otro estado, con la finalidad de alejarla del club Glee y sobretodo de Rachel y de sus padres quienes eran los doctores de ella.

Su mamá intervino meses después, cuándo el daño ya estaba hecho, Russell Fabray había logrado aislar a Quinn de todos sus amigos, más no logró alejarla de Samanta.

Así nació su rutina para con su Lucy, ir a verla, darle un beso en su cabecita todos los días, y sanar juntas, para después estudiar juntas con tutores privados.

El abuelo Fabray rescató a su nieta e incluso admitió que su madre cambiara el apellido primero de Quinn por el de ella, fastidiada por las acciones de Russell.

Él le enseño todo lo que sabía, incluso permitió que Quinn estudie y trabaje a la par, iniciando ella cómo conserje, en la sede principal de su empresa para ir ascendiendo a partir de ahí.

Samanta llegó después a trabajar con Quinn, siendo para ella "Lucy" en secreto, entre ambas, al notar que era muy dulce e infantil y "Quinn" estando rodeada de personas, una perra implacable.

Y desde ahí, la rutina entre ambas se había mantenido.

¿Y la amiga con beneficios?

Ocurrió desde que ambas supieron del diagnóstico de Quinn.

Samanta sabía que Quinn era muy delicada en cuánto a su salud, pero no pensó que a tal extremo.

A los 19 años empezó su suplicio, distintos síntomas que no podían conectarse entre sí, muchos hospitales y muchos doctores después, un neurólogo le dijo que habían encontrado un tumor inoperable desde su punto de vista según el área dónde estaba.

El gran temor de Quinn al poder perderlo todo sin haber encontrado a Rachel para disculparse, para retomar su amistad, para estar en paz, pudo más, una tarde dónde tomó al punto de casi estar inconsciente.

- Mierda Quinn ¿acaso eres imbécil? – le preguntó esa vez Samanta con enojo al ver a su amiga de ese modo, encontrándola así en su departamento, con todo regado, botellas, snacks, todo desperdigado por el piso, cómo si Quinn hubiera hecho una fiesta.

Samanta la cuidó esa noche, veló su sueño y por la mañana hizo aparición su Lucy, su muy tierna Lucy con miedo de perder todo.

Ella fue quien hizo un avance sobre Samanta – por favor, por favor, sólo un beso – le suplicó.

Así inició "el sexo" entre ellas, de todas las formas imaginables, y en todos los sitios, oficinas, baños, sótanos, centros comerciales, en todos los lugares dónde Quinn quería, de la forma en que quería con Samanta teniendo sumo cuidado con ella, no siendo ruda incluso cuándo Quinn sólo quería follar.

Samanta siempre fue delicada con Quinn, sobre todo cuando Quinn quería sexo duro, Samanta le daba la idea de eso, pero no era dura o ruda con ella, por el mismo estado de salud de su mejor amiga.

Y cuándo acababan si estaba en su departamento, ella le besaba la cabeza muy suavecito, y salía de su depa. Viéndola en el trabajo, sonriéndole, y actuando como si nada pasara.

Siempre para Samanta, en el sexo Quinn era su Lucy, siempre fue su Lucy.

Sólo hicieron el amor una vez, que fue aquella noche dónde Rachel apareció muy cabreada al departamento de Quinn por lo del contrato.

El que su Lucy susurre Rachel varias veces durante el sexo no sólo esa vez sino también incontables veces anteriores, sólo se aclaró para ella ese día, cuando llegó a la conclusión – Quinn está remplazando a Rachel conmigo cuándo tenemos sexo – ella se enojó muchísimo, más el ver a su Lucy con todos los síntomas encima pudo más, su amor pudo más.

El amor es idiota y ciego.

Ella estaba enamorada de su mejor amiga, ella amaba a su mejor amiga y su mejor amiga la amaba de vuelta, sólo que no de la misma forma en que ella la amaba.

Y eso es horrible, y más para los masoquistas cómo ella.

Igual o más de horrible del hecho que Quinn amara a Rachel y no se lo diga.

Sí, Samanta y Lucy estaban liadas.

Samanta se fue hacia su oficina para trabajar.

Un texto despertó a Rachel de su sueño, ella pensó que talvez sería Finn deseándole "los buenos días", pero no, no era él, era un número que no reconoció en su primer momento

- Buenos días estrella, arriba, despierta, que tu luz ilumine el mundo – un mensaje muy bonito y dulce, firmado con el nombre de Quinn.

Rachel se sorprendió y muchísimo, Quinn le había prometido que su interacción intima entre ambas sería siempre real, y ella esperaba que así fuera. Por lo mismo no pudo evitar emocionarse, aunque esté enojada con Quinn, a la par que se dio cuenta de que no sabía mucho de ella, eso tenía que arreglarlo, sino la idea de seguir juntas todo un año sería un suplicio.

Media hora después, Alexia tocó su puerta con un nuevo itinerario a realizar, sus clases en la uni por la mañana, gym después y una audición por la tarde para una obra en el teatro nacional.

- Woahhh, eso es importante – admitió Rachel y con un nuevo ánimo renovado empezó la rutina de ese día, muy positiva y a por todo.

Del otro lado de la ciudad Quinn sonreía mirando su celular, deseando ver el rostro de Rachel al leer su mensaje.

- Vas a caer ¡ - entró gritando Finn

- Lo siento mucho, pasó a través de mí - dijo Samanta quién venía tras de Finn – estoy llamando a seguridad

- Eres una perra y vas a caer, no sé porque haces lo que haces, pero eso es todo ¡ - gritó Finn antes de irse.

- Cancela a seguridad, no pasa nada Sam – respondió Quinn

- ¿Está segura? – preguntó Samanta con preocupación en su mirar.

- Muy segura – dijo y luego Samanta se fue dejándola otra vez sola.

- Era obvio que Finn iba a aparecer – dijo hablando consigo misma – si fuera yo, rayos, todo hubiera terminado mal.

La siguiente llamada que hizo fue hacia el CEO de la sede norte dónde trabajaba Finn, a modo de saber más que hacía Finn, cuál era su labor.

Sólo así tendría ventaja sobre él.

Así pasó el cuarto día, entre la oficina, el gym y el teatro.

Quinn trabajó hasta muy entrada la noche, cómo siempre hacía.

- Rachel audicionó para la obra en el teatro nacional, fue excelente, espero realmente que resulte – dijo Samanta antes de sentarse frente a Quinn – por favor Quinn tus dulces – le dijo entregándole dos pastillas, de las cuales una era para dormir, ella la tomaba y en exactamente media hora hacía efecto, logrando dormir ella a las 9pm.

- Gracias Sam – le contestó ella antes de ingerir ambas.

Samanta la cuidaba mucho en ese sentido, se preocupaba de que tome todas sus pastillas, asista a sus citas y de que se relaje lo máximo que pueda.

El tener problemas y liarse con cada que venga, tal como pasó con Finn muy temprano, hacía mella en su salud, el sólo hecho de alterarse hacía mella en su salud, y eso no estaba para nada bien. Por eso Samanta pedía lo de la sonrisa casi permanente en todos los empleados, para que todos trabajen con mucho positivismo intentando relajarse todos y trabajar en un ambiente relajado lo máximo que se pueda, así también se dio cuenta que cuándo la gente era feliz, producía más, una buena táctica.

Ya que en sus innumerables reuniones día a día Quinn hacía mucho coraje, ella tenía que ser una perra para que no se la coman viva, así de exhausto eran esas reuniones.

Y en fin Quinn, trataba de balancear lo malo con lo bueno, recordando en su mente, que sus dos amores estaban bien y eran felices.

Ese era un gran incentivo para ella, para seguir día a día, ignorando sus limitaciones, y a por todo.