Otabek regresaba al departamento totalmente destrozado. A cada paso, sentía como los latidos de su roto corazón lo mataban lentamente.

Sus ojos ardían, pero las lágrimas no caían. Apretó los puños, deseando golpear algo, pero tampoco podía. La imagen de su amado, entrando y besando a ese miserable, lo comía vivo, lo mataba, preferiría mil veces ser cocinado vivo, antes de ver aquello.

Esa era la realidad, su realidad, mientras subía y buscaba a sus hijas de la casa de la vecina, miles de fragmentados recuerdos llegaban a él, ¿Como pudo ser tan idiota? Sabía que el ruso se traía algo entre manos, pero no cabía la posibilidad de que lo engañara.

El kazajo como pudo abrió la puerta de su hogar (Si aún podía llamarlo así), dejó a sus bebés, las cuales dormían, y se derrumbó.

Golpeó y pateó el sofá de la sala, tiró el florero que se encontraba en la mesita ratona del living, agarró una silla y la rompió contra la pared. De no ser por el llanto de las niñas, hubiera destrozado todo a su alrededor, se acercó a calmar el llanto de sus bebés, pero no pudo. Se sentó en la alfombra, con ambas en sus brazos y lloró en silencio.

Al pasar unos minutos, se levantó decidido a tirar todo a la mierda. Los años invertidos, cada pequeño detalle, todo.

Armado de coraje y determinación, se dirigió a su habitación, dejó a las gemelas en la cama, y con algo de furia, comenzó a armar sus valijas. Estaba más que decidido, se iría de ese lugar, ya no pertenecía ahí. Se sentía tan humillado, idiota. No dejaría que nadie se burle de él, ni de su familia.

Agarró todo lo que pudo, más las cosas de sus hijas y a las mismas niñas. Y a pasos agigantados, cruzó aquél departamento tan vacío ahora. Supuso que, después de todo, su destino era ese.

Antes de salir, dejando todo afuera, y sus bebés bien acomodadas en su carriola, volvió a entrar, miró todo por ultima vez y con un mínimo rayo de esperanza, en que todo era solo un mal sueño, tomando un papel al azar y una pluma, escribió lo que sería su "carta de despedida";

Yuri: "Lo cierto es que no creí que fueras a engañarme, o al menos que tuvieras los huevos para hacerlo. Pero ves que las personas se equivocan cuando escogen algo. Mírame a mí; iluso mientras tú estabas con alguien más.

No nos busques, sigue pensando sólo en ti."

Dejó aquella hoja, manchada con lagrimas de rabia y escrita con tinta color desconsuelo, sobre la mesa de la sala y salió, cerrando con furia la puerta.

Tomó sus cosas, salió de aquél edificio, con la mirada perdida y la determinación corriendo por sus venas como lava hirviente.

Buscó un taxi y con ayuda del chofer, guardó lo que llevaba en sus manos, las gemelas en su carreola observaban sin comprender mucho, una vez listos, el azabache junto a las niñas subió, y con rumbo al aeropuerto, comprendió que, la vida puede ser demasiado injusta con las personas, llegando a destino, la decisión estaba tomada.

Abordarán el primer avión con rumbo a su Kazajistán natal.

Al otro lado de la cuidad, los Nikiforov regresaban al onsen, sus amigos acababan de partir al aeropuerto de Nagoya.

Por cuestión de la aerolínea, hicieron un desvío a Japón y aprovechando la escala, decidieron buscarlos para pasar unas horas juntos.

Los Giacometti estaban esperando el llamado de la azafata para abordar, cuando una figura conocida entró por las puertas eléctricas de cristal del lugar.

Un joven cargado con bolsos, dos bebés en una carreola y un aura de abatimiento marcado a fuego en su rostro.

La mirada perdida y dolida que lo acompañaba los alertó, Phichit, quien era el más indicado para actuar, no dudó un momento en dejarle sus pertenencias a su esposo y salir en ayuda de Otabek.

El moreno se abrió paso entre la gente, tratando de no perderlo de vista.

Otabek observó la boletería, había mucha gente haciendo fila para comprar los boletos.

—¡Maldición! —chasqueó la lengua. Miró a las gemelas y les acarició las mejillas. —No se preocupen, papá solucionará esto. —Ambas le sonrieron.

Tomó su celular, al encenderse la pantalla, una foto que no quería ver apareció. Cerró los ojos y así lo desbloqueó, buscando rápidamente el número de su padre.

Llamó. La llamada fue atendida.

—Padre. —La voz de Beka sonaba lastimosa. Esto preocupó a Serik.

—Otabek ¿Te encuentras bien?

—Si, estoy bien.

—¿Seguro? —insistió, conocía a su hijo, algo le ocultaba.

—Si, papá. Llamo para decirte que no volveré al trabajo, no hagas preguntas por ahora, por favor, luego te explico, no le digas a mamá...

No muy convencido, Serik aceptó. Suspiró derrotado.

—Está bien, espero que pronto me expliques, te amo hijo.

Y la llamada finalizó.

En eso, una mano se posó en su hombro, observó de reojo, al notar quien era, se volteó y trató de sonreír.

—Phichit.

—Otabek... ¿Que pasó? ¿Está todo bien?

La preocupación en el semblante del tailandés, lo hizo sentirse peor. Mierda, lo habían atrapado, pero al mismo tiempo, una parte de su ser, agradecía que lo haya encontrado. —Si... —Se aclaró la garganta. — ¿Que haces aquí?

Dudoso lo miró, el mayor era muy perspicaz, ya le sacaría información. —Oh, nosotros estamos de pasada. Íbamos de regreso a Suiza, pero por algún motivo la aerolínea hizo un desvío a Japón. ¿Y Yuri? —Preguntó sin más.

Apretó los dientes haciéndolos rechinar. Yuri, Yuri y Yuri... Todo era Yuri en su cabeza, su celular y maldecía aquello. Algunas cristalinas gotas comenzaron a recorrer sus mejillas, molesto se secó las lágrimas, era un hombre y padre de familia maldita sea. Debía controlarse.

Alarmado, Phichit lo abrazó, ¿Le había pasado algo a Yuri? Su mejor amigo no le había dicho nada, así que supuso que el rubio estaba bien, pero, ¿Qué hizo que el joven estuviera así? Solo atinó a consolarlo y darle tiempo.

—Yuri está con otro. Me engañó. —La cosa era simple pero admitirlo en voz alta sólo lo hacía sentirse miserable, con más tristeza y repugnancia de la que ya tenía. — No soporto más estar en este lugar.

Ese miserable...

La furia del kazajo y sus ojos rojizos demostraban la enorme lucha contra sus propios sentimientos y recuerdos. Ahí solo estaba el Otabek fuerte que hacia tiempo había ocultado para dejar llevarse por sentimentalismos; levantando una barrera sin éxito pero haciendo el intento.

Dios... ¿En serio se había vuelto así de débil? Vaya que Plisetsky había calado hondo en su alma. No quedaba rastro alguno del joven "alegre" y enamorado que disfrutaba la cena navideña junto a su familia. O de aquél que organizó casi sin dormir, una celebración para alguien que hoy le estaba pagando de esta forma.

Phichit abrió la boca sorprendido. ¿En serio Yuri había hecho eso? A pesar de tener esa vena chismosa palpitando, prefirió callarse y dar apoyo silencioso en ese momento. El tailandés no encontraba las palabras adecuadas, buscó a Chris con la mirada.

Otabek desvío la mirada. Taciturno e indeciso de abrir la boca o no.

Sabía que Phichit a veces era chismoso. Y sabía que Yuuri era su íntimo amigo, no podía simplemente hablar mal del rubio, por más que lo mereciera, porque supuso que el moreno le contaría las cosas que dijo de la persona que su amigo consideraba un hijo. El menor apretó los puños.

—Calma, calma. —Dijo mientras le acaricia la espalda.

—¿Calma? —El enojo se apoderó de él de nuevo. —¿Como puedo calmarme si quien yo creía mi compañero para toda la vida está con otro hombre?

El moreno lo observaba en silencio dejando que se desahogara.

—Lo perdí todo. Soy un idiota por no haberme dado cuenta antes. Maldita sea...

—Otabek, tranquilo ¿Si? Todo va a salir bien. Yo estoy contigo y tus hijas estan contigo. —Se separó, tomo su rostro y le limpió las lagrimas que aún se escapaban. —Sabes que todo saldrá bien...

—Phichit... Gracias...pero no puedo seguir con esto ... Creo que no merezco esto, ¿Que hice mal? ¿Acaso ellas lo merecen?

—¡Claro que sí puedes! Sabes que esto no es tu culpa, fui testigo de todo lo que hiciste, y puedo decirte con seguridad que esto no tiene nada que ver con algo que tu hayas hecho.

Mira, yo estoy contigo, te ayudaré a seguir adelante, tienes que luchar por ti y por tus hijas, ellas más que nadie te necesitan.

La voz del suizo interrumpió la charla.

—Phichit ¿Que sucede? —El mayor llego con las pertenencias de ambos, el moreno lo ayudó tomando sus cosas.

—Cariño, luego te explico... lo importante aquí, es que debemos ayudar a Otabek.

—Seguro... ¿Que podemos hacer?

Otabek se alejó un segundo para levantar unos peluches que Athena había tirado al piso. Mientras la pareja hablaba.

—Otabek dice que quiere regresar a su país natal, pero, no me parece adecuado que se vaya solo...

—¿Podrías decirme el porqué? —Chris no quería ser grosero, pero no entendía que pasaba y si quería ayudar, debía saber.

Phichit por su lado, rodó los ojos, suspiró y se acercó a su oído.

Le contó lo que el joven le había dicho, el rubio se quedó en shock unos momentos.

—Es por eso que debemos ayudarlo.

—Si, pero... ¿Víctor y Yuuri saben de esto?

—Supongo que no, por eso no están aquí, deteniendo esta locura.

—Tienes razón, le marcaré a Víctor.

Esa frase alertó al azabache.

—No no, por favor Chris... No quiero que les pase algo por mi culpa... —Otabek se levantó de donde estaba y retomó su lugar. —No quiero sonar desagradecido o grosero, pero me preocupa que les vaya a pasara algo en el camino hacía aquí.

—En eso tienes razón... mmmm... —el suizo no sabía que hacer, en eso, Phichit revisaba su celular, un mensaje de Yuuri le llegó, aprovechó que los otros estaban distraídos y le respondió lo mejor que pudo.

—Ya sé que haremos, Ota ¿Porqué no vienes con nosotros a Suiza? Tenemos una casa cómoda donde tú y las niñas pueden quedarse el tiempo que deseen, además, estando juntos, podremos ayudarte con ellas. ¿Que dices? —Los ojitos brillosos de Phichit transmitían la ilusión de poder ayudar. —¿Siiiii?

El kazajo meditó un poco. No estaba muy seguro, pero ¿Que tenía que perder?

—Gracias por su apoyo... —suspiró.

Phichit tenía razón, no podría el solo en kazajistan, era cierto, sus padres estaban ahí, pero ambos tenían su trabajo y él no quería ser una carga más... —No lo sé... no quiero ser una carga para ustedes, y... somos 3...

—¡Tonterías! Tú jamás serás una carga y esos angelitos menos, sería un gran placer tenerte con nosotros y a estas princesas preciosas igual. —El moreno le hizo caras divertidas a las niñas, ellas respondieron con dulces y melodiosas carcajadas.

Otabek hizo silencio. Meditando la situación que se presentaba ahora. El kazajo se planteaba la idea de arruinar la felicidad de Yuri así como el ruso había acabado con la suya; tenía los recursos. A Chris y Phichit de su lado, un hecho indudable y la confianza de los Nikiforov.

Pero ese no era él. Claro que no, estaba pensando como un adolescente, y joder que no lo era.

Dejaría que el tiempo se encargara de eso, bien dicen que todo vuelve en esta vida.

Su principal objetivo ahora, era irse de ese asqueroso lugar y proteger a sus niñas, era lo que más le enfurecía y entristecía. El cómo Yuratchka no pensó en sus hijas; cómo repercutiría en su futuro, sus vidas. Yuri no había tomado en cuenta a ninguno de los tres.

Otabek le conocía casi tan bien que estaba seguro, Yuri se había dejado llevar por inseguridad. Y dolía, como los mil demonios. Siempre le dio su espacio y la confianza suficiente, pero, como siempre, no fue suficiente. Yuri lo humilló, lo ofendió y traicionó a pesar de que él le dio todo; Otabek se había puesto a sus pies y mierda era lo único que recibía.

Tantos años desperdiciados, un trabajo que odiaba, donde a pesar de ser suyo, le puso muchísimo esfuerzo, invirtió cada maldito centavo para sacarlos adelante y el amor que creyó puro, ahora lo bofeteaban en la cara como una burla de lo estúpido e ingenuo que fue.

Le dio años, devoción, amor, su futuro y total dominio sobre él, como un idiota. Lo trató como la reina de un tablero de ajedrez y él una simple torre esperando a sus órdenes, cayendo redondo ante cualquier deseo que el rubio tuviese.

—Piensalo, por favor. —Pidió Chulanont. Los ojos del moreno lo miraban suplicandole que se fuera con ellos. Una suplica que Otabek se esmeraba por ignorar, fallando en el intento.

Desvió su atención a las gemelas, Athena y Aiyana lo miraron, la rubia extendió sus brazos hacia él, pidiendo ser cargada, el kazajo no dudó ni dos segundos en levantarla, pero la pelinegra imitó la acción de su hermana.

—Dejame ayudarte. —Pidió el tailandés. —Ven preciosa. —Extendió sus brazos a la rubia, la niña se estiró hasta pasar de los brazos de Otabek a Phichit. Entonces el joven padre estuvo libre para cargar a la otra.

—Creo que le agradas... Athena suele ser temerosa con las personas desconocidas.

—Es una princesa muy hermosa Otabek. —Le sonrió. —Y tú pequeña... —Besó la mejilla de la niña, la cual respondió con una sonrisa. —Eres adorable, a que si.~

Otabek al ver como Phichit se divertía con Athena, se replanteó la propuesta de los mayores.

Miró a Aiyana, en busca de respuestas. Encontró una mirada oscura, un cabello negro, una sonrisa sin dientes y una manito calentita en su mejilla. Fue suficiente para que retomara el valor que hacía unos minutos estaba tirado en el infierno. Movió su rostro y besó la mano de la pequeña.

Suspiró.

—Phichit. —Llamó. El nombrado lo miró. —Yo... tomé una decisión.

—Decidas lo que decidas, tienes todo mi apoyo.

Otabek le brindó un pequeño gesto simulando una sonrisa.

—En vista de que Athena te quiere, estoy seguro. Lo mejor será irme con ustedes.

El moreno sonrío emocionado. —Gracias por confiar en nosotros, déjanos encargarnos de los boletos.

—No...

—Shhhh. —lo hizo callar. —Insisto, no me rendiré y no aceptaré una respuesta negativa.

En eso Chris entró en la conversación. —Hazle caso, si no estaremos aquí más de lo debido.

Otabek resignado, aceptó.

ミ 彡 ミ 彡 ミ 彡

Saliendo del Mitsui Garden Hotel, Yuri observó la pantalla de su celular, faltaban cinco minutos para la una de la mañana. Miraba a su alrededor, esperaba que ningún conocido lo viera (cosa que era difícil para alguien con su fama) a pesar de ser tarde, aún había gente en la calle, se cubrió un poco la cara y comenzó a caminar de regreso a su casa. No supo en que momento se había quedado dormido, despertó un poco sorprendido cuando un brazo se posó en su cintura.

Una mano que, después de todo, no le transmitió en lo más mínimo seguridad o calor.

En el camino, decidió comprar lo necesario para preparar el almuerzo, se debatía si llamar o no a Víctor, quería verlo después de todo y al mismo tiempo pasar tiempo con Beka y aclarar la situación desastrosa que provocó.

Ya con las bolsas en mano, no se detuvo hasta su hogar. Subió con un poco de dificultad las escaleras, buscó las llaves, abrió y entró.

Distraído dejo las compras en la cocina y fue a la habitación de sus hijas, encontrándola vacía. Recordó que varias veces encontró a las niñas durmiendo con Otabek en la cama grande de su habitación, llenó sus pulmones del dulce aroma a bebé y salió cerrando la puerta.

Abrió la de su habitación y para su sorpresa estaba vacía.

El rubio se rasco la nuca confundido ¿Donde se habían metido?

Salió a la sala, tomó sus llaves y salió a la casa de su vecina, la señora Shiroyama, para su suerte, estaba parada en la puerta.

—Buenas noches señora, ¿Que hace despierta a esta hora? —Preguntó sin ánimo de sonar entrometido.

—Yuri, querido. —Saludó ella con un tono dulce. —No podía dormir y quería salir un momento, pero luego vi la hora y solo decidí abrir la puerta un momento. —Le sonrió.

—Comprendo. Lamento ser inoportuno, pero... ¿No vio si Otabek salió con las gemelas?

La señora lo miró y negó lento. —Lo siento, no los volví a ver desde la tarde...

—Gracias señora Shiroyama, la veo el lunes.

—Adiós cariño.

Ambos entraron en sus respectivas casas. Aunque Yuri volvió a salir, bajó hasta recepción, donde para su desgracia, nadie había visto a Otabek salir.

Extrañado, con un nudo en el estómago y un mal presentimiento sacó su celular, buscó a beka y marcó su número mientras regresaba a su hogar. En lo que ingresó, la llamada no entró, le daba directamente al contestador, frustrado, tomó su abrigo y volvió a salir. Algo en su pecho le decía su novio junto a sus hijas podrían estar en algún lugar cercano, aunque era raro que salieran de noche.

"Quizás las gemelas no podían dormir y Otabek decidió sacarlas" -Pensó el ruso, llegando a una plaza cercana, la recorrió completa y no encontró rastros de ellos.

Comenzó a asustarse, eran pasadas las una y media y no había ni un mínimo detalle que le indicara donde estaban.

No quería llamar a Víctor, más que nada, por lo tarde que era. Pero en vista de que su novio y sus hijas no aparecían, terminó por hacerlo.

Marcó el número de su "padre" el cual no respondió a la primera.

Yuri comenzó a caminar, maldiciendo al peliplata por no responder.

Llegando a su hogar, decidió cambiar de numero e intentar con el japonés, quizás y solo quizás, tendría un poco más de suerte.

Marcó. La voz adormilada de Yuuri resonó en el parlante.

—¿Yurio?

—Katsudon, ¿Vieron a Otabek y las niñas hoy?

—Mmmm no, no los vimos. ¿Pasó algo?

—No importa, adiós. —Y colgó.

El japonés quedó pasmado, eso había sido muy extraño, se levantó apresurado asustando a su esposo.

—¿Yuuri? ¿Que pasa?

—Lo siento Vitya, Yurio acaba de llamarme. Tenemos que ir a verlo.

—Pero son... —Tomó su celular y miró la hora (junto a las llamadas perdidas) —Las dos de la mañana.

—Lo sé cariño, tengo un presentimiento...

—Está bien, vamos.

Ambos se cambiaron y salieron en su auto a casa de Yuri.

Yura por su lado, entró a su casa y tiró su celular al sofá, llevo sus manos a su cabello y lo jaló frustrado, ya no sabía que hacer, paseó su mirada por el lugar, en la sala se topó con un pedazo de papel sobre la mesita del centro.

La tomó entre sus manos y la leyó.

Las palabras de aquella nota lo desestabilizaron.

—No puede ser... —Los ojos de Plisetsky se aguaron, sus manos temblaban y sus piernas dejaron de responderle. Cayó de rodillas al piso, mirando a un punto fijo, con el papel entre sus manos, las lágrimas corrían sin pudor por sus pómulos, mojando su ropa.

No podía creerlo, Otabek lo sabía, sabía de su encuentro con Misaki, y lo que había hecho con él, lo sabía todo. El rubio cerró su puño, hizo una bolita el papel y lo tiró con fuerza a algún lugar de la sala.

En el suelo, recién se dio cuenta de que había una silla rota, y el florero de la mesa hecho añicos.

Lloraba de amargura, lo había perdido todo.

Su pareja, sus hijas, todo.

Con la poca fuerza que le quedaba, se levantó y fue al baño, encendió la luz y se miro al espejo, odiaba lo que veía. Según él, en su frente tenía escrita la palabra "infiel".

Con enojo abrió la llave del agua y se lavo la cara, en eso, unos golpes en su puerta interrumpieron su lamento.

—¡Ya va! —Gritó desde el baño. Se secó el rostro con la toalla de manos y salió a abrir la puerta.

Eran los Nikiforov. Mierda, no los esperaba para nada... debió ser más claro.

La preocupación en el rostro de ambos lo hizo sentirse peor.

—¡Yurio! —saludó Víctor, medio adormilado pero entusiasmado. —¿Que pasó? ¿Donde están Otabek y las niñas?

Eso fue suficiente para que el ruso menor estallara en llanto de nuevo.

Víctor se asustó al verlo así, no entendía que pasaba, mientras Yuuri lo empujaba para poder entrar y saber que rayos estaba pasando.

—¿Que sucede Yuri? ¿Está todo bien? —el japonés se acerco al rubio, extrañado pero al mismo tiempo con un mal presentimiento. Víctor, por su lado, optó por abrazar al menor.

—Yo... no encuentro a Otabek... creo que se fue y se llevó a las niñas...

—Pero ¿A donde? —Preguntó Víctor.

—N-no lo se... ayúdenme a encontrarlos, por favor...

Víctor y Yuuri salieron del departamento con el menor. Yuri guardó el papel en el bolsillo de su chaqueta en lo que bajaban las escaleras, el auto de los Nikiforov no estaba muy lejos. Subieron y Víctor arrancó saliendo a una velocidad un poco rápida.

Buscaron al kazajo por todos lados, hasta que llegaron al aeropuerto, donde un guardia de seguridad les dijo que lo había visto irse con una pareja, pero que no podía decir nada más por las políticas de seguridad del lugar.

De regreso, el silencio era mortal, cuando entraron Yuri se quedó en silencio, Víctor lo abrazó, el rubio lloraba escondido en sus brazos, sus manos se mantenían cerradas.

Yuuri entró y paseó su mirada por el lugar, en busca de respuestas. No tardó mucho en encontrar la silla rota cerca de la cocina y restos de porcelana en el suelo. Al parecer era peor de lo que se imaginaba, miró a su esposo y con la mirada le señaló lo que encontró. El albino entendió lo que el asiático le quería decir.

—Yurio, calmate ¿Si? —lo apartó un poco y le secó el rostro con su pulgar. El rubio bajó su cabeza, no tenía el valor de mirarlos. —Vamos Yuri... ¿Ya no confías en nosotros?

Esas palabras le dolieron aún más de lo que esperaba. Su rostro avergonzado delataba que todo lo que estaba pasando era su culpa, aún así no dijo nada.

Las lágrimas todavía caían de sus ojos, no supo en cuando trató de secarlas, metió las manos en su chaqueta buscando una servilleta de papel que recordó haber guardado.

Al sacarlas, el papel donde estaba la nota de Otabek cayó y rodó cerca de Yuuri, el rubio ni cuenta se dió cuando el japonés lo levantó y lo leyó.

—Oh no... —el rostro del mayor se desfiguró en una mezcla de tristeza, desesperación y furia. —¿Como pudiste? —Yuri lo miró asustado. El papel en manos de Yuuri lo hizo estremecer del terror. El japonés miro a su marido quien no comprendía que lo había puesto de esa forma. —Vitya... Yurio le fue infiel a Otabek y él lo sabe. Se llevó a las niñas fuera del país. —Soltó sin una pizca de tacto, estaba molesto y dolido. Víctor palideció, se congeló en su lugar, sus amadas nietas estaban quien sabe donde y él ahí, sin hacer nada. Sus ojos quedaron inexpresivos mientras gruesas lágrimas comenzaban a caer.

—¿Como pudiste hacerlo Yuri? —A Víctor se le quebró la voz.

—Yo... no lo sé...

—Me decepcionas Yuri. Creí que teníamos la suficiente confianza como para hablar de esto. Ya veo que no. —El azabache estaba furioso. Trataba de controlarse, pero no podía, simplemente, se acercó al rubio y levantó su mano, estaba a punto de golpearlo, pero se detuvo. —Ni siquiera meceres que te golpee. —Le dio la espalda, tomó del brazo a su amado y lo condujo a la salida, cerró la puerta de un golpe, dejando a Yuri solo de nuevo.

El rubio sentía como su pecho ardía en dolor, estaba solo. No le quedaba nada, ni nadie... Se maldecía por haber sido tan débil, ¿Donde había quedado ese tigre que tanto tiempo le costó perfeccionar? Se odiaba.

Le dolía cada parte de su cuerpo, se sentó en el sofá conteniendo las ganas de gritar, cosa que no pudo más y terminó dejando salir.

Un grito de dolor mezclado con frustración e incertidumbre.

Llegando a su casa, Yuuri consolaba a Víctor. El peliplata sentía que se moría, sus pequeñas nietas estaban quien sabe donde y él ahí, sin hacer nada.

—Vitya, escucha...

El ruso levanto su mirada, prestando toda su atención a su esposo.

—Yo se donde están Otabek y las gemelas.

El rostro lloroso de su amado se iluminó ante esas palabras. —¡Yuuri! ¿Porqué no lo dijiste antes?

—Entremos y te explico ¿Si amor?

—Está bien.

Las horas pasaron, Katsuki le explicó la pequeña y rara charla con Phichit. La cual ahora tenía mucho sentido.

—Así que Otabek se fue a Suiza con ellos.

—Tenemos que ir. —Dijo firme y seguro el mayor.

—No, no. Aún no podemos Vitenka, debemos darle espacio a Otabek, estoy seguro que muy pronto podremos verlos, debemos ser pacientes.

—Supongo que tienes razón...

El japonés besó la frente del ruso. —Ahora vamos a dormir un poco más... cuando despertemos podemos hablar con Chris y Phichit, quizás ellos nos den algo más de información.

El albino asintió. —Gracias mi cerdito. Te amo.

—Y yo a ti Vitya.

Ambos se fueron a la cama, donde abrazados quedaron dormidos.

ミ 彡

Yuri por su lado, no supo en qué momento se quedó dormido en medio de la sala. Cuando despertó como era de costumbre fue a la habitación de sus hijas, tenía la esperanza de que todo solo fuera una horrible pesadillas, pero al encontrarla vacía supo que lo había arruinado todo.

ミ 彡 ミ 彡 ミ 彡

El viaje a Suiza no había sido muy largo, pero para Otabek fue eterno. Intentó dormir sin embargo no lo logró, cada vez que cerraba los ojos, los recuerdos se manifestaban en un estado onírico. En ellos pudo ver cada momento especial vivido con su ahora ex pareja; su primer encuentro, su primera "pijamada", su primer beso, su primera vez, todo. Se despertaba sollozando esperando aún que todo sea un desagradable sueño.

Phichit lo consolaba, había decidido sentarse junto a él para ayudarlo tanto con las niñas, como con el terrible momento que atravesaba su amigo. Las gemelas dormitaban, una en los brazos del moreno y la otra en los de Otabek.

Cuando llegaron, Chris se encargó de buscar un taxi, mientras Phichit y Otabek acomodaban a las niñas y cuidaban el equipaje.

El camino a casa de los Giacometti no fue muy largo, el paisaje de aquel país es hermoso, los grandes Alpes imponentes en su máxima expresión, la nieve que los adornaba, las luces de la carretera y el aire puro que ingresaba a los pulmones del kazajo lo llenaron de calma, por un momento, se olvidó de todo, era solo él y la belleza del lugar al que acababan de llegar.

Sus pequeñas, una en cada brazo, balbuceaban y se reían cuando el moreno les hacía muecas. Chulanont ahora entendía porque su mejor amigo y su esposo se desvivían por ese par de ángeles. Ese pensamiento lo entristecio un poco, ya que, ahora era él quien disfrutaba, culpa de un acontecimiento que no debió ocurrir, de aquellas risillas llenas de amor que podían enloquecer a cualquiera.

El tailandés revisó su celular, luego de tantas horas de vuelo, creyó que su amigo lo estaría bombardeando con mensajes, su sorpresa fue enorme al ver que su chat estaba vacío.

Suponía que, a esas alturas, Víctor y Yuuri ya debían saber la verdad... o parte de ella.

La casa de los Giacometti era amplia y hermosa, con un patio trasero que daba a una montaña y un jardín con distintas flores.

Al llegar, un joven de rasgos orientales los recibió con una hermosa sonrisa.

—Bienvenidos...