—Bienvenidos... —Dijo el rubio desde la puerta de la casa, los observó y se acercó. —Mami ¿Ocurre algo? —Preguntó preocupado.

—Hola pequeño. —El tailandés lo abrazó y beso su sien. —Otabek tuvo un inconveniente y necesita mi ayuda, luego te explico ¿Si?

—Mmm bueno, está bien... ¿Puedo ayudar de alguna manera?

—Por ahora dejemos que Otabek se acomode y descanse ¿Si? Luego te explico.

—Vale, te extrañé mucho mamá. —El menor abrazó al moreno de nuevo, el cual sonrió encantado.

—¿Y a papá no? —Chris extendió sus brazos, el chico soltó al tailandés y pasó a abrazar a su padre.

—Claro que si, mucho. ¡Tu presentación fue estupenda papá!

El suizo rió. —Gracias, gracias. —Besó la frente del japonés. —Entremos, seguiremos charlando dentro.

Phichit se acercó a Otabek quien se limitó a observarlos. Las gemelas por su lado, dormían en los brazos de él. El mayor tomó las maletas. —Vamos Ota, pasa. —Phichit comenzó a caminar, el kazajo lo siguió. — ¿Conocías a Minami? —Preguntó mientras entraban. Otabek demoró un momento en responder, al entrar contempló la belleza de la casa de sus amigos.

—Es hermosa. ¿Dijiste algo? —Dijo distraído, el moreno soltó una carcajada.

—Gracias Ota. Te pregunté si conocías a Minami.

—Oh, creo que lo vi una vez en un entrenamiento en la pista, pero no tuve la posibilidad de acercarme o algo.

—Ya veo, es un gran chico.

En eso, Chris y Minami entraron en la casa, el menor recién prestó suficiente atención al chico que venía con sus padres, lo que más llamó la atención de él, fueron las niñas que dormitaban en sus brazos.

Chris tomó la carreola y la abrió para que Otabek pudiera dejar a las niñas y descansar un poco. El joven padre le agradeció y dejó a las pequeñas.

El rubio se acercó a ellas.

—Wow, son preciosas Otabek ¿Como se llaman? —Preguntó, tratando de hablar bajo para no despertar a las gemelas.

—Gracias, ella es Athena. —Señaló a la rubia. —Y ella Aiyana. —Movió su mano para ahora señalar a la pelinegra.

—Que nombres tan bonitos. —Sonrió el nipón. Trató de no hacer mucho ruido mientras se acercaba para verlas con más detalles. Las niñas de ya 8 meses se removían en sueños. Minami quedó fascinado con ellas

¿Conocen el amor a primera vista? Bueno, esa misma sensación sintió él.

—Gracias... —Dijo el padre, orgulloso una vez más de su elección. —Son lo mejor que tengo. —Otabek le sonrió, aunque sus ojos estaban un poco aguados. A Phichit no se le pasó desapercibido eso, así que puso su mano en el hombro del kazajo, en señal de apoyo.

—Deberías descansar Ota, tuviste un día muy largo. Toma un baño mientras yo preparo tu cama ¿Si?

El kazajo pensó en eso, mientras miraba aún la carriola con las niñas. —Suena bien...

—¡Está decidido entonces! —Rápidamente cubrió su boca, recordando que las niñas dormían. Trató de bajar el tono de su voz. —El baño queda por el pasillo,en la segunda puerta a la derecha. Tiene un lugar específico para que pongas tu celular y te bañes con música si así lo deseas.

—Gracias Phichit... —Otabek estaba a punto de seguir hablando, pero el tailandés interrumpió de nuevo.

—La llave de la derecha es agua caliente, la izquierda fría. No te preocupes por las toallas, te alcanzaré algunas cuando entres, ¿Si? —El moreno le sonrío mientras lo tiraba el brazo para levantarlo de donde estaba sentado.

—E-esta bien... Lo haré.

—Bien, ve llevando tu ropa al baño, yo arreglo lo demás. Luego te mostraré tu habitación.

—Pero...

—Nada de peros.

—Phichit... En verdad agradezco todo esto, pero no puedo dejar a mis niñas solas.

—No lo estás haciendo.

—Me refiero a ahora que están dormidas, debo controlarlas.

—No te preocupes por eso Otabek, yo me haré cargo de ellas. —Interrumpió Minami. —No creo que sea problema.

—No quiero sonar grosero... Pero para ellas eres un desconocido y temo que se asusten si no me ven...

—En eso tienes razón... aún así, insisto en hacerme cargo de ellas. —Dijo decidido. Eso le dio seguridad al jóven padre.

Suspiró. —Está bien, solo serán 10 minutos. Si se despiertan, en la maleta gris están sus chupetes, mamaderas y unos gatitos de peluche, con eso se calmarán hasta que yo salga.

El rubio asintió. —Comprendido.

Dicho eso, a empujones Otabek entró al baño, llevando bajo su brazo ropa para cambiarse.

Mientras él se bañaba, los demás charlaban no muy animados.

—Madre, ¿Ahora si van a explicarme porqué Otabek esta aquí? —Cuestionó el menor, moviendo levemente el cochecito.

—Si... —El tailandés suspiró. —Recuerdas a Yuri ¿Verdad? —Minami asintió en silencio. —Bueno, él engañó a Otabek y él lo vió... Estaba desesperado por salir de Japón, estaba a punto de regresar a su país natal, nosotros lo convencimos para que viniera con nosotros... Él nos necesita.

Los ojos del rubio se aguaron un poco, no podía imaginar el dolor y tristeza que Otabek estaba sintiendo en esos momentos. Era duro, lo sabía y por eso quería hacer lo que estuviera en sus manos para ayudar.

—Eso es terrible...

—Lo es cariño, lo es. Por eso debemos hacer su estadía aquí lo más tranquila posible.

—Quiero hacer algo por él. —Dijo seguro. —Ayudaré en lo que pueda.

Los Giacometti asintieron. Sabían que Minami era de confiar. Desde que lo adoptaron hace años, ha demostrado ser un chico confiable.

—Contamos contigo.

Los mayores se levantaron, Chris por su lado, fue a guardar las maletas mientras Phichit fue a la habitación de huéspedes a ultimar detalles para la estadía de su amigo.

Por su lado, el nipón no podía dejar de observar a las gemelas que aún dormían, la verdad es que no entendía el porqué las personas a veces hacían cosas como esas.

Las gemelas poco a poco comenzaron a despertarse, justo al mismo tiempo que Otabek salía del baño secándose el cabello con la toalla. Minami no pudo evitar quedarsele viendo unos momentos, había algo en él que no estaba del todo bien, un algo que no tardó mucho en descubrir; la expresión de dolor en su rostro y sus ojos rojos con rastros de lágrimas en ellos. Una escena bastante triste a su parecer, el mayor notó que lo estaban observando, por lo que levantó su mirada encontrándose con los ojos del japonés.

—Gracias por cuidar a las niñas. —Dijo el padre, sonriéndole de lado. —Al parecer no dieron problemas.

—Fue un placer hacerlo. —Respondió amable el rubio. —Para nada, recién se están despertando.

Las pequeñas se sentaron en el cochecito, observando al japonés y luego a su padre.

Sus rostros confusos enternecieron al chico, quien se levantó de donde estaba para no asustar a las niñas.

Otabek se acercó a ellas y las besó.

Athena hizo un puchero, a lo que el kazajo fue a buscar su chupete en el bolso. —Tranquila cariño, papá está aquí. —Altin acercó el chupón y la rubia lo tomó, mientras Aiyana bostezaba para luego mirar curiosa al jóven que se encontraba a unos centímetros.

El chico le sonrió y movió su mano como si la estuviera saludando. —Hola pequeña. —Su sonrisa se hizo más grande al ver que ella comenzaba a levantar su manito hacia él.

—Acércate. —Lo animó Beka. —Ella es menos temerosa.

—¿Seguro? No quiero que lloren...

—Te aseguro que no lo harán. Por lo menos Aiyana no.

Kenjiro regresó a su lugar y estiró su mano hasta que la niña la tocó, envolviendo el dedo índice de él con su pequeña manita. Minami estaba encantado con ella, por otro lado, la rubia lo miraba con el ceño fruncido molesta porque alguien estaba tocando a su hermana.

Otabek sonrió ante la divertida reacción de Athena, era raro verla con esa cara, así que no dudó un momento en tomar una foto de ella.

Aiyi, por su lado, se divertía con la mano de Minami, quien pacientemente jugaba con ella, hablándole de vez en cuando, recibiendo respuestas compuestas de balbuceos y risillas.

Phichit los observaba escondido tras la puerta de la cocina, ver que Otabek había olvidado lo sucedido por un rato, lo llenó de determinación para seguir con su plan de ayudarle en todo lo posible.

ミ 彡 ミ 彡 ミ 彡

Por otro lado, en la soledad de ese departamento lleno de recuerdos, Yuri dormía en el suelo de la habitación al lado de una cuna ahora vacía.

Se despertaba cada media hora soñando con Otabek y las gemelas, se sentaba en el suelo y observaba desorientado y veía que se encontraba solo.

Completamente solo, se abrazaba a si mismo y lloraba amargamente hasta que volvía a quedarse dormido y el ciclo se reiniciaba.

Los días se volvían meses y él seguía sin noticia alguna del paradero de sus hijas.

Yuri no salía del departamento, se la pasaba encerrado en el baño o la habitación que alguna vez compartió con Otabek.

Cada rincón de ese lugar lo llenaba de recuerdos y eso solo lo deprimía más, las noches eran lo peor del día, ir a dormir y encontrarse solo nuevamente lo agobiaban.

Yuuri era quien se encargaba de ir a visitar al ruso menor, si bien aún estaba un poco molesto con él, le preocupaba no saber nada, sus redes estaban deshabitadas y no respondía a las llamadas ni mensajes.

Si bien aún estaban molestos, Víctor de a poco volvió a hablarle, pero se sentía fuera de lugar con ellos.

No cayó en la locura gracias a ellos, aúnque su relación aún estuviera complicada, después de todos, los Nikiforov lo amaban. Era su hijo y nada iba a cambiarlo, pero, de alguna forma sentían que traicioban al rubio, ya que ellos sabían donde se encontraban las niñas y el kazajo. Estaban tentados a decirle, sin embargo, el ex novio de Yuri les había pedido que por favor no le dijeran nada, necesitaba estar solo.

De una u otra forma se sentían entre la espada y la pared.

Por un lado verlo así los destrozaba, pero, Otabek no estaba mejor. Las charlas con él les dejó muy en claro que no era el mejor momento para hablar del tema y de a poco, fueron calmando al ruso para que no hiciera una locura.

Cierto día los Nikiforov regresaron a ver como estaba el rubio, su enojo disminuyó, pero la relación que tenían antes estaba lejos de volverse a construir. Yuri debido a la vergüenza, no podía verlos a cara ni hablar con ellos, no quería que lo vieran en ese estado, pero era inevitable, quería desaparecer.

Los días pasaban y la culpa los carcomía por dentro. Discutían en cada momento libre sobre que hacer o como ayudar al rubio.

Una tarde, mientras ellos estaban ahí, Yurio salió de la habitación de las gemelas con una manta que era de ellas, abrazando fuerte la tela, con lágrimas recorriendo sus mejillas, las cuales trató de ocultar para que los mayores no lo vieran tan patético como se estaba mostrando según él.

Víctor y Yuuri al verlo, caminaron hasta la cocina para hablar lejos del rubio para que no escuchara su charla.

—Cariño, debemos decirle, Yuri se ve muy deprimido por esta situación, se que Otabek nos pidió que no le dijeramos nada, pero él es la madre de las niñas, merece saberlo. —Dijo el japonés ahogando un grito de frustración y rabia, Víctor solo torció su boca con disgusto.

— ¿Tu crees que no muero por decirle dónde están? ¿No crees que yo también extraño a nuestras pequeñas nietas y verlo sufrir así es doloroso? —Alzó un poco la voz pero Yuuri con su rostro le pidió que se calme, el ruso le dio la espalda y apoyó sus manos en la mesada de la cocina. —Quiero decirle más que nada, pero debemos preguntarle primero a Otabek, si él nos dice que si, entonces lo haremos, hasta entonces debemos mantener su paradero en secreto, por el bien de todos, la herida aún es muy reciente, yo sólo... —Volteó para enfrentar a su esposo, callando de golpe y mirando fijo detrás de Katsuki, el japonés voltea, con una expresión mezcla de sorpresa y temor pues ver al pequeño rubio detrás con lágrimas en los ojos y el ceño fruncido, su rostro era rojo por la rabia lo aterró.

—¡¿Ustedes saben donde estan mis hijas y Otabek, y me lo ocultaron?! —Preguntó en un grito y golpeando con su puño la pared. —Creí que me querían pero parece que me equivoqué. —Marchó hasta su habitación seguido de sus padres quienes los llamaban por su nombre, éste entró a la habitación y tomando una valija comenzó a empacar su ropa.

— ¿A dónde crees que vas jovencito? —Preguntó Víctor.

—A buscar a mis hijas y a mí novio, ¿Donde más viejo? —Dijo entre dientes sin mirarlo.

— ¡Te lo prohíbo! No puedes ir por todo el mundo a buscarlos, no saben donde están, será mejor que te quedes aquí a esperar que las cosas se calmen un poco, ten por seguro que en cuanto podamos te llevaremos con ellos. —Dijo firme Yuuri, esto hizo explotar en rabia al rubio quién tiró con brusquedad la maleta al suelo.

—¡NO ME JODAS CON ESO PEQUEÑO CERDO! —Gritó furioso. —Ustedes perdieron todo el derecho a decirme lo que debo o no hacer desde el instante en que aceptaron ocultarme la verdad, ¡SON MIS HIJAS! —Gritó.

— ¡¿Crees que eres el único sufriendo aquí?! —Preguntó dolido Víctor, pero Yuuri lo contuvo por los hombros rodeándolo con su brazo. —Tú sabías muy bien que yo daría mi vida por esas niñas, y aún así no pensaste en como eso afectaría mi relación con ellas. No seas tan egoísta, si ellos te dejaron fue por que tú lo quisiste así, tú rompiste está familia ¡Por una estúpida aventura! —Al ruso le temblaba la voz. —¡Por culpa de tus errores me estoy perdiendo de ver crecer a mis nietas! —Todo quedó en silencio, el rubio quedó petrificado ante sus palabras, y podía jurar que lo poco que quedaba de su corazón, acaba de trizarse un poco más. -Bien hecho Yuri.

El silencio se hizo presente de nuevo en la habitación, Víctor trataba de contener sus sollozos, mientras Yuuri limpiaba sus lentes con la parte inferior de su camiseta. Yuri estaba en condiciones iguales, y sabía que lo que dijo el peliplata era totalmente cierto, pero su terquedad le impedía soltar las lágrimas frente a aquellos que consideraba sus padres.

—Sabes... Ahora, no me importa ya tu vida o qué hagas, pero si no arreglas tus idioteces con esas niñas, deja de considerarte parte de mi familia. —El enojo en la voz del ruso mayor no había disminuido, pero su corazón sabía que esas palabras no las decía en serio. Después de todo, ese gatito enojado era su hijo. —Yurio... Se que está mal lo que estamos haciendo pero quiero que te disculpes con tu madre ahora mismo, no puedes gritarle así... —Dijo firme y autoritario Víctor pero el pequeño ruso solo lo ignoró y frunció más su ceño si es que eso era posible, la rabia le hacía hervir la sangre.

—Los odio, a ambos. —Fue lo último que dijo antes de tomar su chaqueta, su billetera y llaves, salió por la puerta y cerró de un portazo dejando a sus padres atrás. Los mayores sabían que seguirlo era en vano, más el ruso menor no quería alejarse de ese lugar, solo se sentó en las escaleras y lloró en silencio.

Las palabras de Víctor aún retumbaban en sus oídos, cada parte de su alma le dolía, desde que lo conocía no lo había visto tan furioso como en esos momentos.

Lo había jodido todo.

Solo le quedaba rogar por un milagro.

ミ 彡 ミ 彡 ミ 彡

Los meses pasaban, parecían eternos. Cada día era más difícil que el anterior, los Giacometti hacían todo lo que estaba en sus manos para ayudar al kazajo.

Este ponía todo de si para no defraudarlos pero no podía, simplemente se derrumbaba. Una noche fría y nevada Otabek estaba sentado en el patio trasero de la casa, llorando mientras observaba la luna en silencio porque de una forma le recuerda a Yuri; tan bella, gélida y lejana.

Minami le observa desde la ventana de la cocina, con ahinco, curvando las cejas en una expresión lastimera, con un vaso de vidrio que tomó al bajar a tomar agua. Con una sensación de malestar que no lo dejaba volver a la cama, a la comodidad de su almohada para dejarse llevar por morfeo, por lo que, movido por su impulso, salió con una manta en sus manos para cubrir al moreno quien sollozaba abrazándose a si mismo, más por dolor que por frío. Tal vez fuese el altruismo, la empatía o la piedad; nadie merece pasar tal dolor y frío en una nevada noche. Pero ahí estaba, cubriendo al muchacho con una segunda colcha además de la suya para brindarle calor. Un calor que, a pesar de tener una pizca de cariño no compensaba el sentir del mayor, quien al sentirlo, volteó a verlo con su rostro rojo por la correntada de viento nocturno, ondeando micro cristales de hielo que congelaban sus cálidas lágrimas.

— ¿Que estas haciendo aquí? —Preguntó con una mezcla de duda y pena. —No ves lo tarde que es...

El mayor no tuvo el valor de responder a la interrogación, pues sus cuerdas vocales eran un nudo, impidiéndole formar una palabra coherente. Su mente frágil le nublaba el sentir, y la preocupación del chico tan palpable, era imperceptible para su ciego razonamiento

Estaba destrozado, tan destrozado que la veracidad, valentía y seriedad fueron hechas trizas al momento de verse ambos a los ojos. Las lágrimas del otro se congelaban apenas recorrer sus mejillas, y el verle con esa desdicha hizo menguar su influible voluntad para poco después sentir la salinidad recorrer las pestañas propias. No importaba, Otabek estaba tan encajonado en su trance que apenas percataba en su presencia, y si no hubiese sido así tampoco hubiese relevado. Lo abrazó, guiado por el instinto de dar calor y la mera gana de tratar de dar consuelo por medio de un acto físico y simple que tal vez no calmara ni un hueco. Las pequeñas manos del japonés se enlazaron al cuello del mayor, quien miraba sin mirar a un punto fijo en la oscuridad.

—Tu cuerpo está tiritando y no para de llover... —Siseó con tristeza compartida.

Las palabras dichas por el joven rubio lo trajeron a la realidad, no sabía en qué momento había comenzado a nevar, su ropa estaba mojada y su rostro casi inmóvil por la cantidad de nieve que caía sobre ellos, más las gotas derramadas por su lamento lastimero cual niño que acaba de romper su juguete más preciado.

El llanto amargo de un corazón destrozado. El lamento de una pobre alma, sufriendo la pérdida de un amor que daba impresión de ser para toda la vida. Un futuro derrumbado, un sueño quebrado en millones de pedazos, lastimando cada paso, incrustándose en su ya muerto amor hacía alguien que ahora no vale la pena mencionar.

— ¿Por que no intentas olvidarlo? —Cuestionó el nipón, tratando hacer que el mayor reaccionara un poco.

—No puedo... —Dijo con un hilo de voz. — ¿Sabes? Lo he intentado todo para darle lo mejor... Y aún así... Nos dejó sin ninguna explicación...

—Comprendo... Pero... Llevas tiempo sin comer bien... —Tragó pesado y siguió hablando. —Quiero darte una mano, me gustaría poder hablar más contigo... No quiero verte más llorando.

Sé que duele, es la verdad, sé bien que te faltan sus caricias pero tienes que aguantar, yo te aseguro que algun día... Tu lo vas a superar.

—No lo creo... —Su voz se cortó. —Nunca más podre tenerlo, todo terminó. El dolor no se detiene y no encuentro una solución. Él no volverá y yo no podré aguantar... Siempre me decía que me amaba con pasión. Ahora se que fueron mentiras, era un juego y me engañó, no puedo más...

El rubio lo escuchaba atento, conteniendo las lágrimas, cosa que no logró.

—Claro que puedes y lograrás. Si me dejas ayudarte, te prometo que daré lo mejor de mi para que estés bien. No puedo prometerte devolverte su amor, pero si puedo estar ahí para ti y tus hijas. Debes ser fuerte para ellas y por ti mismo.

El kazajo levantó su rostro entumecido por el frío de la noche.

El japonés de a poco se separó y le sonrió dulce. A la vista de Otabek, parecía un ángel.

—Vamos adentro, te prepararé algo caliente.

Sin esperar una respuesta, lo levantó de su lugar y lo llevó adentro. Sentandolo en una silla cerca de la cocina, puso la tetera en la hornalla, esperó que el agua hirviera y le preparó café con leche.

A medida que tomaba el líquido, cada parte de su ser se sentía bien, y la compañía de Minami solo lo hacía mejor.

Terminado el brebaje, Minami con una dulce sonrisa, tomó su mano y caminando hacía las escaleras. —Sabes Otabek... —Dijo el japonés, el mayor lo miraba atento. El chico se aclaró la garganta y en voz baja, comenzó un leve canto. —Algún día, en algún lugar, de alguna manera... Amarás de nuevo. Solo... Solo necesitas encontrar a alguien... —Los ojos de Otabek se aguaron de nuevo. No se esperaba escuchar esa canción y menos en ese momento. No le costó mucho reconocerla. —Algún día, en algún lugar, de alguna manera, amarás de nuevo, solo necesitas encontrar a alguien... Alguien que te trate mejor...

Alguien que te quiera cerca...

Algún día, en algún lugar, de alguna forma, te sentirás encontrado.

El suave canto de Minami lo conmovió, no supo en que momento, sin soltar la cálida mano del chico, llegó hasta la puerta de su habitación donde el japonés soltó su mano, sin hacer mucho ruido y dedicándole una pequeña sonrisa, se fue a su habitación. El kazajo se quedó quieto un momento, reflexionando la situación y las palabras tan dulces de esa pequeña pero tan significativa canción.

Entró en su habitación y al observar a sus hijas dormir, supo que Minami tenía razón. Ya no podía seguir aferrado al pasado, esa era su realidad. No sería fácil, pero haría su mejor esfuerzo por superarlo.

Se cambió la ropa mojada, con sumo cuidado besó a sus niñas y se acostó.

Las semanas siguientes fueron menos dolorosas para Otabek.

Se sentía mejor gracias a la charla con Minami, con quien poco a poco entabló confianza como para desahogar su sentir.

Agosto llegó en un abrir y cerrar de ojos, ¿Quien diría que ya pasaron 4 meses?

El tiempo podía ser un gran aliado o un enemigo casi mortal si así lo deseaba.

A pesar de sentirse mejor, el kazajo no pudo evitar sentirse triste nuevamente.

La llegada del octavo mes solo significaba una cosa; el cumpleaños de sus hijas.

Quizás para muchos el cumpleaños de sus hijos era un evento de dicha y alegría, pero, dada la situación en la que se encontraba, solo lo llenaba de tristeza. No solo por él, si no por sus pequeñas quienes no tenían la culpa de nada.

Era más que obvio que ellas no iban a recordar mucho de su primer cumpleaños, pero no quería que cuando ellas crecieran, pensaran o preguntaran cosas que no tenían porque saber. No ahora.

Una tarde, cuando bajaba de su habitación, no estaba preparado para lo que vio. Minami se encontraba arrodillado frente al cochecito doble, donde las gemelas estaban sentadas observándolo muy atentas.

El rubio movía sus manos, y al ritmo de una alegre melodía cantaba.

—Tu encantador rostro feliz. Siempre quiero verlo.

El kazajo se quedó en su lugar, mirando el espectáculo. Se preguntaba en qué momento sus hijas habían tomado confianza en el japonés, supuso que fue el hecho de que pasaban tiempo juntos, recordó que Minami se ofreció a cuidarlas mientras trabajaba. Si, había conseguido trabajo gracias a Chris (y a una larga charla con Phichit).

No quería dejar a sus hijas, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada, por lo que llegaron a un acuerdo.

Hacerle caso, fue sin duda alguna, la mejor opción que pudo elegir. Sus niñas se veían felices y cómodas al lado del joven que continuaba con su canto y una que otra risita encantadora.

Fue muy duro para el joven padre dejar a sus pequeñas. El cuidado de una niña, en este caso dos, es muy delicado. No vamos a mentirnos, tenía miedo, pero luego de verlos jugar, supo que todo estaba bien.

Cuando notó que la música había parado, terminó de bajar y se acercó.

—Veo que se llevan de maravilla. —Dijo un poco animado.

—Así es. —Respondió orgulloso el nipón. —Ellas de a poco se van acostumbrando a mi. ¡Y son adorables! —Con ambas manos, acarició una mejilla de cada niña. —¿Puedo preguntarte algo?

—Claro. —El kazajo lo miró curioso.

—¿Que día es su cumpleaños?

—El 18 de agosto. —Respondió al instante. La expresión del rubio lo sorprendió un poco. El chico tenía la boca semi abierta y sus ojos por poco se salían de su lugar.

— ¡Eso es en una semana! —Gritó, cubriendo rápido su boca antes de asustar a las gemelas.

El kazajo meditó lo dicho y asintió lento.

—Si.

— ¿Les harás algo?

—No lo creo... aún son muy pequeñas y... -No pudo seguir hablando. Sintió como una nueva oleada de tristeza lo atravesaba.

—Comprendo...

La mano del chico se posó en el hombro del azabache.

Los balbuceos de las pequeñas los sacaron del trance. Otabek les acarició el cabello con cuidado.

En eso, a Minami se le iluminó el rostro.

—Athena, Aiyana. —Llamó. — ¿Quieren mostrarle a papá lo que aprendieron?

Ambas levantaron sus bracitos y movieron sus pies, golpeando el coche. El rubio le pidió a Otabek que se sentara en el sofá, mientras Minami levantó a la pelinegra de su lugar y la sentó en la alfombra de la sala e hizo lo mismo con la rubia.

Los observó sin entender, hasta que, tomadas de las manos del rubio, ambas, con un poco de dificultad, se pusieron de pie, con pasos torpes y bruzcos se acercaron "caminando" hasta donde estaba.

Otabek no pudo evitar sonreír al verlas caminando de la mano del japonés, quien sonreía orgulloso.

—Ellas aprenden rápido. —Comentó. —Aún no pueden mantenerse solas, pero es un gran avance.

—Y vaya que lo es. —Dijo Otabek emocionado. —Les tomaré una foto. —Sacó su celular del bolsillo de su pantalón, abrió la cámara y tomó varias fotos de los tres.

ミ 彡

La semana siguiente fue todo un espectáculo, sin previo aviso, los Nikiforov habían llegado a Suiza. Cargados de maletas, lograron acomodarse en la casa de sus mejores amigos, Otabek y Chris trabajaban, por lo que los demás se quedaban en casa con las gemelas.

Víctor no pudo evitar llorar al verlas ¡y como no! Si habían crecido bastante, Yuuri por su lado, trataba de contener a su esposo, fracasando en el intento.

El día 18 llegó como un puñetazo. Otabek no estaba de muchos ánimos para celebraciones y las gemelas menos, esa noche habían tenido fiebre. El kazajo no había dormido mucho, pues debía controlarlas. Phichit y Yuuri, se encargaron de hacer el desayuno, mientras Chris y Víctor charlaban en el comedor.

Minami aún dormía, por lo que, el tailandés le pidió a su mejor amigo que fuera a despertarlo.

Phichit estaba consciente de la fecha y no la dejaría pasar desapercibida.

Le dijo a Yuuri lo que planeaba y este estuvo de acuerdo en ayudar, por lo que subió a hasta su cuarto. Con cautela entró en la habitación de japonés menor, se acercó hasta la cama, se sentó en el borde y con cuidado tocó el rostro del chico.

—Minami... —Susurró suave, cerca de él. —Despierta, cumpleañero.

El chico se removió en su cama, buscando las cobijas para tapar su rostro y seguir durmiendo.

Yuuri rió y volvió a moverlo. —Vamos cumpleañero, es hora de desayunar.

—Mmm... ¿Mamá?

El azabache sonrió enternecido.

—No, pero te espera abajo.

Minami abrió los ojos y miró a japonés mayor.

—Yuuri. —Minami se talló un ojo incrédulo a lo que veía.

—Feliz cumpleaños. —Dijo en japonés. El mayor aplaudió suave, felicitando al chico.

—Gra-Gracias Yuuri. —Se emocionó, pues no esperaba que la primera persona que lo felicitara fuera su ídolo, si, su lado fanboy aún no se esfumaba del todo, a pesar de ser "hijo" de su mejor amigo.

Habían compartido bastante tiempo juntos, pero aún le costaba un poco no emocionarse como hace años. Ya no era un niño, y podía mantener conversaciones casuales con él, hasta con Víctor. No recordaba en qué momento dejó de llamarlo "Yuuri-kun", pero le alegraba esa cercanía que había construido. Se sentó en la cama y lo observó feliz, ambos se abrazaron unos momentos.

—Te dejaré para que te cambies, no te demores mucho.

— ¡Está bien! —Sonrió. —Bajaré en un instante.

Dicho eso, el azabache se levantó de donde estaba y salió de la habitación.

Bajó hasta la sala, donde su esposo y amigos lo esperaban.

— ¿Y Minami? —Preguntó el tailandés.

—Ya bajará. Se está cambiando.

—Bien, supongo que se puso muy feliz porque fuiste el primero en saludarlo.

—Muy feliz, me alegra poder pasar otro año junto a él.

En eso, Otabek bajaba las escaleras con ambas niñas en sus brazos, sus ojitos estaban medio llorosos y la expresión del padre mostraba cansancio, sus ojeras bien marcadas indicaban que no había descansado bien.

Víctor se acercó a él e intentó cargar a ambas. Ellas se aferraron al cuello de Otabek, Víctor casi se pone a llorar por el rechazo, pero luego pidieron ser cargadas por el ruso, quien las observaba con cierta tristeza, más aún cuando se abrazaron a él escondiendo sus rostros.

— ¿Está todo bien? —Preguntó muy preocupado. Las gemelas se abrazaban más a él.

—Nada grave, tuvieron fiebre anoche y no durmieron muy bien...

Al ruso se le aguaron los ojos también. —Mis pequeñas...

—Ya están mejor, pero están un poco mimosas.

—De eso nos encargamos nosotros, tú no te preocupes. —Dijo Yuuri acercándose junto a Phichit. —Haremos lo posible para que estén bien.

—Gracias, en serio. Lo aprecio demasiado.

—Son nuestras nietas y las amamos. Siempre vamos a querer lo mejor para ellas.

Entonces, Minami llegó a la sala, sonrió al verlos a todos reunidos.

—Ah, Minami. —El tailandés sonrió llamando al chico. —Feliz cumpleaños cariño.

El rubio sonrió. —Gracias mamá. —Casi corriendo se acercó al moreno, quien lo recibió en sus brazos y besó su sien con cariño.

—Tengo algo para ti. —Dijo animado Phichit. Deshizo el abrazo y fue corriendo a la cocina.

Los demás felicitaron al japonés, Chris y Víctor junto a las niñas, quienes se estiraron hacia él, para que las cargara. Obviamente no se negó a hacerlo, besando las mejillitas de ambas, deseándoles feliz cumpleaños. Otabek también se acercó, sorprendido por el hecho de que Minami cumpliera años ese día.

—Muchas felicidades Minami. —El kazajo le medio sonrió. — ¿Porqué no me dijiste que tu cumpleaños era hoy?

—Gracias Ota. —Sonrió. —No lo dije, porque no quería opacar el cumpleaños de estas dos princesas. Por cierto ¿Que les pasa?

El mayor suspiró cansado. —Estuvieron con fiebre anoche y se pusieron mimosas.

—Ooooh, ya veo... Pues vamos a consentir a este par de ángeles entonces.

Phichit regresó con un pastel en sus manos, Athena levantó su cabeza observando el postre mientras Aiyana buscaba a su padre con la mirada, ignorando lo demás.

Minami sonrió alegre al ver que era su favorito.

—Gracias mamá, eres increíble.

ミ 彡

Luego del almuerzo, las gemelas se encontraban jugando con el envoltorio de alguno de los tantos regalos que habían recibido.

Los adultos charlaban tomando café en la sala, acompañado de tartas dulces cortesía de Chris.

A pesar de que las pequeñas aún no se encontraban del todo mejor, el sonido de sus risas compensaba la situación. Era imposible no prestarles atención, más cuando Minami hacía de todo para hacerlas reír, para los presentes quedó más que claro que las niñas adoraban al japonés.

Víctor y Yuuri no podían evitar sentirse culpables, pues habían dejado a Yuri solo y no le dijeron a donde iban. Era un poco cruel por parte de ellos no decirle nada, pero no tenían muchas opciones. Otabek les había pedido encarecidamente que no le dijeran nada al rubio, ya que sabía que sería capaz de hacer una locura y no estaba en condiciones de soportarla.

Yuuri en un arranque de preocupación, salió rápido al baño, tomó su celular y llamó a Yuko Nishigori para pedirle que fueran a ver al rubio. No le dio muchas explicaciones, sabía que su amiga apreciaba al ruso por lo que no dudaría en ir y luego avisarle como estaba. Le pidió que lo mantuviera informado mediante mensajes, era menos evidente.

Ella fue a ver al chico y avisó al japonés de la situación.

Yuri se encontraba estable según los mensajes de ella, había almorzado con él y luego estuvieron charlando un rato. Eso tranquilizó un poco a Yuuri, le agradeció por ayudarlo y le prometió compensarlo.

La tarde pasó tranquila, las niñas luego de tanto jugar, se quedaron dormidas, una siesta no les vendría mal.

A la hora de la merienda, Víctor y Chris sorprendieron a todos. En el patio trasero, habían preparado lo necesario para merendar.

Las gemelas habían despertado ya, por lo que una nueva tanda de regalos fueron abiertos. Entre ellos, juguetes didácticos, ropa y lo que para Otabek sería una salvación, un andarin triciclo doble.

El kazajo estaba fascinado y las gemelas lo miraban de forma rara.

A la noche, antes de la cena Víctor y Yuuri le hicieron una vídeo llamada a Yurio para estar más tranquilos.

Cuando el ruso respondió, los mayores comenzaron diciendo que los disculpe por haberse ido sin decirle nada, la mejor excusa que se les ocurrió fue decirle que salieron a su 2da luna de miel, sorpresa por parte de Víctor al cumplirse 10 años desde su boda.

Estuvieron charlando unos minutos, tratando de ser discretos para no levantar sospechas. La llamada finalizó y los Nikiforov bajaron para ayudar a preparar la cena. Mientras tanto, los Giacometti y Otabek charlaban en la cocina.

Las gemelas y Minami jugaban en la sala con algunos de los tantos juguetes con luces y música.

—Dime Phichit ¿Como fue que adoptaron a Minami? —Preguntó Otabek, tratando de no sonar entrometido.

El tailandés, quien estaba mezclando la salsa, se volteó a verlo.

—Es una historia un poco rara para ser sincero. Minami siempre fue fan de Yuuri y las veces que estuvimos en Japón, él estaba cerca. Una tarde, fuimos a la pista y lo encontramos muy deprimido, nos contó que su entrenadora ya no podía seguir trabajando con él y eso le impedía seguir compitiendo. —El moreno hizo una pequeña pausa. —Se me partió el corazón al verlo así. Tratamos de hablar con ella, pero fue imposible. Fue en ese momento que una idea se me cruzó por la cabeza. -La risa de Chris cortó la charla al recordar lo pasado, Phichit lo ignoró y siguió con su relato. —En ese tiempo, Chris estaba buscando un pupilo pero no había tenido suerte, fue en ese instante, que se me ocurrió una espléndida idea ¿Y si Chris lo entrenaba? No perdíamos nada intentando, al principio no quería, estaba cegado a la idea, pero luego de ver el talento que Minami posee, a mi esposo se le ablandó el corazón y decidió tomarlo como alumno, solo había un detallito... para poder sacarlo de Japón, debíamos ser familia directa de él. —El moreno apagó la cocina. Otabek por su lado, sacaba unos vasos de la alacena escuchando atento. —Fue ahí cuando decidimos adoptarlo. Con mucha ayuda de Yuuri, charlamos con los padres de Minami y ellos dieron su consentimiento, lastimosamente ellos fallecieron 2 años después de la adopción. Y como Minami aún era menor de edad, quedó completamente bajo nuestro cargo. Desde entonces él vive aquí, de a poco nos fuimos complementando hasta ser la familia que hoy somos. —Chulanont sonrió, mientras Chris se acercaba y lo besaba en la cabeza, para luego salir a la sala.

—Vaya, las vueltas de la vida son realmente sorpresivas.

—Y que lo digas. Debo admitir que adoro a ese chico, y a falta de hijos propios, él es realmente todo lo que siempre deseamos.

La charla finalizó, pues los Nikiforov entraron en la cocina, para ayudar en lo que faltaba.

La mesa ya estaba lista, adornada con elegantes copas, servilletas, cubiertos y platos a juego, Athena y Aiyana quienes se encontraban mucho mejor, estaban sentadas en sus sillas altas esperando la comida, observaban a todos los presentes y luego concentraban toda su atención en su padre, quien les enfriaba la cena.

Minami servía junto a Yuuri. Los demás se terminaron de sentar y comenzaron a cenar.

Entretenida y ruidosa, la comida fue un éxito.

La casa quedó con un ambiente perfecto para finalizar el día. Chris le pidió a Minami que se acercara a las gemelas, mientras Yuuri y Phichit iban a la cocina, Víctor sacó su celular mientras Otabek le acomodaba el cabello a Athena, Aiyana en cambio le sonreía a su abuelo, quien le tomaba infinidades de fotos, de todos los ángulos posibles.

El tailandés y el japonés regresaron a la mesa con un pastel cada uno, Yuuri lo puso frente a Minami, mientras Phichit frente a las gemelas. Ambos pasteles con una vela para cada uno, Otabek sonrió ladino observando a las niñas, esperando que no tuvieran miedo, se levantó de su lugar y luego de cantar la típica canción, se colocó detrás de ellas para ayudarlas a soplar (luego de las millonadas de fotos sacadas por los presentes), Minami se sentía observado, pero muy feliz. El japonés se acercó para apagar su vela y las gemelas ayudadas por Otabek, también se acercaron, aunque un poco temerosas. El kazajo junto con las niñas, apagaron las velas y el rubio hizo lo mismo con la suya. Los presentes aplaudieron, adornando sus rostros con sonrisas enternecidas por la escena, todos comieron el pastel acompañado de más charlas sin sentido, hasta que las pequeñas quedaron dormidas sobre la mesa. Otabek las levantó en sus brazos y discúlpandose, se retiró para acostar a sus niñas.

Mientras subía las escaleras y con ambas durmiendo en sus brazos, supo que había tomado la decisión correcta.

Dejó a sus pequeñas sobre la cama, les cambió el pañal y colocándoles sus pijamas, las arropó bien para luego besarlas suavemente sin despertarlas.

Sonrió observandolas y susurró.

—Las amo.