Invierno imperial

Capítulo 1: Filos fríos en manos cálidas

El ser hermano mayor significaba responsabilidad.

Sus hermanos y hermanas menores no tenían su fuerza, su experiencia ni aguante en todo lo que Tanjiro hacía, y a él le parecía bien que disfrutasen de su infancia todo lo que pudiesen. Algo de envidia le daba ver cómo les trataba su madre, más sabia y con más experiencia que cuando él había nacido, pero era de esperarse, suspiraba, que las generaciones futuras tuviesen un mundo algo mejor que ese en el que nacieron. Aunque fueses su hermano mayor y no su padre, suponía que algún día le tocaría a él tener familia.

Además, tenía sus ventajas.

Como cuando se le daba más libertad o se le trataba de forma distinta, más cercano al mundo de los adultos que al de los niños.

-¡Hermano! ¿Vas a ir al pueblo hoy?

-¡Yo también quiero ir!

Las voces de sus hermanas y hermanos le hicieron sonreír.

-No, no, no pueden caminar rápido como Tanjiro, y se van a cansar- dijo su madre -Hoy no lleva el carro, así que no podrá cargarlos cuando se cansen.

El festín de año nuevo no iba a caerles del cielo.

Así que se despidió de ellos, con la misión de vender el carbón, ir al médico a por la medicina para su hermana menor, y volver lo antes posible. Amenazaba nevada intensa, de esas que te hacían apreciar el calor del hogar. Y mientras más rápido llegase el pueblo, más rápido terminaría y más rápido podría regresar.

.-.

-¡Ah, Tanjiro!

-Buenas tardes, señor Saburo (1).

-Entra, muchacho, entra. ¿Has venido a por la medicina de tu hermana?

-Sí, señor- Tanjiro entró al consultorio con el cartel de durazno, dejando su canasta y sus zapatos en la puerta. La canasta vacía, los mandados hechos, el vecino declarado inocente de romper lo que había roto el gato, y este era el último de sus deberes antes de volver a su casa. Incluso los trabajitos extra, que habían hecho más pesada su bolsa, habían terminado por el día -¿Sabe lo que tiene?- preguntó, con más curiosidad que temor.

-De momento, no es nada preocupante- el consultorio olía siempre bien, como a flores, pero nunca había podido descubrir dónde quemaba el incienso de glicina -Pero es mejor prevenir que curar, ¿sabes?

Tanjiro lo miró, sin entender del todo.

-Es algo nuevo, muchacho, y si todo sale bien, podría salvar muchas vidas. Si detectas, por ejemplo, algo que podría infectarse- empezó, y el muchacho supo que estaría allí por lo menos diez minutos -pero te ocupas de ello antes que se infecte, evitas un mal mayor y que podría ser mucho más grave. ¿Recuerdas cuando las gemelas de la señora Fukoda se cayeron al río, y sólo me dejó curar a una de ellas?

Esa era la única que había logrado tener las dos piernas buenas, recordó Tanjiro, y asintió, haciendo una mueca. La otra, la pobre niña, no era tan activa como su hermana más sana.

-Pues es lo mismo en todos los casos. Quizás sea más dificultoso, pero trae muchos más beneficios. Y, como mi benefactor salvó su vida por eso…

-¿Es un señor feudal?- preguntó, curioso -¿Uno cercano?

-Nunca me dijo su verdadero nombre, pero tiene mucho dinero, joven. Y viendo cómo lo usan otros señores feudales- aquí se acercó al muchacho, y los dos acercaron las cabezas, como compartiendo una confidencia -hay formas mucho peores en que podría invertirlo. Dice que la salud es una inversión, que enfermo no puedes trabajar, y que si no trabajas, ¿cómo vas a ganar dinero? Y por eso me envió aquí.

-Es curioso- volvió a sentarse sobre sus piernas, tomando la taza de té que estaba frente a él y dándole un sorbo -Todos los médicos y doctores que vinieron siempre lo hacían de paso y se iban a las capitales. ¿Por qué usted no?

-Porque hay muchos en las capitales, joven, y aquí no había ninguno fijo- suspiró -Además, la gente es amable y puede que hasta me consiga una esposa. ¿A qué joven dama no le gustaría estar casada con un médico? Ya va siendo hora, ¿no? Es decir, si conoces alguna jovencita de dieciséis o más… que sea como Nezuko pero mayor.

-Si Nezuko tiene buena salud, llegará a esa edad.

-¡Cierto, cierto! Aquí está la medicina, que la tome como le dije cuando vino a la consulta, y en un mes nos veremos, muchacho. Quizás ya con una bonita esposa.

.-.

La nieve caía con fuerza.

Tanjiro consideró si no habría sido más sensato el quedarse en la consulta del médico, pero tenía en su interior una sensación de urgencia que no lo dejaba en paz. Había oído hablar de demonios, que sólo salían en las noches, pero ahora, en medio de la oscuridad apenas a raya por el farol que le había prestado el señor Saburo, las historias parecían tener más cuerpo, más base, más aroma…

Sangre.

Se quedó helado, con la nieve cayendo a su alrededor, y deseó estar equivocado.

Olisqueó de nuevo y ya no pudo mentirse.

El viento, que venía de la misma dirección que su hogar, traía el aroma a sangre.

Tanjiro apuró el paso.

.-.

El bosque se extendía por la eternidad.

Cuando al fin logró ver a la distancia su casa, vio la nieve roja sobre la que dormían parte de su familia. La voz se le atragantó, y a la tenue luz de la Luna que empezaba a ocultarse, podía ver paredes destrozadas, ropas desgarradas, pedazos de cuerpos y una sombra que se movía…

Un par de ojos lo miraron.

Tanjiro sintió que lo clavaban al suelo.

-Una familia de marechis- no podía ver más que esos ojos, pero su voz le decía que estaba sonriendo -Casi toda.

La sombra giró hacia él, y los ojos se acercaron, despacio, como un gato frente a un ratón paralizado. El olor a sangre, a algo mucho más potente que la sangre de su familia derramada en la nieve, llegó hasta él, y de repente la oscuridad era absoluta.

Esos ojos no dejaban de mirarlo.

Algo frío y filoso le arañó la mejilla, y Tanjiro retrocedió, sin entender qué había sucedido.

-Mhm- la sombra estaba en todos lados, lo miraba de todas partes, pero esos ojos estaban en el corte que le había hecho -No eres marechi. Pero quizás me seas útil de otra manera.

-¿Q- el pecho se sentía como si se lo estuvieran tirando en todas direcciones, y el aire frío le picaba la garganta -¿¡Qué has hecho!?

-Alimentarme- fue la respuesta, casi aburrida, y los ojos desaparecieron.

La oscuridad dejó de ser abrumadora.

-¿Madre?- llamó, para aferrarse a una esperanza que creía ver como vana -¿Nezuko?- llamó a sus hermanas y hermanos por su nombre, pero sólo le respondieron el viento y la nieve. Guiándose por su nariz, y con la escasa luz de Luna que ya estaba por desaparecer, pasó una eternidad intentando que las voces de su familia volvieran a darle la bienvenida.

.-.

La única aún tibia era Nezuko.

Las piernas eran dos piedras, la hora esa indigna, pero la esperanza era lo único que le quedaba en esa situación, así que se la echó a la espalda y corrió ladera abajo, en busca del médico. Del pueblo. De algún lugar seguro, atento a ese aroma abrumador de la sombra de ojos penetrantes del color del corazón de las ciruelas. Su objetivo era llegar, moverse, no permitir que el frío que calaba sus huesos y le roía el alma llegase a dominarlo, porque si había alguna posibilidad que Nezuko sobreviviese…

Un grito a su espalda lo sobresaltó.

-¡Nez…!

Sus pies resbalaron, haciéndolo caer por el aire, y Tanjiro pensó que así se sentían los pájaros cuando caían en picada en busca de su comida. Por unos segundos cayó, luego un colchón frío y crujiente lo recibió, y se quedó mirando a la noche nevada que empezaba a clarear ya, sin entender…

-¿Nezuko?

Su hermana estaba de pie, y el corazón se le llenó de alivio, desbordándole por los ojos.

-¡Nezuko! ¡Estás vi…!

Ojos.

Su hermana levantó la cabeza, y esos ojos eran… eran parecidos a…

-¿Nezuko?

Se abalanzó sobre él, y Tanjiro le gritaba que se detuviese, que era su hermana, que él sabía que ella nunca le haría daño a nadie, que la había visto protegiendo a sus hermanas menores en la nieve… el palo que ahora mantenía alejado a Nezuko de repente se hizo menos pesado, y un par de lágrimas, lágrimas que no eran propias, le cayeron en la cara.

-Nezuko…

Empujó a su hermana a un lado.

Una espada pasó por donde ella había estado un segundo antes, y en un remolino de movimiento, vio a un muchacho de mirada vacía, triste, empuñando el arma que casi se había llevado a su hermana una segunda vez.

Un ave trinó en un árbol cercano.

El muchacho pareció crisparse.

-¿Por qué proteges a ese demonio?

-¡No es un demonio, es mi hermana!

Nezuko miraba al recién llegado con enojo, y luego movió la cabeza hacia arriba, manoteó algo en el aire y un ave cayó, muerta, sobre la nieve entre los dos muchachos.

El ave se deshizo en un ramillete de flores blancas y pequeñas.

Esos ojos helados se clavaron en ella.

-¿Quién eres?

Nezuko gruñó.

De repente, Tanjiro no vio a ninguno de los dos, y luego el otro tenía aferrada a su hermana del brazo, retorciéndoselo atrás de la espalda. Se puso de pie de un salto, diciéndole que la dejase ir, que era su hermana, o algo así porque en ese momento no pensaba con claridad y le rogó que la dejase ir. La respuesta dolió como un ataque físico, y su cuerpo, que ahora se sentía de hielo casi al completo, observó a Nezuko y se decidió enseguida por el mejor plan que tenía disponible.

Piedras y un hacha de mano.

Si al menos podía salvar a Nezuko, habría tenido una buena muerte.

.-.

Nezuko dormía, tranquila, sobre la nieve.

Tenía la piel limpia de sangre, los ojos cerrados, y algo en la boca, quizás bambú, y Tanjiro demoró en entender que estaban vivos, que el muchacho no los había asesinado, y que aún…

Lo olió antes que hablase, y miró en su dirección, listo para tirarle aunque fuese una bola de nieve.

El otro pestañeó.

Tanjiro abrazó a su hermana, dormida, para protegerla.

-Ve a ver a un hombre al pie del monte Sagiri, su nombre es Sakonji Urokodaki. Dile que Giyu Tomioka te envió- miró a Nezuko -Dile lo del ave. Y no la expongas a la luz solar o empezará a quemarse.

Y, entonces, desapareció.

.-.

Los días siguientes se sucedieron como en un borrón de sucesos.

Volvieron a su hogar, donde los cadáveres habían perdido toda calidez y ganado el frío y la rigidez del hielo. Cavaron las tumbas, les rindieron los honores que pudieron, y tomaron lo que había aprovechable en la casa. El monte Sagiri estaba a varios días de viaje, y necesitarían suministros para poder llegar sin morir de hambre o de frío. Nezuko no soportaba el sol, por lo que viajaron de noche, hasta llegar a un pueblo donde plantaban arroz.

El ave de las flores también cantaba allí.

Tanjiro no había querido volver al pueblo, que quedaba en dirección opuesta al camino que debían tomar, por lo que al ver el cartel con el durazno que indicaba que allí había otro médico como el señor Saburo, consideró el llevar a Nezuko a la consulta. Desechó la idea enseguida. Volvió a la cueva en la que había dejado a su hermana antes que despuntase el día e intentó hacer que entrase en la canasta.

.-.

¿Era música lo que oía a la distancia?

De camino al monte, le pareció escuchar la música de un instrumento… uno simple, de esos que golpeaban dos partes… dos pedazos… algo que golpeaba contra otra cosa más o menos igual. Tanjiro no sabía su nombre, pero parecía venir del bosque, justo por donde habían venido y tenían que dejar atrás. Y había una voz, una que no sabía decir si era de hombre o de mujer, cantando sobre algunas enseñanzas filosóficas que había oído un día en el templo. El sonido pareció hacerse cada vez más tenue, hasta que se perdió en la distancia y el sonido del bosque lo tapó.

Tanjiro sabía de los espíritus del bosque.

Por eso, apenas se aseguró que Nezuko estaba bien cubierta, se colocó la canasta a la espalda y continuó su camino.

.-.

Entre el monte y ellos dos sólo quedaba un pueblo.

Era uno algo más grande que el suyo, pero ya de lejos sintió algo que le hizo disminuir el paso. Nezuko intentó decir algo, y él le aseguró que no había problema. Volvió a oler el aire y se dijo que sí, ese aroma era de flores.

Flores.

En invierno.

Con nieve cayendo cada pocos días.

Eran aromas de flores que nunca había conocido en su vida, y apuró el paso, medio creyendo que era una ilusión causada por todo lo que había pasado hasta ahora. Pero no, su nariz nunca mentía, y cuando llegó a ver el poblado, observó que, entre el manto blanco de nieve, había parches de colores en las casas.

Bajo los aleros, había macetas colgando, y de ellas salían flores.

Cada casa tenía al menos tres, y Tanjiro, asombrado y sin disimularlo, caminó hasta la casa más cercana y observó más de cerca unas flores blancas con un tallo amarillo en el medio, con un solo pétalo que lo envolvía como si fuese una dama de la corte. Creyó recordar que esas flores no tenían aroma, así que quizás fuese la de al lado, más colorida, la del perfume.

La nieve caía en silencio.

Era casi mediodía, pero no se veía nadie en los alrededores, y las casas… las casas estaban vacías. Tanjiro vio a través de una puerta algo abierta, que había unos tazones tirados en el suelo con lo que debía de haber sido comida, pero que ahora parecía haber empezado a… solidificarse. Estaba congelada. Resistió la idea de llamar a voces a la gente, y pasó por el pueblo, mirando por puertas y ventanas abiertas, con las mismas escenas de una vida dejada a las apuradas, sin gente y sin perros. Sin gatos. Con un ave que trinaba por allá cerca.

El aroma de las flores no era embriagante, pero de repente le parecieron las de una tumba.

Apurando el paso, dejó el poblado atrás.

.-.

El poblado de las macetas estaba muerto.

Quizás de día fuese más evidente, pero incluso de noche se podía percibir el miedo de los humanos, y más aún el de los avaros. Habían dejado su dinero atrás, que para él eran moneditas sin importancia, pero lo que le decía esa escenario era mucho más valioso. En el aire, el aroma de las flores no escondía otros, que contaban su propia historia.

Primero, la del músico, que había pasado primero, y se había quedado unos días allí.

Luego, la de las flores de invierno, algunas de las cuales no eran locales.

Más tarde, el éxodo apresurado. No olía sangre allí, pero el miedo dejaba su propio aroma, y el pánico era más evidente.

Luego, un perfume conocido.

Sonrió de medio lado.

Vaya, el muchachito había sobrevivido. Y por lo que percibía, debía de llevar un demonio con él… uno que olía parecido. Quizás un miembro sobreviviente de su familia. Había tenido el buen tino de no quedarse ni una hora allí, y eso parecía haberlo ayudado a escabullirse. Habría sido poca cosa el que otra de sus variables sueltas terminase en la nada, pero que continuase, eso era de mucho interés.

Quizás valdría la pena visitarlo de tanto en tanto.

.-.

El aire estaba muy quieto.

El monte se cernía sobre él, y el silencio que había comenzado en el pueblo anterior se había hecho constante. Sólo los pasos de Tanjiro rompían el silencio, y el crujir de la nieve se le hacía cada vez más ominoso. Ni animales ni gente había visto en todo el camino, y deseó tener a mano más que su fiel hacha y un par de cuchillos que había rescatado de los restos de su hogar, y poco más. El sol no había salido en todo el día, y la jornada había transcurrido en distintos tonos de gris.

Nezuko, a su espalda, esperaba.

De todos modos ya estaban allí, y era la única pista, la única meta que tenía definida, así que se enderezó y comenzó a ascender por el camino. Había bultos extraños en la nieve, siendo que ese monte no era muy rocoso. El manto blanco parecía tan impoluto, que se sentía mal el perturbar su perfección con sus pasos, y el silencio con el crujir bajo sus pies y el sonido de su respiración. Le recordaba a la paz y el silencio de los lugares donde la gente iba cuando no estaba viva, o no quería vivir.

Vio a la distancia lo que parecía ser una casa pequeña, y apuró el paso, deseando dejar paredes entre él y esa sensación helada.

-Nezuko- dijo, dejando la canasta en el suelo -No hay sol, Nezuko, y parece que hay un refugio adelante. Puedes…

-¿Qué eres?

Tanjiro se dio la vuelta y vio que había alguien en la casa.

Era un muchacho algo extraño, aunque lo que primero llamó la atención fueron los cadáveres de una docena de personas dentro de la cabaña. Demasiadas para las dimensiones disponibles. Las ropas eran de distintos estilos y tipos, incluso uno parecía de una mujer con dinero, quizás la esposa de un comerciante con local propio. Allí no había gente. Allí había cadáveres. Y la sangre que manchaba las paredes también estaba en las manos y la boca del…

-¿A qué hueles?- dio un paso sobre la nieve, y Tanjiro se tensó. No podían escapar -¿Acaso allí tienes a un demonio?

De repente estaba sobre la nieve, con el otro intentando arrancarle la cabeza o morderlo, mientras Tanjiro se defendía con el hacha y uno de los cuchillos como podía.

-¿Qué acaso no te afectó?- dijo el demonio entre zarpazos -¿O eres de fuera?

El muchacho no le respondió.

Tampoco era que el demonio hubiese podido oírlo.

De repente, sobre él había un cuerpo sin cabeza, y Nezuko estaba al lado, muy enojada, con la pierna levantada y respirando agitada. Un par de manos volvieron a su cuello, y su hermana le volvió a dar un golpe, esta vez sacándoselo de encima. Un par de patadas más y el cuerpo pareció entender.

-¡Lo sabía! ¡Eres un demonio!- la cabeza miraba a Nezuko con enojo -¿Qué haces viajando con un humano? ¿Acaso quieres que te coman, estúpida?

Tanjiro solo registró movimiento de algo lanzándose a su cara.

Levantó el cuchillo, el hacha estaba en algún sitio, y atacó de frente. Una mano fuerte le agarró la muñeca con la que sostenía el cuchillo, en medio de un grito de dolor. La cabeza ahora tenía dos brazos, pequeños pero musculosos, y uno estaba atravesado en el codo por el cuchillo.

-¡Imbécil! ¡Te arrancaré los ojos y a ella se la daré para que se vayan!

El muchacho no soltó el cuchillo, y cuando la patada llegó, ésta vez decidió no perder la oportunidad y lo lanzó tras la cabeza, que se clavó contra un árbol. La sostenía el cuchillo, que sobresalía de la boca del demonio, que tenía un brazo atrapado entre su cabeza y el tronco y el otro no alcanzaba a tomar el mango. Al oír un crujido, se dio la vuelta y, trazando un arco lateral, cortó el cuerpo, aún moviéndose, del demonio. Nezuko le dio otra patada y lo envió a volar hacia… hacia una caída de varios metros, por el sonido húmedo del golpe que escucharon en el súbito silencio.

Quebrado por el grito ahogado de la cabeza clavada.

Los ojos los miraban con rabia, y de repente se fijaron en algo a sus espaldas. Sus movimientos se hicieron más y más frenéticos, y Nezuko miró hacia atrás, mientras su hermano no le sacaba los ojos a lo que quedaba de su atacante. Tanjiro recuperó su hacha y tomó su otro cuchillo, sin saber bien qué hacer, hasta que la mano de su hermana se cerró sobre su hombro y apretó, rápido.

La nieve los había rodeado.

El demonio dejó de intentar gritar, pero sus manotazos eran más desesperados, y Tanjiro pudo ver que la nieve se movía, se elevaba, caía sobre el suelo y dejaba ver a… personas. Personas sin sangre en sus cuerpos ni en sus ropas, por la palidez que empezaba a lucir azulada. O quizás fuese el frío. Avanzaban despacio, cerrando el círculo, y Nezuko gruñó, lista para atacar.

Eran muy lentos.

Tanjiro dudaba, mirando al demonio y luego a esas gentes, que no respondían a sus preguntas y solo avanzaban, elevando los brazos y estirando las manos hacia ellos. Un grupo se cerró sobre el árbol que tenía la cabeza del demonio, y cuando dejaron ver el tronco de nuevo, solo quedaba el cuchillo clavado y el silencio. Los… no, no eran personas, se dijo Tanjiro, eran otra cosa, y avanzaban, seguían avanzando, se llevaron por delante la canasta y entonces Nezuko lo agarró, se lo cargó al hombro y de un par de saltos estaba arriba de la casa, mirando a todos lados.

Tanjiro no los había olido.

Al menos no al principio, cuando la nieve los cubría por completo, aunque ahora le llegaba un tenue aroma de carne congelada y muerta. Le revolvió el estómago. Cuando el primero llegó hasta la casa, una mujer mayor, el crujido de la madera sonó en el bosque como un cañonazo, y Nezuko saltó a un árbol, luego a otro, luego a otro más, y se adentraron en el monte, dejando atrás lo que fuesen esas cosas y los restos del desafortunado demonio y la gente que había sido su cena.

.-.

Llegaron a un claro cuando casi era de día.

Nezuko hizo un agujero en la tierra y allí se quedó, sin ganas de salir. Tanjiro estaba demasiado acelerado, así que le dijo que descansase, que él se encargaría de vigilar primero. Hizo un recuento de sus existencias: un cuchillo, su hacha, hilo y cuerda, un par de cuencos y dos tazas, un par de puñados de frutas secas y eso era todo.

Habían destruido la canasta.

Le preguntó a Nezuko si quería comer algunas nueces, pero ella negó con la cabeza. Se metió algunas a la boca y masticó, sintiendo que el sol lo bañaba despacio, lo que no alejó su desazón. Habían llegado al monte, y solo habían encontrado seres que querían matarles. No había ni señal de ese tal Sakonji, ni al pie ni allá arriba. Si no lo encontraban, ¿qué iban a hacer? Era posible que hubiesen más de esos… seres, y a duras penas habían logrado luchar contra el demonio, que le tenía miedo a los seres de hielo. Desde allí podía ver lo que parecían trozos de muebles, u objetos desechados por estar rotos, aunque no tenía ánimos para sacarles la nieve e investigar.

El cuerpo empezó a pesarle.

Con la adrenalina agotada, el estómago con algo dentro y el cansancio ganando terreno, le costó el mantener abiertos los ojos. Se imaginaba a uno de esos seres saliendo de entre las lomas cercanas. Por eso, cuando vio a un hombre con máscara de tengu, pensó que estaba soñando, y se palmeó la cara. Grande fue su sorpresa al saber que no solo no era su imaginación, sino que ése era el hombre que había estado buscando.

.-.

-¿Qué hacen aquí?- su tono apurado puso en alerta a Tanjiro -El monte ha sido evacuado hace una semana.

-¿Una semana?- repitió el muchacho. Era más o menos el día en que se había encontrado con Tomioka Giyuu.

-Vamos, salgan de aquí- hizo una pausa al observar a Nezuko -¿Quién es ella?

-Mi hermana- dijo Tanjiro, rápido -Juntos logramos escapar del demonio de la cabaña y de… de los seres helados.

-¿Seres… ?- hizo una pausa y luego les arrojó algo a Nezuko -Ponte esto- le dijo -El sol no debe de tocarte o morirás. Y tú- mirando a su hermano -¿Quién eres?

-Tanjiro Kamado. Ella es Nezuko Kamado.

-Sobrevivieron a la gente de hielo- no era una pregunta.

-¿Así les llaman?

-Sí, y han evacuado el monte por ellos, así que nos vamos.

-¿A dónde?

-A ver si tienen madera para esto.

.-.

En el primer poblado habitado que pasaron, Tanjiro se consiguió otra canasta.

En el segundo, empezó a respirar agitado.

Cuando pasaron por el tercer poblado, con el monte Saguiri detrás del horizonte, luego de casi dos días de trote ininterrumpido, Sakonji le ordenó detenerse.

El muchacho se inclinó, apoyando las manos sobre sus rodillas, recuperando la respiración. Con el sol poniéndose y la luna alumbrando poco y nada, le costó acostumbrarse a la oscuridad para poder ver su entorno. Algo menos de nieve, sembradíos, algunas casas dispersas, y un monte que bien podría ser llamado montaña. Sakonji los hizo entrar a lo que parecía ser su casa, y le exigió que explicase cómo habían sobrevivido a la gente de hielo y al demonio.

-¿Esa… gente, no sale del monte Saguiri?- preguntó Tanjiro, dudoso.

-El monte es su territorio, y de allí no salen- confirmó Sakonji -Pero eso no los hace menos peligrosos. Por lo que me cuentas, ya has visto lo que les hacen a los demonios cuando los pillan desprevenidos.

-¿Y los demonios no… no pueden vencerlos?

-Los demonios más débiles son su alimento. Los más fuertes los hacen pedazos, pero la nieve y el hielo se derriten y vuelven a formarse. Si Nezuko hubiese intentado enfrentarlos, quizás se la hubiesen comido, y después a ti te hubiesen transformado en uno de ellos. Lo mejor que puedes hacer es guiarles hacia algún demonio, o esquivarles por completo. No son nuestra responsabilidad… y tampoco fueron ellos quienes te causaron tu gran pérdida.

El vapor del té subía hasta el techo.

-Si quieres buscar al demonio que lo hizo, debes saber que no será fácil, y que quizás mueras antes de enfrentar a tu primer demonio.

-Si no lo hago, Nezuko jamás podrá regresar a ser humana.

-Podrías morir.

-Podría- dijo -O podría ayudar a combatir a los demonios y salvar a lo que me queda de familia.

Logró decirlo sin que le temblase la voz, pero no el puño que se cerró sobre su rodilla.

-Mañana comenzaremos con tu entrenamiento.

.-.

Podía olerlo desde la distancia.

Al pie de ese monte, y de otros por los que había pasado cerca, habían plantado por injerto (2) glicinas, a finales del otoño. Quizás con la esperanza que sobreviviesen al invierno igual que sus poblados. Y por la desolación que había visto alrededor, no había funcionado como se esperaba.

Había dejado a uno o dos demonios en el monte, por interés científico.

Ninguno había sobrevivido.

Luego de devorar a la gente de allí, uno se había encontrado con la gente de hielo, y el otro con el muchacho del carbón y su hermana, que ahora parecía ser demonio. Esos dos habían logrado huir de la escena, mientras que el segundo demonio había muerto.

Era algo insultante.

Pero, a la vez, abría un abanico de posibilidades, y eso sí le gustaba.

Era muy pronto para hacerse ilusiones, pero el que hubiese un porcentaje de probabilidad era algo nuevo y merecía ser estudiado. Más aún con los buenos resultados que había traído en la diversificación de sus negocios… Pero eso era algo para otro momento.

Ahora, tenía que ir a terminar con un asunto importante.

Y, después, podría hablar cara a cara con sus informantes, ya que estaba por allí.

.-.

Se sentía extraño. (3)

Allí estaba él, en medio de la nieve, a la espera de lo que sospechaba era un demonio encubierto por esa muchacha, y recordaba la escena de esos dos hermanos, unos días atrás.

Era un pilar.

No podía distraerse.

No podía fallar.

Era la única barrera de defensa entre los demonios y los humanos, y si allí había aunque fuese uno solo, debía de eliminarlo. El pobre perro murió primero, y luego le siguió ese demonio. Lo que dijo, "vive", parecía un mensaje para su hija. Hija que casi se vuela la tapa de los sesos, pero Shinobu la había salvado. Convencido de vivir.

Y entonces aparecieron esas cosas.

No se veían como demonios, no se movían como demonios, no actuaban como demonios, pero no por eso iba a bajar la guardia. Su aliento cálido, el de Shinobu y el de la muchacha eran los únicos que se veían en ese claro. Esa gente, dos mujeres adultas y un hombre mayor, parecían tener cuerpos de hielo y piedra.

Hielo por lo frío.

Piedra por lo duros.

Shinobu aleteó entre el nuevo grupo, pero no demostraron que les afectase el veneno. Se movían lento, pero una vez vieron volar a la muchacha con alas de mariposa, fueron tras ella, como si compartiesen una sola mente. La siguieron mientras ella saltaba de árbol en árbol, por el bosque, hasta llegar a un montículo de nieve impoluta, y Shinobu estaba en un árbol algo más lejos, cuando esos seres irrumpieron en el montículo y desaparecieron.

Pocos segundos después se oyó un crujido a la distancia.

Shinobu regresó a su lado, y juntos acompañaron a la muchacha de vuelta al poblado. Sólo después de comer, y mientras iban de regreso a su base, le comunicó lo que había visto.

-Se rompieron en pedazos- dijo, seria -Y luego desaparecieron entre el hielo y la nieve.

Dieron un par de pasos más.

-Dudo que nos libremos de esto cuando llegue la primavera.

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.-.

.-.

(1) En el original hacía sombrillas, aquí es el médico del pueblo. Por supuesto esto no tiene ninguna importancia ni se volverá relevante en el futuro.

(2) Las glicinas tardan mucho tiempo en crecer desde semilla, la mejor opción es hacerlo por injerto. Así y todo, el invierno es un poco tarde para plantarlas y pretender que crezcan o, menos que menos, florezcan.

(3) Escenas de los dos capítulos spin off de Tomioka.

Buenas noches.

A quienes me conozcan, aquí estoy de nuevo, no me fui y no pienso irme en un largo tiempo.

A quienes no me conozcan, cuiden sus corazones, puede que les recuerde que existe al leer esta historia… y por más de un motivo.

Nos leemos