Invierno imperial
Capítulo 2: El té calma todas las penas
Muzan no estaba feliz.
Observaba los informes sobre sus últimos negocios, y una noticia sobre un pueblo que le proveía materias primas, diezmado. Uno tan pequeño que había nacido para extraer y trabajar esa materia prima, y solo por eso. El yacimiento seguía allí, listo para ser explotado, pero nadie quería mudarse allí para trabajarlo.
Decían que el pueblo estaba maldito.
Un pueblo lleno de flores, sin gente y que acababa de pasar el invierno, que de un día para el otro había dejado de enviar su cuota. Hasta sus informantes habían desaparecido, dejando atrás un registro de los hechos que habían sucedido en ese sitio. Muzan lo había leído de principio a fin, notando cierto patrón en este lugar y otros con destinos similares.
Siempre en invierno.
Siempre luego de oír la música de alguien que no se sabía si era hombre o mujer.
Siempre, siempre, con esas flores.
El daño económico no era apreciable, pero no le gustaba que alguien se interpusiese en sus planes. El dinero lo hacía todo más sencillo, y las dificultades… las dificultades causadas por terceros se solucionaban en dos pasos. Primero, encontrar a los responsables y eliminarlos. Segundo, reparar esas dificultades. La información recopilada daba a entender que quienes estaban haciendo esto avanzaban sin descanso por el país, como si les perteneciese, y poniendo obstáculos en los planes de Muzan.
Hasta ahora no habían llegado a la ciudad de su "familia", ya que vivían en una ciudad grande y solo atacaban pueblos pequeños, pero si se atrevían a desafiarlo, contestaría de la misma manera. Tenía a sus lacayos para eso. Su misión no era solo el disminuir las fuerzas de los cazadores de demonios, sino encontrar gente que pudiera considerarse prometedora.
Como ese muchacho en el monte nevado.
Su sangre era… interesante.
Con suerte, la próxima vez que lo viese, habría madurado en alguien digno de atención.
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Nezuko dormía.
Sakonji le había dicho que no había de qué preocuparse, pero Tanjiro no podía evitarlo. Era la única familia que le quedaba, y cada vez que bajaba por el monte, desarmando trampas y esquivando las que no detectaba a tiempo, sacaba fuerzas pensando en que, al pie del monte, lo estaría esperando. Quizás despierta. Quizás con una cura. Quizás más sana, sonriendo, junto a…
Se hizo a un lado.
El tronco golpeó la nieve que había tras él, y Tanjiro reaccionó antes de ser consciente de lo que hacía. Se movió de un lado al otro, saltando sobre las rocas que dejaba ver la nieve, los troncos y algunos parches de tierra helada. Saltó de una rama a otra por sobre un curso de agua de deshielo, desvió con su cuchillo un proyectil y aprovechó el impulso para llegar a la base de un árbol. Respiró el aire escaso y helado y lo sintió menos frío y más húmedo que la vez anterior. Observó a su alrededor y continuó moviéndose, acercándose a su meta, cuando captó un aroma conocido.
Era parecido… muy parecido, a cómo olían los demonios.
Venía de la cabaña donde vivían con Sakonji. No detectaba olor a sangre, pero luego de lo que había sucedido la última vez que se habían encontrado, no estaba del todo tranquilo pensando que estaba cerca de su hermana, sin él, y con ella durmiendo. También, olisqueó el aire para asegurarse, olía a demonio. Uno distinto a Nezuko. Parecía un aroma mezclado con medicina, y sus pies volaban sobre la nieve, esquivando casi de forma automática las últimas trampas, que Sakonji colocaba en el tramo en el que Tanjiro empezaba a sentirse seguro, y estaba llegando a la cabaña y el suelo de madera estaba frío bajo sus pies y su mano se estiró hacia la puerta…
La puerta se abrió.
El sol aún no había salido, faltaban un par de horas, y Sakonji estaba allí, junto con una muchacha con una mariposa en el pelo, y un demonio.
Tanjiro, sin saber qué hacer, entró a la casa y observó la habitación donde estaba Nezuko durmiendo. Luego miró a la muchacha de la mariposa, que le sonreía de forma algo extraña, y entonces, como si se le hubiese ocurrido en último momento, al demonio. Algo que olía a té se le acercó, y el muchacho observó a Sakonji, que le alcanzaba una taza humeante.
-Bien, has regresado a tiempo- su voz sonaba casi alegre. Casi -Ahora, toma esto y ven, que hay cosas importantes que debes saber. Y espero- su tono se volvió más serio, y hasta amenazante -que haya paz bajo este techo, ¿entendido?
Tanjiro asintió, todavía sintiéndose como de madera.
-¿Entendido?- preguntó el único adulto de la sala, y el demonio, que parecía un jovencito algo mayor que Tanjiro, asintió, como si no tuviese energías para nada.
Con la taza de té en las manos, sintió que el calor le derretía algo de la tensión del cuerpo pero le aumentaba las dudas de la mente. Ella lo miró de arriba abajo, y luego a Sakonji, y se acercó la taza a los labios. Tanjiro, sin saber qué hacer con todo ese silencio extraño, se acercó al grupo y se sentó en el único sitio libre, frente al joven demonio. Sí, de él venía el aroma medicinal.
-La situación es esa- dijo la muchacha, con la dignidad y compostura de alguien mayor a sus años -Y por eso hemos llegado a esto.
-Veo, veo- dijo el adulto, con una mano en la barbilla, o la parte de la máscara que le cubría la barbilla -Suena lógico. Y puede que sea una gran ayuda.
Tanjiro miraba de uno a otra, y de tanto en tanto al joven demonio, que si no fuese por el aroma y el color, bien podría haber pasado por una estatua por lo mucho que se movía. Miraba su té como si ese fuera su único propósito en la vida, y su cabello verde oscuro le daba la imagen de un camalote triste en un pantano cálido.
-Tanjiro- dijo Sakonji, y el muchacho lo miró de inmediato -de ahora en más tendrás a un compañero de entrenamiento.
De inmediato, giró para mirar a la muchacha.
-Eh… ¿hola?
Su sonrisa se amplió.
-Dijo "compañero"- Tanjiro al fin registró las palabras, y miró al demonio, sentado del otro lado de las tazas de té. Luego volvió la vista hacia ella.
-N-no entiendo… Y no creo… que me haya presentado. Soy Tanjiro Kamado y… eh… - se sentía como de madera -¿Eres… tienes…? Había… había un muchacho, To-Tomioka...
La muchacha se rió por lo bajo. Lucía y sonaba algo extraño.
-Oh, sí, él me comentó algo de eso. Veo que has mejorado, si lo que me dijo es verdad.
-¡Tengo muchas cosas que decirle!- dijo, quizás algo más fuerte de lo que pretendía -Me volveré más fuerte y protegeré a mi hermana. ¡Encontraré al demonio que asesinó a mis seres queridos y…!
Un sonido hueco y húmedo hizo que mirase al joven demonio.
Su taza estaba rodando sobre el suelo, derramando todo su contenido, y su cabeza, lento, se elevó para mirarlo con unos ojos lavanda llenos de dolor.
-¿Acaso sabes lo que duele?- parecía una voz con poco uso -¿Sabes lo que duele el despertar cada día y no verla?
-Eh… - dijo Tanjiro, sin entenderlo del todo -Cada día… espero poder verla.
-¿Cómo se llamaba ella?- sus ojos estaban algo húmedos.
-Mi familia entera… o casi entera. Kamado. La familia Kamado.
-Familia… - desvió su mirada hacia su taza goteando contra el suelo. Sonrió con tristeza -Sí. Creo que ella habría querido formar una, cuando todo hubiese pasado. Ella era… es, no era, es. Ella es una mujer maravillosa.
-¿Te… te ha hecho la… existencia… algo más llevadera? ¿Aún en los momentos difíciles?
-Ella me dio la vida- dijo, y los ojos empezaron a dejar escapar algunas lágrimas. Pestañeó pero no intentó esconderlas -Y un nuevo propósito. Estaba intentado encontrar una cura, ¿sabes? Una cura para… esto- se señaló los ojos.
Tanjiro abrió mucho los propios.
-¿Una cura?- se olvidó de su té y se acercó al otro -¿Estaba investigando una cura para los demonios? ¿Quién es? ¿Cómo lo hizo? ¿Dónde está?
-Eso también quisiera saberlo yo- le cayeron más lágrimas por el rostro.
-Tanjiro- Sakonji no estaba molesto, pero entendió enseguida que quizás era mejor darle aire al demonio -Yushiro ha venido aquí para ayudarnos con tu entrenamiento, y para hacerle un chequeo médico a tu hermana. Es un médico en entrenamiento.
-Asistente- dijo, sin moverse -La médica es ella. Y es maravillosa en todo lo que hace.
-Pues bien, ha venido aquí porque parece que puede darnos pistas sobre lo que ha estado pasando por aquí, con la gente de la nieve. Han sucedido… algunas cosas, y por eso ustedes compartirán habitación.
-Eh, ¡sí!- Tanjiro no terminaba de entender, pero entendía lo suficiente, y la esperanza, por pequeña que fuese, era mejor que la incertidumbre -¿Qué necesitas?- preguntó, irradiando energía.
-Necesita que te calmes- la voz era como una espada cubierta de seda, y Tanjiro se sentó, sin decir nada, y miró a la muchacha -Así nos podemos presentar- el muchacho asintió -Soy Shinobu Kocho, colega de Giyu Tomioka. Estábamos cumpliendo una misión en las cercanías, y surgió un imprevisto. Tomioka se ha marchado, pero yo quería acompañar a Yushiro, y ver su situación aquí.
Tanjiro esperó, sin saber qué decir.
-Tu hermana es una demonio- su voz tenía ese mismo tono filoso bajo pétalos de seda -Y hay gente que se dedica a exterminarlos.
-¡Mi hermana no ataca gente!- la mirada volvió, pero Tanjiro no cedió -Hemos estado aquí por meses, y en todo el viaje, desde que… desde que asesinaron a nuestra familia, ella no ha bebido sangre ni lastimado humanos. ¡Y si hay una cura, daré todo de mí para encontrarla!
Esa mirada era como la de su madre cuando él había cometido alguna travesura, pero ahora él no había hecho ninguna. Era una oponente formidable, pero Tanjiro no apartó la mirada. Kocho sonrió, cerrando los ojos.
-Si ella fuese un peligro, la habría eliminado apenas llegué- el muchacho se tensó -Nezuko parece ser… similar a Yushiro.
Tanjiro esperó, aún tenso.
-Por eso, será mejor que se queden en un mismo sitio, y nos informen sobre sus progresos. Después de todo, la cura para demonios podría ser un gigantesco alivio- abrió de nuevo los ojos, con una expresión distinta que Tanjiro no pudo identificar -Quizás nos encontremos en otra ocasión, Kamado Tajiro.
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Cuando Shinobu se retiró, Sakonji bajó la vista y observó a los dos muchachos. Se llevó las manos a la cadera y dijo, con voz alegre -Bien, veo que no habrá problemas entre ustedes dos. Eso es bueno. Vamos a ver cuáles son tus habilidades ahora, muchachito.
-¿Dónde está Nezuko?- preguntó el joven de ojos lavanda, secándose las lágrimas con la mano.
Tanjiro lo miró, no del todo seguro. Pero si Sakonji y Kocho confiaban…
-Está durmiendo, no ha despertado desde que llegamos, y está allí- dijo, no del todo seguro, señalando hacia la habitación de al lado.
-Bien, veamos cómo está- dijo Yushiro, levantándose con un suspiro.
-¿Por qué duerme tanto? ¿Está bien? ¿Acaso…
-La revisaré y te diré lo que pueda- había un ligero indicio de molestia -Pero adivino no soy.
-Muchacho- Sakonji le estaba alcanzando un hacha -Ve a cortar leña.
Entendiendo lo que le quería decir, Tanjiro salió a por madera, pero eso no impidió que se diese vuelta un par de veces para mirar la casa. El hacha era de las livianas, que podían blandirse con una mano, y Tanjiro decidió usarla con una mano por cada tronco que partiese en trozos más manejables. El invierno pasaría, los tiempos malos también, y su hermana despertaría. Quizás ese tal Yushiro fuese una buena señal, se dijo. Prueba que Nezuko no era ni la primera ni la única, y quizás el tener a alguien como ella cerca la ayudase… y el tener conocimientos médicos era otro beneficio. Quizás también tendría a alguien de su edad con quién hablar y…
Dejó el hacha clavada en el tocón.
Agudizó el oído, pensando que se lo había imaginado, pero entonces lo oyó de nuevo: el trinar de un ave, una que se le hacía conocida. Tardó un par de segundos en recordar que era la misma que había oído cuando conoció a Tomioka. Levantó la vista, intentando ver de dónde venía en medio de ese bosque nevado, pero el animalito debía ser muy bueno escondiéndose, porque no tuvo éxito.
¿Sería… un familiar, o mascota?
¿Estaría más cerca de lo que les había dicho Shinobu?
Se rió por lo bajo, pensando en Tomioka alimentando a un pajarito que estuviera sentado en su hombro. Más con ese rostro que casi nunca mostraba expresión.
Cuando volvió a la casa, Yushiro estaba hablando con Sakonji.
-Ella está bien- dijo al ver a Tanjiro -Sólo está recuperando energías. Es normal cuando eres un… demonio que no come humanos. Tengo algo que la puede ayudar, una vez que despierte. Me sirvió para mis… primeros años.
Su tono no era del todo seguro, pero él se alegró igual.
-¡Eso es genial!- el otro se sorprendió y lo miró, confundido -¡Muchísimas gracias!
-Eh, sí, claro.
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El papeleo no era algo que le agradase en particular, pero era un medio para un fin.
Con todos los informes sobre la mesa, empezó a detectar cierto patrón, y frunció el ceño, notando cómo la pérdida del año anterior había seguido hasta el actual. Quizás, la buena suerte de haberse topado con esa familia de marechis, el invierno anterior, reclamaba un golpe de mala suerte. Desechó la idea por ridícula. Aquí había un origen lógico del marcado descenso de productividad, y lo iba a encontrar, solucionarlo, y volvería a prosperar.
Tomó un mapa de sus propiedades, y empezó a marcar las que habían dejado de funcionar.
Las que habían sido abandonadas.
Los humanos eran útiles pero débiles, y su vida era un suspiro en comparación con la suya. Así y todo, que poblaciones enteras desapareciesen no era normal, y menos aún cuando no había señales de plagas o conflictos armados. Uno de sus enviados humanos había ido a uno de esos poblados y no había vuelto, sus informes habían cesado y dudaba que volviese con vida.
Si al derretirse la nieve encontraban cadáveres, al menos resolvería algunas dudas.
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Estaban a casi un mes de iniciada la primavera.
Yushiro se sentía estafado.
El trato era que, al cambiar de estación, dejaba de nevar, pero la nieve aún no se había terminado de derretir, y era frustrante ver cómo avanzaba la luz solar, cada vez más temprano, sobre la nieve. El frío tampoco había retrocedido, y si bien la noche anterior había caído algo de aguanieve, no era lo que correspondía. Así no podía ir a buscar los ingredientes que necesitaba para sus medicinas, y no quería quedarse allí, sin aportar nada más que un remedio a medio completar para esa muchacha, cuando el pueblo cercano se había quedado sin médico.
No es que le interesase la población humana.
Es que Tamayo no había salvado ni a un inútil ni a un aprovechador.
Y Tamayo había confiado en él para conservar su conocimiento y la cura para demonios, que no avanzaba a la velocidad que él quería. Quería, cuando volviesen a verse, decirle que había completado la cura, para poder ver cómo se iluminaba su rostro de sorpresa y alegría. Tamayo no tenía mucha en su vida, y sí enormes y numerosas dificultades. Sakonji y Tanjiro no decían nada, pero a veces Yushiro se sentía como si tuviese una plancha al rojo vivo presionándole la piel, o incluso dentro de su caja toráxica, cuando intentaba continuar con el trabajo de Tamayo. Sólo por un tiempo, sólo hasta que volviesen a encontrarse.
-Respira- la voz lo sacó de sus pensamientos.
Se giró, mirando hacia su interlocutor, y vio a Tanjiro, algo menos magullado que ayer, de pie a su lado. O casi, porque apoyaba mal el pie derecho.
-Hay cosas fuera de nuestro poder, Yushiro.
-Y eso no soluciona los problemas que causa.
-Pero puedes ver lo que se puede hacer mientras tanto. Ya sabes, por eso de buscar alternativas. Como al cocinar, o al hacer un preparado medicinal.
Yushiro tomó aire, lo contuvo, y lo dejó ir de golpe.
-¿Qué ha pasado hoy?
-Esquivé casi todo menos una trampa con un tronco volando por el aire.
-Volando- dijo Yushiro, levantando una ceja -Por el aire.
El otro asintió.
-A ver ese pie, entonces- tocó la zona, y encontró que algo no estaba donde debía -Lo bueno es que no te has roto ni desgarrado. Lo malo es que vas a tener que morder un cinturón.
-¿Morder…?
-Toma, es de cuero- le pasó un cinturón, distinto a los de tela que eran tan comunes. Tamayo solía llevar una tira de cuero con ella para estos casos específicos, y él había adoptado la costumbre. Cuando vio que Tanjiro lo estaba mordiendo, hizo un movimiento rápido y volvió a encajar la articulación donde debía.
Tanjiro, por supuesto, lo sintió.
El cuero ahogó el chillido, que duró un segundo, y luego el cuerpo del muchacho se quedó quieto, tirado en el suelo, respirando.
-Ahora respira tú, sí, así- se sentía algo molesto, pero al menos no tan tenso. Torció la boca, sintiendo que faltaba algo -Y… gracias, supongo.
No necesitaba mirar para saber que el otro estaba sonriendo.
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La ciudad estaba en su apogeo.
La nieve, casi derretida por completo, había sido alejada de las calles centrales, donde la luz eléctrica le daba batalla a la noche nublada, amenazando con más nieve. Muzan, con su familia humana al lado, observaba la marea humana a su alrededor, analizando si había alguien digno de ser su cena. Vio un par y los marcó para su posterior cosecha y consumo. Sonrió, y su hija le preguntó qué pasaba.
-Recordé cuando trajiste esas flores nocturnas, pequeña- ensanchó la sonrisa y su hija rió, y se lanzó a un recuento de cómo las había encontrado y cuánto quería que su padre las viese, porque eran hermosas y parecían hechas para las hadas.
Su hija no tenía nada de él.
Su esposa había pensado que habían consumado el matrimonio, pero en realidad había sido otro hombre, ambos mortales en el mejor estado de salud disponible. Muzan era muy bueno para hacer ver a los humanos cosas que no estaban allí, engañando todos los sentidos y guiando a sus mentes a un estado en el que eran tan maleables como la arcilla. Casi no era divertido observar cómo tenían la absoluta convicción que estaban fornicando con el amor de su vida, pero el objetivo final bien lo valía.
Su esposa, al lado, miraba a la niña con cariño, y luego un destello de dolor le cruzó el rostro.
Había perdido seis embarazos.
O, al menos, eso creía ella.
Seis bebés muertos era lo que le habían dicho. Seis bebés recién nacidos, saludables y deliciosos, que Muzan había devorado al momento, saboreando la vida humana apenas empezada y ya llegada a su fin. Eran un bocado único, que los paladares humanos jamás podrían gozar, y dos de ellos habían sido marechis. Su poder había crecido con cada uno, y se preguntó qué habría pasado si, en vez de encontrar esa familia humana en la montaña, cuando ya habían crecido, los hubiera devorado al nacer.
Algunos no estaban tan buenos como esperaba. A veces, maduraban como los vinos, y ese muchachito…
Sonrió a su hijita, y la niña rió, su esposa también y él recordó que aún tenía un mortal más, esperando el día más honroso de su vida, cuando Muzan lo hiciera parte de él.
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Tanjiro caía.
Con un sobresalto, abrió los ojos, despabilado, y se atajó antes de llegar al suelo de madera, desconcertado. Miró a su alrededor: Nezuko a un lado, aún durmiendo, la mesa donde escribía su diario a dos metros de distancia, y…
-¿Qué dijimos con eso?
Yushiro al lado, sonriendo con algo de malicia.
-Que la tinta en el diario arruina todo y la saliva también- el corazón se le calmó, y miró las manos del otro. El tintero, que antes estaba abierto, ahora estaba cerrado y en sus manos, lejos de los diarios.
-Sería una pena que todo ese trabajo se echase a perder porque te duermes encima y babeas.
-Sí, lo sé- suspirando, dejó que su cuerpo se acostase sobre el suelo, y respiró hondo -Y hay de esas plantas que comentaste hace unos días.
-¿Dónde?
Tanjiro abrió los ojos y sonrió, con cierta satisfacción ante el cambio de expresión y tono, de algo petulante a interesado y algo ansioso.
-En el segundo lago del lado sur de la montaña pequeña. Ese que tiene las piedras planas a un costado. Crecen a su sombra y hay muchas.
-Bien, iré a por ellas enseguida.
-Está a una hora de distancia de ida y otra de vuelta.
-Sigues pensando- volvió la mirada de superioridad -que tengo tu velocidad.
-Y sigues pensando que las trampas no son difíciles.
-Son distintas cosas- dijo, como quitándole importancia, y luego se alejó -Voy a ir a por ellas. En menos de media hora estaré de vuelta, y más te vale que no te hayas dormido de nuevo sobre la mesa.
-Me dormiré en el futon.
-Aceptable- dijo, y luego se oyó el sonido de la puerta al deslizarse.
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Otra de sus lunas demoníacas no había vuelto.
Ni siquiera había reportado sus hallazgos, y Muzan sintió lo que podría ser llamado principio de molestia.
No es que les apreciase demasiado, no, es que le molestaba que sus inversiones no diesen los frutos esperados. Las lunas demoníacas siempre venían con grandes promesas, diciendo que harían lo que fuese por una gota más de sangre de Muzan, y a cambio, él esperaba resultados. No iba a permitir que una mente nublada por el deseo recibiese todo y no pagase lo mínimo que se esperaba por semejante honor. Y cada vez que uno de ellos fallaba, Muzan lo sentía como un insulto a su persona.
La perfección es eterna.
La perfección no era un destino, era un viaje (1), y él encontraría el estado en el que se volvería eterno, sin importar a quienes tuviera que aplastar para lograrlo. Y si alguien creía que iba a permitir que le birlase los recursos, le demostraría su error.
Y si él tenía que molestarse en corregir un error que le había costado tres de sus lunas demoníacas, haría que la lección fuese bien aprendida.
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-No tiene nada malo.
Tanjiro apretó los puños sobre sus rodillas.
-Nezuko está intentando adaptarse a no comer humanos ni beber su sangre- dijo Yushiro -Eso necesita tiempo para ajustarse. Ella está bien de salud, pero no esperes que despierte mañana. Podría…
-¿Podrías?- lo miró, con un tono que insinuaba esperanza, y Yushiro lo odió. Algo. No demasiado. Por cómo sonaba y lo que le recordaba.
-Puedo darle un revitalizante. Acelerará el proceso, pero no despertará mañana.
-¿Es seguro?
-Por supuesto que lo es- dijo, y sus ojos se hicieron más filosos. Tanjiro pareció entender su error, y antes que pudiese empezar a disculparse, continuó -Después de todo, lo hizo Tamayo. Eso… eso sí lo pude mejorar- se llevó una mano a la cara y sus hombros se hundieron -Debí haberlo mencionado antes.
-Antes hubiese sido demasiado pronto- dijo Sakonji, desde la puerta, y los dos muchachos lo miraron, sobresaltados -Nezuko no estaba aclimatada ni a su cambio ni al ambiente nuevo. Esta montaña es más segura que otros lados, pero no segura del todo. Has sentido esa incomodidad. Y la has sentido desde que llegaste, seis meses atrás.
-Sí- dijo Yushiro, después de unos segundos.
-Ahora que lo comprendes, deja de echarte abajo.
-Sí- dijo, mirando al suelo.
-¡Vamos, hombre!- dijo Tanjiro, tomándolo de los hombros -Que la vida tiene altibajos. Puedes ayudar, ayuda entonces y deja de lamentarte. Yo estoy mucho mejor contigo aquí que si no estuvieras, y lo mismo Nezuko.
Yushiro lo miraba como si le hubiera salido una segunda cabeza.
Después, miró a un lado, medio sonriendo, como si estuviese ante un niño pequeño que le daba una piedra bonita que había encontrado en el río.
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El maldito sonido.
Era el mismo sonido que la única de las seis lunas inferiores sobrevivientes había mencionado.
Como un instrumento de percusión, uno en movimiento, tras ese ejército de mortales de hielo, que caía sobre la última de las inútiles lunas.
Tres gotas de sangre desperdiciada.
Mientras la muchedumbre caía, crujiendo como hielo sobre los breves y potentes gritos del demonio, Muzan pudo atisbar algo a la distancia. Algo que no era de esas tierras. Algo ajeno, que venía a entrometerse en sus asuntos, en su territorio, en sus lunas.
-¿Quién se atreve a invadir lo que es mío?- rugió, sintiendo que su cabello empezaba a ponerse blanco. Ese gusano...
Una risa reverberó por el lugar, ahora silencioso. Los mortales de hielo lo miraron, habiendo terminado con su primer objetivo y a la espera... Espera que duró lo que la burla de ese insecto. Se lanzaron hacia él, rápidos, y Muzan aceleró sus movimientos, esquivando y golpeando, odiando cada vez más a ese ser que se divertía a su costa. Golpeó el suelo con más fuerza, y el crujido que se escuchó le confirmó lo que ya sabía.
La risa no cesó.
Salió disparado hacia ella, cortando y destrozando lo que se interpusiese en su camino. Pronto, los cuerpos de hielo a su paso se volvieron polvo brillante a la luz de la Luna, y la risa estaba siempre a la misma distancia. El hielo animado volvió a juntarse en algo más grande, cayendo bajo las cuchillas, los tentáculos, los puños y la rabia de Muzan, que empezaba a dejar de ser fría.
Algo llegó hasta él.
Algo colorido, de aroma dulce, y que reemplazó a la nieve en el suelo y los árboles helados.
Eran demasiadas, demasiado dulce, demasiado color y demasiado vivas como para ser una escena de primavera. Como una burla. A Muzan no le importaba si iba dirigido a otro, lo sentía como algo apuntado a él, y las destrozó sin dudarlo ni bajar la velocidad. Iba a arrancarle la sonrisa y se la forzaría a comer...
Un gallo cantó a la distancia.
El cielo empezaba a clarear.
Sintiendo la rabia arder, Muzan dio la vuelta y se encaminó al refugio más cercano, a un kilómetro y medio de la base de ese monte, hirviendo por dentro y con la piel entumecida.
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Había alguna clase de truco, Tanjiro lo sabía.
O alguna técnica, algo que no rompiese la espada contra semejante piedra (sagrada, sospechaba, dada la guirnalda que la rodeaba), o Sakonji lo castigaría por romperla. Algo que él no estaba viendo. La lógica decía una cosa, y eso era que, al menos de momento, no podía partirla, pero quizás... no, quizás no. Algo, o varias cosas, se le estaban pasando por alto, y quizás si repasaba todo de nuevo...
Algo era distinto.
Lo sintió en el ambiente, al ver a Sakonji afuera, cortando leña.
-Vete adentro. Apestas.
Tanjiro sabía leer su lenguaje.
La noche había caído hacía poco, lo que quería decir que Yushiro estaba despierto. ¿Habría descubierto algo? Intentó no apresurarse, dejando a un lado la espada antes de ir hacia la única puerta cerrada de toda la casa, tras la cual estaban...
-Ahí está el tarambana. Al menos eres más sensata que él.
Un par de ojos rosa lo miraron, y se llenaron de emoción.
Los instantes siguientes fueron una confusión de abrazos, lágrimas y un alivio inmenso que le aflojó toda la tensión y los golpes de los últimos días. Tanjiro no sabía qué había pasado, sólo sabía que su hermana estaba allí, despierta, y que sus ojos estaban volcando calidez por todo su rostro.
-¿Estás b-bi?- dijo, o intentó decir, acunando la cabeza de su hermana entre las manos.
-Por supuesto, aquí estaba yo para asegurarme de eso.
-Yushiro...
-Soy así de bueno- dijo, hinchando el pecho -Así de buena es ella enseñand-oooof.
Algo se le tiró encima, algo cálido y lloroso y que le agradecía, y luego algo más se le unió, copiando su hermano en todo menos en las palabras. Yushiro iba a protestar, pero al final hizo una mueca y palmeó el par de cabezas. Parecían dos gatitos, o dos cachorritos, se dijo. Casi les rascó detrás de las orejas.
-¿C-cómo...?
-Revitalizante de Tamayo-sama- Se sentía grande, tan grande que ocupaba toda la habitación, como si una calidez similar a la que recordaba lo llenase a él -Único en su especie y efectivo para demonios de cierto nivel que desean una dieta más refinada. Viviremos a té, Nezuko, y será el más delicioso que habrás probado jamás. Ella lo descubrió y mira lo bien que funciona.
Nezuko sonrió.
-Y usted, señorita, ya sabe lo que tiene que hacer- la señaló -Porque así está la situación, y hay que ayudar a este muchacho a que progrese, que solo no puede.
La muchacha asintió, decidida, y miró a su hermano.
-¿Cómo vas con el entrenamiento?- la voz de Yushiro tenía ese tono bien conocido.
-Hay una piedra que no puedo romper ni con mi cabeza.
-Pues vamos a darte una mano, a ver si puedes mejorar.
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(1) Nopes, no es el mismo universo que un fanfic de título similar, pero no les voy a decir qué pensar.
