Capítulo I
Oh, tú que giras la rueda y miras hacia barlovento
piensa en Phlebas, que una vez fue hermoso y alto como tú.
Largo tiempo, me parece, he soñado con Númenor, con la oscura ola elevándose sin piedad sobre sus orgullosas torres y su gente, todavía más orgullosa. El sueño vino a mí por primera vez en la infancia, en el verano tras la muerte de mi madre, pero al principio no tenía forma, era una vaga amenaza de oscuridad acechante de la que despertaba temblando y asustado.
Mientras crecía hasta convertirme en un hombre, el sueño tomó forma. Al principio, yo cabalgaba alto sobre la tierra como si hubiese nacido de una gran águila y al mirar abajo veía la ola y su despiadado ataque, llevándoselos a todos, justos e impíos por igual. Más tarde, el sueño adquirió más y más detalle. Yo mismo caminaba sobre las tierras verdes o las fabulosas calles de Númenor, apresurando el paso hasta acabar corriendo mientras oía el sonido goteante del agua que rápidamente se convertía en una avalancha. Corría hasta alcanzar territorio elevado, pero siempre en vano, me despertaba cuando estaba a punto de ahogarme.
Mi padre acogió aquellas visiones con desprecio, otra señal de la debilidad de su hijo menor. Mi hermano simplemente pensó que leía demasiado, pero no deseaba que cambiase. Por mi parte, sospechaba que con el tiempo desaparecería y, ciertamente, mientras nuestras tierras estaban cada vez más cercadas y yo pasaba más tiempo en Ithilien asistiendo en nuestro interminable combate contra el Enemigo, me pareció que el sueño de la ola me visitaba con menor frecuencia y me atormentaba menos.
Si alguna vez el sueño volvía era cuando llevaba un tiempo de vuelta en Minas Tirith. Pero no estaba tan desguarnecido como para mencionarlo. Durante un tiempo no tenía el hábito de esconderle cosas a mi señor y padre, ciertamente, a menudo él parecía saber más sobre mis asuntos de lo que era fácil averiguar- aun así me canse de su desprecio, y no tenia deseos de exponerme a mí mismo más de lo necesario. Esto, creo, era una fuente mayor de descontento para él, porque sabía que todavía soñaba y elegía no mencionarlo, y en esto él era consciente de que no podía darme órdenes y por eso desconfiaba de mí.
Pero, tras el asalto sobre Osgiliath, el sueño que me asaltaba no podía permanecer oculto. Se parecía más a una visión, interrumpiendo mi descanso cada noche con creciente intensidad. Durante cuatro noches no pude descansar y se notaba en mi rostro. Al principio mi padre andaba más preocupado por el hecho de que en un tiempo tan peligroso para Gondor, uno de sus capitanes se pusiese enfermo con aquellas fantasías, pero cuando el sueño vino también a mi hermano ya no pudo ignorarlo. Era una medida, quizás, de lo desesperada que había llegado a ser nuestra situación y de lo afligida que estaba la mente de mi padre como para prescindir de uno de sus capitanes-Boromir nada menos-para encontrar Imladris y me vino a la mente que solo había sido porque mi hermano había tenido el mismo sueño que yo, por lo que mi padre le dio crédito. No dije tales cosas y tan urgente me parecía que la llamada fuese respondida que no le guarde rencor y sentí únicamente alivio de que el asunto estuviese siendo atendido.
Un frio atardecer al final de febrero caminaba sin compañía por el patio de la fuente, esperando a ser llamado para hablar con mi padre. Aquella noche debía cabalgar hasta nuestro puesto de avanzada en Osgiliath antes de volver a Ithilien. Habíamos tenido noticias de un regimiento de hombres de Harad recorriendo el camino del norte y no podía dejarlos pasar a su antojo. Había pasado demasiado tiempo desde que había visto por última vez a mis hombres en Ithilien y todavía debía demorarme varias noches en Osgiliath. Teníamos pocos capitanes para llevar a cabo aquella guerra y ya hacía ocho o nueve meses desde que Boromir se había puesto en camino para cumplir aquella misión y no habíamos recibido noticias.
—Miras hacia el norte, por lo que puedo ver. Mis pensamientos también se inclinan en esa dirección.
Me di la vuelta y vi a mi padre de pie detrás de mí, y me sorprendió porque había esperado ser llamado y no que me encontrase él a mí.
—Mi señor—dije saludándolo y me incliné para besar el anillo de plata en la mano que sostenía delante de mí.
—Acompáñame—me ordenó y me condujo me al punto más oriental de la torre Blanca, sobre el gran espigón de la ciudad. Mientras caminábamos me preguntó sobre mi próximo viaje y sobre las órdenes en Ithilien. Me dio consejo y por una vez no encontró faltas en mí.
Animado por su humor que era, como siempre severo, pero no tan frio como solía, hablé con mayor libertad de mis preocupaciones principales; de mi convicción de que no pasarían muchos días antes de que la compañía de Ithilien tuviese que retirarse al oeste del Anduin y de mis temores por las fuerzas en Osgiliath, que yo consideraba débil y especulé acerca de las fuerzas de las que podíamos prescindir para enviarlas allí. Él escuchó con atención asintiendo aquí y allá, y se me ocurrió mientras hablaba que en los meses que habían pasado desde que Boromir se había marchado me había mostrado en nuestras relaciones una consideración mayor de la que me había ganado anteriormente. Cuando finalmente alcanzamos el punto más oriental nos detuvimos y él cayó en profundas meditaciones, y yo casi podía engañarme a mí mismo pensando que el silencio era amigable.
Mientras estábamos allí, el primer indicio del atardecer salpicó las montañas y llegó viento del norte. Un escalofrió recorrió mi cuerpo. Dirigí mis sentidos de nuevo hacia el norte, mi mirada inclinada sobre el Pelennor y pasada la puerta en el Rammas, y siguiendo el camino hacia Anorien. Y entonces lo oí, el viento traía hacia mí el débil soplo de un cuerno, haciendo eco en mi mente a una llamada que conocía y amaba
Algo debió mostrarse en mi rostro, o quizá tome aire de repente.
— ¿Qué pasa? —-dijo mi padre con su tono afilado como una bofetada en la cara
Levante una mano para silenciarlo, ignorando por el momento cualquier posible repercusión, porque solo los muy imprudentes se atrevían a poner a prueba la paciencia de mi señor el senescal, pero tenía que estar seguro de lo que había oído.
—Faramir—dijo con severidad y una nota familiar de ira había vuelto a su voz.
—Escucha— murmuré
Su expresión se petrificó como si estuviese preguntándose porque había sido maldecido con un hijo tan difícil y caprichoso, pero se giró hacia el norte.
Y entonces vi que también lo había oído. Miró más allá del Pelennor y luego algo se derrumbó en aquella cara orgullosa, y en medio de mis propios miedos me llenó un sentimiento de lástima por él. Al girarse, vio mi mirada y su expresión se endureció. Rápidamente bajé los ojos.
—Esto no significa nada—dijo con dureza. —No hablaras de esto con nadie, ¿Queda claro?
Levante la mirada de nuevo hacia su cara inflexible y dije con voz queda:
—Como ordenes, padre
—Entonces atiende a tus deberes. Ithilien te espera.
Se dio la vuelta y caminó de vuelta a la torre. Había sido despedido.
Me puse en marcha hacia Osgiliath aquella misma hora. Detrás de mí el sol se estaba poniendo en el Mindolluin. Al mirar atrás brevemente mientras cabalgaba saliendo del sexto círculo tuve que proteger mis ojos del rojo resplandor y me dio la impresión de que había visto una luz pálida parpadeando desde lo alto de la torre. Tenía un largo camino por delante y muchas preocupaciones, así que borré aquella nueva preocupación de mi mente y cabalgué hacia el este.
