—Capítulo 2
La oscuridad cubría Osgiliath. La que fue una vez la fuerte y hermosa capital del reino, la joya de la poderosa corona de Gondor, yacía ahora devastada, cortada por la mitad por la rotura de su puente, con su mitad oriental tomada por el enemigo y su mitad occidental medio hechizada por los hombres que se movían rápidamente a través de sus calles rotas para defenderla y por sus fantasmas.
Este había sido el dominio de mi hermano. Yo no habría podido aguantar viendo desde este tiempo de crepúsculo, día tras día, el naufragio de la edad de oro de Gondor. Pero para mi hermano, actuaba como un estímulo. Quería ver la ciudad reconstruida y poderosa de nuevo. Le había dolido mucho la rotura del puente.
Después de solo tres días allí ya estaba deseando marcharme, pero no de vuelta a los acertijos y silencios de Minas Tirith. Mi corazón ansiaba Ithilien, a mis propios hombres, por los cuales mi angustia crecía, hora tras hora, mientras me veía retenido contemplando la orilla oriental en Osgiliath. Pero estábamos en guerra, aquel era nuestro principal puesto fronterizo y yo no podía estar siempre donde deseaba.
Quizá sucedió porque había pasado tres días entre las ruinas del triunfo de Gondor, o quizá fuese un mensaje enviado para mí desde alguna parte. Todo lo que sé es que en la tercera noche, cansado por un largo día, cuando por fin regresé a mi tienda y me acosté, inmediatamente caí en el sueño de Númenor más vivido que había tenido nunca.
Soñé que estaba caminando por un valle rico y fértil y el sol brillaba sobre mí. Se parecía mucho a Ithilien, pero yo que conocía cada rincón de Ithililen porque me pertenecía, no conseguí reconocer el lugar. Toda la tierra estaba en silencio. No había ruido de pájaros o bestias, ni siquiera el rumor del viento agitando las hojas. Caminar por Ithilien, incluso en aquellos últimos días, levantaba el espíritu; pero allí el aire estaba lleno de pavor y pesadez, incluso bajo la luz del sol. Me incliné para tocar el suelo y sentí que incluso las hojas de hierba parecían estar tensas, esperando.
Seguí caminando y llegue, finalmente, a una amplia calzada pavimentada de blanco. Se extendía en ascenso delante de mí y alineadas a la izquierda, a intervalos regulares, había grandes estatuas de piedra. Mientras caminaba por el sendero vi que había nombres escritos debajo de cada figura solemne. Había aprendido por mí mismo lo suficiente de la alta lengua élfica para entender aquellos nombres y, además, me los sabía de memoria, puesto que eran los nombres de los reyes y reinas de Númenor. Llegó un momento en el que los nombres cambiaron de forma, a un lenguaje más orgulloso pero menos refinado. Las estatuas se hicieron más altas y, a pesar de que estaban hechas con mayor habilidad, su belleza era menor. Llegué al final de la línea y encontré dos estatuas, una de ellas era de una mujer y estaba apartada del camino y delante de ella estaba la estatua de un hombre. Su estatua era la más majestuosa de todas, salvo quizás por la primera de la fila. Parecía casi un dios y su cara era cruel.
Entonces miré hacia delante y ante mí vi un grandioso templo. Basto era, más allá de mi comprensión. Mayor que cualquiera de los trabajos de Gondor en su era dorada. Su cúpula era negra y un gran hedor emanaba de él.
Al fin oí un sonido, el murmullo de una lamentación maternal y supe que estaba en pie ante el trabajo más majestuoso de los Númenoreanos, y su mayor vergüenza: el templo de Morgoth en Armenelos. Y el lamento de las mujeres era por sus padres, hijos y hermanos, cuya sangre se había derramado en sacrificio a Morgoth. El hedor colgaba pesadamente sobre la Tierra de las Bendiciones, y yo maldije en mi corazón el nombre y los engaños de Sauron, que había llevado a mis ancestros a cometer semejantes atrocidades.
El cielo se oscureció sobre mí y un viento frio llego del oeste. Mirando hacia arriba, vi una gran nube y me pareció que tenía forma de águila. Y entonces comenzó la lluvia. Caía como una cascada, como un velo que estuviese siendo extendido ante mis ojos. Y hubo truenos y grandes relámpagos. Un relámpago golpeó la cúpula del templo y se prendió fuego, pero continuó firme. Hui de aquel lugar derrapando sobre el agua bajo mis pies, pero desesperado por alcanzar la alta colina que vi que había hacia el este.
Corrí pendiente arriba, con el agua salpicando bajo mis pies, y sentí la tierra temblar como si se estuviese rompiendo debajo de mí. Me giré un momento para mirar atrás y vi la majestuosa ola de color verde mar, incorruptible, alzándose hacia mí. La furia de los Valar por la traición de Númenor. Todo se perdía bajo su avance: hombre y mujer, muchacho y muchacha. Toda la sabiduría y el esplendor de Númenor y su deshonor.
Y, aterrorizado, seguí corriendo porque sabía que lo alto de la colina era un lugar sagrado. El viento soplaba y caí de rodillas, y fue así como luche por alcanzar el punto más alto y grité a los cielos que tuvieran compasión conmigo. Entonces oí un grito detrás de mí, miré hacia abajo, y allí se encontraba a una mujer. Ya había visto su cara antes, apartada de la línea de reyes y reinas. Extendí la mano para ayudarla, pero la gran ola verde la atrapó, fue arrastrada, y la perdí de vista. Entonces el agua vino sobre mí, por encima de mi pecho y mis hombros y dentro de mi boca, y fui arrastrado por sus fuertes corrientes. Me desperté gritando. Alguien me estaba sacudiendo.
— ¿Capitán? —Era Haldar, el teniente de mi hermano, que me miraba de forma extraña. —Estabais gritando en sueños.
Me senté y me pasé la mano por la cara, que estaba cubierta de sudor, y me sentí avergonzado. Mis hombres en Ithilien estaban acostumbrados a mis sueños, pero aquí no me conocían tan bien y no podía permitirme el lujo de perder su confianza y su respeto en un momento tan desesperado.
—Un mal sueño—. Murmuré. Lo cual no era del todo exacto, pero no quería intentar explicarle a aquel severo soldado que acababa de contemplar la caída de Númenor.
Miré más allá de la cortina abierta de la tienda, a la oscuridad.
— ¿Qué hora es?
—Todavía no llega a medianoche.
No había dormido ni siquiera una hora, pero no quería acostarme de nuevo. Tenía miedo de que el sueño me asaltase de nuevo.
—Voy a tomar un poco el aire—dije, y salí de la cama.
Me puse mis ropas, mi espada y una capa por encima. Encontré algo de quietud junto a la orilla del rio, contemplando su lento flujo hacia el mar y la joven luna pálida brillando como la plata sobre el agua. Mis pensamientos se volvieron hacia mi hermano y desee ver su cara de nuevo y sentirme motivado por su fuerza y su valor, que animaba a todo el que estaba junto a él. Recordé la defensa de aquella orilla occidental que habíamos llevado a cabo juntos, derribando el puente y manteniéndonos firmes incluso cuando un terror como nunca antes habíamos sentido caía sobre nosotros. Yo sabía que no podíamos haberlo superado si no hubiésemos estado juntos. Me bastaba saber que él estaba cerca de mí para mantenerme firme y no huir ante tal horror, y después de la batalla mi hermano me confió que había sentido lo mismo. Mientras el puente se hundía debajo de nosotros, le mire y sonreí, y él se echó a reír y nos agarramos el uno al otro mientras caíamos en el agua.
Sonreí al recordarlo y desee ver pronto su cara de nuevo. Los Valar me concedieron mi deseo. En aquel momento oí un crujido entre los juncos y un bote se deslizó a mi lado sobre las aguas. Una luz pálida emanaba de él y, atraído, camine dentro del agua para alcanzarlo. En él contemple a mi amado hermano, muerto.
Cuando conseguí recuperar la compostura, y me llevó algún tiempo conseguirlo, volví rápidamente al campamento y desperté a Haldar. Frotando el sueño de sus ojos levantó la cabeza para mirarme
—Tengo que volver a Minas Tirith—dije.
— ¿Por la mañana? —dijo él confuso
—Mañana no. Ahora. Debo hablar con el señor de la ciudad de inmediato.
Me miró de nuevo como si no estuviese seguro de poder confiar en mí y luego se encogió de hombros.
—Vos tenéis el mando, capitán
Se levantó y me siguió hasta el lugar donde se encontraban los caballos y tomo nota de mis rápidas instrucciones mientras montaba.
—Haré una parada aquí antes de cabalgar a Ithilien—le dije, porque sabía que la compañía de Osgiliath debía oír noticias de la muerte de su Capitán General de primera mano, y luego cabalgue hacia el oeste a gran velocidad.
Muchas veces había hecho el viaje desde el rio hasta la ciudad, pero nunca había cabalgado tan rápido, ni con lágrimas en los ojos. Eran todavía las primeras horas de la mañana cuando llegué a las puertas y ascendí a caballo por la ciudad. Eche a correr nada más dejar los establos y fue así, casi sin respiración, y creo que con una mirada salvaje en mi cara, cómo entré en el gran salón de la Torre Blanca. Vi con asombro que, a pesar de la hora tardía, mi padre estaba en su silla a los pies de la escalera, con sus sirvientes rodeándolo. El levantó la vista y los sirvientes se retiraron. En su regazo se encontraban las piezas del cuerno que yo había echado de menos mientras la visión pasaba delante de mí, y supe que ya había oído las noticias que yo había venido a contarle.
