Capítulo 3
En las semanas que estaban por llegar las oscuridades que me sitiaron fueron grandes: terror, cansancio, matanza sin fin y el lento e incesante ataque de la desesperación. Pero no había conocido nada en mi vida, hasta entonces, tan doloroso como el encuentro con mi padre.
Despachó a sus sirvientes con un gesto de la mano y me miró con frialdad.
— ¿Qué os aparta de vuestro deber en Osgiliath, Lord Faramir? ¿Ha caído la guarnición?
—Nada tan grave para la defensa de Minas Tirirth, mi señor—, dije todavía con la respiración agitada por la carrera. —Salvo una gran tristeza—, y mire los pedazos en su regazo.
El los sostuvo en alto.
— ¿Has tenido noticias de esto? —dijo con tono cortante.
—Sí, padre.
— ¿Cómo?
Le conté lo que había visto apenas unas horas antes. Le hablé de mi hermano y del extraño bote en el que había sido colocado. Mientras yo le relataba los acontecimientos, mi padre se levantó y comenzó a caminar por el estrado. A continuación dejo los pedazos del cuerno en su asiento y narró cómo habían sido encontrados y traídos a la ciudad, solo media hora antes de mi regreso.
— ¡Ay de mi querido hermano! — dije. —Y no hay noticias de cómo ha encontrado su destino, aunque parece que ha caído en batalla como había deseado. Su cara estaba serena y era hermosa, como en vida. Hemos de agradecer que el sueño me despertase, porque si no, no habría bajado al rio y no lo habría visto, y ahora tendríamos solo su cuerno roto y un gran miedo e incertidumbre.
Mi padre dejó de pasear y se detuvo delante de mí
— ¿Tus sueños, dices?
Sus ojos se estrecharon y yo maldije mi descuido
—Sí, señor— dije con recelo. —Soñé...
Él no me permitió continuar.
— ¡Tus sueños! —gritó. —Sí, los conozco y te maldigo por ellos. ¿No fue un sueño tuyo el que se llevó a mi querido hijo y lo ha matado? Maldito seáis tú y tus sueños.
Había lágrimas en sus ojos y el luchaba por contenerlas.
Nunca había estado tan enfadado con él. Siempre, cuando encontraba faltas en mí, había contenido mi lengua y escuchado su opinión sin quejarme porque era mi señor y yo estaba a sus órdenes. Pero aquel dolor era demasiado amargo. Yo había perdido un hermano, igual que él había perdido un hijo y, siendo sincero, había tocado un punto sensible, porque mientras cabalgaba hacia la ciudad me había lamentado al pensar que el sueño había sido mío, y mío debería haber sido el viaje, y así mi hermano seguiría con vida.
—Sois injusto, señor—- repliqué con la voz sofocada por mis propias lágrimas
Me miró con asombro
— ¡Injusto! —gritó.
—Ciertamente, mi señor. El sueño no fue solo mío y yo habría aceptado la misión si el Señor de la Ciudad no hubiera impuesto su parecer. En esta familia no soy solo yo el que ha recibido el don de la visión, señor. Y vos podéis ver las cosas venir de lejos, pero no lo veis todo.
Me traspaso con una mirada aguda y sus ojos oscuros recorrieron mi cara. Y encontró lo que estaba buscando. Sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de que conocía la fuente de su gran perspicacia, y su peligro. Supo que había adivinado bien cuánto guiaba la palantir su juicio en todos los asuntos, no solo en la elección de cuál de sus hijos enviar a una misión salida de un sueño
Levantando la mano derecha me golpeó en la cara con el dorso de la mano y seguía siendo fuerte a pesar de su edad. Sentí el anillo que llevaba en el dedo meñique hacer un corte en mi mejilla derecha justo debajo del ojo y me tambaleé hacia atrás.
Levante la mano derecha para tocarme la cara, vi que había hecho sangre y me puse la mano sobre la cara para esconderme de él. Mi respiración estaba agitada mientras intentaba tragarme las lágrimas evitando avergonzarme a mí mismo.
Cuando habló de nuevo su voz se había tranquilizado.
— Baja tu mano.
No pude moverme.
— Haz lo que digo, Faramir. Baja la mano.
Y yo obedecí.
— Mírame.
Levanté la cabeza. Él se acercó y, a pesar de que mi instinto fue retirarme, me mantuve firme en el sitio. Él me cogió por el mentón y me giró la cara, no de una manera cruel, pero tampoco amable, para contemplar su obra.
— No es profundo— dijo. — Sanará rápido.
Y luego para mi gran alivio me dejo ir y se dio la vuelta.
— Déjame— dijo sacudiendo la cabeza, — porque mi tristeza es grande.
Y de este modo pidió que le perdonara.
Incliné la cabeza.
— Padre— murmuré, aunque mi juicio me decía que era mejor permanecer en silencio. Pero yo realmente deseaba consolarlo y compartir nuestro dolor.
Se giró de nuevo hacia mí y levanto la mano para silenciarme.
— Vete y descansa. Ocúpate de ese corte y duerme. Hablaremos de nuevo mañana. Por ahora deseo estar solo y llorar por mi hijo.
Me incliné, me di la vuelta e hice lo que me había dicho. Fui a mi habitación dejándolo solo con su dolor como prefería. Mandé traer agua caliente y luego me miré la cara en el espejo. La herida, como había dicho él, no era profunda y no costó mucho trabajo limpiar la sangre, pero la tarea se hizo más difícil por las lágrimas silenciosas que corrían por mi cara. Finalmente, el flujo se detuvo, me lavé y me miré de nuevo. Estaba cansado pero el sueño ayudaría con eso. Y habría magulladura, pero solo un par de días, y el corte, como mi padre había dicho sanaría rápido y no dejaría cicatriz. Había recibido heridas mucho peores en el campo de batalla, pero ninguna, quizás, tan dolorosa.
Como muchacho, frecuentemente había sentido su pesada mano, pero cuando crecí y me hice más alto y fuerte, él se volvió más cauteloso a la hora de golpearme. No hacía falta tal precaución. No habría levantado mi mano contra el Señor de Gondor ni siquiera para defenderme. La última vez que me había tocado era un joven de dieciséis años y habría podido, sin duda, haberle empujado fácilmente. Que había provocado su ira no puedo recordarlo. Ciertamente, hacía mucho tiempo que había dejado de intentar adivinar que causaba su ira hacia mí. Era impredecible. El único factor común que yo podía ver era el hecho de que estaba vivo y esto era, en ocasiones, suficiente para ponerlo furioso más allá de toda razón.
En aquella ocasión me agarró por los hombros y me empujó hacia atrás contra un muro. Mi cabeza se golpeó con tanta fuerza que, por un momento, todo se volvió negro. Lo único que podía oír eran sus gritos y los ruegos de mi hermano. Una medida de lo terrorífica que había resultado la escena había sido que Boromir, que dada su posición siempre se había mantenido neutral en nuestras discusiones, se vio forzado a intervenir. Tiró de mi padre hasta que este me soltó y, atontado, me arrastró hasta mi habitación para reparar el daño. Padre mantuvo las distancias desde aquel momento. Creo que él y Boromir debieron tener un intercambio de duras palabras sobre el asunto, aunque mi hermano no dijo nada y yo no pregunté. Pero me sentí triste por haber sido fuente de disputa entre un padre y un hijo cuyo amor mutuo fue siempre sin tacha. Y me lamentaba ahora de nuevo por mi padre, que había perdido a su esposa y su heredero a los que amaba por encima de todo.
Mientras estaba de pie mirando en el espejo mi cara herida, veinte años más vieja, reflexioné acerca de que más me había llevado de aquel encuentro: que puesto que no podía ser lo que mi padre quería, porque no sabía que era, al menos sí podía ser sincero conmigo mismo y consolarme, porque había mantenido intacto mi honor y mi amor por él, tanto como padre como señor del último reino de los Númenoreanos. Y como aquel muchacho que había hecho las paces consigo mismo, así de nuevo, como hombre, hice mis votos: honrar a mi padre, mantener mi integridad y hacerle aquel tributo tanto si lo quería como si no, porque era todo lo que tenía para darle y para mostrar mi amor por él.
Sentía ahora, en mi corazón, que en la hora más oscura de aquel dolor y desesperación el juicio de mi padre flaquearía, y yo quería protegerle de eso, si podía, incluso si mis intenciones hacian caer sobre mí una furia mayor de la que ya me había mostrado. Y con esta frágil paz me quede dormido.
