Capítulo 4

— ¿Te dolió? —pregunté.

Mi hermano dejó de lanzar piedras al mar y me miró.

— ¿Que si me dolió qué?

—Morirte, por supuesto—dije bruscamente. — ¿Qué otra cosa querría preguntarte?

En ocasiones mi hermano ocultaba su obstinación fingiendo lentitud para entender las cosas.

Se quedó pensativo un instante.

—No, no dolió—dijo, regalándome una de sus amplias sonrisas. —Pero las flechas sí.

Se echó a reír, y yo me uní a sus carcajadas sacudiendo la cabeza en su dirección.

Nos quedamos sentados durante un rato, en un agradable silencio, disfrutando del sol del verano y viendo como las olas lamían la orilla de la bahía que protegía Dol Amroth. La arena estaba cálida y seca debajo de nosotros y por encima de nuestras cabezas las gaviotas daban vueltas, aunque yo no podía oír sus gritos. El aire tenía un sabor fresco y salado. Este era el hogar de la madre de mi hermano y a menudo habíamos venido aquí cuando éramos niños a visitar a nuestros parientes y habíamos sido felices. La guerra no nos había permitido descansar en aquel lugar como hombres adultos. Nunca había pensado que me sentaría así, con él, hasta que el Enemigo hubiese sido derrotado.

El mar era tan azul y relajante que habría podido estar allí una edad entera. Entonces, mi hermano se levantó con un suave suspiro y se limpió la arena. Mis ojos recayeron sobre un extraño cinturón de hojas doradas y entrelazadas que llevaba y abrí la boca para preguntar, pero él hablo primero.

—Hora de irse, hermano—dijo.

Extendió la mano y yo la cogí. Con su firme agarre y su fuerte brazo me levantó con facilidad. Luego pasó los dedos suavemente por mi mejilla derecha y sentí la herida palpitar a pesar de la suavidad de su caricia. Durante un instante pareció triste, pero luego colocó sus manos sobre mis hombros y me sonrió. Era mi hermano, como siempre lo recordaría: fuerte y hermoso, valiente y justo. Mi queridísimo y muy apreciado hermano. Le devolví la sonrisa y él me miró a los ojos.

—Adiós, Faramir —dijo con cariño.

Y, entonces, me desperté en un día frío de finales de Febrero en una ciudad de luto. Uno de los sirvientes de mi padre estaba inclinado sobre mí.

—Mi señor, Faramir— dijo—, el señor Senescal requiere que habléis con él y atendáis al consejo antes de una hora

Al parecer había dormido hasta pasado el mediodía. No podía negar que me sentía mejor gracias a ello y al consuelo que me había proporcionado el sueño. Rápidamente me levanté, me lavé, me vestí y fui a la Torre donde el Concilio estaba reunido. Sus miembros estaban más que acostumbrados a ver a los hijos de Denethor volver heridos del frente y nadie me había visto regresar a la ciudad sin heridas. Me aproximé a mi padre y besé el anillo de su dedo, como se esperaba de mí.

Me saludo como al resto, y si su aguda mirada se detuvo en mi cara fue solo un instante.

—Buenos días, Lord Faramir. Confío en que hayáis descansado tras vuestro tardío viaje

—Gracias, sire —dije suavemente. —He descansado

—Entonces sentaos con nosotros porque tenemos mucho que considerar tras la pérdida de nuestro mejor capitán.

Y así debatimos hasta tarde, a pesar de que poco había cambiado en nuestro nefasto apuro, salvo que ahora estábamos huérfanos. Era ya media noche cuando me vi libre para marchar de nuevo a Osgiliath. Mientras esperaba a que mi caballo estuviese listo vi que había comenzado a llover. Era una llovizna fina pero persistente. Estaría calado hasta los huesos para cuando alcanzase el rio. Hice una mueca y disfruté, mientras pude, del calor del establo

—Es una buena noche para montar, mi señor—dijo el encargado del establo con una sonrisa irónica.

—Puedes ocupar mi lugar si quieres, Galdor —dije con suavidad.

Se rió por lo bajo y luego, de repente, su expresión cambió y se enfrascó en su trabajo. Me giré para ver lo que había provocado tal cambio y me quede congelado al contemplar a mi padre allí, de pie. No recordaba la última vez que había venido a despedirse, si es que lo había hecho en alguna ocasión. Su pelo estaba húmedo y, si sus rasgos hubiesen tenido alguna expresividad, habría jurado que parecía tan sorprendido como yo. Al estar frente a él me sentí, de alguna manera, incómodo. De repente fui consciente de que no teníamos mucha práctica en mostrar afecto el uno por el otro. Sonreí de manera súbita ante tal absurdo. El me respondió frunciendo el ceño y vi que lo había desarmado.

—Habéis elegido una noche miserable para salir fuera, mi señor—dije.

—Sí, bueno— respondió.

Miró detrás de mí fijamente a Galdor, que estaba tratando de pasar lo más desapercibido posible. Entendí el malestar de ambos y busque la manera de aliviar su incomodidad.

—Yo la sacaré fuera. Gracias. —Murmuré a Galdor.

Él me entregó las riendas y desapareció, con alivio, en las profundidades del establo.

Mi padre me siguió fuera, bajo la lluvia. Le di unos golpecitos cariñosos a Aryn mientras ella, impaciente, golpeaba los cascos contra el suelo y resoplaba. Si teníamos que estar fuera con aquel tiempo quería que nos pusiésemos en marcha cuanto antes.

—Deberíais entrar dentro, señor. Está empeorando

Miró hacia arriba, al cielo oscuro y, mientras yo comenzaba a montar, me puso la mano en el hombro. Me detuve y giré la cara hacia él. Por un breve instante pensé que iba a abrazarme, pero se limitó a mirar mi cara con los mismos ojos oscuros que me devolvían la mirada cuando me miraba en el espejo.

—Ahora eres mi heredero—dijo simplemente, y yo sentí el peso de la carga que había colocado sobre mí, pero, al oírle reconocerlo, también sentí una punzada de pura alegría. Asentí y subí sobre Aryn.

—Viaja seguro—dijo. — Y Faramir…

Baje la mirada hacia él.

— ¿Padre?

—Haz que me sienta orgulloso.

Nos miramos de nuevo el uno al otro, sus ojos grises clavados en los míos. Asentí para despedirme y cabalgué, bajando desde el sexto nivel, y atravesando la ciudad.

Cuando salí al Pelennor la lluvia había comenzado a caer como una cortina de agua y las ráfagas de viento empujaban el agua hacia mi cara. Me eché el pelo hacia atrás con la mano y espoleé a Aryn. Tenía por delante Osgiliath y el dolor de los hombres cuando oyeran las noticias sobre su capitán, y después de eso Ithilien y solo los Valar sabían que pruebas me esperaban allí. Estuve perdido en mis pensamientos un rato y entonces, en un impulso repentino, me di la vuelta para mirar Minas Tirith. Estaba cubierta por la oscuridad pero en lo alto de la torre brillaba una luz pálida.

Y mientras la lluvia caía cada vez con mayor fuerza, pensé en Númenor y en cómo últimamente soñaba más a menudo y más vívidamente sobre su orgullo, corrupción y caída. Y luego pensé en mi padre, inclinando su severa voluntad en una dirección y en otra, buscando controlarlo todo por el bien de Gondor y tuve miedo, tanto por Gondor como por mí mismo y sobre todo por aquel hombre orgulloso que no toleraba sentirse decepcionado, aunque la decepción estuviese garantizada. Sabía que lo entregaría todo a cambio de la defensa de su reino.

La perdición está cercana…

Gondor se hallaba en la oscuridad, detrás de mí, y delante me esperaba únicamente la sombra de Mordor. Continué cabalgando en dirección este bajo la lluvia.

Notas de la autora:

La historia continua en Lo que dijo el trueno

No iba a citar todo el poema, pero debajo esta la parte IV de "The Waste Land" entera de donde vienen el título y la cita del principio. Encaja realmente bien y no es muy largo, así que espero que me permitáis darme el gusto.

Altariel del 4 al 7 de Febrero de 2002

Muerte en el agua

Phlebas el fenicio, una quincena muerto,
olvidó el llanto de las gaviotas, y la magnificencia del mar profundo
y la ganancia y la pérdida.

Una corriente bajo el mar
se llevó sus huesos en susurros. Mientras subía y bajaba
pasó los estadios de su edad y juventud
entrando en el remolino.

Gentil o judío
oh, tu que giras la rueda y miras hacia barlovento
piensa en Phlebas, que una vez fue hermoso y alto como tú.