"La Corona."
Por B.B. Asmodeus.
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Fandom: Gotham (2014).
Parejas: Jim Gordon/Bruce Wayne (principal). Alfred Pennyworth/Harvey Bullock. Menciones de Jim/Lee.
Rating: C DE CURSI.
Resumen: Post-4x11. Después de perder la jugaba ante Sofía Falcone, Jim busca una forma de recuperar el control de la ciudad. Sin embargo, lo que empieza como un simple plan de contraer nupcias de conveniencia con Bruce Wayne, termina siendo más de lo que Jim había estado buscando.
Continuidad: Universo Alterno de las temporadas 2, 3, 4 y 5 (¡Así es, abarcaré la siguiente temporada!). Post-4x19, "To Our Dead and Beyond." Menciones de la Temporada 3 en general.
Soundtrack: Game of Thrones | Soundtrack – "I Am Hers, She Is Mine (Extended)." Esta canción creó la ceremonia. ¡Por favor escúchenla mientras lean!
Plus: Dawn Atwood de The O.C. ha sido traído a este fic como la madre de Jim Gordon porque se me hinchan las ganas. Ryan, sin embargo, es encarnado en mi cabeza por Dean-Charles Chapman (Game of Thrones, 1917).
Por fin. La boda ha llegado.
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xvii.
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"Soy, y siempre seré
tu amado esposo."
-Alec Lightwood y Magnus Bane, uno al otro.
(3x22 "All Good Things," Shadowhunters).
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La lluvia no daba tregua.
Era difícil distinguir formas tangibles más allá del vidrio del automóvil. Cuando Jim echó vistazos al espejo retrovisor, sólo identificó la mitad de un letrero de neón brillando a la distancia.
"Ojos al frente."
Jim se enganchó al volante. "No tiene caso. No puedo ver nada."
"Sigue pedaleando, muchacho." Peter Gordon enfatizó, sus dedos descontrolando el botón del radio. Únicamente estática salió de las bocinas. "La lluvia eventualmente se acabará. El cielo se tiene que secar algún maldito día."
Jim entrecerró sus ojos. La lluvia continuó. La oscuridad del camino no ayudó a mejorar su desorientación. "Terminaremos en un barranco antes de que el sol se digne a salir. Papá—"
"¿Dejarás que nos lleve la corriente, Jimmy?"
Al torcer su perfil, la visión de su padre había sido reemplazado por Bruce Wayne.
A la distancia, del lado del copiloto, dos esferas de luz se aproximaban descarriladas—los faroles de un automóvil ajeno a ellos—acelerando directamente hacia el Mustang de Jim.
Bruce le sonrió. "¿O lucharás contra ella?"
Contra el inminente impacto, Jim sólo pudo gritar.
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Despertó con la mitad del sueño todavía aferrándose a su mente, un gemido destilando de su boca.
El timbre de la alarma de su reloj le reafirmó que el día había comenzado, estuviera listo o no.
4:45 am.
Jim jaló de la frazada cubriéndolo. Obligó a sus ojos a enfocarse en su alrededor, dejando al resto de su cuerpo despertar.
La Mansión Wayne, se recordó.
No apreciando el frío de la madrugada, Jim se envolvió en la bata de seda esperando por su uso, al pie de la cama. Encendió la lámpara y descubrió que se encontraba a solas en la alcoba. El lado de Bruce estaba vacío e imperturbable.
Suspirando, Jim caminó a la ventana, abriendo la cortina una fracción. El alba todavía no iluminaba el horizonte.
En efecto, había comenzado a llover.
Fue un consuelo para Jim, saber que no todo había sido un producto de sus demonios personales y su subconsciente tenido diversión a sus expensas. El sonido de la lluvia se había filtrado a su cabeza de alguna manera, a la par con los fantasmas de su pasado.
¿Dónde estaba Bruce?
Tras acariciar su rostro para terminar de despertar, Jim cerró la cortina y se abrió camino hacia su buró. Tomó su reloj de muñeca sólo para cerciorarse de lo inevitable, desprogramando la alarma para que no volviera a timbrar. Su arma permanecía justo donde la había posicionado, y su móvil brillaba con tres llamadas ignoradas de Bullock.
Algo estaba diferente, sin embargo.
Entre el perfecto alineamiento de sus armas de guerra, encontró una anomalía. Una caja de terciopelo negro, plantada justo en el centro. Jim contuvo su respiración de la extrañeza.
Acogió la caja sin pensarlo demasiado.
La insignia familiar de la Casa Wayne le dio frente, incrustada en tinta negra sobre el sello de la sortija. El tono oro del elegante anillo centelló como un trofeo en los dedos de Jim.
Sus rodillas, de repente, resintieron ser despertabas tan temprano.
Jim conocía el estandarte bastante bien. No había estudiado durante las últimas semanas la historia familiar de Bruce, en vano. Reconoció el escudo de armas, evocando de su memoria el significado. Tres guantes de hierro posicionados en forma de V, dando honor a las raíces de forjadores de metal de los antepasados de la familia Wayne.
Y no era todo.
Lo que le secó la lengua a Jim Gordon fue la frase agregada al estandarte usual. Rodeando la orilla, latín adornaba el sello del anillo—Una frase que había regido a los Gordon por generaciones.
-Dum spiramus tuebimur.
"Mientras respiremos…" Jim tradujo para así. "Defenderemos."
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Bullock estaba leyendo la sección de las caricaturas de su periódico matutino, cuando Sánchez le chifló desde su estación, un piso más abajo.
Harvey bajó el periódico.
Efectivamente, Jim Gordon se encontraba subiendo las escaleras hacia el segundo piso de la comandancia, su objetivo siendo su oficina.
Harvey sacudió su cabeza. "Tsk. Tan predecible, Jimbo."
Dobló su periódico y se levantó de su silla. Le dio una señal a Sánchez para indicarle que, de ahora en adelante, él se encargaría de la situación.
Caminó directo a la oficina del Capitán. La puerta estaba abierta, de todas formas.
Harvey no se molestó con tocar en el vidrio. "¿Qué demonios haces aquí?"
El descaro del hombre fue inmenso; quitándose su abrigo y todo. Sólo otro día regular para Jim. "Trabajando."
"Uh. No, amigo. Hoy no."
"Harvey."
"Jim. Hoy te casas. No me obligues a sacarte a patadas."
"Todavía hay tiempo." Terco, el hombre aplastó su trasero en su silla. Soberano de su reino, Gordon dio toda señal de que las palabras de su compañero estaban cayendo directo en el fregadero. "Es temprano. Le dejé a Bruce una nota; sabe dónde estoy."
"Bien por él. Pero no es del Pequeño Rey del que debes preocuparte." Bullock pensó en las mil maneras que Alfred rostizaría su trasero si permitía que Jim Gordon dejara plantado a su adorado chiquillo en el altar. Harvey cerró la puerta y hasta las persianas para tener la mayor privacidad posible. Si corría sangre en esta intervención, no quería testigos.
"Harvey. ¿Podrías dejar de convertir mi oficina en una cueva?"
Harvey se plantó frente a su escritorio, golpeando la madera para que el otro Alfa dejara de distraerse. "De acuerdo, sólo diré esto una vez, así que escucha bien… Lamento decírtelo, Jim, pero tuviste mil diferentes formas de cancelar este circo y no las tomaste. El tiempo se ha acabado, hermano. Te vas a casar hoy. Absorberlo. Acéptalo. Trágate tu pánico y sigue con tu día."
Jim fue una roca. Sus ojos se fijaron en los suyos. "Todo está bajo control."
Harvey le apuntó con un dedo. "¡Te lo dije, hombre! Piénsalo bien. Específicamente te advertí que lo pensaras bien, ¿recuerdas? Porque yo estaba ahí cuando lo dije. Esto no es mi culpa. Fue un buen amigo desde el inicio; te dije lo que realmente pensaba de este amorío desde un inicio."
"Harvey—"
"Pero, no. Porque eres Jim Gordon, te arrojaste al sartén caliente de a una. Quisiste tener ruedas de prensa, postularte para Reina de Mardi Grass, y, oh sí, ¿Cómo olvidarlo? ¡Comenzaste una guerra civil con el Ayuntamiento!"
"Harvey, no me estoy echando para atrás."
"¿Entonces?" Harvey alzó una ceja. "¿Qué haces aquí, Jim? ¿En verdad?"
La fuerza con la que Gordon tragó saliva le delató. Poco a poco, el hombre se rompió frente a él. "Sólo dame una hora de normalidad. Es todo lo que ocupo."
"¡No! Si te dejo, Jim, nunca te irás. Te conozco."
"La Mansión es una locura. ¡Sólo quiero una maldita hora de paz y tranquilidad!"
El móvil de Bullock comenzó a sonar. -Oh, no. Harvey sacó su móvil de su chamarra de cuero y gruñó. "Alfred."
Jim cubrió su rostro con sus manotas. "¿Treinta minutos al menos?"
"Diez. Luego, quiero tu trasero fuera de mi precinto."
"¿Tu precinto?"
El teléfono de Bullock se hartó de irse directo al buzón de voz.
El móvil de Jim fue el siguiente.
"El hombre es un sabueso, Jim. Nunca se dará por vencido."
Jim se desparramó por su asiento. Su rostro estaba enrojecido. Su cabello no tan impecable como otros días. Hasta entonces Harvey se percató que el hombre ni siquiera llevaba puesta una corbata. "Me voy a casar hoy."
Harvey levantó sus cejas en clara de expresión de No ocupas decírmelo a mí, idiota.
Jim prosiguió a desembolsar un pequeño objeto de su abrigo. Lo plantó en el escritorio como si se tratara de un acusado en el tribunal. Nunca resistiendo un buen misterio, Harvey tomó la caja y la abrió.
Chifló con auténtico asombro. "Demonios. No me considero un experto, pero usualmente tengo buen ojo para hermosuras como éstas. Mínimo, estamos viendo dieciocho quilates de oro puro, amigo."
"Tuve un infarto cuando lo vi."
"No es para menos. Sales de aquí vistiendo esta cosa, te querrán mochar el dedo en la primera cuadra."
Retornó el tesoro a donde pertenecía, en la palma del Capitán.
Un receso nació entre los dos, pesado con las altas expectativas que el anillo representada. Ambos se contemplaron. Harvey intentó no ser un bastardo egoísta—Porque lo admitía, una parte de su ser quiso mandar todo al diablo; sacar a Jim de aquí para embriagarlo hasta que no recordaran sus nombres—Otro Harvey lo hubiera hecho.
No obstante, se contuvo.
Jim contaba con Harvey para darle el último empujón.
"Sabes que el chiquillo debe estar entrando en pánico justo como tú."
Los labios de su amigo hicieron una mueca híbrida de sonrisa y mueca de autoflagelación. "Es probable que ya haya volado fuera del continente. Ciertamente no se encontraba por ninguna parte cuando desperté esta mañana."
"¿Ves? Son el uno para el otro."
Jim rodó sus ojos para sí. Pareció buscar en Harvey una respuesta divina a todos sus conflictos interiores. Lo que haya encontrado, fue suficiente aliento para que el Alfa abriera la caja una vez más.
Deslizó el anillo en su dedo angular, aceptando su destino.
Harvey lo observó flexionar sus nudillos de manera experimental. No que el anillo le quedara grande, parecía estar hecho justo a la medida.
La insignia de la Casa Wayne deslumbró desde la mano izquierda de Jim.
Estaba hecho, así de rápido. Ambos Alfas se asintieron, llegando a un acuerdo de caballeros.
Harvey re-abrió las persianas y la puerta. "Ahora, sal de aquí."
Resignado, Jim comenzó a levantarse del escritorio.
"Capitán." Harper apareció por la puerta. "Tiene una llamada en la Línea 1. ¿Una tal… Dawn Cohen?"
Jim peló los ojos. Interesante. Se apresuró a aceptar la llamada en su teléfono personal, haciendo señas a ambos para que lo dejaran a solas. "¿Dame un momento, quieres?"
"Tres minutos." Harvey gruñó, saliendo de la oficina sintiéndose cien años más viejo. "Esta maldita boda no puede acabarse lo suficientemente rápido."
Harper ya tenía lista una ceja juzgona por los aires. "Díselo al perímetro que ha estado acampando en el Ejido Wayne desde hace dos semanas."
"¿Qué insinúas? ¿Qué no estoy aportando de mis habilidades? Mi papel es evitar que Jim Gordon sobreviva intacto este día."
Harper resopló por sus narices. "Gordon no es ningún niño, Harvey. Sabe en lo que se metió." Ambos caminaron hacia el área del escritorio de Bullock. "Confió en él."
"No lo hagas demasiado." Harvey sacudió migajas del tamal que se había desayuno de sus expedientes pendientes. "Vuelas muy cerca del sol y te quemas como Lázaro."
"Lo admito. Cuando lo conocí no le vi el chiste. Es algo pomposo, pensé." Con eso se ganó una risa de Harvey. "Pero hasta ahora… Gordon ha demostrado tener lo que se ocupa para manejar el GCPD."
-Sí, a base de una gran mentira. A base de la sangre manchando sus manos. "Excelente trabajo lastimando mis sentimientos."
"Sé que Jim no es una blanca paloma." Harper rodó sus ojos. "Pero por lo menos, no escapa con la cola entre las patas, cuando las cosas se ponen duras."
Touché. Harvey se colocó sus anteojos con algo de ácidez en su boca. Lo último que quería recordar era lo sucedido con Sofía y el Doctor Pyg. Pero parecía que esos fantasmas querían hacerse sentir el día de hoy. "Escucha—"
Bullock se auto interrumpió al notar algo importante. Su cabeza se torció por detrás del cuerpo de Harper para fisgonear en dirección de la oficina de Jim.
La puerta estaba abierta de nuevo.
"¡Tienes que estar bromeando!" Harvey se levantó de inmediato. Se apresuró a la oficina. En segundos, sus temores fueron confirmados.
Jim no estaba por ningún lado.
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"Quiero los rollos de camarones en el refrigerador, María—Oh, y no olvides que los claveles deben ser cortados para los centros de las mesas en una hora, sino no lucirán frescos."
Bruce entró a la cocina mojado de cabeza pies, después de haber corrido por todo el perímetro del ejido Wayne. Como fue de esperarse, se ganó una expresión de completa desesperación de parte de su mayordomo.
"¡Estás empapado! ¿En qué estabas pensando al salir a correr así? ¡Están cayendo gatos y perros del cielo!"
"Ocupaba despejar mi cabeza."
"La despejaste demasiado, diría yo." Alfred suspiró resignado desde el horno, donde observaba que los rollos de camarones no perdieran su jugo durante cocción. "Tanto que te ahogaste neuronas en el proceso. ¿Tienes idea de la hora? No, mejor aún, ¿tienes idea de cuánto Tylenol tendrás que tomar para evitar un resfriado?"
Bruce hizo una mueca al sentir sus tenis hacer sonidos extraños por la cocina, de lo mojados que se encontraban. "Mi sistema inmune es fuerte, Alfred."
"Su tío Nathan llamó, ya está en la ciudad. Quiere pasar a verlo en una hora antes de la ceremonia. Más vale que esté listo para ese entonces, amo Bruce."
Entre la larga lista de preparaciones a las que Bruce se tendría que acotar el día de hoy, interactuar con su familia lejana no había sido de las más prioritarias. "La emoción me corroe. ¿No hay alguien más que lo pueda entretener?"
Alfred le arrojó uno de los secadores de la cocina; aterrizó directo en el pecho del Omega. Bruce lo utilizó para secar la mezcla de agua de lluvia y sudor de su rostro. "Nathan y Katherine Kane viajaron a Gotham a prestar sus respetos al Rey. Su deber como tal es aceptarlos—¡Oi, deje ahí!"
Bruce hurtó una botella de agua de una de las cajas para la recepción, y optó por la huida inminente. "Me iré a duchar."
"¡La mejor idea que ha tenido en todo el día!"
Al llegar a su recámara, sin embargo, descubrió que las emboscadas apenas comenzaban.
Agatha le daba las espaldas mientras Bruce entraba a su alcoba, analizando a detalle el traje que de momento vestía a un maniquí. Mientras tomaba del bote de agua, Bruce inspeccionó el estado de la habitación. No encontró rastro de Jim. La cama había sido hecha y sobre el buró correspondiente al Alfa, ya no se encontraban sus artículos personales.
Ni el anillo.
"Dejó una nota." Agatha levantó una mano, una hoja de papel doblada a la mitad, colgando de sus dedos. Bruce se acercó para quitársela. "Parece que el hombre no puede dejar de trabajar ni en el día de su propia boda."
Bruce comenzó a patear sus sneakers de sus pies. Leyó de la letra cursiva de Jim. Volveré, tengo que atar unos cabos sueltos en la oficina.
"Traje las Coronas." Agatha siguió admirando el traje de Bruce con suma dedicación. "Así como unas cuantas cosas extras." Al por fin, girar su perfil hacia su sobrino, la mujer salió de su hipnosis. "¿Qué diantres te sucedió?"
Bruce ya estaba retirándose de sus ropas de entrenamiento, quedando solo en sus bóxers y en las toallas que necesitaría para la ducha. "¡Ya sé, estamos atrasados!"
Bruce nunca había tomado una ducha tan corta en su vida.
Al salir del baño en su bata, Agatha tenía el traje fuera del maniquí y extendido en la cama. Los zapatos nuevos le acompañaban en el piso, brillando con la misma excelencia que su Ferrari. Agatha tenía su cabello recogido en una cola de cabello, lista para la guerra. Sobre el tocador, diferentes tipos de maquillajes, perfumes, y productos para peinar, estaban perfectamente acomodados.
"Debiste estar vestido hace media hora para la sesión de fotos." Agatha revisó su reloj de muñeca con cierta resignación. "Alfred las pospuso hasta después de la misa, gracias a Gordon y sus crisis de última hora—Bruce, ¿qué haces todavía ahí parado? ¡Sécate, rápido!"
Alistarse fue un remolino de movimiento, ansiedad, y muchos nudos en su maldito estómago. Fue una experiencia, aunque no similar a la de su pre-Coronación, igual de pesada, causando presión y alta expectativa.
La tensión entre tía y sobrino siguió existiendo, aunque ahora por razones diferentes.
Bruce no mencionó a Five, y Agatha tampoco. El tema pendiente a discutir colgó entre ellos, como el filo de la guillotina sobre sus cabezas.
Bruce estaba aprendiendo. Aprendiendo a escoger sus batallas. No quería a Five invadiendo este día. Sabía que, si tan siquiera mencionaba su nombre, el maldito ganaría—Así que, no lo hizo.
Tendría más días por delante para colocar a su tía bajo la lupa.
Agatha tomó su rol en serio como Madrina de Bodas, reemplazando lo que, en otra vida, le hubiera correspondido a su hermano. Le asistió con disciplina militar a meterse a su traje, obligándolo a sentarse, a respirar, a exhalar y a comerse una granola para mantenerlo en el mejor funcionamiento.
Discutieron sobre la cantidad de maquillaje a aplicar—Bruce no quería ningún delineador cerca de sus párpados. Sobre cual perfume utilizar—Nada demasiado dulce. Bruce no quería usar una corbata—Agatha le dio una manotazo, para enderezarlo en el camino de la cordura. Discutieron hasta en la manera que sus agujetas debían ser entrelazadas.
El resultado final fue un punto medio entre las satisfacciones de ambos.
Al mirarse al espejo, Bruce esperó no reconocerse a sí mismo.
Fue un efecto contrario.
El traje le quedaba con la exactitud de un guante de seda. La tonalidad oscura lo cubrió en cuerpo entero; la armadura perfecta, escogida por su propia mano.
Su rostro fue el mismo que había visto en la mañana, antes de salir a correr. El mismo Bruce le retó desde su reflejo, lleno de incertidumbre, pero al mismo tiempo, salpicándolo con esperanza.
"No olvidemos el toque final. No queremos confundir a los invitados. Pensarán que asisten a un funeral, en vez de a una boda." Agatha insertó el arreglo floral en la solapa izquierda del saco, asegurándola con un alfiler; la rosa roja resaltó en su pecho, la única fuente de color.
"Perfecto." Agatha dio su veredicto, sonriendo con mejillas rosadas. Bruce no pudo evitar regresarle la sonrisa, en el fondo nervioso—Agatha sería lo más cercano que tendría a Thomas Wayne en estos momentos. Se lo recordó; cuando el rencor de la ausencia quiso brotar de su garganta como espuma venenosa.
El reflejo de Agatha acarició ligeramente sus hombros desde sus espaldas, quizás compartiendo sus pensamientos.
"Lo derribarás de un sólo knock-out cuando te vea."
Bruce tragó saliva. "Nunca has hecho público tu género. ¿Por qué?"
El cambio de tema fue aceptado por lo que era; un detour. "Los Omegas tienen una tendencia a pasar desapercibidos en la historia familiar. ¿Para qué cambiar el estatus-quo? Además, Thomas siempre fue el foco de atención. La poca privacidad que pude tener, la atesoré con todo lo que pude."
"¿Por eso huiste de Gotham, cuando era pequeño?"
Agatha lo miró detenidamente. "Me fui porque la Corte de Búhos y tus padres estaban en guerra. No quería estar en medio. Yo también tenía gente que mantener a salvo de daños colaterales. Tu abuela, entre ellas."
La respuesta cargada de honestidad fue refrescante. Finalmente. Bruce obtenía verdaderas respuestas. "Mi padre me dejó una carta en caso de ser asesinado. La descubrí hace un par de años en su oficina subterránea."
"En su maldita cueva, querrás decir."
Bruce menguó una comisura de su boca. "En ella insinuaba que había cometido sacrificios que le habían costado caro… Me rogaba porque escogiera ser feliz, algo que ni él ni mi madre se habían permitido."
Agatha continuó observándolo.
"'No puedes tener tanto la felicidad como la verdad. Tienes que elegir. Te lo ruego, por favor elige la felicidad. A menos que sientas un llamado.'" Bruce resopló con irritabilidad al terminar su cita. Había sido tan joven al leer la maldita carta. Nunca se había sentido tan solo y confundido, leyendo los sentimientos crípticos de su padre plasmados en sabiduría torcida. "Por mucho tiempo, no pensé que la decisión fuera tan difícil… cualquier noción de verdadera felicidad me había aludido, de todas formas."
Luego.
Luego…
"Ahora, temo por perderla." Bruce carraspeó su garganta. "Estoy haciendo todo lo posible por balancear ambas cosas—mi deber y mi felicidad—pero siento que no podré contenerlos por mucho tiempo; tarde o temprano se deslizarán de mis manos como arena."
Su tía lo rodeó, plantándose frente al espejo. "Nada de eso, Bruce." Elevó la barbilla de su sobrino una fracción. "Hoy eres un hombre oficialmente. Hoy te convertirás en una fuerza que todos querrán frenar. Al diablo Thomas Wayne y sus expectativas. Esta es tu historia. Decide tu propio destino."
"Eso intento." Bruce relamió sus labios.
"Inténtalo más duro. Te has ganado muchos enemigos con esta decisión… Gordon te necesitará. Todos se irán tras su yugular por creerlo el más vulnerable. Lo vi suceder con Martha. El truco es nunca bajar la mirada. Nunca ceder terreno." Su tía sonrió con más filo. "Eventualmente los buitres volarán despavoridos."
Bruce se preguntó si esto hubiera sido el consejo que Thomas hubiera tenido para él, si la paranoia no lo hubiera consumido en sus últimos momentos. Sonó como algo que su padre hubiera deliberado con un guiño y una sonrisa depredadora.
Honrado, de cualquier manera, Bruce asintió su cabeza, encontrando un momento de unión con Agatha que últimamente carecían.
"De acuerdo, uf. Basta de drama." La Omega se limpió su frente con su mano, resoplando con una destilación de diversos sentimientos sin nombrar entre los dos. Su disposición morfó a un humor más ligero. "Ahora es mi turno, pollito. Intenta no atraer a matones de la Mafia, o ninjas asesinos mientras estés a solas, ¿quieres?"
Rodando sus ojos, el Omega comenzó a sentarse en la cama.
"¡Ni lo pienses! Arrugarás el traje."
Bruce gruñó. "¿Qué se supone que debo hacer? ¿Permanecer de pie como una gárgola?"
Agatha ya estaba en la puerta. "Lee algo. Escucha esa música infernal que tanto te gusta. Intenta derribar la pared con tu mirada asesina. ¿Qué sé yo? Lo que te haga feliz por los siguientes sesenta minutos que no involucren ese Armani siendo arruinado."
La puerta de la recamara retumbó como la amenaza más finita.
Bruce bufó por sus narices, incrédulo.
Su trasero estuvo a medio camino de caer sobre la cama, cuando recordó que era exactamente lo que no debía hacer—
"Maldición."
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Para cuando Jim llegó a la estación de tren, la ruta de Chicago ya había dejado a sus pasajeros en la sala de espera. Sacudiendo su paraguas mojado, Jim buscó entre las personas sentadas en las bancas por alguna señal de familiaridad.
"Está fumando afuera de los sanitarios."
Jim rodeó sus propias espaldas en busca de la voz. Ryan, con una mochila colgando de su hombro, le saludó con un meneo de su mano, entretenido con su propio cigarrillo.
"Hacen la pareja perfecta." Jim observó con ironía. "¿Traen muchas maletas?"
Con el cigarrillo en su boca, Ryan apuntó a un par de metros en el lado oeste de la estación. En efecto, su madre charlaba con lo que ella creía era otro una persona inofensiva. A los pies de su madre, estaban dos maletas, una rosada de mediano tamaño, y otra más grande.
Jim tomó ambas.
Su madre casi se ahoga en su propia nube de humo, al detectar la nueva presencia en su periferia. "¡Dios! ¿Jim? ¡Santo Cielo, me sacaste un susto—¡Oh, éste es mi hijo! Justo estábamos hablando de ti."
"¡Oh Jim! Por fin te nos unes."
Jim comenzó a empujar a su madre de la cintura en sentido contrario a Oswald Cobblepot. "Ryan, toma a mi madre. Hay un Mustang afuera estacionado en doble fila, es mío." Le aventó las llaves al adolescente.
"¿Cuál es la prisa?" En sus brazos, su madre quiso frenar. Jim fue más firme, dándole el último empujón hacia Ryan. "Jim no seas grosero, déjame despedirme."
"¡Madame, por supuesto!" Oswald, en todo su esplendor teátrico, se escurrió entre Jim y su familia, tomando la mano de su madre para besarla. "No se preocupe. Estoy seguro que nuestros caminos se cruzarán más pronto de lo que cree. Después de todo… ¡Jim me ha invitado a la boda también!"
Con su paciencia tocando un límite, Jim se interpuso en medio de su madre y Oswald. "Ryan, ahora."
"Ya voy, rayos."
"Toda una dama, debo admitir. Dura de roer. Y ya veo de donde heredaste esos ojos, Jim."
"Cierra la boca." Jim siseó entre dientes, acercándose a Oswald hasta que sus narices estuvieran a un pelo de distancia. Evitó tocarlo; sabiendo que podía haber reporteros en los lugares menos sospechados. "Lo que sea que estés planeando, olvídalo. Hoy no es el día para hacerme enojar, Oswald."
"Jim, relájate." Oswald rodó sus ojos. "Sólo trataba de brindarte el perfecto regalo de bodas. Gotham es una ciudad muy peligrosa, después de todo. Cuando se supo que la mismísima madre de Jim Gordon estaba camino a la ciudad, sólo pensé que sería lo más correcto cerciorarnos de que llegara a salvo." Hubo una pausa. "¿Cierto Zsasz?"
Detrás de ellos, Víctor hizo un sonido aburrido, jugando con un aparato portátil de videojuegos en una de las bancas de espera.
"¿Ves? ¡Todo bajo control! Sólo haciéndote un favor." Actuando ofendido, Oswald infló su pecho con una bocanada de aire. "Considerando la larga cola de enemigos que adorarían saldar cuenta contigo al lastimar a tu madre, pensaría que te sentirías aliviado. Tal vez hasta—"
"¿Agradecido?" Jim fingió una sonrisa, retrocediendo un paso. "Piénsalo de nuevo."
"De acuerdo. Actúa con tu usual paranoia. Sólo trataba ser un buen aliado. ¡Víctor, mi paraguas!"
Víctor levantó su cabeza de consola, totalmente desinteresado. "Yo no lo tengo."
Jim había tenido suficiente de este pequeño espectáculo. Estiró su propio paraguas hacia el Pingüino, para que el hombre desapareciera de su vista con más rapidez. "Te lo advierto. Sólo un strike, Oswald y nuestra alianza se rompe."
Aceptando la ofrenda, Cobblepot rodó sus ojos. "Siempre un placer hablar contigo, Jim. ¡Nos vemos en un rato más! ¡Víctor, vámonos!"
Jim se dio la media vuelta, rogando porque Ryan no hubiera chocado su Mustang.
Afortunadamente, el Mustang permanecía en el mismo lugar, chasis intacto. La cabeza rubia de Ryan se asomaba del asiento trasero, mientras que su madre lucía impaciente en el asiento del copiloto. Jim alzó las solapas de su abrigo para cubrirse de la lluvia. Corrió hasta el lado del piloto, su temperamento ganándole a su cabeza fría. "¿A quién le contaste que venías en camino?"
Su madre le lanzó una mirada helada. "No uses ese tono conmigo."
Culpable, Jim respiró hondo para calmarse. "Lo siento. Es sólo—¿Por qué no me avisaste con más anticipación? Pude haberles comprado un vuelo."
"Odio volar. Lo sabes."
Jim arrancó el auto. "Mamá, conoces esta ciudad. Debes de estar enterada de todo lo que ha estado sucediendo. No es seguro viajar por tu cuenta sin una escolta de seguridad."
Tras un momento pensativo, Jim sintió la mano de su madre apretarle el antebrazo que sostenía el volante. "Mi hijo mayor por fin se casa. Es lo único que me importa. Ni mi desprecio por esta endemoniada ciudad podría impedirme no asistir—Ryan, baja tus zapatos del asiento. ¡El auto no es un motel ambulante!"
"¡Estoy cansando! Nos levantamos en la mitad de la noche para tomar el tren, mamá."
Jim rodó sus ojos. Esto, no lo había extrañado. "Los llevaré a la Mansión. Allí pueden comer algo y descansar antes de la ceremonia."
La cabeza de Ryan apareció por el espejo retrovisor. "¿Vives en una mansión?"
Jim hizo una mueca. "No… exactamente."
"Pero, vivirás en una, ¿no? ¿Cuando seas… Rey? ¿La mansión del niño billonario?"
"Ryan, siéntate bien y no hagas preguntas fuera de lugar."
Ryan se regresó a la parte trasera de la cabina con un gruñido de angustia adolescente digno de referencia en el récord Guinness. "¡Es sólo una pregunta! Dios. ¿Cómo debería llamarlo? En Metrópolis no actúan así de anticuados. Lex Luthor es un tipo como cualquier otro. Asiste a MetU, respira, come y se hidrata como cualquier mamífero. Aquí mencionas Wayne, y todos se agarran los collares de perlas de manera santificada."
Jim resopló una risa incrédula.
"¿Ves con lo que tengo que lidiar?" Su madre murmuró. "¿Y cuándo fuiste a Metrópolis? Suena como si estuvieras hablando por experiencia."
"¡Mamá, fui el año pasado! ¿No recuerdas la Convención de Ciencias al que nos llevaron en la clase de Física?"
"Mn."
"Su nombre es Bruce." Jim interceptó. Deliberadamente unió su mirada con la de Ryan. "Y no es un niño. En Metrópolis, Lex Luthor optó por un estilo de gobierno mixto. Su Casa es una soberanía que tiene que consultar con una cámara de diputados para cualquier decisión; da libertad a un tipo de gobierno más democrático. Sin olvidar que Lillian Luthor es la actual Reyna Regente. Una reina extremadamente pasiva y laxa, debo agregar."
Ryan procesó la información con una simple sacudida de sus hombros. "Es un tipo tranquilo. Algo nerd."
"¿Lo conociste?" Su madre se torció en su asiento hacia su hijo. "¿Cuándo?"
"En la Convención de Ciencias, mamá. Lo acabo de decir. Fue uno de los presentadores." Al dirigirse de nuevo a su medio hermano, el chico alzó sus cejas con curiosidad. "¿Y por eso aquí las cosas son… diferentes? ¿Por qué Bruce es un Rey en completa capacidad?"
"Eventualmente, lo será." Jim lamió sus labios. "Sus padres fueron asesinados en un callejón hace cuatro años. Por eso, cuando mencionas Wayne, la gente de la ciudad se 'agarra las perlas', como has descrito con elocuencia. Los Wayne fundaron Gotham. Eran buenas personas, y murieron de manera trágica e injusta. Son considerados básicamente Santos, a los ojos de cualquier ciudadano."
La expresión del muchacho se suavizó un poco con simpatía. No siguió con su línea de cuestionamiento, optando por estirarse por el asiento con más flojera.
Jim se tornó a su madre. "Así lo conocí."
Hubo una pausa. "Lo sé. Estuvo en los periódicos, cariño… Debí imaginar que serías succionado por Gotham en cuanto pisaras el asfalto."
Jim bajó el tono de su voz. "No lo juzgues antes de conocerlo."
Dawn dio una risa algo irónica. "Algunas cosas no cambian."
"¿A qué te refieres?"
Su madre optó por mirar más allá de su venta, rehuyendo de su atención. "Ojos al frente, James."
El déja vú lo barrió de pies a cabezas. Sólo el timbre de su móvil le detuvo por seguir insistiendo sobre la misteriosa referencia. Al ver el número, Jim se preparó para el sermón de su vida. "Ya voy en camino, Alfred."
"No tan rápido. Tenemos un problema... Uno extremadamente épico."
Por supuesto. ¿Qué más podría descarrilarse de curso, hoy? "¿Qué sucede?"
"Es la catedral."
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"Miren quien regresa a su redil." Harvey salpicó café por el piso al divisarlo entrar a la estación por las bodegas en reparación. "Jim. ¿Dónde demonios—?"
"Mamá." Jim dictó con efusión, frenando a Harvey con la mera palabra. "Te presento a mi compañero, Detective Harvey Bullock. Harvey, te presento a Dawn Gordon."
Detrás de Jim, Dawn avanzó algo renuente. Le sonrió a Harvey, sin embargo. "Mucho gusto, Detective. He escuchado mucho de usted."
"Dawn Cohen." Harvey murmuró, apresurado a estrechar la mano de su madre. "Fue la persona que llamó hace rato."
"Es el apellido de mi segundo esposo. Descanse en paz." Dawn explicó. "Esposo de palabra, quiero decir. Nunca nos casamos de manera oficial." Su madre le aventó una mirada a Jim, como si estuviera preocupaba de la opinión de su hijo. "Me gusta utilizarlo, de todas formas. Especialmente cuando quiero viajar bajo el radar. El legado de Peter es algo de lo que aun… no puedo desasociarme, al regresar a la ciudad."
"Bien pensando." Si Harvey no cerraba su bocota, moscas comenzarían a metérsele. "¿Café?" Apuntó hacia la cafetería a sus espaldas.
Afortunadamente, Dawn aceptó cualquier medio que la ayudaría a recuperarse del frío y de la lluvia. Jim aprovechó la distracción para jalar a Harper a su lado. "Necesito un favor."
"A este paso, me deberás pagar con días extras de vacaciones."
"Puedes tomarte un mes sabático si se te antoja." Jim apuntó hacia su madre. "Necesito que estés al pendiente de mi familia. Harvey y yo tenemos que atender un problema referente a la boda. No tardaré. Pídeles algo de comer; llévalos a mi oficina para que descansen en paz, reporteros han comenzado a rodear allá afuera. Tuvimos que entrar por detrás del precinto."
"¡Mamá, mira!" La exclamación, típica de un adolescente fácilmente impresionado, atrajo la atención deseada. Desde el área de las celdas, Ryan modelaba una de las gorras de los oficiales. "Soy un policía. ¡Pffft, pffft! Hasta la vista, baby."
Jim volteó hacia Harper, enfático. La mujer suspiró, cediendo. Se apresuró hacia Ryan con una espina dorsal que le faltaba a su propia madre.
"De acuerdo, niño. Suficiente diversión. ¿Quieres una dona?" Harper le quitó el sombrero del oficial Moore y lo regresó al escritorio inhabitado de donde lo había tomado. El truco de las donas pareció funcionar.
Media hora después, Jim y Harvey analizaban la escena del crimen.
"Hombre, el lugar está completamente inundado."
Jim, manos en la cintura, observaba al personal de mantenimiento de la catedral caminar entre la capilla y el altar con botas de plástico. "Fue la lluvia. El sistema de alcantarillado se desbordó con agua y se rebosó por una tubería que ya estaba en malas condiciones."
"Mira a esos pobres imbéciles." Harvey se recargó en el balcón del segundo piso de la Catedral—la única manera de entrar a St. Marie sin empaparse. Frente a ellos, los empleados hacían todo en su poder por mover los bancos hacia la parte frontal de la iglesia, donde el agua estaba siendo barrida a la calle. Si no se movían rápido, la madera estaría arruinada. "¿Cuál es el plan B? ¿La capilla que usaron para la Coronación?"
"Es demasiado pequeña para trescientos invitados. El salón que Alfred alistó es exclusivo para la recepción. Me pidió venir en persona a revisar el daño y saber exactamente a lo que nos enfrentábamos."
"Bueno, este lugar no se secará en tres horas, Jim. Hay otras Iglesias." Bullock ofreció con una expresión abierta.
Jim regresó su atención al piso inferior. "Es una lástima. Los padres de Bruce se casaron aquí."
"Hace una década. Apuesto que las tuberías todavía funcionaban. Ya no hacen las Catedrales como antes, viejo. Algo que admiro del precinto es que es una fortaleza. Bombardéanos, píntanos grafitis, tiranos un ciclón—Ese castillo de metal sigue de pie siempre."
"Supongo que podemos escoger otra Iglesia, pero tomará tiempo coordinar todo. Se le tendrá que notificar a los invitados y a la prensa—Demonios. ¿Qué otra iglesia tiene la misma capacidad de personas que el St. Marie?"
"Mm." Harvey hizo una mueca. "Buena pregunta. Averiguarlo también tomará tiempo."
Jim frunció se ceño. ¿Qué tan loco sería…? "El GCPD fue construido con metal restante de los puentes de la ciudad. Por eso su durabilidad."
"Supongo, Señor trivia."
"No, Harvey. Escucha." Jim se agazapó junto a Bullock en el balcón, comenzó a susurrar. "Los puentes que fueron construidos por los antepasados de Bruce. Ese simbolismo debe ser una maldita señal."
"¡Oh!" Harvey masticó la idea, probablemente pensando en la logística del asunto. Se mostró impresionado con sus propias estimaciones. "Supongo que se puede hacer con menos burocracia de por medio."
"Llama a Alfred. Que re-dirija las tropas."
Harvey comenzó a alejarse, sacando su móvil. "Podemos transmitir un boletín en las noticias sobre el cambio de lugar. Nos ahorrará tiempo y esfuerzo."
Jim sonrió. "Hazlo."
[+]+[+]
El toquido a su puerta lo salvó de arruinar su peinado, el cual Bruce ya estaba por destruir por la frustración montando en su ser.
"Adelante."
Selina se asomó por otro lado de la puerta. "¿Está presentable, Su Majestad?"
Bruce cerró el libro que había estado hojeando. "Gracias a Dios. Estoy volviéndome loco."
Selina entró por completo a la habitación. "Tú y todos los demás. Andan como gallinas sin cabeza por toda la Mansión—Oh, wow."
Bruce se sonrojó con la llamativa reacción de la chica. Bajo diferentes circunstancias su ego lo apreciaría—pero en este caso, sólo le provocó a Bruce querer hiperventilar.
"Cielos, ¿vas a vomitar?"
"Quizás." Bruce no apreció la carcajada de Selina. "¿Qué haces aquí tan temprano?"
La chica comenzó a curiosear por su tocador, tomando prestado algunos de los labiales de Agatha. "Alfred pensó que necesitarías el apoyo moral. O una bofetada, cualquiera de las dos opciones."
"Tú también luces muy bien." Bruce ofreció, apreciando la compañía. No mintió, la chica sabía lucir su vestido completamente dorado y satinado. "Me gusta el cabello."
Los típicos mechones rizados de la joven caían por su espalda en estilo más alisado, sostenido de su sien derecha con un peine adornado de perlas.
"Si vas a vomitar, probablemente deberías quitarte el traje primero."
"Cambié de parecer—Estoy bien."
"Te ves verde."
Bruce se dirigió a la puerta de la recámara. "Necesito aire fresco. ¿Vienes, o te quedas?"
Salir de su habitación fue una aventura por sí sola. Habían empleados por todas partes, tan acostumbrados a su presencia, que ver al Rey escabullirse por la Mansión, no les causó ningún tipo de reacción fuera de lo normal.
Al llegar a la planta baja, Bruce deseó encerrarse en la cueva subterránea de su padre y no salir hasta que el día se hubiera acabado. Nunca se acostumbraría a estar rodeado de tanta gente.
"Selina, se suponía que debías mantenerlo ocupado, no corriendo por el lugar como cañón suelto." Alfred los interceptó en el pasillo que conectaba el vestíbulo, la cocina y el estudio. "Pst. Tan estresado a su joven edad, amo B. Alégrese, ¿quiere? Es su maldita boda."
"¿Pasa algo?" Bruce no perdió de vista la prisa con la que María y los demás trabajadores estaban sacando cajas de decoración por la puerta principal. Eran las doce del día, una hora antes de la boda. ¿No se suponía que la Iglesia ya debía de haber sido decorada?
"Ligeros cambios de planes." Alfred masculló, controlando la fluidez del personal caminando por el vestíbulo. "La ceremonia será atrasada con otra hora de gracia."
"¿Por qué?" Bruce se le plantó con firmeza en medio de la puerta.
"Tengo el traje." Agatha interrumpió, bajando las escaleras ya arreglada y con el forro plateado de dicho traje bien sujeto en su mano izquierda. Adicionalmente, la mujer cargaba con una mochila. Fue graciosa verla en un vestido casi idéntico al de Selina, con la excepción de estar portando converse rojos. "Llamé a Gordon. Ya sabe que estamos en camino."
Bruce no pudo evitarlo.
Entró en pánico.
"¿Camino a dónde? ¿Dónde está Jim?"
"Calma. Le digo que todo está marchando bien." Alfred sostuvo su hombro, clavando sus miradas juntas. "Lo prometo, chico. Respira. Gordon, Bullock, la Señorita Agatha y su servidor sólo estamos… improvisando."
"Pollito, no arruines tu maquillaje." Agatha hacía maniobras poco humanas para sacar las llaves de su auto y sostener todo lo que traía encima. "No olvides las Coronas."
"Claro que no olvidaré las Coronas." Alfred renegó. "Dejaré a María a cargo. El amo Bruce y yo los alcanzaremos en el GCPD en media hora."
"Gordon dijo que llegaran por la parte trasera del edificio. Los reporteros han comenzado a acampar en la entrada. Sólo empeorará cuando la prensa se entere del cambio."
"Entendido."
Agatha se marchó.
Bruce y Selina se miraron el uno al otro con la misma confusión. Repitieron al unísono. "¿El GCPD?"
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"¿Segura no te aburrirás sin mí?"
Tabitha continuó limpiando la barra. "Alguien tiene que trabajar mientras tu disfrutas de la alta vida social."
"Prometo no desvelarme." Bárbara le lanzó un beso al aire. Luego, recordó revisar su pequeño bolso por su arma. Sip, bien cargada para la ocasión. "Perfecto. Uno nunca sabe."
"Oye." Tabitha salió del área del bar para acercárcele. Mientras Bárbara seguía revisando su lápiz labial, la mujer le quitó un cabello del escote de su vestido. "Diviértete, ¿de acuerdo? No más zombies. No más brujas malagradecidas."
"Claro, mamá." Bárbara rodó sus ojos. Luego, le sonrió. "Te llamaré si alguien estira la pata."
"Apreciaría la misma clase de advertencia, señoritas."
Bárbara se tornó hacia la entrada, donde la peste a pescado fue el presagio de la entrada de Oswald Cobblepot. Cojeó con seguridad de no perder sus pelotas, gracias a sus gorilas guardaespaldas.
"¿Qué diablos haces aquí, Cobblepot? Pensé que había sido clara la última vez."
"Vengo en son de paz, Señorita Kean." Oswald se dirigió al bar. "¿Alguien está atendiendo? Terrible servicio."
Tabitha rodó sus ojos, pero caminó al bar. "¿Qué quieres? ¿Veneno de ratas?"
"Que fría." Oswald murmuró. "En fin, hubo un ligero cambio de planes. Jim Gordon pidió de favor darles el aviso, y sí se ocupaba, servir de escolta hacia la misa. Revisa tu celular, querida. Jim sabía que difícilmente tomarías mi palabra como un hecho."
Barbará gruñó. En efecto, Jim había dejado un par de llamadas en su buzón y un mensaje de texto. En resumen, la Catedral St. Marie había sido inundada. "Una boda bajo rejas. Jim sí que tiene buen gusto."
"Evadiste una bala, al no casarte con el hombre." Oswald se burló. Se ganó una mirada asesina de parte de ambas tenientes del Sirens. "¡De acuerdo! No tienen sentido del humor, por lo que veo. ¿Lista? No quiero atorarme en el tráfico. Jim no pudo haber escogido peor lugar en la hora pico."
…Bárbara, necesito un favor. No confío en el Pingüino. Acompáñalo a la boda. No le quites la mirada de encima y dispárale en una pierna si lo crees prudente. –J. G.
El mensaje había sido bastante claro. Jim en verdad debía sentirse desesperado para rogarle con tanta dulzura.
Jim no tenía idea de lo alto que este favor le costaría.
Bárbara sonrió de oreja a oreja. "En marcha, pajarito."
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Jim recordaba el virus de Tetch.
Recordaba el hambre circulando su sistema, la fuerza incontrolable—el placer de perder el control de sus propias emociones. Había creído en aquel entonces que había obtenido su final feliz. Con Lee a su lado. El mundo a sus pies, sólo esperando a ser tomado.
Recordó la manera en la que había lastimado a Harvey en la estación de tren. La culpa. El horror. El arrepentimiento.
Recordó la primera vez que había dejado a Lee; en su convertible, embarazada. Esperando a que Jim Gordon cambiara su naturaleza.
Jim ahora reconocía, que aquel día había sido su última oportunidad en tener una vida normal. Una vida cotidiana, lejos del peligro de Gotham y de la vida policial.
Jim había escogido el peligro. Había escogido ayudar.
Irónicamente, porque Bruce lo había necesitado.
-¿Acaso siempre me he dirigido a este momento? Jim se preguntó, frente al espejo de los vestidores, a solas.
Tal vez.
Bruce había estado allí, desde el primer día. Por más que se distanciaran el uno con el otro con el pasar de los años, parecía ser que Jim y el Omega tenía una habilidad resiliente en volverse a encontrar. Justo en el ojo del huracán.
Jim había corrido toda su vida de cosas buenas. No se había creído digno a aceptarlas; de disfrutarlas.
"Sigue pedaleando, muchacho." Peter Gordon murmuró en su cabeza. "La lluvia eventualmente se acabará. El cielo se tiene que secar algún maldito día."
Añoraba detenerse. Deseaba dejar de huir.
"¿Interrumpo?"
Jim brincó del susto. "Dios. Recuérdame comprarte una campana."
"Siempre supe que eras un mañoso, Jim."
"¿Cómo va todo?" Jim revisó los gemelos en sus muñecas. Las encontró igual de bien ajustadas que hacía diez minutos.
"Será mejor que lo veas por ti mismo." Harvey se recargó en la pared que daba al lavamanos que Gordon ocupaba. "Mírate nada más. Luces como una superestrella."
Jim giró sus ojos para disimular sus nervios. El traje blanco no hubiera sido su primera elección, pero tenía que admitir que era cómodo. Ligero como una pluma. "¿El Arzobispo ya está aquí?"
"Está haciendo una zanja en el altar, pero listo. La gente que teníamos en las celdas fueron transportadas con éxito a las celdas interiores. Alfred tiene a los invitados acomodados por tamaña, color y sabor. Y el chiquillo está resguardado en tu oficina, cortado de todo contacto embarazoso con tu familia. Justo como lo ordenó, Capitán."
"Bien." Jim se dio un último vistazo. Dio un paso atrás, girando su cuerpo hacia Bullock. "Bien." Esta vez, se escuchó más determinado. "Estoy listo."
[+]+[+]
"Es hora." Alfred le sonrió.
Bruce apretó sus puños. "Mis manos están sudando."
"No es para menos." Alfred estiró su brazo en invitación. "Después de usted, Su Majestad."
El Omega respiró. Flexionó sus dedos para obligarlos a volverse laxos. No tensos.
Dio el primer paso.
No hubo campanadas.
No hubo marcha nupcial.
Bruce sólo escuchó la banda sonora de su propio corazón, al bajar los escalones del tercer piso.
Desde tal altura, tuvo la vista entera del edificio. El precinto estaba lleno de personas, todas de pie, a la expectativa. A donde fuera que Bruce fijara sus ojos, solo había cabezas.
En el segundo piso, el Arzobispo se encontraba en espera sobre la plataforma de madera que habían adaptado en altar. Los barandales habían sido decorados con gardenias y listón blanco, y habían juntado todas las sillas del precinto para crear filas en la planta baja.
A mitad de la trayectoria por las escaleras, Bruce pausó. Sus dedos tocaron un puñado de gardenias.
Del lado contrario, en las escaleras paralelas, miró a Jim Gordon descender por igual. El flashazo de blancura fue inconfundible.
Bruce respiró hondo.
Continuó, no queriendo atrasarse. Se suponía que debían arribar al altar al mismo tiempo.
"Calma, muchacho. Respire."
Cierto. Respirar. Era importante respirar. Eso y no caer rodando por las escaleras.
Descubrió rostros conocidos en el segundo piso—Agatha, y su tío Nathan, esperando de su lado de las escaleras para simbolizar a cuál lado de la familia pertenecían.
Al tocar el piso firme de su destino, Bruce siguió el sendero de velas encendidas.
Lo guiaron directamente a Jim.
Bruce parpadeó. Su corazón sólo se aceleró.
Jim sonreía a labio cerrado, una mujer rubia sosteniéndose de su brazo mientras completaban su lado de las escaleras. La mujer tenía que tratarse de su madre. Tenían los mismos ojos.
Bruce respiró con más soltura. Dio los pasos finales, subiendo a la plataforma de madera. A sus espaldas, Alfred se colocó cerca del balcón, en un punto medio entre el Arzobispo y su protegido.
Jim repitió el mismo ritual. Se soltó gentilmente de su madre al acercarse al altar; sobando la mano de la mujer una vez más, antes de dejarla ir. Después, la mujer imitó la postura de Alfred, sólo que del lado opuesto, acompañada de Harvey Bullock.
Entonces, la espera por fin concluyó. Jim Gordon subió al altar, luciendo como su total oposición. Blanco y negro.
"Hola." El hombre emuló con su boca, aunque sin voz.
Bruce intentó sonreírle. La manera en la que Jim lo contempló le llenó de calor.
"Pueden sentarse." El Arzobispo anunció. El comando fue llevado a cabo, con un estruendo de sillas rechinando al mismo tiempo. Cuando la quietud fue presente, Francis Gutella prosiguió. "Estamos hoy reunidos para celebrar una unión que definirá nuestro futuro."
-Sin presiones. Bruce quejumbró mentalmente.
"Bruce Thomas Wayne, el Primero de tu nombre, ahora referido como Bruce I, el Forjador de la Dinastía Wayne, Rey de la ciudad de Gotham. Hoy es el día en que pides sumisión de James Worthington Gordon, el Primero de su nombre, el Primero de su Casa, Primogénito de Peter y Dawn Gordon, para unirse en Santo Matrimonio."
Bruce reconoció la señal. Como dictó tradición, el Omega alzó su mano izquierda, palma arriba.
"¿Me aceptas?"
La manzana de Adán del Alfa brincó, con la fuerza que tragó saliva.
Levantó su mano, colocándose sobre la suya.
"Te acepto." Raspó de su garganta ronca.
El Arzobispo carraspeó su garganta. Fue el turno de Agatha, por ser el único miembro sobreviviente de la familia Wayne aparte de Bruce. Rodeó las espaldas de su sobrino para aparecer del otro lado del altar.
Sostenía un listón de seda en sus manos, bordado con la insignia renovada de la Dinastía Wayne. "Yo, Agatha Gertrude Wayne, avalo esta unión." Con destreza, la mujer entrecruzó el listón sobre las manos conectadas de Alfa y Omega. "En nombre de mi querido hermano y mi querida hermana, Thomas y Martha Wayne."
Bruce parpadeó con sorpresa. Eso último, no había sido parte del guion.
Jim apretó sus dedos, atrayendo su mirada del suelo. Encontró finura en su expresión; preguntando en silencio—¿Estás bien?
Agatha deshizo el listón. Dio un paso hacia atrás.
"Los anillos." El Arzobispo enunció.
Alfred, y la madre de Jim—Dawn—dieron un paso hacia el centro, cada quien sosteniendo las alianzas de matrimonio en dos cojines de terciopelo.
"Ahora, el Consorte hará entrega del anillo. James, repita después de mí." Gutella prosiguió. "Que todos sepan que con este anillo yo, James Worthington Gordon, me entrego, hasta que la muerte nos separe."
Jim desvinculó su mano izquierda de Bruce por un momento. Se tornó a su sonriente madre. La mujer fue valerosa frente a su hijo. Nunca flaqueó al ofrecer la sortija. Nunca dejó a Jim flaquear tampoco.
Rígida fue la mano que Jim acogió con la suya, levantándola al nivel de sus pechos.
Deslizó el anillo por el dedo de Bruce sin preámbulos. "Que todos sepan que con este anillo yo, James Worthington Gordon, me entrego, hasta que la muerte nos separe."
"¿Tiene votos personales para compartir?"
Jim asintió. "Sí, los tengo." Aclaró su garganta. "Bruce."
El Omega le imitó. "Jim."
Humor bailó por el rostro del Alfa. "Nos conocemos desde varios años ya. La mayoría del tiempo, se siente más del que es en verdad…" El pulgar de Jim acarició deliberadamente la muñeca que tenía aun cautiva. "En mi vida, le he fallado a muchas personas. Personas cercanas a mí. Al final, las he dejado ir porque… Era fácil, ¿sabes?"
Bruce asintió, frunciendo su ceño.
Jim dejó su boca colgar por un momento, no indeciso. Mesurado.
"Me rehúso a fallar de nuevo. Cada vez que te veo, que hablo contigo, y que estoy cerca de ti—Quiero ser mejor. Un mejor amigo, un mejor compañero. Quiero ser un mejor hombre… Porque todo lo que deseo que recibas de mí, quiero que sea lo mejor que tenga para darte. Siempre. Sin excepciones."
De cabeza a pies, de esqueleto a nervios, Bruce sintió estremecerse.
"Te acepto." El Omega dictaminó con tono alto. "Te acepto, James Worthington Gordon." Miró el anillo, ahora afianzado con la sortija de Peter Gordon.
Al volver a Jim, vio que los ojos del Alfa se habían oscurecido.
"A todas las versiones." Bruce agregó de último momento. "Hasta a las más enojonas."
Hubo risas entre Bullock, Alfred y algunos Detectives. De Jim, logró extraer una suave sonrisa.
"Ahora, el Rey otorgará la marca a su Consorte. Su Majestad, entregue el anillo y repita después de mí." Gutella prosiguió. "Que todos sepan que con este anillo yo, Bruce Thomas Wayne, te escojo, jurando lealtad, y protección por sobre todas las cosas. Hasta que la muerte nos separe. Puede agregar sus propios votos si los tiene."
Bruce se tornó hacia Alfred, tomando la sortija, dorada para hacerle juego al anillo de Compromiso que Jim había aceptado.
"Que todos sepan que con este anillo yo, Bruce Thomas Wayne, te escojo—Jim—jurando lealtad, y protección." Cortó la oración.
Los votos que había practicado, se esfumaron. Bruce relamió sus labios, deteniéndose para recolectarse.
Pensó en la arena, deslizándose por sus dedos. La verdad o la felicidad. No puedes tener ambas, hijo.
-Tengo que intentarlo, al menos. Bruce desafió para sí.
Al final, optó por honestidad como la mejor política. Con Jim y consigo mismo.
"Juro lealtad, protección y por sobre todas las cosas, amor."
Los ojos de Jim se engrandecieron.
Bruce alzó su barbilla. "Hasta que la muerte nos separe."
"Que se sepa entonces, que desde hoy, Bruce Wayne y James Gordon son un solo corazón, una sola carne. Una sola alma. Maldito será, el que intente desgarrarlos."
Se permitió una pausa durante la ceremonia para que el momento cobrará peso, tan cerca del final. Gutella cerró su pequeño libro, dejando sus brazos descansar a sus costados.
El silencio prosiguió.
El Arzobispo sacudió una mano impaciente. "¿Qué esperan? Pueden besarse, muchachos."
Carcajadas retumbaron por el precinto, pero Bruce no fue uno de ellos. Estaba demasiado nervioso.
Jim le jaló de sus manos unidas; de la sorpresa haciéndolo tropezar. Lo atrapó contra su pecho y Bruce alcanzó a ver que el bastardo estaba sonriendo.
Los aplausos explotaron por el GCPD, en el instante que sus bocas se tocaron.
Las orejas del Omega—y las de Jim por igual, podía asumir—vibraron con la escandalosa mezcla de gritos de triunfo, chiflidos, y estruendos del metal de las celdas siendo golpeadas con batutas de policía.
Bruce abrió su boca, gimiendo con arrebate. La lengua de Jim se le encaramó sin mesura, profundizando el beso; al diablo la inmensidad de desconocidos viéndolos. Su apertura conmovió a Bruce. Se colgó del cuello del Alfa con más ímpetu, dejando que su peso fuera soportado por el otro hombre.
"¡Woo-hoo!" La voz de Harvey Bullock reinó entre el caos. "¡Genial! ¡Ahora, a embriagarnos, gente!"
Una risa de parte de Jim desplomó el beso nupcial. No se apartó de Bruce, sin embargo. Apoyó la espalda del Omega con su brazo, y la mejilla de Bruce con su palma opuesta. No articuló una palabra. Sólo siguió sonriendo, sus dientes tan blancos como su traje.
"Ejem. No tan rápido." Alfred hizo una mueca, cuando atrajo la atención de los Novios. "Primero que nada, la recepción es hasta las seis de la tarde, Harv'. En segunda, el Capitán tiene otro pendiente involucrando cierta Corona. En su cabeza."
Oh.
Cierto.
[+]+[+]
Fin de Parte 17.
[+]+[+][+]+[+]
xvii.
[+] + [+]
"Soy, y siempre seré
tu amado esposo."
-Alec Lightwood y Magnus Bane, uno al otro.
(3x22 "All Good Things," Shadowhunters).
[+]+[+]
La lluvia no daba tregua.
Era difícil distinguir formas tangibles más allá del vidrio del automóvil. Cuando Jim echó vistazos al espejo retrovisor, sólo identificó la mitad de un letrero de neón brillando a la distancia.
"Ojos al frente."
Jim se enganchó al volante. "No tiene caso. No puedo ver nada."
"Sigue pedaleando, muchacho." Peter Gordon enfatizó, sus dedos descontrolando el botón del radio. Únicamente estática salió de las bocinas. "La lluvia eventualmente se acabará. El cielo se tiene que secar algún maldito día."
Jim entrecerró sus ojos. La lluvia continuó. La oscuridad del camino no ayudó a mejorar su desorientación. "Terminaremos en un barranco antes de que el sol se digne a salir. Papá—"
"¿Dejarás que nos lleve la corriente, Jimmy?"
Al torcer su perfil, la visión de su padre había sido reemplazado por Bruce Wayne.
A la distancia, del lado del copiloto, dos esferas de luz se aproximaban descarriladas—los faroles de un automóvil ajeno a ellos—acelerando directamente hacia el Mustang de Jim.
Bruce le sonrió. "¿O lucharás contra ella?"
Contra el inminente impacto, Jim sólo pudo gritar.
[+]
Despertó con la mitad del sueño todavía aferrándose a su mente, un gemido destilando de su boca.
El timbre de la alarma de su reloj le reafirmó que el día había comenzado, estuviera listo o no.
4:45 am.
Jim jaló de la frazada cubriéndolo. Obligó a sus ojos a enfocarse en su alrededor, dejando al resto de su cuerpo despertar.
La Mansión Wayne, se recordó.
No apreciando el frío de la madrugada, Jim se envolvió en la bata de seda esperando por su uso, al pie de la cama. Encendió la lámpara y descubrió que se encontraba a solas en la alcoba. El lado de Bruce estaba vacío e imperturbable.
Suspirando, Jim caminó a la ventana, abriendo la cortina una fracción. El alba todavía no iluminaba el horizonte.
En efecto, había comenzado a llover.
Fue un consuelo para Jim, saber que no todo había sido un producto de sus demonios personales y su subconsciente tenido diversión a sus expensas. El sonido de la lluvia se había filtrado a su cabeza de alguna manera, a la par con los fantasmas de su pasado.
¿Dónde estaba Bruce?
Tras acariciar su rostro para terminar de despertar, Jim cerró la cortina y se abrió camino hacia su buró. Tomó su reloj de muñeca sólo para cerciorarse de lo inevitable, desprogramando la alarma para que no volviera a timbrar. Su arma permanecía justo donde la había posicionado, y su móvil brillaba con tres llamadas ignoradas de Bullock.
Algo estaba diferente, sin embargo.
Entre el perfecto alineamiento de sus armas de guerra, encontró una anomalía. Una caja de terciopelo negro, plantada justo en el centro. Jim contuvo su respiración de la extrañeza.
Acogió la caja sin pensarlo demasiado.
La insignia familiar de la Casa Wayne le dio frente, incrustada en tinta negra sobre el sello de la sortija. El tono oro del elegante anillo centelló como un trofeo en los dedos de Jim.
Sus rodillas, de repente, resintieron ser despertabas tan temprano.
Jim conocía el estandarte bastante bien. No había estudiado durante las últimas semanas la historia familiar de Bruce, en vano. Reconoció el escudo de armas, evocando de su memoria el significado. Tres guantes de hierro posicionados en forma de V, dando honor a las raíces de forjadores de metal de los antepasados de la familia Wayne.
Y no era todo.
Lo que le secó la lengua a Jim Gordon fue la frase agregada al estandarte usual. Rodeando la orilla, latín adornaba el sello del anillo—Una frase que había regido a los Gordon por generaciones.
-Dum spiramus tuebimur.
"Mientras respiremos…" Jim tradujo para así. "Defenderemos."
[+]+[+]
Bullock estaba leyendo la sección de las caricaturas de su periódico matutino, cuando Sánchez le chifló desde su estación, un piso más abajo.
Harvey bajó el periódico.
Efectivamente, Jim Gordon se encontraba subiendo las escaleras hacia el segundo piso de la comandancia, su objetivo siendo su oficina.
Harvey sacudió su cabeza. "Tsk. Tan predecible, Jimbo."
Dobló su periódico y se levantó de su silla. Le dio una señal a Sánchez para indicarle que, de ahora en adelante, él se encargaría de la situación.
Caminó directo a la oficina del Capitán. La puerta estaba abierta, de todas formas.
Harvey no se molestó con tocar en el vidrio. "¿Qué demonios haces aquí?"
El descaro del hombre fue inmenso; quitándose su abrigo y todo. Sólo otro día regular para Jim. "Trabajando."
"Uh. No, amigo. Hoy no."
"Harvey."
"Jim. Hoy te casas. No me obligues a sacarte a patadas."
"Todavía hay tiempo." Terco, el hombre aplastó su trasero en su silla. Soberano de su reino, Gordon dio toda señal de que las palabras de su compañero estaban cayendo directo en el fregadero. "Es temprano. Le dejé a Bruce una nota; sabe dónde estoy."
"Bien por él. Pero no es del Pequeño Rey del que debes preocuparte." Bullock pensó en las mil maneras que Alfred rostizaría su trasero si permitía que Jim Gordon dejara plantado a su adorado chiquillo en el altar. Harvey cerró la puerta y hasta las persianas para tener la mayor privacidad posible. Si corría sangre en esta intervención, no quería testigos.
"Harvey. ¿Podrías dejar de convertir mi oficina en una cueva?"
Harvey se plantó frente a su escritorio, golpeando la madera para que el otro Alfa dejara de distraerse. "De acuerdo, sólo diré esto una vez, así que escucha bien… Lamento decírtelo, Jim, pero tuviste mil diferentes formas de cancelar este circo y no las tomaste. El tiempo se ha acabado, hermano. Te vas a casar hoy. Absorberlo. Acéptalo. Trágate tu pánico y sigue con tu día."
Jim fue una roca. Sus ojos se fijaron en los suyos. "Todo está bajo control."
Harvey le apuntó con un dedo. "¡Te lo dije, hombre! Piénsalo bien. Específicamente te advertí que lo pensaras bien, ¿recuerdas? Porque yo estaba ahí cuando lo dije. Esto no es mi culpa. Fue un buen amigo desde el inicio; te dije lo que realmente pensaba de este amorío desde un inicio."
"Harvey—"
"Pero, no. Porque eres Jim Gordon, te arrojaste al sartén caliente de a una. Quisiste tener ruedas de prensa, postularte para Reina de Mardi Grass, y, oh sí, ¿Cómo olvidarlo? ¡Comenzaste una guerra civil con el Ayuntamiento!"
"Harvey, no me estoy echando para atrás."
"¿Entonces?" Harvey alzó una ceja. "¿Qué haces aquí, Jim? ¿En verdad?"
La fuerza con la que Gordon tragó saliva le delató. Poco a poco, el hombre se rompió frente a él. "Sólo dame una hora de normalidad. Es todo lo que ocupo."
"¡No! Si te dejo, Jim, nunca te irás. Te conozco."
"La Mansión es una locura. ¡Sólo quiero una maldita hora de paz y tranquilidad!"
El móvil de Bullock comenzó a sonar. -Oh, no. Harvey sacó su móvil de su chamarra de cuero y gruñó. "Alfred."
Jim cubrió su rostro con sus manotas. "¿Treinta minutos al menos?"
"Diez. Luego, quiero tu trasero fuera de mi precinto."
"¿Tu precinto?"
El teléfono de Bullock se hartó de irse directo al buzón de voz.
El móvil de Jim fue el siguiente.
"El hombre es un sabueso, Jim. Nunca se dará por vencido."
Jim se desparramó por su asiento. Su rostro estaba enrojecido. Su cabello no tan impecable como otros días. Hasta entonces Harvey se percató que el hombre ni siquiera llevaba puesta una corbata. "Me voy a casar hoy."
Harvey levantó sus cejas en clara de expresión de No ocupas decírmelo a mí, idiota.
Jim prosiguió a desembolsar un pequeño objeto de su abrigo. Lo plantó en el escritorio como si se tratara de un acusado en el tribunal. Nunca resistiendo un buen misterio, Harvey tomó la caja y la abrió.
Chifló con auténtico asombro. "Demonios. No me considero un experto, pero usualmente tengo buen ojo para hermosuras como éstas. Mínimo, estamos viendo dieciocho quilates de oro puro, amigo."
"Tuve un infarto cuando lo vi."
"No es para menos. Sales de aquí vistiendo esta cosa, te querrán mochar el dedo en la primera cuadra."
Retornó el tesoro a donde pertenecía, en la palma del Capitán.
Un receso nació entre los dos, pesado con las altas expectativas que el anillo representada. Ambos se contemplaron. Harvey intentó no ser un bastardo egoísta—Porque lo admitía, una parte de su ser quiso mandar todo al diablo; sacar a Jim de aquí para embriagarlo hasta que no recordaran sus nombres—Otro Harvey lo hubiera hecho.
No obstante, se contuvo.
Jim contaba con Harvey para darle el último empujón.
"Sabes que el chiquillo debe estar entrando en pánico justo como tú."
Los labios de su amigo hicieron una mueca híbrida de sonrisa y mueca de autoflagelación. "Es probable que ya haya volado fuera del continente. Ciertamente no se encontraba por ninguna parte cuando desperté esta mañana."
"¿Ves? Son el uno para el otro."
Jim rodó sus ojos para sí. Pareció buscar en Harvey una respuesta divina a todos sus conflictos interiores. Lo que haya encontrado, fue suficiente aliento para que el Alfa abriera la caja una vez más.
Deslizó el anillo en su dedo angular, aceptando su destino.
Harvey lo observó flexionar sus nudillos de manera experimental. No que el anillo le quedara grande, parecía estar hecho justo a la medida.
La insignia de la Casa Wayne deslumbró desde la mano izquierda de Jim.
Estaba hecho, así de rápido. Ambos Alfas se asintieron, llegando a un acuerdo de caballeros.
Harvey re-abrió las persianas y la puerta. "Ahora, sal de aquí."
Resignado, Jim comenzó a levantarse del escritorio.
"Capitán." Harper apareció por la puerta. "Tiene una llamada en la Línea 1. ¿Una tal… Dawn Cohen?"
Jim peló los ojos. Interesante. Se apresuró a aceptar la llamada en su teléfono personal, haciendo señas a ambos para que lo dejaran a solas. "¿Dame un momento, quieres?"
"Tres minutos." Harvey gruñó, saliendo de la oficina sintiéndose cien años más viejo. "Esta maldita boda no puede acabarse lo suficientemente rápido."
Harper ya tenía lista una ceja juzgona por los aires. "Díselo al perímetro que ha estado acampando en el Ejido Wayne desde hace dos semanas."
"¿Qué insinúas? ¿Qué no estoy aportando de mis habilidades? Mi papel es evitar que Jim Gordon sobreviva intacto este día."
Harper resopló por sus narices. "Gordon no es ningún niño, Harvey. Sabe en lo que se metió." Ambos caminaron hacia el área del escritorio de Bullock. "Confió en él."
"No lo hagas demasiado." Harvey sacudió migajas del tamal que se había desayuno de sus expedientes pendientes. "Vuelas muy cerca del sol y te quemas como Lázaro."
"Lo admito. Cuando lo conocí no le vi el chiste. Es algo pomposo, pensé." Con eso se ganó una risa de Harvey. "Pero hasta ahora… Gordon ha demostrado tener lo que se ocupa para manejar el GCPD."
-Sí, a base de una gran mentira. A base de la sangre manchando sus manos. "Excelente trabajo lastimando mis sentimientos."
"Sé que Jim no es una blanca paloma." Harper rodó sus ojos. "Pero por lo menos, no escapa con la cola entre las patas, cuando las cosas se ponen duras."
Touché. Harvey se colocó sus anteojos con algo de ácidez en su boca. Lo último que quería recordar era lo sucedido con Sofía y el Doctor Pyg. Pero parecía que esos fantasmas querían hacerse sentir el día de hoy. "Escucha—"
Bullock se auto interrumpió al notar algo importante. Su cabeza se torció por detrás del cuerpo de Harper para fisgonear en dirección de la oficina de Jim.
La puerta estaba abierta de nuevo.
"¡Tienes que estar bromeando!" Harvey se levantó de inmediato. Se apresuró a la oficina. En segundos, sus temores fueron confirmados.
Jim no estaba por ningún lado.
[+]+[+]
"Quiero los rollos de camarones en el refrigerador, María—Oh, y no olvides que los claveles deben ser cortados para los centros de las mesas en una hora, sino no lucirán frescos."
Bruce entró a la cocina mojado de cabeza pies, después de haber corrido por todo el perímetro del ejido Wayne. Como fue de esperarse, se ganó una expresión de completa desesperación de parte de su mayordomo.
"¡Estás empapado! ¿En qué estabas pensando al salir a correr así? ¡Están cayendo gatos y perros del cielo!"
"Ocupaba despejar mi cabeza."
"La despejaste demasiado, diría yo." Alfred suspiró resignado desde el horno, donde observaba que los rollos de camarones no perdieran su jugo durante cocción. "Tanto que te ahogaste neuronas en el proceso. ¿Tienes idea de la hora? No, mejor aún, ¿tienes idea de cuánto Tylenol tendrás que tomar para evitar un resfriado?"
Bruce hizo una mueca al sentir sus tenis hacer sonidos extraños por la cocina, de lo mojados que se encontraban. "Mi sistema inmune es fuerte, Alfred."
"Su tío Nathan llamó, ya está en la ciudad. Quiere pasar a verlo en una hora antes de la ceremonia. Más vale que esté listo para ese entonces, amo Bruce."
Entre la larga lista de preparaciones a las que Bruce se tendría que acotar el día de hoy, interactuar con su familia lejana no había sido de las más prioritarias. "La emoción me corroe. ¿No hay alguien más que lo pueda entretener?"
Alfred le arrojó uno de los secadores de la cocina; aterrizó directo en el pecho del Omega. Bruce lo utilizó para secar la mezcla de agua de lluvia y sudor de su rostro. "Nathan y Katherine Kane viajaron a Gotham a prestar sus respetos al Rey. Su deber como tal es aceptarlos—¡Oi, deje ahí!"
Bruce hurtó una botella de agua de una de las cajas para la recepción, y optó por la huida inminente. "Me iré a duchar."
"¡La mejor idea que ha tenido en todo el día!"
Al llegar a su recámara, sin embargo, descubrió que las emboscadas apenas comenzaban.
Agatha le daba las espaldas mientras Bruce entraba a su alcoba, analizando a detalle el traje que de momento vestía a un maniquí. Mientras tomaba del bote de agua, Bruce inspeccionó el estado de la habitación. No encontró rastro de Jim. La cama había sido hecha y sobre el buró correspondiente al Alfa, ya no se encontraban sus artículos personales.
Ni el anillo.
"Dejó una nota." Agatha levantó una mano, una hoja de papel doblada a la mitad, colgando de sus dedos. Bruce se acercó para quitársela. "Parece que el hombre no puede dejar de trabajar ni en el día de su propia boda."
Bruce comenzó a patear sus sneakers de sus pies. Leyó de la letra cursiva de Jim. Volveré, tengo que atar unos cabos sueltos en la oficina.
"Traje las Coronas." Agatha siguió admirando el traje de Bruce con suma dedicación. "Así como unas cuantas cosas extras." Al por fin, girar su perfil hacia su sobrino, la mujer salió de su hipnosis. "¿Qué diantres te sucedió?"
Bruce ya estaba retirándose de sus ropas de entrenamiento, quedando solo en sus bóxers y en las toallas que necesitaría para la ducha. "¡Ya sé, estamos atrasados!"
Bruce nunca había tomado una ducha tan corta en su vida.
Al salir del baño en su bata, Agatha tenía el traje fuera del maniquí y extendido en la cama. Los zapatos nuevos le acompañaban en el piso, brillando con la misma excelencia que su Ferrari. Agatha tenía su cabello recogido en una cola de cabello, lista para la guerra. Sobre el tocador, diferentes tipos de maquillajes, perfumes, y productos para peinar, estaban perfectamente acomodados.
"Debiste estar vestido hace media hora para la sesión de fotos." Agatha revisó su reloj de muñeca con cierta resignación. "Alfred las pospuso hasta después de la misa, gracias a Gordon y sus crisis de última hora—Bruce, ¿qué haces todavía ahí parado? ¡Sécate, rápido!"
Alistarse fue un remolino de movimiento, ansiedad, y muchos nudos en su maldito estómago. Fue una experiencia, aunque no similar a la de su pre-Coronación, igual de pesada, causando presión y alta expectativa.
La tensión entre tía y sobrino siguió existiendo, aunque ahora por razones diferentes.
Bruce no mencionó a Five, y Agatha tampoco. El tema pendiente a discutir colgó entre ellos, como el filo de la guillotina sobre sus cabezas.
Bruce estaba aprendiendo. Aprendiendo a escoger sus batallas. No quería a Five invadiendo este día. Sabía que, si tan siquiera mencionaba su nombre, el maldito ganaría—Así que, no lo hizo.
Tendría más días por delante para colocar a su tía bajo la lupa.
Agatha tomó su rol en serio como Madrina de Bodas, reemplazando lo que, en otra vida, le hubiera correspondido a su hermano. Le asistió con disciplina militar a meterse a su traje, obligándolo a sentarse, a respirar, a exhalar y a comerse una granola para mantenerlo en el mejor funcionamiento.
Discutieron sobre la cantidad de maquillaje a aplicar—Bruce no quería ningún delineador cerca de sus párpados. Sobre cual perfume utilizar—Nada demasiado dulce. Bruce no quería usar una corbata—Agatha le dio una manotazo, para enderezarlo en el camino de la cordura. Discutieron hasta en la manera que sus agujetas debían ser entrelazadas.
El resultado final fue un punto medio entre las satisfacciones de ambos.
Al mirarse al espejo, Bruce esperó no reconocerse a sí mismo.
Fue un efecto contrario.
El traje le quedaba con la exactitud de un guante de seda. La tonalidad oscura lo cubrió en cuerpo entero; la armadura perfecta, escogida por su propia mano.
Su rostro fue el mismo que había visto en la mañana, antes de salir a correr. El mismo Bruce le retó desde su reflejo, lleno de incertidumbre, pero al mismo tiempo, salpicándolo con esperanza.
"No olvidemos el toque final. No queremos confundir a los invitados. Pensarán que asisten a un funeral, en vez de a una boda." Agatha insertó el arreglo floral en la solapa izquierda del saco, asegurándola con un alfiler; la rosa roja resaltó en su pecho, la única fuente de color.
"Perfecto." Agatha dio su veredicto, sonriendo con mejillas rosadas. Bruce no pudo evitar regresarle la sonrisa, en el fondo nervioso—Agatha sería lo más cercano que tendría a Thomas Wayne en estos momentos. Se lo recordó; cuando el rencor de la ausencia quiso brotar de su garganta como espuma venenosa.
El reflejo de Agatha acarició ligeramente sus hombros desde sus espaldas, quizás compartiendo sus pensamientos.
"Lo derribarás de un sólo knock-out cuando te vea."
Bruce tragó saliva. "Nunca has hecho público tu género. ¿Por qué?"
El cambio de tema fue aceptado por lo que era; un detour. "Los Omegas tienen una tendencia a pasar desapercibidos en la historia familiar. ¿Para qué cambiar el estatus-quo? Además, Thomas siempre fue el foco de atención. La poca privacidad que pude tener, la atesoré con todo lo que pude."
"¿Por eso huiste de Gotham, cuando era pequeño?"
Agatha lo miró detenidamente. "Me fui porque la Corte de Búhos y tus padres estaban en guerra. No quería estar en medio. Yo también tenía gente que mantener a salvo de daños colaterales. Tu abuela, entre ellas."
La respuesta cargada de honestidad fue refrescante. Finalmente. Bruce obtenía verdaderas respuestas. "Mi padre me dejó una carta en caso de ser asesinado. La descubrí hace un par de años en su oficina subterránea."
"En su maldita cueva, querrás decir."
Bruce menguó una comisura de su boca. "En ella insinuaba que había cometido sacrificios que le habían costado caro… Me rogaba porque escogiera ser feliz, algo que ni él ni mi madre se habían permitido."
Agatha continuó observándolo.
"'No puedes tener tanto la felicidad como la verdad. Tienes que elegir. Te lo ruego, por favor elige la felicidad. A menos que sientas un llamado.'" Bruce resopló con irritabilidad al terminar su cita. Había sido tan joven al leer la maldita carta. Nunca se había sentido tan solo y confundido, leyendo los sentimientos crípticos de su padre plasmados en sabiduría torcida. "Por mucho tiempo, no pensé que la decisión fuera tan difícil… cualquier noción de verdadera felicidad me había aludido, de todas formas."
Luego.
Luego…
"Ahora, temo por perderla." Bruce carraspeó su garganta. "Estoy haciendo todo lo posible por balancear ambas cosas—mi deber y mi felicidad—pero siento que no podré contenerlos por mucho tiempo; tarde o temprano se deslizarán de mis manos como arena."
Su tía lo rodeó, plantándose frente al espejo. "Nada de eso, Bruce." Elevó la barbilla de su sobrino una fracción. "Hoy eres un hombre oficialmente. Hoy te convertirás en una fuerza que todos querrán frenar. Al diablo Thomas Wayne y sus expectativas. Esta es tu historia. Decide tu propio destino."
"Eso intento." Bruce relamió sus labios.
"Inténtalo más duro. Te has ganado muchos enemigos con esta decisión… Gordon te necesitará. Todos se irán tras su yugular por creerlo el más vulnerable. Lo vi suceder con Martha. El truco es nunca bajar la mirada. Nunca ceder terreno." Su tía sonrió con más filo. "Eventualmente los buitres volarán despavoridos."
Bruce se preguntó si esto hubiera sido el consejo que Thomas hubiera tenido para él, si la paranoia no lo hubiera consumido en sus últimos momentos. Sonó como algo que su padre hubiera deliberado con un guiño y una sonrisa depredadora.
Honrado, de cualquier manera, Bruce asintió su cabeza, encontrando un momento de unión con Agatha que últimamente carecían.
"De acuerdo, uf. Basta de drama." La Omega se limpió su frente con su mano, resoplando con una destilación de diversos sentimientos sin nombrar entre los dos. Su disposición morfó a un humor más ligero. "Ahora es mi turno, pollito. Intenta no atraer a matones de la Mafia, o ninjas asesinos mientras estés a solas, ¿quieres?"
Rodando sus ojos, el Omega comenzó a sentarse en la cama.
"¡Ni lo pienses! Arrugarás el traje."
Bruce gruñó. "¿Qué se supone que debo hacer? ¿Permanecer de pie como una gárgola?"
Agatha ya estaba en la puerta. "Lee algo. Escucha esa música infernal que tanto te gusta. Intenta derribar la pared con tu mirada asesina. ¿Qué sé yo? Lo que te haga feliz por los siguientes sesenta minutos que no involucren ese Armani siendo arruinado."
La puerta de la recamara retumbó como la amenaza más finita.
Bruce bufó por sus narices, incrédulo.
Su trasero estuvo a medio camino de caer sobre la cama, cuando recordó que era exactamente lo que no debía hacer—
"Maldición."
[+]+[+]
Para cuando Jim llegó a la estación de tren, la ruta de Chicago ya había dejado a sus pasajeros en la sala de espera. Sacudiendo su paraguas mojado, Jim buscó entre las personas sentadas en las bancas por alguna señal de familiaridad.
"Está fumando afuera de los sanitarios."
Jim rodeó sus propias espaldas en busca de la voz. Ryan, con una mochila colgando de su hombro, le saludó con un meneo de su mano, entretenido con su propio cigarrillo.
"Hacen la pareja perfecta." Jim observó con ironía. "¿Traen muchas maletas?"
Con el cigarrillo en su boca, Ryan apuntó a un par de metros en el lado oeste de la estación. En efecto, su madre charlaba con lo que ella creía era otro una persona inofensiva. A los pies de su madre, estaban dos maletas, una rosada de mediano tamaño, y otra más grande.
Jim tomó ambas.
Su madre casi se ahoga en su propia nube de humo, al detectar la nueva presencia en su periferia. "¡Dios! ¿Jim? ¡Santo Cielo, me sacaste un susto—¡Oh, éste es mi hijo! Justo estábamos hablando de ti."
"¡Oh Jim! Por fin te nos unes."
Jim comenzó a empujar a su madre de la cintura en sentido contrario a Oswald Cobblepot. "Ryan, toma a mi madre. Hay un Mustang afuera estacionado en doble fila, es mío." Le aventó las llaves al adolescente.
"¿Cuál es la prisa?" En sus brazos, su madre quiso frenar. Jim fue más firme, dándole el último empujón hacia Ryan. "Jim no seas grosero, déjame despedirme."
"¡Madame, por supuesto!" Oswald, en todo su esplendor teátrico, se escurrió entre Jim y su familia, tomando la mano de su madre para besarla. "No se preocupe. Estoy seguro que nuestros caminos se cruzarán más pronto de lo que cree. Después de todo… ¡Jim me ha invitado a la boda también!"
Con su paciencia tocando un límite, Jim se interpuso en medio de su madre y Oswald. "Ryan, ahora."
"Ya voy, rayos."
"Toda una dama, debo admitir. Dura de roer. Y ya veo de donde heredaste esos ojos, Jim."
"Cierra la boca." Jim siseó entre dientes, acercándose a Oswald hasta que sus narices estuvieran a un pelo de distancia. Evitó tocarlo; sabiendo que podía haber reporteros en los lugares menos sospechados. "Lo que sea que estés planeando, olvídalo. Hoy no es el día para hacerme enojar, Oswald."
"Jim, relájate." Oswald rodó sus ojos. "Sólo trataba de brindarte el perfecto regalo de bodas. Gotham es una ciudad muy peligrosa, después de todo. Cuando se supo que la mismísima madre de Jim Gordon estaba camino a la ciudad, sólo pensé que sería lo más correcto cerciorarnos de que llegara a salvo." Hubo una pausa. "¿Cierto Zsasz?"
Detrás de ellos, Víctor hizo un sonido aburrido, jugando con un aparato portátil de videojuegos en una de las bancas de espera.
"¿Ves? ¡Todo bajo control! Sólo haciéndote un favor." Actuando ofendido, Oswald infló su pecho con una bocanada de aire. "Considerando la larga cola de enemigos que adorarían saldar cuenta contigo al lastimar a tu madre, pensaría que te sentirías aliviado. Tal vez hasta—"
"¿Agradecido?" Jim fingió una sonrisa, retrocediendo un paso. "Piénsalo de nuevo."
"De acuerdo. Actúa con tu usual paranoia. Sólo trataba ser un buen aliado. ¡Víctor, mi paraguas!"
Víctor levantó su cabeza de consola, totalmente desinteresado. "Yo no lo tengo."
Jim había tenido suficiente de este pequeño espectáculo. Estiró su propio paraguas hacia el Pingüino, para que el hombre desapareciera de su vista con más rapidez. "Te lo advierto. Sólo un strike, Oswald y nuestra alianza se rompe."
Aceptando la ofrenda, Cobblepot rodó sus ojos. "Siempre un placer hablar contigo, Jim. ¡Nos vemos en un rato más! ¡Víctor, vámonos!"
Jim se dio la media vuelta, rogando porque Ryan no hubiera chocado su Mustang.
Afortunadamente, el Mustang permanecía en el mismo lugar, chasis intacto. La cabeza rubia de Ryan se asomaba del asiento trasero, mientras que su madre lucía impaciente en el asiento del copiloto. Jim alzó las solapas de su abrigo para cubrirse de la lluvia. Corrió hasta el lado del piloto, su temperamento ganándole a su cabeza fría. "¿A quién le contaste que venías en camino?"
Su madre le lanzó una mirada helada. "No uses ese tono conmigo."
Culpable, Jim respiró hondo para calmarse. "Lo siento. Es sólo—¿Por qué no me avisaste con más anticipación? Pude haberles comprado un vuelo."
"Odio volar. Lo sabes."
Jim arrancó el auto. "Mamá, conoces esta ciudad. Debes de estar enterada de todo lo que ha estado sucediendo. No es seguro viajar por tu cuenta sin una escolta de seguridad."
Tras un momento pensativo, Jim sintió la mano de su madre apretarle el antebrazo que sostenía el volante. "Mi hijo mayor por fin se casa. Es lo único que me importa. Ni mi desprecio por esta endemoniada ciudad podría impedirme no asistir—Ryan, baja tus zapatos del asiento. ¡El auto no es un motel ambulante!"
"¡Estoy cansando! Nos levantamos en la mitad de la noche para tomar el tren, mamá."
Jim rodó sus ojos. Esto, no lo había extrañado. "Los llevaré a la Mansión. Allí pueden comer algo y descansar antes de la ceremonia."
La cabeza de Ryan apareció por el espejo retrovisor. "¿Vives en una mansión?"
Jim hizo una mueca. "No… exactamente."
"Pero, vivirás en una, ¿no? ¿Cuando seas… Rey? ¿La mansión del niño billonario?"
"Ryan, siéntate bien y no hagas preguntas fuera de lugar."
Ryan se regresó a la parte trasera de la cabina con un gruñido de angustia adolescente digno de referencia en el récord Guinness. "¡Es sólo una pregunta! Dios. ¿Cómo debería llamarlo? En Metrópolis no actúan así de anticuados. Lex Luthor es un tipo como cualquier otro. Asiste a MetU, respira, come y se hidrata como cualquier mamífero. Aquí mencionas Wayne, y todos se agarran los collares de perlas de manera santificada."
Jim resopló una risa incrédula.
"¿Ves con lo que tengo que lidiar?" Su madre murmuró. "¿Y cuándo fuiste a Metrópolis? Suena como si estuvieras hablando por experiencia."
"¡Mamá, fui el año pasado! ¿No recuerdas la Convención de Ciencias al que nos llevaron en la clase de Física?"
"Mn."
"Su nombre es Bruce." Jim interceptó. Deliberadamente unió su mirada con la de Ryan. "Y no es un niño. En Metrópolis, Lex Luthor optó por un estilo de gobierno mixto. Su Casa es una soberanía que tiene que consultar con una cámara de diputados para cualquier decisión; da libertad a un tipo de gobierno más democrático. Sin olvidar que Lillian Luthor es la actual Reyna Regente. Una reina extremadamente pasiva y laxa, debo agregar."
Ryan procesó la información con una simple sacudida de sus hombros. "Es un tipo tranquilo. Algo nerd."
"¿Lo conociste?" Su madre se torció en su asiento hacia su hijo. "¿Cuándo?"
"En la Convención de Ciencias, mamá. Lo acabo de decir. Fue uno de los presentadores." Al dirigirse de nuevo a su medio hermano, el chico alzó sus cejas con curiosidad. "¿Y por eso aquí las cosas son… diferentes? ¿Por qué Bruce es un Rey en completa capacidad?"
"Eventualmente, lo será." Jim lamió sus labios. "Sus padres fueron asesinados en un callejón hace cuatro años. Por eso, cuando mencionas Wayne, la gente de la ciudad se 'agarra las perlas', como has descrito con elocuencia. Los Wayne fundaron Gotham. Eran buenas personas, y murieron de manera trágica e injusta. Son considerados básicamente Santos, a los ojos de cualquier ciudadano."
La expresión del muchacho se suavizó un poco con simpatía. No siguió con su línea de cuestionamiento, optando por estirarse por el asiento con más flojera.
Jim se tornó a su madre. "Así lo conocí."
Hubo una pausa. "Lo sé. Estuvo en los periódicos, cariño… Debí imaginar que serías succionado por Gotham en cuanto pisaras el asfalto."
Jim bajó el tono de su voz. "No lo juzgues antes de conocerlo."
Dawn dio una risa algo irónica. "Algunas cosas no cambian."
"¿A qué te refieres?"
Su madre optó por mirar más allá de su venta, rehuyendo de su atención. "Ojos al frente, James."
El déja vú lo barrió de pies a cabezas. Sólo el timbre de su móvil le detuvo por seguir insistiendo sobre la misteriosa referencia. Al ver el número, Jim se preparó para el sermón de su vida. "Ya voy en camino, Alfred."
"No tan rápido. Tenemos un problema... Uno extremadamente épico."
Por supuesto. ¿Qué más podría descarrilarse de curso, hoy? "¿Qué sucede?"
"Es la catedral."
[+]+[+]
"Miren quien regresa a su redil." Harvey salpicó café por el piso al divisarlo entrar a la estación por las bodegas en reparación. "Jim. ¿Dónde demonios—?"
"Mamá." Jim dictó con efusión, frenando a Harvey con la mera palabra. "Te presento a mi compañero, Detective Harvey Bullock. Harvey, te presento a Dawn Gordon."
Detrás de Jim, Dawn avanzó algo renuente. Le sonrió a Harvey, sin embargo. "Mucho gusto, Detective. He escuchado mucho de usted."
"Dawn Cohen." Harvey murmuró, apresurado a estrechar la mano de su madre. "Fue la persona que llamó hace rato."
"Es el apellido de mi segundo esposo. Descanse en paz." Dawn explicó. "Esposo de palabra, quiero decir. Nunca nos casamos de manera oficial." Su madre le aventó una mirada a Jim, como si estuviera preocupaba de la opinión de su hijo. "Me gusta utilizarlo, de todas formas. Especialmente cuando quiero viajar bajo el radar. El legado de Peter es algo de lo que aun… no puedo desasociarme, al regresar a la ciudad."
"Bien pensando." Si Harvey no cerraba su bocota, moscas comenzarían a metérsele. "¿Café?" Apuntó hacia la cafetería a sus espaldas.
Afortunadamente, Dawn aceptó cualquier medio que la ayudaría a recuperarse del frío y de la lluvia. Jim aprovechó la distracción para jalar a Harper a su lado. "Necesito un favor."
"A este paso, me deberás pagar con días extras de vacaciones."
"Puedes tomarte un mes sabático si se te antoja." Jim apuntó hacia su madre. "Necesito que estés al pendiente de mi familia. Harvey y yo tenemos que atender un problema referente a la boda. No tardaré. Pídeles algo de comer; llévalos a mi oficina para que descansen en paz, reporteros han comenzado a rodear allá afuera. Tuvimos que entrar por detrás del precinto."
"¡Mamá, mira!" La exclamación, típica de un adolescente fácilmente impresionado, atrajo la atención deseada. Desde el área de las celdas, Ryan modelaba una de las gorras de los oficiales. "Soy un policía. ¡Pffft, pffft! Hasta la vista, baby."
Jim volteó hacia Harper, enfático. La mujer suspiró, cediendo. Se apresuró hacia Ryan con una espina dorsal que le faltaba a su propia madre.
"De acuerdo, niño. Suficiente diversión. ¿Quieres una dona?" Harper le quitó el sombrero del oficial Moore y lo regresó al escritorio inhabitado de donde lo había tomado. El truco de las donas pareció funcionar.
Media hora después, Jim y Harvey analizaban la escena del crimen.
"Hombre, el lugar está completamente inundado."
Jim, manos en la cintura, observaba al personal de mantenimiento de la catedral caminar entre la capilla y el altar con botas de plástico. "Fue la lluvia. El sistema de alcantarillado se desbordó con agua y se rebosó por una tubería que ya estaba en malas condiciones."
"Mira a esos pobres imbéciles." Harvey se recargó en el balcón del segundo piso de la Catedral—la única manera de entrar a St. Marie sin empaparse. Frente a ellos, los empleados hacían todo en su poder por mover los bancos hacia la parte frontal de la iglesia, donde el agua estaba siendo barrida a la calle. Si no se movían rápido, la madera estaría arruinada. "¿Cuál es el plan B? ¿La capilla que usaron para la Coronación?"
"Es demasiado pequeña para trescientos invitados. El salón que Alfred alistó es exclusivo para la recepción. Me pidió venir en persona a revisar el daño y saber exactamente a lo que nos enfrentábamos."
"Bueno, este lugar no se secará en tres horas, Jim. Hay otras Iglesias." Bullock ofreció con una expresión abierta.
Jim regresó su atención al piso inferior. "Es una lástima. Los padres de Bruce se casaron aquí."
"Hace una década. Apuesto que las tuberías todavía funcionaban. Ya no hacen las Catedrales como antes, viejo. Algo que admiro del precinto es que es una fortaleza. Bombardéanos, píntanos grafitis, tiranos un ciclón—Ese castillo de metal sigue de pie siempre."
"Supongo que podemos escoger otra Iglesia, pero tomará tiempo coordinar todo. Se le tendrá que notificar a los invitados y a la prensa—Demonios. ¿Qué otra iglesia tiene la misma capacidad de personas que el St. Marie?"
"Mm." Harvey hizo una mueca. "Buena pregunta. Averiguarlo también tomará tiempo."
Jim frunció se ceño. ¿Qué tan loco sería…? "El GCPD fue construido con metal restante de los puentes de la ciudad. Por eso su durabilidad."
"Supongo, Señor trivia."
"No, Harvey. Escucha." Jim se agazapó junto a Bullock en el balcón, comenzó a susurrar. "Los puentes que fueron construidos por los antepasados de Bruce. Ese simbolismo debe ser una maldita señal."
"¡Oh!" Harvey masticó la idea, probablemente pensando en la logística del asunto. Se mostró impresionado con sus propias estimaciones. "Supongo que se puede hacer con menos burocracia de por medio."
"Llama a Alfred. Que re-dirija las tropas."
Harvey comenzó a alejarse, sacando su móvil. "Podemos transmitir un boletín en las noticias sobre el cambio de lugar. Nos ahorrará tiempo y esfuerzo."
Jim sonrió. "Hazlo."
[+]+[+]
El toquido a su puerta lo salvó de arruinar su peinado, el cual Bruce ya estaba por destruir por la frustración montando en su ser.
"Adelante."
Selina se asomó por otro lado de la puerta. "¿Está presentable, Su Majestad?"
Bruce cerró el libro que había estado hojeando. "Gracias a Dios. Estoy volviéndome loco."
Selina entró por completo a la habitación. "Tú y todos los demás. Andan como gallinas sin cabeza por toda la Mansión—Oh, wow."
Bruce se sonrojó con la llamativa reacción de la chica. Bajo diferentes circunstancias su ego lo apreciaría—pero en este caso, sólo le provocó a Bruce querer hiperventilar.
"Cielos, ¿vas a vomitar?"
"Quizás." Bruce no apreció la carcajada de Selina. "¿Qué haces aquí tan temprano?"
La chica comenzó a curiosear por su tocador, tomando prestado algunos de los labiales de Agatha. "Alfred pensó que necesitarías el apoyo moral. O una bofetada, cualquiera de las dos opciones."
"Tú también luces muy bien." Bruce ofreció, apreciando la compañía. No mintió, la chica sabía lucir su vestido completamente dorado y satinado. "Me gusta el cabello."
Los típicos mechones rizados de la joven caían por su espalda en estilo más alisado, sostenido de su sien derecha con un peine adornado de perlas.
"Si vas a vomitar, probablemente deberías quitarte el traje primero."
"Cambié de parecer—Estoy bien."
"Te ves verde."
Bruce se dirigió a la puerta de la recámara. "Necesito aire fresco. ¿Vienes, o te quedas?"
Salir de su habitación fue una aventura por sí sola. Habían empleados por todas partes, tan acostumbrados a su presencia, que ver al Rey escabullirse por la Mansión, no les causó ningún tipo de reacción fuera de lo normal.
Al llegar a la planta baja, Bruce deseó encerrarse en la cueva subterránea de su padre y no salir hasta que el día se hubiera acabado. Nunca se acostumbraría a estar rodeado de tanta gente.
"Selina, se suponía que debías mantenerlo ocupado, no corriendo por el lugar como cañón suelto." Alfred los interceptó en el pasillo que conectaba el vestíbulo, la cocina y el estudio. "Pst. Tan estresado a su joven edad, amo B. Alégrese, ¿quiere? Es su maldita boda."
"¿Pasa algo?" Bruce no perdió de vista la prisa con la que María y los demás trabajadores estaban sacando cajas de decoración por la puerta principal. Eran las doce del día, una hora antes de la boda. ¿No se suponía que la Iglesia ya debía de haber sido decorada?
"Ligeros cambios de planes." Alfred masculló, controlando la fluidez del personal caminando por el vestíbulo. "La ceremonia será atrasada con otra hora de gracia."
"¿Por qué?" Bruce se le plantó con firmeza en medio de la puerta.
"Tengo el traje." Agatha interrumpió, bajando las escaleras ya arreglada y con el forro plateado de dicho traje bien sujeto en su mano izquierda. Adicionalmente, la mujer cargaba con una mochila. Fue graciosa verla en un vestido casi idéntico al de Selina, con la excepción de estar portando converse rojos. "Llamé a Gordon. Ya sabe que estamos en camino."
Bruce no pudo evitarlo.
Entró en pánico.
"¿Camino a dónde? ¿Dónde está Jim?"
"Calma. Le digo que todo está marchando bien." Alfred sostuvo su hombro, clavando sus miradas juntas. "Lo prometo, chico. Respira. Gordon, Bullock, la Señorita Agatha y su servidor sólo estamos… improvisando."
"Pollito, no arruines tu maquillaje." Agatha hacía maniobras poco humanas para sacar las llaves de su auto y sostener todo lo que traía encima. "No olvides las Coronas."
"Claro que no olvidaré las Coronas." Alfred renegó. "Dejaré a María a cargo. El amo Bruce y yo los alcanzaremos en el GCPD en media hora."
"Gordon dijo que llegaran por la parte trasera del edificio. Los reporteros han comenzado a acampar en la entrada. Sólo empeorará cuando la prensa se entere del cambio."
"Entendido."
Agatha se marchó.
Bruce y Selina se miraron el uno al otro con la misma confusión. Repitieron al unísono. "¿El GCPD?"
[+]+[+]
"¿Segura no te aburrirás sin mí?"
Tabitha continuó limpiando la barra. "Alguien tiene que trabajar mientras tu disfrutas de la alta vida social."
"Prometo no desvelarme." Bárbara le lanzó un beso al aire. Luego, recordó revisar su pequeño bolso por su arma. Sip, bien cargada para la ocasión. "Perfecto. Uno nunca sabe."
"Oye." Tabitha salió del área del bar para acercárcele. Mientras Bárbara seguía revisando su lápiz labial, la mujer le quitó un cabello del escote de su vestido. "Diviértete, ¿de acuerdo? No más zombies. No más brujas malagradecidas."
"Claro, mamá." Bárbara rodó sus ojos. Luego, le sonrió. "Te llamaré si alguien estira la pata."
"Apreciaría la misma clase de advertencia, señoritas."
Bárbara se tornó hacia la entrada, donde la peste a pescado fue el presagio de la entrada de Oswald Cobblepot. Cojeó con seguridad de no perder sus pelotas, gracias a sus gorilas guardaespaldas.
"¿Qué diablos haces aquí, Cobblepot? Pensé que había sido clara la última vez."
"Vengo en son de paz, Señorita Kean." Oswald se dirigió al bar. "¿Alguien está atendiendo? Terrible servicio."
Tabitha rodó sus ojos, pero caminó al bar. "¿Qué quieres? ¿Veneno de ratas?"
"Que fría." Oswald murmuró. "En fin, hubo un ligero cambio de planes. Jim Gordon pidió de favor darles el aviso, y sí se ocupaba, servir de escolta hacia la misa. Revisa tu celular, querida. Jim sabía que difícilmente tomarías mi palabra como un hecho."
Barbará gruñó. En efecto, Jim había dejado un par de llamadas en su buzón y un mensaje de texto. En resumen, la Catedral St. Marie había sido inundada. "Una boda bajo rejas. Jim sí que tiene buen gusto."
"Evadiste una bala, al no casarte con el hombre." Oswald se burló. Se ganó una mirada asesina de parte de ambas tenientes del Sirens. "¡De acuerdo! No tienen sentido del humor, por lo que veo. ¿Lista? No quiero atorarme en el tráfico. Jim no pudo haber escogido peor lugar en la hora pico."
…Bárbara, necesito un favor. No confío en el Pingüino. Acompáñalo a la boda. No le quites la mirada de encima y dispárale en una pierna si lo crees prudente. –J. G.
El mensaje había sido bastante claro. Jim en verdad debía sentirse desesperado para rogarle con tanta dulzura.
Jim no tenía idea de lo alto que este favor le costaría.
Bárbara sonrió de oreja a oreja. "En marcha, pajarito."
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Jim recordaba el virus de Tetch.
Recordaba el hambre circulando su sistema, la fuerza incontrolable—el placer de perder el control de sus propias emociones. Había creído en aquel entonces que había obtenido su final feliz. Con Lee a su lado. El mundo a sus pies, sólo esperando a ser tomado.
Recordó la manera en la que había lastimado a Harvey en la estación de tren. La culpa. El horror. El arrepentimiento.
Recordó la primera vez que había dejado a Lee; en su convertible, embarazada. Esperando a que Jim Gordon cambiara su naturaleza.
Jim ahora reconocía, que aquel día había sido su última oportunidad en tener una vida normal. Una vida cotidiana, lejos del peligro de Gotham y de la vida policial.
Jim había escogido el peligro. Había escogido ayudar.
Irónicamente, porque Bruce lo había necesitado.
-¿Acaso siempre me he dirigido a este momento? Jim se preguntó, frente al espejo de los vestidores, a solas.
Tal vez.
Bruce había estado allí, desde el primer día. Por más que se distanciaran el uno con el otro con el pasar de los años, parecía ser que Jim y el Omega tenía una habilidad resiliente en volverse a encontrar. Justo en el ojo del huracán.
Jim había corrido toda su vida de cosas buenas. No se había creído digno a aceptarlas; de disfrutarlas.
"Sigue pedaleando, muchacho." Peter Gordon murmuró en su cabeza. "La lluvia eventualmente se acabará. El cielo se tiene que secar algún maldito día."
Añoraba detenerse. Deseaba dejar de huir.
"¿Interrumpo?"
Jim brincó del susto. "Dios. Recuérdame comprarte una campana."
"Siempre supe que eras un mañoso, Jim."
"¿Cómo va todo?" Jim revisó los gemelos en sus muñecas. Las encontró igual de bien ajustadas que hacía diez minutos.
"Será mejor que lo veas por ti mismo." Harvey se recargó en la pared que daba al lavamanos que Gordon ocupaba. "Mírate nada más. Luces como una superestrella."
Jim giró sus ojos para disimular sus nervios. El traje blanco no hubiera sido su primera elección, pero tenía que admitir que era cómodo. Ligero como una pluma. "¿El Arzobispo ya está aquí?"
"Está haciendo una zanja en el altar, pero listo. La gente que teníamos en las celdas fueron transportadas con éxito a las celdas interiores. Alfred tiene a los invitados acomodados por tamaña, color y sabor. Y el chiquillo está resguardado en tu oficina, cortado de todo contacto embarazoso con tu familia. Justo como lo ordenó, Capitán."
"Bien." Jim se dio un último vistazo. Dio un paso atrás, girando su cuerpo hacia Bullock. "Bien." Esta vez, se escuchó más determinado. "Estoy listo."
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"Es hora." Alfred le sonrió.
Bruce apretó sus puños. "Mis manos están sudando."
"No es para menos." Alfred estiró su brazo en invitación. "Después de usted, Su Majestad."
El Omega respiró. Flexionó sus dedos para obligarlos a volverse laxos. No tensos.
Dio el primer paso.
No hubo campanadas.
No hubo marcha nupcial.
Bruce sólo escuchó la banda sonora de su propio corazón, al bajar los escalones del tercer piso.
Desde tal altura, tuvo la vista entera del edificio. El precinto estaba lleno de personas, todas de pie, a la expectativa. A donde fuera que Bruce fijara sus ojos, solo había cabezas.
En el segundo piso, el Arzobispo se encontraba en espera sobre la plataforma de madera que habían adaptado en altar. Los barandales habían sido decorados con gardenias y listón blanco, y habían juntado todas las sillas del precinto para crear filas en la planta baja.
A mitad de la trayectoria por las escaleras, Bruce pausó. Sus dedos tocaron un puñado de gardenias.
Del lado contrario, en las escaleras paralelas, miró a Jim Gordon descender por igual. El flashazo de blancura fue inconfundible.
Bruce respiró hondo.
Continuó, no queriendo atrasarse. Se suponía que debían arribar al altar al mismo tiempo.
"Calma, muchacho. Respire."
Cierto. Respirar. Era importante respirar. Eso y no caer rodando por las escaleras.
Descubrió rostros conocidos en el segundo piso—Agatha, y su tío Nathan, esperando de su lado de las escaleras para simbolizar a cuál lado de la familia pertenecían.
Al tocar el piso firme de su destino, Bruce siguió el sendero de velas encendidas.
Lo guiaron directamente a Jim.
Bruce parpadeó. Su corazón sólo se aceleró.
Jim sonreía a labio cerrado, una mujer rubia sosteniéndose de su brazo mientras completaban su lado de las escaleras. La mujer tenía que tratarse de su madre. Tenían los mismos ojos.
Bruce respiró con más soltura. Dio los pasos finales, subiendo a la plataforma de madera. A sus espaldas, Alfred se colocó cerca del balcón, en un punto medio entre el Arzobispo y su protegido.
Jim repitió el mismo ritual. Se soltó gentilmente de su madre al acercarse al altar; sobando la mano de la mujer una vez más, antes de dejarla ir. Después, la mujer imitó la postura de Alfred, sólo que del lado opuesto, acompañada de Harvey Bullock.
Entonces, la espera por fin concluyó. Jim Gordon subió al altar, luciendo como su total oposición. Blanco y negro.
"Hola." El hombre emuló con su boca, aunque sin voz.
Bruce intentó sonreírle. La manera en la que Jim lo contempló le llenó de calor.
"Pueden sentarse." El Arzobispo anunció. El comando fue llevado a cabo, con un estruendo de sillas rechinando al mismo tiempo. Cuando la quietud fue presente, Francis Gutella prosiguió. "Estamos hoy reunidos para celebrar una unión que definirá nuestro futuro."
-Sin presiones. Bruce quejumbró mentalmente.
"Bruce Thomas Wayne, el Primero de tu nombre, ahora referido como Bruce I, el Forjador de la Dinastía Wayne, Rey de la ciudad de Gotham. Hoy es el día en que pides sumisión de James Worthington Gordon, el Primero de su nombre, el Primero de su Casa, Primogénito de Peter y Dawn Gordon, para unirse en Santo Matrimonio."
Bruce reconoció la señal. Como dictó tradición, el Omega alzó su mano izquierda, palma arriba.
"¿Me aceptas?"
La manzana de Adán del Alfa brincó, con la fuerza que tragó saliva.
Levantó su mano, colocándose sobre la suya.
"Te acepto." Raspó de su garganta ronca.
El Arzobispo carraspeó su garganta. Fue el turno de Agatha, por ser el único miembro sobreviviente de la familia Wayne aparte de Bruce. Rodeó las espaldas de su sobrino para aparecer del otro lado del altar.
Sostenía un listón de seda en sus manos, bordado con la insignia renovada de la Dinastía Wayne. "Yo, Agatha Gertrude Wayne, avalo esta unión." Con destreza, la mujer entrecruzó el listón sobre las manos conectadas de Alfa y Omega. "En nombre de mi querido hermano y mi querida hermana, Thomas y Martha Wayne."
Bruce parpadeó con sorpresa. Eso último, no había sido parte del guion.
Jim apretó sus dedos, atrayendo su mirada del suelo. Encontró finura en su expresión; preguntando en silencio—¿Estás bien?
Agatha deshizo el listón. Dio un paso hacia atrás.
"Los anillos." El Arzobispo enunció.
Alfred, y la madre de Jim—Dawn—dieron un paso hacia el centro, cada quien sosteniendo las alianzas de matrimonio en dos cojines de terciopelo.
"Ahora, el Consorte hará entrega del anillo. James, repita después de mí." Gutella prosiguió. "Que todos sepan que con este anillo yo, James Worthington Gordon, me entrego, hasta que la muerte nos separe."
Jim desvinculó su mano izquierda de Bruce por un momento. Se tornó a su sonriente madre. La mujer fue valerosa frente a su hijo. Nunca flaqueó al ofrecer la sortija. Nunca dejó a Jim flaquear tampoco.
Rígida fue la mano que Jim acogió con la suya, levantándola al nivel de sus pechos.
Deslizó el anillo por el dedo de Bruce sin preámbulos. "Que todos sepan que con este anillo yo, James Worthington Gordon, me entrego, hasta que la muerte nos separe."
"¿Tiene votos personales para compartir?"
Jim asintió. "Sí, los tengo." Aclaró su garganta. "Bruce."
El Omega le imitó. "Jim."
Humor bailó por el rostro del Alfa. "Nos conocemos desde varios años ya. La mayoría del tiempo, se siente más del que es en verdad…" El pulgar de Jim acarició deliberadamente la muñeca que tenía aun cautiva. "En mi vida, le he fallado a muchas personas. Personas cercanas a mí. Al final, las he dejado ir porque… Era fácil, ¿sabes?"
Bruce asintió, frunciendo su ceño.
Jim dejó su boca colgar por un momento, no indeciso. Mesurado.
"Me rehúso a fallar de nuevo. Cada vez que te veo, que hablo contigo, y que estoy cerca de ti—Quiero ser mejor. Un mejor amigo, un mejor compañero. Quiero ser un mejor hombre… Porque todo lo que deseo que recibas de mí, quiero que sea lo mejor que tenga para darte. Siempre. Sin excepciones."
De cabeza a pies, de esqueleto a nervios, Bruce sintió estremecerse.
"Te acepto." El Omega dictaminó con tono alto. "Te acepto, James Worthington Gordon." Miró el anillo, ahora afianzado con la sortija de Peter Gordon.
Al volver a Jim, vio que los ojos del Alfa se habían oscurecido.
"A todas las versiones." Bruce agregó de último momento. "Hasta a las más enojonas."
Hubo risas entre Bullock, Alfred y algunos Detectives. De Jim, logró extraer una suave sonrisa.
"Ahora, el Rey otorgará la marca a su Consorte. Su Majestad, entregue el anillo y repita después de mí." Gutella prosiguió. "Que todos sepan que con este anillo yo, Bruce Thomas Wayne, te escojo, jurando lealtad, y protección por sobre todas las cosas. Hasta que la muerte nos separe. Puede agregar sus propios votos si los tiene."
Bruce se tornó hacia Alfred, tomando la sortija, dorada para hacerle juego al anillo de Compromiso que Jim había aceptado.
"Que todos sepan que con este anillo yo, Bruce Thomas Wayne, te escojo—Jim—jurando lealtad, y protección." Cortó la oración.
Los votos que había practicado, se esfumaron. Bruce relamió sus labios, deteniéndose para recolectarse.
Pensó en la arena, deslizándose por sus dedos. La verdad o la felicidad. No puedes tener ambas, hijo.
-Tengo que intentarlo, al menos. Bruce desafió para sí.
Al final, optó por honestidad como la mejor política. Con Jim y consigo mismo.
"Juro lealtad, protección y por sobre todas las cosas, amor."
Los ojos de Jim se engrandecieron.
Bruce alzó su barbilla. "Hasta que la muerte nos separe."
"Que se sepa entonces, que desde hoy, Bruce Wayne y James Gordon son un solo corazón, una sola carne. Una sola alma. Maldito será, el que intente desgarrarlos."
Se permitió una pausa durante la ceremonia para que el momento cobrará peso, tan cerca del final. Gutella cerró su pequeño libro, dejando sus brazos descansar a sus costados.
El silencio prosiguió.
El Arzobispo sacudió una mano impaciente. "¿Qué esperan? Pueden besarse, muchachos."
Carcajadas retumbaron por el precinto, pero Bruce no fue uno de ellos. Estaba demasiado nervioso.
Jim le jaló de sus manos unidas; de la sorpresa haciéndolo tropezar. Lo atrapó contra su pecho y Bruce alcanzó a ver que el bastardo estaba sonriendo.
Los aplausos explotaron por el GCPD, en el instante que sus bocas se tocaron.
Las orejas del Omega—y las de Jim por igual, podía asumir—vibraron con la escandalosa mezcla de gritos de triunfo, chiflidos, y estruendos del metal de las celdas siendo golpeadas con batutas de policía.
Bruce abrió su boca, gimiendo con arrebate. La lengua de Jim se le encaramó sin mesura, profundizando el beso; al diablo la inmensidad de desconocidos viéndolos. Su apertura conmovió a Bruce. Se colgó del cuello del Alfa con más ímpetu, dejando que su peso fuera soportado por el otro hombre.
"¡Woo-hoo!" La voz de Harvey Bullock reinó entre el caos. "¡Genial! ¡Ahora, a embriagarnos, gente!"
Una risa de parte de Jim desplomó el beso nupcial. No se apartó de Bruce, sin embargo. Apoyó la espalda del Omega con su brazo, y la mejilla de Bruce con su palma opuesta. No articuló una palabra. Sólo siguió sonriendo, sus dientes tan blancos como su traje.
"Ejem. No tan rápido." Alfred hizo una mueca, cuando atrajo la atención de los Novios. "Primero que nada, la recepción es hasta las seis de la tarde, Harv'. En segunda, el Capitán tiene otro pendiente involucrando cierta Corona. En su cabeza."
Oh.
Cierto.
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Fin de Parte 17.
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NdA: Literalmente me detengo aquí porque ESTOY CANSADA. Escribí este capítulo en dos días seguidos, casi sin parar. Pero no se preocupen, a esta boda le falta mucho para terminar. La coronación de Jim. Las fotos. La recepción. Oswald siendo inapropiado. Los Wayne conociendo a los Gordon. El discurso de Harvey Bullock. Bárbara siendo inapropiada. Jim y Bruce siendo más cursis. Harvey y Alfred siendo cursis también.
Y LA LUNA DE MIEL.
Sí, George RR Martin, me robé tus votos de bodas y tu estilo de boda para esta historia. Vete a terminar los libros.
Además…
QUERIA MI BODA BRIM EN EL GCPD COMO EN LA TEMPORADA 5 PORQUE LEE THOMPKINS NO LO MERECE. A LA MIERDA EL CANON.
Ok, ahora sí me voy a dormir.
