Capítulo 4: "Amar y morir en Kentucky"
Agarraba el volante con tanta fuerza que lo habría podido arrancar de su tuerca. Estaba furioso, furioso con todo en mi vida, y ahora había encontrado una foco donde canalizarla. Después de años de soportar a Dean mi viviendo a costa de mi madre, tratándonos a ella, a mi hermana y a mí como a basura, y haberme insultado, humillado y pegado de todas las formas que acertaba a recordar, ahora era él quien me iba a pagar a mí. Una tras otra, todas ahora.
Milagrosamente no atropellé a nadie con el taxi robado, lo cual no estaba mal para no haber prestado la menor atención a lo que estaba pasando en la carretera. Llegué rápido y sin incidencias al Black Prince; allí estaba él con sus patéticos Minions, bebiendo cerveza barata y hablando y riendo como cerdos. Se iba a enterar, cómo se iba a enterar.
-¡Eh, Dean!-le grité sin bajarme del taxi.
-Eggsy, menuda puta sorpresa-se volvió hacia mí burlándose-. ¿A quién se la has comido para que te diera trabajo de taxista?
Durante los meses que no había pasado por casa Dean no se había molestado en cortarse el pelo, que ahora le caía a los lados de las orejas, salpicado de surcos blancos. También le había crecido la barriga, y trataba de sujertarla con un cinturón de cuero marrón auténtico por encima de una apestosa camisa de cuadros. Su aspecto era lamentable, pero aún así parecía más que dispuesto a enfrentarse a quien se le ocurriera levantarle la voz.
-Vengo de casa de mi madre; he visto lo que le has hecho.
-Así que ya has visto el regalo que le dejado a Sharon, ¿eh? Os servirá de recordatorio a los dos, para cuando decidáis comportaros como pequeñas zorras y meteros donde no os llaman.
-He pensado en venir a verte y hacerte yo a ti un pequeño regalo, ya sabes, en pago por eso.
-¡Ja! ¿Desapareces medio año y te conviertes en un puto pijo, para venir a amenazarme?- dejó la jarra en la terraza y camino hacia el taxi tambaleándose-. Muchachos, que alguien grabe esta pelea. Serán solo dos golpes, uno en su cara y otro cuando su cabeza hueca choque contra el suelo.
Mi cabeza ya estaba puesta en todas las cosas horribles que le iba a hacer yo a la suya, pero las ventanillas del taxi, que habían venido abajo durante todo el viaje, se subieron solas y el coche arrancó.
No. Mierda, ahora no.
Ya imaginaba dónde iba a ir a parar a continuación, aunque lo que había oído de ello era solo rumores que circulaban por la central sobre viejos reclutas que se habían saltado las normas.
Golpeé enfadado el volante con los puños e intenté abrir las puertas, sin éxito.
-¡No me jodas, ha pegado a mi madre!
Como cabía esperar el coche no me hizo ni caso y arrancó sin que yo pisase el acelerador. Hice un ultimo intento de frenar a fondo pero ya había perdido el control sobre el vehículo, y solo me quedó cruzarme de brazos mientras el gilipollas de mi padrastro y sus colegas se reían de mí mientras el taxi me llevaba a toda velocidad. Según veía desfilar las casas ante mis ojos por la ventanilla me iba haciendo más a la idea de lo que me iba a encontrar cunado el taxi llease a su destino.
En poco rato, me bajé del vehículo detenido delante de la entrada de la casa de Harry. Entré sin llamar, sin sorprenderme de que la puerta de la calle estuviera abierta y, la verdad, sin importarme siquiera si él me daba permiso para asaltar de ese modo su recibidor. Al entrar, me encontré con las paredes repletas de cajas planas de cristal con mariposas disecadas, esas que ya me eran tan familiares que hasta había llegado a aprenderme algunos nombres. También salió a recibirme Harry, con la mirada menos amistosa y más llena de decepción que le había visto dirigir a alguien que no fuera a matar. Por un momento se me pasó por la cabeza la loca idea de que podría matarme allí mismo si quisiera.
-Tenías un estúpido trabajo que hacer y lo has echado a perder- el enfado y la decepción que había en su voz me encogieron el estómago. Por primera vez en todo ese fatídico día sentí ganas de llorar-más tarde me daría cuenta de que no sería la única vez- y de compadecerme de lo idiota y perdedor que era y siempre sería, pero me armé de orgullo de chico malote y mantuve mi postura.
-¡No me contaste que tenía que disparar a JB! ¿De verdad esperabas que matase a mi propio perro?
-Sí, lo esperaba-vestido con una chaqueta de lana color beige y unos pantalones marrones con pinta de ser muy cómodos, Harry parecería tu vecino de al lado, el que te deja pasar primero al autobús, pero ese solo era una de las muchas apariencias que el mostraba solo a unos pocos. Por primera vez, me di cuenta de que ninguno de los dos llevaba la ropa de trabajo; ninguno de los dos parecía un caballero-. Tenías un oportunidad de oro para hacer algo bueno con tu vida y la has desperdiciado por un puto perro.
Estaba cada vez más enfadado, y con mi enfado aumentaba el torbellino de sentimientos en mi interior. No sabía si tenia ganas de romperle la boca a puñetazos o hundir la cara en su pecho y romper a llorar.
-No, no lo entiendo-oh no, mi barrera se empezaba a derrumbar-, tú no disparaste a Mr. Pickle. No, se murió de pancreatitis, ¡me lo dijiste, me lo dijiste ayer!
-Sí, se murio de pancreatitis. Se murió en mis brazos ¿Sabes? Lo sostuve hasta el último momento. No tienes ni puta idea de lo que ese, de lo que es llorar sobre el cuerpo de tu amigo.
A mi cabeza llegó una imagen bien clara de un Harry de veintitantos años, menos curtido, menos invulnerable y más hombre que caballero, llorando como un niño encima del pelo de su perrito. No sabía por qué se me habría ocurrido pensar en una imagen como esa; posiblemente porque la idea de ver a Harry Galahad deshacerse en llanto por un compañero caído en combate se me hacía imposible. Harry "Galahad" Hart, el ángel de hierro, no lloraría la muerte de un amigo.
-¿No tengo ni puta idea?¿Cómo puedes hablarme tú de lo que es la pérdida, precisamente a mí?-sabía que no ganaría esta pelea contra mi mentor pero mi cerebro ya había desconectado de mi boca hacía mucho rato así que pense que podría causar un poco de destrucción masiva-. ¿A mí? ¿Es que ya no te acuerdas de como mi padre perdió la vida salvando la tuya?
La mirada gélida de Harry pareció derretirse un poco, lo justo para dejar asomar una chispa de dolor, no sabía si por la muerte de mi padre-su amigo- o por lo insensibles que habían sido mis palabras. Durante una fracción de segundo, pensé que había conseguido herirle, arañar un poco esa coraza de serenidad y educación que lo ponían completamente fuera de mi alcance. Al menos eso fue lo que me pareció durante un instante, antes de que me arrepintiese con ganas de todo lo que acababa de decir desde que puse un pie fuera del taxi. Harry ahora no solo estaba decepcionado por como había fracasado en mi examen sino por lo cruel que había resultado ser intencionadamente con el hombre al que le debía tanto.
-Lo siento mucho, no debí decir todo esto, yo- la lengua se me había hecho de trapo y ahora sí que tenía ganas de esconder mis ojos para que nadie viera toda la vergüenza que se asomaba por ellos, pero no podía esperar que Harry me recibiera en sus brazos para consolarme después de como me había dirigido a él. No sabía si podría volver a hacerlo en el futuro. De todos modos, hubiera preferido que me taladrase con la mirada, que me cortase con insultos o que me cruzase la cara de un bofetón por insolente. Lo habría aceptado, pero habría sido lo mismo que volver a verlo armarse de Galahad y mirarme como si leyese mi currículum en mi piel. Ya volvía a estar fuera de mi alcance, y bravo por mí, porque había conseguido alejarlo yo mismo.
-Hablaremos de esto cuando vuelva, tengo que irme a terminar la misión en Kentucky.
Se colocó las gafas y sentí por alguna razón que era lo mismo que si se hubiera colocado al otro lado de un cristal reflectante: podía verlo y oírlo, pero Harry estaba en una dimensión de la cual yo ya no participaba. Se dirigió escaleras abajo fuera del estudio, supuse que escuchando las indicaciones de Merlin sobre donde estaba Valentine y como podrían llegar hasta su objetivo antes que él. Se había puesto su armadura invisible.
Las veces que me había encontrado a Harry Hart en modo combate había tenido la suerte, o la precaución, de quitarme de entre él y su víctima, si no quería convertirme yo en una más, pero esta ocasión me había dejado la prudencia en casa.
-Harry, por favor necesito que- le agarré por donde el brazo se unía al hombro, casi esperando que me arrastrara o me empujara, pero lo que hizo fue apartarme la mano suavemente con la suya y volver la cabeza lo justo para que yo le viera de perfil pero no los ojos .
-Hablaremos cuando vuelva, espérame aquí.
Se dirigió a su habitación y desapareció tras el marco de la puerta. Yo me quedé plantado en el pasillo. Pensé en ir a mirar en su portátil para saber a dónde lo habían destinado exactamente, para asegurarme de que si no podía estar con el al menos podría saber donde estaba, aunque la perspectiva de hurgar en los archivos de Harry mientras el estaba en visiblemente disgustado conmigo me daba mas miedo que vergüenza.
Le seguí dentro de la habitación sin llamar. El ya tenia puesto a la mitad el uno de sus trajes, en esta ocasión el pantalón de uno de color azul marino. Se estaba terminando de abrochar la camisa y colocar bien los puños, y la parte perversa de mi cerebro deseó haber entrado unos minutos antes para disfrutar de un último vistazo de su piel mientras se desvestía.
Se puso la chaqueta y se arregló la corbata mientras se miraba en un espejo de cuerpo entero, en el cual yo por la posición en la que estaba no me reflejaba. Daba lo mismo, la verdad, porque estaba seguro que había detectado mi respiración acelerada a kilómetros de distancia, como si acabase de correr un sprint.
No esperé a terminara de vestirse sino que me coloqué entre él y el espejo para que, disgustado o no, fijase en mi toda la atención que le pudiese robar.
-Harry, escúchame... - le miré a los ojos y el me miró de vuelta. Sin aguantarme más le agarré de los hombros en un intento de establecer una conexión sensitiva. Me sorprendió notar que éramos casi igual de anchos, pero yo siempre me sentía mucho más pequeño a su lado-. Necesito que me digas qué puedo hacer yo. Por favor, dime qué tengo que hacer.
Contra todo lo que esperaba, me pareció que dos manos se deslizaban muy suavemente por mi cintura, reteniéndome en el sitio casi tanto como yo quería retenerlo a él, o eso me pareció.
-Espérame- fue lo único que dijo, mitad ordenándomelo y mitad suplicándomelo, aunque lo último solo lo pude extraer de cómo bajó la vista a mis labios durante menos de un segundo y soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Igual era mi imaginación queriendo crearme un fantasía que me que me consolase ante la dura realidad, pero quise creer que se estaba conteniendo para no besarme.
No lo hizo: abandonó la habitación sin hacer ni un solo ruido de más. No bajé a ver como se marchaba porque mis pies se habían quedado pegados al suelo como si se tratara de asfalto caliente. Me sentía como un cachorro en una jaula, lleno de ansiedad y sin poder correr hacia ninguna parte.
Me porté como un buen perro y me quedé en su casa.
No pude estarme quieto, no obstante. Bajé al comedor y recogí las tazas de te y el plato de pastas que había dejado Harry antes de que yo llegara, junto con el periódico del día abierto por la pagina de espectáculos: una adaptación televisiva de la BBC de la novela Orgullo y prejuicio creada hace 20 años había sido récord de audiencia la noche pasada. Pensé que a mi madre le hubiera encantado verla, si no hubiera estado ocupada evitando que Dean golpease a mi hermanita. Cerré el periódico y lo deje en la cocina sin pensarlo más. Me senté a la mesa de la cocina durante aproximadamente veinte segundos golpeando la mesa con los dedos antes de volverme loco y correr al despacho de Harry. Tenía su portátil encima de su inmaculado escritorio y la esperanza de que lo hubiera dejado encendido se mezclaba dentro de mí con unas ganas abrasadoras de saber donde estaba aquél agente ahora mismo. Por primera vez en ese día tuve suerte y el ordenador había quedado encendido: en la pantalla se extendía un mapa digital y unas pantallas de televisión minimizadas. Recordando lo que había aprendido de mis clase de hackeo informático en la base Kingsman pronto me hice con el control del programa y alcancé la cámara minúscula que Harry tenía instalada en sus gafas, y me alcé para ver a través de sus ojos. No comprendía el escenario que veía en la pantalla: una fila de tíos sentados en un banco, muchas filas unas delante de otras, escuchando a un hombre hablando desde un altar. Debía de ser una especie de secta. No podía escuchar nada de lo que estaba diciendo el líder, estaba demasiado lejos. Manipulé un poco más los controles y lo que escuché fue: ¡Nuestro gobierno perite el concubinato, el aborto, la sodomía! ¿¡Es o no es acaso una misión enviada por nuestro Señor, para que nosotros terminemos con cada dirigente pagano de este país que proporciona amparo para esos pecadores que ensucian la Tierra!?
-Joder.
Por la posición de las gafas de Harry, estaba bastante alejdo de las filas primeras, y no debía de llamar la atención aún vestido con su traje de corte a medid corbata combinada. La única persona pareció notar su presencia fue la mujer que se sentaba a su lado, la cual se había molestado cuando Harry se había levantado. Al parecer, la feligresa considerada deshonroso para su dios que un asistente al sermón quisiera escabullirse antes de tiempo, por muy caballero que se presentase, pues Harry tuvo que sacar a pasera su labia de hielo y excusarse diciendo que era un simple católico puto que engaña a su mujer con su novio negro y judío el cual trabaja en una clínica de abortos militar. Si no hubiera estado tan nervioso, me habría sonrojado.
Pero la confusión de aquella mujer, la mía y la de todos aquellos sentenciadores de la promiscuidad comenzó de verdad cuando Harry le apuntó entre las cejas con su pistola y apretó el gatillo sin pestañear.
No se soy un ciego admirador de ídolos: los agentes secretos matan gente, cada día, antes de tomarse el primer té de la mañana. Las personas mueren inesperadamente se los merezcan o no; eso es algo que sé desde que era un niño. Pero hace solo unas horas había sido despedido del trabajo de mi vida-uno en el que aún no había sido admitido- por creer que hasta un capullo como Arthur pondría una bala verdadera para que yo matase a mi perro. Hace solo unas horas me había dicho Harry: "En Kingsman solo se quita una vida cuando es absolutamente necesario para salvar otras, e incluso así la decisión no ha de ser tuya." Detrás de los ojos de ese espía veía lo que él estaba haciendo en ese templo: tomar parte en la más brutal carnicería humana que hubiera visto en mi puñetera vida. En cuestión de segundos, Harry atravesó con un asta de bandera el abdomen de un hombre hasta que lo perforó por el otro lado, hundía un cuchillo en el cráneo de otro como si desinflara una pelota de fútbol. Dientes rotos volaban ante mis propios ojos-los de Harry- y sus gafas se empapaban y limpiaban de sangre cuyo propietario cambiaba cada vez. Entre los terroríficos ruidos de huesos rompiéndose y aullidos de dolor, llegó a mi altavoz una segunda voz conocida.
-¡Harry! ¿Qué estás haciendo? ¡Harry!- Merlin intentaba sin resultados llamar la atencón de nuestro compañero, pero era como si le oyera sin escuchar.
No puede ser él, pensé. Le han hecho algo. El cabrón de Valentine sabía que iba a ir dónde él estuviera y le ha tendido una trampa. Tengo que avisar a Merlin. Enseguida me puse a establecer una comunicación directa con HQ Kingsman, pero no podía si no era Harry el que conectaba el dispositivo en sus gafas para hablar con Merlin o conmigo: en esta situación, aunque gritase al micrófono ninguno de los dos me escucharía. Era un mero espectador.
Las gafas de Harry enfocaron sus zapatos, el suelo, sus manos, todos cubiertos de sangre y restos desmembrados de cadáveres que seguirían calientes durante unas horas más. Sentí ganas de vomitar y no pude ni imaginarme como se estaría sintiendo mi agente, con todas esas entrañas de inocentes esparcidas gracias a sus manos y su acero. La cámara enfocó la puerta de la iglesia, después la salida y un aparcamiento vacío antes de un osario. ¿Vacío? No, ahí estaban los dos cabrones encargados de la masacre. Valentine, junto a su mujer de los pies de acero, se reía allí mismo de cómo había engañado a Galahad. Le vi mover la boca y hacer gestos con las manos y supuse que sería Harry a quien se estaría dirigiendo.
-Cabrón, pedazo de cabrón, vamos a acabar contigo, escoria miserable-en un momento dado el millonario señaló a cámara con tal mueca de desprecio y burla que di un golpe en la mesa con ambos puños.
-¡Cállate, hijo de puta!¡No te atrevas a hablar así al mejor caballero que ha tenido Kingsman!- no sabía qué se estaban diciendo pero si Valentine hubiera estado en aquella misma habitación sería lo que le hubiera escupido a la cara antes de pegarle una paliza.
-¡Harry, ese capullo te ha manipulado, no eras tú, Harry! ¡No eras tú, todos lo sabemos, Harry!
El millonario seguía en pantalla y Harry no daba muestras de querer atacarle en ningún momento. Me fijé por primera vez en que empuñaba una pistola.
-¿¡A qué estás esperando!? ¡Acaba con ese enfermo de una vez! Harry, por favor, reacciona, tienes que...
En un instante, la cabeza de Harry se llenó de plomo.
A través de la mini cámara no pude escuchar el ruido de la bala al salir dispara del cañón, en parte porque estas habían dejado de funcionar al recibir el impacto y, en gran medida, porque estaba demasiado ocupado escuchando mi propio grito de dolor.
Y grité. Grité hasta que sentí como me sangraba el pecho por dentro, y deseé morbosamente que efectivamente estuviera sangrando, para asegurarme de que ese dolor era real, tan real como la bala que acababa de nublarme la vista de la pantalla del portátil.
Seguí gritando y cuando ya no pude gritar más me quedé mirando patética y lánguidamente la pared del despacho, sin prestar atención a ninguno de los recortes de periódico. Mejor así, porque creo que si hubiera repasado todos y cada uno de los titulares de aquella habitación-más de los que me parecieron al principio- me habría parecido que se estaban burlando de mí recordándome como mi héroe Galahad no sería recordado más que por unos pocos.
Me quedé sentado en la butaca del escritorio mirando mi cara de triste idiota en la pantalla en negro. Mis dedos se habían curvado en garras que arañaban los brazos del sillón. A pesar de que el cuerpo se me había quedado helado, la cara me ardía, especialmente en dos surcos salados que nacían de mis ojos y chorreaban por mi barbilla.
-Mierda... mierda, joder. ¡No!
Me levanté rápidamente y tiré la silla hacia atrás. Acto seguido pegué una serie de puñetazos en la superficie plana que tenía más cerca, y quien tuvo la mala suerte de recibir los impactos fueron unos cristales y sendos marcos, con los consiguientes fragmentos repartidos por el suelo y la piel de mis nudillos desgarrada. Me dirigí rápidamente al comedor, con la mirada fija en un punto en el infinito, sabiendo que si me dejaba llevar por lo que sentía podría echar la casa abajo ladrillo a ladrillo. Me serví un vaso de whisky, el único que tenía Harry en su casa, el mismo que había visto en la sastrería y en la central. Sirvió para atontar un poco el frío de mi pecho, pero la frase burlona dentro de mi cerebro se repetía sin parar como la canción de un carnaval infernal:
"Harry está muerto, y lo último que habéis hecho ha sido discutir."
No, basta ya.
"Lo último que ha recordado de ti es que eres un niñato."
Lo había perdido. Habíamos perdido todos, en realidad. Todos menos el único perro al que teníamos que haber matado hoy, el que ahora mismo estaría volando en su jet privado rumbo al próximo país donde iba a llevarse otras vidas por el poder de su dinero. Aquel asesino...
¿Qué podía hacer yo? ¿Contactaba con Merlin? ¿Y qué le decía, que había robado un coche y había terminado en casa de Harry hackeando su equipo de vigilancia visual para presenciar su muerte sin avisar a nadie? Además, Merlin ya no querría tener nada que ver con un ex-alumno que se hubiera pasado por el forro más de una norma de su sagrada organización secreta. Pero no podía quedarme en la casa de mi ex- mentor lloriqueando y emborrachándome como lo habria decidido hace un año, para sentirme todavía más como una mierda. Harry Hart ya no estaba aquí para decirme lo que tenía que hacer, esa era mi misión, puede que hubiera sido mi misión desde el principio o puede que lo empezase a ser ahora. De todos modos, la situación me pedía que le echase pelotas e iba a darle lo que requería. Me palpé las llaves del taxi en el bolsillo del vaquero y salí a la calle para dirigirme a Kingsman HQ.
