Harry Hart POV

Uno de los primeros recuerdos que guardo de una mariposa coincide con uno de los primeros que guardo de la muerte y la sangre. Era primavera y estaba en en jardín de la pequeña casita de campo de mis padres, en Canterbury. Tenía seis años.

Estaba jugando solo en la hierba de nuestro amplísimo jardín, tan amplio como una pradera para mis jóvenes ojos; un par de robles frondosos eran testigos de mis correrías tras cualquier hoja, flor o brizna de hierba que moviera el viento, la cual recibía una estocada de mi espada de madera como si fuera un peligroso enemigo. Mi imaginación no tenía límites. De repente, avisté en el aire algo demasiado bonito como para resultar peligroso, lo cual constituyó la base de mi primera lección.

Bajé mi arma y dejé que el delicado ser revoloteara a mi alrededor mientras me permitía contemplarlo, fascinado por los colores pastel de sis delicadas alas y el suave movimiento que lo mantenía en vuelo. Extendí mi mano delante de mí, ofreciéndole a aquel bicho un lugar donde descansar si quería hacerlo, invitándolo a que no me tuviera miedo, a que confiara en aquel niño de dientes de leche. La pequeña mariposa no dudó, o eso me pareció a mí, y aterrizó suave como un beso en mi mano. Yo sonreí ante ese nuevo descubrimiento y acerqué la mano a mi cara muy muy despacio para que mi nueva compañera no se asustara.

Debí haber sido demasiado brusco o demasiado confiado, o más bien malinterpretar las señales de mi amiga, pues en cuanto se vio a una distancia prudente de mis sonrosadas mejillas, saltó a mi cara justo al espacio entre mis cejas. Asustado, solté mi espada y me cubrí la cara con las manos en un intento de atrapar a mi atacante, de sofocarla o por pura sorpresa, pues la verdad es que un niño de seis años no se espera que algo hermoso te haga llorar. Me descubrí los ojos y efectivamente estaba llorando: la pequeña bestia había introducido sus diminutas antenas en mi ojo izquierdo, y ahora aleteaba pocos metros por delante de mí, como burlándose de mi exceso de confianza.

Como ya he mencionado, los niños tienden a confiar en todo el mundo, especialmente aquello que les resulta agradable a la vista, pero al mismo tiempo, aprenden muy temprano a llevar a cabo sus venganzas contra lo que les hace daño. Me enfurecí, como un niño con el corazón roto por primera vez se enfurece. Con los puños apretados corrí detrás de la traidora durante una costosa eternidad, con la muy cabrona escurriéndose de entre mis pequeñas y ansiosas manos, hasta que al lanzar mi puño contra el tronco del roble con el morboso propósito de terminar con esa persecución lo más rápido posible, me rasgué el dorso de los dedos contra la corteza y sangré.

Las gotas de sangre rodaron por mi mano hasta mis uñas, y yo me quedé llorando sin hacer ruido con la cabeza gacha y la cara roja de las lágrimas y la vergüenza. No volví a reparar en mi traidora compañera, la que había escapado a mi puño ejecutor, hasta que volvió para posarse dulcemente en mi hombro y acariciarme la mejilla mojada con sus alas de cristal. La miré de reojo a través de mis pestañas, y esta vez no la aparté ni intenté vergarme de ella por mi humillación.

Es posible que en mi cerebro preescolar se estuvieran grabando las lecciones que me acompañarían casi cincuenta años después en mi trabajo de protector de la seguridad, pero casi con toda seguridad lo único que se me pasaba por la cabeza en aquel momento era lo bonita que era. A pesar del dolor, creo que es el primer recuerdo de algo hermoso que guardo en mi memoria, además de a mi madre.

Recuerdo a mi madre, que estaba cuidándome en ese momento mientras yo jugaba solo. Más que vigilarme, siempre terminaba agarrando una de sus espadas de entrenamiento y practicandi unos movimientos, para de vez en cuando echar un ojo en mi dirección y comprobar que yo segía concentrado en mis tareas de niño de seis años.

Qué vital era, mi mamá, Rebecca, Becky para los amigos, que a veces venía a tomar el té con ellos, y muy de vez en cuando me proporcionaban compañero de juego. Con todo ello, yo me tuve que acostumbrar desde pequeño a la soledad en el juego; mi mamáy mi papá no estaban para acompañarme en mis correrías infantiles. Pero, ah, cómo veía yo a mis padres cuando era un niño. Eran mis héroes personales: mi mamá, mi Becky, la mujer más seria que había conocido, tan reta como sus espadas, y a la vez la que más amor me había dado. Se me vienen a la cabeza momentos de cuando yo solía llegar a casa dela calle, con los ojos rojos de llorar y alguna que otra herida, gracias alguna pelea en la que me había enzarzado con los otros niños de mi calle. Mi mamá se solía arrodillar delante de mi de modo que nuestros ojos quedasen a la misma altura, y tan seria como era me decía:

"Harry Hart, la única pelea que ganarás en tu vida será aquella en la que no participas. Pero si eres tan tonto como para iniciarla tú, entonces tendrás que quedarte hasta el final."

Qué dura era, mi madre, y qué sabias me parecían sus palabras por aquél entones, sabias por desconcertantes pues ahora reconozco que no fue hasta más tarde que comprendí de verdad su significado. Pero cuánto la quería, por Dios, cuánto. Cómo no podía adorarla, si después de regañarme a su severa manera me limpiaba las lagrimitas infantiles y me envolvía con el calor de un abrazo maternal. Recuerdo esa misma mamá, las dos Beckys, esas dos Rebeccas fusionadas en una sola mujer que fue para mí mi primer y mejor modelo y amor.

Después estaba mi padre. Mi padre... curioso caballero era. Durante mis primeros años de vida lo veía como una gran figura autoritaria, aún más que mi madre, pero más distante. No hablaba mucho conmigo, aunque puedo afirmar que adoraba a su mujer sobre todas las cosas; hasta para un mocoso ciego en todos los aspectos emocionales, era evidente en la forma en la que la miraba. Conforme me iba haciendo mayor, decubrí que mi papá y yo teníamos intereses comunes. Él dedicaba todo su tiempo a su trabajo, muy demandante al parecer: trabajaba como uno de los jefes de confección en la sastrería de lujo más importarte de la capital británica, Kingsman. Naturalmente, yo terminé descubriendo su verdadera profesión cuando decidí ingresar en el ejército y seguir mi carrera como agente secreto, pero antes de decidirme por eso, había considerado seriamente dedicarme al estudio de las mariposas, animales que me habían fascinado durante toda la vida.

Durante mis años de adolescente fui blanco de bastantes burlas debido a mi peculiar afición, aunque no me importaba gran cosa. Durante gran parte de mi infancia y juventud asistí a Eton, el epítome de los colegios exclusivos y pijos para hombres jóvenes de bien , así que si bien cualquier chico era susceptible de ser blanco receptor para bromas pesadas y burla, también gozábamos de cierta libertad para elegir en qué aficiones empleábamos nuestro tiempo, ya que el dinero y las facilidades no supusieron ningún impedimento. Por parte de mis compañeros y profesores, mi excelencia académica y deportiva me canjeó respeto y buenas relaciones- entre ellas una amistad con un joven escoces llamado Hamish, que trabajaría conmigo posteriormente en Kingsman bajo en seudónimo de Merlín- así que podría decir que Eton era como mi casa.

Las dificultades llegaban con las vacaciones de verano y yo regresaba a casa. Durante el año mantenía correspondencia casi diaria con mis padres, con mi madre sobre todo, les escribía todas las semanas y hablábamos por teléfono siempre que las estrictas normas del colegio lo permitiesen. Naturalmente, en mis cartas y mis conversaciones, omitía bastantes detalles de mi vida personal, incluyendo mis primeras avenidas con el alcohol, las peleas y los primeros besos furtivos con mis compañeros en nuestros dormitorios. Tampoco hablaba de mi interés en las mariposas y otros insectos, o mi creciente curiosidad por aventurarme en el mundo de la estrategia y las operaciones militares, aunque en casa eso no fue nunca ningún secreto. No temía a las ataduras ni a las jaulas, pues había adquirido confianza en mí mismo para decidir según me lo dictasen mi alma y mi conciencia, y el resto me daba igual. Yo era yo, y me mantendría firme.

No fue un camino fácil. Si bien al ingresar en Eton gocé de mayor popularidad entre mis iguales y mi autoestima creció, durante los primeros años de mi infancia la situación había sido muy diferente. Las burlas eran un alimento de régimen diario durante los recreos escolares; los insultos infantiles mellaban mi corazón en construcción.

"¡Mirad al mariposón, que está con sus amigos!", "¡Mariquita ven aquí, que vamos a jugar a cazar bichos!"

¿Cómo podía reaccionar yo, si era solo un niño?

Resultaría prudente añadir, no obstante, que yo no era ningún ángel. Los insultos volvían en ambas direcciones, no más creativos que los que me ofrecían ellos, debo reconocer; con los puñetazos y las patadas sucedía lo mismo, hasta que llegaba alguna maestra a separarnos para aplazar la contienda hasta que terminase la jornada de clases. Si bien me mantuve firme, como dije, en mis pasiones y aficiones, mi firme cabezonería me hizo regresar a casa con ojos morados y rodillas sangrantes. Rara vez lloraba, me acuerdo, si no era en presencia de mi madre; nunca quise llorar a solas, a solas, cuando era Harry el soldado, pero volvía a ser Harry el niño cuando veía la pena y la preocupación en los ojos de mi mamá. Con mi padre ocurrió algo muy diferente, solo una vez, y no lo volvimos a mencionar en otra ocasión, igual que a mí tampoco se me borró de la memoria.

Llegué a casa tarde, despues de una pelea más en la escuela. Además de lagrimas, también se me escapaban de mi mochila unos dibujos de mariposas a medio colorear arrugados y estropeados. Quería esconderlos, tirarlos, esconderme de otro insulto humillante, más elaborado y difícil para mí de entender, pero igual de doloroso. No recibí la humillación que esperaba, ni ninguna. Papá Harold recogió las mariposas de papel del suelo de la cocina y las alisó con cariño, con casi tanto cuidado como le había visto doblar su chaqueta antes de colgarla en su butaca del salón.

-¿Por esto te has pegado con tus compañeros de clase, Harry? Un chico inteligente como tú, pensaba que estarías por encima de tonterías como esta-yo callé-. Si esos críos no pueden entender las cosas que tú dibujas, te las van a querer romper y te van a querer humillar, porque tu los humillas todos los días con tu exhibición de creatividad.
No recuerdo haberle respondido nada, ni siquiera me acuerdo de si lo había entendido. No obstante, no olvidaré la forma en la que me despidió para irse a su despacho, territorio sagrado, con una taza de té cada uno, con mis mariposas arrugadas y sucias, pero sin lágrimas en los ojos.

"La belleza y la elegancia son elementos de precisión, Harry. No sirven solo de adorno; bien empleados, te pueden salvar la vida."

Y mi vida continuó. Mis primeros amigos íntimos de la adolescencia borraron los recuerdos amargos de mi solitaria infancia pero no las huellas que dejó en mi corazón. Sin embargo, convertirme en caballero del equipo Kingsman fue un punto de inflexión, cuando realmente me armé de la confianza en mí mismo que no había logrado encontrar antes, y a partir de ahí me volví casi una máquina. Podía arder de furia y escupir un comentario sarcástico, sonreía con cada golpe porque sabÍa que me tornaría mas fuerte. Me volví adicto a combatir, a observar, a atacar y a defender. Procuraba conservar mi gracia, mi educación, mi temple mientras arrancaba la vida de los ojos de los demás. Doblé la flexible vara de lo ético, lo moral y lo condenable más veces de las que me importó detenerme a contar, y con el tiempo y la experiencia me fue importando menos. Nunca no obstante me comporté con crueldad hacia ser vivo alguno, al menos eso procuro pensar, incluso a partir de mi ingreso en el Servicio Secreto, cuando al levantarme cada mañana tenía la seguridad casi completa de que tendría que acabar con la vida de alguien antes de acostarme de nuevo.

Gracias a Dios, tuve la suficiente buena suerte de conservar un buen trozo de mi humanidad, y no caer en la desdicha de volverme un autómata adicto al trabajo y al sabor de la sangre en mi pistola. Eso se lo debo a quienes se quedaron conmigo en mis momentos insoportables: Merlín fue mi primer compañero de fatigas. Recuerdo los primeros años conviviendojuntos en Eton; él ya con dieciséis años tenía el carácter sarcástico que otros podrían considerar amargo, pero que encajaba muy bien conmigo, en parte porque no me engañaba con esa fina fachada de escocés intelectual purista, cuando remarcaba irónicamente sobre mi "colorida afición", y lo que hacía yo era mencionar que había encontrado una colección de vinilos de John Denver y Doris Day debajo de la cómoda y preguntar inocentemente si sabía a quien pertenecerían. Estas pequeñas discusiones terminaban con los dos dándonos golpes de estúpidos. No somos tan diferentes ahora mismo, aunque nuestras vidas sí han cambiado.

A veces me asaltan las dudas de si trabajo de lo que trabajo porque soy demasiado cobarde para acercarme a las personas de otro modo. Alguien que toma peligro para comer de lunes a domingo puede cometer fácilmente el error de considerarse el más valiente del mundo, pero me he partido la cara las suficientes veces en mi vida para darme cuenta de que ese no soy yo: no me duele en mi orgullo reconocerlo, no soy más que un hombre, con sus fortalezas y debilidades, y me derrumbado en ocasiones cuando he tenido que enterrar a un compañero muy querido, dar una noticia de muerte a un esposo al que en ese momento se le cae el mundo encima, o tener que dejar machar a alguien quien no has dicho que amas...

No me he portado con mis parejas tan bien como se hubieran merecido la mayoría de ellas; me pedían seguridad, comfort, mas yo solo podía ofrecerles riesgos, bajo una falsa premisa de que las mantendría a salvo. Nunca me vi envuelto en ninguna aventura de indole amorosa dentro de las paredes de la agencia, cosa no poco común, no obstante, según tenía entendido, pero no era para una cabeza como la mía, que paralizaba toda entrada a estímulos y seducciones cuando se trataba de materia de trabajo.

Ja. Toda esa cháchara se fue a la mierda cuando conocía al hijo de Lee Unwin, mi compañero de trabajo y amigo Lee, dieciocho años después de que este se matase para salvare la vida.

Por joven y apuesto reconozco que me impresionó, a pesar de que puedo jactarme de haber estado con otros tantos y tantas que lo fueron y en gran medida, pero no fue solo por eso. Seguramente al redactar esto esté resonando excesivamente soñador, más de lo que corresponde a un hombre de mi edad, pero joder, este chico sí que tenía algo. Tenía una fachada de duro que había tenido que labrarse por cómo le habían ido surgiendo las adversidades, pero con ella no lograba esconder nada lo que había debajo: una noble voluntad y un fiero y bondadoso corazón.

Después de la pelea en el Black Prince pensé que no iba a volver a verlo, pero entonces apareció en la sastería, como absurdo que parecía un cliché de telenovela. Pero vino, y reconozco que en ese momento pensé que había venido a mí; A MÍ, resonando esas palbras en mi cabeza y dejándome a su disposición desde ese momento.

Los meses que trabajoms juntos mi seriedad profesional se vio puesta seriamente a pruba en numerosas ocasiones, aunque fuera solo evidente para mí, que flaqueaba hasta casi desaparecer cuando mi pupilo me dedicaba una sonrisa al salir victorioso de una prueba particularmente complicada o peor, cuando lo veía volver de un trabajo de campo que lo había dejado cansado, sudoroso y con la ropa destrozada... Debo de ser mucho más transparente de o que creo, pues más de un compañero de trabajo... Merlín en el 80% de las ocasiones (ese viejo cabrón...) me regalaron comentarios subrepticios sobre si mi autocontrol terminaría siendo mi músculo más fuerte o cuál sería.

Yo hacía oídos sordos lo más que podía, no dejándome influenciar por lo que pasaba fuera de mí, pero los meses transcurrían y el final de la selección llegó en plena misión de captura de Valentine. No estábamos de vacaciones precisamente, no era momento para parar a relajarse.

"Concéntrate, Hart, mantén el control."

Me gustaría decir que así lo hice, todo el tiempo, incluso durante las 24 horas establecidas que pasé junto a Eggsy antes de su examen final. Me gustaría...

Por lo menos así lo hice hasta que me desperté la primera y última mañana en mi cama, con las manos llenas de pelo rubio y el pecho lleno de calor.

"Control, Hart, tú estás en control de tus emociones."

Pero estaba desnudo, en mi cama.

"Harry, presta atención a tus sentidos. El hombre que no se controla a sí mismo ya ha perdido la batalla contra cualquiera."

Pero yo estaba disfrutando de estar en mi cama, desnudo y con él.

"Galahad..."

"Me rindo."

Me quedé un rato más a su lado, sin contar lo largo que debía ser; por unos momentos me daba igual. Tanta era la paz que me proporcionaba sentirlo de esta manera que casi me asustaba bajar para mirarlo a a los ojos y posiblemente, descubrir en su mirada un pequeño mohín de repulsión, de desprecio... Por suerte, tremenda suerte la mía, sus preciosos ojos seguían guardados por el sueño, y dormía como si no hubiera cosa en el mundo que lo pudiera inquietar cuando se despertase. Era la primera vez en todo el tiempo que lo conocía que lo había visto así de relajado... y desde que yo me sintiera así, confiado en quien dormía a mi lado, casi... casi con la certeza de que estaba haciendo lo que me correspondía, a mí, para mí. Que no tenía que estar solo para ser un caballero, que podía tener conmigo a otro.

Pero mi caballero aún no lo era, y no lo sería nunca si yo no sacaba mi culo de la cama y hacía algo por arreglar el olor a sexo y sudor de la habitación. Ponerme algo de ropa tampoco sería una mala idea, aunque por alguna razón había una sonrisa idiota en mi cara que se negaba a que la vistieran de ninguna forma.

Ese mismo día más tarde, después del examen final.

"No puedes haber sido más imbécil, Harry Hart."

La palabra que más se lleva repitiendo en mi cabeza en la última media hora es "error": debe de haber cometido un error, debe de haber habido un error en la pistola que le ha dado Arthur, debe de haber habido un error en la transmisión del mensaje y la verdad es que no ha apuntado a mi jefe con una pistola para después robarle el coche, error, error, error.

Todo esto son solo oraciones con las que intento encubrir que el error de raíz fue fiarme de mi criterio para escoger a Lee como mi compañero en Irán, el segundo error: no no ver que el terrorista guardaba una puta granada entre las piernas . Si me hubiera fijado mejor, puede que Lee no hubiera tenido que romperse las costillas desde dentro y hubiera podido ver crecer a su hijo, habiendo evitado así el tercer error: que haya caído en manos de un inútil prepotente como yo.

Joder, Eggsy tenía razón la primera vez que me vio: si no fuera un bastardo snob con una cuchara de plata metida por el culo a lo mejor podría ser un caballero de verdad.

Para ser un caballero da igual el color de tu traje o la marca de tu reloj, lo que importa es cómo trates a los demás. Todo esto se supone que es el ejemplo que yo le tenía que dar a él ¡maldita sea! La última vez que nos encontramos no me importó lo más mínimo hacerle sentir como un inútil por comportarse como un ser humano, como si yo fuera algo más que perfecto, pero en ese momento mi orgullo pudo conmigo. Era como si inconscientemente supiera que iba a ser nuestra despedida, así que no hice nada mejor que actuar como un pijo imbécil para que terminase odiándome hasta el final.

A la mierda, me merezco lo que me pase. No soy un caballero, soy un snob engreído con traje y pistola. Eggsy no entrará nunca en una agencia de élite como la nuestra pero de seguro que no va a faltar en el mudo gente que lo ame y que lo eche de menos cuando esté fuera de su hogar. En cambio,yo, Kingsman es todo lo que tengo y todo o que soy, ¿y se podría decir que alguien me echará de menos cuando me vaya? Almas como las mías van y vienen todos los días, y sin embargo he sido orgulloso para creer que la mía merecía algo mejor que las demás, que me merecía a alguien como Eggsy.

No tenía la menor idea de que arma utlizaría Valentine para ternimar con el mundo, y menos aún de la que utilizaría para terminar conmigo.

Soy débil; esta es la prueba final con la que necesitaba encontrarme de bruces para reconocer la verdad. Valentine ha metido su mano en mi cabeza y ha jugado dentro de ella como su fuera su marioneta; así de fácil soy de manipular.

Mi cuerpo se ha fortalecido con los años y el entrenamiento, y mis emociones se han envilecido al fin. En el fondo, ¿no somos Valentine y yo un poco similares? Bueno, siempre me quedará el consuelo de que yo visto mejor.

-Maté a esa gente. Quería hacerlo-qué asco me doy en este momento, joder.

Soy un monstruo. Lo que es peor: soy un monstruo de cuerpo fuerte y brazo armado, soy peligroso y soy patético. Toda la vida buscando un poco de control y lo único sobre lo que yo pensaba ejercer mi poder me falla cuando lo necesitaba más que nunca: yo.

Miré fijamente a mi monstruoso creador, y valoré que alguien como yo no serviría más para lo que me había plantado allí, así que lo mandé todo a la mierda dando rienda suelta a mi ira.

-Si esto fuera una película, Señor Deveres-empezó él- ahora sería el momento en el que usted me advertiría de que corro un gran riesgo con mi plan, que esto no ha terminado para el bando de los buenos y que me estoy pasando de listo al dejarle aquí con vida. Bueno, pues esa no es esa clase de película.

-Ni puta falta que hace, gusano. Llevas 4,5 segundos apuntándome con una pistola y me hubieran sobrado 2 para quitártela de una patada-estupendo, Harry. Si esas van a ser tus últimas palabras, las has bordado -El mundo conserva un millón de esperanzas gracias a la gente buena que habita en él, independientemente de si está en el bando de los buenos o no. Si esto fuera una película, Señor Valentine, yo no esperaría finales felices para una historia como la suya.

Buen final, Hart.

Ahora cállate.