CAPITULO 8
CUANDO TODO PARECE LLENARSE DE LUZ….
Ninguna de las dos decía nada. Yuzu, con su sistema nervioso despedazado, era víctima de un temblor que le afectaba las manos; Mei lo pudo sentir en el rudo contacto de esas manos que ahora se le antojaban tan amadas y necesitadas y que parecían arder de fiebre. ¿Qué querría decirle Yuzu? La noche anterior, después de que ella se fue, se sintió tan sola, tan abandonada, que sólo su almohada fue testigo de lo mucho que lloró. Lloró por todas las palabras crueles que le había dicho Yuzu ese día; pero en sus más íntimos pensamientos sentía merecer todo aquello. Yuzu la había amado tan tierna e incondicionalmente, paciente, y dulce como la poesía del cielo, y ella, Mei, muchas veces la azotó con el látigo de la indiferencia, y la gota que rebosó el vaso fue lo acaecido en la Dirección. Al recordarlo, las lágrimas empezaron a caer nuevamente. Tenía miedo: miedo a perderla, y miedo a que ella se esfumara entre los vientos tristes de la ausencia.
Yuzu pudo sentir a través de las vibraciones de la mano que sostenía, y también las de su corazón, enamorado aún, la dura amargura que aprisionaba a su hermanastra.
-Mei- dijo, tratando de no mirarla; sabía que lloraba y eso la lastimaba a ella también, a pesar de las ofensas que le dijo la noche anterior- busquemos un lugar tranquilo donde podamos hablar. Himeko no tardará en aparecer a dar lata y, además, hay muchas estudiantes por aquí.
Mei, tratando de no llorar, la miró con ojos que desbordaban un amor que iba más allá de los límites de lo que hubiera podido soñar sentir por alguien; Amaba a Yuzu con locura pero, para su desgracia, sólo lo descubrió ahora que estaba a punto de perderla. Y el pensar que ella podía irse de su vida no la dejaba ni respirar; Yuzu era su aire, el sueño más dulce que hubiera podido llegar a una chica solitaria como lo había sido ella. Sin embargo, no pudo atinar a lo que debía decir en ese momento. Era como si la suerte se negara a echarle una mano. Casi sin pensar, le dijo:
-Vayamos a la Dirección. Allí podremos hablar tranquilamente.
Al decir eso, la mano de Yuzu se convirtió en una tenaza de hierro que amenazaba con partirle los huesos de la mano. Mei se estremeció.
-¡Urkhh! Yuzu, me duele, no me aprietes así, me vas a dislocar los dedos.-Mei se atemorizó al vislumbrar el rostro de Yuzu, que se puso más pálido de lo que ya estaba. El ánimo de Yuzu era como una veleta que giraba descontroladamente por los vientos del resentimiento. Intentó zafarse de lo que parecía una garra, cuando Yuzu se volteó, mirándola con una expresión que le paralizó el corazón. Esta última, con voz que temblaba de ira contenida, le espetó, estrujándole los dedos sin piedad:
-¡¿Otra vez con la misma mierda?! ¿Acaso eres estúpida? Parece como si te deleitaras en añadirle más sal a la herida. ¿Esa es la inteligencia de la que tanto presumes? Más sentido común tiene un gusano que tú. El despacho de Director. Como si me gustara esa maldita mierda.
Yuzu sabía que estaba siendo cruel, pero últimamente le era imposible detenerse cuando de ofender a Mei se trataba. Esta no pudo soportar un segundo más la tristeza que la agobiaba y, liberando su mano dolorida, le gritó apasionadamente, llorando vivamente y olvidando que alguien podía escucharlas:
-¡Ya basta! Por favor…-cayó de rodillas-¡Si tanto me odias, sólo dilo! No tienes que forzarte a estar conmigo cuando es evidente que preferirías estar con un gusano que conmigo. ¿No lo acabas de decir? ¿Crees que esas palabras no me hieren, que porque mi carácter sea poco expresivo, no tengo un corazón al cual puedes lastimar?-Se cubrió el otro con las manos-Todo lo que digo o hago te molesta. Ya no me quieres ¿Verdad?
Mei miró a Yuzu con expresión tan dolorida, que ésta empezó a respirar agitadamente; hubiera querido abrazarla y secarle sus lágrimas, pero su rencor pudo más.
-Deja de arrastraste como un insecto.- sus ojos tenían una expresión un poco malvada- Eres patética, me asquean las personas que lloran para conseguir lo que quieren.
Mei no pudo aguantarlo más; se levantó y huyó, llorando como si se le fuera a partir el corazón. Yuzu contrajo el rostro, temblando. La fiebre la había puesto en un estado de shock que no podía controlar. Quiso correr tras ella, arrepentida por lo que le había dicho, cuando un empujón, dado por la espalda, la arrojó al suelo, haciéndola caer de rodillas.
-¿Pero qué…?-
-¿Qué te has creído para tratar así a Mei? ¿Te has vuelto loca o qué?
Yuzu se levantó, sacudiéndose el polvo, mirando a Himeko como quien mira a un bicho raro.
--Deja de meterte en lo que no te importa.-le dijo, dándole la espalda.
Himeko se plantó frente a ella.
-No sé por qué discutieron, pero decirle que le tienes asco fue demasiado. Ve a disculparte con ella. –le exigió Himeko. Yuzu, fastidiada, apartó bruscamente a Himeko, tratando de irse.
-¡Oye, deja tu arrogancia!- Intentó sujetarla, pero Yuzu, aburrida con tanta insistencia, la empujó agresivamente, diciéndole con tono colérico:
-Mira, imbécil, ya tengo suficientes problemas como para que te conviertas en uno más. Déjame en paz y mejor ve a molestar a otros imbéciles como tú.-Y, diciendo esto, se marchó.
Himeko quedó de una pieza ante la expresión que descubrió en Yuzu. Es no era la Yuzu de siempre. Decidió investigar más fondo lo que ocurría y, de ser necesario, hablaría con el abuelo de Mei. No podía permitir que Su Mei fuera tratada de esa forma.
Casi cayéndose por el gran malestar físico que padecía, Yuzu se dio a la tarea de buscar a Mei. Había llevado su enojo a extremos demenciales.
"¿Qué me pasa?"- pensaba, casi con desesperación-"Me enfurezco con ella tan fácilmente… ahora debe estar muy herida"- empezó a llorar, llevándose las manos a la cabeza. -"¿Por qué lo hiciste, Mei? Tú misma te has destrozado el corazón y, al hacerlo, estás haciendo lo mismo con el mío."
Después de recorrer media escuela, la encontró en un salón que estaba en desuso. Mei estaba sentada en un asiento, con la mirada perdida, casi ausente de este mundo. Al ver a Yuzu, instintivamente se tapó los oídos y cerró con fuerza los ojos, pensando quizás que la iba a seguir increpando. Este gesto tocó las fibras más sensibles del alma de Yuzu. Se acercó a ella rápidamente; la levantó de la silla, abrazándola, mientras le decía:
-Perdóname, Mei. No es cierto nada de lo que dije.-su voz se quebró en un acceso de tos; tenía mucha fiebre- Es que estoy muy enojada contigo.-levantó su rostro y la miró a los ojos –Yo te sí te quiero. Eres tú la que no has demostrado quererme.
Mei correspondió al abrazo de Yuzu como si ésta fuera un salvavidas en medio de un catastrófico naufragio. Murmuró, apoyando su cabeza en el hombro de ella:
-No digas eso. –El corazón le saltaba como loco-Sé que no he sido la mejor novia del mundo, pero yo te amo. Te amo, y no creo que pueda seguir sin ti.
-Creo que no podré amar a nadie que no seas tú, Mei.-dijo Yuzu-Pero tú misma me has alejado de ti. ¿Por qué, Mei? ¿Por qué no eres honesta conmigo? Yo jamás te he escondido nada, pero tú me lo ocultas todo.
Mei puso sus labios a la altura de la frente de Yuzu, besándola.
-He cometido innumerables errores, Yuzu.-La miró a los ojos-Perdóname. Yo sólo quiero ser feliz contigo.
Yuzu la besó con extrema dulzura, examinando, como si fuera la primera vez, todos los rincones de su boca. Un beso lleno de amor y pasión. Besar con amor es la experiencia más grata que pueda tener una persona y las dos pudieron sentirlo. Yuzu deslizó sus labios por todo el rostro de Mei, besando cada centímetro de su cara, para tratar de borrar cada lágrima que la había empañado.
Yuzu temblaba. En un momento dado, sus rodillas flaquearon, y Mei tuvo que sujetarla; ardía en fiebre.
-Vamos a casa. Estás muy mal. ¿Qué es lo que has hecho estas dos noches que no has dormido en tu hogar?
Yuzu la miró con ojos febriles. Sólo pudo contestar:
-He dormido en casa de Harumin.
La burbuja de preocupación que se inflaba en el pecho de Mei creció con fuerza. Observó detenidamente los ojos de su amada.
"Aún no ha pasado nada serio entre ellas." Pensó, llena de ansiedad.
Salieron del salón tomadas de la mano. Mei llamó un taxi, para que Yuzu pudiera ir más cómoda. Y, desde la ventana del edificio escolar, la atenta y pesarosa mirada de Harumin las espiaba; pensaba en lo bueno que sería para Yuzu que pudiera reconciliarse con Mei, pero sus propios sentimientos quedarían sacrificados en el proceso.
Al llegar a casa, Mei acostó Yuzu y le administró un antibiótico para alejar la fiebre. Al parecer, Yuzu había vagado mucho las noches anteriores, y esas eran las consecuencias. Esta última guardaba silencio mientas era atendida por Mei, pensando en si hacía bien con tratar de olvidar la traición de Mei y hacer borrón y cuenta nueva. No se atrevía a tocar el tema porque seguramente se enfadaría; nada que le dijera Mei justificarían sus acciones, y eso sólo empeoraría la situación entre ambas. Decidió guardar silencio y tratar de seguir adelante.
A media tarde se sintió un poco mejor, y pudo tomar algo de alimento. Mei, amorosa, le suministraba la comida, besando con regularidad su frente tibia. No encontraba la manera de expresarle a Yuzu todo lo que le inspiraba. Estos gestos hicieron que la llama que había ardido en el corazón de Yuzu antes del engaño, flameara débilmente; pero fue suficiente para querer atraer a Mei hacia su cuerpo, para abrazarla y llenarla de besos. Mei no cabía en sí de felicidad; su Yuzu cariñosa y empalagosa estaba volviendo y ella jamás volvería a rechazarla. Se dejaría amar por ella plenamente, sin detener ninguno de sus apasionados arranques. No dejaría que ninguna chica de pelo y ojos castaños pudiera confundir a su querida Yuzu.
En la cama, se trenzaron a caricias. Yuzu empezó a sentir el vivo deseo de poseerla. El recuerdo de la "zorra" de Misaki intentó perturbarla, pero lo arrojó al último rincón de su mente.
-Mei-susurró-Vamos a hacerlo ahora. ¿Te parece bien?
Como respuesta, Mei la besó con fuerza lacerante.
-Yuzu, primero déjame tomar un baño. –Dijo cuando sus labios lograron separarse-No tardaré.
-Claro-dijo Yuzu con ternura-Prepárate.-Añadió con un leve toque de picardía. Intentó sonreír pero no le salió. Aún dolían algunas cosas.
Mei pudo notar cierta tristeza interna en Yuzu, y que no le permitía ser ella misma por completo. "Compensaré todos los rechazos que sufriste por mí en el pasado. Te lo prometo" Se dijo a sí misma con determinación mientras se dirigía a la ducha.
Yuzu se levantó, débil aún. Iba esperar en el balcón de la habitación a que Mei saliera del baño, cuando escuchó el timbre de su celular. Hacia dos días que no miraba su teléfono. Lo tomó de la mesita donde lo había dejado la noche anterior. El número era desconocido.
-¿Hola?
La voz al otro lado de la línea era suave, profunda, con un matiz que le era familiar al oído.
-Hola, Aihara Yuzuko.
-¿Quién habla?
-Es natural que no reconozcas mi voz; no hablamos mucho el día que nos conocimos. –Hizo una pausa bastante molesta- Soy tu querida amiga Misaki.
Al escuchar ese nombre, la expresión de Yuzu se contrajo de ira. Apretó el móvil como si quisiera hacerlo polvo. Con voz estrangulada por la rabia contenida e intentando no alzar mucho la voz para que Mei no la oyera, le contestó:
-¡Puta de mierda! ¿Cómo te atreves a llamarme? ¿Cómo conseguiste mi número? ¿Qué es lo que quieres, hija de perra?
Yuzu escuchó una risita que le hizo desear tener poderes mágicos y teletransportarse al lugar desde donde le hablaba Misaki para darle unos buenos golpes. Sentía que odiaba a esa mujer con todas sus fuerzas.
-Sólo llamaba para saludarte y decirte unas cosillas. En cuanto al modo en que conseguí tu número, sólo miré tu ficha de estudiante y allí estaba.
Las órbitas oculares de Yuzu parecían que iban a estallar; tanto era el coraje que se había apoderado de ella.
-No creo que tengas nada que decirme. Vi lo que hiciste, zorra. Voy a colgar. Tu voz me da náuseas.
-Espera un segundo. Sólo quería decirte que hacer el amor con tu novia me gustó muchìsssssssimo. Nunca había me había comido un postre tan fino y caro como Mei Aihara. Asumo que no has terminado con ella, porque pude notar que te tiene loca; pero, para mi deleite, pude probar su miel antes que tú, ERA una virgen deliciosa y, lo mejor de todo, fueron sus gemidos mientras se lo hacía. Eran tan-su voz adquirió un matiz casi orgásmico-….oh, cómo decirlo… tan excitantes. Me gustó tanto, que tal vez regrese un día de estos, pero no para quitártela ¡Oh, no! Sólo para probarla una vez más, porque sé que a ella le agradó mucho más que a mí. PUDE SENTIRLO. Cuando terminamos, le dije pregunté que si le gustaría repetirlo y me contestó: "Encantada", con una lasciva mirada en sus ojos. Parece que tú no llenabas sus expectativas. Y, como prueba de lo que te digo, ahora te envío algo sumamente interesante. Y, antes de que me insultes nuevamente, adiós, querida tonta.
El pitido característico del corte de la llamada fue lo último que Yuzu escuchó de su interlocutora. Se quedó mirando el teléfono con los ojos inyectados en sangre; ésta fluyó a su cabeza, provocándole un sangrado nasal. La ira se había apoderado de ella. El teléfono timbró nuevamente, pero para notificar un mensaje. Temblando, lo abrió. Era un video. Sabiendo, casi, lo que contenía, empezó a reproducirlo. Vio, en primer lugar, el odiado rostro de Misaki, que le decía, burlona:
-"Como sé que sólo viste lo que pasó unos segundos, aquí tienes la película completa, ilusa."
Ante sus ojos, desfiló una cadena de imágenes tan impactantes y dolorosas, que su rabia se desvaneció. Cada secuencia era como un puñal que la hería con alevosía.
-¿Así de fácil caíste, Mei? –Murmuró, sin poder detener las lágrimas- es cierto, después todo…No soy gran cosa para ti. Esas expresiones que tanto me negaste se las diste sin ningún esfuerzo a la zorra más maldita del mundo.
En quince minutos todo volvió a derrumbarse.
Mei salió del baño. Al no encontrar a Yuzu en la cama, pensó que tal vez se había levantado a tomar algo, pero al poco rato, ésta entró. Estaba en el balcón.
-Yuzu!-Se alarmó al ver sangre en su ropa.- ¡Estás sangrando por la nariz!
Intentó tocarla, pero fue suavemente apartada. Mei estaba confundida; Yuzu se sentó en la cama, y Mei pudo ver que sus ojos no tenían brillo, estaban carentes de expresión alguna.
-Mi amor-Mei se arrodilló delante de ella. ¿Qué tienes?
Yuzu levantó el dedo índice y lo puso en la frente de Mei, cuyos ojos violetas brillaban de preocupación, y lo deslizó pasando por su nariz, sus labios, el mentón, el cuello y deteniéndose en el pecho, justo donde creía que se encontraba emplazado el corazón del alma.
-Mei-su voz era débil-Yo te amado desde hace mucho. A pesar de que ignorabas mis sentimientos, fui persistente y la alegría llenó mi ser cuando, al fin, aceptaste salir conmigo. En ese entonces pensé que lo hiciste porque me amabas también. Nunca me lo dijiste, pero yo quería creerlo así.-Las lágrimas empezaron a caer-Pero ahora me doy cuenta de que todo era una ilusión creada por mi mente fantasiosa, producto del ciego amor que he sentido por ti. No sé por qué precisamente ahora has decidido aceptar mis caricias.-Presionó con fuerza su dedo en el pecho de Mei, quien empezó a sentir frío, un frío terrible-No tienes corazón, Mei. Ya no quiero seguir sufriendo por tu culpa; jamás pensé que diría esto-dijo, levantándose de la cama-Ya no puedo seguir contigo. Hemos terminado.
Mei, incrédula, presa de un terror indescriptible, la sujetó por el borde del camisón.
-¿Estás delirando por la fiebre, acaso?-la abrazó con desesperación-Dime que no me estás dejando. ES broma ¿Cierto?
Yuzu, impávida, le asestó un golpe fatal.
-Me obligas a ser cruel.-La separó de sì como si le repugnara su contacto-No vuelvas a tocarme, jamás, en toda tu vida. Ahora sì, sin mentir, puedo decir que me asquea tu presencia. Me despreciaste muchas veces, siendo ya mi novia, y me pregunto el motivo de tanta crueldad de tu parte.
-Yuzu, hace un momento estábamos tan bien, que no podía ser más feliz. No entiendo por qué me hablas así.-Ahora era ella la que lloraba- Dime qué ocurrió, por qué dices que te doy asco.
-Digamos que algo me mostró tu verdadera naturaleza- de improviso, toda la rabia volvió a ella- ¡Sì! Pude ver el color real de tu alma, zorra de mierda.
Esto provocó en Mei el efecto de un disparo. Una bala directo al corazón.
Yuzu la estaba dejando. Sus latidos empezaron a ser irregulares, porque la herida infligida sangraba, amenazando con matarla. Yuzu ya no sentía remordimientos por las palabras que le decía. La miró con indolencia, y le dijo, mientras sacaba una muda de ropa de su armario:
-Procura no hablarme de ahora en adelante Si lo haces, no te garantizo un trato amable. Me das tanta lástima, desechaste mi amor, que valía toneladas de oro puro por una mísera onza de placer sucio y servil, equivalente al valor de la basura.
Se vistió, y salió. Mei se quedó sin reacción alguna. Se dejó caer al suelo cuan larga era. Las lágrimas fluían, empapando el alfombrado, pero no tanto como tenía anegada el alma. ¿Sería que Yuzu estaba enterada del desliz que tuvo con Misaki? No, no era posible. Yuzu ni siquiera había ido a la escuela ese día. Entonces ¿Por qué le dijo esas cosas tan horribles? Ante lo sucedido, sólo un pensamiento se repetía en su mente con monótona insistencia: "La he perdido, la he perdido…."
Yuzu caminó hasta llegar a un puente que estaba levantado sobre un pequeño arroyo. Eran cerca de las ocho de la noche. Miraba melancólicamente a la nada, sumida en una depresión de muerte. Cortar con Mei no estaba en sus planes, pero ya no quería seguir lastimándose. Sentía como si le hubieran amputado la mitad de su ser. "La amo, la amo demasiado", pensaba; pero no estaba dispuesta a seguir llorando por culpa de Mei. Algún día, se daría otra oportunidad para amar de nuevo.
Estar sola no era bueno, así que se dirigió a casa de Harumin; ella era la única a quien podía acudir; también trataría de pasar la noche allí. Sería incómodo, porque Mitsuko estaba ahí, y lo que sucedió con ella, la perturbaba profundamente. Fue algo tierno, bonito, que hacía palpitar su corazón de sólo pensar en ello; los besos y caricias de Harumin también fueron especiales, pero con Mitsuko, el aura cálida, como de ensueño, fue única. Quería ser leal a su amiga, pero la hermana mayor le provocaba una confusión inexplicable.
Mitsuko leía el periódico cuando alguien llamó a la puerta. Miró su reloj de pulsera: las 9.00. ¿Quién sería a esas horas? Se levantó perezosamente.
-¿Yuzu?- Exclamó cuando la vio parada en el umbral. Miró su faz apagada, y sus ojos rojos; su corazón se contrajo al percibir su tristeza.-No te ves bien-continuó- Entra.
Yuzu se dejó caer en el sofá de la pequeña salita. Miró alrededor, buscando a Harumin, pero, al parecer, ya estaba en su cuarto.
-¿Haru ya está dormida?
-Dijo que le dolía la cabeza, y se acostó temprano. Se veía ansiosa. ¿Quieres hablar con ella?
-Venía a pedirte el favor de que me dejaras pasar la noche aquí. Yo… no quiero dormir en mi casa. Tengo algunos problemas con…-Yuzu no quiso pronunciar el nombre de su hermanastra; bajó la cabeza.
Mitsuko, que había comprendido la relación existente entre Yuzu y Mei, no tuvo necesidad de más palabras.
-Ustedes…-carraspeó, nerviosa-¿Están saliendo, verdad?
Yuzu miró a Mitsuko; intentó contenerse, pero no pudo. Empezó a llorar, tratando de reprimir los sollozos para no despertar a Harumin.
-Ya no. Hemos terminado.
Mitsuko pudo sentir en su interior las intensas vibraciones de amargura y tristeza que emanaba Yuzu en ese momento; olvidando la reserva que tenía por lo ocurrido la madrugada anterior, se acercó a ella; tomó su mano y la levantó, abrazándola. Yuzu escondió el rostro en el pecho de Mitsuko, mientras ésta sentía como su propio corazón lloraba de pena al ver a alguien tan buena y alegre como Yuzu en ese demoledor estado.
-Yuzu-dijo, imprimiendo mucho afecto a sus palabras-Sé que viniste a ver a Harumin para intentar hallar algo de consuelo en su compañía; y también sé que ante ella no valgo mucho para ti, pero, con todo mi corazón, te ofrezco mi amistad para que te refugies en ella, como lo estás haciendo ahora.
Yuzu se aferró Mitsuko. Sus brazos eran cálidos, y toda ella era un delicado perfume de diversos aromas que le proporcionaba un indecible consuelo. Levantó la cabeza y la miró a través del triste rocío de sus lágrimas. Mitsuko inclinó su rostro y la besó en la frente.
-Ya no llores.-le dijo, levantándole el mentón-tus ojos me recuerdan al mar del atardecer bajo el sol medio nublado, que tiene el color de una esmeralda algo empañado por la niebla. No permitas que esas nubes de dolor opaquen el maravilloso brillo de tu mirada. ¿Sabías que el verde es el color de la esperanza?
Mitsuko acariciaba su cabello mientras le hablaba así, y Yuzu, emocionada por la ternura que con que ella la miraba, le dijo, secándose las lágrimas:
-Eres demasiado alta. Inclínate un poco.
Mitsuko, sabiendo que Yuzu quería besarla, le tomó la mano y salió de la casa, caminando con ella hasta llegar un pequeño parque; la sentó en un muro, de manera que quedara al nivel de su rostro y, cobijadas bajo el manto de la noche saturado de estrellas, unió sus labios los de ella.
Desde la primera vez que lo hiciera (aun no transcurrían veinticuatro horas) el recuerdo de esos besos volvían una y otra vez a su mente, tejiendo en ella el deseo de tenerla nuevamente a su disposición, pero sin ayuda del licor. No imaginó que sería tan pronto, aunque el aguijón de la culpa no dejaba de repetirle: "Estás robándole estos momentos a tu hermanita". Si hubiera llamado a Harumin, no dudaba que el malestar del que se quejaba habría desaparecido al instante con sólo ver a Yuzu. Sin embargo, se sentía plena de dicha dándole rienda suelta a los sentimientos que nacieron, fruto del contacto de sus caricias y que la elevaban al cielo en una burbuja de cálidas sensaciones.
Y así, cada segundo era una gota de amor que caía en el vaso del alma de Yuzu. Besaba a Mitsuko, desahogando con cada caricia toda la tristeza que atribulaba a su espíritu sediento de amor sincero; se besaron hasta que el aire se hizo denso, y los suaves gemidos que provocaban tales besos le añadieron algo de música a la serena noche. Ambas empezaron a temblar. Mitsuko sentía temor de sus propias reacciones y Yuzu, presintiendo que pronto los besos no bastarían para apaciguar el fuego que había empezado a arder en sus cuerpos, se separó con dificultad de los magnéticos brazos que la envolvían.
-Mitsuko- le dijo mientras le sujetaba las solapas de la blusa roja que traía puesta, y apoyaba la cabeza en su pecho-Volvamos a tu casa.
-Estoy de acuerdo.-puso ambas manos en las mejillas de Yuzu- Volvamos.
Tomadas de la mano, emprendieron el regreso, caminando lentamente. Yuzu había alcanzado cierto sosiego mientras aspiraba el fresco aire nocturno, pero el alfilerazo de preocupación por saber cómo se encontraba Mei en ese momento le impedía sentir plena tranquilidad. Para no arruinar la poca paz que sentía en ese momento, pasó su brazo detrás de la cintura de Mitsuko, atrayéndola hacia sì. Pudo sentir mucha más seguridad abrazándola, y ella correspondió a ese gesto tan dulce pasando su brazo por sus hombros.
-Yuzu- le preguntó- Puedo sentir que amas a Mei. ¿Qué ocurrió entre ustedes? Si no quieres decírmelo, entiendo.
-Te lo diré.
Yuzu hizo un resumen de su relación con Mei desde el día que la conoció. Aunque intentaba no poner demasiado énfasis en sus palabras, no dejaban estas de tener un tinte de nostalgia. Mitsuko supo cómo luchó por conquistar el amor de Mei y lo feliz que fue mientras duró la relación. Cuando llegó al punto de los últimos acontecimientos, su voz empezó a flaquear.
-Si es tan difícil hablar de ello, no te fuerces.- Le dijo Mitsuko al sentir un ligero temblor en el cuerpo de Yuzu.
Después de pensarlo un momento, Yuzu tendió su celular a Mitsuko.
-Reproduce ese video- le dijo – Esa es la razón de nuestra ruptura.
Mitsuko tuvo que hacer acopio de valor para terminar de verlo. Aparte de que, a su parecer, parecía una película porno amateur, ver a Mei en tal actitud sobrepasó los límites de su comprensión. ¿Cómo pudo engañar a un ángel tan precioso como Yuzu con esa zorra? Ella también conocía a Misaki, y esa mujer no le inspiraba ni un ápice de confianza.
Yuzu se había apartado un poco. Parecía llorar. El corazón de Mitsuko se encogió al verla tan triste. Fue a su lado y la abrazó fuertemente, susurrándole al oído:
-Tal vez jamás llegues a amar a alguien con la misma profundidad con que la has amado a ella; pero, en este instante, mi alma sólo tiene un deseo: verte sonreír. Quiero ver la luz de tu risa, que es como el sol en un día de primavera. Quiero tomar tu mano y empezar a caminar contigo, llenarte de caricias y besos, tratarte como la princesa que eres. Sé que es muy prematuro, pero es lo que siento decirte en este momento.-Levantó su rostro, mirándola con sus ojos castaños desbordantes de dulzura-¿Quieres intentarlo conmigo?
Yuzu quedó hechizada ante la cautivante mirada de Mitsuko. Esta se inclinó y la besó; fue un beso que le pedía una oportunidad para quererla. No obstante, se separó de ella.
-Mitsuko-Yuzu suspiró con melancolía- Haru me ama. ¿Cómo crees que se sentirá si yo empiezo a salir contigo, cuando ella ha estado amándome dese hace tanto tiempo?
Mitsuko enmudeció. Su hermana sufriría por su culpa; pero la fuerte atracción que sentía hacia Yuzu era demasiado para su voluntad.
-Yuzu…
--Dejémoslo así. –Interrumpió Yuzu, alejándose rápidamente de Mitsuko-Sólo le haré daño a las dos. Mi vida de por sì ya es una a auténtica mierda, como para volver añicos la de ustedes. Jamás me lo perdonaría.-Echó a correr, para no enfrentar la expresión de ese rostro, que se agitaba por mil emociones internas.
Mitsuko la siguió, atrapándola por el borde de la manga de su blusa.
-Dime que esto no te gusta.-le dijo apasionadamente antes de besarla con tanta efusión que casi pierden el equilibrio. Yuzu, hambrienta de amor, se sujetó a ella, correspondiendo con mucha más pasión de la que le brindaba ese cuerpo vibrante.
No podría decir cuánto tiempo estuvieron besándose y tocándose mutuamente; pero cuando al fin hicieron una pausa, ambas ardían, consecuencia de una extraña fiebre que amenazaba con calcinarlas.
-Mitsuko-dijo Yuzu rozándole el lóbulo de la oreja con sus labios cálidos- Debemos parar. Estoy empezando a desear tu cuerpo con tanta fuerza que siento que me dar un infarto.
--En verdad me gustas, Yuzu. –Mitsuko respiraba agitadamente-Harumin me importa, pero quiero seguir experimentando estas dulces sensaciones que producen tus labios en mi piel.
Yuzu no respondió. Cuando llegaron al departamento, se recostaron en el pequeño sofá; Yuzu acopló su cuerpo a la alta figura de Mitsuko y ésta se dedicó a peinar con sus dedos el suave cabello rubio de ella, mientras conversaban en voz muy baja.
-Deberías borrar ese video.-le recomendó Mitsuko- Tenerlo allí es como tener veneno para el alma. No te lastimes así.
Yuzu meditó unos segundos antes de contestar.
-Quiero conservarlo como un recordatorio de que no debo confiar ciegamente en las personas, por mucho que las ames. En cuanto a lo que me pediste hace un rato, no tengo una respuesta ahora. Sólo sigamos haciendo lo que nos dicte el corazón. Parece que mi vida tomó un giro definitivo el día que Haru me declaró sus sentimientos en ese día de lluvia.
Mitsuko no respondió; pensar en Harumin la atormentaba. Estaba robándole la oportunidad de ser amada por Yuzu. Pero en ese instante, lo único que quería hacer era tenerla así por siempre, y, por fin, se durmieron estrechamente unidas en un romántico abrazo.
Por la mañana, muy temprano, en la casa Aihara, Mei, totalmente desvelada, se vestía nostálgicamente para ir a la escuela. Le dolía el pecho. Tomó el cuaderno de citas que Yuzu había hecho cuando empezaron a salir y lo ojeó, pensando en que ya no podría tener más citas con ella. Se topó con aquella vieja foto que fue tomada en el parque de diversiones. Himeko, Yuzu, Harumin y ella. El rosto de su amor, que la observaba sonrojada, enamorada.
"Yuzu, mi amor, extraño el calor de tu cuerpo junto al mío. Me incomodaba tanto al principio, y ahora me duele ver tu lugar vacío en la cama. Extraño tus ojos que deliraban de amor por mí cada vez que me miraban…extraño tus abrazos repentinos, tus besos furtivos y tu sonrisa feliz y espontánea".-No quería llorar más pero recordar los momentos felices quebrantaba su ánimo.
Buscó la cajita donde Yuzu guardaba los anillos que en aquella feliz ocasión ella le diera para fortalecer su noviazgo. Se lamentó de no haberle dado a Yuzu el gusto de verla llevarlo en público. Todo en su habitación le recordaba a Yuzu: su uniforme colgado en la percha, sus libros, el olor de su perfume, aún flotando en la atmósfera…. Entonces, negándose a darse por vencida, se puso el anillo, diciéndose a sí misma resueltamente mientras miraba la foto:
-No dejaré que te desvanezcas de mi vida. Así me rechaces cien veces, cien veces más iré a ti, hasta que tu amor por mí despierte como luz de este nuevo día.
Miró el rostro sonriente de Harumin en la foto. Jamás pensó que el verdadero peligro no radicaba en esa gal disfrazada; de haberlo sabido, su miedo a perder a Yuzu habría crecido de forma abrumadora y angustiante.
Yuzu despertó por el suave cosquilleo que sintió en su oreja. Era Mitsuko, quien soplaba suavemente para despertarla del modo más tranquilo posible. Lo primero que vio al abrir los ojos fue su rostro sonriente, que la miraba fijamente. Instintivamente, fue a sus labios, besándola suavemente.
-Te ves preciosa cuando duermes.-dijo Mitsuko-Tuve que contenerme para no desayunarte a besos.
-Yo lo haré primero- replicó Yuzu, llenando de besos toda su cara.
-Me haces cosquillas.-deslizó sus manos por la sedosa cabellera dorada de Yuzu. –Me gustas mucho, Aihara Yuzuko.
Yuzu se acurrucó en sus brazos, recordando con punzante dolor el querido rostro de Mei. A pesar de todo, jamás podría odiarla. La amó durante demasiado tiempo y aún la amaba. Ese mismo dolor era lo que la llevaba a otros brazos. Los de Harumin eran maravillosos, pero los que la estrechaban en ese momento tenían la facultad de consolarla y de calmar un tanto la tristeza que parecía haberse convertido en su sombra. No entendía por qué, pero Mitsuko la consolaba. No se daba cuenta que ella se estaba filtrando en su corazón, lenta y paciente, como un tímido lucero en la inmensidad del universo.
-Vamos a desayunar. –Dijo Mitsuko, quien había perdido la noción del tiempo. Cuando ambas se levantaron, se encontraron con la figura Harumin, que estaba en la entrada de la salita, vestida con su uniforme, y que las miraba con ojos extraviados e impenetrables.
