"CÓMO OCULTAR QUE TE AMO"
Capítulo 16
Las estrellas brillaban débilmente, y el cielo estaba empañado por tenues nubes que no permitían a la luna saludar a la gélida noche. Envueltas en una gruesa manta, Yuzu y Mitsuko miraban desde el balcón de la villa, el invernal paisaje que se desplegaba ante sus ojos. Estaban ensimismadas, sumergidas en su propio universo de emotivos pensamientos acerca de lo que sentían la una por la otra.
Después del baile de clausura, Yuzu, algo avergonzada, le había pedido licencia a Mamá para pasar la noche fuera de casa, aunque era obvio con quien se iba a quedar.
-Claro, Yuzu.-sonrió juguetonamente, mirando a Mitsuko, que estaba agradablemente sonrojada junto a su auto-pero no vayas a portar mal.
Yuzu agachó la cabeza, sabiendo lo que había querido decir su madre.
-Mamá, gracias por ser tan comprensiva con esta atolondrada que tienes por hija.
-Eres mi niña linda, y mereces ser feliz. Vé con ella, que el amor no admite espera.
Yuzu voló al lado de Mitsuko, tratando desesperadamente de no cruzar su mirada con la de Mei. Sin embargo, sus ojos se posaron un pequeñísimo instante en los de ella; eso bastó para leer la infinita tristeza que embargaba su alma. Temblando, se apresuró a subir al coche, tratando de alejar de su mente ese rostro atormentado.
Media hora después, se encontraban en su adorada villa, contemplando los ligeros copos de nieve que caían y que, para ellas, eran como helados cirios de amor que las saludaban con su divina belleza.
-Yuzuko, mi cielo…-susurró Mitsuko, sujetando su mano con dulzura.
-¿Sí?
-Pensé que te perdería. No te imaginas cuánto sufrí creyendo que llegarías a despreciarme tal como lo hiciste con Mei. Te quiero tanto…
-Perdóname por no creer en ti de inmediato, Mitsu. No fue mi intención hacerte llorar.
-Con lo que hiciste por mí hace poco, tengo suficiente muestra de tu amor, así que no vuelvas disculparte.
Yuzu besó a Mitsuko por primera vez después de su corta separación; la besó con fuerza sofocante, ansiosa, ingrávida, hasta que sus cuerpos amenazaron con hacer combustión, prestos a encenderse. Sus lenguas se excitaron, iniciando una danza interna, como si quisieran devorarse mutuamente.
-Vamos a la cama, Mitsu.-jadeó Yuzu. -
-Está bien, pero primero haremos el amor aquí.- Dijo Mitsuko, con la respiración alocada, cayendo sobre ella en el ancho diván. Sus manos inquietas resbalaron hasta la intimidad de Yuzu, haciéndola suspirar, deleitándose en el placer que experimentaría dentro de poco.
Hicieron el amor con frenesí, casi con dolor, afanosas, dejando escapar delirantes gemidos de éxtasis en la dulce y envolvente noche.
Después del tercer orgasmo, permanecieron despiertas un rato más. Yuzu no se cansaba de recorrer con sus manos cada parte del cuerpo de Mitsuko, ni de besar continuamente sus labios.
-Te gusta mucho besar, ¿verdad, Yuzu? -
-Sí. Me encanta esa sensación cálida del roce de los labios; no sé, es agradable unir mi boca con la tuya, y probar tu lengua. Es como beber de un elixir que me llena de vitalidad.
- Qué pervertida eres. Por mí, puedes besarme hasta desgastarme la piel. -Mitsuko le devolvió triplicadas todas esas caricias, deseando poder ser parte del cuerpo de ella para así estar día y noche dentro de ella.
-Te amo, princesa. No sé qué voy a hacer con este amor que ha llenado mi vida de tal forma que ya no puedo pensar en otra cosa que no seas tú, y me da pánico pensar que nuevamente Misaki quiera intervenir.
A la mente de Yuzu llegó el recuerdo de aquella mirada triste y extraña que Misaki le dirigiera. De pronto, un
fugaz resplandor de antiguas evocaciones le iluminó por un segundo las profundidades más ocultas de su subconsciente, creando en ella la incómoda sensación de que era no era la primera vez que veía esa mirada triste en esos profundos e inescrutables ojos azules.
-Mitsu, me pareció ver algo en mis memorias más olvidadas, pero no puedo precisar qué. Esos ojos…
-Qué raro, Yuzuko. ¿No será que ella te conoce de antes? Lo digo por ese empeño en querer aislarte de las personas que amas; es como si le hubieras hecho algo terrible, y quisiera vengarse de ti.
-No lo sé, pero hay veces en que su mirada de hielo me da escalofríos. He llegado a sentir miedo, por la manera como me trata y me habla.
-Mi amor, quisiera poder meterte en mi puño, para así resguardarte de cualquier daño que alguien pudiera hacerte.-murmuró Mitsuko, abrazándola protectoramente.
-No te preocupes. Ya me las apañaré con ella. Trataré de evitarla lo más que pueda, hasta descifrar el motivo de esa obsesión que parece tener de no dejarme ser feliz. Pero no hablemos más de ella. Hagamos otras cosas…
-Degenerada…hmmm-Mitsuko se retorció; Yuzu había descendido a su sexo, besando con avidez su interior tibio, metiendo uso de sus dedos al mismo tiempo, moviéndolo hasta que el cuerpo de Mitsuko se curvó, sacudiéndose orgásmicamente.
-Yuzu, eres tan hermosa.-gimió débilmente, repleta de placer-Ven-tomó a Yuzu por el cabello, ubicándola encima de su cuerpo- Eres muy buena haciendo el amor.
-Tú eres mejor. Te quiero, Mitsu.
Se besaron por enésima vez aquella noche, sintiendo en cada instante de amor el murmullo próvido de sus corazones amantes, que fluía como un río que nacía en sus miradas resplandecientes y desembocaba en el intenso placer que hacía saltar a sus cuerpos con apasionado fervor.
Dos meses más transcurrieron. Durante ese tiempo, Yuzu parecía flotar en una nube de color rosa que no admitía más presencia que la de Mitsuko y la de ella misma. Se sentía completamente dichosa a su lado, y ya no le cohibía besarla en público, ni tomarle la mano o abrazarla estrechamente delante de quien fuera. En verdad la amaba. O eso creía...
Porque había algo que nublaba su felicidad con cierta frecuencia: Mei.
Mei. La preciosa chica de ojos violetas, metódica, aplicada en los estudios y consagrada a su cargo como presidenta estudiantil, se estaba esfumando poco a poco. Ya no lloraba por Yuzu como al principio; es más, era muy raro que de sus ojos brotase una lágrima; pero, si las lágrimas del corazón cuentan, el pecho de Mei era un caudal que corría constantemente. No había ocasión en que no mirara a Yuzu con esa elocuente expresión de amarga resignación y anhelo, lo cual provocaba en Yuzu reacciones que amenazaban con volverla loca. En esos momentos, el impulso de abrazarla y cubrirla de caricias para que no estuviera triste era tan fuerte, que tenía que huir, de donde quiera que estuviese, para no ceder a la tentación; porque Yuzu, a pesar de la hermosa relación que llevaba con Mitsuko, aún amaba a Mei. Y eso la llevaba a cuestionarse muchas cosas. ¿Cuándo dejaría de amarla tanto? ¿Por qué le costaba tanto estar a solas con ella, sin sentir el fuerte deseo de tenerla entre sus brazos? Y, sobre todo ¿Podría Mitsuko eliminar ese amor que llevaba tan prendido en su alma?
Le preocupaba mucho el hecho de que el rendimiento académico de Mei se estuviera yendo al traste. De los primeros lugares en el rango de calificaciones general, había descendido abruptamente al puesto ochenta. Incluso Yuzu tenía el promedio muy por encima de eso, ubicándose en el puesto cuarenta y dos. Pasaba mucho tiempo con Mitsuko, y ésta era una enorme ayuda a la hora de estudiar, y eso le había servido para ascender en su promedio.
El abuelo de Mei llamó Yuzu cierto día. Con mucho respeto, y cierto temor, Yuzu acudió al llamado. Por un momento, pensó que iba a regañarla, así que entró a su despacho, en la mansión donde vivía, cabizbaja.
-Hola, abuelo. -saludó, tensa e insegura.
El señor Aihara le hizo una señal para que se sentara.
Yuzu se sentó, esperando una severa reprimenda. La cara del abuelo no tenía trazas de afabilidad, y eso la puso más nerviosa aún.
-Yuzu.
-¿Sí?
-Tal vez creas que te he llamado para regañarte o algo así, pero no te preocupes, no es nada de eso. Siento que mi cara sea así de seria. Quiero felicitarte por haberte adaptado tan bien a tu nueva posi-ción. A pesar de que no cumples a cabalidad con las normas del instituto, has mejorado tu rendimiento, e incluso has manifestado un gran talento musical. Me alegro que pongas en alto el nombre de nuestra familia.
Yuzu no se esperaba semejantes palabras. Inclinó la cabeza, avergonzada.
-Gracias, abuelo.
-Gracias a ti. Has ganado una beca en la Universidad de Tokio, y eso es un logro enorme para cualquier estudiante. Es gratificante saber que serás una persona de provecho para la sociedad. No estoy muy de acuerdo con la relación que tienes con Mitsuko, pero se trata de tu corazón, y no puedo interferir, por mucho que yo quiera verte casada en el futuro con un hombre de buena posición social.
-Abuelo, en cuanto a eso...-Yuzu se incomodó muchísimo. Lo último que pensó fue que el abuelo tocaría ese tema.
-No digas nada, por favor. La sociedad actual no es la de mi juventud, así que puedo entenderlo.-a pesar de su rostro impertérrito, el señor Aihara sonrió.- Eres una gran muchacha. Por eso quiero preguntarte algo. Ya que vives con Mei, me gustaría saber por qué su promedio académico ha bajado tanto. Me extraña, porque ella siempre ha sido una excelente estudiante; algo debe estarle sucediendo. ¿Tú sabes algo, Yuzu?
Yuzu bajó los ojos. Por supuesto que conocía la razón de los problemas de Mei; el abuelo lo tenía frente a sus ojos: ella misma. Mei parecía respirar sólo por ella. Sólo verla le mostraba cuán afectada estaba aún por la ruptura, y Yuzu se preguntaba si alguna vez Mei podría superarlo. Obviamente, no podía decirle nada al abuelo, así que musitó una respuesta vaga y nada concisa.
-La verdad, ella no me habla mucho últimamente. No sabría decirle qué es lo que le preocupa.
El señor Aihara suspiró.
-Me lo suponía. Mei nunca ha sido alguien que guste de compartir sus problemas, así sienta que está a punto de colapsar. Hace unos días intenté hablar con ella, pero sólo respondió con evasivas. La vi tan apesadumbrada, que no me atreví a reñirla. Por eso, quiero pedirte que hables con ella, y trates de averiguar qué es lo que la atribula; dile que se alimente bien; está muy delgada.
-Cla-claro que lo haré, abuelo. No le prometo nada, pero haré lo posible por ayudarla.
-Te lo agradecería. Mi salud está delicada aún, y mi médico me ha prohibido trabajar durante un largo tiempo, así que contaba con Mei para ayudarme, pero si sigue así, tendré que recurrir a la familia Okazaki.
Yuzu brincó imperceptiblemente al escuchar ese apellido.
-¿Okazaki?
-Sí. Ellos son mis socios en negocios no relacionados con la escuela, pero al parecer la principal here-dera se ha mostrado interesada en la Academia Aihara. Como sabes, ella estuvo aquí hace poco, pero al cierre del Festival Escolar tuvo que regresar a Inglaterra. Sin embargo, su padre me ha estado llamando, pidiéndome que le permita a su hija ayudar en la administración del Instituto, y si Mei sigue así, tendré que hacerlo.
-Abuelo, yo podría...
El abuelo levantó la mano, deteniendo las palabras de Yuzu.
-Sé lo que vas a decir, y te lo agradezco, pero no posees cualidades administrativas. Mejor céntrate en tu música y trata de ayudar a Mei, ya que yo no puedo hacerlo.
-Está bien, abuelo.
Yuzu no sabía qué hacer para sacar a Mei de ese estado de inercia en que había caído. Después de su conversación con el abuelo, intentó hablar con Mei. No quería tener a Misaki cerca, pero si Mei no despertaba de ese letargo emocional, tendría que soportar esas miradas extrañas y el peculiar acoso al que esa rara chica la sometía. Y, por otro lado, no quería ver a Mei tan triste. Lo peor era que ella ya no le decía nada. Sólo la miraba...
Esa misma noche decidió hablar con ella. Había quedado con Mitsuko, pero decidió cancelar la cita. En ese tiempo, a Yuzu sólo le faltaba vivir con ella. Estaba tan enardecida con sus caricias, que casi todas las noches amanecía en sus brazos. Parecía que nunca iba a saciarse, pues había convertido el sexo en el principal motor de su relación. Cuando más la perturbaba la aflicción de Mei, se refugiaba con más ahínco en Mitsuko, tratando de huir de los llamados que su corazón le hacía con respecto a Mei. Porque Yuzu seguía amando a Mei con locura, y no sabía qué hacer para sacarla de su alma. Hacía un mes, Mitsuko había tenido que viajar a otro distrito por dos semanas para un trabajo relacionado con su carrera,y en ese período Yuzu sintió un vacío en su pecho que quemaba su espíritu. Cuando Mitsuko regresó, se arrojó sobre ella con desesperación, arracàndole la ropa, ansiosa por su cuerpo. Mitsuko estaba igual, y los gritos de éxtasis de ambas no parecieron ser suficientes para liberar la tensión sexual que se había acumulado en esos días.
Saciados sus deseos, el vacío regresó. Y cuanto más se entregaba a la pasión, más grande era el hueco. Mitsuko la llenaba de detalles que la hacían muy feliz, pero no lograba llenar ese doloroso espacio. Hizo el amor con Mitsuko casi a diario,entregándose al sexo de forma desenfrenada, tratando de desechar ese incómodo sentimiento, sin lograrlo. Lo único que calmaba su ansiedad era ver el rostro de Mei. Moría por besarla siempre que su mirada amorosa se cruzaba con la de ella, pero odiaba la infidelidad, así que prefería correr a los brazos de Mitsuko para escapar de ese loco deseo.
Mitsuko percibió esa ansiedad, atribuyéndola acertadamente a Mei. Trató por todos los medios imaginables de hacer que Yuzu dejara de amar a su hermanastra, pero sentía que esos esfuerzos eran vanos. Mei estaba filtrada en Yuzu como la sangre en las venas, y parecía imposible sacarla de allí. Empezó a sentir miedo.
Quizá Yuzu sólo se sentía atraída a ella por el exquisito sexo que practicaban, y no por su corazón y su alma. Sin embargo, ignoró esas sospechas y siguió adelante, pensando que sólo era cuestión de tiempo que Yuzu olvidara a Mei.
Y así, llegamos al punto actual de nuestra historia. Mei había caído en un pantano depresivo, tanto, que incluso su abuelo lo había notado. Mamá también estaba preocupada, pero Mei evitaba quedar a solas con ella para escapar de cualquier interrogatorio.
Esa noche, Yuzu estaba triste. Lo que el abuelo le había dicho la tenía atenazada. Era cierto que Mei comía sólo lo necesario para no morir de inanición, bajando de peso de forma alarmante, y sus estu-dios iban de mal en peor. Y eso hacía que Yuzu se sintiera terriblemente culpable. Quizá había exage-rado algunas cosas...
Cuando Mei vio que Yuzu no saldría esa noche, no pudo evitar decir:
-Qué sorpresa. Es raro que duermas esta noche aquí.
Yuzu desvió la mirada.
-Quiero hablar contigo.
Mei le dio la espalda, apretando los puños.
-Sé que hoy hablaste con mi abuelo, así que ahórrate tus palabras. Tú ya sabes por qué he caído, así que es innecesario que indagues acerca de cosas que ya conoces. Eso sólo me hará padecer aún más. No te castigues permaneciendo a mi lado; sé que deseas estar con tu novia.
-Mei, no hables de ese modo. Para mí nunca será un castigo estar contigo.
Al escuchar eso, Mei giró la cabeza, mirando a Yuzu con esa mirada profunda y dolorosamente triste.
-Yuzu, nunca pensé decir esto, pero no tienes idea de cuánto me arrepiento de haberme enamorado de ti.
Estas palabras impactaron a Yuzu más de lo que hubiera esperado. Su corazón se removió de su sitio, emplazando a un dolor agudo y penetrante en su lugar.
-Entiendo por qué lo dices, Mei. Pero no deja de doler. Sé que siempre fui una carga para ti.
-¿Carga?-repitió Mei- Tal vez al principio sí te consideré una persona entrometida y algo intensa, pero tu pasión por la vida me llevó a ti de forma irresistible. Aunque nunca lo demostré,siempre te amé, Yuzu. Sé de sobra que fui yo quien falló primero, pero ¿no crees que llevaste tu resentimiento a extremos exagerados?
Yuzu sabía que Mei tenía razón; aun así, le pareció injusto que Mei quisiera lavarse las manos, y así se lo expresó.
-No puedo creer que insinúes que yo tengo la culpa de todo lo que ha pasado. Tú misma me alejaste de ti. ¿Qué habrías hecho si me hubieras encontrado en brazos de otra? ¿Cómo crees que me sentí cuando te vi con ella? Quise morir.
-Me habría enojado contigo, pero te amo tanto que lo hubiera perdonado...pero qué has hecho tú? Te dedicaste a herirme, a maltratar a mi corazón, hasta el punto de dejarlo destruido. -En este punto, Mei no pudo detener por más tiempo el llanto que se había comprimido en su pecho tantos días-¿Puedes siquiera imaginar cómo me lastima ver tu lugar vacío cada noche? Y cuando regresas, puedo sentir el olor de otra adherido a tu piel, y eso es cruel, Yuzu.
Mei se había sentado en la cama, sacudiéndose por la fuerza de los sollozos. Yuzu empezó a llorar también, pero lo hacía por Mei, no por ella. Se acercó, y trató de abrazarla, pero Mei la apartó.
-No, Yuzu. No me abraces más. Me ilusionas cuando lo haces. Dentro de poco estarás con tu novia, y me dejarás sola otra vez. No me martirices más.
-Mei, perdóname...
-No hay nada que perdonar. Creo que soy muy egoísta, al fin y al cabo. Tú sólo intentas ser feliz. Si yo no hubiese caído con Misaki, tú nunca habrías salido con Harumin, y mucho menos con Mitsuko. Pero pienso que demostraste ser mucho más débil que yo, a pesar del terrible error que cometí.
-¿Débil yo?
-Sí, tú. He soportado cuatro largos meses tu rechazo e indiferencia. He tenido que verte de la mano con otras personas, ver en tu cuerpo las señales de tu idilio con ellas, y lo he guardado para mí misma. No he recurrido a nadie para aliviar esta tristeza que me está desintegrando milímetro por milímetro, en una especie de muerte a cámara lenta. He estado sola, Yuzu. Sola. ¿Sabes por qué? Porque te amo. Tuve un momento de debilidad que no supe afrontar, y hasta el día de mi muerte lo lamentaré. No pudiste perdonarme. Preferiste ir a otros brazos y refugiarte en otro cuerpo. Yo no lo hice, ni lo haría, así me muera de tristeza por tu ausencia; te amo demasiado como para intentar reemplazarte con otra.
-Mei, yo... no sé qué decir.
-A pesar de todo tu positivismo, demostraste ser lamentablemente más débil. No sabes, Yuzu... cuánto he llorado por ti. Y tú tan feliz, ignorando mi llanto, besando y abrazando a otra delante de mí, como si yo fuera de acero...Yuzu, eres cruel.
Mei se acurrucó en la cama, tiritando. Yuzu se acostó a su lado, mirándola de frente.
-Sé que te herido, Mei. La verdad es que soy una mala persona. Quise vengarme de ti, pero mira a dónde te he llevado.-besó su frente, llorando-Perdóname.
-No, Yuzu, no me beses. Te lo suplico. -se apartó un poco- No eres mía. Y no quiero las sobras de tu amor. Si fueras a volver conmigo, sería distinto. Dentro de poco estarás con Mitsuko, y serás feliz otra vez. Conmigo sólo sufres. Una vez me lo dijiste. Se me ha muerto el corazón, Yuzu ; me enamoré, y fue mi error...ahora pago por amarte y el pecado de adorarte, y me dejas, me dejas...Por Dios, no sabes cómo me duele. No sé por qué caí ante tu sonrisa, si ibas a ser tan fugaz como la brisa, no sé por qué tengo que amarte; quise quitar las espinas que sembré en tu corazón, pero no pude; te perdí, y ése será siempre mi sufrimiento.
Las lágrimas de Mei eran tan tristes, que Yuzu se estremeció. Sintió que su amor por ella crecía de forma angustiante y maravillosa al mismo tiempo. Volvió a ponerse frente a ella muy, muy cerca , y empezó a secar con dulces besos la humedad de su rostro. Mei se revolvió, resistiéndose a esas caricias que tanto anhelaba, pero que la harían sentirse más sola que nunca en cuanto Yuzu volviera a los brazos de Mitsuko.
-No me acaricies; no me hagas más daño, te lo imploro. Cómo desearía gobernar a mi corazón, para sacar estos sentimientos que lo han matado; pero ¿cómo olvidar que existes? Te fastidió quererme, te cansaste de amarme y sólo me queda sangrar por ti y tu ausencia, que me está volviendo loca.
Sin saber qué decir para consolarla, Yuzu reiteró su intento de estrecharla contra su corazón.
-Mei...yo te amo. Nunca he dejado de amarte- susurró Yuzu, poniendo la cabeza de Mei en su pecho.-Te amo, y este amor es como el universo: infinito, eterno.
-Si me amaras, me habrías perdonado. Amar es perdonar. Pero tú te solazaste en despedazarme con tu indolencia. Quisiera que la tierra girara al revés, volverme pequeñita otra vez, y volver a nacer, y así no tener que volver a extrañarte, ni en tu fotografía anhelarte, ni llevarte fundida en mi alma como si fueras parte de mí. Sólo quiero saber una cosa, Yuzu: ¿Cómo hiciste para olvidarte de mí? He intentado hacer lo mismo, te juro que trato, y no he podido encontrar el remedio para olvidarte. Con tu partida siento tanto frío, que muero en silencio...-Mei se había aferrado al pecho de Yuzu,
De inmediato, Yuzu percibió que todo cambiaba en su alma al sentirla entre sus brazos; ese vacío que Mitsuko no lograba llenar, se desbordó de amor, un amor inmenso como el cielo, y notó que había algo mágico y enloquecido en aquel frágil cuerpo que se ceñía al suyo, y un resplandor cálido y dulce en aquellos ojos violetas que la miraban llorando. Parecía que ya no existía el frío invierno. Para Yuzu, había vuelto la primavera, esa casi olvidada y fragante primavera de verdores y murmullos de fuentes, una primavera plácida e indolente, de días despreocupados en el que su amor por Mei era el principal motor de su vida. Se desvanecieron por encanto todos los momentos amargos, y vio que los labios de ella, trémulos y pálidos, se abrían cerca de ella, y los besó.
En los oídos de Mei resonó un ruido extraño y profundo, como si hubiesen puesto junto a ellos dos caracolas de mar, y en medio de ese fragor percibió oscuramente las trepidaciones de su corazón. Su cuerpo parecía fundirse con el de Yuzu, y durante un incalculable momento permanecieron unidas la una a la otra, mientras los labios de ella oprimían los de Yuzu ansiosa, insaciablemente. Yuzu se puso encima de ella, extedièndole los brazos, entrelazando sus manos con las de ella en forma agónica.
Pero Yuzu, cuando más fusionada estaba a los labios de Mei, se soltó súbitamente. Levantándose, miró a Mei con ojos de los que había desaparecido toda indiferencia; eran ojos atormentados por la lucha y la desesperación.
-Mei- dijo, jadeando-, mi amor. Te amo con todas las fuerzas que posee mi alma torpe y descuidada. Pero tengo novia. No puedo engañarla. No puedo, Mei.
Ésta última se sentó en la cama. En cambio, sus ojos había adquirido algo de vida. Yuzu la había besa-do con verdadero amor, ferviente y apasionado.
-Yuzu- replicó a su vez- Me amas. Vuelve conmigo, Yuzu. Tú me amas a mí, no a Mitsuko, ni a nadie más.
-Voy a salir-murmuró Yuzu.
-¿Por qué te vas? Quédate conmigo. No vayas a ella; no después de besarme como lo hiciste.
-¿Cómo podría quedarme aquí después de lo ocurrido?-En la frente de Yuzu se habían formado pe-queñas gotitas de sudor, y tenía las manos cerradas en forma de garra, como si le doliesen. Miró a Mei, con sus penetrantes ojos verdes.
-No podría seguir a tu lado, sin desear besarte mil veces más. Mitsuko ha sido muy buena, y no merece que le sea infiel...-le dio la espalda y huyó.
Mei, sentada en la cama aún, sintió como si un revitalizante río se llevara todas las tristezas que la agobiaban. Yuzu la amaba, la amaba. Aún había esperanzas.
Yuzu salió a la fría noche de invierno. Desesperada, atribulada. Pensó que amaba a Mitsuko; pero ya no se sentía muy segura al respecto. Angustiada por la confusa tormenta que se libraba en su interior, paró un taxi y se dirigió al departamento de las Taniguchi. Al llegar, tocó la puerta de forma apremiante, rogando porque fuera Mitsuko quien abriera.
-¿Princesa?-Mitsuko la miraba, creyendo que veía mal.
-Mitsu, te necesito a mi lado esta noche.-respondió Yuzu, entrando. Cerró la puerta.- ¿Y Haru?
-Se quedó en casa de Matsuri. ¿Qué ocurre? Pensé que hoy no nos veríamos.
Yuzu no respondió. Se lanzó a los brazos de Mitsuko, besándola fuerte, casi con furia. No la soltó hasta que, por fuerza, tuvo que detenerse a tomar aire, permitiendo que ella hiciera lo mismo.
-Mitsuko, vamos a tu alcoba.
Ésta estaba sorprendida. Yuzu se veía febril, extraña.
Como Mitsuko se había quedado parada, mirándola como si quisiera leer dentro de ella, la tomó de la mano y la llevó ella misma a la habitación. Una vez allí, la tiró en la cama, presa de un súbito deseo por poseerla. Poniéndose sobre ella, y sin dejar que ella le dijera algo, se apoderó de sus labios, metiendo sus manos por todos los recovecos de su cuerpo, haciendo que Mitsuko exhalara fuerte gemidos de placer.
-Mitsu, te amo.-repetía Yuzu, una y otra vez.
-Princesa...Qué...?-Quería preguntarle el motivo de su ansiedad, pero Yuzu volvió a sus labios, mor-diéndolos con sutileza.
-Yuzuko! -ésta le sacó a los tirones el pijama, quitándose ella misma su propia ropa; con su lengua, recorrió cada parte sensible del cuerpo sudoroso de Mitsuko. Bebió todos sus fluidos, mordió en diversos lugares,atenazando sus pechos con sus dientes hambrientos y, ya sin poder aguantar más, puso su vagina, que estaba a punto de explotar, frente a la de ella. Se acopló, poniéndose encima de Mitsuko, y metió dos dedos en su interior, ayudándose con rápidos y desesperados golpes de su cadera, lo cual hacía que con cada embestida, los dedos penetraran más profundo en la intimidad hirviente de su novia.
-Mitsu, Mitsu, te amo...Ahhh, Mitsu...-gruñía Yuzu- esto es tan bueno...-Yuzu no concedía tregua en sus movimientos, y Mitsuko enterró profundamente las uñas en la espalda de ella, rasguñàndole la piel con vehemencia orgásmica.
A punto de correrse, Yuzu anudó todas las hebras sueltas de los movimientos que las unían en un último envión poderoso.
Mitsuko gritó, y Yuzu se sacudió convulsivamente encima de ella, gimiendo fuertemente y alcanzando el orgasmo, expulsando sus líquidos vaginales como expulsa su lava un volcán.
Temblando, Yuzu permaneció encima de Mitsuko, respirando con intensidad asmática. Por unos mo-mentos, ninguna de las dos dijo nada. El sexo que acababan de practicar había sido demoledor.
-Yuzuko...-pudo decir Mitsuko- eso fue...cielos...eso fue... no tengo palabras.
No obstante, Yuzu estaba lejos de terminar aquella noche. Se arrodilló frente a Mitsuko, con las pier-nas algo separadas y alzó una de las largas piernas de ella, dejado expuesto su sexo dulce y provocativo.
-Yuzu, espera, acabamos de ...
-Shhhhhh...-Yuzu puso su intimidad frente a la de Mitsuko, pegándolas,frotándolas con fuerza. Cerró los ojos, mientras hacía chocar, abofeteando sensualmente sus sexos, que estaban demasiados mojados, y escurrían, anegados de éxtasis. Mitsuko se estremecía. Yuzu estaba tan rara...parecía que quería desahogarse. ¿Pero de qué? Procuró detenerla, a pesar del gran placer que le proporcionaba.
-Princesa-murmuró, mientras Yuzu incrementaba sus golpes, sacàndole agudos gemidos-¡Ahhhh, Yuzu! Esto es grandioso...-Yuzu le levantó más la pierna, poniéndola sobre su hombro, y aceleró el vaivén; los pechos de ambas saltaban ante el enloquecedor ritmo-...Yuzu, mi amor, dime qué tienes.
Yuzu se detuvo un instante. Sus ojos verdes centelleaban.
-Te deseo. Tu cuerpo me vuelve loca-se inclinó para besarla; acto seguido, volvió a arremeter con más fuerza que antes. Apretó los dientes, gruñendo. Sentía venir el orgasmo. Dio unos golpes más, acelerando como poseída, y se corrió junto con ella, con más intensidad que la vez anterior. Sin fuerzas, cayó rendida sobre el cuerpo convulso de Mitsuko.
Cuando el esfuerzo de la pasión se relajó, dejándola respirar normalmente, se apartó un poco de Mitsuko, dándole la espalda.
-Yuzu, ¿qué pasa?-No podía creer que Yuzu la hubiera buscado sólo para tener sexo. La abrazó, sepultando sus labios en su dorado pelo. Pero la respuesta de Yuzu la sorprendió.
-Mitsu, estoy cansada. Créeme, no ocurre nada. Quiero dormir.
Por alguna razón, Mitsuko se sintió aislada. Tenía a Yuzu a su lado, pero ésta parecía tener su mente lejos de allí. Y no se equivocaba.
Yuzu se arrepentía de haber acudido a Mitsuko. Hacía tiempo que no experimentaba esa encantadora sensación que afloró cuando besó a Mei. Y ahora el calor de esos labios que amaba tanto se había desvanecido al tener contacto con Mitsuko. Habría sido mejor si se hubiera quedado en su casa, al lado de Mei, simplemente abrazándola. El extraño vacío había vuelto, con más crudeza que antes; sin poderlo evitar, empezó a llorar silenciosamente, sin saber exactamente por qué. Mitsuko percibió la tristeza de Yuzu, y para cerciorarse, tomó a Yuzu por el hombro, haciendo que la mirara.
-Princesa,¿Por qué lloras? Haces que me entristezca yo también.
Sin dejar de llorar, Yuzu sujetó la morena mano de Mitsuko, besándola.
-Ni yo misma sé por qué estoy llorando.
Mitsuko se tendió a su lado. La escondió en su cuerpo, aprisionàdola con sus brazos enamorados. Yuzu amaba a Mei. Su nombre flotaba, difuso y claro al mismo tiempo. Ahora era Mitsuko quien lloraba.
Cuando Yuzu despertó a la mañana siguiente, la cabeza le daba vueltas. Mitsuko estaba a su lado, aferrada a ella. Se separó con mucho cuidado, para no despertarla, se puso frente a ella, para despertarla con un suave beso. Mitsuko abrió lentamente los ojos. Ver a Yuzu tan cariñosa la alivió un poco. Le devolvió el beso con creces, e hicieron el amor, pero esta vez fue menos efusivo; lo hicieron lentamente, con mucha calma.
Yuzu sentía que debía compensar de alguna manera la brusquedad con que había poseído a Mitsuko la noche anterior, y aunque lo intentaba con todo su corazón, nada podía sacar a Mei de su pecho. Se entregaba al placer del sexo, pensando que así lograría meter a Mitsuko en su alma, sin que la presencia de Mei la turbase. Pero nada surtía efecto.
Mitsuko la llevó al baño en brazos, y se ducharon, no sin volver a entregarse al deseo. Era una locura. Menos mal que Harumin no se encontraba allí; de lo contrario, no habrían podido tomarse tantas libertades. Yuzu había decidido mantener su relación con Mitsuko, luchar para que funcionase, porque no quería lastimarla, aunque en esos momentos lo que más deseaba era ver feliz a Mei. Y la felicidad de Mei era ella, Yuzu Aihara.
Mitsuko veía a Yuzu pensativa. La colmó de atenciones, llenándola de mimos. En el caso de Mitsuko, sí era verdadero amor lo que Yuzu le inspiraba. Era su primer amor, y había obtenido mucho de ella, pero ese día Yuzu estaba demasiado ausente. Mientra bebían algo de café en la cocina, Mitsuko le preguntó, con cuidadoso tacto:
-Yuzuko... desde ayer te noto preocupada. Por favor, dime en qué puedo ayudarte.
Pensando si ser honesta o no, Yuzu tardó en responder. Decidió evadir la realidad a la que se estaba enfrentando, pues aun no estaba segura de nada.
-No es nada, Mitsu. Créeme.
Mitsuko sujetó su mano fuertemente, temerosa de que Yuzu pudiese esfumarse en cualquier momento.
-Te amo, princesa.
-Yo también te amo.
-Yuzu, desde hace unos días quería decirte algo, pero hasta ayer me confirmaron.
-¿De qué se trata?
-Mi padre me ha pedido que vaya a Hawaii. Tiene pensado inaugurar un hotel allí, para así expandir su línea comercial. Por supuesto que le dije que sí. Por el momento, sólo voy a ver algunos terrenos, para ver cual se ajusta a las expectativas comerciales de mi padre; y dado que tengo que irme en tres días, le pedí que me dejara llevarte a ti, a Harumin y a Matsuri.
-¿Por qué Matsuri?
-Bueno , no quiero que Harumin se sienta sola, y si está Matsuri a su lado, eso no sucederá.
Yuzu se quedó mirando su taza de café, pensativa. Mitsuko pensó que Yuzu saltaría de alegría ante las inesperadas vacaciones. Incluso había hablado la tarde anterior con el abuelo de Mei, para que le diera permiso a Yuzu de ausentarse unos días de la escuela, a lo que accedió, tal vez como premio a su destacado talento musical. Pero no vio la reacción que esperaba.
-Pensé que te alegraría conocer un lugar tan bonito como Hawaii.
Yuzu levantó la cabeza, titubeando. Al fin, se animó a preguntar lo que tenía en su corazón.
-Mitsu...¿No podríamos llevar a Mei?
"Así que Mei es el motivo de su preocupación"-pensó Mitsuko, sintiendo algo de tristeza.
-¿Mei? ¿Para qué? ¿No crees que sería...incómodo para ella?
-Bueno, es que Mei está algo enferma, y creo que es debido al invierno tan frío que nos ha dado este año Japón. Pienso que unos días al lado del cálido mar le servirá para espantar esa palidez que se ha adueñado de su rostro en estos días. Y, para que no esté sola, como tú dices, podríamos añadir a Maruta. ¿Qué te parece?
Había tal expresión de ansiedad en el rostro de Yuzu, que Mitsuko no fue capaz de negarse. Le dolía que Yuzu aun amara tanto a Mei. Lo que Mitsuko jamás imaginó fue que en ese viaje fuera a descubrir el alcance del amor que Yuzu sentía por Mei.
No hubo mucho tiempo para los preparativos del viaje. Yuzu y Mei obtuvieron inmediato permiso de su madre para ir a la paradisíaca isla. En cuanto a Maruta y Matsuri, no tuvieron ningún inconveniente para arreglar su salida. Hawai es un estado de los Estados Unidos de América, y un destino turístico por excelencia; por algo el señor Taniguchi estaba interesado en acceder comercialmente a tal lugar.
A diferencia de Japón, en Hawaii el clima era agradable la mayor parte del año. Un cálido sol acompa-ñaba sus días, siendo diciembre la temporada de más afluencia turística. La navidad estaba próxi-ma(faltaba una semana) y hubiera sido agradable extender la estadía hasta esa fecha, pero tanto Yuzu como Mei preferían pasar ese día en su país, por lo que se Mitsuko decidió no alargar mucho el paseo.
Al principio, Mei se negó a ir. No quería presenciar tan de cerca el romance de Yuzu y Mitsuko, pero su abuelo la convenció. A su abuelo no pudo darle una excusa válida para no ir. No obstante su rechazo a tal viaje, la actitud de Yuzu hacia ella había cambiado mucho. Ya no la evadía con tanta frecuencia sino que, al contrario, le preguntaba constantemente por su día, cómo lo había pasado, y durmió en casa las dos últimas noches. Esto último había levantado su ánimo, porque Yuzu dormía muy cerca de ella, dándole la cara, y no como antes, que se alejaba, como si hubieran escorpiones en el medio de la cama.
Escogieron un jueves para el viaje. Así podrían pasar un delicioso fin de semana en el precioso estado, y también serian menos los días de clase perdidos. Harumin y Matsuri estaban realmente felices; era la primera vez para ambas que viajaban fuera de Japón. Su relación se había fortalecido, y poco les faltaba para ser pareja. Harumin tenía pensado declaràrsele en Navidad, pues ya no soportaba tenerla tan cerca simplemente como una amiga; deseaba besarla, y decirle cosas lindas al oído; se había enamorado de ella. Y Matsuri sentía lo mismo. A veces atormentaba a Harumin con situaciones sensualmente calculadas, pero su superior había demostrado tener un gran dominio de sí al no caer en ninguna de sus coquetas y dulces artimañas.
Maruta sólo se dedicaba a observar...
Mitsuko había intentado reservar un vuelo para la mañana del jueves, pero como era temporada alta, los vuelos a Hawaii estaban repletos, así que no tuvo más opción que apartar el vuelo para el miércoles por la tarde. Hawaii está a 6333 km de distancia de Japón , con una diferencia horaria de cinco horas, siendo más tarde en Hawaii. Si partían a las tres de la tarde, hora de Japón, llegarían a eso de las tres de la mañana, hora de Hawaii. El avión tardaría cerca de ocho horas en arribar a destino, así que sería un largo viaje. Mitsuko lamentaba no haberse decidido por utilizar el avión privado de su familia, pero no quiso hacer alardes de ostentosidad; así que tuvieron que utilizar los medios más accesibles del pueblo para hacer el viaje, aunque eso tenía su punto bueno.
Estarían en primera clase, las comodidades serían muy favorables para el viaje. La primera clase era bien atendida en cabinas independientes, que constaban de lujos, gratos para el viajero.
Obviamente, Mitsuko se sentó con Yuzu. Ésta hubiera preferido sentarse con Mei, pero no encontró una buena excusa para hacerlo. Harumin y Matsuri sí se sentaron juntas, y Maruta hizo lo mismo con Mei. Esta última suspiraba, lanzándole miradas furtivas a Yuzu, quien a su vez la miraba también, diciéndole con los ojos cuánto deseaba estar a su lado. Cuando el avión se elevó, todas observaban el bonito espectáculo de ver las ciudades convertirse en diminutas maquetas. Estar suspendidas en el aire en ese coloso de acero era una sensación nueva para Yuzu y Matsuri. Siendo hijas de familias modestas, nunca habían tenido la oportunidad de subir a un avión, por lo que estaban extasiadas mirando el cielo azul por el que navegaban con increíble rapidez.
Poco a poco, el sueño las fue venciendo a todas. A todas, menos a Yuzu. Mitsuko estaba cansada, y fue la primera en dormirse. Como viajaban en primera clase, la comodidad era máxima, y eso contribuyó a que todas se entregaran a un buen sueño antes de aterrizar.
Con mucha cautela, Yuzu se levantó de su asiento. Se dirigió al de Mei, que estaba justo en frente del suyo. Ella también dormía. Le acarició su hermoso flequillo negro ébano para despertarla. Mei abrió los ojos, sonriendo tristemente al ver a Yuzu frente a ella. Se veía tan hermoso su amor...
-Yuzu querida.
-¿Sí?
-Te amo.
-Y yo a ti. Es tan bonito ese cielo nocturno...las estrellas parecen acercarse aún más. Cuando vi lo hermoso de ese cielo, no pude evitar querer verlo contigo.-le extendió su mano derecha-Ven; vamos a verlo antes de alguna azafata entrometida nos descubra.
Mei tomó esa mano que amaba tanto, conteniéndose para no besarla. Yuzu fue con ella hasta la ultima cabina, que era la única desocupada, y se sentó junto a la ventanilla, invitando a Mei a sentarse en su regazo.
Por varios minutos, contemplaron la luna, que parecía seguirlas hasta el infinito. Había algo sublime en ese íntimo momento que compartían juntas. Yuzu, que no era muy buena para contener los impulsos que su corazón le dictaba, tomó el mentón de Mei, girando su cabeza hasta ponerla frente a ella.
-Mei...
-Yuzu ¿Por qué haces estas cosas tan de repente?
-Lo que me dijiste la otra vez penetró hasta lo mas profundo de mi ser. No tenía idea del sufrimiento por el que te hice pasar. Lo siento tanto, Mei. Tienes razón. Nunca debí refugiarme en otros brazos. Demostré ser una cobarde. Ahora...debería estar con Mitsuko y no contigo, pero sentí tanta nostal-gia...te amo, Mei, y besar tus labios otra vez vez me mostró que mi amor por ti es como los manantiales eternos.
Unas gotas tibias cayeron sobre el rostro de Yuzu.
-Por Dios, Mei, no quería hacerte llorar de nuevo.
Mei se apoyó su mejilla en el cuello cálido de Yuzu.
-No era tan feliz desde hacía tanto tiempo. Gracias por tu perdón y por tu amor. Te amo, tanto, que moriría aquí, en este momento, con una sonrisa en mis labios.
-Mei, eres la estrella del cielo de mi vida.-la estrechó con fuerza-No quiero herir a Mitsuko, porque la quiero. No sé qué hacer.
-Ámame. Eso es todo lo que debes hacer.
-Mi amor lo has tenido siempre; desde el día en que nuestras miradas se cruzaron.
Los ojos resplandecientes de Mei al escuchar esas palabras y motivaron a Yuzu a dar un paso más. Su pecho se expandió, rebosante de amor por ella. Con lentitud casi mágica, empezó a besarla. Mei cerró los ojos, dejando escapar un par de lagrimas más. Al fin, su oración había sido contestada, y eso la inundaba de felicidad, una felicidad tan grande, que pensó que su corazón estallaría. Se acomodó mejor en las piernas de Yuzu, enlazando su cuello con apasionada ternura. Yuzu profundizó el beso, y Mei hizo lo propio. Sus bocas se fusionaron, pero sin afán, como si con eso pudieran detener el tiempo en ese instante de amor puro. Se besaron de mil formas distintas, hasta que sus labios quedaron hinchados, magullados y marcados por la fuerza de sus sentimientos. Les costó mucho separarse, pero cuando lo hicieron, sus almas eran una, a pesar de que no habían hecho más que besarse.
Yuzu volvió a su asiento. Miró a Mitsuko, y el remordimiento la pinchó con fuerza. La quería... y ahora todo se estaba complicando. Se recostó en la cómoda litera y ladeó la cabeza para tratar de dormir un poco. Cuando su acompasado ronquido se dejó escuchar débilmente, Mitsuko abrió los ojos. Estaba despierta desde hacía un rato, y le sorprendió mucho no ver a Yuzu a su lado. Iba a levantarse, pero prefirió esperarla. A lo mejor estaba en el baño. Con un nudo en la garganta, se sentó nuevamente, a esperar. Yuzu tardó en volver. Cuando sintió sus tenues pasos, espió rápidamente y vio a Mei con ella. Ese rostro de Mei...resplandecía de felicidad.
Simuló dormir para que Yuzu no se diera cuenta de que la había visto. Cuando esta última se durmió, Mitsuko la contempló un largo rato. Empezó a verter silenciosas lágrimas al ver una pequeña mordida en el labio superior de Yuzu. Y esa evidente señal de un beso apasionado no se la había
El avión aterrizó a la hora prevista. Todas estaban entumecidas y soñolientas. Un auto las esperaba para conducirlas al hotel en el que Mitsuko previamente había hecho las reservaciones, el cual era una preciosa edificación con la tradicional vista al mar, ubicado junto a la bahía de Waikiki, en Honolulu.
Una vez en el hotel, Matsuri y Harumin se apoderaron de una de las habitaciones. Maruta, observó:
-Ya que Matsuri y Harumin dormirán en una habitación, supongo que Mei y yo tomaremos otra. La pareja feliz tiene su dormitorio matrimonial a plena disposición.
Mei y Yuzu se miraron. Los ojos de Mei se entristecieron, y Yuzu hubiera querido abrazarla para que no se sintiera así, pero Mitsuko tenía la vista fija en ella, y le pareció ver un lejano destello de pesadumbre en sus pupilas cansadas.
-Princesa-dijo Mitsuko pasando su brazo por sus hombros-vamos a dormir. Estoy agotada.
-S-Sì, claro, vamos. Hasta la mañana, Mei.
Mei la besó con la dulce expresión de sus ojos violetas.
-Nos vemos, Yuzu.
Para Maruta no pasaron desapercibidos todos estos juegos de miradas, y empezó a dolerle el pecho. Mitsuko estaba sufriendo.
Yuzu y Mitsuko entraron a la amplia habitación. Las otras habitaciones que había reservado eran con camas separadas, pero ésta tenía una cama doble. Era más bien una suite de lujo, con todas las comodidades del caso: balcón con hermosa vista, baño con jacuzzi, servicio de primera, entre otras cosas. Yuzu se tiró en el cómodo colchón.
-¡Qué suave es! Mitsuko...
Yuzu calló. Mitsuko se había sentado en la orilla de la cama, con la cabeza baja.
-Mitsu ¿Te preocupa algo?
Ésta tenía el rostro apagado. Yuzu sintió que la culpable de esa tristeza era ella. Llena de remordimiento, la abrazó.
-Mitsu, te quiero.
-¿De veras?
-¿No te lo demuestro día tras día?
De improviso, Mitsuko se arrojó encima de ella; empezó a besarla con pasión y mucha ternura. Se sacó la ropa poco a poco, hasta quedar desnuda. Yuzu correspondía fervientemente a sus demandas, pero el rostro de Mei, y los besos que le diera hacía poco,se presentaron ante ella, bloqueándola por completo.
-Espera, Mitsuko...
-¿Qué?
-Estoy cansada.
Mitsuko se incorporó un poco. La miró con pesar.
-Es la primera vez, desde que salimos juntas, que te niegas a mí. Debes de estar realmente cansada.
Mitsuko se acostó, tapándose con la gruesa colcha. No quería que Yuzu la viera llorar.
A Yuzu se le contristó el espíritu. Mitsuko era muy inteligente, y algo debió notar en su actitud para que se comportara de esa manera. Se desvistió ella también, y se metió debajo de la colcha, subiéndose encima de ella. Mitsuko la abrazó con toda su alma, y con toda su alma le hizo el amor, con ardor, arracàndole gritos, haciéndole sentir todo el amor que le inspiraba con cada beso y cada caricia, sin dejar de repetirle cada segundo que la amaba con todo su ser.
La bahía de Waikiki es una de las más bellas de la Tierra. Es un paraíso terrenal, donde la naturaleza se manifiesta, exuberante, maravillosa y exótica. Esta playa tiene una particularidad: el agua penetra en la tierra de una manera tan peculiar, que tiene la misma forma de la luna en su fase de cuarto creciente, lo cual hace de ella un lugar de asiduas visitas. Miles de turistas de todas partes del mundo van allí a lo largo del año, ya sea para para pasar sus vacaciones, o cumpleaños, o la infaltable luna de miel. Porque eso sí: Hawaii es un lugar extremadamente romántico, presto para el amor en todas sus facetas. El mar que baña la costa es límpido, azul celestial, nacarado y tan precioso que no tiene punto de comparación.
Harumin y Matsuri caminaban por la orilla espumosa y brillante de la playa. Después de almorzar (se levantaron tardísimo, por el largo viaje) les pareció muy tentador caminar por la arena amarilla, suave y áspera al mismo tiempo. Como era la temporada con más afluencia de turistas, decidieron andar hasta llegar a unas rocas que sobresalían un metro metro sobre el nivel del mar. La brisa azotaba con mediana fuerza a la costa, y el sol brillaba en lo alto, esparciendo su calor, equilibrando así el clima, tornándolo agradable y presto para la reflexión o la diversión, dependiendo del ánimo de cada quien. Y el ánimo que rondaba en el alma de las dos amigas rayaba en los límites del romance más apasionado. Desde que estrecharon sus vínculos de amistad, se despertaron en sus corazones un sinfín de sensaciones que día a día aumentaban en intensidad, haciéndose cada vez más difícil retener las acciones que las conducirían más allá de la fraternidad.
Ambas se recostaron a la sombra de una de las rocas, para dedicarse a mirar el cielo. El lugar era soli-tario, pero eso les gustaba aún más. Estaban tomadas de la mano, y sus pulsos latían con algo de agitación. La tensión que imperaba entre ellas estaba a punto de estallar.
-Harumin...-dijo Matsuri, apretando la morena mano de su amiga.
-¿Se te ofrece algo, pequeña?-Harumin sabía que a Matsuri no le caía en gracia que se burlaran de su estatura.
-Eres mala, Harumin.
-Sólo quiero ser feliz.
-Harumin, no puedo creer que estemos en un lugar como este-prosiguió Matsuri.-es tan bonito.
-Sí. Mi hermana es muy generosa. Hubiera podido venir sólo con Yuzu, pero mira que hasta a Mei trajo.
-Tal vez aquí vea cuánto se aman Mitsuko y Yuzu. Aunque esta mañana la vi algo animada.
-¿Quién no se va a animar en un lugar como éste? Estoy tan feliz de estar aquí contigo, Harumin.-Matsuri apretó aún más los dedos que sostenía- Te quiero.
Incorporándose, Harumin se arrodilló, poniendo su rostro justo encima del de Matsuri. Observó un momento la figura que tenía debajo de ella. Matsuri llevaba un traje de baño algo discreto, pues como su cuerpo aún estaba en desarrollo, no había mucho que mostrar; sin embargo, a Harumin le parecía perfecta. Llevó una de sus manos a la cara de Matsuri, acariciándola con mucha suavidad-No eres la única, Matsuri.-susurró. Su voz era acaramelada.-Yo también te quiero.
Matsuri sonrió. Tocó el flequillo recortado de Harumin, diciéndole algo divertida:
-Oye, Harumin, tengo unas ganas enormes de tocarte los pechos.
Harumin rió. Matsuri era un diablillo coqueto y peligroso.
-Pensé que dirías algo más serio.
-Es que en esa posición en que estás ahora, se ven tan...digamos que apetecibles.
Harumin llevaba un bañador de dos piezas, sensual y atrevido. La mitad de sus senos sobresalían, y era entendible el sentimiento de Matsuri con respecto a ellos.
Los ojos de Matsuri se veían hermosos, porque el cielo se reflejaba en ellos, confiriéndole una tonalidad maravillosa, y a Harumin no se le pasó por alto este hecho.
-Tus ojos me enamoran, Matsu.
El corazón de Matsuri, ya de por sí acelerado, amenazó con enloquecer.
-Harumin, desde hace tanto tiempo que deseo besarte. Sé que dijimos que esperaríamos hasta que nuestros sentimientos crecieran, pero yo ya siento que te quiero. Bésame.
Harumin, que seguía suspendida sobre Matsuri, miró sus rosados labios. Acercó los suyos a los de ella, y ya a milímetros de ellos, se detuvo.
-Matsu, yo también quiero sentirte. Te quiero. -Dicho esto, la besó. Matsuri recibió esos labios con ansias, pensando en lo mucho que había ansiado tenerlos. A medida que avanzaba el contacto, el beso crecía en intensidad. En un momento dado, Matsuri sujetó el cuello de Harumin, atrayèndola más a ella, haciendo que esta última se recostara encima de ella. Sentir el cuerpo de Harumin sobre ella fue demasiado para su mente pervertida. Llevó sus manos hasta los muslos perfectos de ella, deteniéndose en sus glúteos. Harumin ahogó un gemido en los labios que besaba con efusión. Se amoldó más al cuerpo de Matsuri, besándola con mucha más fuerza. Hasta ese momento, sólo había deslizado sus labios sobre de los de Matsuri, saboreàndolos con agradable fruición; pero Matsuri había empezado a mover en círculos sus manos, que estaban sobre sus glúteos, y eso la excitó un poco. Introdujo su lengua en la boca de Matsuri, iniciando un baile seductor que sacó de la garganta de Matsuri un ronco quejido, que quedó ahogado por los labios de su novia. Novia. Después de un beso así, podía considerar a Harumin como su novia. Y eso la hacía muy feliz.
Harumin descendió, rozando con suavidad el cuello de su pequeña, arrancándole un suspiro casi orgásmico. Sus manos tampoco estaban quietas; con una tocaba con mucha delicadeza sus piernas y con la otra masajeba sus incipientes senos. Los dulces lamentos de Matsuri estaban enloqueciendo a Harumin. Su sexo empezó a arder y pudo sentir en su rodilla la humedad de su novia. Sin embargo, no quiso proseguir y, temblando, se separó de ella, sentándose a su lado.
Matsuri, aturdida por perder el roce de su piel con la de ella, murmuró, jadeante:
-¿Por qué no seguiste?
-Aún no, Matsu. Te quiero, es verdad, pero no quiero que alguien nos descubra; sería muy vergonzoso. Yo...quiero que sea especial para ti.-titubeó antes de proseguir-dime algo... tú...¿has tenido algún tipo de intimidad alguna vez?
Matsuri abrió mucho los ojos y luego sonrió.
-¿De qué viene eso?-le preguntó mientras se acercaba a ella para abrazarla.
-Es sólo curiosidad.
Matsuri depositó un suave beso en los labios de Harumin. Después, le dijo al oído:
-Eres la primera persona que me besa y me toca de un modo tan íntimo. Siempre viví observando a Yuzu y aunque he sido bastante traviesa en asuntos amorosos, nunca han sido personales; sólo me he divertido viendo las relaciones de otros. Tú eres mi experiencia más real del amor. Te quiero, Haru.
Harumin se sintió cautivada por el brillo que despedían los ojos de su nuevo amor. La besó apasiona-damente; acarició sus mejillas mientras se deleitaba con los labios que se abrían para recibirla con la misma pasión que ella otorgaba. Era tan difícil parar... era la primera vez que percibía verdaderos sentimientos en un beso, porque los que Yuzu le diera no poseían ese verdadero anhelo que sentía en los de Matsuri. Se dejaron caer en la arena nuevamente.
-Haru...-la voz de Matsuri era como como el sonido sordo de las olas que lamían la orilla de la playa, suave y fuerte al mismo tiempo.- Te deseo con locura.
Harumin le besaba el cuello, tocando con mucha delicadeza el sexo de Matsuri por sobre la tela elástica de su vestido de baño. El cuerpo de Matsuri se movía como loco y su boca gimoteaba como el llanto de un bebé. Esto enloqueció a Harumin. Era un riesgo estar en esa situación allí, pues cualquiera podría llegar y verlas; pero los dulces sonidos de Matsuri atormentaban sus oídos, excitándola de forma demencial. Nunca pensó que pudiera generar una reacción así, y su propio cuerpo empezó a temblar.
-Matsu...-dijo en un suspiro-voy a perder el control. Aún podemos detenernos...¡Oh, dios! Te anhelo con desesperación. Pero no quiero que sea aquí ¿me entiendes?
Matsuri deslizaba sus manos, subiéndolas y bajándolas a lo largo de la columna vertebral de Harumin, en una caricia llena de amor.
-Entiendo-su voz era un suave gemido-pero...te lo suplico, por favor...déjame terminar. Estoy a punto de estallar. En otro momento lo haremos como se debe; pero dale ahora algo de liberación a este peso que siento en mi interior, y que quiere ahogarme.
Harumin miró el rostro sonrojado de Matsuri, sus labios abiertos en un ruego y entendió perfecta-mente lo que ella sentía.
-Matsu...-dijo, mientras la cubría nuevamente, llevando su mano al pequeño sexo de su Matsuri, frotándolo. Esta, al sentir la delicada mano de Harumin en su intimidad volvió a gemir de aquella forma tan particular: como el llanto de un bebé, Escucharla enardeció las fibras más apasionadas de su cuerpo. Hubiera querido tocarla directamente porque el traje de baño seguía interponiéndose, pero prefirió hacerlo así por el momento. Incrementó el ritmo de sus caricias, y Matsuri creyó enloquecer. Su cuerpo brincaba, y toda ella era un solo lamento de placer. Eran una melodía de pasión primitiva. Cuando Harumin sintió que su organismo subía en un crescendo que amenazaba con ahogarla, dejó de tocar a Matsuri, e incrustó su pelvis entre las piernas de ella. Aunque no se tocaban directamente, sus sexos estaban a punto de explotar. Se empezó a mover frenéticamente. Matsuri encorvó sus hombros y clavó sus caderas en las de Harumin, quien arremetió con mayor rapidez que antes. Sus senos se oprimían en el pecho de Matsuri, deslizándose con exquisita rapidez. Era maravilloso. El clímax se fue aproximando, llegando de cada músculo de sus cuerpos y cada nervio del cerebro, en acumulación gradual de calor. Empezaron a sentir los temblores en sus piernas y notaron como subían y subían hasta llegar a sus cabezas.
-Harumin, algo se viene-sollozó Matsuri.
-Lleguemos unidas.-Harumin aceleró, en una loca carrera, como si fuera a lanzarse a un precipicio-¡Matsuri! ¡Ya, ya!- Se clavó en las caderas de Matsuri en un último empujón. Esta última se retorció, llorando, presionado hacia abajo, con sus manos ,el trasero de Harumin, tratando de llevarla más cerca de su sexo. Ambas llegaron al orgasmo en un estallido de placer tan intenso que, al acabar, no sabían si habían muerto o sólo estaban desmayadas.
Pasó un rato antes de adquirir conciencia de lo que las rodeaba. Sus fluidos corrían por sus piernas, como testigos de lo ocurrido. Matsuri abrazaba a Harumin, demasiado feliz, libre como las gaviotas que volaban encima de ellas. Harumin tenía su cabeza recostada en el pecho de su chica, respirando aún con algo de dificultad. Se besaron cien veces más, diciéndose mil cosas,y después se dirigieron al hotel, tomadas de la mano. Un resplandor iluminaba sus rostros, pues era la primera vez que experi-mentaban algo como aquello. Estaban a las puertas del amor, y eso era algo invaluable.
Mientras, Mitsuko bostezaba, algo cansada, en la oficina de una firma de ingenieros, en donde sostenía una entrevista con los agentes inmobiliarios encargados de la venta del terreno donde su padre planeaba construir un complejo turístico. No quiso llevar a Yuzu, porque quizá se hubiera aburrido. Mientras veía algunas maquetas y leía los prospectos del proyecto, una sensación de pérdida se acumulaba en si interior. Yuzu estaba tan extraña... aunque habían estado en profunda intimidad física hacía poco , su querida Yuzu a veces quedaba en blanco, con la mirada perdida, pensando seguramente en Mei. Recordar los hinchados labios de Yuzu cuando estaban en el avión le provocaba un agudo dolor en su pecho. Ellas se habían besado durante largo tiempo, y quien sabe si... pero la idea era demasiado para ella, y trató de desecharla de su mente. Moría de ganas por salir de esa tediosa reunión para poder estar con Yuzu, quien se había ido con Mei y Maruta a recorrer la playa. Harumin habían salido temprano con Matsuri quién sabe a dónde. Y saber que Mei y Yuzu estaban juntas la atormentaba; era tan obvio que aún se amaban...
Eran cerca de la tres de la tarde cuando, al fin, pudo salir. Marcó al número de Yuzu, pero al parecer no escuchaba el móvil, o tal vez lo había dejado en el hotel. Intentó hablar con Maruta, pero ésta tampoco respondió. Decidió salir a buscarlas, aunque era como buscar una aguja en un pajar. La costa estaba repleta de turistas.
Empezó a caminar al azar. Iba vestida algo formal, y los zapatos le incomodaban al andar sobre la are-na, así que se las quitó. Sentir la aspereza del suelo, y la brisa azotando su cara con suavidad la tranquilizó un poco. Quería confiar en Yuzu, pero los celos la estaban martirizando de una forma molesta; nunca pensó que fuera celosa, y ese era un sentimiento completamente nuevo para ella. Era como si le quitaran aire a sus pulmones, o un gran peso oprimiera su pecho. No pudo recriminarle nada Yuzu, o no se sintió capaz. La misma Yuzu le había dicho que amaba a Mei, y le dolía saber que Yuzu estaba cediendo a esos sentimientos nuevamente; no quería perderla. La amaba con toda su alma, y aunque los celos la torturaban, sentía que podía perdonarle a Yuzu cualquier cosa.
El sol, que empezaba a escocerle la cara, la sacó de sus monólogos internos.
La curva de la costa de Waikiki era tan fascinante, que Mitsuko deseaba verla desde el balcón de su habitación del hotel con Yuzu a su lado. Empezó a pasear su mirada por entre los distintos grupos de personas, aspirando a divisar a Yuzu. Mientras estaba en eso, una mano se posó en su espalda.
-Mitsuko...
Esta giró y se encontró con la profunda mirada de Maruta, que la observaba a través de sus anteojos, algo empañados por el aire húmedo de la costa.
-Hola, Maruta.-Miró alrededor, buscando algo.
-No están conmigo-dijo Maruta, sabiendo a quiénes buscaba Mitsuko.
-¿Ah? Pero... ¿No dijeron que estarían las tres juntas? -Los ojos de Mitsuko se nublaron, y Maruta sintió un nudo en su estómago al verla así.
-Sí. Y aún estamos juntas, sólo que ellas decidieron darse un baño y yo quise esperarte.
-¿Esperarme?
-Sabía que vendrías.
Mitsuko apartó vista. Maruta parecía leer en su interior, y no quería que viera más allá de lo que ya había visto.
-¿Están por aquí cerca?
Maruta no respondió. Miró tristemente a Mitsuko, deseando ahorrarle los malos momentos. Pero así como Maruta conocía a Mitsuko como a la palma de su mano, ésta última también sabía todo de Maruta. Era algo recíproco.
-Es triste ¿Verdad, Maruta? Mi primer amor no duró mucho, después de todo.-Mitsuko se llevó una mano a sus ojos, tratando de esconder las lágrimas de su angustia.
Apenada, Maruta le tocó el brazo, tratando de darle ánimo. Su Mitsuko era una joven enérgica, audaz e inteligente. Ver su lado más vulnerable la conmovía profundamente. Sin pensarlo, la abrazó.
-Mitsuko, no llores. Tú nunca lloras. Eres fuerte, hermosa, ingeniosa; eres maravillosa, así que no dejes que esto te domine.
Estas palabras fueron dichas con honda sinceridad, pero también con mucho amor, y Mitsuko lo percibió. La apartó de sí, murmurando:
-Voy a buscar a Yuzu.- No quería darle falsas esperanzas a Maruta, por lo que se alejó, sin mirarla. Ésta miró su hermosa figura alejarse, deseando ser su sombra en la arena, para así estar siempre junto a ella.
Después de andar unos metros más, Mitsuko se sentó a la orilla del mar. Algunos niños jugaban cerca de ella, riendo y chapoteando en el agua. Mitsuko hubiera querido convertirse en uno de ellos, sin preocupaciones ni ansiedades estorbando su felicidad. Deseaba estar con Yuzu en ese momento. Mientras estaba en la reunión, pensó que ella la estaría esperando, deseosa también de estar a su lado, pero el que estuviera con Mei indicaba que no la extrañaba mucho.
Y entonces, las vio. Pasaron corriendo a su lado, sin ser notada. Ambas entraron al mar, adentrándose en él. Yuzu sostenía la mano de Mei quien miraba Yuzu como si ésta fuera una diosa. Y en verdad lo parecía. Sus cabellos de oro bruñían al sol, y su cuerpo, aunque no era muy voluptuoso, sí era armonioso, y a Mitsuko le dieron ganas de entrar al mar y tomarla en sus brazos para llevársela de allí, a un lugar donde Mei no acaparara de ese modo su atención. Su corazón bullía, al verlas allí sonriendo, y aún más al notar cómo el rostro de Mei había adquirido color y vitalidad. Los celos comenzaron a golpearle con saña.
Se levantó, para ver si ellas la notaban, pero estaban tan concentradas en sus juegos, que no consiguió su propósito. Iba a lanzar un grito para llamar a Yuzu, pero el llamado quedó congelado en sus labios.
Una ola había hecho caer a Mei en brazos de Yuzu, quien la recibió con una sonrisa protectora. Se miraron un instante. Yuzu acarició el cabello mojado de Mei y, cerrando los ojos, la besó. Su cuerpo se fusionó con el de ella en un estrecho abrazo, y sus labios parecían querer devorarse. Tal escena paralizó a Mitsuko. Las lágrimas volvieron a surcarle la cara, y aunque verlas le dolía, no fue capaz de moverse. Su mayor miedo se había materializado, y eso la dejó noqueada. Al cabo de un rato, Mei y Yuzu salieron del agua. Era imposible que no vieran a Mitsuko y, efectivamente así sucedió. Cuando Yuzu vio a Mitsuko justo a unos cuantos metros de ella, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Sus miradas se encontraron, y Yuzu pudo ver el mismo dolor que una vez ella experimentara, al ver a Mei en brazos de Misaki. Mitsuko dio la vuelta, y emprendió la retirada. No haría una escena. Yuzu era libre de amar a quien quisiera. Pero algo la lastimaba por dentro, y ese algo se escapaba de su cuerpo en forma de lágrimas.
Yuzu miró a Mei un momento. Esta última sujetó su mano con fuerza.
-Déjala ir-le dijo, aferrándose a ella.
Luchando con lo que le gritaba su corazón en esos momentos, Yuzu bajó la vista. Al levantarla nueva-mente, no fue capaz de mirar a Mei directamente. Sólo soltó su mano, y le dijo, mientras se alejaba de ella:
-Lo siento, Mei. No puedo dejar a Mitsuko.
-¡Yuzu, espera!-Mei trató de detenerla, pero Yuzu echó a correr. Mei la siguió.
-¡Mitsuko!-gritó Yuzu, a la par que corría para alcanzarla. Mitsuko se detuvo.
Yuzu llegó a su lado, y la abrazó, apoyando el rostro en su ancha espalda. No pudo decir nada.
-¿Por qué me seguiste?-interrogó Mitsuko débilmente.-Es obvio que te mueres por ella. Yo no te detendré, Yuzu.
-¿Quieres terminar conmigo?
-Te amo, Yuzuko. Pero no quiero sufrir así. Sé que fuiste honesta conmigo desde el principio al decirme que aún querías a Mei. Luché tanto para que la olvidaras. Parece que he perdido.
-Mitsu, perdóname.-Yuzu sentía que la culpa iba a aplastarla.
-Regresa con ella. Esa cara que tenías cuando la mirabas...Dios, era tan hermosa. Jamás te había visto así.
Yuzu enmudeció. Se puso frente a ella y la besó. Algunas personas estaban mirándolas, pero a Yuzu no le importó. Muy a su pesar, Mitsuko correspondió al beso con desesperación.
Mei las observaba. Yuzu la había dejado atrás para seguir a Mitsuko. Entonces ¿Qué significaron todos esos besos que se dieron? Pudo sentir en los labios de Yuzu el fuego del amor, pero ahora ella la volvía a dejar. Lo que pasaba era que Yuzu sentía que debía ser leal a la persona que la sacó de la depresión; le parecía una bajeza dejarla así sin más.
Mitsuko mantuvo a Yuzu en sus brazos un largo tiempo. Cuando pudo controlar la intensa emoción que la embargaba, le dijo en un susurro:
-Te quiero tanto, princesa. Por eso quiero que seas feliz...aun si es con ella. ¿Sabes una cosa? Mei nos está mirando desde hace rato.
Yuzu hubiera querido dejar a Mitsuko y correr a los brazos de Mei, pero lo fallaron las fuerzas. Mitsuko lloraría, y no era justo.
-No. Me quedaré contigo. Tuve momentos de debilidad, porque la amo. Aun así, no soy tan miserable como para olvidar lo feliz que sido contigo. Sé que Mei está sufriendo ahora, y eso me afecta, pero tú y yo somos pareja ¿no?
Mitsuko besó la frente de Yuzu.
-No estés conmigo por agradecimiento, Yuzu.
-Te equivocas. Yo sí te quiero, tanto, que viviría contigo para no tener que estar cerca de Mei.-Cuando escuchó esto, Mitsuko levantó en sus brazos a Yuzu.
-Vamos al hotel. Allí hablaremos mejor.
Aunque Yuzu era algo pesada, a Mitsuko le pareció tan ligera como una pluma. Se encaminó con su preciosa carga al hotel. Yuzu levantó un poco la cabeza, mirando atrás. A cierta distancia estaba Mei, que la observaba con una inmensa tristeza. Los labios de Yuzu se abrieron.
-Lo siento, Mei.-dijo, sin articular ningún sonido, pero Mei entendió perfectamente. Quiso morir allí mismo.
Al día siguiente, se podía notar, por la actitud de Yuzu y Mitsuko, que se habían reconciliado. Y no sólo eso.
Al parecer, Harumin y Matsuri habían dado un paso en su relación, pues el comportamiento de ambas era tan acaramelado, que podía presumirse que ya eran pareja. Maruta observaba todos estos comportamientos, y aunque le tranquilizaba ver a Mitsuko feliz, su propio corazón palpitaba con dolor. ¡Cuánto anhelaba poder besar, aunque fuera sólo un vez, los sensuales labios de Mitsuko! Al ser rechazada por ella la tarde anterior, cuando quiso consolarla, se dio cuenta de que su amor no sería correspondido jamás.
Ese día, después de desayunar, cada quien tomó su propio camino. Harumin y Matsuri se fueron al complejo urbano para conocer otros lugares de interés que pudiera tener la capital del estado. Mitsuko y Yuzu se pusieron sus trajes de baño para darse un chapuzòn en las piscinas del Hotel, y Maruta se quedó cerca de ellas, leyendo un libro. Mei no quiso salir de la habilitación que compartía con Maruta; no quería presenciar las zalamerías entre Mitsuko y Yuzu. Los besos que compartiera con esta última la habían ilusionado, haciéndola creer que Yuzu volvería con ella.
Algo más tarde, Mei decidió salir. Desde el balcón del cuarto, miró la preciosa vista. El mar y el cielo se veían tan azules y refulgentes, y el sol brillaba con tanta alegría, que fue como un llamado para su corazón solitario. Se puso una camiseta y unos pantalones cortos que le llegaban a la pantorrilla, además de unas gafas de sol. No era muy partidaria del último accesorio, pero sus ojos estaban algo hinchados y no quería que nadie viera lo infeliz que era.
Empezó a caminar sin rumbo determinado. Las personas que estaba en la bahía eran muchas, había mucho ruido, y la música del mar acompañaba la hermosa tarde. Se entretuvo mirando a un par de chicas que se abrazaban mucho. Entre ellas había una rubia que le recordó mucho a Yuzu; reía mucho y era algo ruidosa, pero su compañera la miraba como si de una estrella del cielo se tratase...y recordó que Yuzu la miraba así a ella, antes de que su gran error le alterara tan drásticamente la personalidad. Todo lo que vivió con ella se reprodujo como una película en su mente, y descubrió que en realidad nunca había hecho demasiado por Yuzu. Ésta se había dedicado a quererla con ternura, y ¿qué recibió a cambio? Indiferencia y traición. Solo después de que Yuzu la dejara, pudo medir la magnitud de su amor por ella. Pero ya para qué. Y pensar en esas cosas le despezaba el alma, por lo que se alejó de la zona de turistas, para alejarse del ruido y meditar a solas su pena.
Sin saber a dónde se dirigía, caminó por un sendero que se abría entre unas palmeras. El sitio estaba solitario, pues habían altos acantilados, y como ese día el viento soplaba fuerte, no era cómodo andar por allí. Vio unas rocas que proporcionaban una deliciosa sombra, y hacia allí se dirigió, para recostarse una rato en la arena y pensar en qué camino debería tomar. Ese lugar era el mismo en que habían estado Matsuri y Harumin un día antes, pero obviamente ella no lo sabía.
Se sentó, recostando su espalda en una de la rocas. De pronto, escuchó un sonido gutural, justo detrás de ella. Al principio fue suave, pero luego fue incrementándose, haciéndola sentir incómoda. Eran...¿gemidos?
"Parece que a alguien se le ocurrió venir aquí a hacer..."Pensó mientras se levantaba para irse de allí. No había dado tres pasos cuando escuchó la voz de Mitsuko.
-Princesa, mi amor, te amo.-seguida de un lamento apasionado. Temblando, asomó la cabeza por encima de una de las rocas más pequeñas y vio a Yuzu y Mitsuko en pleno acto sexual. Mitsuko estaba encima de ella, moviéndose como loca, y Yuzu tenía la boca abierta, quejándose débilmente.
Ver eso fue demasiado para Mei. Salió corriendo, con el corazón a punto de ser expulsado de su cuerpo, o tal vez de su alma. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y una hemorragia emocional interna la estaba desangrando. ¿Así se sintió Yuzu cuando la vio a ella con Misaki? Era desgarrador. El sentimiento de tristeza era tan grande, que ya casi no era consciente de a dónde se dirigía. Lo único que podía hacer era llorar.
Jamás imaginó que ver a la persona amada disfrutando en brazos de otra era tan cruel. Comprendió que jamás recuperaría a Yuzu. Mitsuko sabía cómo mantenerla a su lado.
Llegó a una zona privada de la costa, donde había pocos bañistas. Sin pensarlo, se introdujo en el mar. Quería refrescar el fuego de angustia que consumía su corazón. Se adentró en el agua, arrojando las gafas, deseando morir. Entonces, su pie se hundió en un hoyo marino, y ella cayó. Su cuerpo se sumergió en el mar, y luego emergió, sacudido por las olas. Mei hubiera podido salir de allí, porque era buena nadadora, pero su deseo de luchar era casi nulo, y se dejó arrastrar por las olas.
Un chiquillo que estaba por allí vio la escena. Mortalmente asustado, corrió a donde estaban sus padres, gritando como loco:
-¡Papi, mira esa chica se está ahogando!
-¿Qué dices?-el señor miró a donde su hijo le señalaba y vio a Mei, que se alejaba cada vez más de la costa, por el zarandeo de las olas.
Pálido, el hombre corrió a donde estaban los guardacostas.
La multitud estaba agitada. Mucha gente se había conglomerado en al orilla del mar. Tanto movimiento llamó la atención de Maruta, que junto a Harumin y Matsuri, quienes habían regresado de su paseo, se habían acercado para ver el motivo de tanta conmoción.
-¿Qué ha ocurrido?- indagó Maruta, dirigiéndose a un chico que agitaba los brazos.
-Una chica ha desaparecido en el mar.
-¿Una chica?- Repitió Maruta.
-Sí. Yo mismo la vi.
En ese momento vio a Mitsuko y Yuzu, que también venían a curiosear. Miró a su alrededor. Harumin y Matsuri. Yuzu y Mitsuko. ¿y Mei? Recordó que no había querido salir esa mañana, pero la había visto caminar por la playa hacía un rato. Con los ojos dilatados por el miedo, exclamó, dirigiéndose a sus compañeras:
-¿Alguna de ustedes ha visto a Mei?
-No.-contestó Matsuri- Acabamos de llegar.
-¿Qué pasa?-preguntó Mitsuko.
-Parece que una chica se ha perdido en el mar.
Un velo de terror cubrió los ojos de Yuzu cuando una terrible sospecha penetró en su mente.
-¿Mei dónde está?- Yuzu empezó a buscar a su hermanastra. Al no verla, su rostro se alteró, y el corazón, literalmente, se le detuvo. Maruta le preguntó al muchachito:
-¿Cómo es la joven que viste?
-Una oriental de cabello largo y negro.
Cuando Yuzu escuchó esto, la razón pareció abandonarla.
-¡¡¡¡¡¡MEIIIII!!!!!!!!!- gritó, desagarrada. Intentó arrojarse al mar, pero Mitsuko la retuvo. Yuzu empezó agitarse con tanta fuerza que por poco se libera, y Harumin y Matsuri tuvieron que intervenir para evitar otra tragedia.
Yuzu gritaba y lloraba, y mucha gente la rodeó, comprendiendo que era pariente de la persona desa-parecida. Su llanto era tan conmovedor, que a algunos se les escaparon algunas lágrimas.
-¡Es culpa mía!-decía Yuzu entre sollozos. -La dejé sola...nuca debí dejarla.
Mitsuko intentó abrazarla, pero Yuzu la apartó.
-Me voy a buscarla.
Antes de que pudieran detenerla nuevamente, Yuzu empezó a correr, enloquecida. Llamaba a Mei con lastimera insistencia, le gritaba al mar, como si éste pudiera entenderla.
-¡¡Mei!!-gritaba, llorando.-¡MEI! Perdóname. ¡No me dejes, Mei!
Harumin y Matsuri permanecían abrazadas, llorando.
Mitsuko observaba a Yuzu con tristeza. Yuzu amaba a Mei de tal forma, que había olvidado todo. Sólo pensaba en su hermanastra. Si a Mei la encontraban sin vida, Yuzu se volvería loca.
Una multitud se acercó corriendo de un extremo de la playa. Un hombre fornido traía a una persona en brazos. Al divisarlos, Yuzu fue a su encuentro. La persona que el guardacosta llevaba era Mei, y parecía muerta.
El hombre acostó en la arena a Mei, quien tenía el rostro marcado con una palidez cadavérica. Iba a darle respiración boca a boca , cuando Yuzu se abalanzo sobre él, impidiéndoselo.
-¡No la toque!-exclamó-Yo lo haré.
Mitsuko y las demás se habían acercado al corro que se había formado alrededor de Mei. Ver a Yuzu, y su rostro enamorado y desesperado, hizo que a Mitsuko se le salieran las lágrimas.
Yuzu abrió la boca de Mei, insuflando aire dentro de ella. No hubo reacción. Lo intentó una y otra vez. Nada. Un paramèdico llegó, y le tomó el pulso. Latía irregularmente.
-Aún vive, pero parece que tragó mucha agua. Podría morir antes de que llegue la ambulancia.
Yuzu redobló sus esfuerzos, anegada en su propio dolor. Hizo presión en el pecho de Mei, para estimular sus pulmones a respirar, mientras sollozaba:
-No me dejes, no me dejes...por favor, regresa.
Volvió a aplicar la respiración boca a boca con fuerza casi sobrehumana. Milagrosamente, el pecho de Mei se infló, y un poco de agua brotó de su garganta, saliendo por la boca. Mei empezó a toser, escupiendo agua. Yuzu la levantó de la arena, y la estrechó entre sus brazos, mientras lloraba.
-Mei, Mei...pensé que te había perdido. Habría muerto contigo si algo te hubiera pasado.
Mei estaba tan débil, que no pudo articular palabra. Lo único que podía sentir era el calor de Yuzu, y su voz amada.
Una ambulancia llegó, y se llevó Mei. Yuzu, olvidada de todo lo demás se fue con ella. Matsuri, alivia-da, musitó:
-Gracias a Dios. No sé qué habría pasado si otra cosa hubiera ocurrido.
Harumin y Maruta observaban a Mitsuko. Esta tenía la cabeza baja, y podían notarse los brillantes hilos lacrimosos que salían de sus ojos.
Maruta se acercó a ella. La abrazó con todas las fuerzas de su ser, y en esta ocasión Mitsuko se arrodilló ante ella, aferrándose a su espalda con fuerza, mientras su cuerpo se sacudía por el llanto. Nadie decía nada. Todo era muy claro.
Capítulo 16
Las estrellas brillaban débilmente, y el cielo estaba empañado por tenues nubes que no permitían a la luna saludar a la gélida noche. Envueltas en una gruesa manta, Yuzu y Mitsuko miraban desde el balcón de la villa, el invernal paisaje que se desplegaba ante sus ojos. Estaban ensimismadas, sumergidas en su propio universo de emotivos pensamientos acerca de lo que sentían la una por la otra.
Después del baile de clausura, Yuzu, algo avergonzada, le había pedido licencia a Mamá para pasar la noche fuera de casa, aunque era obvio con quien se iba a quedar.
-Claro, Yuzu.-sonrió juguetonamente, mirando a Mitsuko, que estaba agradablemente sonrojada junto a su auto-pero no vayas a portar mal.
Yuzu agachó la cabeza, sabiendo lo que había querido decir su madre.
-Mamá, gracias por ser tan comprensiva con esta atolondrada que tienes por hija.
-Eres mi niña linda, y mereces ser feliz. Vé con ella, que el amor no admite espera.
Yuzu voló al lado de Mitsuko, tratando desesperadamente de no cruzar su mirada con la de Mei. Sin embargo, sus ojos se posaron un pequeñísimo instante en los de ella; eso bastó para leer la infinita tristeza que embargaba su alma. Temblando, se apresuró a subir al coche, tratando de alejar de su mente ese rostro atormentado.
Media hora después, se encontraban en su adorada villa, contemplando los ligeros copos de nieve que caían y que, para ellas, eran como helados cirios de amor que las saludaban con su divina belleza.
-Yuzuko, mi cielo…-susurró Mitsuko, sujetando su mano con dulzura.
-¿Sí?
-Pensé que te perdería. No te imaginas cuánto sufrí creyendo que llegarías a despreciarme tal como lo hiciste con Mei. Te quiero tanto…
-Perdóname por no creer en ti de inmediato, Mitsu. No fue mi intención hacerte llorar.
-Con lo que hiciste por mí hace poco, tengo suficiente muestra de tu amor, así que no vuelvas disculparte.
Yuzu besó a Mitsuko por primera vez después de su corta separación; la besó con fuerza sofocante, ansiosa, ingrávida, hasta que sus cuerpos amenazaron con hacer combustión, prestos a encenderse. Sus lenguas se excitaron, iniciando una danza interna, como si quisieran devorarse mutuamente.
-Vamos a la cama, Mitsu.-jadeó Yuzu. -
-Está bien, pero primero haremos el amor aquí.- Dijo Mitsuko, con la respiración alocada, cayendo sobre ella en el ancho diván. Sus manos inquietas resbalaron hasta la intimidad de Yuzu, haciéndola suspirar, deleitándose en el placer que experimentaría dentro de poco.
Hicieron el amor con frenesí, casi con dolor, afanosas, dejando escapar delirantes gemidos de éxtasis en la dulce y envolvente noche.
Después del tercer orgasmo, permanecieron despiertas un rato más. Yuzu no se cansaba de recorrer con sus manos cada parte del cuerpo de Mitsuko, ni de besar continuamente sus labios.
-Te gusta mucho besar, ¿verdad, Yuzu? -
-Sí. Me encanta esa sensación cálida del roce de los labios; no sé, es agradable unir mi boca con la tuya, y probar tu lengua. Es como beber de un elixir que me llena de vitalidad.
- Qué pervertida eres. Por mí, puedes besarme hasta desgastarme la piel. -Mitsuko le devolvió triplicadas todas esas caricias, deseando poder ser parte del cuerpo de ella para así estar día y noche dentro de ella.
-Te amo, princesa. No sé qué voy a hacer con este amor que ha llenado mi vida de tal forma que ya no puedo pensar en otra cosa que no seas tú, y me da pánico pensar que nuevamente Misaki quiera intervenir.
A la mente de Yuzu llegó el recuerdo de aquella mirada triste y extraña que Misaki le dirigiera. De pronto, un
fugaz resplandor de antiguas evocaciones le iluminó por un segundo las profundidades más ocultas de su subconsciente, creando en ella la incómoda sensación de que era no era la primera vez que veía esa mirada triste en esos profundos e inescrutables ojos azules.
-Mitsu, me pareció ver algo en mis memorias más olvidadas, pero no puedo precisar qué. Esos ojos…
-Qué raro, Yuzuko. ¿No será que ella te conoce de antes? Lo digo por ese empeño en querer aislarte de las personas que amas; es como si le hubieras hecho algo terrible, y quisiera vengarse de ti.
-No lo sé, pero hay veces en que su mirada de hielo me da escalofríos. He llegado a sentir miedo, por la manera como me trata y me habla.
-Mi amor, quisiera poder meterte en mi puño, para así resguardarte de cualquier daño que alguien pudiera hacerte.-murmuró Mitsuko, abrazándola protectoramente.
-No te preocupes. Ya me las apañaré con ella. Trataré de evitarla lo más que pueda, hasta descifrar el motivo de esa obsesión que parece tener de no dejarme ser feliz. Pero no hablemos más de ella. Hagamos otras cosas…
-Degenerada…hmmm-Mitsuko se retorció; Yuzu había descendido a su sexo, besando con avidez su interior tibio, metiendo uso de sus dedos al mismo tiempo, moviéndolo hasta que el cuerpo de Mitsuko se curvó, sacudiéndose orgásmicamente.
-Yuzu, eres tan hermosa.-gimió débilmente, repleta de placer-Ven-tomó a Yuzu por el cabello, ubicándola encima de su cuerpo- Eres muy buena haciendo el amor.
-Tú eres mejor. Te quiero, Mitsu.
Se besaron por enésima vez aquella noche, sintiendo en cada instante de amor el murmullo próvido de sus corazones amantes, que fluía como un río que nacía en sus miradas resplandecientes y desembocaba en el intenso placer que hacía saltar a sus cuerpos con apasionado fervor.
Dos meses más transcurrieron. Durante ese tiempo, Yuzu parecía flotar en una nube de color rosa que no admitía más presencia que la de Mitsuko y la de ella misma. Se sentía completamente dichosa a su lado, y ya no le cohibía besarla en público, ni tomarle la mano o abrazarla estrechamente delante de quien fuera. En verdad la amaba. O eso creía...
Porque había algo que nublaba su felicidad con cierta frecuencia: Mei.
Mei. La preciosa chica de ojos violetas, metódica, aplicada en los estudios y consagrada a su cargo como presidenta estudiantil, se estaba esfumando poco a poco. Ya no lloraba por Yuzu como al principio; es más, era muy raro que de sus ojos brotase una lágrima; pero, si las lágrimas del corazón cuentan, el pecho de Mei era un caudal que corría constantemente. No había ocasión en que no mirara a Yuzu con esa elocuente expresión de amarga resignación y anhelo, lo cual provocaba en Yuzu reacciones que amenazaban con volverla loca. En esos momentos, el impulso de abrazarla y cubrirla de caricias para que no estuviera triste era tan fuerte, que tenía que huir, de donde quiera que estuviese, para no ceder a la tentación; porque Yuzu, a pesar de la hermosa relación que llevaba con Mitsuko, aún amaba a Mei. Y eso la llevaba a cuestionarse muchas cosas. ¿Cuándo dejaría de amarla tanto? ¿Por qué le costaba tanto estar a solas con ella, sin sentir el fuerte deseo de tenerla entre sus brazos? Y, sobre todo ¿Podría Mitsuko eliminar ese amor que llevaba tan prendido en su alma?
Le preocupaba mucho el hecho de que el rendimiento académico de Mei se estuviera yendo al traste. De los primeros lugares en el rango de calificaciones general, había descendido abruptamente al puesto ochenta. Incluso Yuzu tenía el promedio muy por encima de eso, ubicándose en el puesto cuarenta y dos. Pasaba mucho tiempo con Mitsuko, y ésta era una enorme ayuda a la hora de estudiar, y eso le había servido para ascender en su promedio.
El abuelo de Mei llamó Yuzu cierto día. Con mucho respeto, y cierto temor, Yuzu acudió al llamado. Por un momento, pensó que iba a regañarla, así que entró a su despacho, en la mansión donde vivía, cabizbaja.
-Hola, abuelo. -saludó, tensa e insegura.
El señor Aihara le hizo una señal para que se sentara.
Yuzu se sentó, esperando una severa reprimenda. La cara del abuelo no tenía trazas de afabilidad, y eso la puso más nerviosa aún.
-Yuzu.
-¿Sí?
-Tal vez creas que te he llamado para regañarte o algo así, pero no te preocupes, no es nada de eso. Siento que mi cara sea así de seria. Quiero felicitarte por haberte adaptado tan bien a tu nueva posi-ción. A pesar de que no cumples a cabalidad con las normas del instituto, has mejorado tu rendimiento, e incluso has manifestado un gran talento musical. Me alegro que pongas en alto el nombre de nuestra familia.
Yuzu no se esperaba semejantes palabras. Inclinó la cabeza, avergonzada.
-Gracias, abuelo.
-Gracias a ti. Has ganado una beca en la Universidad de Tokio, y eso es un logro enorme para cualquier estudiante. Es gratificante saber que serás una persona de provecho para la sociedad. No estoy muy de acuerdo con la relación que tienes con Mitsuko, pero se trata de tu corazón, y no puedo interferir, por mucho que yo quiera verte casada en el futuro con un hombre de buena posición social.
-Abuelo, en cuanto a eso...-Yuzu se incomodó muchísimo. Lo último que pensó fue que el abuelo tocaría ese tema.
-No digas nada, por favor. La sociedad actual no es la de mi juventud, así que puedo entenderlo.-a pesar de su rostro impertérrito, el señor Aihara sonrió.- Eres una gran muchacha. Por eso quiero preguntarte algo. Ya que vives con Mei, me gustaría saber por qué su promedio académico ha bajado tanto. Me extraña, porque ella siempre ha sido una excelente estudiante; algo debe estarle sucediendo. ¿Tú sabes algo, Yuzu?
Yuzu bajó los ojos. Por supuesto que conocía la razón de los problemas de Mei; el abuelo lo tenía frente a sus ojos: ella misma. Mei parecía respirar sólo por ella. Sólo verla le mostraba cuán afectada estaba aún por la ruptura, y Yuzu se preguntaba si alguna vez Mei podría superarlo. Obviamente, no podía decirle nada al abuelo, así que musitó una respuesta vaga y nada concisa.
-La verdad, ella no me habla mucho últimamente. No sabría decirle qué es lo que le preocupa.
El señor Aihara suspiró.
-Me lo suponía. Mei nunca ha sido alguien que guste de compartir sus problemas, así sienta que está a punto de colapsar. Hace unos días intenté hablar con ella, pero sólo respondió con evasivas. La vi tan apesadumbrada, que no me atreví a reñirla. Por eso, quiero pedirte que hables con ella, y trates de averiguar qué es lo que la atribula; dile que se alimente bien; está muy delgada.
-Cla-claro que lo haré, abuelo. No le prometo nada, pero haré lo posible por ayudarla.
-Te lo agradecería. Mi salud está delicada aún, y mi médico me ha prohibido trabajar durante un largo tiempo, así que contaba con Mei para ayudarme, pero si sigue así, tendré que recurrir a la familia Okazaki.
Yuzu brincó imperceptiblemente al escuchar ese apellido.
-¿Okazaki?
-Sí. Ellos son mis socios en negocios no relacionados con la escuela, pero al parecer la principal here-dera se ha mostrado interesada en la Academia Aihara. Como sabes, ella estuvo aquí hace poco, pero al cierre del Festival Escolar tuvo que regresar a Inglaterra. Sin embargo, su padre me ha estado llamando, pidiéndome que le permita a su hija ayudar en la administración del Instituto, y si Mei sigue así, tendré que hacerlo.
-Abuelo, yo podría...
El abuelo levantó la mano, deteniendo las palabras de Yuzu.
-Sé lo que vas a decir, y te lo agradezco, pero no posees cualidades administrativas. Mejor céntrate en tu música y trata de ayudar a Mei, ya que yo no puedo hacerlo.
-Está bien, abuelo.
Yuzu no sabía qué hacer para sacar a Mei de ese estado de inercia en que había caído. Después de su conversación con el abuelo, intentó hablar con Mei. No quería tener a Misaki cerca, pero si Mei no despertaba de ese letargo emocional, tendría que soportar esas miradas extrañas y el peculiar acoso al que esa rara chica la sometía. Y, por otro lado, no quería ver a Mei tan triste. Lo peor era que ella ya no le decía nada. Sólo la miraba...
Esa misma noche decidió hablar con ella. Había quedado con Mitsuko, pero decidió cancelar la cita. En ese tiempo, a Yuzu sólo le faltaba vivir con ella. Estaba tan enardecida con sus caricias, que casi todas las noches amanecía en sus brazos. Parecía que nunca iba a saciarse, pues había convertido el sexo en el principal motor de su relación. Cuando más la perturbaba la aflicción de Mei, se refugiaba con más ahínco en Mitsuko, tratando de huir de los llamados que su corazón le hacía con respecto a Mei. Porque Yuzu seguía amando a Mei con locura, y no sabía qué hacer para sacarla de su alma. Hacía un mes, Mitsuko había tenido que viajar a otro distrito por dos semanas para un trabajo relacionado con su carrera,y en ese período Yuzu sintió un vacío en su pecho que quemaba su espíritu. Cuando Mitsuko regresó, se arrojó sobre ella con desesperación, arracàndole la ropa, ansiosa por su cuerpo. Mitsuko estaba igual, y los gritos de éxtasis de ambas no parecieron ser suficientes para liberar la tensión sexual que se había acumulado en esos días.
Saciados sus deseos, el vacío regresó. Y cuanto más se entregaba a la pasión, más grande era el hueco. Mitsuko la llenaba de detalles que la hacían muy feliz, pero no lograba llenar ese doloroso espacio. Hizo el amor con Mitsuko casi a diario,entregándose al sexo de forma desenfrenada, tratando de desechar ese incómodo sentimiento, sin lograrlo. Lo único que calmaba su ansiedad era ver el rostro de Mei. Moría por besarla siempre que su mirada amorosa se cruzaba con la de ella, pero odiaba la infidelidad, así que prefería correr a los brazos de Mitsuko para escapar de ese loco deseo.
Mitsuko percibió esa ansiedad, atribuyéndola acertadamente a Mei. Trató por todos los medios imaginables de hacer que Yuzu dejara de amar a su hermanastra, pero sentía que esos esfuerzos eran vanos. Mei estaba filtrada en Yuzu como la sangre en las venas, y parecía imposible sacarla de allí. Empezó a sentir miedo.
Quizá Yuzu sólo se sentía atraída a ella por el exquisito sexo que practicaban, y no por su corazón y su alma. Sin embargo, ignoró esas sospechas y siguió adelante, pensando que sólo era cuestión de tiempo que Yuzu olvidara a Mei.
Y así, llegamos al punto actual de nuestra historia. Mei había caído en un pantano depresivo, tanto, que incluso su abuelo lo había notado. Mamá también estaba preocupada, pero Mei evitaba quedar a solas con ella para escapar de cualquier interrogatorio.
Esa noche, Yuzu estaba triste. Lo que el abuelo le había dicho la tenía atenazada. Era cierto que Mei comía sólo lo necesario para no morir de inanición, bajando de peso de forma alarmante, y sus estu-dios iban de mal en peor. Y eso hacía que Yuzu se sintiera terriblemente culpable. Quizá había exage-rado algunas cosas...
Cuando Mei vio que Yuzu no saldría esa noche, no pudo evitar decir:
-Qué sorpresa. Es raro que duermas esta noche aquí.
Yuzu desvió la mirada.
-Quiero hablar contigo.
Mei le dio la espalda, apretando los puños.
-Sé que hoy hablaste con mi abuelo, así que ahórrate tus palabras. Tú ya sabes por qué he caído, así que es innecesario que indagues acerca de cosas que ya conoces. Eso sólo me hará padecer aún más. No te castigues permaneciendo a mi lado; sé que deseas estar con tu novia.
-Mei, no hables de ese modo. Para mí nunca será un castigo estar contigo.
Al escuchar eso, Mei giró la cabeza, mirando a Yuzu con esa mirada profunda y dolorosamente triste.
-Yuzu, nunca pensé decir esto, pero no tienes idea de cuánto me arrepiento de haberme enamorado de ti.
Estas palabras impactaron a Yuzu más de lo que hubiera esperado. Su corazón se removió de su sitio, emplazando a un dolor agudo y penetrante en su lugar.
-Entiendo por qué lo dices, Mei. Pero no deja de doler. Sé que siempre fui una carga para ti.
-¿Carga?-repitió Mei- Tal vez al principio sí te consideré una persona entrometida y algo intensa, pero tu pasión por la vida me llevó a ti de forma irresistible. Aunque nunca lo demostré,siempre te amé, Yuzu. Sé de sobra que fui yo quien falló primero, pero ¿no crees que llevaste tu resentimiento a extremos exagerados?
Yuzu sabía que Mei tenía razón; aun así, le pareció injusto que Mei quisiera lavarse las manos, y así se lo expresó.
-No puedo creer que insinúes que yo tengo la culpa de todo lo que ha pasado. Tú misma me alejaste de ti. ¿Qué habrías hecho si me hubieras encontrado en brazos de otra? ¿Cómo crees que me sentí cuando te vi con ella? Quise morir.
-Me habría enojado contigo, pero te amo tanto que lo hubiera perdonado...pero qué has hecho tú? Te dedicaste a herirme, a maltratar a mi corazón, hasta el punto de dejarlo destruido. -En este punto, Mei no pudo detener por más tiempo el llanto que se había comprimido en su pecho tantos días-¿Puedes siquiera imaginar cómo me lastima ver tu lugar vacío cada noche? Y cuando regresas, puedo sentir el olor de otra adherido a tu piel, y eso es cruel, Yuzu.
Mei se había sentado en la cama, sacudiéndose por la fuerza de los sollozos. Yuzu empezó a llorar también, pero lo hacía por Mei, no por ella. Se acercó, y trató de abrazarla, pero Mei la apartó.
-No, Yuzu. No me abraces más. Me ilusionas cuando lo haces. Dentro de poco estarás con tu novia, y me dejarás sola otra vez. No me martirices más.
-Mei, perdóname...
-No hay nada que perdonar. Creo que soy muy egoísta, al fin y al cabo. Tú sólo intentas ser feliz. Si yo no hubiese caído con Misaki, tú nunca habrías salido con Harumin, y mucho menos con Mitsuko. Pero pienso que demostraste ser mucho más débil que yo, a pesar del terrible error que cometí.
-¿Débil yo?
-Sí, tú. He soportado cuatro largos meses tu rechazo e indiferencia. He tenido que verte de la mano con otras personas, ver en tu cuerpo las señales de tu idilio con ellas, y lo he guardado para mí misma. No he recurrido a nadie para aliviar esta tristeza que me está desintegrando milímetro por milímetro, en una especie de muerte a cámara lenta. He estado sola, Yuzu. Sola. ¿Sabes por qué? Porque te amo. Tuve un momento de debilidad que no supe afrontar, y hasta el día de mi muerte lo lamentaré. No pudiste perdonarme. Preferiste ir a otros brazos y refugiarte en otro cuerpo. Yo no lo hice, ni lo haría, así me muera de tristeza por tu ausencia; te amo demasiado como para intentar reemplazarte con otra.
-Mei, yo... no sé qué decir.
-A pesar de todo tu positivismo, demostraste ser lamentablemente más débil. No sabes, Yuzu... cuánto he llorado por ti. Y tú tan feliz, ignorando mi llanto, besando y abrazando a otra delante de mí, como si yo fuera de acero...Yuzu, eres cruel.
Mei se acurrucó en la cama, tiritando. Yuzu se acostó a su lado, mirándola de frente.
-Sé que te herido, Mei. La verdad es que soy una mala persona. Quise vengarme de ti, pero mira a dónde te he llevado.-besó su frente, llorando-Perdóname.
-No, Yuzu, no me beses. Te lo suplico. -se apartó un poco- No eres mía. Y no quiero las sobras de tu amor. Si fueras a volver conmigo, sería distinto. Dentro de poco estarás con Mitsuko, y serás feliz otra vez. Conmigo sólo sufres. Una vez me lo dijiste. Se me ha muerto el corazón, Yuzu ; me enamoré, y fue mi error...ahora pago por amarte y el pecado de adorarte, y me dejas, me dejas...Por Dios, no sabes cómo me duele. No sé por qué caí ante tu sonrisa, si ibas a ser tan fugaz como la brisa, no sé por qué tengo que amarte; quise quitar las espinas que sembré en tu corazón, pero no pude; te perdí, y ése será siempre mi sufrimiento.
Las lágrimas de Mei eran tan tristes, que Yuzu se estremeció. Sintió que su amor por ella crecía de forma angustiante y maravillosa al mismo tiempo. Volvió a ponerse frente a ella muy, muy cerca , y empezó a secar con dulces besos la humedad de su rostro. Mei se revolvió, resistiéndose a esas caricias que tanto anhelaba, pero que la harían sentirse más sola que nunca en cuanto Yuzu volviera a los brazos de Mitsuko.
-No me acaricies; no me hagas más daño, te lo imploro. Cómo desearía gobernar a mi corazón, para sacar estos sentimientos que lo han matado; pero ¿cómo olvidar que existes? Te fastidió quererme, te cansaste de amarme y sólo me queda sangrar por ti y tu ausencia, que me está volviendo loca.
Sin saber qué decir para consolarla, Yuzu reiteró su intento de estrecharla contra su corazón.
-Mei...yo te amo. Nunca he dejado de amarte- susurró Yuzu, poniendo la cabeza de Mei en su pecho.-Te amo, y este amor es como el universo: infinito, eterno.
-Si me amaras, me habrías perdonado. Amar es perdonar. Pero tú te solazaste en despedazarme con tu indolencia. Quisiera que la tierra girara al revés, volverme pequeñita otra vez, y volver a nacer, y así no tener que volver a extrañarte, ni en tu fotografía anhelarte, ni llevarte fundida en mi alma como si fueras parte de mí. Sólo quiero saber una cosa, Yuzu: ¿Cómo hiciste para olvidarte de mí? He intentado hacer lo mismo, te juro que trato, y no he podido encontrar el remedio para olvidarte. Con tu partida siento tanto frío, que muero en silencio...-Mei se había aferrado al pecho de Yuzu,
De inmediato, Yuzu percibió que todo cambiaba en su alma al sentirla entre sus brazos; ese vacío que Mitsuko no lograba llenar, se desbordó de amor, un amor inmenso como el cielo, y notó que había algo mágico y enloquecido en aquel frágil cuerpo que se ceñía al suyo, y un resplandor cálido y dulce en aquellos ojos violetas que la miraban llorando. Parecía que ya no existía el frío invierno. Para Yuzu, había vuelto la primavera, esa casi olvidada y fragante primavera de verdores y murmullos de fuentes, una primavera plácida e indolente, de días despreocupados en el que su amor por Mei era el principal motor de su vida. Se desvanecieron por encanto todos los momentos amargos, y vio que los labios de ella, trémulos y pálidos, se abrían cerca de ella, y los besó.
En los oídos de Mei resonó un ruido extraño y profundo, como si hubiesen puesto junto a ellos dos caracolas de mar, y en medio de ese fragor percibió oscuramente las trepidaciones de su corazón. Su cuerpo parecía fundirse con el de Yuzu, y durante un incalculable momento permanecieron unidas la una a la otra, mientras los labios de ella oprimían los de Yuzu ansiosa, insaciablemente. Yuzu se puso encima de ella, extedièndole los brazos, entrelazando sus manos con las de ella en forma agónica.
Pero Yuzu, cuando más fusionada estaba a los labios de Mei, se soltó súbitamente. Levantándose, miró a Mei con ojos de los que había desaparecido toda indiferencia; eran ojos atormentados por la lucha y la desesperación.
-Mei- dijo, jadeando-, mi amor. Te amo con todas las fuerzas que posee mi alma torpe y descuidada. Pero tengo novia. No puedo engañarla. No puedo, Mei.
Ésta última se sentó en la cama. En cambio, sus ojos había adquirido algo de vida. Yuzu la había besa-do con verdadero amor, ferviente y apasionado.
-Yuzu- replicó a su vez- Me amas. Vuelve conmigo, Yuzu. Tú me amas a mí, no a Mitsuko, ni a nadie más.
-Voy a salir-murmuró Yuzu.
-¿Por qué te vas? Quédate conmigo. No vayas a ella; no después de besarme como lo hiciste.
-¿Cómo podría quedarme aquí después de lo ocurrido?-En la frente de Yuzu se habían formado pe-queñas gotitas de sudor, y tenía las manos cerradas en forma de garra, como si le doliesen. Miró a Mei, con sus penetrantes ojos verdes.
-No podría seguir a tu lado, sin desear besarte mil veces más. Mitsuko ha sido muy buena, y no merece que le sea infiel...-le dio la espalda y huyó.
Mei, sentada en la cama aún, sintió como si un revitalizante río se llevara todas las tristezas que la agobiaban. Yuzu la amaba, la amaba. Aún había esperanzas.
Yuzu salió a la fría noche de invierno. Desesperada, atribulada. Pensó que amaba a Mitsuko; pero ya no se sentía muy segura al respecto. Angustiada por la confusa tormenta que se libraba en su interior, paró un taxi y se dirigió al departamento de las Taniguchi. Al llegar, tocó la puerta de forma apremiante, rogando porque fuera Mitsuko quien abriera.
-¿Princesa?-Mitsuko la miraba, creyendo que veía mal.
-Mitsu, te necesito a mi lado esta noche.-respondió Yuzu, entrando. Cerró la puerta.- ¿Y Haru?
-Se quedó en casa de Matsuri. ¿Qué ocurre? Pensé que hoy no nos veríamos.
Yuzu no respondió. Se lanzó a los brazos de Mitsuko, besándola fuerte, casi con furia. No la soltó hasta que, por fuerza, tuvo que detenerse a tomar aire, permitiendo que ella hiciera lo mismo.
-Mitsuko, vamos a tu alcoba.
Ésta estaba sorprendida. Yuzu se veía febril, extraña.
Como Mitsuko se había quedado parada, mirándola como si quisiera leer dentro de ella, la tomó de la mano y la llevó ella misma a la habitación. Una vez allí, la tiró en la cama, presa de un súbito deseo por poseerla. Poniéndose sobre ella, y sin dejar que ella le dijera algo, se apoderó de sus labios, metiendo sus manos por todos los recovecos de su cuerpo, haciendo que Mitsuko exhalara fuerte gemidos de placer.
-Mitsu, te amo.-repetía Yuzu, una y otra vez.
-Princesa...Qué...?-Quería preguntarle el motivo de su ansiedad, pero Yuzu volvió a sus labios, mor-diéndolos con sutileza.
-Yuzuko! -ésta le sacó a los tirones el pijama, quitándose ella misma su propia ropa; con su lengua, recorrió cada parte sensible del cuerpo sudoroso de Mitsuko. Bebió todos sus fluidos, mordió en diversos lugares,atenazando sus pechos con sus dientes hambrientos y, ya sin poder aguantar más, puso su vagina, que estaba a punto de explotar, frente a la de ella. Se acopló, poniéndose encima de Mitsuko, y metió dos dedos en su interior, ayudándose con rápidos y desesperados golpes de su cadera, lo cual hacía que con cada embestida, los dedos penetraran más profundo en la intimidad hirviente de su novia.
-Mitsu, Mitsu, te amo...Ahhh, Mitsu...-gruñía Yuzu- esto es tan bueno...-Yuzu no concedía tregua en sus movimientos, y Mitsuko enterró profundamente las uñas en la espalda de ella, rasguñàndole la piel con vehemencia orgásmica.
A punto de correrse, Yuzu anudó todas las hebras sueltas de los movimientos que las unían en un último envión poderoso.
Mitsuko gritó, y Yuzu se sacudió convulsivamente encima de ella, gimiendo fuertemente y alcanzando el orgasmo, expulsando sus líquidos vaginales como expulsa su lava un volcán.
Temblando, Yuzu permaneció encima de Mitsuko, respirando con intensidad asmática. Por unos mo-mentos, ninguna de las dos dijo nada. El sexo que acababan de practicar había sido demoledor.
-Yuzuko...-pudo decir Mitsuko- eso fue...cielos...eso fue... no tengo palabras.
No obstante, Yuzu estaba lejos de terminar aquella noche. Se arrodilló frente a Mitsuko, con las pier-nas algo separadas y alzó una de las largas piernas de ella, dejado expuesto su sexo dulce y provocativo.
-Yuzu, espera, acabamos de ...
-Shhhhhh...-Yuzu puso su intimidad frente a la de Mitsuko, pegándolas,frotándolas con fuerza. Cerró los ojos, mientras hacía chocar, abofeteando sensualmente sus sexos, que estaban demasiados mojados, y escurrían, anegados de éxtasis. Mitsuko se estremecía. Yuzu estaba tan rara...parecía que quería desahogarse. ¿Pero de qué? Procuró detenerla, a pesar del gran placer que le proporcionaba.
-Princesa-murmuró, mientras Yuzu incrementaba sus golpes, sacàndole agudos gemidos-¡Ahhhh, Yuzu! Esto es grandioso...-Yuzu le levantó más la pierna, poniéndola sobre su hombro, y aceleró el vaivén; los pechos de ambas saltaban ante el enloquecedor ritmo-...Yuzu, mi amor, dime qué tienes.
Yuzu se detuvo un instante. Sus ojos verdes centelleaban.
-Te deseo. Tu cuerpo me vuelve loca-se inclinó para besarla; acto seguido, volvió a arremeter con más fuerza que antes. Apretó los dientes, gruñendo. Sentía venir el orgasmo. Dio unos golpes más, acelerando como poseída, y se corrió junto con ella, con más intensidad que la vez anterior. Sin fuerzas, cayó rendida sobre el cuerpo convulso de Mitsuko.
Cuando el esfuerzo de la pasión se relajó, dejándola respirar normalmente, se apartó un poco de Mitsuko, dándole la espalda.
-Yuzu, ¿qué pasa?-No podía creer que Yuzu la hubiera buscado sólo para tener sexo. La abrazó, sepultando sus labios en su dorado pelo. Pero la respuesta de Yuzu la sorprendió.
-Mitsu, estoy cansada. Créeme, no ocurre nada. Quiero dormir.
Por alguna razón, Mitsuko se sintió aislada. Tenía a Yuzu a su lado, pero ésta parecía tener su mente lejos de allí. Y no se equivocaba.
Yuzu se arrepentía de haber acudido a Mitsuko. Hacía tiempo que no experimentaba esa encantadora sensación que afloró cuando besó a Mei. Y ahora el calor de esos labios que amaba tanto se había desvanecido al tener contacto con Mitsuko. Habría sido mejor si se hubiera quedado en su casa, al lado de Mei, simplemente abrazándola. El extraño vacío había vuelto, con más crudeza que antes; sin poderlo evitar, empezó a llorar silenciosamente, sin saber exactamente por qué. Mitsuko percibió la tristeza de Yuzu, y para cerciorarse, tomó a Yuzu por el hombro, haciendo que la mirara.
-Princesa,¿Por qué lloras? Haces que me entristezca yo también.
Sin dejar de llorar, Yuzu sujetó la morena mano de Mitsuko, besándola.
-Ni yo misma sé por qué estoy llorando.
Mitsuko se tendió a su lado. La escondió en su cuerpo, aprisionàdola con sus brazos enamorados. Yuzu amaba a Mei. Su nombre flotaba, difuso y claro al mismo tiempo. Ahora era Mitsuko quien lloraba.
Cuando Yuzu despertó a la mañana siguiente, la cabeza le daba vueltas. Mitsuko estaba a su lado, aferrada a ella. Se separó con mucho cuidado, para no despertarla, se puso frente a ella, para despertarla con un suave beso. Mitsuko abrió lentamente los ojos. Ver a Yuzu tan cariñosa la alivió un poco. Le devolvió el beso con creces, e hicieron el amor, pero esta vez fue menos efusivo; lo hicieron lentamente, con mucha calma.
Yuzu sentía que debía compensar de alguna manera la brusquedad con que había poseído a Mitsuko la noche anterior, y aunque lo intentaba con todo su corazón, nada podía sacar a Mei de su pecho. Se entregaba al placer del sexo, pensando que así lograría meter a Mitsuko en su alma, sin que la presencia de Mei la turbase. Pero nada surtía efecto.
Mitsuko la llevó al baño en brazos, y se ducharon, no sin volver a entregarse al deseo. Era una locura. Menos mal que Harumin no se encontraba allí; de lo contrario, no habrían podido tomarse tantas libertades. Yuzu había decidido mantener su relación con Mitsuko, luchar para que funcionase, porque no quería lastimarla, aunque en esos momentos lo que más deseaba era ver feliz a Mei. Y la felicidad de Mei era ella, Yuzu Aihara.
Mitsuko veía a Yuzu pensativa. La colmó de atenciones, llenándola de mimos. En el caso de Mitsuko, sí era verdadero amor lo que Yuzu le inspiraba. Era su primer amor, y había obtenido mucho de ella, pero ese día Yuzu estaba demasiado ausente. Mientra bebían algo de café en la cocina, Mitsuko le preguntó, con cuidadoso tacto:
-Yuzuko... desde ayer te noto preocupada. Por favor, dime en qué puedo ayudarte.
Pensando si ser honesta o no, Yuzu tardó en responder. Decidió evadir la realidad a la que se estaba enfrentando, pues aun no estaba segura de nada.
-No es nada, Mitsu. Créeme.
Mitsuko sujetó su mano fuertemente, temerosa de que Yuzu pudiese esfumarse en cualquier momento.
-Te amo, princesa.
-Yo también te amo.
-Yuzu, desde hace unos días quería decirte algo, pero hasta ayer me confirmaron.
-¿De qué se trata?
-Mi padre me ha pedido que vaya a Hawaii. Tiene pensado inaugurar un hotel allí, para así expandir su línea comercial. Por supuesto que le dije que sí. Por el momento, sólo voy a ver algunos terrenos, para ver cual se ajusta a las expectativas comerciales de mi padre; y dado que tengo que irme en tres días, le pedí que me dejara llevarte a ti, a Harumin y a Matsuri.
-¿Por qué Matsuri?
-Bueno , no quiero que Harumin se sienta sola, y si está Matsuri a su lado, eso no sucederá.
Yuzu se quedó mirando su taza de café, pensativa. Mitsuko pensó que Yuzu saltaría de alegría ante las inesperadas vacaciones. Incluso había hablado la tarde anterior con el abuelo de Mei, para que le diera permiso a Yuzu de ausentarse unos días de la escuela, a lo que accedió, tal vez como premio a su destacado talento musical. Pero no vio la reacción que esperaba.
-Pensé que te alegraría conocer un lugar tan bonito como Hawaii.
Yuzu levantó la cabeza, titubeando. Al fin, se animó a preguntar lo que tenía en su corazón.
-Mitsu...¿No podríamos llevar a Mei?
"Así que Mei es el motivo de su preocupación"-pensó Mitsuko, sintiendo algo de tristeza.
-¿Mei? ¿Para qué? ¿No crees que sería...incómodo para ella?
-Bueno, es que Mei está algo enferma, y creo que es debido al invierno tan frío que nos ha dado este año Japón. Pienso que unos días al lado del cálido mar le servirá para espantar esa palidez que se ha adueñado de su rostro en estos días. Y, para que no esté sola, como tú dices, podríamos añadir a Maruta. ¿Qué te parece?
Había tal expresión de ansiedad en el rostro de Yuzu, que Mitsuko no fue capaz de negarse. Le dolía que Yuzu aun amara tanto a Mei. Lo que Mitsuko jamás imaginó fue que en ese viaje fuera a descubrir el alcance del amor que Yuzu sentía por Mei.
No hubo mucho tiempo para los preparativos del viaje. Yuzu y Mei obtuvieron inmediato permiso de su madre para ir a la paradisíaca isla. En cuanto a Maruta y Matsuri, no tuvieron ningún inconveniente para arreglar su salida. Hawai es un estado de los Estados Unidos de América, y un destino turístico por excelencia; por algo el señor Taniguchi estaba interesado en acceder comercialmente a tal lugar.
A diferencia de Japón, en Hawaii el clima era agradable la mayor parte del año. Un cálido sol acompa-ñaba sus días, siendo diciembre la temporada de más afluencia turística. La navidad estaba próxi-ma(faltaba una semana) y hubiera sido agradable extender la estadía hasta esa fecha, pero tanto Yuzu como Mei preferían pasar ese día en su país, por lo que se Mitsuko decidió no alargar mucho el paseo.
Al principio, Mei se negó a ir. No quería presenciar tan de cerca el romance de Yuzu y Mitsuko, pero su abuelo la convenció. A su abuelo no pudo darle una excusa válida para no ir. No obstante su rechazo a tal viaje, la actitud de Yuzu hacia ella había cambiado mucho. Ya no la evadía con tanta frecuencia sino que, al contrario, le preguntaba constantemente por su día, cómo lo había pasado, y durmió en casa las dos últimas noches. Esto último había levantado su ánimo, porque Yuzu dormía muy cerca de ella, dándole la cara, y no como antes, que se alejaba, como si hubieran escorpiones en el medio de la cama.
Escogieron un jueves para el viaje. Así podrían pasar un delicioso fin de semana en el precioso estado, y también serian menos los días de clase perdidos. Harumin y Matsuri estaban realmente felices; era la primera vez para ambas que viajaban fuera de Japón. Su relación se había fortalecido, y poco les faltaba para ser pareja. Harumin tenía pensado declaràrsele en Navidad, pues ya no soportaba tenerla tan cerca simplemente como una amiga; deseaba besarla, y decirle cosas lindas al oído; se había enamorado de ella. Y Matsuri sentía lo mismo. A veces atormentaba a Harumin con situaciones sensualmente calculadas, pero su superior había demostrado tener un gran dominio de sí al no caer en ninguna de sus coquetas y dulces artimañas.
Maruta sólo se dedicaba a observar...
Mitsuko había intentado reservar un vuelo para la mañana del jueves, pero como era temporada alta, los vuelos a Hawaii estaban repletos, así que no tuvo más opción que apartar el vuelo para el miércoles por la tarde. Hawaii está a 6333 km de distancia de Japón , con una diferencia horaria de cinco horas, siendo más tarde en Hawaii. Si partían a las tres de la tarde, hora de Japón, llegarían a eso de las tres de la mañana, hora de Hawaii. El avión tardaría cerca de ocho horas en arribar a destino, así que sería un largo viaje. Mitsuko lamentaba no haberse decidido por utilizar el avión privado de su familia, pero no quiso hacer alardes de ostentosidad; así que tuvieron que utilizar los medios más accesibles del pueblo para hacer el viaje, aunque eso tenía su punto bueno.
Estarían en primera clase, las comodidades serían muy favorables para el viaje. La primera clase era bien atendida en cabinas independientes, que constaban de lujos, gratos para el viajero.
Obviamente, Mitsuko se sentó con Yuzu. Ésta hubiera preferido sentarse con Mei, pero no encontró una buena excusa para hacerlo. Harumin y Matsuri sí se sentaron juntas, y Maruta hizo lo mismo con Mei. Esta última suspiraba, lanzándole miradas furtivas a Yuzu, quien a su vez la miraba también, diciéndole con los ojos cuánto deseaba estar a su lado. Cuando el avión se elevó, todas observaban el bonito espectáculo de ver las ciudades convertirse en diminutas maquetas. Estar suspendidas en el aire en ese coloso de acero era una sensación nueva para Yuzu y Matsuri. Siendo hijas de familias modestas, nunca habían tenido la oportunidad de subir a un avión, por lo que estaban extasiadas mirando el cielo azul por el que navegaban con increíble rapidez.
Poco a poco, el sueño las fue venciendo a todas. A todas, menos a Yuzu. Mitsuko estaba cansada, y fue la primera en dormirse. Como viajaban en primera clase, la comodidad era máxima, y eso contribuyó a que todas se entregaran a un buen sueño antes de aterrizar.
Con mucha cautela, Yuzu se levantó de su asiento. Se dirigió al de Mei, que estaba justo en frente del suyo. Ella también dormía. Le acarició su hermoso flequillo negro ébano para despertarla. Mei abrió los ojos, sonriendo tristemente al ver a Yuzu frente a ella. Se veía tan hermoso su amor...
-Yuzu querida.
-¿Sí?
-Te amo.
-Y yo a ti. Es tan bonito ese cielo nocturno...las estrellas parecen acercarse aún más. Cuando vi lo hermoso de ese cielo, no pude evitar querer verlo contigo.-le extendió su mano derecha-Ven; vamos a verlo antes de alguna azafata entrometida nos descubra.
Mei tomó esa mano que amaba tanto, conteniéndose para no besarla. Yuzu fue con ella hasta la ultima cabina, que era la única desocupada, y se sentó junto a la ventanilla, invitando a Mei a sentarse en su regazo.
Por varios minutos, contemplaron la luna, que parecía seguirlas hasta el infinito. Había algo sublime en ese íntimo momento que compartían juntas. Yuzu, que no era muy buena para contener los impulsos que su corazón le dictaba, tomó el mentón de Mei, girando su cabeza hasta ponerla frente a ella.
-Mei...
-Yuzu ¿Por qué haces estas cosas tan de repente?
-Lo que me dijiste la otra vez penetró hasta lo mas profundo de mi ser. No tenía idea del sufrimiento por el que te hice pasar. Lo siento tanto, Mei. Tienes razón. Nunca debí refugiarme en otros brazos. Demostré ser una cobarde. Ahora...debería estar con Mitsuko y no contigo, pero sentí tanta nostal-gia...te amo, Mei, y besar tus labios otra vez vez me mostró que mi amor por ti es como los manantiales eternos.
Unas gotas tibias cayeron sobre el rostro de Yuzu.
-Por Dios, Mei, no quería hacerte llorar de nuevo.
Mei se apoyó su mejilla en el cuello cálido de Yuzu.
-No era tan feliz desde hacía tanto tiempo. Gracias por tu perdón y por tu amor. Te amo, tanto, que moriría aquí, en este momento, con una sonrisa en mis labios.
-Mei, eres la estrella del cielo de mi vida.-la estrechó con fuerza-No quiero herir a Mitsuko, porque la quiero. No sé qué hacer.
-Ámame. Eso es todo lo que debes hacer.
-Mi amor lo has tenido siempre; desde el día en que nuestras miradas se cruzaron.
Los ojos resplandecientes de Mei al escuchar esas palabras y motivaron a Yuzu a dar un paso más. Su pecho se expandió, rebosante de amor por ella. Con lentitud casi mágica, empezó a besarla. Mei cerró los ojos, dejando escapar un par de lagrimas más. Al fin, su oración había sido contestada, y eso la inundaba de felicidad, una felicidad tan grande, que pensó que su corazón estallaría. Se acomodó mejor en las piernas de Yuzu, enlazando su cuello con apasionada ternura. Yuzu profundizó el beso, y Mei hizo lo propio. Sus bocas se fusionaron, pero sin afán, como si con eso pudieran detener el tiempo en ese instante de amor puro. Se besaron de mil formas distintas, hasta que sus labios quedaron hinchados, magullados y marcados por la fuerza de sus sentimientos. Les costó mucho separarse, pero cuando lo hicieron, sus almas eran una, a pesar de que no habían hecho más que besarse.
Yuzu volvió a su asiento. Miró a Mitsuko, y el remordimiento la pinchó con fuerza. La quería... y ahora todo se estaba complicando. Se recostó en la cómoda litera y ladeó la cabeza para tratar de dormir un poco. Cuando su acompasado ronquido se dejó escuchar débilmente, Mitsuko abrió los ojos. Estaba despierta desde hacía un rato, y le sorprendió mucho no ver a Yuzu a su lado. Iba a levantarse, pero prefirió esperarla. A lo mejor estaba en el baño. Con un nudo en la garganta, se sentó nuevamente, a esperar. Yuzu tardó en volver. Cuando sintió sus tenues pasos, espió rápidamente y vio a Mei con ella. Ese rostro de Mei...resplandecía de felicidad.
Simuló dormir para que Yuzu no se diera cuenta de que la había visto. Cuando esta última se durmió, Mitsuko la contempló un largo rato. Empezó a verter silenciosas lágrimas al ver una pequeña mordida en el labio superior de Yuzu. Y esa evidente señal de un beso apasionado no se la había
El avión aterrizó a la hora prevista. Todas estaban entumecidas y soñolientas. Un auto las esperaba para conducirlas al hotel en el que Mitsuko previamente había hecho las reservaciones, el cual era una preciosa edificación con la tradicional vista al mar, ubicado junto a la bahía de Waikiki, en Honolulu.
Una vez en el hotel, Matsuri y Harumin se apoderaron de una de las habitaciones. Maruta, observó:
-Ya que Matsuri y Harumin dormirán en una habitación, supongo que Mei y yo tomaremos otra. La pareja feliz tiene su dormitorio matrimonial a plena disposición.
Mei y Yuzu se miraron. Los ojos de Mei se entristecieron, y Yuzu hubiera querido abrazarla para que no se sintiera así, pero Mitsuko tenía la vista fija en ella, y le pareció ver un lejano destello de pesadumbre en sus pupilas cansadas.
-Princesa-dijo Mitsuko pasando su brazo por sus hombros-vamos a dormir. Estoy agotada.
-S-Sì, claro, vamos. Hasta la mañana, Mei.
Mei la besó con la dulce expresión de sus ojos violetas.
-Nos vemos, Yuzu.
Para Maruta no pasaron desapercibidos todos estos juegos de miradas, y empezó a dolerle el pecho. Mitsuko estaba sufriendo.
Yuzu y Mitsuko entraron a la amplia habitación. Las otras habitaciones que había reservado eran con camas separadas, pero ésta tenía una cama doble. Era más bien una suite de lujo, con todas las comodidades del caso: balcón con hermosa vista, baño con jacuzzi, servicio de primera, entre otras cosas. Yuzu se tiró en el cómodo colchón.
-¡Qué suave es! Mitsuko...
Yuzu calló. Mitsuko se había sentado en la orilla de la cama, con la cabeza baja.
-Mitsu ¿Te preocupa algo?
Ésta tenía el rostro apagado. Yuzu sintió que la culpable de esa tristeza era ella. Llena de remordimiento, la abrazó.
-Mitsu, te quiero.
-¿De veras?
-¿No te lo demuestro día tras día?
De improviso, Mitsuko se arrojó encima de ella; empezó a besarla con pasión y mucha ternura. Se sacó la ropa poco a poco, hasta quedar desnuda. Yuzu correspondía fervientemente a sus demandas, pero el rostro de Mei, y los besos que le diera hacía poco,se presentaron ante ella, bloqueándola por completo.
-Espera, Mitsuko...
-¿Qué?
-Estoy cansada.
Mitsuko se incorporó un poco. La miró con pesar.
-Es la primera vez, desde que salimos juntas, que te niegas a mí. Debes de estar realmente cansada.
Mitsuko se acostó, tapándose con la gruesa colcha. No quería que Yuzu la viera llorar.
A Yuzu se le contristó el espíritu. Mitsuko era muy inteligente, y algo debió notar en su actitud para que se comportara de esa manera. Se desvistió ella también, y se metió debajo de la colcha, subiéndose encima de ella. Mitsuko la abrazó con toda su alma, y con toda su alma le hizo el amor, con ardor, arracàndole gritos, haciéndole sentir todo el amor que le inspiraba con cada beso y cada caricia, sin dejar de repetirle cada segundo que la amaba con todo su ser.
La bahía de Waikiki es una de las más bellas de la Tierra. Es un paraíso terrenal, donde la naturaleza se manifiesta, exuberante, maravillosa y exótica. Esta playa tiene una particularidad: el agua penetra en la tierra de una manera tan peculiar, que tiene la misma forma de la luna en su fase de cuarto creciente, lo cual hace de ella un lugar de asiduas visitas. Miles de turistas de todas partes del mundo van allí a lo largo del año, ya sea para para pasar sus vacaciones, o cumpleaños, o la infaltable luna de miel. Porque eso sí: Hawaii es un lugar extremadamente romántico, presto para el amor en todas sus facetas. El mar que baña la costa es límpido, azul celestial, nacarado y tan precioso que no tiene punto de comparación.
Harumin y Matsuri caminaban por la orilla espumosa y brillante de la playa. Después de almorzar (se levantaron tardísimo, por el largo viaje) les pareció muy tentador caminar por la arena amarilla, suave y áspera al mismo tiempo. Como era la temporada con más afluencia de turistas, decidieron andar hasta llegar a unas rocas que sobresalían un metro metro sobre el nivel del mar. La brisa azotaba con mediana fuerza a la costa, y el sol brillaba en lo alto, esparciendo su calor, equilibrando así el clima, tornándolo agradable y presto para la reflexión o la diversión, dependiendo del ánimo de cada quien. Y el ánimo que rondaba en el alma de las dos amigas rayaba en los límites del romance más apasionado. Desde que estrecharon sus vínculos de amistad, se despertaron en sus corazones un sinfín de sensaciones que día a día aumentaban en intensidad, haciéndose cada vez más difícil retener las acciones que las conducirían más allá de la fraternidad.
Ambas se recostaron a la sombra de una de las rocas, para dedicarse a mirar el cielo. El lugar era soli-tario, pero eso les gustaba aún más. Estaban tomadas de la mano, y sus pulsos latían con algo de agitación. La tensión que imperaba entre ellas estaba a punto de estallar.
-Harumin...-dijo Matsuri, apretando la morena mano de su amiga.
-¿Se te ofrece algo, pequeña?-Harumin sabía que a Matsuri no le caía en gracia que se burlaran de su estatura.
-Eres mala, Harumin.
-Sólo quiero ser feliz.
-Harumin, no puedo creer que estemos en un lugar como este-prosiguió Matsuri.-es tan bonito.
-Sí. Mi hermana es muy generosa. Hubiera podido venir sólo con Yuzu, pero mira que hasta a Mei trajo.
-Tal vez aquí vea cuánto se aman Mitsuko y Yuzu. Aunque esta mañana la vi algo animada.
-¿Quién no se va a animar en un lugar como éste? Estoy tan feliz de estar aquí contigo, Harumin.-Matsuri apretó aún más los dedos que sostenía- Te quiero.
Incorporándose, Harumin se arrodilló, poniendo su rostro justo encima del de Matsuri. Observó un momento la figura que tenía debajo de ella. Matsuri llevaba un traje de baño algo discreto, pues como su cuerpo aún estaba en desarrollo, no había mucho que mostrar; sin embargo, a Harumin le parecía perfecta. Llevó una de sus manos a la cara de Matsuri, acariciándola con mucha suavidad-No eres la única, Matsuri.-susurró. Su voz era acaramelada.-Yo también te quiero.
Matsuri sonrió. Tocó el flequillo recortado de Harumin, diciéndole algo divertida:
-Oye, Harumin, tengo unas ganas enormes de tocarte los pechos.
Harumin rió. Matsuri era un diablillo coqueto y peligroso.
-Pensé que dirías algo más serio.
-Es que en esa posición en que estás ahora, se ven tan...digamos que apetecibles.
Harumin llevaba un bañador de dos piezas, sensual y atrevido. La mitad de sus senos sobresalían, y era entendible el sentimiento de Matsuri con respecto a ellos.
Los ojos de Matsuri se veían hermosos, porque el cielo se reflejaba en ellos, confiriéndole una tonalidad maravillosa, y a Harumin no se le pasó por alto este hecho.
-Tus ojos me enamoran, Matsu.
El corazón de Matsuri, ya de por sí acelerado, amenazó con enloquecer.
-Harumin, desde hace tanto tiempo que deseo besarte. Sé que dijimos que esperaríamos hasta que nuestros sentimientos crecieran, pero yo ya siento que te quiero. Bésame.
Harumin, que seguía suspendida sobre Matsuri, miró sus rosados labios. Acercó los suyos a los de ella, y ya a milímetros de ellos, se detuvo.
-Matsu, yo también quiero sentirte. Te quiero. -Dicho esto, la besó. Matsuri recibió esos labios con ansias, pensando en lo mucho que había ansiado tenerlos. A medida que avanzaba el contacto, el beso crecía en intensidad. En un momento dado, Matsuri sujetó el cuello de Harumin, atrayèndola más a ella, haciendo que esta última se recostara encima de ella. Sentir el cuerpo de Harumin sobre ella fue demasiado para su mente pervertida. Llevó sus manos hasta los muslos perfectos de ella, deteniéndose en sus glúteos. Harumin ahogó un gemido en los labios que besaba con efusión. Se amoldó más al cuerpo de Matsuri, besándola con mucha más fuerza. Hasta ese momento, sólo había deslizado sus labios sobre de los de Matsuri, saboreàndolos con agradable fruición; pero Matsuri había empezado a mover en círculos sus manos, que estaban sobre sus glúteos, y eso la excitó un poco. Introdujo su lengua en la boca de Matsuri, iniciando un baile seductor que sacó de la garganta de Matsuri un ronco quejido, que quedó ahogado por los labios de su novia. Novia. Después de un beso así, podía considerar a Harumin como su novia. Y eso la hacía muy feliz.
Harumin descendió, rozando con suavidad el cuello de su pequeña, arrancándole un suspiro casi orgásmico. Sus manos tampoco estaban quietas; con una tocaba con mucha delicadeza sus piernas y con la otra masajeba sus incipientes senos. Los dulces lamentos de Matsuri estaban enloqueciendo a Harumin. Su sexo empezó a arder y pudo sentir en su rodilla la humedad de su novia. Sin embargo, no quiso proseguir y, temblando, se separó de ella, sentándose a su lado.
Matsuri, aturdida por perder el roce de su piel con la de ella, murmuró, jadeante:
-¿Por qué no seguiste?
-Aún no, Matsu. Te quiero, es verdad, pero no quiero que alguien nos descubra; sería muy vergonzoso. Yo...quiero que sea especial para ti.-titubeó antes de proseguir-dime algo... tú...¿has tenido algún tipo de intimidad alguna vez?
Matsuri abrió mucho los ojos y luego sonrió.
-¿De qué viene eso?-le preguntó mientras se acercaba a ella para abrazarla.
-Es sólo curiosidad.
Matsuri depositó un suave beso en los labios de Harumin. Después, le dijo al oído:
-Eres la primera persona que me besa y me toca de un modo tan íntimo. Siempre viví observando a Yuzu y aunque he sido bastante traviesa en asuntos amorosos, nunca han sido personales; sólo me he divertido viendo las relaciones de otros. Tú eres mi experiencia más real del amor. Te quiero, Haru.
Harumin se sintió cautivada por el brillo que despedían los ojos de su nuevo amor. La besó apasiona-damente; acarició sus mejillas mientras se deleitaba con los labios que se abrían para recibirla con la misma pasión que ella otorgaba. Era tan difícil parar... era la primera vez que percibía verdaderos sentimientos en un beso, porque los que Yuzu le diera no poseían ese verdadero anhelo que sentía en los de Matsuri. Se dejaron caer en la arena nuevamente.
-Haru...-la voz de Matsuri era como como el sonido sordo de las olas que lamían la orilla de la playa, suave y fuerte al mismo tiempo.- Te deseo con locura.
Harumin le besaba el cuello, tocando con mucha delicadeza el sexo de Matsuri por sobre la tela elástica de su vestido de baño. El cuerpo de Matsuri se movía como loco y su boca gimoteaba como el llanto de un bebé. Esto enloqueció a Harumin. Era un riesgo estar en esa situación allí, pues cualquiera podría llegar y verlas; pero los dulces sonidos de Matsuri atormentaban sus oídos, excitándola de forma demencial. Nunca pensó que pudiera generar una reacción así, y su propio cuerpo empezó a temblar.
-Matsu...-dijo en un suspiro-voy a perder el control. Aún podemos detenernos...¡Oh, dios! Te anhelo con desesperación. Pero no quiero que sea aquí ¿me entiendes?
Matsuri deslizaba sus manos, subiéndolas y bajándolas a lo largo de la columna vertebral de Harumin, en una caricia llena de amor.
-Entiendo-su voz era un suave gemido-pero...te lo suplico, por favor...déjame terminar. Estoy a punto de estallar. En otro momento lo haremos como se debe; pero dale ahora algo de liberación a este peso que siento en mi interior, y que quiere ahogarme.
Harumin miró el rostro sonrojado de Matsuri, sus labios abiertos en un ruego y entendió perfecta-mente lo que ella sentía.
-Matsu...-dijo, mientras la cubría nuevamente, llevando su mano al pequeño sexo de su Matsuri, frotándolo. Esta, al sentir la delicada mano de Harumin en su intimidad volvió a gemir de aquella forma tan particular: como el llanto de un bebé, Escucharla enardeció las fibras más apasionadas de su cuerpo. Hubiera querido tocarla directamente porque el traje de baño seguía interponiéndose, pero prefirió hacerlo así por el momento. Incrementó el ritmo de sus caricias, y Matsuri creyó enloquecer. Su cuerpo brincaba, y toda ella era un solo lamento de placer. Eran una melodía de pasión primitiva. Cuando Harumin sintió que su organismo subía en un crescendo que amenazaba con ahogarla, dejó de tocar a Matsuri, e incrustó su pelvis entre las piernas de ella. Aunque no se tocaban directamente, sus sexos estaban a punto de explotar. Se empezó a mover frenéticamente. Matsuri encorvó sus hombros y clavó sus caderas en las de Harumin, quien arremetió con mayor rapidez que antes. Sus senos se oprimían en el pecho de Matsuri, deslizándose con exquisita rapidez. Era maravilloso. El clímax se fue aproximando, llegando de cada músculo de sus cuerpos y cada nervio del cerebro, en acumulación gradual de calor. Empezaron a sentir los temblores en sus piernas y notaron como subían y subían hasta llegar a sus cabezas.
-Harumin, algo se viene-sollozó Matsuri.
-Lleguemos unidas.-Harumin aceleró, en una loca carrera, como si fuera a lanzarse a un precipicio-¡Matsuri! ¡Ya, ya!- Se clavó en las caderas de Matsuri en un último empujón. Esta última se retorció, llorando, presionado hacia abajo, con sus manos ,el trasero de Harumin, tratando de llevarla más cerca de su sexo. Ambas llegaron al orgasmo en un estallido de placer tan intenso que, al acabar, no sabían si habían muerto o sólo estaban desmayadas.
Pasó un rato antes de adquirir conciencia de lo que las rodeaba. Sus fluidos corrían por sus piernas, como testigos de lo ocurrido. Matsuri abrazaba a Harumin, demasiado feliz, libre como las gaviotas que volaban encima de ellas. Harumin tenía su cabeza recostada en el pecho de su chica, respirando aún con algo de dificultad. Se besaron cien veces más, diciéndose mil cosas,y después se dirigieron al hotel, tomadas de la mano. Un resplandor iluminaba sus rostros, pues era la primera vez que experi-mentaban algo como aquello. Estaban a las puertas del amor, y eso era algo invaluable.
Mientras, Mitsuko bostezaba, algo cansada, en la oficina de una firma de ingenieros, en donde sostenía una entrevista con los agentes inmobiliarios encargados de la venta del terreno donde su padre planeaba construir un complejo turístico. No quiso llevar a Yuzu, porque quizá se hubiera aburrido. Mientras veía algunas maquetas y leía los prospectos del proyecto, una sensación de pérdida se acumulaba en si interior. Yuzu estaba tan extraña... aunque habían estado en profunda intimidad física hacía poco , su querida Yuzu a veces quedaba en blanco, con la mirada perdida, pensando seguramente en Mei. Recordar los hinchados labios de Yuzu cuando estaban en el avión le provocaba un agudo dolor en su pecho. Ellas se habían besado durante largo tiempo, y quien sabe si... pero la idea era demasiado para ella, y trató de desecharla de su mente. Moría de ganas por salir de esa tediosa reunión para poder estar con Yuzu, quien se había ido con Mei y Maruta a recorrer la playa. Harumin habían salido temprano con Matsuri quién sabe a dónde. Y saber que Mei y Yuzu estaban juntas la atormentaba; era tan obvio que aún se amaban...
Eran cerca de la tres de la tarde cuando, al fin, pudo salir. Marcó al número de Yuzu, pero al parecer no escuchaba el móvil, o tal vez lo había dejado en el hotel. Intentó hablar con Maruta, pero ésta tampoco respondió. Decidió salir a buscarlas, aunque era como buscar una aguja en un pajar. La costa estaba repleta de turistas.
Empezó a caminar al azar. Iba vestida algo formal, y los zapatos le incomodaban al andar sobre la are-na, así que se las quitó. Sentir la aspereza del suelo, y la brisa azotando su cara con suavidad la tranquilizó un poco. Quería confiar en Yuzu, pero los celos la estaban martirizando de una forma molesta; nunca pensó que fuera celosa, y ese era un sentimiento completamente nuevo para ella. Era como si le quitaran aire a sus pulmones, o un gran peso oprimiera su pecho. No pudo recriminarle nada Yuzu, o no se sintió capaz. La misma Yuzu le había dicho que amaba a Mei, y le dolía saber que Yuzu estaba cediendo a esos sentimientos nuevamente; no quería perderla. La amaba con toda su alma, y aunque los celos la torturaban, sentía que podía perdonarle a Yuzu cualquier cosa.
El sol, que empezaba a escocerle la cara, la sacó de sus monólogos internos.
La curva de la costa de Waikiki era tan fascinante, que Mitsuko deseaba verla desde el balcón de su habitación del hotel con Yuzu a su lado. Empezó a pasear su mirada por entre los distintos grupos de personas, aspirando a divisar a Yuzu. Mientras estaba en eso, una mano se posó en su espalda.
-Mitsuko...
Esta giró y se encontró con la profunda mirada de Maruta, que la observaba a través de sus anteojos, algo empañados por el aire húmedo de la costa.
-Hola, Maruta.-Miró alrededor, buscando algo.
-No están conmigo-dijo Maruta, sabiendo a quiénes buscaba Mitsuko.
-¿Ah? Pero... ¿No dijeron que estarían las tres juntas? -Los ojos de Mitsuko se nublaron, y Maruta sintió un nudo en su estómago al verla así.
-Sí. Y aún estamos juntas, sólo que ellas decidieron darse un baño y yo quise esperarte.
-¿Esperarme?
-Sabía que vendrías.
Mitsuko apartó vista. Maruta parecía leer en su interior, y no quería que viera más allá de lo que ya había visto.
-¿Están por aquí cerca?
Maruta no respondió. Miró tristemente a Mitsuko, deseando ahorrarle los malos momentos. Pero así como Maruta conocía a Mitsuko como a la palma de su mano, ésta última también sabía todo de Maruta. Era algo recíproco.
-Es triste ¿Verdad, Maruta? Mi primer amor no duró mucho, después de todo.-Mitsuko se llevó una mano a sus ojos, tratando de esconder las lágrimas de su angustia.
Apenada, Maruta le tocó el brazo, tratando de darle ánimo. Su Mitsuko era una joven enérgica, audaz e inteligente. Ver su lado más vulnerable la conmovía profundamente. Sin pensarlo, la abrazó.
-Mitsuko, no llores. Tú nunca lloras. Eres fuerte, hermosa, ingeniosa; eres maravillosa, así que no dejes que esto te domine.
Estas palabras fueron dichas con honda sinceridad, pero también con mucho amor, y Mitsuko lo percibió. La apartó de sí, murmurando:
-Voy a buscar a Yuzu.- No quería darle falsas esperanzas a Maruta, por lo que se alejó, sin mirarla. Ésta miró su hermosa figura alejarse, deseando ser su sombra en la arena, para así estar siempre junto a ella.
Después de andar unos metros más, Mitsuko se sentó a la orilla del mar. Algunos niños jugaban cerca de ella, riendo y chapoteando en el agua. Mitsuko hubiera querido convertirse en uno de ellos, sin preocupaciones ni ansiedades estorbando su felicidad. Deseaba estar con Yuzu en ese momento. Mientras estaba en la reunión, pensó que ella la estaría esperando, deseosa también de estar a su lado, pero el que estuviera con Mei indicaba que no la extrañaba mucho.
Y entonces, las vio. Pasaron corriendo a su lado, sin ser notada. Ambas entraron al mar, adentrándose en él. Yuzu sostenía la mano de Mei quien miraba Yuzu como si ésta fuera una diosa. Y en verdad lo parecía. Sus cabellos de oro bruñían al sol, y su cuerpo, aunque no era muy voluptuoso, sí era armonioso, y a Mitsuko le dieron ganas de entrar al mar y tomarla en sus brazos para llevársela de allí, a un lugar donde Mei no acaparara de ese modo su atención. Su corazón bullía, al verlas allí sonriendo, y aún más al notar cómo el rostro de Mei había adquirido color y vitalidad. Los celos comenzaron a golpearle con saña.
Se levantó, para ver si ellas la notaban, pero estaban tan concentradas en sus juegos, que no consiguió su propósito. Iba a lanzar un grito para llamar a Yuzu, pero el llamado quedó congelado en sus labios.
Una ola había hecho caer a Mei en brazos de Yuzu, quien la recibió con una sonrisa protectora. Se miraron un instante. Yuzu acarició el cabello mojado de Mei y, cerrando los ojos, la besó. Su cuerpo se fusionó con el de ella en un estrecho abrazo, y sus labios parecían querer devorarse. Tal escena paralizó a Mitsuko. Las lágrimas volvieron a surcarle la cara, y aunque verlas le dolía, no fue capaz de moverse. Su mayor miedo se había materializado, y eso la dejó noqueada. Al cabo de un rato, Mei y Yuzu salieron del agua. Era imposible que no vieran a Mitsuko y, efectivamente así sucedió. Cuando Yuzu vio a Mitsuko justo a unos cuantos metros de ella, sus ojos se abrieron desmesuradamente. Sus miradas se encontraron, y Yuzu pudo ver el mismo dolor que una vez ella experimentara, al ver a Mei en brazos de Misaki. Mitsuko dio la vuelta, y emprendió la retirada. No haría una escena. Yuzu era libre de amar a quien quisiera. Pero algo la lastimaba por dentro, y ese algo se escapaba de su cuerpo en forma de lágrimas.
Yuzu miró a Mei un momento. Esta última sujetó su mano con fuerza.
-Déjala ir-le dijo, aferrándose a ella.
Luchando con lo que le gritaba su corazón en esos momentos, Yuzu bajó la vista. Al levantarla nueva-mente, no fue capaz de mirar a Mei directamente. Sólo soltó su mano, y le dijo, mientras se alejaba de ella:
-Lo siento, Mei. No puedo dejar a Mitsuko.
-¡Yuzu, espera!-Mei trató de detenerla, pero Yuzu echó a correr. Mei la siguió.
-¡Mitsuko!-gritó Yuzu, a la par que corría para alcanzarla. Mitsuko se detuvo.
Yuzu llegó a su lado, y la abrazó, apoyando el rostro en su ancha espalda. No pudo decir nada.
-¿Por qué me seguiste?-interrogó Mitsuko débilmente.-Es obvio que te mueres por ella. Yo no te detendré, Yuzu.
-¿Quieres terminar conmigo?
-Te amo, Yuzuko. Pero no quiero sufrir así. Sé que fuiste honesta conmigo desde el principio al decirme que aún querías a Mei. Luché tanto para que la olvidaras. Parece que he perdido.
-Mitsu, perdóname.-Yuzu sentía que la culpa iba a aplastarla.
-Regresa con ella. Esa cara que tenías cuando la mirabas...Dios, era tan hermosa. Jamás te había visto así.
Yuzu enmudeció. Se puso frente a ella y la besó. Algunas personas estaban mirándolas, pero a Yuzu no le importó. Muy a su pesar, Mitsuko correspondió al beso con desesperación.
Mei las observaba. Yuzu la había dejado atrás para seguir a Mitsuko. Entonces ¿Qué significaron todos esos besos que se dieron? Pudo sentir en los labios de Yuzu el fuego del amor, pero ahora ella la volvía a dejar. Lo que pasaba era que Yuzu sentía que debía ser leal a la persona que la sacó de la depresión; le parecía una bajeza dejarla así sin más.
Mitsuko mantuvo a Yuzu en sus brazos un largo tiempo. Cuando pudo controlar la intensa emoción que la embargaba, le dijo en un susurro:
-Te quiero tanto, princesa. Por eso quiero que seas feliz...aun si es con ella. ¿Sabes una cosa? Mei nos está mirando desde hace rato.
Yuzu hubiera querido dejar a Mitsuko y correr a los brazos de Mei, pero lo fallaron las fuerzas. Mitsuko lloraría, y no era justo.
-No. Me quedaré contigo. Tuve momentos de debilidad, porque la amo. Aun así, no soy tan miserable como para olvidar lo feliz que sido contigo. Sé que Mei está sufriendo ahora, y eso me afecta, pero tú y yo somos pareja ¿no?
Mitsuko besó la frente de Yuzu.
-No estés conmigo por agradecimiento, Yuzu.
-Te equivocas. Yo sí te quiero, tanto, que viviría contigo para no tener que estar cerca de Mei.-Cuando escuchó esto, Mitsuko levantó en sus brazos a Yuzu.
-Vamos al hotel. Allí hablaremos mejor.
Aunque Yuzu era algo pesada, a Mitsuko le pareció tan ligera como una pluma. Se encaminó con su preciosa carga al hotel. Yuzu levantó un poco la cabeza, mirando atrás. A cierta distancia estaba Mei, que la observaba con una inmensa tristeza. Los labios de Yuzu se abrieron.
-Lo siento, Mei.-dijo, sin articular ningún sonido, pero Mei entendió perfectamente. Quiso morir allí mismo.
Al día siguiente, se podía notar, por la actitud de Yuzu y Mitsuko, que se habían reconciliado. Y no sólo eso.
Al parecer, Harumin y Matsuri habían dado un paso en su relación, pues el comportamiento de ambas era tan acaramelado, que podía presumirse que ya eran pareja. Maruta observaba todos estos comportamientos, y aunque le tranquilizaba ver a Mitsuko feliz, su propio corazón palpitaba con dolor. ¡Cuánto anhelaba poder besar, aunque fuera sólo un vez, los sensuales labios de Mitsuko! Al ser rechazada por ella la tarde anterior, cuando quiso consolarla, se dio cuenta de que su amor no sería correspondido jamás.
Ese día, después de desayunar, cada quien tomó su propio camino. Harumin y Matsuri se fueron al complejo urbano para conocer otros lugares de interés que pudiera tener la capital del estado. Mitsuko y Yuzu se pusieron sus trajes de baño para darse un chapuzòn en las piscinas del Hotel, y Maruta se quedó cerca de ellas, leyendo un libro. Mei no quiso salir de la habilitación que compartía con Maruta; no quería presenciar las zalamerías entre Mitsuko y Yuzu. Los besos que compartiera con esta última la habían ilusionado, haciéndola creer que Yuzu volvería con ella.
Algo más tarde, Mei decidió salir. Desde el balcón del cuarto, miró la preciosa vista. El mar y el cielo se veían tan azules y refulgentes, y el sol brillaba con tanta alegría, que fue como un llamado para su corazón solitario. Se puso una camiseta y unos pantalones cortos que le llegaban a la pantorrilla, además de unas gafas de sol. No era muy partidaria del último accesorio, pero sus ojos estaban algo hinchados y no quería que nadie viera lo infeliz que era.
Empezó a caminar sin rumbo determinado. Las personas que estaba en la bahía eran muchas, había mucho ruido, y la música del mar acompañaba la hermosa tarde. Se entretuvo mirando a un par de chicas que se abrazaban mucho. Entre ellas había una rubia que le recordó mucho a Yuzu; reía mucho y era algo ruidosa, pero su compañera la miraba como si de una estrella del cielo se tratase...y recordó que Yuzu la miraba así a ella, antes de que su gran error le alterara tan drásticamente la personalidad. Todo lo que vivió con ella se reprodujo como una película en su mente, y descubrió que en realidad nunca había hecho demasiado por Yuzu. Ésta se había dedicado a quererla con ternura, y ¿qué recibió a cambio? Indiferencia y traición. Solo después de que Yuzu la dejara, pudo medir la magnitud de su amor por ella. Pero ya para qué. Y pensar en esas cosas le despezaba el alma, por lo que se alejó de la zona de turistas, para alejarse del ruido y meditar a solas su pena.
Sin saber a dónde se dirigía, caminó por un sendero que se abría entre unas palmeras. El sitio estaba solitario, pues habían altos acantilados, y como ese día el viento soplaba fuerte, no era cómodo andar por allí. Vio unas rocas que proporcionaban una deliciosa sombra, y hacia allí se dirigió, para recostarse una rato en la arena y pensar en qué camino debería tomar. Ese lugar era el mismo en que habían estado Matsuri y Harumin un día antes, pero obviamente ella no lo sabía.
Se sentó, recostando su espalda en una de la rocas. De pronto, escuchó un sonido gutural, justo detrás de ella. Al principio fue suave, pero luego fue incrementándose, haciéndola sentir incómoda. Eran...¿gemidos?
"Parece que a alguien se le ocurrió venir aquí a hacer..."Pensó mientras se levantaba para irse de allí. No había dado tres pasos cuando escuchó la voz de Mitsuko.
-Princesa, mi amor, te amo.-seguida de un lamento apasionado. Temblando, asomó la cabeza por encima de una de las rocas más pequeñas y vio a Yuzu y Mitsuko en pleno acto sexual. Mitsuko estaba encima de ella, moviéndose como loca, y Yuzu tenía la boca abierta, quejándose débilmente.
Ver eso fue demasiado para Mei. Salió corriendo, con el corazón a punto de ser expulsado de su cuerpo, o tal vez de su alma. Las lágrimas corrían por sus mejillas, y una hemorragia emocional interna la estaba desangrando. ¿Así se sintió Yuzu cuando la vio a ella con Misaki? Era desgarrador. El sentimiento de tristeza era tan grande, que ya casi no era consciente de a dónde se dirigía. Lo único que podía hacer era llorar.
Jamás imaginó que ver a la persona amada disfrutando en brazos de otra era tan cruel. Comprendió que jamás recuperaría a Yuzu. Mitsuko sabía cómo mantenerla a su lado.
Llegó a una zona privada de la costa, donde había pocos bañistas. Sin pensarlo, se introdujo en el mar. Quería refrescar el fuego de angustia que consumía su corazón. Se adentró en el agua, arrojando las gafas, deseando morir. Entonces, su pie se hundió en un hoyo marino, y ella cayó. Su cuerpo se sumergió en el mar, y luego emergió, sacudido por las olas. Mei hubiera podido salir de allí, porque era buena nadadora, pero su deseo de luchar era casi nulo, y se dejó arrastrar por las olas.
Un chiquillo que estaba por allí vio la escena. Mortalmente asustado, corrió a donde estaban sus padres, gritando como loco:
-¡Papi, mira esa chica se está ahogando!
-¿Qué dices?-el señor miró a donde su hijo le señalaba y vio a Mei, que se alejaba cada vez más de la costa, por el zarandeo de las olas.
Pálido, el hombre corrió a donde estaban los guardacostas.
La multitud estaba agitada. Mucha gente se había conglomerado en al orilla del mar. Tanto movimiento llamó la atención de Maruta, que junto a Harumin y Matsuri, quienes habían regresado de su paseo, se habían acercado para ver el motivo de tanta conmoción.
-¿Qué ha ocurrido?- indagó Maruta, dirigiéndose a un chico que agitaba los brazos.
-Una chica ha desaparecido en el mar.
-¿Una chica?- Repitió Maruta.
-Sí. Yo mismo la vi.
En ese momento vio a Mitsuko y Yuzu, que también venían a curiosear. Miró a su alrededor. Harumin y Matsuri. Yuzu y Mitsuko. ¿y Mei? Recordó que no había querido salir esa mañana, pero la había visto caminar por la playa hacía un rato. Con los ojos dilatados por el miedo, exclamó, dirigiéndose a sus compañeras:
-¿Alguna de ustedes ha visto a Mei?
-No.-contestó Matsuri- Acabamos de llegar.
-¿Qué pasa?-preguntó Mitsuko.
-Parece que una chica se ha perdido en el mar.
Un velo de terror cubrió los ojos de Yuzu cuando una terrible sospecha penetró en su mente.
-¿Mei dónde está?- Yuzu empezó a buscar a su hermanastra. Al no verla, su rostro se alteró, y el corazón, literalmente, se le detuvo. Maruta le preguntó al muchachito:
-¿Cómo es la joven que viste?
-Una oriental de cabello largo y negro.
Cuando Yuzu escuchó esto, la razón pareció abandonarla.
-¡¡¡¡¡¡MEIIIII!!!!!!!!!- gritó, desagarrada. Intentó arrojarse al mar, pero Mitsuko la retuvo. Yuzu empezó agitarse con tanta fuerza que por poco se libera, y Harumin y Matsuri tuvieron que intervenir para evitar otra tragedia.
Yuzu gritaba y lloraba, y mucha gente la rodeó, comprendiendo que era pariente de la persona desa-parecida. Su llanto era tan conmovedor, que a algunos se les escaparon algunas lágrimas.
-¡Es culpa mía!-decía Yuzu entre sollozos. -La dejé sola...nuca debí dejarla.
Mitsuko intentó abrazarla, pero Yuzu la apartó.
-Me voy a buscarla.
Antes de que pudieran detenerla nuevamente, Yuzu empezó a correr, enloquecida. Llamaba a Mei con lastimera insistencia, le gritaba al mar, como si éste pudiera entenderla.
-¡¡Mei!!-gritaba, llorando.-¡MEI! Perdóname. ¡No me dejes, Mei!
Harumin y Matsuri permanecían abrazadas, llorando.
Mitsuko observaba a Yuzu con tristeza. Yuzu amaba a Mei de tal forma, que había olvidado todo. Sólo pensaba en su hermanastra. Si a Mei la encontraban sin vida, Yuzu se volvería loca.
Una multitud se acercó corriendo de un extremo de la playa. Un hombre fornido traía a una persona en brazos. Al divisarlos, Yuzu fue a su encuentro. La persona que el guardacosta llevaba era Mei, y parecía muerta.
El hombre acostó en la arena a Mei, quien tenía el rostro marcado con una palidez cadavérica. Iba a darle respiración boca a boca , cuando Yuzu se abalanzo sobre él, impidiéndoselo.
-¡No la toque!-exclamó-Yo lo haré.
Mitsuko y las demás se habían acercado al corro que se había formado alrededor de Mei. Ver a Yuzu, y su rostro enamorado y desesperado, hizo que a Mitsuko se le salieran las lágrimas.
Yuzu abrió la boca de Mei, insuflando aire dentro de ella. No hubo reacción. Lo intentó una y otra vez. Nada. Un paramèdico llegó, y le tomó el pulso. Latía irregularmente.
-Aún vive, pero parece que tragó mucha agua. Podría morir antes de que llegue la ambulancia.
Yuzu redobló sus esfuerzos, anegada en su propio dolor. Hizo presión en el pecho de Mei, para estimular sus pulmones a respirar, mientras sollozaba:
-No me dejes, no me dejes...por favor, regresa.
Volvió a aplicar la respiración boca a boca con fuerza casi sobrehumana. Milagrosamente, el pecho de Mei se infló, y un poco de agua brotó de su garganta, saliendo por la boca. Mei empezó a toser, escupiendo agua. Yuzu la levantó de la arena, y la estrechó entre sus brazos, mientras lloraba.
-Mei, Mei...pensé que te había perdido. Habría muerto contigo si algo te hubiera pasado.
Mei estaba tan débil, que no pudo articular palabra. Lo único que podía sentir era el calor de Yuzu, y su voz amada.
Una ambulancia llegó, y se llevó Mei. Yuzu, olvidada de todo lo demás se fue con ella. Matsuri, alivia-da, musitó:
-Gracias a Dios. No sé qué habría pasado si otra cosa hubiera ocurrido.
Harumin y Maruta observaban a Mitsuko. Esta tenía la cabeza baja, y podían notarse los brillantes hilos lacrimosos que salían de sus ojos.
Maruta se acercó a ella. La abrazó con todas las fuerzas de su ser, y en esta ocasión Mitsuko se arrodilló ante ella, aferrándose a su espalda con fuerza, mientras su cuerpo se sacudía por el llanto. Nadie decía nada. Todo era muy claro.
