CAPITULO 17
LA BLANCA NOCHE DE LOS SUEÑOS
"¿Voy a morir? Tal vez sea lo mejor. Así no tendré que sufrir más por su ausencia". Una ola la sepultó, haciéndola tragar una cantidad horrible de agua. El agua de mar era espantosamente salada. Quiso recibir un poco de oxígeno pero otra ola la sumergió, y el mundo ya no era azul y brillante; sólo existía la oscuridad y esa extraña sensación de estarse desvaneciendo. "Moriré. Lo único que lamento es no poder ver su rostro por última vez, y decirle que siempre la amaré." Poco a poco, fue perdiendo la conciencia, hasta sumirse en las más acerbas tinieblas. Lo último que su mente pudo pronunciar antes de irse fue el nombre de quien llenaba su vida hasta esos postreros instantes: Yuzu."
Agitada, Mei se revolvía, sudorosa .En medio de su turbulento sueño recibió, de algún lugar cerca de ella, las ondas sonoras de una melodía maravillosa que pareció atarla con un dorado hilo para traerla lentamente a la realidad. Abrió sus ojos, y la blancura del lugar donde se hallaba deslumbró sus ojos. Lo que la había despertado seguía danzando en forma de dulce notas musicales que la hicieron estremecer por su magnética belleza. Aun en medio de su confusión, supo de dónde provenía el suave sonido. Sólo Yuzu era capaz de tocar así. Giró la cabeza, y allí, a su lado, estaba ella, tocando su saxofón. No pudo evitar pensar que en realidad había muerto y que el ver a Yuzu era producto de su amor eterno por ella, y que quizá se hallaba en algún lugar parecido al cielo. Al cabo de un momento se dio cuenta que estaba en la habitación de un hospital.
Yuzu tocaba una preciosa composición, tranquilizante y provista de magnánimas emanaciones de agradecimiento por la vida. Mei se incorporó, aunque Yuzu no se dio cuenta de esto. Ésta tenía los ojos cerrados, como si estuviese murmurando una oración interna, usando su saxofón como canal de comunicación; su rostro llameaba, y Mei no halló la manera de compararla con algo que fuera de este mundo. Yuzu parecía un ángel, y su corazón estaba reflejado en esa luz que flameaba en su semblante. Sintió que su pecho iba a estallar por el gran amor que ella le inspiraba.
Tal vez sintiendo la intensa mirada de Mei, Yuzu detuvo su música. Salió de la especie de trance en que se hallaba y, al verla despierta, dejó a un lado su saxofón y se acercó a ella, sin decir una palabra.
En un instante, Mei se vio atrapada entre los brazos más dulces en que estuviera jamás. Su cara empezó a ser llenada de besos tan tiernos y apasionados, que pensó que se desvanecería ante tanta dulzura. Yuzu se tumbó con ella en la camilla, apoyando su mejilla en la suya, y pudo sentir las tibias lágrimas que surcaban el rostro de Yuzu. Esta le susurró suavemente, llorando:
-Mei, mi amor... ya despertaste. Dios mío, Mei, hace unas horas creí que no volvería a verte nunca más. Te amo tanto, que hubiera muerto de dolor a tu lado. No te imaginas cómo me sentí al ver tu cuerpo inerte en la playa...-Yuzu le tocaba el cuerpo, cerciorándose de que en verdad estaba bien, sin una sola magulladura en su piel amada.
Mei se estremeció ante esas palabras. Miró a Yuzu, levantándole rostro, pues ella lo había escondido en su hombro. Las verdes pupilas de su amada brillaban, trasluciendo un doloroso alivio, recargado de amor. Murmuró:
-Si tú me amas, yo te adoro, Yuzu...mi Yuzu querida.-Se miraron intensamente; Yuzu tomó sus mejillas y la besó con ternura. Durante un rato permanecieron besándose, como si nunca en sus vidas sus labios se hubieran tocado, y el tiempo pareció detenerse en la eternidad de sus besos salpicados de fragantes aromas.
Cuando Yuzu pudo calmar la emoción que sintió al ver a Mei volver en sí, se acostó su lado. No dejaba de mirarla; era como si temiera que, en cualquier momento, fuera a desaparecer frente a ella.
-Mei- dijo mientras la volvía a abrazar- te amo. En respuesta, Mei besó su pecho, justo donde latía su corazón.
-Yuzu, puedo sentir cómo late tu alma por mí. ¿Significa esto que volverás conmigo?
Los ojos de Yuzu, por decirlo así, palidecieron. Sí, quería volver con Mei, pero Mitsuko...sólo al pensar en ella su pecho empezaba a dolerle. Recordó su mirada.
-No sé qué hacer. Primero tengo que hablar con Mitsuko.
Escuchar el nombre de Mit6suko hizo que a Mei se le opacara la felicidad que sentía en ese momento. Apretó su cuerpo con fuerza al de Yuzu.
-No, Yuzu. No hables con ella, te lo suplico.-la voz de Mei era un ruego desesperado-Tú la quieres, lo sé- A su
memoria retornó el horrible recuerdo de Mitsuko sobre el cuerpo de Yuzu. Por muy sexual que fuera ésta
última, sabía que no se entregaría de esa manera a alguien sin tener sentimientos de por medio.
Yuzu calló unos instantes. Después murmuró:
-No puedo hacer eso. Mei, ella es muy importante para mí.
-Duele escucharte decir eso.
-Mei, es que mi relación con ella ha sido...-no pudo terminar, porque la mano de Mei si posó sobre su boca.
-No sigas, por favor. Sé los alcances que ha tenido tu noviazgo con ella. - Mei giró su cuerpo dándole la espalda a Yuzu.
-Tienes que comprenderme. Te lo pido.
Mei se cubrió con la delgada sábana que cubría el colchón de la pequeña cama de hospital en que ese encontraban. Yuzu volvió a abrazarla, pasàndole su brazo por la cintura, a la par que besaba su cabello.
-Comprendo lo que sientes, pero tengo que hablar con ella primero.
-No serás capaz de dejarla, Yuzu, lo sé. Ella sabe cómo retenerte a tu lado- replicó Mei,evocando el rostro excitado de Yuzu cuando Mitsuko le hacía el amor. Esa era una imagen que le hería con cruel-dad.
Yuzu suspiró. Se levantó un poco y le besó la mejilla.
-Lo único que puedo asegurarte es que, en ese espantoso momento en que te creí muerta, pensé que me volvería loca. Comprendí que eres la razón de mi vida, y que si he llegado hasta aquí, es gracias a ti.
Mei le dio nuevamente la cara, mirándola en una muda súplica. La atrajo hacia su cuerpo nuevamente, diciéndole, ya casi llorando:
-Si me amas, entonces deja las cosas así. Ella entenderá.
-¡Por Dios, Mei, entiéndeme!-exclamó Yuzu, impaciente; pero cuando vio lágrimas en su cara, su alma se encogió. -No llores, por favor. -la besó profundamente para calmar su tristeza.
Mei sentía miedo. Algo le decía que Mitsuko no iba dejar ir a Yuzu tan fácilmente. Si tan sólo Yuzu la evadiera, y dejara las cosas así... pero sabía que ella no haría eso.
-¿Dónde está ella ahora?-indagó con voz triste.
-Matsuri y Harumin vinieron en cuanto pudieron cambiarse. Me trajeron algo de ropa y mi saxofón; ahora están en la cafetería desayunando. Pero Mitsuko no ha venido. Está en el hotel con Maruta.
-Yuzu, tú...-en ese momento, un doctor entró a la habitación. Yuzu se levantó de un brinco de la camilla.
-Buenos días. Parece que estás mucho mejor-dijo, acercándose a Mei para hacerle un chequeo de rutina. Inspeccionó su temperatura, analizó sus reflejos y después de tomar algunas anotaciones, decidió darle el alta, no sin antes recomendarle más discreción a la hora de ir al mar.
-Sí, doctor, lo tendré en cuenta. -Mei no se veía entusiasmada, y a Yuzu le dolía eso. Pero, por mucho que la amara, no se sentía capaz de ignorar a Mitsuko como Mei lo deseaba. Si Yuzu hubiera sabido que Mei había dejado de luchar por su vida de manera voluntaria la tarde anterior, quizás habría re-considerado las cosas.
Una vez en el hotel, Maruta y Harumin, desveladas, fueron a su habitación a descansar un rato. Yuzu aún no sabía cómo darle la cara a Mitsuko, por lo que entró con Mei a su cuarto, encontrando a Maruta mirando el paisaje por el balcón, algo triste y pensativa. Al verlas, no pudo evitar una exclamación de sorpresa.
-¡Mei, gracias a Dios!-sin embargo, esas palabras tenían un matiz extraño, porque Maruta parecía pensar en otra cosa, y las dijo mirando a Yuzu con una mirada de esas que te penetran el alma.
Yuzu comprendió todo lo que encerraba esa elocuente mirada; bajó los ojos, avergonzada. Le dio la espalda, murmurando:
-Maruta...¿podrías dormir hoy con Mitsuko? Por favor.
El rostro de Mei se iluminó al escuchar a Yuzu. Maruta intentó quedarse callada, pero no pudo conte-nerse. Con tono neutro, simplemente le contestó:
-Yuzu, si crees que todo se arreglará escondiéndote, pues déjame decirte que eres una gran optimista.
Yuzu apretó los puños. Su voz casi no se oyó cuando preguntó:
-¿Dónde... dónde está ella?
-Encerrada en su habitación. Quise quedarme con ella para que no se sintiera tan sola, pero no quiere ver a nadie.
La culpa abofeteó a Yuzu con fuerza. Empezó a sentir una opresiva tristeza. Saber que Mitsuko estaba deprimida por su causa la hacía padecer. Pero no sabía cómo decirle que amaba a Mei y que, a pesar de lo mucho que la quería, ya no se sentía con ánimos de seguir con ella. Maruta leyó en Yuzu.
-No lastimes a quien te ha amado sin fallarte siquiera con el pensamiento, Yuzu- pronunció Maruta mirando expresivamente a Mei. Ésta no soportó la mirada y huyó al baño. Maruta prosiguió:- Mitsuko lloró como nunca antes creí verla. Fue tan devastador su llanto que no tengo manera de comparar lo que ella vivió en ese momento. Te olvidaste de ella, Yuzu. Todo tu ser se volcó hacia Mei. No soy ninguna autoridad para influir sobre lo que sientes, pero sí te digo que Mitsuko no dudaría en morir por ti, de ser necesario. Sólo piensa eso, Yuzu. Voy a salir, para ver si tu conciencia te habla al corazón, y así puedas darte cuenta de lo que es justo o injusto, y quién merece más tu consideración en estos momentos.
Maruta salió, con el rostro cubierto de nubarrones emocionales. Amaba a Mitsuko, y haría lo que fuera porque Yuzu y ella no terminasen. Mitsuko merecía ser feliz.
Yuzu se sentó en la cama, apoyando sus brazos en las piernas. Maruta tenía razón. No podía tirar a la basura todos los momentos bellos que había vivido al lado de Mitsuko. Pensar en su sufrimiento le afectó muchísimo, y estuvo tentada a ir a buscarla para decirle que siempre estaría a su lado, que no se preocupara por nada. Pero El verdadero amor había irrumpido con dulce violencia en su corazón, y lo que su conciencia le gritaba era que amara a Mei.
Ésta salió del baño, y se hincó ante ella, tocándole las manos con mucha ternura. Una radiante mirada de agradecimiento por no ir a Mitsuko iluminó el rostro de Mei, haciendo que el alma de Yuzu brincase. Se arrodilló junto a Mei y empezó a besarla con fuerza lacerante, casi con dolor. Cuando no pudo sostener por más tiempo el beso, a causa de sus respiraciones angustiosas, se dejó caer con ella en el lujoso tapete del piso cuidadosamente encerado de la espléndida habitación. Sus cuerpos permanecieron unidos un largo instante, y ninguna de las dos decía nada. Yuzu volvió a besarla, esta vez con extrema suavidad. Era tan extraño todo... cuando estaba con Mitsuko su cuerpo ardía de deseo, y las ganas de poseer su cuerpo eran tan intensas que era le era imposible pensar en otra cosa que no fuera hacer el amor con ella; pero con Mei...con su Mei era tan distinto. Claro que la deseaba. Sin embargo, de un modo distinto. Para Yuzu el cuerpo de Mei era algo tan divino y frágil, que iba más allá del placer carnal. Su alma se disolvía con la de ella en un mismo sentir espiritual y eterno, no existían distancias entre ellas. Eran un mismo respirar.
Perdieron la consciencia del tiempo. Éste parecía haberse detenido en ese lapso ingrávido de amor sublime. Yuzu no dejaba de repetirle:
-Te amo, te amo, Mei.-la besaba en distintos lugares de su cara, y acariciaba su cuerpo con delicado fervor.
A pesar de que Mei sentía que el corazón de Yuzu era totalmente suyo, había algo extraño en sus desesperadas caricias. Yuzu lloraba. Sus lágrimas mojaban su piel, quemàndole de un modo asfixiante.
-Yuzu, mi vida...¿Por qué lloras? Pensé que estabas feliz, y esas lágrimas son de angustia.-Mei estaba desesperanzada. ¿Qué ocurría?
En el interior de Yuzu se libraba la batalla más dura que jamás hubiera enfrentado. Quería entregarse de lleno al amor que brotaba de su corazón en ese instante, pero Mitsuko y su rostro sonriente cada vez que la miraba, y su particular forma de decirle "mi princesa" le impedía ir más allá con Mei; porque Mitsuko había sido su primera vez, una primera vez maravillosa, dulce e inolvidable... y ese era un argumento tan fuerte que ni siquiera Mei podía refutar.
Mei vio en al atormentada actitud de Yuzu todos estos pensamientos. Por eso, decidió escribir en sus labios una llama de pasión única y mágica. La besó con todas las fuerzas de su corazón enamorado. Le transmitió todas las memorias que tenían en común desde el día en que se conocieron, y Yuzu sintió en su pecho el resurgir de todos los anhelos que soñó vivir a su lado. Eternizaron su beso, y cuando sus pechos empezaban a convulsionar, Yuzu se separó un poquito, y la miró con sus ojos verdes llameantes de inmensa ternura.
-Oh, Dios...-susurró-te amo tanto, mi amada Mei. Te amo como nunca podré amar a nadie. Estás en mi corazón, eres su dueña, te quiero, mi amor, te quiero...-Yuzu volvió besarla y, poco a poco, sus cuerpos se acomodaron de forma natural.
Mei estaba tan feliz... su cuerpo cantaba una armonía de apasionado amor y deseo, y su adorada rubia acompañaba esa canción con los acordes de su propio corazón. Las manos de ambas penetraron por debajo de sus faldas de manera inconsciente, y en medio de ese concierto de caricias y suaves lamentos de excitación, una inoportuna llamada a la puerta de la habitación interrumpió el místico momento.
Yuzu saltó, sorprendida por lo repentino de la interrupción. Se levantó, y Mei lanzó un suspiro de frustración. Justo cuando su Yuzu y ella se habían unido espiritualmente para darle la bienvenida al amor, parecía que algo se empeñaba en separarlas. Siguió a Yuzu.
Quien llamaba era Harumin y Matsuri. Era algo tarde (cerca de las once). Tras ellas estaba Maruta, a quien no se le escapó el intenso rubor que coloreaba los rostros de las hermanastras. Un pinchazo de rabia le removió el corazón, pero prefirió no decir nada.
-Hola, Yuzu.-dijo Matsuri- sabemos que es algo tarde, pero no podemos irnos de aquí sin antes hacer sentarnos a la orilla del mar, mientras contemplamos una hermosa fogata. Ya tenemos todo listo. ¿Te animas a venir?
Yuzu dudó un instante.
-Ahmm...¿Mitsuko irá?
El ambiente se puso algo tenso. Maruta miró fríamente a Mei.
-No, no irá. Intentamos sacarla de su encierro, pero se negó. Su voz sonaba tan triste cuando nos pidió que la dejáramos sola. Hay cosas tan injustas en este mundo ¿Verdad, Yuzu?-añadió dirigiéndose a ésta última. Yuzu no pudo soportarlo, y bajó la cabeza. Harumin intentó calmar la marea.
-Por favor, no dañemos nuestra estancia aquí con rencores y pleitos. Vayamos a refrescarnos un poco ¿vale?
Mei sujetó la mano de Yuzu, devolvièndole a Maruta un destello de comprensión a sus indirectas.
-Vamos, Yuzu. Quiero estar a tu lado en la playa. -dijo, a la vez que la halaba fuera del cuarto.
A Maruta le estaba costando cada vez más contenerse. Iba replicarle un par de verdades a Mei y Yuzu, pero al fin decidió ignorarlas. Sin embargo, iría con ellas y trataría de hacerle ver a Yuzu que cometía un error al dejar a Mitsuko.
Yuzu se puso rápidamente un ligero vestido blanco, estampado con flores azules. Mei se puso un suéter gris manga larga, y un pantalón corto. Salieron tomadas de la mano, y sus amigas comprendieron que estaban hechas la una para la otra. A pesar de que Yuzu sentía una enorme culpa, el brillo de sus ojos delataba la enorme felicidad que sentía al ir de la mano con ese primer amor que había llenado su inexperta alma de tan sublimes sentimientos.
Ya en la playa, Maruta encendió un precioso fuego. Sus pensamientos iban una y otra vez a la habita-ción donde Mitsuko seguramente estaba llorando. Y ella no podía hacer nada para aliviar ese dolor. Mei y Yuzu estaban abrazadas, mirando las estrellas, inmersas en su propio mundo. Harumin y Matsuri se habían retirado un poco, pero Maruta podía ver perfectamente que no dejaban de besarse, ni de decirse cosas propias de las parejas. Y observar toda esta felicidad, de la que estaba excluida Mitsuko, hizo que las lágrimas rodasen por sus mejillas. Yuzu había llevado su saxofón, y tocaba una hermosa composición que lejos de calmarla, la llenó aún más de melancolía.
Entonces, ella llegó. Al verla, Maruta se conmovió hasta la aflicción. El redondo rostro de Mitsuko era como un elocuente verso de tristeza y dolor. No dejaba de mirar a Yuzu, que en ese momento sostenía la mano de Mei mientras ésta le hablaba.
Yuzu sintió sobre ella la intensa mirada de Mitsuko. Giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Yuzu se sobresaltó tanto, que soltó bruscamente la mano de Mei, y se levantó, dándole la cara Mitsuko. Los segundos que precedieron a eso parecieron eternizarse. Un sinfín de bonitos recuerdos pasaron por su cabeza. Observó el mechón rojo que colgaba de su sien...ese mechón que había nacido sólo para hacerla reír. Se detuvo en sus labios, que tantas veces la habían besado, y que sólo se abrían para tratarla del modo más dulce que jamás hubiera conocido; sus manos inquietas, su piel morena que tanto la había deleitado...y sus ojos. Lo más triste eran sus ojos, de los que no salía el más mínimo resplandor de reproche. Sólo dejaba ver una infinita pena, que iba más allá del rencor, o el enojo natural que debía tener por los recientes eventos.
Mei estaba en suspenso. De la reacción de Yuzu dependía su felicidad. Harumin y Matsuri también se habían levantado, y la densidad de la atmósfera era casi eléctrica.
Ni Yuzu ni Mitsuko hacían o decían algo. Lo que las unía en ese instante era el lenguaje del alma, que se reflejaba en las pupilas agotadas de sus ojos soñolientos. Mitsuko se dio vuelta, pues no soportó la situación. El cuerpo de Yuzu tembló. Después de batallar durante unos segundos más, miró a Mei.
-Mei, lo siento. Tengo que hacer las cosas como se deben. Voy a Hablar con ella. Espérame. Ten mi saxofón, no tardaré.
A Mei se le fue el alma a los pies. Intentó detener a Yuzu, pero ésta ya se había adelantado para alcanzar a Mitsuko. Las vio hablar algo, y luego se dirigieron a algún lugar de la playa. Maruta rogó porque no terminasen; Harumin y Matsuri desearon lo mismo, porque en verdad Yuzu había sido más feliz con Mitsuko de lo alguna vez fuera con Mei. Y ésta no pudo evitar sentir cómo la rosa que tenía en su corazón amenazaba con ser cortada.
Mitsuko se sentó en la arena, frente al mar. Yuzu se acomodó a su lado. La luna brillaba con fuerza en lo alto del cielo. Yuzu no se atrevía a decir algo y Mitsuko parecía llorar; ocultaba su rostro entre sus manos, gesto que llegó al alma de Yuzu. No soportó tal tristeza, por lo que se arrodilló frente a ella y la abrazó. Al sentir los brazos de Yuzu, el cuerpo de Mitsuko tembló como una pluma abandonada al viento.
-Princesa, mi amor...-murmuró suavemente-¿Vas a dejar que la relación tan hermosa que teníamos se acabe así?
Yuzu no supo qué contestar. Como un torrente incontrolable, una inmensa ternura la arrolló con su fuerza inmensurable. Su memoria viajó a todos los besos y caricias que se habían dado, a la sensación de su piel desnuda sobre la de ella, a la risa que una vez le devolviera, justo cuando su corazón estaba destrozado por el engaño de Mei; y todo ese amor recibido por parte de Mitsuko la golpeó con todas sus armas de sensaciones, detonando en su espíritu una carga completa de pasión. Tomó su rostro en sus manos y la besó profundamente. La brisa movía sus cabellos, enredando las hebras doradas de Yuzu con las castañas de Mitsuko.
Mitsuko le devolvió el beso con ansiedad, mientras las lágrimas atravesaban su cara. El rostro de Yuzu se humedeció con las lágrimas de ese amor desesperado. Al separar sus labios, Mitsuko le dijo con voz apagada:
-¿Tengo que apartarme de ti? Si eso pasa, la eternidad no me alcanzará para extrañarte, mi amor.
-Mitsuko...No merezco que me ames de esta manera.
-Sí lo vales. Eres lo más bonito que ha podido llegar a mi vida austera y simple. Si... si decides dejarme, dejaré escrito en el viento que te acompañe a diario, los versos que hablan de mi amor por ti. Para que no me olvides, cada vez que veas la luna, ella te recordará mi nombre y te acariciará el alma en mi lugar. Si hoy tengo que alejarme de ti, lo aceptaré; pero te llevaré por siempre en mi corazón, mi princesa, te garantizo que yo jamás te olvidaré, y todo lo que vivimos serán los recuerdos más dulces que atesoraré en lo que me quede de vida en este mundo.
Yuzu no pudo contener más su propia angustia, la cual se tradujo en un llanto suave y silencioso. ¿Merecía Mitsuko ser dejada así? No había duda de que era feliz entre sus brazos...si no fuera por Mei, si no fuera por el amor que sentía por ella... no sabía a dónde inclinar su corazón en ese momento tan difícil.
Mitsuko vio la batalla interior que se desarrollaba en el corazón de Yuzu. Sabía que su amada era débil a sus caricias, por lo que optó por encadenarla al deseo que las había unido desde el primer momento. Debía luchar por el amor de su vida.
-Princesa, dime algo.-Mitsuko la acostó en la arena, mientras le hablaba tiernamente al oído- En general, ¿piensas en Mei cuando estás conmigo?
Yuzu tuvo que admitir internamente que no. Cuando estaba con Mitsuko, Mei y su recuerdo eran más llevaderos. Al ver que Yuzu no contestaba, Mitsuko se acostó encima de ella, apoyando su frente en la de su amor, mirándola ardientemente.
-¿Ves? Es posible que lo nuestro viva por siempre si permaneces a mi lado. Ven a vivir conmigo, prin-cesa. No dejaré que la extrañes. Con mis besos y mi amor te haré feliz, Yuzuko.
La respiración de Yuzu empezó a agitarse. Mitsuko prosiguió:
-Te amo...eres parte de mi piel, fuiste mía y yo fui tuya, mi amor. Bebimos la miel del amanecer, nos fundimos en las sombras de la pasión, y bailamos la canción de las olas que nos acompañan, cuerpo a cuerpo. ¿No es verdad, mi Yuzu querida? Nadie te ha amado como yo lo he hecho...Mei no podrá quererte en un año lo que yo en un segundo ¿sabes por qué? Porque ella no sabe lo que es despertar a tu lado con un "te amo" en nuestros cuerpos desnudos. - Las palabras de Mitsuko arrancaron un suave gemido de los labios de Yuzu. Empezó a deslizar sus labios con calculada lentitud sobre los de ella. El deseo se apoderó de Yuzu. Se asió frenéticamente al cuello de Mitsuko, gimiendo dentro de su boca, excitada por el fuego de su voz sensual y sus manos maravillosas, que vagaron por sus piernas hasta llegar a su intimidad.
A punto de consumar el acto sexual, la imagen de Mei y su cuerpo exánime al ser arrebatado del mar se instalaron en la mente de Yuzu. Se apartó de Mitsuko, en un supremo esfuerzo por no seguir.
-Mitsu...Mei estuvo a punto de morir. Yo la amo.
Mitsuko se aferró a sus sentimientos. No dejaría ir a Yuzu. Faltaba tan poco...
-Entonces, ¿fui tan sólo un capricho para ti? ¿Un refugio momentáneo para tu corazón solitario? ¿Y ahora que has podido levantar la cabeza, vas a desecharme como se tira un envase después de vaciar su contenido? Te he dado mi vida, te dado tantas cosas lindas de mí, pero parece que eso ni nada te sirvió.
El alma de Yuzu era una hoguera. Mil voces bullían en su mente; la más fuerte de todas le gritaba "¡Mei!" Miró a Mitsuko con los ojos anegados.
-Mitsu, no sé qué hacer.
-No me dejes. No me abandones, princesa. No dejes que se derrumbe lo que hemos edificado juntas. No me digas que no te importa dejar mi corazón tirado, muriendo por ti. Te necesito en mi vida, cariño. Aún tenemos camino que recorrer, un camino lleno de dulces caricias.
Yuzu comprendió que no sería fácil negarse a los deseos de Mitsuko. Ella la amaba con locura, y no se sentía capaz de herir a quien le había regalado tantos momentos de estremecedora ternura. Con el corazón llorando por Mei, murmuró:
-No te dejaré, Mitsu. No te dejaré. No mereces mi abandono. Bésame, por favor...calma la angustia de mi pecho sollozante. ¿Me comprendes?
Mitsuko sufría tanto por ella como por Yuzu. Sabía que había apelado al carácter desprendido de Yuzu para retenerla; pero se lo compensaría con sus besos, le haría enfermar de amor, la amaría hasta el delirio cada minuto de su existencia. Empezó a besarla hasta que cayeron en los abismos inexorables del más ardiente deseo.
Matsuri y Harumin dormían desde hacía rato en su cuarto, abrazadas dulcemente. Maruta miraba desde la ventana de su habitación el delgado hilo dorado del amanecer que teñía con sus tenues resplandores la tranquila superficie del mar. Por lo visto, Mitsuko lo había logrado. Se alegraba por ella, aunque Mei le diera algo de pena. Ella se negó a volver al hotel. Se quedó esperando a Yuzu junto al fuego, segura de que regresaría. Cuando el sol salió por completo, y los bañistas empezaron a llegar, aún seguía sentada, esperando la llegada de una esperanza que, al fin, no vino. Se dejó caer en la arena tibia, sollozando con infinita tristeza, mientras abrazaba el saxofón de Yuzu.
Dos días más permanecieron en Hawaii. La agradable atmósfera que imperaba en un principio se había esfumado. Yuzu ya no se sentía completamente feliz con Mitsuko, como al principio, pues ver a Mei y su retorno a la depresión le impedía ser feliz.
Mei había perdido toda esperanza. Las que habían nacido con los besos que se dieron, se marchitaron antes de florecer. El destino era tan cruel. Si hubiese podido consumar su amor con Yuzu aquella noche, quizás ella habría tenido las fuerzas suficientes para rechazar a Mitsuko. Mei no cesaba de llorar la ausencia de su amada, y le dolía ver a Mitsuko besando y tocando su cuerpo. Pero no la culpaba. ¿Quién no querría a una mujer como Yuzu en su vida, sino para amarla y tratarla como la princesa que era?
Todas estas congojas arruinaron por total el encanto del paseo. El día de la partida, Maruta ya se había percatado de las desesperadas miradas que Yuzu dirigía a Mei, y viceversa. Consiguió quedarse a solas con Mitsuko para salir de una duda que rondaba por su cabeza.
Mitsuko estaba entregando algunos planos al ingeniero encargado de la edificación en los terrenos que había adquirido para su padre. Cuando iba a regresar a su habitación, Maruta la atajó.
-Mitsuko- dijo mirándola seriamente-¿Tienes un momento?
La aludida no quería hablar con Maruta. Sabía más o menos lo que quería decirle, y no tenía ganas de escucharla.
-Yuzu está esperándome. Vamos a dar una vuelta antes de partir, y si nos tardamos en salir, no alcanzaremos a darla. -contestó Mitsuko, tratando de irse. Sin embargo, Maruta la sujetó del brazo.
-Sólo serán unos minutos.
Mitsuko accedió de mala gana. Se dirigieron al amplio patio del hotel.
-Dime. ¿Qué pasa?
-Mitsuko, ¿Crees haciendo las cosas así serás realmente feliz?
-No sé a qué te refieres. -objetó Mitsuko, enrojeciendo.
-Sí lo sabes. -Maruta forzó a Mitsuko a mirarla tomándola por los hombros.- Yuzu y Mei se aman. Al principio quería que tú y Yuzu no se separaran porque no quiero verte sufrir. Pero sé que Yuzu ya no es totalmente feliz a tu lado. Su corazón va constantemente a Mei. ¿Crees que haciendo sentir culpable a Yuzu vas lograr que te ame más que a Mei? Por que es evidente que ella te ama, pero de un modo totalmente distinto. Creo que me entiendes. ¿No es así?
Mitsuko cerró los puños con fuerza.
-Claro que entiendo-su voz trémula presagiaban las lágrimas-¿Pero qué se supone que debo hacer? Amo a Yuzu como nunca creí llegar a hacerlo. No puedo dejarla ir. Ella es mi vida.
-Ella no es la única mujer que existe, Mitsuko. ¿Has escuchado hablar de la predestinación?¿De cuan-do dos almas están destinadas a estar juntas? Pues tú no eres el destino de Yuzu.¿Por qué no tratas de ver más allá de tus deseos? Incluso Harumin, con lo atolondrada que es, se dio cuenta a tiempo, y mírala ahora tan feliz al lado de Matsuri. Ella también amaba a Yuzu tanto como tú, pero comprendió que su destino estaba en otra parte y la dejó ir. ¿No puedes tú hacer lo mismo?
Mitsuko estaba tan agobiada, que no fue capaz de contener un gesto de fastidio. Se sentía cansada. Maruta tenía razón, pero le molestaba escuchar sus propios pensamientos en voz alta. En tono de reproche, le contestó:
-¿Qué sabes tú del amor?
Maruta quedó paralizada al escuchar tan duras palabras. Y Mitsuko la vio hacer algo que jamás había visto; dos lágrimas se deslizaban por las mejillas de Maruta, y eso tocó el alma de Mitsuko.
-Es verdad-contestó Maruta, secando sus lágrimas-¿Qué se yo del amor? Perdóname por ser tan entrometida. No volveré a inmiscuirme en tus asuntos.-Deshecha, Maruta trató de escapar, pero Mitsuko la detuvo a tiempo. La abrazó con fuerza.
-Maruta, perdóname, te lo suplico.-dijo, escondiendo la cabeza de Maruta en su pecho.-No merezco que me quieras.
Maruta se aferró al cuerpo de Mitsuko. El corazón quería salìrsele del pecho. No logró articular pala-bra. Sólo quería permanecer mucho, mucho tiempo, al lado de la mujer que amaba desde hacía tanto tiempo.
Mitsuko empezó a llorar. ¿Tendría que dejar ir a Yuzu? Sintió el palpitar del corazón de Maruta, acele-rado. Ella la amaba. Se puso a pensar que si dejaba ir a Yuzu, Maruta podría ayudarla a salir de la de-presión. ¿Y si su destino era ella? Siempre la tuvo allí, al alcance de su mano. Pero tenía una venda en los ojos. Levantó el rostro de su amiga.
-Maruta querida,-le dijo débilmente- será difícil para mí dejar a Yuzu. Ella se ha constituido en mi mundo. Sé que ella ama a Mei, y a mí...bueno, conmigo se siente bien porque disfruta de mis manifestaciones físicas del amor.-Maruta se puso como la grana-Vaya, Maruta. Te hice sonrojar. Ojalá Yuzu me amase como tú me amas. Pero el placer físico no basta para conquistar el corazón de una persona. Me duele tanto, Maruta.
Maruta acarició las húmedas mejillas de Mitsuko.
-En algún lugar está esa persona que habrá de permanecer a tu lado para siempre.-Los ojos de Maruta brillaban al decir esto.
A pesar de la gran verdad que decía Maruta, el corazón de Mitsuko se negaba a dejar ir a su primer gran amor. Sería como abandonar al crudo invierno su alma amante, que ardía de amor. Y así se lo expresó a su incondicional amiga.
-No me siento preparada para vivir sin el amor de Yuzu. No me importa si ella desea estar con Mei. Yo la quiero a mi lado, sin ella no sabría a donde dirigirme. La amo, Maruta, y es un amor tan fuerte como una avalancha que arrastra con su fuerza todas las defensas que alguna vez construí en mi interior.
Desolada, Maruta veía que la determinación de Mitsuko iba a ser muy difícil de desarraigar, y se es-tremeció al sentir la inmensa soledad en que se encontraba su propio corazón.
Gélidas brisas corrían, enfriando con sus helados soplos las calles, que estaban atestadas de personas que, afanadas, entraban y salían de los almacenes, haciendo las compras pertinentes para la fecha tan especial que se celebraba ese día. Faltaban pocas horas para la Nochebuena, y nadie quería llegar tarde a sus respectivos hogares; padres, hijos, amigos y amantes iban de un lado para otro, animados por los aires de amor que emanaban de tal festividad.
Sin embargo, es imposible que todos los corazones palpitasen de felicidad. Las penas no piden permiso para entrar, ni tampoco obedecen cuando les pedimos que se alejen del alma. Uno de estos espíritus errantes era el de Mei Aihara. Su alma se agitaba en un torbellino de cruel nostalgia. ¡Cuánto deseaba pasar ese día al lado de su gran amor! Pero Yuzu se había alejado de ella, y esta vez parecía definitivo. Llevaba en una bolsa el regalo que se había dedicado a hacerle para ese día: una hermosa bufanda rosada, con las iniciales de ambas tejidas en azul. Hacía muchos días que venía trabajando en ella, pero a saber si tendría ocasión de entregársela. Yuzu la evitaba con desesperación. Parecía que ahora nada la sacaba de su club de música, excepto Mitsuko.
La relación de éstas últimas le cercenaba el corazón con crueldad. Su amada Yuzu había pedido a Ma-má licencia para irse a vivir unos días a casa de Mitsuko, a lo cual Mamá no se negó, ya que Harumin estaría con ellas. Mei sabía que Yuzu había recurrido a esas medidas extremas para no estar cerca de ella; y también sabía que Yuzu no era feliz como al principio y dedujo, muy acertadamente, que si seguía con Mitsuko era más por lealtad que por otra cosa. Desde que regresaran de Hawaii, Yuzu se limitaba a mirarla con dulce anhelo, murmurándole con sus ojos color jade cuánto la amaba.
Pese a que todo esto la atribulaba hasta extremos inusitados, una desgracia nunca viene sola. Esa misma tarde, su abuelo la había llamado. Presentía qué le iba a decir, pero en realidad fue mucho más que eso.
Dado que su rendimiento académico iba de mal en peor, el abuelo le notificó que la relevaría de su cargo como Directora encargada. Y como el abuelo aún no podía trabajar, le fue necesario recurrir a terceros para este menester, dando como resultado la inminente llegada de la odiada mujer que había destruido su relación con Yuzu: Misaki Okazaki.
Esta noticia la tomó totalmente fuera de base. Misaki debía de tener alguna extraña obsesión como pedirle a su abuelo que le permitiera asumir la Dirección de la Academia; y no culpaba a su abuelo por ello. Era más que evidente que ella no estaba apta ya para tal responsabilidad, pues su vida había rodado hasta un abismo de depresión que le impedía ser la de antes. Lo único que esperaba era que esta vez no regresara con sus extrañas maquinaciones a cuestas.
Una bocanada de aire frío la hizo estremecer, sacándola de sus meditaciones. Apretó contra su cora-zón la preciosa bufanda que había tejido para Yuzu; en cada hebra, en cada puntada y en cada pequeño detalle estaba todo su amor por la persona que acaparaba todos los sueños de su alma perdidamente enamorada. Yuzu iría esa noche a cenar con Mamá, y esperaba que durmiera en casa para darle el regalo a solas en su habitación; rogó porque Yuzu no hubiera hecho planes con Mitsuko, pues la ilusionaba mucho pasar esa noche tan especial con el amor de su corazón.
Cuando llegó a casa, se dio a la tarea de ayudar a Mamá con la cena. Como detalle especial, preparó un pastel de fresas; sabía que a Yuzu le gustaban los postres y, para tratar de ahuyentar un poco la tristeza que llenaba su espíritu por la lejanía de su querida Yuzu, se puso a escribir, mientras escuchaba una canción que, aunque era triste, expresaba muy bien lo que bullía en su interior con incesante dolor.
No lejos de donde se hallaba Mei, Harumin y Matsuri iban tomadas de la mano, caminando con algo de afán. Iba a haber una exhibición de fuegos artificiales especialmente para parejas, y por nada del mundo querían perdérselo. Cuando llegaron, se colaron en un restaurante adyacente al sitio, y subieron a la azotea del mismo, pues abajo había mucha gente y querían algo de privacidad para sus juveniles corazones amantes.
Para resguardarse del frío, Harumin había llevado un grueso abrigo de talla extra grande para compartirlo con Matsuri. Una vez instaladas en un rincón de la azotea, se dispusieron a esperar. Harumin no cabía en sí de felicidad. Íntimamente abrazada a Matsuri, le decía las cosas más lindas que pudiera decirse a una persona a la que se quiere con todo el corazón.
-Matsu...
-¿Sí?
-He llegado a amarte de forma tan dulce e intensa a la vez, que aún no puedo creer que alguna vez estuve enamorada de otra persona. El amor que sentía por Yuzu me parece verlo ahora como en un lejano y extraño sueño.
Matsuri recostó su cabeza en el pecho de Harumin, con un pàlpito de felicidad en su alma.
-Eso es porque soy tu destino. ¿Recuerdas lo que te dije aquella vez? Que en algún lugar de la tierra estaba esa persona que llenaría tu corazón de amor verdadero. Menos mal que no tardaste en encontrarlo.
-Eso fue gracias a que permaneciste a mi lado, mi pequeña. Te quiero.
Acercaron sus labios, uniéndolos en el más dulce de los besos. En ese momento, los fuegos se alzaron a lo más alto del cielo, estallando en miles de luces multicolores, cuyas chispas se confundían con las estrellas del negro cielo decembrino. Ambas levantaron sus rostros, iluminàdose con el fulgor de la pólvora, aunque el brillo que más destacaba era el del más tierno amor que pueden tenerse un par de adolescentes enamoradas. Enlazaron sus manos, y se miraron, amándose con cada destello de sus ojos amantes.
-Te amo-dijeron al unisono ; las dos se rieron, felices.
-Harumin- susurró Matsuri- Prométeme que pasarás cien navidades más conmigo.
Besando la frente de su amada, Harumin respondió:
-No te prometo pasar sólo cien navidades; la eternidad es mucho más que eso.
Volvieron a besarse, larga y apasionadamente. Matsuri se separó al cabo de un rato.
-Mi querida superior...-dijo, sacando algo un bolsito que traía consigo-mira lo que hice para ti. Feliz navidad.
Le tendió un pequeño paquete envuelto en papel celofán tornasolado. Emocionada, Harumin lo abrió. Al ver su contenido, se lanzó sobre su pequeña novia, llenándola de besos.
-¡Gracias, gracias! ¡Te amo! -exclamó-Te quiero, mi pequeño diablillo, te quiero.
Matsuri había hecho una especie de medallòn con cuentas plateadas y doradas. Dentro, un pequeña foto de las dos, sonrientes, en la playa de Hawaii. El lugar donde se habían unido física y espiritual-mente. Eso representaba mucho para ambas, pues ese momento había sido tan maravilloso, tan mágico, que aún las sensaciones físicas recorrían sus cuerpos anhelantes de amor.
Sin decir nada, Harumin sacó un paquetito.
-Lo pensé mucho, pero al fin decidí darte esto.
Ahora fue el turno de Matsuri de abrir su regalo. Las luces aún iluminaban el sereno cielo, dándole a la noche la magia necesaria para el amor más profundo. En la bolsita había un precioso anillo con un zafiro adornando su centro. Tenía grabada una inscripción: •"MH siempre juntas".
-Haru...¿Qué representa este anillo?-preguntó Matsuri con voz trémula.
-El zafiro es el azul de tus ojos oceánicos, y en sí mismo, es mi promesa de amarte hasta que seamos un par de ancianas con el cabello blanco. ¿Qué te parece la idea?-susurró Harumin al oído de Matsuri.
En respuesta, ésta última la besó con todo la pasión que poseía. Los suspiros no se hicieron esperar; sus sentidos se dispararon, y el deseo se apoderó de sus instintos, llevándolas a acariciarse con apre-surado fervor.
-¿Lo hacemos aquí?-interrogó Harumin, sofocada.
-Mejor vamos a mi departamento. Te quiero desnuda sobre mí.
-Qué pervertida eres.
-Es que en Hawaii nos separó nuestros trajes de baños. Yo quiero sentir la tibieza de tu piel en la mía. De forma directa.-acercó su rostro al de ella-¿me entiendes?
Harumin lanzó un suspiro.
-Bueno. Pero voy a...-sin terminar la frase, metió su mano por debajo de la falda a rayas de Matsuri, llegando hasta su ropa interior. Sus dedos inquietos acariciaron el clítoris carnoso de su novia. Matsuri lanzó un gemido. Ese gemido excitó a Harumin, quien sintió un cosquilleo en su rostro, y sus oídos empezaron a calentarse; un temblor comenzó a agitar sus piernas y su respiración se fue haciendo ronca y entrecortada. Sus hombros se sacudieron y su columna vertebral empezó a ondular, pues Matsuri se arqueaba debajo de ella, gimoteando de esa forma tan particular que enloquecía a Harumin. La humedad latente de la intimidad de Matsuri, unido a sus lamentos, fue algo que estuvo a punto de provocar un rápido orgasmo en ella.
Por eso, se levantó de repente, dejando en Matsuri una sensación de doloroso vacío.
-Harumin, no me dejes así- suplicó, jadeante.
La mirada de Harumin ardía. Tomó la mano de Matsuri, levantándola del suelo.
-Vamos a tu casa.-murmuró, abrazándola.- Allí te haré mía, cuerpo a cuerpo, piel a piel.
Matsuri besó tiernamente el lóbulo de Harumin, haciendo que ésta se estremeciera. Se besaron una vez más antes de irse a escape, corriendo entre la multitud que observaba los fuegos artificiales, desesperadas por llegar a un puerto donde navegarían en las aguas turbulentas del más agitado y sublime deseo.
No más llegar, se desvistieron con afán, devorándose los labios con candentes besos, a la par que se dejaban caer en la cama de la habitación de Matsuri. Los suspiros resonaban en las paredes del cuarto. Hicieron el amor con frenesí, olvidándose de todo, menos de ellas, y de sus manos hambrientas, de sus bocas danzantes, y sus cuerpos que subían y bajaban, unidos, entrelazados; Y cuando la ansiada liberación llegó, los sollozos de placer entumecieron sus músculos en espasmos de tormentoso éxtasis, llevándolas al mismo corazón de las estrellas.
Una vez calmada la pasión, sus labios no dejaron de besarse, ni sus cuerpos de arder de pasión.
-Te amo-decía Harumin- Te amo. Eres mía, mi pequeña.
-Siempre fui tuya. Sólo que ninguna de las dos lo sabíamos.
Harumin abrazó a Matsuri, entregándole toda su alma y corazón a esa chica de cabello rosado y pre-ciosos ojos azules que le había enseñado lo que era el verdadero amor.
-¡Buenas noches, hija! Pensé que no regresarías a tiempo para la cena de navidad que hemos prepa-rado Mei y yo!
-Mamá, perdón. No quise llegar tarde, pero el club de música tendrá una presentación dentro de poco y estamos ensayando muchísimo para que todo salga perfecto.
-No importa. Lo importante ahora es que ya estás aquí. Ven hija, que se va enfriar.
Mamá condujo a Yuzu al comedor, donde la aguardaba un verdadero banquete. Se sentía cansada y abatida, pero ver a Mei, sentada al lado de su sitio, la animó, aunque a la vez la incomodaba.
-Hola, Mei.-saludó, mirándola con tristeza.
-¿Qué tal, Yuzu? ¿Cómo estás?
-No muy bien.
-¿Cómo dices eso, hija?-intervino Mamá-Deberías estar mejor que nunca en estos días que estás pasando al lado de tu amor.
Yuzu tosió estrepitosamente. Mamá podía ser muy inoportuna a veces. La cara de Mei palideció, tornándose casi gris. Le dolía escuchar hablar de Mitsuko.
-N- no me refería a eso, Mamá. Es que me duele la cabeza. Es sólo un malestar físico.-adujo Yuzu, bajando inmediatamente la vista.
Yuzu se sentó al lado de Mei, rozando ligeramente su mano con sus dedos entumecidos por el frío. Al sentir ese tenue contacto, el cuerpo de Mei se estremeció. Miró a Yuzu.
Los ojos de ésta brillaban como dos brasas encendidas. Rápidamente, aprovechando que Mamá estaba buscando unas copas, apoyó su frente en la de Mei, cerrando los ojos.
-Feliz Navidad, Mei.-dijo, con voz acariciante.
El corazón de Mei tembló. Sin pensarlo, besó suavemente los labios de su amada.
-Te amo, Yuzu. -ésta abrió los ojos al sentir lo labios de Mei sobre los de ella. Correspondió al beso con dulzura, sintiendo en cada fibra de su ser la infinita esencia del amor que sentían. Cuando escuchó los pasos de Mamá, se apartó, no sin antes darle un tierno beso en la punta de la nariz. Ese gesto tan dulce provocó un aleteo en el alma inquieta de Mei. Yuzu era una mujer maravillosa. Por algo se había enamorado de ella tan apasionadamente.
Cenaron con calma, en medio de tranquilas charlas acerca de la escuela, el club y cosas por el estilo. Una vez terminaron de cenar, Yuzu sacó su saxofón.
-Mamá , tocaré algo bonito.
Afinó el instrumento, mientras Mamá y Yuzu se acomodaron para escucharla y, después de un minuto, empezó a tocar. Era un arreglo que Yuzu había hecho de la composición "La Esperanza"¿Por qué esa precisamente? Pues Yuzu se sentía triste por Mei. Ansiaba estar con ella, pero no se sentía capaz de dejar a Mitsuko. Mientras tocaba, miraba a Mei con sus fulgurantes ojos verdes, expresándole con su música que no se dejara arrastrar por la nostalgia, que siguiera adelante con su vida. Y Mei le respondió en silencio: "Mi vida eres tú".
Yuzu terminó de ejecutar la pieza, con los ojos humedecidos por la emoción. Mamá la abrazó, feliz por el talento de su increíble hija. Como regalo, le dio un par de guantes para el frío que hacían juego con la bufanda que Mei le había tejido. Ambas se habían puesto de acuerdo para tal regalo, pero Mei prefería dárselo a solas, en el secreto de su habitación. Yuzu también tenía un regalo para Mei, pero desafortunadamente lo había dejado en casa de Mitsuko. Estaba pensando el modo de dárselo ese mismo día, pero no sabía cómo.
A eso de las once, Mamá se retiró a dormir. Yuzu se envolvió en un abrigo para protegerse del frío, y se puso los guantes que Mamá le había dado. Estos preparativos preocuparon a Mei.
-¿Vas a algún lado? Creí que pasarías Nochebuena en TU casa.
-Tú lo has dicho. Es Nochebuena. Debería ir con mi novia ¿No?-respondió Yuzu tristemente.
Mei pensó en la bufanda que con tanto amor había tejido para Yuzu. No podía creer que, incluso esa noche, Yuzu quisiera alejarse de ella. Rebelándose contra eso, la abrazó con ansiedad.
-No vayas. Quédate conmigo. Sólo por hoy. Te lo ruego.-Miró a Yuzu con sus vibrantes ojos violetas, suplicantes. Yuzu estuvo a punto de ceder, pero había quedado en verse con Mitsuko. Después de todo, su prioridad en días como aquel debía ser su pareja.
-Mei, me gustaría quedarme contigo, pero ya tengo un compromiso.
-Sólo esta vez accede a lo que te pido. ¿No puedes llamarla y decirle que no puedes ir?
Yuzu se dio vuelta, dispuesta a salir.
-Feliz navidad, Mei.
Ya en el umbral de la puerta, Mei hizo un último intento por retenerla.
-Tú me amas infinitamente más a mí. Mi amor, no cierres tu corazón a lo que sientes por mí. Hace un momento me besaste con tanto amor, que creí muchas cosas. Parece que me ilusioné en vano. Otra vez.
Sin darle la cara, Yuzu respondió:
-Ese beso fue parte de mi regalo de Navidad. De no ser por eso, jamás te lo habría dado.
Mei quedó helada. Yuzu aprovechó ese silencio para escapar. Su alma lloraba al imaginar el dolor de Mei.
Yuzu caminaba tristemente por la calle. Su mente y corazón iban a su casa y a Mei. Más de una vez giró sobre sus pasos para devolverse a su verdadero hogar, pero igual número de veces continuaba su camino. Su cerebro sólo decía una palabra, repitiéndola como un disco rayado: "Mei, Mei, Mei..."
En tal estado de ánimo llegó a casa de Mitsuko. Habían quedado en ir a la villa para pasar la velada de navidad juntas. Eran las once y cuarto y había tiempo de sobra antes de la medianoche. Al ver a Yu-zu,Mitsuko la recibió con un apasionado beso. No se habían podido ver hasta ese momento, y Mitsuko desesperaba por verla. Sin embargo, Yuzu parecía ausente. Pensó que la vería feliz por pasar con ella un íntimo momento de amor en esa fría noche de diciembre.
En silencio, subieron al auto de Mitsuko. Ésta sabía que Yuzu había cenado con su madre y con Mei. El rostro de Yuzu era un libro abierto. En sus ojos estaba escrita la palabra "Mei". Tomó una decisión que le empezó a despedazar el corazón.
Al llegar a la villa, fue con ella al balcón. La abrazó con toda su alma.
-Yuzuko, te amo.-Y empezó a llorar.
No hubo necesidad de explicaciones. Yuzu comprendía perfectamente el motivo de esas lágrimas. Como su naturaleza era bondad pura, secó con suavidad la cara de Mitsuko, besàndole los labios en una serie de besos cortos, que le salían de lo profundo de su ser.
-Aquí fui muy feliz contigo, Mitsuko.-La voz de Yuzu era un hilo delgado y tenue.
-Princesa, no más de lo que fui contigo. Hubiera querido vivir el resto de mi vida contigo. Siempre estarás en mi corazón.
Yuzu estuvo un rato más con ella. Besó cada milímetro de su rostro, y acarició su pelo con ternura.
A eso de la una, Mitsuko llevó a Yuzu hasta su casa. Con el corazón roto, fue a su departamento. Gra-cias a Dios, Harumin estaba de "luna de miel" con Matsuri y no vería su desolación. Al llegar, vio una sombra junto a la puerta de entrada.
-¿Maruta?-Esa silueta no podía ser de nadie más. Al quedar frente a ella, sus lágrimas volvieron. Maruta la abrazó. Mitsuko intentó decir algo, pero Maruta no la dejó.
-No digas nada. Comprendo todo.
Permanecieron abrazadas, mientras la luna tendía sus rayos de consuelo a la afligida alma de Mitsuko. Maruta sacó algo de una bolsa.
-Feliz navidad, querida Miichan.
Mitsuko recibió un pequeño portarretrato. La foto que lo adornaba era la de ella, con su uniforme escolar, y su diploma de preparatoria. A su lado, una pequeña Maruta sonriente, que la miraba con ojos enamorados. Levantó la vista, y el reflejo maravilloso que vio a través de los cristales de sus gafas, terminó de consolarla. Besó la frente de Maruta, murmurando:
-Feliz navidad. Supongo que siempre fuiste mi destino. Pero, si no es mucho pedir, quisiera que me esperaras otro poco. No te molesta ¿verdad?
-Te esperaría cien años, de ser necesario.
Una fuerte nevada caía. Nadie estaba fuera a esas horas, pero dentro de cada hogar se celebraba un festín navideño, ya fuera de nobles o plebeyos, pero al fin y al cabo, festín. El invierno londinense es mucho más crudo que en Japón, y la navidad es mucho más representativa en el Reino Unido que en otras partes del mundo.
En una lujosa mansión del exclusivo sector de Lower Street, también se hacían algunos preparativos. Aunque en el Reino Unido aún faltaban nueve horas para Navidad, la gente ya estaba impregnada con el espíritu navideño. Una joven de ojos azul eléctrico y largo cabello castaño claro, veía caer la nieve por la ventana de su cuarto. Sus ojos miraban la nieve, y a la vez no, pues su mente estaba a miles de kilómetros de allí. Con el corazón lleno de un peculiar sentimiento se levantó y sacó de un libro que guardaba bajo llave en un precioso cofre ornamentado con diamantes. Abrió sus páginas y extrajo una vieja foto y una disecada flor. Puso todo esto en su escritorio de estudio, y se perdió en los mares de tiempos pasados. Su corazón palpitaba mientras veía los tesoros más preciados de su vida. Un pensamiento atravesaba de vez en cuando por su mente:
"Estoy muy cerca. Ya casi".
Yuzu entró corriendo en su casa. Iba para su cuarto, pero se detuvo en seco cuando vio a Mei acostada en el sofá de la salita, abrazando una hermosa bufanda rosada, y con unos audífonos en sus oídos. Dormía, pero sus lágrimas manchaban su hermoso rostro. Las fibras más sensibles del corazón de Yuzu se estremecieron ante aquello. Vio en una esquina de la bufanda sus iniciales y las de Mei. Comprendió que ese era su regalo de navidad, y el llanto inundó su pecho, hasta escapar por sus ojos henchidos de remordimiento. Por eso Mei quería que se quedara esa noche. Iba despertarla, pero le dio curiosidad verla con audífonos, pues Mei no era dada a escuchar música de ese modo. Con sumo cuidado se los quitó. Miró el dispositivo conectado a ellos, y notó que sólo había una canción. Con más curiosidad aún, la empezó a reproducir desde el principio, y al escuchar lo que decía, su alma se contrajo, se volvió pequeñita de dolor. Era como si Mei le estuviese hablando directamente a su corazón.
Y no me digas que acabamos de comprender
que lo nuestro llegó a su final, que sin mí tú puedes continuar...
Te veo venir, soledad.
Y no me digas que no merezco lo que recibí,
y que yo nunca te comprendí, pero ¿Cuánto esperabas de mí?
Te veo venir, soledad.
Que las noches no tienen final,
que la vida sin ti no me vale de nada,
otro golpe para el corazón que dejaste tirado aquí en este rincón...
Te veo venir, soledad.
Y no me digas que,que algún día tal vez volverás,
que por ahora no hay nada que hablar,
muchas cosas, sí, para olvidar...
Te veo venir, soledad.
Yo no te olvidaré,
y no me importa si lo creas o no;
te necesito más de lo normal, lo siento si no lo supe expresar,
si no supe cómo demostrar, pero es la pura verdad...
Que las noches no tienen final,
que la vida sin ti no me vale de nada,
otro golpe para el corazón que dejaste tirado aquí en este rincón,
por un amor que se niega a morir...
Por lo que tú más quieras, no lo dejes así;
Que lo nuestro no puede acabar,
que es más fuerte de lo que podemos pensar...por eso
Te veo venir, soledad.
Y yo te esperaré, todo el tiempo que quieras da igual;
si quieres busca en otro lugar,
y si lo encuentras, te puedes quedar...
/Te veo venir, soledad/
Al terminar de escucharla, Yuzu levantó a Mei, con los ojos anegados en llanto. Mei se sorprendió al ver allí a Yuzu, y por un momento pensó que estaba soñando. Pero las manos de Yuzu eran tan reales... Y cuando sus labios besaron los suyos, supo que no era uno de los tantos sueños que la atormentaban a diario.
-Perdóname, mi amor. Fui una estúpida. Perdón.-Lloraba Yuzu.
Mei miró los ojos de su amor. Eran los ojos del amor más grande y sublime del Universo.
Yuzu levantó a Mei en brazos, sin dejar de besarla. Subió las escaleras, y con el pie abrió la puerta de la habitación que las había acogido hacía más de un año. Fuera, la nieve caía, pero en el interior de ese cuarto una luz empezó a brillar con la intensidad de mil millones de estrellas del eterno firmamento.
