Veintiuno: Cicatrices.

A Shoto nunca le habían importado las cicatrices, no con la que tenía en el rostro y sabiendo que ganaría más siendo héroe.

Habiendo vivido tanto tiempo con una marca como esa a plena vista, sabía reconocer cuando algo averegonzaba a la gente de las huellas dejadas en su piel. Él mismo, en ciertos días, deseaba deshacerse de la quemadura, del recuerdo visible de lo que su pobre madre le había hecho, aunque fuera para que ella no tuviera que recordarlo. Sin embargo, así como el pasado no podía cambiarse, existían heridas físicas que no se borraban y apredió a sobrellevarlo.

Por eso, le interesaban las historias tras las cicatrices de Izuku y las de Katsuki, porque quería conocerlos en sus buenos y sus malos momentos.

Solía recorrer algunas con los dedos, en los momentos serenos y en de reverencia, pidiendo con voz calmada que le contaran cómo las habían obtenido. Izuku lo miraba con cierta confusión y Katsuki le dedicaba una mueca de fastidio, pero siempre contestaban. Una pelea, el toque de una singularidad enemiga, un accidente… las razones variaban, lo mismo que las historias de fondo, pero Shoto procuraba oírlas atentamente. Sabía que en ocasiones se repetían, pero a Katsuki e Izuku no les importaba.

Ellos bien sabían la historia que podía haber tras una cicatriz y nunca lo juzgaron.