La cocina.
Ha ocurrido. Ha ocurrido y la verdad es que debía pasar tarde o temprano. No esperaba encontrarte en la cocina tan temprano, pese a que sé perfectamente que madrugas para no tener que coincidir con nadie a la hora del desayuno. También sé que últimamente bajas más pronto, cuando ni siquiera los pájaros están despiertos. Lo que no sé es cómo, aun sabiendo todo esto, he bajado a esta hora.
Vagando por el pasillo pude comprobar que la puerta estaba abierta, que una brillante luz salía de ella y que el olor a café inundaba toda la planta baja. Pero aun así no fui capaz de darme cuenta de que la persona que rondaba la cocina eras tú. Así que bajé las escaleras y poco a poco fui aproximándome a la fuente de la cual provenía ese aroma que tanto te gusta; y cuál fue mi expresión al comprobar que, efectivamente, quien se encontraba preparando café a las seis y media de la mañana eras tú.
Se me cayó el mundo encima al sentir tu penetrante mirada de nuevo sobre mí, y ver cómo la mantenías durante varios segundos pese a mi débil intento de mantenerme serena y no salir corriendo hacia mi habitación. Parpadeaste un par de veces, parecías sorprendido de que estuviese allí. Pero realmente la sorprendida era yo, que no intuí que se daban las circunstancias idóneas para cruzarme contigo.
Me diste los buenos días con ese característico tono monótono y frío al cual ya estamos todos más que acostumbrados. Volviste a mirar al frente, a comprobar que no rebosara el líquido del interior de la cafetera, y pronto sentí tus ojos verdes sobre mí de nuevo. Y cuánto me gustaba sentirlos.
Me las arreglé para devolverte el saludo, con mi voz aún dormida y mi coleta despeinada, en un vago intento de calmar mis nervios y poder escabullirme a mi habitación lo antes posible.
Pero conseguí todo lo contrario; pues ahora no sólo me mirabas, sino que giraste tu cuerpo hacia mí con postura inquisitiva. Llevabas puesta una camiseta blanca que dejaba ver a la perfección tus delgados brazos, y es que no hubiera sido capaz de descubrir su fuerza de no ser porque la sentí aprisionando mi cuerpo contra la pared de mi habitación hace escasas tres noches. Porque sí, han pasado tres noches desde que salimos a aquel bar del barrio de tiendas y me ofreciste una copa que no había probado antes, y que me llevaría a sentir esos brazos sobre mi cintura presionándome contra el colchón de mi cama un par de horas después.
Te mantuviste en silencio, un silencio un tanto incómodo entre ambos. Porque bien éramos conscientes de lo que pasó, y bien éramos conscientes de las consecuencias que eso conllevaba. Aunque parecía que tú no te sentías preocupado. Ni siquiera un poco, y eso me extrañaba.
-¿Quieres?- Me preguntaste con esa voz tan suave pero tan inexpresiva a la vez que consigue erizarme la piel cada vez que la escucho. Señalaste con tu mano dominante la cafetera, que hacía escasos segundos que había comenzado a emitir pequeños silbidos indicando que el café ya estaba listo para ser servido. Me fijé en tu pálido antebrazo, concretamente en las pequeñas marcas que se encontraban distribuidas desigualmente por toda su superficie. Tenías mis uñas clavadas en tu piel. Y de nuevo, volvió a mi mente el recuerdo de tenerte tras mi figura, contra la pared y con tus manos tocando maravillosamente mi cuerpo. A más placer recibía, más fuerte apretaba mis uñas contra tu piel, razón por la que probablemente todo tu brazo se encuentre lleno de esas marcas alunadas.
Por un momento pensé tu proposición, pero respondí amablemente que no. Me dispuse a salir de allí, lentamente y con cuidado de no hacer ningún ruido que pudiera volver a llamar tu atención. En esos momentos lo que menos quería era que me mirases a la cara y pudieras descubrir todo lo que llevo ocultando días; qué digo, meses.
Comencé a sentirme atraída hacia ti más de un año después de que te convirtieses en mi capitán y jugásemos en el mismo equipo, tenía dieciséis años en ese entonces. Ahora voy camino de los dieciocho y aún no he encontrado forma de sacarte de mi cabeza, pero es que ahora que he probado un poco de ti soy incapaz de no querer volver a por más.
-Como prefieras.- Dijiste mientras servías el oscuro líquido sobre una taza blanca completamente lisa. Tan inexpresiva como tú, pensé. Volviste a girarte hacia mi lugar, y no comprenderás jamás lo rápido que comenzó a latirme el corazón cuando vi que te acercabas hacia mí dando grandes y firmes pasos. Me calmé ligeramente al ver cómo abrías la puerta del frigorífico y sacabas la leche de ella, cerrándola tras de ti. Volví a sentir tus penetrantes ojos verdes sobre mí, concretamente sobre la marca rosácea que la camiseta de mi pijama dejaba ver en la clavícula derecha. Subiste la mirada hacia mi cuello, donde se podían apreciar un par más escondidas tras mi coleta despeinada. Finalmente dirigiste tus orbes agua marina hacia mis ojos, y durante un par de segundos sentí cómo si nada hubiera ocurrido y siguiéramos en la academia como hace dos años, cuando jugábamos para dominar el mundo. Cuando jugábamos a ver quién ganaba al otro en una batalla de besos fugaces que se transformaron en indiferencia cuando todo acabó. Te giraste y regresaste a tu posición inicial para poder verter la leche sobre tu taza. Y yo me quedé inmóvil, recriminándome una y otra vez no tener el valor para enfrentarte acerca de lo que ocurrió hace tres noches. Recriminándome no ser lo suficientemente valiente para decirte que para mí nada acabó, sino que fue intensificándose con el paso de los años. Recriminándome no tener la valentía para decirte que te quiero a la cara.
Salí de la cocina sintiendo cómo la ansiedad me envolvía poco a poco. Subí las escaleras rápidamente, pero con la ligereza necesaria para no despertar a nadie con mis pisadas. Regresé a mi habitación, oscura tal y como la dejé. Nuevamente sentí los apretones en mis muslos y los besos en mi cuello, las caricias en mi abdomen y las manos sobre mi pelo. Necesitaba despejarme, así que abrí la ventana y subí la persiana, pero todo seguía sumido en la oscuridad. Eran las siete menos veinticinco de la mañana y los primeros pájaros madrugadores comenzaban a piar alegremente, dando los buenos días a una mañana que prometía ser calurosa tal y como todas las de esa semana, puesto que era junio y el verano ya hacía tiempo que se había estrenado tal y como él sabía.
Miré hacia mi izquierda y me encontré con una maraña de sábanas rosas desperdigadas por toda la superficie de mi cama. No se me ocurrió otra idea que volver a acostarme para ver si podía dormirme de nuevo, y aunque me costó bastante lo conseguí.
En un par de horas intentaría volver a comenzar el día sin ningún percance de por medio.
Pero no pudo ser, para mi desgracia, pues alguien llamó a mi puerta escasa media hora después de haberme vuelto a quedar dormida. Sobresaltada y creyendo que podías ser tú quien se encontrase al otro lado de mi puerta, me levanté de un salto y acomodé mi larga melena en una nueva coleta baja que caía sobre mi hombro derecho para que así tapara las marcas que dejaste en mi cuello. Me aproximé a la entrada y giré el pomo con decisión, rezando por no perder fuerza si al alzar la vista me encontraba con tus grandes ojos atentos a cada uno de mis movimientos. Pero no fue así. Al reconocer quién se encontraba tras la puerta de mi habitación toda tensión se disipó, ya que se trataba mi hermano mayor. Le invité a pasar y a sentarse en la silla del escritorio mientras yo me desperezaba vagamente en mi cama, con cuidado de que mi traicionero peinado no dejase ver los mordiscos y chupetones que tu boca dejó sobre mi piel. Me comentó que ese día las clases comenzarían una hora antes, pues era final de curso y con todos los exámenes acumulados y materias cuyos temarios no habían sido completados, era necesaria una hora extra para poder finiquitarlos correctamente y así poder examinarnos de forma justa. Ya entiendo por qué estabas despierto a estas horas; al fin y al cabo, siempre fuiste un buen estudiante. Alan desapareció de mi cuarto de la misma manera en la que había entrado: rápido y silencioso. Decidí tomar una ducha esa mañana, lo que era bastante inusual en mí ya que era algo que solía hacer por las noches. Pero ese día me apetecía, así que preparé la ropa que vestiría esa mañana y me introduje en el pequeño cuarto de baño que incorporaba mi habitación.
Pronto la pequeña placa de ducha se llenó de vapor y el agua estuvo lo suficientemente caliente para poder meterme dentro y comenzar a limpiar mi piel. Volví a recoger mi cabello, esta vez en un moño alto para que el agua no lo mojase, y dejé que mi cuerpo se deleitase al sentir la corriente templada sobre mi piel. Volviste a mi memoria fugazmente. Me besabas con deseo y lamías mi cuello con desesperación. Toqué las marcas que tus labios dejaron sobre mi clavícula y parte de mi nuca. Tus manos subían y bajaban sobre mi pecho y abdomen, llegando al comienzo de mis delgados muslos, donde parecían perderse en el infinito. Toqué con las yemas de mis dedos mis clavículas y fui bajando lentamente tratando de imitar el recorrido que tus masculinas manos hicieron sobre mi cuerpo, llegando a mi pecho y bajando por mi abdomen hasta encontrarse con la parte más vulnerable de mi organismo. Recuerdo perfectamente el movimiento de tus dedos, siguiendo un ritmo cada vez más rápido que provocaba en mí sensaciones nunca antes experimentadas. Traté de imitarlo. Pero conseguí sensaciones parecidas, no iguales. Porque eres único. Enjaboné mi cuerpo rápidamente y me dispuse a salir de la ducha para poder prepararme e ir al instituto, pero alguien volvió a llamar a la puerta en el mismo instante en que coloqué la toalla blanca sobre mi desnudez.
Y pensé que sería Alan de nuevo, o quizá podía ser Claire. Pero no. Eras tú. Y de nuevo te encontrabas frente a mí, mirándome fijamente con esos penetrantes ojos verdes. Mi pecho subía y bajaba agitadamente debido a que tenía los nervios a flor de piel. Pero más nerviosa me puse cuando entraste en mi habitación y cerraste la puerta tras de ti, sosteniendo la mirada sobre mi anonadada expresión.
-Tenemos que hablar.
¡Ay, que me da un soponcio! ¡Hola! Cuánto tiempo hacía que no me pasaba por aquí madre mía, más de dos meses creo. Bueno, quiero que sepáis que he vuelto para quedarme con esta historia, y qué historia. Esto no es nada como lo que acostumbro a escribir, puesto que es un relato más bien para adultos (aunque sé que habrá algún niño por ahí leyéndolo, qué le voy a hacer). Sólo os pido que tengáis paciencia conmigo por favor, esta historia va a tomarse su tiempo para estar acabada, pero prometo terminarla y darle un buen final. ;)
¡Sin nada más que decir, me despido! ¡Hasta la próxima!
