Mi estómago pareció encogerse hasta adoptar el tamaño de una nuez. Mis manos temblaban ligeramente mientras agarraban con fuerza la toalla blanca que cubría mi cuerpo desnudo. Sentía tu mirada sobre mí; fija y seria, pese a que tu expresión parecía considerablemente más relajada. Las puntas de mi cabello comenzaron a gotear, cosa que provocó la formación de un pequeño charco bajo mis pies. Me intimidaba tu figura de sobremanera, y más aún el escuchar tu profunda respiración tan cerca. Tal y como la otra vez. Te miré a los ojos y fruncí el ceño, tratando de mostrar molestia por tu intrusión en mi habitación, pero pareció darte lo mismo, pues caminaste un par de pasos más y te sentaste en mi cama, aún deshecha. Palpaste con tu mano izquierda las sábanas azuladas que cubrían mi colchón, eran las mismas que las de la otra noche.
-Pues habla- te respondí en un vago intento de acabar con aquella incómoda situación lo antes posible. Me adentré en el baño y vestí rápida y torpemente mi menudo cuerpo, pues me negaba a pasar más vergüenza. Aunque ya me habías visto desnuda antes. Pero eso ahora daba igual, yo lo que quería era que salieras de mi habitación cuanto antes para así poder continuar con mi día como si este percance nunca hubiera sucedido. Salí del pequeño cubículo y tú seguías en la misma posición. Me miraste fugazmente antes de hablar.
-¿Te tomaste la píldora?- preguntaste despreocupadamente, regresando tu verdosa mirada hacia mí. Me quedé paralizada. ¿Qué píldora? Mi anonadada expresión pareció desconcertarte, pues alzaste una de tus cejas de manera interrogante al mismo tiempo que cruzabas tus delgados brazos sobre tu torso. No sabía qué responder; es más, ni siquiera tenía alguna idea de a qué te referías. Comencé a sentirme aún más nerviosa si cabía posibilidad de ello.
-¿La píldora…? ¿A qué te refieres?- pasaste una de tus manos sobre tu abundante cabello blanquecino, mientras bufabas pesadamente y dirigías la mirada a la periferia de la estancia. La detuviste frente a una fotografía de hacía un par de años en la que aparecíamos algunos de los integrantes del antiguo equipo al que pertenecíamos durante la Academia Alius. Obviamente tú no estabas, a esas alturas ya habías cambiado demasiado. Volviste a fijar tus grandes orbes verdes sobre mí, parecías ligeramente molesto. Pero aún no entendía el porqué.
-La píldora del día después, Lucy. Te la di anteayer por la mañana, ¿no te acuerdas?- efectivamente. Llevabas razón. La mañana después de nuestro encuentro llamaste a la puerta de mi habitación, y me entregaste una pequeña pastilla. Me explicaste qué era y para qué servía, también recalcaste por qué era tan importante que me la tomase lo antes posible. Mi corazón latía velozmente y poco a poco sentía como la ansiedad me iba concomiendo y provocándome una sensación de angustia bastante asfixiante. Se me había olvidado por completo tomármela. Por mi reacción debiste deducir lo que ocurría, y tu rostro adoptó una expresión completamente distinta. Me diste miedo.
-Dime que te la has tomado, por favor.- más que una inquisición, sonaba a un ruego. Por primera vez desde que te adentraste en el cuarto, parecías sorprendido. Bueno no, más que sorprendido parecías nervioso. Tragué saliva. ¿Cómo se me había olvidado tomármela? El recuerdo de aquella noche volvió a mí. Tu cuerpo aprisionaba el mío contra el colchón de la cama. Tus movimientos eran rápidos pero precisos, sabías perfectamente lo que hacías. Y tanto que lo sabías. No fuiste el primero en conocer mi intimidad, pero sí el primero en hacerme sentir de aquella manera. El primero de verdad.
-Pero, ¿y el condón? Estoy casi segura de que lo usamos… ¿o no?- me apoyé sobre la puerta del cuarto de baño, tratando de hacer memoria y comprobar si realmente utilizamos un preservativo o no. Volviste a bufar, rodando tus verdosos ojos lentamente, para volver a fijarlos sobre mí nuevamente. Lo recuerdo. Recuerdo que tú mismo lo colocaste antes siquiera de haber empezado a tocarme. Recuerdo tus palabras; "mejor prevenir que curar". También recuerdo reírme tontamente, cuánto me gustabas, joder. Y qué feliz estaba yo de poder intimar contigo, aunque sólo fuera en una pequeña parte de todo lo que me gustaría.
-Sí, Lucy, lo usamos. Pero, joder, recuerda que tú misma te diste cuenta de la fuga. ¿Enserio no te acuerdas?- flashbacks de la noche iban llegando a mi mente a medida que hablabas. Había bebido demasiado, no era muy consciente de lo que hacía. Apenas recordaba más allá de nuestro encuentro, y la mañana siguiente también estaba borrosa en mi mente. Crucé mis brazos sobre mi pecho y bufé profundamente. El condón se había roto, y yo no me había tomado la píldora del día después. ¿Qué cojones iba a hacer ahora?
-Ahora que lo has dicho, sí, sí que me acuerdo, joder. Pero… ¿ahora qué hacemos?- te pregunté nerviosamente. Te levantaste de la cama y te aproximaste a mí a paso ligero. Mi corazón volvió a acelerarse, si es que eso aún era posible. Me miraste fijamente, pero inmediatamente comenzaste a mirar alrededor del habitáculo como si estuvieras buscando algo. Te pregunté qué era. La píldora, respondiste. Recordaba dónde la había puesto, increíblemente. Caminé hacia el pequeño escritorio lleno de fotografías y libros que se disponía justo enfrente de mi cama, abrí el segundo cajón y saqué la caja de plástico en la que venía la pequeña pastilla blanca.
-Déjame ver la caja.- me arrebataste el pequeño envoltorio de mis manos. -Aquí pone que es efectiva hasta pasadas las primeras setenta y dos horas desde la relación sexual. Todavía puedes tomártela.- el alivio fue tremendamente notorio en tu tono de voz, y tu expresión facial y corporal se relajó de manera considerable. La angustia que había estado sintiendo durante los últimos minutos desapareció en cuanto fui consciente de que todavía había solución para aquel pequeño percance del que nos percatamos demasiado tarde.
-Voy a bajar por un vaso de agua para que te la tomes. Mientras tanto, lee lo que pone en la caja, porque tengo entendido que la pastilla tiene algunos efectos secundarios que quizá podrías sufrir.- me diste la caja. Tus manos tocaron las mías por un instante. Te miré a la cara por primera vez sin sentir ansiedad. Sentí mi corazón latiendo fuertemente en la zona en la que tus largos y masculinos dedos habían tocado mi piel. Me sonrojé. Pero tú saliste de la habitación a paso ligero en busca de un vaso de agua. Y es que siempre era así. Dirigí mi oscura mirada hacia la fotografía que habías estado observando con anterioridad. Teníamos dieciséis años. Tú no aparecías en la foto, ya habías cambiado demasiado. La piedra alius te cambió de un modo mucho más radical que a cualquiera. Ese niño de las preguntas sin respuesta y los helados en invierno pareció desaparecer. Tenías el corazón más grande que la mayoría de los que pertenecíamos a aquello, y acabaste siendo el más frío de todos. Pero yo sé que, muy en el fondo, sigues siendo ese chico. Lo pude ver en el modo en que me besabas la otra noche.
Tres años atrás solíamos ser felices. Tú y yo. Nosotros. Era real. Y qué real. Te quise de una manera distinta, mucho más intensa y sincera que a nadie más. Era un sentimiento muy fuerte; me até a ti. Fuiste el primer beso de mi vida, también el último hasta la fecha. Te quería, y te sigo queriendo. Pero lo mandaste todo a tomar viento. Y me hiciste daño, muchísimo, no sabes cuánto. Y es que es irónico que sigues siendo el único que con un beso es capaz de sanar todas las heridas de mi corazón roto. Y es que es aún más irónico que fuiste la misma persona que lo rompió en pedazos.
Llamaron a la habitación y ya sabía a quién me encontraría tras la puerta. Efectivamente, eras tú de nuevo. Te dejé pasar, y volviste a sentarte en la cama como hacía un rato. Me preguntaste si había leído la caja. Afirmé con la cabeza, no muy convencida. Pues obviamente no la había leído, pero tampoco tenía demasiada intención de hacerlo. Tan sólo quería que todo eso acabase ya y que al menos te fueras de mi cuarto, ya que de mi corazón había comprobado que todavía no te apetecía irte. Me entregaste el vaso de agua. Lo cogí firmemente y lo dispuse sobre el escritorio de madera. Abrí la caja y saqué la pequeña pastilla. Me giré hacia ti y me la tomé. Todo se acabaría pronto. Te levantaste de la cama y te aproximaste hacia mí. Sorprendentemente, cogiste la fotografía de antes y la sostuviste sobre tus manos durante unos segundos. Parecías mirarla con nostalgia. Una pequeña sonrisa se esbozó en tus rosados labios, tocaste el cristal con tus dedos.
-Ha pasado mucho tiempo.-dijiste suavemente. Dejé el vaso sobre el escritorio y me fijé en la fotografía. La volviste a dejar sobre la superficie de madera, tu expresión volvió a cambiar. Te giraste hacia mí. Me dijiste que si tenía alguna molestia o sufría alguno de los síntomas o efectos secundarios mencionados en la caja no me alarmase, y que te llamara lo antes posible. Y te fuiste. Y me dejaste ahí otra vez. Otra vez preguntándome cuál fue la causa por la que cambiaste. Otra vez preguntándome por qué me dejaste de querer de un día para otro. Otra vez preguntándome por qué yo todavía no he podido hacerlo.
¡Hola de nuevo a todos! Siento mucho, muchísimo la inactividad enserio, pero he tenido algunos asuntos personales de los que ocuparme, y algunos problemas relacionados con la falta de inspiración que, por suerte, he sido capaz de solucionar y sacar el tiempo para escribir el capítulo, ¡y realmente espero que os haya gustado y lo hayáis disfrutado! Podéis decidme qué os ha parecido en una review o en un mensaje privado, os leeré encantada. ;) Gracias de nuevo por leerme y, ¡hasta la próxima!
