Continuo con un segundo capítulo que no me salió como quería, cachis...
ºComo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Taichi.º
2º
Cuando estar en la cocina es peligroso… Hasta para él.
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Desde que Sora recibió sus días de maternidad, era la que se encargaba en totalidad del aseo del hogar. Y, principalmente, de la comida. Y no era una cosa que despreciara. Desde que cargaba con su adorable panzón, comer se había vuelto una cosa totalmente placentera.
Le gustaba probar la comida y cuanto más, mejor.
Por eso quizás siempre había agradecido que Tai no estuviera de por medio. Pero las vacaciones llegaban y con ende, un próximo padre preocupado y demasiado protector.
Por las mañanas le costaba mucho levantarse, pero desde que estaba excitado con la idea de ser padre, en vacaciones era como un reloj, despertándose antes de hora incluso para preparar el desayuno.
El problema con él, que no es que no agradeciera que tuviera ese detalle, es que Tai parecía ser el tipo de hombre que no podía salir de un mismo tipo de cocina. En este caso, de ingredientes*.
Huevos revueltos. Huevos fritos. Huevos hervidos. Huevos.
Y sora empezaba a odiarlos. Porque ya no solo empezaron a ser para el desayuno. Si no las comidas y las cenas.
O terminaban con un tremendo colesterol o terminaba saliéndole un polluelo del vientre en vez de un crío.
—Tai. ¿Qué ha pasado con la carne que dejé anoche fuera? — cuestionó una de las veces que pensó que dejar por la noche algo de comida que llamara su atención evitaría más huevos en la comida.
Él la miró por un instante confuso, luego pareció recordar.
—La volví a guardar.
Sora se llevó las manos al entrecejo. Cogió aire. Lo expulsó. Intentó luchar contras sus hormonas y los nervios que empezaban a plasmar su furia. Amaba a su marido, pero a veces también quería matarlo.
—¿La guardaste? — cuestionó pausadamente.
Él tragó y asintió lentamente.
—¿Qué es lo que piensas hacer entonces de comer hoy? ¿Huevos? ¿Hervidos, a la plancha, con tomate, con lechuga, fritos?
El rostro del hombre fue un poema. Si Sora no hubiera estado enfadada y hambrienta, pero sobretodo, embarazada, podría haber sentido cierta tristeza.
—Taichi, parece que vaya a tener un pollo en vez de un bebé de la cantidad de huevo que como al día.
Sora se frotó el rostro tras recriminar este acto y se hizo un hueco para entrar en la cocina y rebuscar aunque fuera para hacer una ensalada. Él la siguió, impidiéndole agacharse para buscar los cuchillos.
—Espera, Sora. Agacharte no es bueno.
Sora bufó.
—¡Lo sé! Pero estoy harta de huevo, Tai, en serio.
El joven suspiró y se pasó una mano por los cabellos.
—Hikari y Agumon no se quejaban tanto.
Sora bufó una vez, exasperada. Lo que le hacía falta. Que encima comparase a las personas.
—¿Cuándo era que les hacías esas cosas?
—Cuando todavía éramos pequeños— respondió con orgullo. Sora se llevó las manos de nuevo al ceño—. ¿Qué?
—Tai… ¿sabes… cocinar otra cosa que no sea huevos?
Él asintió, sonriendo con más orgullo todavía.
—Tortilla.
Sora quiso pasarle las manos por el cuello, pero no de forma cariñosa.
—¡Lleva huevo!
Se posó una mano en el vientre, sintiéndose repentinamente cansada.
—Pide algo de comer, no cocinaré. Y tú tampoco.
Se alejó hasta el dormitorio, necesitando un momento de respiro.
Tai era amable. Lo comprendía. Pero a veces le costaba ver más allá de lo que estaba sucediendo y que lo que para él era algo bueno y normal durante días, para los demás no. No se quejaba de que su marido quisiera hacerle la comida y mimarla de ese modo. Pero simplemente, no podía comer un dichoso huevo más o terminaría vomitando hasta la primera papilla.
Todavía no había tenido antojos de comida y podía disfrutar de todo. Pero iba a hacer que asco comenzara hacia los huevos.
Se frotó el rostro, preocupada y decidió salir. Tai colgaba justo en ese momento en teléfono y guardaba en el cajón la tarjeta de su restaurante chino preferido. Aquello la llenó de todavía más dulzura por él. Le sonrió y se acercó para tocar con cuidado su hombro. Él no se apartó.
—Lo siento— se disculpó.
—Sora— murmuró él—. Yo… bueh. Mierda. Solo no quería que entraras a cocinar. ¿Y si te cae una gota de aceite caliente sobre la barriga? No puedes agacharte para recoger las cosas. Y cocinar es ensuciar. Siempre que vengo del trabajo estás metida en la cocina de algún modo y siempre sufro por pensar que podrías resbalarte hasta con una lechuga.
Sora le escuchó pacientemente, mientras él se zarandeaba sobre los pies, inquieto y hablaba atropelladamente.
—Además— añadió—. No sé cocinar otra cosa.
Sin poderlo evitar, una sonrisa se dibujó en su rostro, ganándose una mirada de represalia por parte de su marido.
—¿Por qué no lo dijiste antes? — cuestionó—. Aquella vez que me fui de viaje dijiste que sabías defenderte en la cocina.
Tai suspiró.
—Claro. Se defenderme siempre que tenga huevos en la nevera.
Sora rió entre dientes, llevándose una mano hasta la frente.
—Tendré que enseñarte a cocinar. Especialmente, si he de confiar en ti para cuidar de nuestro pequeño.
Cogió la mano de él entre las suyas y la llevó hasta su vientre, sonriendo. Tai se hablando y acarició con los dedos la curva.
—No sería mala idea.
Pero una semana después, Sora estaba arrepintiéndose de haberse ofrecido. El desastre fue tal que tuvieron que cambiar la encimera y la nevera. El suelo limpiarlo hasta con desinfectante del fuerte y Tai tuvo vedado entrar en la cocina hasta nuevo aviso de Sora, quien garantizó que sería nunca. Ni siquiera para freír un huevo frito.
—Pobre Tai— murmuró Agumon cuando le vio tan desolado.
Sora suspiró y se cruzó de brazos.
—Pobre nuestra seguridad y bolsillo, Agumon. Porque vas a estar sin comer carne en mucho tiempo gracias a estos extras de dinero.
Agumon miró hacia Tai e imitó la pose de Sora lo mejor que pudo.
—La culpa es de Tai claramente.
Tai sollozó.
—Agumooon…
Hasta Agumon iba en su contra uxu... xD
*: La idea de los huevos salió de unas las tantas charlas locas que tenemos Jackilyn y yo en esas noches locas de digimon (?) xDD
