¡AVISO! Contiene Lemon / Lime.
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Cómo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Tai.
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Cuando tienes antojos privados
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La primera vez que empezaron los antojos fue cuando paseaban, por recomendación del médico, por la galería. Había una tienda preciosa de pasteles y tenían una enorme cantidad de chocolates diferentes. Sora no es que le agradara de más el chocolate. En realidad, hasta ese momento nunca había sentido deseos de comer chocolate como en ese momento.
—Tai— nombró, tirando de su manga para llamar su atención—. Quiero chocolate. Ese para ser exactos.
Señaló el que más llamaba la atención. Parecía un huevo de pascua, pero en realidad, era una pelota de futbol. Taichi la miró con espanto.
—¿¡Todo eso!?
Sora se llevó un dedo a la boca y tras poner carita de cachorro, asintió. Tai suspiró. Sora le había dado una charla muy seria al principio del embarazo acerca de cuál serían las consecuencias de no cumplir los antojos.
A él se le había incrustado esas palabras a fuego en la mente. Así pues, sacó su cartera y entró. La dependienta señaló el balón de futbol y ella asintió. Taichi salió luego con dulce y unas servilletas, entregándoselo.
Sora no dejó ni una amiga.
Los siguientes antojos seguían sido simples. Que si ver una serie que ella aborrecía. Que si comprarse un peluche. Que si calor, que si frio, — esto último con Taichi pillando un resfriado que lo tuvo varios días en casa de Yamato y a Mimi con ella para hacerle compañía—.
Y luego, llegaron los problemáticos.
—¿Qué quieres qué?
Taichi la miró soñoliento, con un ojo pegado de sueño y el otro a medio abrir. Estaba dormido en calzoncillos y casi en el filo de la cama. Bostezaba escandalosa mientras ella se acariciaba la barriga.
—Quiero Salchichas con mermelada.
Su marido la miró con cara de asco rotunda en medio del sueño. Sora había inflado las mejillas hasta movió los pies en una pequeña pataleta. Un segundo después, el joven hombre estaba golpeándose el pie con el quicio de la puerta y saltando a la pata coja para ir en busca de la mermelada y las salchichas.
Sora disfrutó como loca mientras se las comía. Luego las odio mientras las vomitaba.
Los antojos extraños de comida continuaron durante un tiempo largo. A altas horas de la noche se despertaba con hambre. Por la tarde se hartaba de patatillas con sabor a vinagre y miel. Otras se comía botes de Nocilla como loca.
Finalmente, llegaron los antojos de los que Mimi no cesaba de hablar.
Fue mientras comía algo de patatillas, acomodada en el hueco del brazo de Tai, que le robaba alguna que otra patatilla por la espalda, y veían una película de crimen. En teoría, generalmente la aburrían, pero ahora la fascinaban.
Fue una escena romántica de la pareja de detectives besándose. Algo que debía de ser natural y a ella se le antojó puramente sexual.
De tal forma que empezó a frotar sus muslos y dar pequeños suspiros a la par que morder su labio.
—Tai— nombró.
—¿Hn? — cuestionó él.
—Déjame tu mano libre. Con la que no comes patatillas. Préstamela.
Y él, inocentemente, lo hizo.
Sora miró fijamente los dedos, acariciando el anillo de bodas y acercándoselo hasta la boca para besarlo. Lo siento suspirar encantado y luego, dar un brinco cuando dirigió la mano hasta el principio de sus anhelos.
Cerró los ojos y levantó la pierna derecha para que sus dedos pudieran entrar mejor. Notó como el brazo se le tensaba y pese a que no puso objeción, podía sentir la mirada de él en su nuca.
Suspiró, sintiendo los dedos tensarse sobre el pantaloncito de pijama. El corazón justo en su centro. Estaba segura de que él a esas alturas abría notado perfectamente lo húmeda que estaba para él.
—D-dentro— gimió.
Y él obedeció. Movió su palma por encima de su monte hasta el vientre, empujando las telas hasta que sus yemas pasaron por encima de sus rizos y buscaron los confines de su sexo.
Echó la cabeza hacia atrás, apretando los dientes. Sintió su boca en su cuello, besarle y bajar hasta el comienzo de sus senos, para regresar a sus labios, mientras sus dedos se abrían paso entre las suaves barreras que los separaban de su final.
—Espera… ¿Esto no hará daño?
Sora parpadeó, maldiciéndolo interiormente por querer sacarla de su placer.
—No. No lo hace.
Taichi dudó, pese a que su sexo se clavara contra su cadera y sus dedos húmedos continuaran acariciando.
—Por si acaso no entraré en ti.
Buscó la perla escondida del placer y jugó con ella, entre cosquillas y promesas de falsa penetración. Con su boca apretándose contra su hombro y cuello, penetrando su lengua sus labios.
Abrió los ojos para verle y gimió, dejándose llevar al orgasmo. Sacudió sus caderas contra su mano y apretó los dedos contra su camisa, chillando su nombre en vano.
Jadeante, flácida, se dejó resguardar en sus brazos, cobijarse en su calor.
—Maldita sea, Tai— gruñó escondiendo la cara en su cuello, aspirando el olor de su piel—. Te quería dentro.
—¿E-era un antojo? — se sorprendió él. Ella asintió, repentinamente tímida.
Taichi tragó, lamiéndose los labios.
—Mañana mismo hablamos con el médico. Te juro que si dice que sí, cubriré todos tus antojos sexuales.
—¡No lo llames así, jo! — protestó.
Fue el turno del joven sonreír.
—Pero, ¿qué haré si tienes antojo de un trio con una mujer?
Sora se apartó de golpe, viendo cómo se rascaba pensativo la barbilla y la imaginación rondaba no solo en su mente, si no en su cara.
—Taichi— nombró a la par que se levantaba—. Ya sabes dónde vas a dormir esta noche.
—¿En la cama? — dudó él sintiendo un escalofrío por la espalda.
La puerta del dormitorio cerrarse fue toda respuesta que necesitó.
Ay, los antojos.
No me maten... *huye*
