Muchas embarazadas se les hace imposible moverse del sofá y se sienten cansadas incluso sin haber hecho nada...
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Cómo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Taichi.
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Cuando dejar las cosas a medias es lo principal.
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Sora se pasó una mano por la frente, completamente agotada. Dejó el mando de la televisión mientras le escuchaba protestar entre dientes. Miró hacia atrás lo más que pudo, acomodándose los cojines en busca de una postura más cómoda. Estiró la mano y apenas pudo llegar a su limonada.
—Tai— llamó. No recibió respuesta. — ¡Tai! — Un minuto después continuó sin llegar—. ¡TAICHI!
Se escuchó un tremendo golpe y a continuación, quejas de dolor. Su marido se asomó por la puerta del dormitorio de su futuro hijo, frotándose la nuca y con algunas lágrimas en los ojos.
—¿¡Qué!? — exclamó con claro enfado por el golpe.
Sora suspiró.
—Solo quería que me acercaras la limonada, jo.
Taichi se acercó y le acercó el vaso con sumo cuidado. Le besó la frente y se marchó de nuevo al dormitorio.
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Tai miró la estantería con ojo crítico. No estaba seguro, pero dudaba de que estuviera correctamente recta. No es que lo quisiera a la perfección, pero bueno, era su hijo y quería que lo tuviera todo bien. Él no recordaba tener estanterías torcidas. Su padre siempre había asegurado que todo estuviera recto en su habitación cuando era pequeño.
Miró de reojo la cuna con la que antes se había golpeado la cabeza. De la rabia por el dolor, la había dejado a medias. Con la estantería esperaba que no sucediera lo mismo.
Cogió el martillo, apoyó la puntilla y…
—¡TAICHI!
… El martillo dio directamente hacia su dedo gordo.
Maldijo y tiró el martillo al suelo, la chincheta contra la pared y la mano hasta su boca. Se asomó nuevamente. Su mujer no estaba en el salón, así que solo podía estar en un lugar.
El baño.
La vio asomar la cabeza por la puerta, así que no se había caído, como empezó a sospechar.
—¿Sora? — cuestionó lo más amablemente que pudo.
—No queda papel— explicó ella.
´Él se volvió tras asentir.
—Ah… y no tengo más patatillas.
—Claro cariño— gruñó saliendo.
Volvió con el papel del baño y tras entregárselo, regresó a la cocina para llenar otro cuenco de ensalada de patatillas.
Miró hacia la habitación del bebé y suspiró. Al cuerno la estantería.
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Estaba colocando la moqueta cuando Sora volvió a quejarse y llamarle. El pegamento se le hincó en la mano y tirándolo contra la pared, salió para ver qué era lo que quería.
Sora estaba en el sofá como una tortuga, meneando las manos y las piernas e intentaba alcanzar el mando. Tai no supo si reír, hacerle una foto o simplemente esperar. Pero la mujer le dedicó una mirada que le hizo tragar.
Ya sabía cuan susceptible estaba a cuenta de no poder moverse.
—Apaga la tele, por favor— pidió.
Tai lo hizo y después le cedió su hombro para ayudarla a levantarse. Sora arrastró los pies hacia la cama, bostezando.
—Estoy tan cansada.
Taichi la miró incrédulo.
No había hecho nada. Nada. Solo sentarse en el sofá y tragar y tragar. Hacer la tortuga, pelearse con las almohadas y cojines. Y él se había descalabrado la cabeza, golpeado un dedo y pegado la palma de la mano.
Suspiró.
—Oh, por dios, Tai— protestó Sora al mirar la habitación—. Has dejado todo a medias.
Taichi se golpeó la frente y llegó hasta ella, apagando la luz.
—Anda, a dormir. Mañana lo terminaré.
Sora puso morros mientras caminaba a la cama.
—Jo. Nunca terminas lo que empiezas. A este paso no terminaremos la habitación del niño y… ¿Tai?
Tai había abierto la cama y con un desespero de sueño increíble, se había dejado caer, agotado. Sora infló los mofletes, pero lo cubrió, sonriendo.
—Eres un amor, cariño.
No importaba si las cosas estaban a medias. No era tan tonta como para no darse cuenta del esfuerzo que había hecho.
Y por eso y muchas cosas más, lo amaba.
Notas de autora:
Tai es un buen hombre :D
