Cómo sobrevivir a un embarazado cuando tu marido es Taichi

Cuando el embarazado es él


—¿Estás mejor?

Sora bostezó mientras daba unas palmaditas en la espalda a Taichi. Este, agarrado al váter, asintió y demandó una toalla para limpiarse.

—Solo déjame que me lave los dientes.

—Vale. Quizás es que has comido demasiado antes de ir a dormir. Te has atiforrado de mis galletas favoritas.

—Es que se me antojaron mucho —protestó con un mohín. Se metió el cepillo de dientes la boca y comenzó a frotar.

—Pues vaya antojo a las tres de la mañana, hijo.

Haciendo un mohín infantil ofendido, Taichi se aclaró la boca, secándosela.

—Sora, tú no me entiendes, jope.

Y salió airadamente del cuarto de baño. Sora se quedó incrédula, con la boca abierta y una ceja alzada. ¿Acababa Taichi de actuar como una mujer hormonal?

—Te tengo dicho que después de ducharte te cepilles el pelo. Ven, siéntate.

—Es que es un tiempo que uso para ver el partido. Además, no vamos a caber los dos ahí. Mira lo gordo que me estoy poniendo.

Sora miró incrédula su vientre plano. Comparado a ella, embarazada, era una tabla de planchar perfectamente musculada. ¿De qué demonios se quejaba?

—¡Solo siéntate!

Como castigo, unos cuantos tirones.

—Oye, Sora.

Sora apoyó la revista premamás que sostenía sobre la hinchada barriga. Taichi estaba recostado en la cama, con muchos de sus almohadones colocados para él.

—¿Crees que estoy fea? Mi piel se ha irritado mucho…

—¿Tienes eccema o rojo en algún lugar? —inquirió preocupada—. Yo te veo bien.

—Eso lo dices porque me quieres, tonta.

Acurrucándose contra ella, suspiró.

—Creo que te cogeré las almohadas de las piernas también. Me las noto hinchadas. Esto de retener líquidos, no es bueno.

Sora se golpeó la frente con la revista.

—¡Tai! Llevas durmiendo desde las seis. Son las ocho. ¿No vas a cenar?

Sora se recostó contra la esquina de la puerta. Taichi había hecho un fuerte con ropas y cojines a su alrededor. La miró con solo un ojo soñoliento abierto.

—Es que… estoy muy cansado.

—Si no haces nada porque estas de vacaciones —protestó ella—. Tengo que hacerlo yo todo. Y apenas puedo agacharme con la barriga.

Al nombrar susodicha parte de su cuerpo, Taichi se fijó en el bol de chocolate que se estaba zampando su mujer.

—¡Qué egoísta eres, Sora!

—¿Qué?

—¡No solo me acusas de vago y de no hacer nada en la casa! ¡Si no que te comes chocolate a cara perro tú sola! ¡Con lo que sabes que me apetece ahora!

Reptó por la cama hasta el suelo, llegando a ella y quitándole el bol y la cuchara para volver a saltitos hacia la cama.

Sora no supo si pegarle o gritarle.

—Esto ha de terminar, Sora.

La mujer se detuvo con el brazo alzado y el desodorante en la mano. Taichi entró tapándose la nariz.

—¿De qué diablos hablas ahora?

Los casos extraños de su marido estaban empezando a irritarla más que el embarazo. Especialmente cuando se ponía el delantal rosa a cuadritos en la cintura y se palpaba una barriga que no tenía.

—Pues del olor. Hueles que apestas siempre a ese desodorante y no me tienes en cuenta. Me da nauseas.

Incrédula, Sora dejó el desodorante de mala manera sobre el lavabo para encararle.

—Tienes razón, Taichi Yagami. Esto ha de terminar. ¡Se acabo! Me voy de compras con Mimi, porque no puedo más contigo. No sé qué neurona te ha picado estos días, pero estás insoportable.

—Eso es porque ya no te gusto. ¿Verdad? Claro. Nos dejas embarazados y ahora te largas. ¡A por tabaco! ¡Seguro que vas a por tabaco y no vuelves!

—¡Que me voy de compras! —repitió cerrándole la puerta en las narices.

Taichi lloró a lágrima viva, sentando en el sofá mientras veía un dorama de esos que a Sora le encantaban.

—Te juro que está insoportable. Hace cosas extrañas. Muy extrañas —recalcó ante la mirada divertida de Mimi—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—Pues que lo que sucede es que Taichi está contagiado.

Sora se tensó. Lo que menos necesitaba ahora era un marido con algún tipo de enfermedad incurable que le hiciera ser más tonto de lo normal. Aunque generalmente adoraba su tontura, en esos momentos le irritaba.

—No, mujer, no te alarmes —tranquilizó Mimi al notar su pánico—. Lo que ocurre es que algunos hombres pueden contagiársele el embarazo sin realmente estar embarazados. Tiene algún tipo de nombre médico, pero chica; no lo recuerdo.

—Quieres decir… ¿Tai? ¿Se siente embarazado?

—Sí. No todos los hombres les sucede, pero a algunos le pasa. A mi padre por ejemplo, le pasó. Cuando mi madre nos cuenta la aventura a Yamato, Koushiro y a mí nos reímos un montón.

Sora no pensaba que le hiciera mucha gracia. Estuvo toda la tarde dándole vueltas y pensando en cómo se sentía realmente Tai. El motivo de por qué quitarle los cojines o el tazón de chocolate.

Compró una gran tarta de chocolate y con una disculpa en los labios, regresó a casa.

Tai estaba frito en el sofá, con una mano colgando y el mando en el suelo.

—Si es que…

Se fue a agachar para recogerlo justo cuando una mano lo retuvo.

—¿Qué haces, Sora?

—Recoger el mando. Se te ha caído mientras dormias. ¿No quieres ir a la cama a dormir?

—¿Dormir? Nah. No sé ni cómo me he quedado dormido. Tengo muchas cosas que hacer. — Bostezó y sus ojos dieron con la tarta de chocolate—. Madre mía, cómo te vas a poner.

—La he traído para los dos —objetó sorprendida.

—¿Qué? Demasiado dulce —protestó sacando la lengua.

—¿Qué diablos? ¡Quién te entienda que te compre!

Mientras Sora regresaba al dormitorio, con la tarta y una buena cuchara sopera y le cerraba la puerta en la cara, Taichi intentaba comprender por qué el enfado de su mujer y, especialmente; ¿Qué diantres hacía con un delantal a cuadros rosas puesto? ¿Por qué sentía que había engordado de más?

—Dichosas hormonas contagiosas.


Notas de autora: Realmente el hombre puede sufrir una empatía durante el embarazo. Las cosas más clásicas son sobrepeso, calambres... pero con Taichi exageré la cosa c:

El próximo capítulo será el último :3