Me equivoqué y en el anterior dije que era el último, mas me confundí de fic. Sorry por el susto. Eso sí, este capi es algo más corto que el anterior.

Cómo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Taichi.

Cuando sientes miedo

Sora se removió en la cama, inquieta. Llevaba días sin poder dormir bien y sentía que el corazón estaba en un puño. Sentía los pies hinchados y no encontraba la postura idónea. Además, le preocupaba otra cosa. Y las pesadillas no ayudaban.

Se palpó la barriga, abultada y grande que casi parecía una montaña enorme sobre ella. A Taichi le gustaba bromear diciendo que estaba llenándola por las noches con helio, pero ella solía pellizcarle como castigo porque no le gustaban esas bromas.

Y de nuevo estaba esa incomodidad.

Se levantó a duras penas y continuó palpándose. El miedo se acentuó hasta el punto de gritar.

Taichi dio un respingo en la cama y aferrando la almohada entre sus manos se giró hasta dar con ella. Desde que se había quedado embarazada, Sora siempre dejaba la luz del baño encendida para evitar tropezarse y caerse, así que no fue difícil.

—¿Qué ocurre? —cuestionó arrodillándose tras ella—. ¿Ya está llegando?

Sora negó. Sintió el llanto centrarse en sus ojos.

—Taichi… yo no lo siento… no siento al bebé.

Taichi se removió sobre sí mismo para girarse y caer de rodillas a su lado. Con cuidado posó la oreja sobre el abultado vientre mientras que Sora se mordía el labio, esperanzada.

—No soy ningún espero, cariño. Así que mejor vamos al médico —ofreció.

Sora asintió y mientras luchaba por intentar controlar el llanto, se esforzó por vestirse sin tropezar.

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Taichi caminaba en círculos por la sala de espera mientras los minutos pasaban. Yamato, sentado en una de las sillas miraba su móvil con el ceño fruncido. Si no fuera por ese gesto, Taichi dudaría de que estuviera preocupado. Pero era su modo de mantenerse tranquilo y, a la vez, de informar a una preocupadísima Mimi que se encontraba en América por una representación culinaria.

—Vas a gastar el suelo, Taichi.

El hombre se volvió hacia Joe y su sonrisa afable. Taichi no quería ser un borde exactamente, pero en esos momentos no quería verla ni en pintura. Lo que quería eran noticias acerca de su mujer y del bebé en su vientre.

Joe le puso en la mano en el hombro, como si presintiera su afán de mandarlo literalmente a la mierda.

—Está bien. He entrado a echar un ojo después de recibir el mensaje de Yamato. Tanto ella como el bebé están fuertes.

Taichi frunció el cejo.

—¿Entonces? ¿Por qué Sora decía que no sentía al bebé? Estaba aterrada.

Joe asintió y le pidió que se sentara. Por un momento, Taichi dudó. Cuando lo hizo, Jou se arrodilló frente a él como si fuera un niño. Lejos de sentirse confundido, Taichi esperó.

—A veces las embarazadas entran en una etapa de terror. De miedo extremo que no les permite descansar. Y el estrés puede llevar a que dejen de sentir al bebé, que tengan pesadillas.

—Sora las ha estado teniendo —confirmó recordando a su mujer sacudirse y gritar—. Y siempre es lo mismo: terror a que nuestro hijo muera, nazca muerto.

Joe asintió lentamente. Le dio un apretón en la rodilla.

—Ese temor la lleva a creer que el bebé está muerto dentro de ella, pero te aseguro que su embarazo está perfecto. Igualmente, cuando tengáis miedo de algo, llamadme que iré enseguida a vuestra casa.

Taichi se frotó los alborotados cabellos.

—Gracias, Joe. Y… perdona.

—No has hecho nada malo —reaccionó el hombre subiéndose las gafas.

—Pero lo he pensado —reconoció frotándose el cuello.

—Ni se lo tengas en cuenta. Taichi mal piensa de todos —añadió Yamato metiendo cizaña.

Taichi iba a maldecir cuando se percató de que la puerta se abría. Sora salía con el cabello revuelto y el rostro colorado, disculpándose repetidas veces pese a que la enfermera negaba necesitar hacerlo. Cuando llegó a su altura la estrechó entre los brazos.

—Todo irá bien —aseguró.

Sora asintió.

—No sabía que podía llegar a sentir este miedo. Y pensar que creía que tú estabas siendo exagerado con los cuidados —protestó azorada—. Muchas gracias Jou-san.

Jou descartó con una mano la necesidad de disculpas.

—Es un sentimiento que suele pasarle a las primerizas. No te disculpes tanto. Ahora, a casa a descansar, que lo necesitas. Me pasaré más tarde para ver qué tal va todo.

La pareja asintió sonriente. Incluso Taichi le ofreció las llaves por seguridad que Joe aceptó con educada profesionalidad. Yamato se alejó arrastrando los pies cuando recibió una llamada y Taichi pudo escucharle asegurar que Sora estaba bien.

—Hay tantas personas que te quieren —murmuró sin darse cuenta.

Sora sonrió y le besó el cuello antes de que se volviera a mirarla.

—Sí, pero tú me quieres más. Nos quieres más —se corrigió.

—Por supuesto, Sora. Por supuesto.


Notas de autora: Al parecer, muchas mujeres experimentan este temor y aseguran que el bebé no llega a moverse y temen que esté muerto.