Me dieron ganas de continuar escribiendo cuando vi los 100 reviews del primer fic que publiqué. Muchas gracias por el apoyo; no esperaba llegar a tanto. Traigo este pequeño experimento para medir qué tanta recepción puede tener una historia que ciertamente no está llena de bondad, y que posee muchos tintes oscuros. Saludos a todos.
Harry Potter es de JKRowling.
La frontera entre Hermione y Tom Riddle
1. Horcrux
Había tres razones por las cuales Hermione sabía que estaba cometiendo un error. La principal: haber robado la capa de invisibilidad de Harry. ¿Qué clase de mejor amiga hacía algo así? El cargo de consciencia la estaba matando. La segunda razón: romper el toque de queda del castillo para rondar por los pasillos ennegrecidos. Claro, no quería ser descubierta, así que no había otra opción; pero igual era incorrecto. Hermione odiaba no hacer lo correcto, a pesar de que ese año en Hogwarts le estaba dando una terrible lección al respecto. Fue ella la que organizó el Ejército de Dumbledore. Fue ella la que puso una maldición secreta en los galeones falsos. Fue ella la que aceptó que no todos los adultos en cargos de poder serían amables y justos. Y por último, la tercera razón: la motivación era egoísta, infantil y para nada lo que una mejor amiga debería sentir. Celos. Peor aún, celos de Cho Chang.
La verdad, no se atrevía a criticar algo sobre la Ravenclaw. Sí, envidiaba su perfecto cabello lacio y brillante, pero Hermione no era tan superficial. No juzgaría a Cho por tener buenos genes; además, la bruja era excepcional en sus trabajos académicos, y tenía un nivel muy aceptable de habilidad mágica. Tampoco estaba celosa de que Cho consiguió producir un Patronus corpóreo antes que ella. Esa pequeña victoria no se comparaba con cinco años que Hermione superaba cada nota y hechizo de Cho. Algún día la Ravenclaw tenía que ganar en algo, ¿no?
Así que la realidad era mil veces peor: estaba celosa por la sonrisa que Harry le dedicó a Cho cuando creó al cisne blanco y luminoso.
Esa era su sonrisa. La que significaba: "eres la más inteligente", "esa es mi mejor amiga", "volviste a salvar mi vida", "algún día te compraré la biblioteca de Hogwarts". Quizá eso último no, pero Hermione tenía dieciséis años de edad y toda la libertad de soñar en grande.
La solución, entonces, fue robar la capa de invisibilidad, escabullirse hacia la Sala de los Menesteres, y practicar su Patronus hasta que por fin fuera corpóreo. Quería ver la sonrisa de Harry cuando le mostrara su hechizo.
Pasó las siguientes horas concentrada en la Sala de los Menesteres, invocando una y otra vez su Patronus. Probó con cada recuerdo feliz, hasta que la preciosa nutria plateada se deslizó por el aire a su alrededor. Hermione estaba muy orgullosa de la forma que adoptó su magia. Las nutrias eran, en su opinión, encantadoras.
Decidió regresar a la Torre de Gryffindor y dormir una hora antes del desayuno. Luego le pediría a Harry un momento a solas para mostrarle su Patronus. Ahí obtendría la sonrisa que tanto amaba.
Más tranquila y feliz, salió de la Sala secreta, sólo para ver la sombra alargada de Filch al final del pasillo. Los ventanales de esa ala del colegio permitían que el sol, reflejado en los picos de las montañas nevadas, iluminara hasta el último de los cuadros colgados y, definitivo, a Hermione.
Aterrada, pensó que una detención sería el menor de sus problemas. Cometió la estupidez de no ponerse la capa al salir de la Sala. ¡Filch podría confiscar la capa de Harry!
—¡Hey! ¡Alto ahí!
El celador tardó un segundo en verla.
Hermione tuvo el impulso de correr, pero su prioridad fue proteger la capa. Pensó tres veces en un sitio perfecto para esconder algo valioso. La puerta de la Sala de los Menesteres volvió a aparecer.
Entonces imaginó el castigo que le daría Umbridge. La horrible bruja rosa llevaba meses intentando tenerla a su merced, pero Hermione no le había dado la mínima oportunidad. No quiso que eso cambiara, así que se metió a la Sala y cerró de golpe la puerta, suplicando que desapareciera del lado del pasillo donde Filch corría hacia ella.
Una vez adentro, Hermione respiró aliviada. Estaba a salvo. Tendría que esconderse durante horas, por lo menos, para despistar a Filch, pero valió la pena. La ventaja era que ese día no habían clases. Ningún profesor tendría necesidad de buscarla. Quizá Harry y Ron se preguntarán dónde está… ¿sentirían preocupación por ella?
Decidió distraerse en la Sala, en vez de pensar tonterías. Caminó entre las pilas de objetos increíbles y comunes. Su deseo se había hecho realidad: era el lugar ideal para esconder algo.
Estuvo la mitad de la mañana revisando los objetos que llamaron su atención. La mayoría eran mágicos, de siglos pasados. Chatarra preciosa. Hermione pensó en llevarse alguna cosita con ella, como recuerdo de aquel día que terminó sola, varada en algún espacio mágico único en su tipo, en el Colegio de Magia y Hechicería que le cambió la vida.
A pesar de llevar cinco años en el mundo mágico, seguía incrédula de ser una bruja. Ella, Hermione Jane Granger, la niña más simple y aburrida de Crawley, mágica.
Sonrió feliz. Ni siquiera Umbridge o Voldemort podrían quitarle eso.
Detuvo su paseo, de golpe, al sentir una repentina desesperación por caminar hacia el fondo de la Sala. Hasta ese momento, prefirió seguir cerca de la puerta, para no perderse. El lugar era gigantesco. Pero ese apremio confundió su mente y la obligó a caminar durante minutos.
Hermione cayó de rodillas, aterrada, cuando por fin consiguió romper el hechizo de compulsión. Algo oscuro y poderoso habitaba la Sala de los Menesteres. Respiró hasta que su corazón regresó a un ritmo más tranquilo. Entonces, una nueva energía la atacó. Era, de una manera retorcida y peligrosa, deliciosa.
Sin poder retomar control de su cuerpo, corrió aún más profundo en la Sala. Con cada paso, las pilas de objetos aleatorios incrementaban en volumen y altura. La luz natural, idéntica a la que bañaba el pasillo fuera de la Sala y que entraba por los falsos ventanales, disminuyó hasta que las sombras hicieron temblar a Hermione.
¿En qué monstruosa trampa mágica había caído? Pensó que nadie encontraría su cuerpo.
Se detuvo frente a un maniquí retorcido, sin rostro, cuyos brazos eran demasiado delgados y largos. Era la pesadilla perfecta de cualquier niño. Del resto de su cuerpo, colgaban abrigos viejos que parecían esconder en su interior algo aún más horrible que el maniquí.
Pero Hermione sólo vio una cosa de aquella siniestra escena: la tiara de zafiros y diamantes que parecía a punto de caer de la cabeza del maniquí. Era lo más espléndido que jamás había tenido enfrente. Parecía tener luz propia en esa innatural oscuridad.
Hermione no era fanática de las joyas. Le parecían ostentosas en el mejor de los casos, y vulgares ante un mundo en decadencia, en el peor de los casos. Pero la tiara de zafiros era demasiado espectacular para ser ignorada.
La joven bruja no tenía manera de saber que la mayor prueba de su vida era aquel momento. El Horcrux creado por Tom Riddle, décadas atrás, seguía en constante lucha con la magia perteneciente a la tiara de Rowena Ravenclaw. Un choque de poder y personalidades que pudo haber sido eterno, hasta que sintieron un huésped ideal para decidir la batalla.
Hermione atrapó la atención de la tiara por su inteligencia superior; mientras, despertó la ambición del Horcrux por su potencial mágico. No podía haber bruja más perfecta para ellos.
El hechizo de compulsión volvió a tomar control de Hermione, pero era innecesario. Ella misma deseaba tocar la tiara.
Sus dedos recorrieron el arco de platino incrustado de piedras preciosas. Sintió la magia negra y el milenario poder en cada zafiro y diamante.
Dio un paso atrás, recordando que ella no era una bruja ambiciosa ni superficial. Ese objeto de absurda opulencia estaba muy lejos de sus gustos. Hermione jamás se atrevería a usar algo así.
Aquella resistencia fue su condena, porque si la tiara y el Horcrux tenían algo en común, era reconocer un corazón puro con el cual conseguir absolutamente todo.
Sin entrenamiento para resistir el nuevo ataque mental, Hermione apenas pudo luchar por su vida unos instantes. Luego, acarició con adoración la tiara y la puso sobre su cabeza.
