Primero que nada, aunque ella no es de este fandom, quiero darle las gracias a mi querida Aidee por la ayuda con la experiencia de ser mamá, cosa de la que carezco. Ahora, sin más, a disfrutar de más Taiora.


Aviso: Ooc hormonal.


Cómo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Taichi.

Cuando ella es egoísta e infantil.

.


Que Taichi amaba a Sora nadie lo pondría en duda, menos ahora, que se le iban siempre los ojos detrás de su mujer y siempre andaba como un gato activo cuando se movía, cosa que a veces sacaba un poco de sus cosillas a la mujer. ¡Por dios, sólo estaba embarazada, no era una bomba en explosión! Aunque a veces se sentía de ese modo, claro.

El tema era que el embarazo estaba sacando cosas de Sora que jamás esperó hacer. Justo al contrario, eran cosas que cualquier habría esperado que Taichi las hiciera en algún momento. Por eso, cuando se le pasó la etapa se preguntó si debía de avergonzarse o tomarlo como una anécdota divertida. Su marido pensó que era mejor tenerlo como anécdota chantajista.

Era una de esas veces en que Sora tenía antojo de cualquier cosa que viera y aquel día se le antojó unos pasteles cuya tienda favorita vendía tan sólo una vez en la época de verano. La dependienta era la madre de Miyako, así que siempre solía guardarle una caja en especial para ella. Sin embargo, esa vez la madre de Miyako estaba enferma y la suplió su padre, quien ni siquiera se molestaba en recordar a los amigos de su hija.

Aquellos dulces solían ser muy famoso entre los niños, pero a Sora le pirriaban. Y esa vez, más.

Había arrastrado a Taichi hasta la tienda sólo para buscar su dosis de azúcar en forma de antojo y cogió la última caja de la estantería. A la par, Taichi había recordado algunos otros enseres necesarios de la casa y pensaron aprovechar el momento.

Sora dejó caer la cajita dentro de la cesta y ambos se centraron en mirar el género frente a ellos, olvidándose por completo de lo que llevaban en la cesta. Hasta que Sora escuchó la vocecilla hablar.

—¡Los encontré! Son los últimos que quedan. ¡Vamos a comprarlos!

Sora, instintivamente, miró hacia él. Llevaba una caja idéntica a la que ella había metido en su cesta y estaba segura de que en la vitrina no quedaban más. Miró hacia la cesta que estaba vacía y sin pensarlo dos veces, se acercó al niño para arrebatársela.

—¿No te ha enseñado tu madre que no se ha de coger cosas de la cesta de los demás?

El niño al principio la miró con la boca muy abierta. Probablemente, muy consciente de su enorme barriga que sobresalía de su cuerpo.

—No puedes ir cogiendo las cosas de los demás.

—Es que son las últimas que quedan —reprocha el niño—. Y muero por comerlas. ¡Tú estás gorda de tanto comerlas!

En un instante, Sora se imaginó como los dibujos animados en los que un personaje se quedaba de piedra. Enrojeció y se escondió la caja en la espalda.

—Pues es mío —gruñó—. Y antes que dárselo a un niño descarado como tú, se lo doy a mi hijo.

Se palpó la barriga y sonrió.

—¡Egoísta, bruja! —exclamó el niño.

En un instante, el niño avanzó hacia ella con las manitas cerradas en puño.

—¡Te desinflare!

Sora soltó una carcajada.

—¡Ja, necesitas años para lograrlo!

Lo sujetó con una mano para evitar que llegara a su cuerpo por la cabeza.

—Te faltan años, mocoso.

—¡Gorda!

—¡Enano!

—¡Fea!

—¿Te has mirado a un espejo?

—¡Pelo extraño!

Alguien aferró al niño del cuello de la camisa, echándolo hacia atrás.

—Vale, suficiente.

Sora miró a Taichi.

—¡Ha empezado él/ ella! —exclamaron ambos a la vez.

Taichi le dedicó una mirada incrédula.

—¿En serio, Sora?

Sora bufó enfadada y le dio la espalda, llevándose consigo la cajita de dulces.

Taichi se disculpó con el niño y le explicó que estaba embarazada y las mujeres embarazadas daban muchísimo miedo, cosa que el niño confirmó.

Cuando llevaban la mitad del camino de regreso a la casa y ella se había zampado la mitad de la caja, Taichi no aguantó más y se echó a reír. A carcajada limpia.

Sora sabía por qué, así que sus mejillas se encendieron por respuesta.

—¡No te rías!

—Es que… —farfulló él intentando recobrar el aliento. Llevaba todas las bolsas en una misma mano, mientras que con la otra presionaba puntos en su espalda que sabía que la aliviaban—. Siempre he pensado que sería yo el que se pelearía con unos niños por algo y al final has terminado siendo tú. ¿Tan buenos están esos pastelitos?

Sora le ofreció uno para que lo probara. Taichi miró el dulce con el ceño fruncido y luego a ella. Optó por la opción más deliciosa.

Sora se lamió los labios al separarse, mirándole sonrojada y a su alrededor.

—Diablos, Tai —protestó—. Sabes cómo estoy con las hormonas, eso no se hace.

—Tampoco pelearse con un niño como lo has hecho —picó invitándola a continuar caminando—. Oye, saben bien.

Sora resguardó sus pastelitos. Le habían costado un gesto infantil y egoísta, pero al cuerno que lo valían. Y su hijo los quería.

Taichi había sacudido la cabeza y aunque luego estuvo un rato picándola con el tema de robarle un pastel, no lo consiguió.

A la larga, Sora se había sentido mal por aquel niño y avergonzada por su comportamiento infantil y egoísmo.

—No le des vueltas —recomendó Taichi besándole la barriga antes de dormir—. Eres un amor, Sora, las hormonas son las que te trastocan. Egoísta o infantil, te quiero igual.

Sora le sonrió hasta que una idea le cruzó la cabeza.

—Ya veremos cuando nazca y os peleéis ambos por quién domina en el scalextric.

Taichi frunció el ceño.

—Ey, eso son cosas de chicos. El rey es el que lleva el mando y… ¿Sora? … ¿Oye…? Se durmió. Esta glotona.

Continuará...