¡Llegamos al penúltimo! ¡El próximo será el último capítulo! Esta vez si de sí!


Cómo sobrevivir a un embarazo si tu marido es Taichi

Cuando es el antes D.


Sora le observaba ir de un lado a otro mientras se acariciaba la pronunciada barriga. Taichi era un manojo de nervios andante. Iba del dormitorio al cuarto del bebé. Del cuarto del bebé a la cocina. De la cocina a su dormitorio y luego al baño o al salón. Empezaba a marearse.

—¿Puedes estarte tranquilo? Sólo han sido unas contracciones de aviso. Pero no quiere decir que vaya a ser ya, ahora mismo.

Taichi se detuvo para clara la mirada en ella.

—¿Cómo puedes estar tú tranquila? ¡El bebé podría llegar en cualquier momento? ¿Y si es en tres horas? ¿Mañana? ¿De madrugada? ¡Tengo que dejar todo listo! Sora, que ambos sabemos que soy un desastre del tipo de largarme con las cosas y encima dejarte atrás.

—Si, eres capaz.

Taichi inclinó los hombros, derrotados.

—Estoy muy nervioso —corroboró. Rodeó el sofá hasta sentarse junto a ella—. Anoche tuve miedo de que fuera algo grave. Gritabas como si te estuvieran arrancando las entrañas.

Sora arrugó el entrecejo.

—Cuando tengas dolores de parto tendrás derecho a suponer que me están arrancando las entrañas, como si fuera una condenada exagerada.

Taichi dio un respingo.

—No, es decir, sí, pero no me refería a eso. Yo hablo del miedo a que algo salga mal por mi culpa. Y que, además, he de escucharte gritar, sufrir dolor y no poder ayudarte en nada.

Sora suspiró más calmada.

—Desgraciadamente, en estos caso a menos que seas médico o esté ya muy adelantado el parto, poco puedes hacer. Más bien, creo que sí.

Taichi la miró ansioso por una respuesta. Sora sonrió pícara.

—Sufrir sin responder mientras te pongo más verde que una palmera.

Taichi suspiró agotado.

—Me imaginaba que algo así vendría —confesó—. Ayer todo era culpa mía sin hacer nada. Pareciera que respirar era horrible.

Sora le acarició la mejilla.

—Lo siento, cielo, pero tienes que reconocer que esto no se hizo solo y he cargado con él nueve mese, engordando, con hambre y sin hambre, aumentando mi nivel de amistad con la taza del váter y hasta peleándome con niños. Así que eres tan culpable de su existencia como yo. Si no pasas por todo eso, al menos pagarás por haberlo hecho.

Taichi enarcó una ceja, divertido.

—No te quejaste mucho cuando estábamos en ello —bromeó.

Sora le dio un codazo como respuesta, con las mejillas sonrojadas. Taichi le rodeó los hombros con un brazo, besándola.

—Lo siento, el milagro de la vida se nos escapa a los hombres. Soportaré hasta que me rompas la mano. Es lo que un hombre debe de hacer.

Sonrió orgulloso.

—A cambio, has de prometer algo.

—¿Qué? —cuestionó ella esperándose cualquier tontería. Taichi era capaz hasta de hacerle prometer que le daría a él las natillas y no al bebé.

Su rostro se puso muy serio antes de hablar.

—Que sobrevivirás y que no me harás tener que escoger entre tú y él.

—Ya sabes la respuesta a eso —dijo mirándole con toda la ternura que poseía—. Tai, no puedo prometer que nada llegue a pasar, pero ya sabes qué tienes que hacer en caso de tener que escoger. Lo prometiste.

Él movió la cabeza lentamente y desvió la mirada hacia el televisor apagado.

—¿Realmente crees que pudiera llegar a ser un buen padre soltero? ¿Sabes el caos que provocaríamos los dos? No, Sora, no quieres ni verlo desde el cielo. Te necesito. Es cosa de dos, tú lo has dicho —recalcó—. Una noche te levantarás tú a darle el pecho, la otra le doy yo el biberón si hace falta. Le cambiaré los pañales, le ayudaré a caminar y dejaré que salte sobre mí por las mañanas. Pero eso hemos de verlo los dos.

Sora fue sonriendo cada vez más, más enamorada, más emocionada por el futuro. Por las risas, las lágrimas y los momentos inolvidables que seguramente más tarde rememorarían juntos.

—He decidido que a partir de hoy dormiré vestido. Por si la emergencia aparece, no estaré desprovisto de prevención.

Sora no supo si reír o no. Suspiró, enredado sus dedos en su rebelde cabello.

—¡Ay, Tai! Si no te quisiera tanto…

No sabría qué hacer sin él. El embarazo a veces le daba miedo. La idea de quedarse sola y seguir adelante sin él.

Se aferró a su mano y se la llevó a los labios. Él la observó, con esa hermosa mirada chocolate tan suya.

—Ey, frena. Que ya te hice uno. ¿Quién dice que no pudiera hacer otro?

—¡Diablos, Tai! ¡Siempre rompiendo el romanticismo!

Pero así lo quería. Con sus locuras, con sus torpezas, con su comportamiento excesivo.

Estaba segura de que iba a ser un padre fantástico.


¡Nos leemos en el último!