6. Muerte

Pasó un mes para que Draco Malfoy aceptara que dormir en paz era un lujo que había desaparecido para él. Los espíritus seguían visitando sus sueños, hablando de sus estúpidos problemas y aspiraciones que, trágicamente, no podrían cumplir ya muertos.

Draco no les respondía. Su falta de sensibilidad ante la desgracia ajena no había cambiado, ni siquiera porque ahora las vibraciones de la tierra (y cada ser viviente sobre ella) formaban parte de él.

Intentó absolutamente todo: pócimas, encantamientos, velas mágicas, inciensos de Babilonia… se atrevió, incluso, a pedir a Theodore que le echara un Desmaius. No funcionó.

Tendría que aprender a vivir con su nueva condición.

—¿Por qué no lo usas a tu favor?

Curiosamente, el hecho de ser acosado por fantasmas cada noche no era lo peor de su nueva vida.

—¿Qué maldito uso podría tener hablar con muertos?

Ella hizo aquel desesperante gesto, el que dejaba en claro que sabía más que el resto. La única diferencia era que ahora usaba esa preciosa tiara de diamantes sobre la cabeza, pero Granger siempre tuvo esa superioridad.

—¿Me vas a decir que no se te ocurre alguno? —preguntó. Los ojos mieles brillaron por la diversión y el reto.

Su cuerpo se endureció. El fuego en la chimenea respondió exactamente a la misma vibración que el suelo bajo sus pies inició.

Draco tuvo el impulso de inclinarse sobre el diván donde Granger permanecía relajada (como una princesa del medio oriente, cubierta en esa capa negra azulada que cada semana parecía más viva), y poner sus labios sobre la piel llena de poder y calor.

Por supuesto, no lo hizo. Porque la bruja era una asquerosa sangre sucia.

Eso era lo peor de su nueva vida: desear a Granger.

Sabía que era por la afinidad entre sus elementos: tierra y fuego; pero tampoco podía ignorar el hecho de que su propia magia eligió esa conexión. Lo cual era, por sí mismo, otro gran descubrimiento aterrador.

¿Por qué su magia escogería adorar a una sangre sucia?

—Hace varios siglos, el nacimiento de una bruja en el seno de una familia sin magia significaba buen augurio —comentó Granger, cruzando una pierna por encima de la capa oscura—. Algunas videntes llegaron a declarar que los dioses las elegían para traer nuevos conocimientos al mundo de los hombres. Me pregunto cuál fue el dios que me eligió.

Draco mantuvo su rostro frío, como tantas veces le pidió su padre que hiciera. Desde que destruyó el Horcrux, por fin empezó a ser más cuidadoso al compartir sus emociones. La Piedra se lo aconsejó encarecidamente, si quería sobrevivir su nueva conexión con Hermione Granger… la misma que acababa de declarar ser una emisaria divina.

Porque el mundo ya no tenía sentido.

—¿Cuántos dioses hay? —murmuró sólo para no extender el silencio entre ambos. Ya había aprendido que una Granger callada era más peligrosa, en especial si decidía mostrarle qué tan tersa era la piel de su otra pierna.

—Demasiados —dijo, arrastrando con suavidad las "s".

Draco se preguntó si ella se daba cuenta de ese detalle en su entonación. Por un segundo, miró directo a la tiara. Luego puso su atención de nuevo en la bruja.

—¿Alguno que te atraiga en particular?

Ella extendió los labios en una sonrisa demoledora. ¿Ese era el maldito tema que deseaba tratar con él? Odiaba sus juegos y manipulaciones.

También los encontraba enfermamente divertidos.

—Sólo para confirmar algunas teorías. Podría ser útil.

Casi respondió "Lo que desees, Milady", porque era la clase de réplica que merecía una hechicera con ese nivel de poder, atractivo y… sonrisa preciosa. Sin mencionar el aire de nobleza que ahora exudaba sin esfuerzo. Pero apretó los dientes, porque ella era Hermione Granger, la sangre sucia que más odiaba y que además se atrevió a secuestrarlo, casi matarlo en un ritual maldito, llenarlo de conocimientos sobre artes negras y meter en su alma un trozo de la Piedra de la Resurrección.

No satisfecha con eso, lo puso entre ella y Potter.

Lo estaba usando.

Draco Malfoy odiaba ser utilizado.

Pero tendría que esperar. La Piedra le advirtió que sería un suicidio intentar algo en contra de Granger: si por algún milagro podía vencer a Potter para llegar a ella, no habría poder que venciera los conocimientos de Ravenclaw.

Ella debe tener protecciones y trampas escondidas en cada parte de su cuerpo Le dijo la Piedra, vibrando en su pecho, Jamás le ganarás.

La personalidad de la Piedra de la Resurrección era pragmática, directa y letárgica. Un objeto legendario cuyo propósito real no era revivir muertos, sino llamar espíritus. Quizá por eso su actitud era tan plana: no poseía un interés real en el mundo de los vivos. Sin embargo, Draco tenía cierta seguridad de que la Piedra lo estaba protegiendo.

No le gustó ser quebrado por la magia de la bruja oscura frente a ambos.

El movimiento de la capa negra azulada de Granger le avisó que el silencio se había extendido más de la cuenta. La tela incorpórea, mágica, parecida a una combustión eterna, se deslizó por el sillón mientras la otra pierna de Granger relucía bajo el fuego de la chimenea.

—Hace calor —susurró la bruja.

Draco observó el pantalón corto de algodón y la blusa de tirantes. Ambos de color rosa.

—¿Qué traes puesto?

—Mi pijama.

—Así duermes.

Su voz pareció más aguda de lo normal.

—No. Dejé de usar pijama cuando incendié la tercera en una misma semana. Todavía no controlo mi… fuego. Menos en las noches. Duermo desnuda.

Los ojos mieles brillaron.

Draco se aclaró la garganta. Malditas insinuaciones.

—Potter te adora, Granger. No necesitas recurrir a esto para mantenerlo a tu lado.

—Él es viento. Nada ni nadie lo puede atar, ni siquiera el amor. Por eso tengo que usar su ambición.

—Su posesividad —corrigió, mirando de nuevo los tobillos femeninos. ¿Por qué eran tan hermosos?

—Sus celos —agregó, sonriente—. Es divertido.

—No para mí.

—¿Por qué debería tenerte consideraciones? Si hubiera dependido de ti, yo ya estaría muerta. Una sangre sucia menos en el mundo.

Draco cerró los ojos grises, recordando con anhelo aquella época de su vida donde su máximo sueño era ver humillado a Potter y a la sangre sucia expulsada de Hogwarts. Ni siquiera pensó en algo tan permanente como la muerte. Era patético.

La Piedra vibró unos segundos en su pecho En ti siempre estuvo la posibilidad de grandeza… por eso pudiste aceptarme.

¿De verdad habría alcanzado, por su cuenta, su nueva seguridad y su increíble confianza en el poder que ahora tenía gracias a la tierra?

No. Sin Granger jamás lo habría logrado.

Así que, fuera de espíritus nocturnos y rituales malévolos, de hecho estaba en deuda con ella. Y si ignoraba por un momento el odio que le tenía, incluso podía admitir que tierra y fuego compartían una atracción brutal.

—Creo que es suficiente —dijo la bruja, levantándose del diván. Tomó la copa de Hufflepuff de la mesa entre ambos—. Hiciste un buen trabajo, Draco. Ya que sin ti habríamos tardado mucho más en recuperar este Horcrux, permitiré que sugieras al siguiente… candidato.

Víctima pensó Draco.

—Gracias.

—¿Cómo está Bella, por cierto?

Hizo un gesto de asco al recordar a su tía. Tuvo que visitarla en Azkaban para convencerla de obtener acceso a la bóveda de los Lestrange en Gringotts. Fue sencillo ganar su confianza cuando le dijo algunos secretos del Señor Tenebroso, bajo el pretexto de ser su nuevo Mortífago favorito.

Todavía no se acostumbraba a tener el conocimiento y las memorias de Tom Riddle. Eso no significaba que fueran desagradables. Algo en Draco había mutado la noche que Granger y Lovegood lo enterraron vivo en el Bosque Prohibido para el ritual. Desde entonces, las artes negras le parecían exuberantes. Quería conquistar cada maleficio y crear unos cuantos más. Sonrió al rememorar aquel instante bajo la tierra, cuando Horcrux y Reliquia de la Muerte lucharon en su corazón para tragar su alma… Granger lo mató y revivió esa noche: la única forma en que la Piedra de la Resurrección pudiera ser enterrada en él.

—Quiero destruir su espíritu.

Granger se envolvió en su capa negra azulada, escondiendo sus tentadoras piernas —¿Por qué?

Draco la escoltó hacia la puerta de la Sala de los Menesteres —Hizo sufrir a mi madre.

—Bien. Sólo debes traer su brazo Marcado ante mí… el resto de su cuerpo y su alma no me importan.

Asintió.

Granger desapareció en el pasillo oscurecido del séptimo piso. Draco se mantuvo un rato más ahí, hasta que el perfume de la bruja se volvió indetectable.

. . .

Hermione entró a la Sala Común de Gryffindor. Contuvo un bufido ante la negrura poco frecuente del lugar. Los elfos nunca dejaban que la chimenea se apagara, pero tampoco se atrevían a desafiar el mal humor de Harry Potter.

Caminó directo hacia su novio, ignorando el dramatismo. Con una mirada, la chimenea recobró vida. La luz dorada resaltó los ojos verdes de Harry, sentado frente a ella.

—¿Por qué fuiste a verlo?

Se sentó en las piernas del mago, abriendo su capa negra al mismo tiempo que él metía las manos para rodear su cintura.

—Necesitaba recibir la copa de Hufflepuff. Era peligroso que él la siguiera escondiendo en su baúl en Slytherin.

—¿Por qué tenía que dártela a medianoche, sin mí presente?

Hermione lo besó. Harry reaccionó como si su cuerpo necesitara algo que sólo existía en ella. Ambos gimieron. Él la apretó contra su pecho y sus piernas. La bruja sintió las manos frías de su novio subir por su espalda hasta su nuca; la punta de los dedos se perdió en su largo cabello revuelto.

—¿Por qué me haces esto? —susurró Harry, entre besos.

No era necesaria una respuesta. Era suficiente la certeza que Hermione sentía al tenerlo desesperado por tocarla, por amarla, por jamás dejarla ir. Había conseguido atrapar al viento.

Eso no implicaba que él estuviera feliz. O por completo feliz.

—¿Por qué fuiste en pijama a verlo?

Hermione colocó una pierna de cada lado de la cadera masculina. Harry deslizó las manos hacia su trasero, apretando la carne caliente. Volvió a besarla, frustrado por sus asquerosos coqueteos con Draco Malfoy. Ella soltó un suspiro. Eso lo hizo enojar más.

La amaba. ¡Era suya!

—¿Él vio tus piernas?

—Sí.

El fuego de la chimenea se agitó por el viento.

—¿Te tocó?

Silencio.

Hermione, ¿te tocó?

Silencio.

—¡Mierda! ¡Me vas a volver loco!

La probabilidad de que su grito se haya escuchado en la torre de Gryffindor era muy alta. Sin embargo, a esas alturas, a ninguno le importaba.

—No me tocó.

Harry la miró furioso —Deja de jugar conmigo. Él es tu juguete. Yo soy…

—¿Qué eres? ¿Mi novio de colegio? —Hermione soltó una carcajada.

—Soy tuyo. Tú eres mía.

—Y Draco no es un juguete. Acepta que fue una ganancia usar el Horcrux en él. Consiguió la copa…

—Hablando con Bellatrix —gruñó Harry, sin dejar de acariciarla por debajo de la capa negra azulada—. Dumbledore se preguntará por qué Draco Malfoy fue a visitar a su tía. Lucius Malfoy le informará a Voldemort. Y cuando Lestrange salga de Azkaban, como sabemos que ocurrirá muy pronto, hablará de inmediato sobre la copa. Esto traerá más problemas que soluciones.

Hermione echó la cabeza hacia atrás, dejando que su mejor amigo la besara en el cuello.

—Igual ya estoy harta de hacerla de buena alumna, de niñita perfecta. Quiero salir de este castillo. Me siento encerrada. El fuego no vive mucho tiempo si está atrapado. Necesito oxígeno.

Harry bajó un tirante, lamiendo la piel recién expuesta —Hagamos el último ritual. Después nos iremos.

—¿El ED está listo?

—Así lo pediste, Milady.

La bruja soltó un gemido de satisfacción. Esstamos a punto de ganar susurró Tom Riddle en su mente.

. . .

Lady Rowena Ravenclaw no era la bruja exótica y bellísima que habían retratado a lo largo de los siglos. Draco no pudo evitar compararla con Granger: en extremo común, sencilla, pero con una mirada inteligente que hierve la sangre y provoca ganas de rendir pleitesía.

—¿Por qué me has invocado, mago?

Incluso el tono de voz era parecido entre ambas.

—Necesito consultar algo contigo.

El espíritu de Rowena era muy diferente a los fantasmas de Hogwarts, incluyendo a su hija. Parecía estar en carne y hueso frente a él, con la ropa que seguramente utilizó mientras vivía… y una copia de la tiara que ahora Granger jamás se quitaba.

Sin embargo, por encima de Rowena había un tejido casi transparente, semejante a una telaraña, que nacía de su piel. También podía hablar sin mover la boca.

Era grotesco y precioso al mismo tiempo.

—Haces bien en invocar mi sabiduría. Habla. Yo te escucharé.

Draco pensó unos momentos cómo dirigir la conversación. Calculó que no le quedaban tantas horas de sueño para hablar con ella. Tardó mucho en comprender cómo forzar la Piedra a invocar a alguien en específico, en vez de cualquier espíritu vagabundo.

Tendría que ser directo.

—Después de tu muerte, tu diadema se perdió durante siglos. Hace pocos meses, una bruja la encontró. Su nombre es Hermione Granger. Ahora está bajo su poder.

Rowena se sentó en la nada, como si hubiera un trono invisible ahí mismo. Su eterno cabello negro flotó a su alrededor. El gesto de su rostro fue de condescendencia.

—Ella no encontró mi diadema, sino lo opuesto. Los diamantes y zafiros que componen la corona fueron regalo de varias diosas de la sabiduría. Hermione fue elegida.

Draco intentó no soltar una grosería. ¿En serio Granger, la sangre sucia más insufrible, era una elegida de los dioses? ¿Para qué?

—Hay un problema. Tu diadema fue poseída por el Horcrux de un mago oscuro. Pasó varios años conviviendo con esa magia negra antes de elegir a Granger.

Eso causó indignación en el espíritu.

—¿Qué clase de mago se atrevería a maldecir un regalo divino?

—Uno poderoso y cruel.

Rowena cruzó una pierna. Su vestido brillante, de sedas azules, mostró su pantorrilla y el botín de piel con plumas negras.

Draco reconoció ese mismo movimiento. Tal vez Granger había adoptado más que sabiduría de Rowena.

—Un Horcrux es parte de las diez artes de la magia oscura más terrible de todas. La magnitud de su malevolencia es capaz de herir sin retorno a los diamantes y zafiros. No es seguro que Hermione siga usando la diadema. Debes quitársela.

Como si fuera posible…

—Granger me matará si lo intento.

—Debes hacerla comprender: la diadema otorga sabiduría y explota a la máxima capacidad la inteligencia de la bruja que la use. Nada de eso implica que sea invulnerable. A lo largo de mi vida, aprendí que el exceso de conocimientos a veces distrae de lo más esencial de la vida. Hermione debe estar planeando algo; cada parte de ella debe estar consumida en conseguir su objetivo. Eso ayudará al Horcrux a incrementar su influencia en la diadema.

Draco odió aún más a la Gryffindor.

—Está ayudando al Señor Tenebroso —concluyó.

Rowena recargó su mentón en una mano, aparentemente aburrida.

—Detecto mucha astucia en ti, mago, pero no sabes deducir.

—Explícame, por favor. Granger está fuera de control. Tiene bajo su hechizo a otro mago más poderoso que ella. Puede hacer lo que quiera.

—Y lo hará. Como yo lo hice cuando usé la diadema. Fue bajo mis manipulaciones que el valiente Godric y el ambicioso Salazar invadieran el castillo de Hogwarts. Fue mi plan que la dulce Helga atrajera a niños para convertirlo en un colegio. Fue mi deseo que el conocimiento se volviera público; que la esfera de poder compuesta por un puñado de magos prepotentes se quebrara. Yo salvé al mundo mágico. Supongo que Hermione hará algo parecido.

—¿A pesar del Horcrux?

—No lo dudo. Pero la energía malevolente del Horcrux torcerá el camino de Hermione a uno más sangriento e imperdonable. Poco a poco, su alma se corromperá. ¿Has notado algo diferente en ella?

—No la conocía de verdad. Es difícil que yo pueda detectar un cambio.

Rowena soltó un largo suspiro.

—Eres muy lento. Usa tu astucia, mago. Investiga, pregunta, observa. ¿Pretendes que te regale las respuestas? El conocimiento se gana.

Draco apretó los puños. Estaba acostumbrado a que le dieran todo lo que deseaba, con sólo pedirlo. Ahora esta bruja milenaria le ponía un reto.

—Hay algo que me he preguntado sobre los Horcrux, desde que fui elegido por la tierra.

Rowena hizo un gesto con la mano, invitándolo a hablar; pero la firmeza en su rostro advertía que no aceptaría otro comentario poco brillante.

—Granger ha destruido los Horcrux del Señor Oscuro. A cambio, usó su poder para ayudar a sus amigos, y a mí, a encontrar nuestra conexión con la magia de la naturaleza. Sin embargo, ella obtuvo el fuego sin deshacerse de su propio Horcrux.

—Por fin. El fértil comienzo de un pensamiento que promete una conclusión admirable. Quizá no eres tan común, mago.

Draco la miró ofendido. ¡Él era un Malfoy! Era todo menos común.

—¿Por qué Granger no necesitó usar el poder del Horcrux para conectar con el fuego?

—Sabes la respuesta.

—¡No! ¿Por qué preguntaría algo que ya sé?

Los ojos negros de la bruja se llenaron de lástima —¿Sabes cuál es el verdadero enemigo de la sabiduría?

—¿La ignorancia?

—No. La soberbia. Mientras sigas creyendo que tus apreciaciones del mundo son las únicas verdades, jamás podrás aprender, crecer o mejorar. Tu ego frenará cualquier oportunidad que se te presente para ser más sabio que el día anterior.

Draco cerró los ojos, conteniendo las lágrimas. Se sentía humillado. La voz de Ravenclaw era una sentencia para su estilo de vida.

—Una última pregunta —susurró, decidiendo que no estaba preparado para continuar con ese tema.

—Espero que sea una pregunta inteligente.

—¿Cómo detengo a Granger de seguir jugando conmigo, sin poner mi vida en riesgo?

Lady Ravenclaw alzó ambas cejas, mostrando completa sorpresa. Luego empezó a reír.

—Te ayudaré sólo porque puedo detectar verdadera ignorancia en ti. Por primera vez no es tu soberbia lo que te detiene a encontrar la respuesta, sino la absoluta incredulidad de que el camino que debes elegir es una posibilidad.

A Draco no le gustó como sonó eso. Se preparó para el golpe. ¿Tendría que matar a Potter? ¿Recurrir al Señor Oscuro? ¿Suplicarle a Dumbledore? Cada opción era más terrible y humillante que la anterior.

Rowena comenzó a desaparecer, dejando un hueco negro en aquel universo de estrellas y dimensiones al que Draco ingresaba cada vez que dormía. Su voz se alargó, llena de diversión: Debes seducirla.