Los personajes que acá aparecen no son de mi propiedad. No hay ánimo de lucro al escribir este fic. Gracias por leer.
Capítulo Uno
Alguien le dijo una vez que nunca confiase en el amor romántico. Que lo que se veía en los televisores, se leía en los cuentos o proyectaba en los cines no era más que ficción.
Que el amor era un camino extraño, influenciado por personas y situaciones externas y que cambiaba de rumbo constantemente.
—Ni tan siquiera es como una flecha rasgando la carne y clavándose en el corazón— le comentó Ptolomy, al tiempo que la flecha de su armadura revoloteaba a su alrededor, quedándose suspendida en el aire a escasos centímetros de su pecho.
Shaina agarró el arma y, arrojándola al suelo, se fue sin poder evitar llorar una vez más.
Ni su sacrificio había logrado encender la llama del amor en aquel muchacho, el que viese su rostro por primera vez y al que decidió amar para siempre.
Entender que Seiya jamás la vería como algo más que una amiga le llevó a caer en una pesadilla vívida, de la que nunca podría despertar.
—Solo es la primera decepción amorosa— murmuró Marin, al verla llorar de nuevo—. El tiempo te hará cambiar de idea, no te aferres a algo que no es más que una ilusión, o te perderás grandes historias en tu vida. Ten paciencia, amiga.
De todo aquello habían pasado más de seis meses. Con los dieciocho recién estrenados, la joven había aprendido de aquella experiencia y había avanzado. O al menos, eso creía. Quería creer que había olvidado a Seiya definitivamente.
No se sentía esclava de sus sentimientos no correspondidos, sino que prefería seguir su vida, ya que empezaba a vivirla como debía hacerlo una mujer de su edad.
Liberada, sin ataduras de ningún tipo, tan solo centrada en su trabajo dentro del Santuario.
Pero lo que no creía era que esta vez, otro hombre la vigilaba de cerca, sin que ella se diese cuenta.
Una leve caída de ojos y una sonrisa apenas perceptible, pero que confiaba en su poder de seducción.
Al llegar la noche y con su jornada laboral terminada, Shaina estiró sus brazos al mismo tiempo que bostezaba, pensando en lo que iba a cenar.
Cansada, se retiró la máscara de plata que cubría su rostro y frotó sus ojos, pero al terminar de hacerlo, divisó una sombra acercándose, por lo que recuperó el objeto y volvió a colocárselo.
—Buenas noches— saludó el recién llegado—, no te apures en colocarte la máscara, no es la primera vez que contemplo tu rostro.
Shaina suspiró, pero encajó el metal de nuevo.
—Es un alivio que Atenea haya declarado esa ley como algo voluntario— murmuró—, pero prefiero seguir ocultado mi rostro.
—¿Razones?— inquirió el hombre que aún se hallaba de pie, mirando las cuencas vacías de su máscara.
—Personales— contestó con cierta brusquedad la mujer—. ¿Necesitas algo? Quisiera poder irme a cenar cuanto antes, me muero de hambre.
El hombre mostró una sonrisa afable y parpadeó con suavidad.
—Entonces, permíteme invitarte, por favor.
La mano alargó una rosa roja en su dirección, pero Shaina no pensó un segundo en tomarla.
—¿Por qué, Afrodita?
El caballero dorado de Piscis retiró sutilmente un mechón de su melena hacia atrás, dejando visibles sus ojos celestes, que relucían brillantes a pesar de la oscuridad.
—Demasiada soledad para los dos, en esta noche tan bella, ¿no crees? Pero— dijo retirando la rosa—, si no lo deseas, está bien. Tan solo quería cenar algo rápido en buena compañía. No me malinterpretes el gesto.
Shaina titubeó unos instantes, antes de extender su mano y recoger la flor que volvía a tenderle Afrodita.
—Supongo que tienes razón— respondió ella—, vámonos.
Continuará..
