Capítulo Dos
Tan solo fue una velada, un poco incómoda para Shaina por verse con un caballero de oro en esa situación.
Si bien no tenían mucha relación anteriormente, tampoco la que tenían era mala.
La conversación fue liviana y agradable, hablando los dos del trabajo del Santuario, sin más profundidad.
Cuando terminó la cena y ambos regresaron al Santuario, Afrodita frenó a Shaina antes de que ella accediese al recinto habilitado para mujeres y sostuvo la rosa roja entre los dedos.
—Quédatela— dijo el caballero—, tardará en marchitarse, puesto que mis rosas aguantan más que las normales.
—¿Qué significa?— preguntó la mujer, extrañada ante ese gesto.
Afrodita suspiró y forzó una sonrisa.
—Que gracias por acompañarme esta noche y nada más— comentó de manera casual—. Relájate, Shaina. No hay tensión, solo disfruta de los momentos que nos da la vida.
Una vez pronunció tales palabras, el caballero dorado de Piscis se aventuró en la oscuridad, dejando sola a la mujer.
Dando un par de vueltas a la rosa entre sus dedos, se internó en el recinto y caminó hacia su cabaña.
Por la mañana, lo primero que divisó sobre la mesa de noche fue el florero con la rosa. Permanecía igual de fresca que la noche anterior. La contempló un rato antes de incorporarse de la cama y preparar el desayuno.
Al acabar, salió fuera de su cabaña para comenzar su jornada laboral cuando Marin la interceptó.
—¿Anoche cenaste con Afrodita?— preguntó sin saludar la caballero de Águila, buscando una respuesta rápida.
Shaina se zafó de su amiga y resopló.
—Sí, ¿y qué?— contestó malhumorada— No hay nada de malo en cenar con un amigo, ¿cierto? Ahora déjame pasar, tengo trabajo y llego tarde.
Su amiga la vio alejarse rápidamente del lugar y sonrió para sí misma, bajo la máscara de metal.
Caminando por el Santuario, Shaina escuchó una voz conocida y se escondió tras un pilar. Aguardó unos momentos a que esa voz se apagase y entonces siguió su trabajo.
—¿Por qué te escondes?— dijo otra voz conocida, que apareció inesperadamente.
Afrodita miraba a la mujer, esperando una respuesta.
—Porque no quiero que me vea, la gente se esconde por esa misma razón.
—¿Tanto te ha afectado su rechazo?— preguntó de nuevo el caballero de oro de Piscis.
Shaina resopló enfadada.
—No, ya no me afecta. Puede ir con quien le plazca. Ya no es de mi interés.
—Quién lo diría— respondió el caballero—. Shaina, ¿estás segura de que no es de tu interés?
—Sí— contestó con firmeza.
—¿Me aceptarías, entonces, un paseo cuando termines de trabajar?
La joven se pensó la invitación, pero aceptó de igual modo.
No había anochecido aún cuando Shaina estaba lista para encontrarse con el caballero de oro.
Afrodita apareció como de costumbre, sin hacer ruido y de improviso. Con un gesto cortés, saludó a la joven caballero y la invitó a unirse a un agradable paseo.
Caminaron juntos un rato largo, conversando sobre el día a día. Hasta que el caballero cambió de temática.
—La razón por la cual te invito a acompañarme es porque quiero que despejes tu mente— inició la conversación el dorado, anticipándose a ella—. Los corazones rotos no tardan en sanar, pero a veces lo hacen mal y dejan cicatriz. ¿Cómo estás?
Shaina se sorprendió al escuchar aquello y agachó la cabeza.
—Supongo que bien.
—¿Supones? ¿O lo estás realmente?
—No lo sé.
—La incertidumbre que te acecha, ¿es porque aún te planteas seguir amando a Seiya?
Aquello desbarató a Shaina.
—No le amo— respondió—, de eso estoy segura.
—¿Entonces por qué te escondiste de él esta mañana? Cuando alguien te importa, le haces caso— dijo Afrodita, tomando una rosa blanca—. La indiferencia es lo contrario al amor, no el odio.
Al decir esto, entregó la rosa blanca a Shaina y se despidió de ella, desapareciendo rápidamente, como la noche anterior.
