Capítulo cuatro
Pasaron unos días antes de que Shaina se decidiera a hablar con Afrodita. Lo pensó muchas veces, dándole vueltas a la cabeza. Pero cuando tomaba la decisión, enseguida se retractaba, ya que temía que el caballero le dijera la verdad. Y la verdad dolía mucho.
—Pero quizás me sirva para salir adelante— se dijo el día que finalmente accedió a encontrarse con él.
Afrodita la encontró sentada sobre un muro bajo, aguardando su llegada. Era una mañana templada y agradable, con el cielo despejado de nubes y solo las aves revoloteaban ociosas, ocupándose de sus polluelos.
—¿Qué tal estás?— preguntó el caballero, acercándose a la joven, sonriendo con precaución, ya que no sabía el humor de ella.
Shaina portaba su máscara y sonrió tras ella. La verdad es que había echado de menos su compañía esos días atrás. Echándose a un lado, hizo hueco al hombre, quien se encaramó al muro colocándose a su lado, pero dejando un espacio entre los dos.
—Tus rosas no se marchitan— dijo Shaina— ¿Cómo es posible?
—Son especiales— respondió Afrodita—. Durarán lo que yo quiera que duren. Es mi voluntad lo que las hace permanecer frescas por largo tiempo.
Ella permaneció callada, mirando al horizonte.
—No has contestado a lo que te pregunté— repitió Afrodita.
—Es que no sabría qué decirte— contestó ella, dejando escapar un suspiro—. Realmente no lo sé.
—Supongo que el hecho de que hayas estado unos días sin hablarme es porque te hice daño, pero quiero pedirte disculpas una y mil veces, las que sean necesarias, para que no pienses que lo hice a propósito.
Shaina miró al caballero ante tales palabras.
—No Afrodita— dijo ella—. No estoy enfadada contigo, al fin y al cabo, dijiste algo que era verdad. Estoy enfadada conmigo, porque tienes razón.
El caballero miró con preocupación a la joven y depositó su mano sobre la de ella.
—No seas dura contigo, Shaina— dijo él—. Todos tenemos derecho a equivocarnos, pero debemos tener la voluntad de querer arreglar nuestros errores y aprender de ellos, para no caer en lo mismo otra vez.
—Es que— comenzó a hablar ella de nuevo, con la voz quebrada—, me siento estúpida por todo. No entiendo por qué me obsesioné con Seiya, a pesar de que solo me ve como amiga, y me lo ha dicho muchas veces. Pero aún así, le seguía amando y quería tener una relación con él. No sé por qué le echo de menos, si nunca hemos estado juntos.
Afrodita se mantuvo en silencio unos segundos.
—Seiya fue tu primer amor, es lógico que le tengas añoranza. Además, siempre se portó bien contigo y eso le honra como caballero. Pero creo que tu obsesión viene por tu sentido estricto de seguir las normas de manera profusa.
—¿A qué te refieres, exactamente?
—Por ejemplo— dijo Afrodita señalando su máscara—, a la idea de este objeto que cubre tu rostro. Conozco las reglas del Santuario, pero esa norma de que es una ofensa terrible si ven vuestros rostros y que debéis matar o amar a quien lo vea, siempre me resultó una tontería. ¿Acaso uno puede mandar sobre los sentimientos, sea odio o amor? No.
—Pero esa regla ya no está impuesta, solo es voluntaria— dijo Shaina.
—A eso me refiero, es voluntaria, pero sigues con ella. Libérate Shaina, porque lo que te hizo esclava de un sentimiento provocado hacia Seiya era esa absurda ley de tener que amar o matar al hombre que viera tu rostro. Fue un sentimiento impuesto y no que acudió a ti de manera libre.
—Pero yo quería matar a Seiya por esa ley— contestó la joven—. Después entendí que estaba enamorada de él.
—¿Te hubieras enamorado de Seiya sin que te viese el rostro?— preguntó Afrodita, bajándose del muro— Quizás solo le hubieras visto como un amigo, un compañero. O quizás no, y te hubieras enamorado de igual manera. ¿Pero merece la pena seguir enamorado de alguien que no lo está de ti? Sufre él, porque te ve sufrir a ti. Sufres tú, porque nunca vas a conseguir más que una amistad por su parte. ¿Compensa?
Shaina se quedó callada, mirando al caballero. Entonces levantó los brazos y con decisión se retiró la máscara que cubría su rostro. Sintió la brisa sobre su piel, sobre todo allá donde la piel se había empapado con sus lágrimas y respiró profundamente.
Sonrió a Afrodita, quien le devolvió el gesto.
—La libertad es el bien más preciado, Shaina— dijo—. Y que tus sentimientos sean siempre libres, nunca condicionados.
Hizo brotar una rosa en sus manos y se la entregó a la mujer caballero, quien la tomó entre sus dedos sin dejar de sonreír.
—Gracias, Afrodita.
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