Capítulo 4: Siempre…
Bip, bip, bip.
Bip, bip, bip.
Bip, bip, bip.
— Mmmm… Grrr… Nooooo… —gruñía alguien desde su cama, que apretaba con una mano las sábanas pero con la otra intentaba palpar el despertador desde la mesita de noche.
El reloj dejó de sonar y, con un bostezo muy sonoro, Marinette se despertó en su nueva cama, ya instalada en Nueva York. Habían pasado algunas semanas desde que llegó al aeropuerto neoyorquino con una sensación de desorientación total. Afortunadamente, la casera estaba ahí esperándola y, juntas, fueron al loft donde viviría.
Prácticamente era exactamente igual que en las fotos y el vídeo que le mostró, y Rachel le enseñó ciertos trucos para ahorrar electricidad y agua, entre otros consejos para el hogar. El loft se situaba en un complejo de 4 bloques de edificios, y en el último piso —un undécimo— estaban los áticos, que ella transformó en un loft de dos pisos. El tamaño en general era mediano tirando a pequeño, estrecho pero largo, con un pasillo que conectaba tanto el salón como la cocina, que era abierta aunque bastante estrecha y pequeña. Casi al principio del pasillo, a mano derecha, había un cuarto de baño de un tamaño aceptable con su bañera y ducha incorporada, que le vendría bien a Marinette para tener un pequeño momento de relax. Subiendo las escaleras desde el salón, estaba su habitación, que desde allí se podía ver todo el piso de abajo, así que la única habitación con puerta cerrada donde habría intimidad era el cuarto de aseo.
Desde el salón se podía acceder a una preciosa terraza, que estaba bastante bien. Tenía varias plantas, un banco de madera, y hasta una mesa con sus sillas y una sombrilla. En la terraza sería donde tendería su ropa mojada, ya que no tenía secadora, pero eso no le molestaba. La verdad es que el sitio donde pasaría sus tres años de estudio en Dream Atélier le parecía muy hogareño y entrañable, ideal para una persona. Consiguió adaptarse a su nueva casa, a los muebles, a las instalaciones y a todo lo demás, si bien los muchos objetos personales que trajo de París para decorar su habitación le hacían sentirse como si estuviese en su propia casa.
— Buenos días, Marinette —Tikki, que descansaba en una pila de cojines cercanos a la cama de su portadora, saludó a Marinette con un besito en la frente.
— Buenos… guaaaah —la chica estiró los brazos, volviendo a bostezar y luego se rascó el ojo izquierdo con la mano—. Buenos días, Tikki. Qué sueño tengo…
— Lo sé, pero no tengo la culpa de que no hayas dormido apenas… —se encogió de hombros la kwami—. Entiendo que estés nerviosa por lo de hoy.
— No quiero ir… —protestó Marinette, haciendo un puchero como si fuese una niña pequeña—. Quiero quedarme en la cama, calentita y bien a gusto… Quiero descansar…
— Pues no creo que sea una buena idea, te perderás el día de la presentación…
— Lo sé, pero me está venciendo mucho la pereza —bostezó, poniendo los pies en el suelo aunque estaba sentada en la cama—. Menos mal que tengo la ropa preparada, ¡tengo que dar una buena impresión!
— Ya verás que te encantará conocer a los profesores y a tus nuevos compañeros, ¡será toda una experiencia! ¡Y verás a Gabriel también! —la animó Tikki, alzando sus pequeños bracitos rojos.
— ¡Daré lo mejor de mí! —exclamó, muy motivada, ya en pie—. ¡Demostraré lo que soy capaz de hacer! ¡Mis diseños serán tan maravillosos que dejaré a todos boquiabiertos! ¡Sacaré matrícula y sobresalientes en todas las asignaturas!
— ¡Así se habla, Marinette! —se alegró Tikki, restregando su mejilla con la de su portadora con cariño—. ¡Venga, ve haciendo la cama y dúchate!
Rápidamente se puso manos a la obra, colocando bien la cama y dejándola sin una sola arruga a la hora de poner la almohada, las sábanas, el nórdico de verano y los cojines. No tendría mucho tiempo para darse un baño, así que decidió darse una ducha, cogiendo sus prendas ya seleccionadas, además de la ropa interior, por el camino.
A decir verdad, incluso con la ilusión y motivación que tenía, estaba bastante nerviosa. No conocía a nadie, y la única cara conocida (a parte de la de Tikki) era la de la casera. Sí, vería a Gabriel Agreste, pero no sería lo mismo. ¿Con qué clases de personas trabajará Marinette a lo largo de los tres cursos? ¿Serán simpáticos, colaborativos, amables, trabajadores, creativos? ¿Se ayudarán los unos a los otros o todo será una competición para ver quién es más fuerte, como si de la jungla se tratase? ¿Y los profesores, serían estrictos o los guiarían en el proceso de enseñanza-aprendizaje? ¡Cómo se notaba que las grandes reflexiones se hacían bajo la ducha!
Después de aplicarse un champú neutro y enjabonarse el cuerpo, salió disparada de la ducha para secarse el pelo inmediatamente con el secador, previamente desenredándoselo. Tikki observaba a su portadora, desde el marco del espejo, cómo se peinaba una vez que el cabello estaba seco, se colocaba la ropa y se maquillaba con tonos parecidos a los de su piel para darle una apariencia más natural.
— ¿Crees que causaré una buena impresión, Tikki? —preguntó con nerviosismo, revisándose la pintura de la cara o el moño alto que se hizo como peinado.
— Sí, estás muy bien —asentía con la cabeza la kwami.
— ¿Iré adecuada? ¿Me habré vestido correctamente? —volvía a preguntar, observando su indumentaria.
— Que sí —afirmó Tikki, poniendo los ojos en blanco por un breve instante—. Dudo mucho que sea inadecuado ir con vestido, sólo es la presentación.
— Bueno, es un vestido blanco de verano, la tela transpira muy bien y de largo va por debajo de la rodilla… —decía Marinette, tocando los bajos del vestido—. La chaqueta de punto de color rosa palo me vendrá bien por si se pasan con el aire acondicionado… Y con estas sandalias blancas con cuña creo que iré bien… ¡Ay, no sé, no sé!
— Marinette, tranquilízate… Será mejor que subas a la habitación, te pongas los pendientes y te lleves lo que creas oportuno y desayunes… —suspiró aquel pequeño ser de color rojo.
Con una mirada de preocupación, Marinette observó por última vez todo el conjunto que llevaba puesto y salió del cuarto de baño con más nerviosismo del que ya tenía. Subiendo por las escaleras, se puso su miraculous en las orejas, un reloj de pulsera en la muñeca izquierda y cogió un bolso blanco de tamaño mediano donde guardó su móvil, una botella de agua, una pequeña libreta y un bolígrafo para apuntar cosas, el monedero, pañuelos, chicles y las llaves del apartamento.
Bufaba mientras revisaba el bolso, preocupada por si no llevaba suficientes cosas y si podría olvidársele algo. Las rodillas le temblaban ligeramente mientras removía el contenido de éste, pensando en si podría meter más cosas, aunque luego también pensaba que si metía muchísimas cosas luego el bolso pesaría muchísimo. Mordiéndose el labio inferior con nerviosismo, después de debatir internamente varios minutos, decidió cerrarlo y llevarlo consigo hasta la cocina para desayunar un tazón de cereales cubiertos de chocolate.
Puso la televisión mientras que se sentaba en el sofá y comía su desayuno, eran las noticias matinales. Su oído ya se había acostumbrado al inglés norteamericano, algo diferente al que estudió ella porque, por norma general, en Francia se aprendía el del Reino Unido. El acento y algunas palabras variaban, así que tuvo que impregnarse más en cuanto a la jerga estadounidense y no confundir elevator con lift, que significaba "ascensor" y se decía de forma diferente en ambos idiomas, y así con muchas palabras más.
Una vez terminado su desayuno, lavó rápidamente en el fregadero tanto el cuenco como la cuchara, que casi se le caían al suelo de los nervios. ¿Era normal sentirse así? Parecía que había retrocedido varios años en el tiempo, a cuando era una chiquilla. Puso ambas manos en el borde del fregadero mientras respiraba hondo, al menos, tres veces. Tikki prestaba atención a sus movimientos desde el cojín del sofá, viendo cómo Marinette regresaba al sofá y apagaba la televisión con el mando. La chica volvió a suspirar una vez más de forma muy sonora.
— ¡Dios, ayúdame! —imploró Marinette mirando hacia el techo y elevando las manos—. ¡Por favor, no quiero cometer ninguna torpeza en mi primer día! Y más con Gabriel allí…
— ¡TODO SALDRÁ BIEN, MARINETTE! —chilló Tikki, algo harta por la actitud de la muchacha y ésta dio un respingo—. Por favor, cálmate. Ya no eres la Marinette de catorce años, tienes dieciocho, has madurado. Y si cometes un fallo o un error, ¡no pasa nada! ¡Ya se arreglará! Venga, mujer, deja de quejarte.
Marinette se la quedó mirando, con ojos como platos, sin esperar aquella reacción tan extraña por parte de la kwami. Tikki, al darse cuenta de cómo la miraba, carraspeó y añadió:
— Perdona por haberme puesto así, pero es que ya me estaba desesperando la actitud que estabas teniendo —se elevó hasta posarse en el hombro de Marinette—. Venga, será mejor que nos pongamos en marcha y no lleguemos tarde el primer día.
— Lo siento Tikki, estoy tan nerviosa que ya hasta digo y hago tonterías —palmeó su frente con vergüenza, mordiéndose el labio inferior—. Perdóname.
Tikki simplemente le dio un besito en la mejilla a Marinette, que ella recibió con agrado. A los pocos minutos salían ya de la estancia, cerrando con llave la puerta. Marinette bajó por el ascensor y se encontró con una de las vecinas de edad avanzada en el portal, que parecía que tenía muchas ganas de hablar pero la muchacha no estaba con ganas de entablar una conversación por miedo a llegar tarde en su primer día.
— Oh, jovencita, vas con mucha prisa…
— Sí, señora Parker, hoy es el primer día de la academia y… —explicaba Marinette, agarrando fuertemente su bolso y moviendo las piernas con nerviosismo.
— Oh, te dije que me llamases Mildred, querida… Pero bueno, veo que te estoy entreteniendo. Y ya sabes, si necesitas que te aconseje de recetas o te preste algo, sólo llámame a la puerta y te ayudo, cielo.
— Sí, señora Parker… —Marinette miró su reloj y dio un pequeño quejido—. ¡Que tenga un buen día!
— Estos jóvenes de hoy en día, siempre van con mucha prisa… —dijo la señora mayor, observando cómo Marinette se dirigía a la calle con paso ligero mientras se ajustaba las gafas de montura rectangular.
La actividad del barrio en el que estaba Marinette era frenética a estas horas del día. Sí, decididamente Nueva York era una jungla. Todo el mundo iba de aquí para allá con demasiada prisa. Muchos coches, taxis y algunas motocicletas llenaban las vías, sintiéndose en el ambiente cierto nerviosismo y angustia, como si les dominase una necesidad de aceleración porque el tráfico no era demasiado fluido.
Ligeras gotas de sudor aparecían en las sienes de la parisina, intentando correr lo más rápido posible a la parada del autobús que la dejaría casi enfrente de Dream Atélier. Pero con tanta gente que iba por la misma acera que ella… le hacía complicarle su llegada a la parada. Evidentemente, Marinette se sentía tan apretada que apenas podía dar cinco pasos seguidos con una velocidad aceptable. A duras penas podía mirar el reloj de pulsera de la muñeca, pues los viandantes hasta le daban codazos para pasar y ni una sola disculpa recibía por esas actitudes.
Entonces, la joven decidió desviarse por otro camino y se alejó de esa gente tan atareada y maleducada, mientras buscaba en Google Maps otra ruta que la condujera a la parada. Menos mal que su móvil tenía la batería relativamente llena para que aguantase todo el día y los datos iban fenomenal. De hecho, hacía poco tuvo que irse a una nueva operadora de telefonía que le ofrecía unas buenas prestaciones para llamadas, internet y cobertura, pero todavía conservaba el otro número que tenía de París. Afortunadamente, su móvil soportaba dos tarjetas SIM, por lo que no tenía problemas.
Hizo bien en haberse desviado, pues a los cinco minutos ya estaba sentada en la marquesina de la parada, junto con otras personas que estaban esperando otras líneas de autobús. Marinette, mientras esperaba, abrió la aplicación Twitter para postear en su idioma nativo lo siguiente: «Ahhh, qué nervios! Hoy empiezo mi primer día en el Dream Atélier. Deseadme mucha suerte! .» y adjuntando con el texto puso un gif de una chica de una serie de anime que se estaba mordiendo las uñas de forma cómica. Recibió rápidamente una notificación de Alya, que rezaba: «Tú puedes, tía! 3 Te los vas a comer con patatas! Serás la mejor de la clase, ya verás! Te quiero mucho! 3», seguido de un gif de dos chicas abrazándose con alegría. Inmediatamente Marinette le dio al símbolo de "Me gusta" a la contestación de Alya y guardó el móvil en su bolso con una sonrisa en los labios.
Al poco tiempo, un autobús urbano de color blanco con una línea gruesa de color azul que lo atravesaba horizontalmente se acercó a la parada, y ésa era la línea de bus que tenía que coger para ir a la academia. Manhattan era un sitio caro, por lo que llevar una tarjeta de transporte —MetroCard se llamaba— le facilitaba los trayectos y la economía de su bolsillo.
El edificio se encontraba en el barrio de Upper East Side, uno de los más caros de Nueva York y el más famoso. El lujo era desbordante desde las cuatro esquinas de cada establecimiento y cada calle, era bastante abrumador. Marinette no se sentía muy cómoda con tanta ostentación, pero debido al estatus de Gabriel Agreste… no iba a ser menos que su academia, que formaría a futuros diseñadores y estilistas de moda, estuviese en uno de los mejores sitios de todo Nueva York, en la Quinta Avenida para ser exactos.
Pulsó el botón de parada cuando pasaron muchísimos minutos de trayecto, bajó el peldaño con pesadez e inició la marcha hacia la academia. De soslayo miraba los escaparates y apartaba la cabeza cuando el precio de algo realmente bonito para ella llegaba a la friolera de cinco ceros por lo menos. La aplicación ya le indicaba que le quedaban pocos metros para llegar, y…
Un imponente edificio, totalmente acristalado de arriba abajo se erigía ante ella. La academia tenía 7 pisos de altura, todo era metal, ventanas enormes y cristales, pareciendo casi un palacio de cristal demasiado moderno. Las formas del edificio eran suaves y geométricas a la vez, con curvas y líneas rectas, que en vez de parecer un edificio simulaba una escultura. Las ventanas, las puertas y algunos adornos estaban policromados en dorado y en plateado, dándole una sensación de lujo a dicha arquitectura. Predominaban los tonos blancos, plateados, cian, dorados y amarillos. Los grandes portones de entrada, llenos de filigranas doradas, estaban acristalados. Encima de las compuertas, había una placa dorada que ponía "Dream Atélier" con las letras en forma tridimensional con una fuente de letra demasiado sofisticada.
Marinette se quedó con la boca abierta, no podía creer que iba a estudiar allí. Tikki sacó un poquito su cabecita del bolso de su portadora para admirar aquella construcción y emitió una suave risa.
— ¡Hala, Marinette! Es bonito, ¿verdad?
Tikki no recibió ninguna contestación, la chica estaba demasiado absorta admirando tal edificación. De pronto, un chico con el pelo rubio platino y gafas claras le impidió seguir viendo la academia, y la miró con cara de extrañeza.
— Perdona, pero… ¿qué se supone que estás haciendo? —preguntó él, con un marcado acento italiano aunque le estuviese hablando en inglés.
Marinette dio un respingo y miró a aquél hombre que le recordaba a Gabriel Agreste, aunque con algunas diferencias: este chico tenía agujeros en las orejas, un lunar cerca de la mejilla derecha y ojos marrones, además de una perilla. Aun así, vestía moderno y muy elegante, con tonos claros y con una apariencia impoluta.
— Ehh, estooo… Yo… Es que… —balbuceó con nerviosismo.
— Que yo sepa, esto no es un monumento para hacerse selfies, raggazza —interpuso, poniendo las manos en jarras—. Esto que ves aquí es una academia de moda, donde se instruirán los mejores diseñadores de moda de este siglo. En fin, disculpa, pero tengo que entrar…
— Eh… ¿eres profesor? —inquirió Marinette, recuperando el habla y señalándole a él y al edificio con el dedo índice.
— ¡Por supuesto que no! —resopló el hombre con mucho hastío—. Soy demasiado joven, aunque ya me gustaría… Voy a estudiar aquí.
— Aaaaah, ge-genial —asintió con agitación Marinette y soltó una tímida risa—. ¡Yo… yo también!
— ¿En serio? —examinó él, observando meticulosamente de arriba abajo a Marinette con expresión altiva—. Pfff… pues espero que estés a la altura, raggazza. Aquí solamente están los mejores…
Y, con un ademán de la mano bastante pintoresca, dio la vuelta y entró por las grandes puertas. La chica se quedó con la boca desencajada, no esperaba tal interacción con uno de sus compañeros —si eso era así—. Tikki sacó la cabeza del bolso con los ojos muy abiertos.
— Vaya con tu compañero… —musitó la kwami.
— Buff, pues se ve que no le he causado buena impresión —bufó Marinette con la cabeza gacha y los hombros encogidos.
— No creo que sea eso, sino que será un tipo competitivo y quiere ser el mejor en todo. Igual que Kagami, jeje —intentó consolarla—. Así que creo que ya sabes cómo tendrás que llevarte con él.
— Sí, supongo que tienes razón —asintió con pesadumbre la chica—. Voy a entrar… Uf, qué nervios…
Se dirigió a las grandes compuertas y empujó con suavidad, encontrándose con una gran sala principal lujosa y moderna. Grandes candelabros dorados y de cristal colgaban del techo, las paredes eran negras pero reflectantes como espejos, y el suelo parecía un tablero de ajedrez hecho de mármol. También había ascensores acristalados y escaleras mecánicas que llevaban a los varios pisos que tenía la academia. Realmente, todo lo que veía era verdaderamente extraordinario.
Varias personas esperaban ahí, ya que dicha sala disponía de sofás de un exquisito cuero blanco. Pudo constatar que la gran mayoría de los que allí estaban eran cercanos a su edad, por lo que podrían ser sus compañeros si sus sospechas eran ciertas.
Lo que más le llamaba la atención, es que cada uno de los allí presentes era único y tenía un estilo particular. Y no sólo eso, parecían proceder de diferentes partes del mundo, pues los idiomas en los que hablaban, sus acentos o el tono de la piel los delataba. Algunos tenían un inglés con marcado acento británico, otros hablaban en español, el chico con el que se encontró hablaba un fluido italiano con otra chica que hablaba su mismo idioma, y creyó distinguir… ¿japonés?
Se acercó a uno de los sofás en donde estaban un chico y una chica con rasgos asiáticos con apariencia bastante extravagante, parecían muy alegres y amigables. Marinette les saludó con la mano y la muchacha estrafalaria, dándose cuenta del saludo de Marinette, dijo "Ohayoo" con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¿Eres de Japón? —preguntó Marinette con curiosidad, mientras la otra muchacha le dejaba sitio para sentarse en el sofá.
— ¡Oh, sí! —su voz era muy vivaracha, bastante particular cuando cambió su registro al inglés—. Mi hermano y yo lo somos. Ah, me presento: me llamo Minako, y mi hermano Motoki. ¿Vas a estudiar aquí? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Puedo decirte que tu vestido me parece kawaii?
— Ah… —Marinette se sintió abrumada con tanta pregunta, mientras saludaba a Motoki con la mano—. Pues… sí, también voy a estudiar aquí. Me llamo Marinette y vengo de París… Y gracias por lo del vestido, lo hice yo.
— Choo subarashii! ¡Es precioso! ¡Me encanta! ¡Te ves adorable con él! —Minako hacía unos gestos muy exagerados, como si procediera de un anime—. ¿A que sí, Onii-chan?
— Je, Minako, que sepas que todos te están mirando —avisó su hermano, mirándola con una ceja arqueada, aunque asintió con la cabeza a la respuesta de ella.
— Nani? Bueno, ¡y qué! —se cruzó de brazos la hermana, realizando un puchero con el labio inferior—. ¿Tienes algún problema?
— No, ninguno… —Motoki puso los ojos en blanco mientras suspiraba.
— Además, eres el menos indicado para hablar. Los dos vamos del mismo palo, hermanito querido —dijo Minako cruzándose de brazos, refiriéndose a las indumentarias que llevaban ambos.
— Una cosa es cómo vas vestida y otra cosa diferente es cómo te comportas, hermanita querida —de nuevo, Motoki puso los ojos en blanco mientras su familiar hinchaba los carrillos hasta el límite—. Perdónala, Marinette, es muy excitable. Aun así, adoro a mi hermana, pero está bastante nerviosa en el día de hoy.
— Creo que la gran mayoría lo estamos —se unió a la conversación una chica de pelo castaño oscuro, que lo tenía suelto, ligeramente ondulado y hacia un lado—, y más si somos de otras partes del mundo y no sabemos cómo movernos por aquí. Me llamo Laura, por cierto.
— ¿Laura? ¡Qué bonito! —sonrió Minako, sus lentillas de color azul cielo brillaban muchísimo en contraste con su pelo pintado de amarillo pollo y naranja chillón—. ¡Oh, oh, oh! ¡Me encanta la pulserita que tienes de Olaf! ¡Ihhhh!
— Vaya, gracias —admitió el cumplido Laura mientras se atusaba la pulsera—. Me encanta Frozen y las películas Disney…
— ¿ALGUIEN DIJO DISNEY? —bramó uno de los chicos, que tenía la piel aceitunada y el cabello oscuro—. Necesito… necesito… ¡NECESITO COMENTAR LAS ÚLTIMAS NOVEDADES DE LAS PELÍCULAS Y SERIES DE DISNEY CON ALGUIEN!
— Pues creo que tienes a la chica indicada —la señaló Motoki con la cabeza, y el muchacho se acercó tanto a Laura que se sintió intimidada—. Ja, veo que no te andas con rodeos y no eres muy tímido que digamos.
— Como mexicano, tengo la extroversión en las venas, chinito —asintió él, moviendo las manos como si tuviera dos pistolas—. Encantado, Laurita, mi nombre es Alberto.
Poco a poco el grupo de alumnos fue entablando conversaciones entre ellos y conociéndose, mientras esperaban a que los llamasen para entrar en la Sala de Actos para la presentación. Marinette descubrió que era la única chica que venía de Francia, pero los demás procedían de varios países de lo más variopintos, y parecía que iban hasta por grupos incluso. Laura era española, junto con otro chico que se llamaba Jesús.
Alberto, como apuntó él, procedía de México, así como otras dos chicas: Alicia y Ana Elisa, y Alberto bromeó con la anécdota de que los tres alumnos que procedían de allí tuviesen la loca coincidencia de que sus nombres empezasen por la letra "a". Por otro lado, Motoki y Minako eran de Japón y eran hermanos, aunque con las voces que propiciaba la japonesa, debido a sus nervios e ilusión a partes iguales, ya se habían enterado todos los alumnos desde hacía mucho tiempo.
El hombre con el que tuvo una pequeña disputa en la entrada de la academia se llamaba Valentino y era italiano, junto con él vinieron otras dos chicas —Caterina y Stella— que vivían en diferentes partes de Italia. De Inglaterra venían Harry (algunos alumnos le dijeron que se parecía demasiado a cierto niño mago con su mismo nombre) y Alice, que algunos la miraron de soslayo por sus facciones tan masculinas a pesar de que ella decía que era una mujer.
El grupo más numeroso fue el de los alumnos que procedían de Estados Unidos, aunque cada uno estaba en un estado diferente: Thomas, Michelle, Nicole y Justin. Si bien todos iban conociéndose de una manera bastante superficial debido a que era el primer día, ya tendrían tres largos años por delante para saber más los unos de los otros. Aunque Marinette no podía evitar que, en muchas ocasiones, la gente siempre suele prejuzgar por las apariencias y por la primera impresión.
Por sorpresa, una puerta grande y blanca como la nieve se abrió de par en par, dejando ver un poco el interior de la Sala de Actos. Apareció por la puerta una mujer de cabello pelirrojo, camisa blanca y falda de tubo negra con unos impresionantes zapatos de tacón de ajuga rojos. Era la directora del centro, y a su lado se asomó Gabriel Agreste. Casi todos los presentes dieron un grito ahogado, estaban muy emocionados de ver al modista francés.
— Por favor, si son tan amables, entren en la sala —indicó la mujer, girándose sobre sus talones y procediendo a dirigirse a la tarima junto con el diseñador.
Hubo un pequeño revuelo entre los nuevos alumnos, que cuchicheaban, se levantaban de los sofás y algunos intentaban acicalarse en la medida de sus posibilidades. Marinette estaba demasiado nerviosa. Stella se acercó al marco de la puerta para echar un vistazo y exclamó:
— ¡Chicos, está Audrey Burgeois! —inmediatamente puso una mano en la boca para ahogar un grito.
PÁNICO. PÁNICO. MUCHO PÁNICO. Marinette estrujó el asa de su bolso como nunca lo había hecho, tenía la mandíbula desencajada. ¿Qué hacía la madre de Chloé allí? Sí, sabía que estaba en Nueva York, que era una crítica de moda —de hecho, ella fue la persona que llevó a Gabriel a la fama, fue su descubridora—, tenía una revista y demás… y que era muy tiquismiquis y estricta. Su sola opinión bastaba para decir si realmente algo estaba a la moda y desfasado. Que ella estuviera allí indicaba que el asunto no iba a ser tan fácil como imaginaba. Debería dar el cien por cien en sus trabajos y diseños… o sino sería el hazmerreír de la academia.
Valentino hizo un gesto de suficiencia, para él significaba un reto bastante importante. Los demás estaban con diferentes grados de pánico al igual que Marinette. Incluso los que parecían más tranquilos se les notaba que les castañeaban los dientes o se les movían las rodillas de los nervios. Como no podían quedarse allí eternamente, decidieron entrar en fila y ordenadamente al Salón de Actos y sentarse en las mullidas y suaves butacas grises. Y sí, allí estaban la directora, Gabriel, Audrey y los que serían los profesores que les iban a enseñar.
Pronto la estancia quedó en silencio, y un gran foco de luz cálida enfocó a la directora que estaba de pie en la tarima y frente a los estudiantes. Se acercó al micrófono y su voz se escuchó clara como el cristal.
— Sed bienvenidos, alumnos y alumnas, a la inauguración del curso 2018-2019 de la academia Dream Atélier —hizo una breve pausa, pues el alumnado empezó a aplaudir y dejó unos segundos de cortesía—. Me llamo Sarah Jones. Y me complace, como directora, presentaros a los profesores que os acompañarán a lo largo de estos tres cursos…
Con un gesto de la mano y mirando en dirección al profesorado, éstos se levantaron y la directora empezó con la presentación de cada uno de los profesores, de donde procedían, la formación y logros que tenían, y la asignatura que iban a impartir. Se ve que era un personal bastante competente con un gran historial de méritos y éxitos. Marinette no podía evitar moverse nerviosamente en su asiento, sentía una gran presión en la cabeza y en el pecho. Una vez concluida dicha presentación, Gabriel tomó el relevo de Sarah en el estrado. La voz helada y firme del fundador resonó gracias a los altavoces ubicados en el salón, imponía demasiado.
— He creado esta academia porque tengo la firme convicción de que la moda es un arte que debe ser apreciado en el mundo entero. Este gremio siempre está en constante cambio, y necesita una generación de nuevos visionarios. Necesita de mentes frescas como las vuestras, para así darle formas y colores que nadie más podría. Necesita a gente que transmita con sus diseños. Por eso estáis hoy aquí, se os ha seleccionado porque, personalmente, he encontrado esa chispa, esas ganas, esa ilusión… de querer cambiar el mundo. Sentiros orgullosos de pertenecer a la academia Dream Atélier. No es a mí, a la directora o al profesorado a quienes no debéis de defraudar… más bien a vosotros mismos. Dadlo todo y demostrad de lo que sois capaces de hacer.
El auditorio prorrumpió en aplausos por tal declaración de Gabriel. Él solo cerró los ojos, se atusó la corbata y volvió a su asiento con actitud recta. Por último, intervino Audrey, y sus comentarios fueron demasiado agresivos y daban bastante miedo, por no decir que muy estrictos. Sinceramente, en el fondo todos respiraban aliviados de que ella no fuese o la directora o la fundadora de la academia, para qué engañ era un tímido corderito comparado con la madre de Chloé Bourgeois.
Nuevamente Sarah subió a la tarima para decir unas últimas palabras y les indicó tanto al alumnado como al profesorado que la acompañasen a las diferentes áreas de la academia. Por lo que, al cabo de unos minutos, ya estaban haciendo una visita guiada por Dream Atélier.
Cada sala era mejor que la anterior, se encontraban con amplísimas estancias, largos pasillos, lustrosos cuartos de baño, un área de descanso envidiable, aulas totalmente equipadas con todo lo necesario e inimaginable, disponían de materiales y mobiliarios de altísima calidad y a la ultísima tecnología, un hall de exposiciones, salas de exámenes y demostraciones, habitaciones para tareas prácticas, un grandísimo salón con una increíble pasarela... y así siguieron por más de dos horas y media de excursión por la mejor academia de moda de toda Nueva York.
Desde luego, quedaba patente que este lugar lo había estado escrutando Gabriel Agreste hasta el mínimo y milimétrico detalle. Quería que fuera lo mejor de lo mejor, así era. Esta academia era inigualable. Si bien Marinette sentía emoción de pertenecer y estudiar aquí, también le vino de golpe la presión enorme de no defraudar a los profesores, Gabriel, Adrien, sus padres (que tanto se habían sacrificado por ella para que llegara hasta aquí) y a la gente que la había estado apoyando desde un inicio con esta nueva aventura.
Llegaron de nuevo a la recepción, donde algunos de sus compañeros se volvieron a sentar y la gran mayoría del profesorado se fue a la sala de profesores sumidos en una conversación bastante animada. La directora repartía entre los alumnos los horarios de las clases que tendrían ese año, distribuidos por cuatrimestres y cada uno con diferentes asignaturas.
— Señorita Dupain-Cheng —dijo Sarah, mientras le entregaba el horario a Marinette—, el señor Agreste y la señora Bourgeois desean hablar con usted.
Marinette encontró a Gabriel y Audrey charlando de manera formal, apartados del grupo de jóvenes. La joven se encogió de hombros y, tragando saliva con dificultad, se dirigió hacia al par de adultos. Gabriel miró a Marinette arqueando ambas cejas mientras que Audrey bajó sus gafas de sol con un dedo hasta que el puente tocó la punta de la nariz.
— Audrey, ¿recuerdas a la señorita Dupain-Cheng? —preguntó el hombre, observando con interés a Marinette.
— Mmmm —chasqueó la lengua la mujer rubia, acercándose y escudriñando la vestimenta de la chica, como si la estuviese examinando—. ¿No era la chiquilla que le hizo a tu hijo el… ¿cómo era? Ah, sí, el bombín con la pluma sintética e hizo un desfile con él puesto?
— Sí, la misma —afirmó Gabriel, ajustándose las gafas—. Creo recordar que en esa ocasión dijiste que te pareció fabulosa su creación, si no estoy equivocado.
— Creaste un traje a tu hijo con las mismas tonalidades del sombrero. Adrien quedaba soberbio y muy apuesto —Audrey hizo una risotada aunque ocultase la boca con el dorso de la mano—. Sí, el bombín no estuvo mal.
La última frase de Audrey era algo seca, pero al menos no era desagradable. La muchacha se mordió el interior de la mejilla e intentaba sostener con firmeza los papeles que le había dado la directora, que estaban incluidos en una carpeta blanca y negra con delicadas filigranas doradas donde rezaba el nombre de la academia y el curso escolar de aquél año.
— Gra-gracias a ambos… —musitó Marinette, no intentando mirarles demasiado porque su aura era intimidante. Aun así, se atrevió a preguntar—. Señora Bourgeois, se le echó en falta en la puesta de bandas, ¿por qué no vino?
— Oh, ya sabes, estoy demasiado ocupada y no pude ver cómo Chloé se graduaba. No me daba tiempo, me venía muy mal el horario, y más con la de horas que hay desde Nueva York a París. De todas formas, el mayordomo ya se encargó de grabarme todo y mostrarme lo guapísima que estaba mi niña —contestó Audrey mientras se dedicaba a admirar sus anillos de oro con ámbares incrustados en ellos.
— Ah, está bien —para Marinette era extraño que una madre o un familiar cercano no fuera a un evento tan importante como ese, aunque recordó que la hermana mayor de Alya no pudo acudir tampoco a la graduación porque estaba jugando una final de lucha muy importante.
— Seguro que… —Gabriel se acercó a la chica, apretándole el hombro estando a su lado— la señorita Dupain-Cheng nos seguirá maravillando y sorprendiendo con sus creaciones. De entre todos los franceses que mandaron su solicitud, ella ha sido la elegida. Estar aquí es un privilegio y una oportunidad que sólo pasa una vez en la vida.
Marinette enrojeció violentamente, apretando los labios con mucha fuerza que su boca parecía una fina línea. Eran demasiados halagos procedentes del padre de Adrien, no sabía cómo asimilarlo. El corazón le bombeaba tan rápido que creía que le iba a explotar en breve.
— Espero que no me decepciones, Marinette —le susurró Gabriel al oído con discreción y soltó la mano en donde tenía agarrado el hombro—. Vamos, Audrey, tengo que enseñarte una cosa en mi despacho…
Y así, ambos adultos, dejaron a una Marinette totalmente confundida, nerviosa y roja. Algunos alumnos la miraban de soslayo, algo impresionados por el hecho de que tanto Audrey Bourgeois como Gabriel Agreste conocían a Marinette. Fue entonces cuando pensó que, quizás, los demás sospechaban que era una enchufada o algo así. Sí, pensó en lo peor, pues Valentino parecía que la miraba con ojos de desafío. Sin embargo, Thomas se acercó a ella y le cogió la muñeca para para dirigirse al grupo de estudiantes.
— Marinette, ¿así te llamabas? —preguntó Thomas, soltando la muñeca de Marinette y ésta asintió brevemente con la cabeza—. Estábamos pensando en irnos por ahí a tomarnos algo, incluso a comer ya. Algunos no pueden, pero otros sí. ¿Quieres venirte?
No podía dar una respuesta en ese mismo instante, pues desconocía a qué lugar iban a comer y si tendría suficiente dinero para pagar. Estaban en una de las zonas más exclusivas de Nueva York, por lo que ella no se podía permitir ciertos lujos. Sacó su monedero para ver cuánto tenía, suspirando con pesadez. Thomas miró de reojo los 20 dólares que se asomaban en la rendija del monedero, y sonrió con franqueza a Marinette.
— No te preocupes, no nos vamos a ir a un sitio caro —le aseguró, ampliando más la sonrisa—. ¿Qué os parece ir al Burger King?
— ¿A ese sitio tan…? —Valentino puso una cara de asco.
— Valentino, no todo el mundo se puede permitir un restaurante Michelin, ¿lo sabes? —le dio un codazo su paisana Caterina y Valentino dio un respingo—. Por mí bien, no me importa.
— Será mejor levantar la mano, ¿qué os parece? —preguntó Laura, que inmediatamente la levantó, apoyando la idea.
Digamos que el noventa y nueve por ciento de los alumnos (excepto Valentino) alzaron la mano, estando de acuerdo con la propuesta de Thomas de almorzar en dicho restaurante de comida rápida. Los que no iban a asistir —pues ya tenían la comida preparada o tenían otros planes— se despidieron, diciendo que ya se verían al inicio de las clases. Valentino, a regañadientes y por la presión del grupo, accedió a ir con el resto.
Al cabo de unos veinte minutos aproximadamente, estaban ya con sus pedidos y sentados en una esquina del local. Marinette se había pedido unos nuggets de pollo, unas patatas fritas normales con salsa de queso y un Sprite. La gran mayoría de ellos escogió hamburguesas de diferentes variedades y Coca-Cola, salvo Valentino que eligió una opción más vegetariana y "saludable". De hecho, estuvo dando el sermón sobre lo perjudicial que era este tipo de comida, la de calorías que había en cada producto, y un largo etcétera que aburría al resto de sus compañeros.
Este rato de pequeña convivencia fue una primera toma de contacto para conocerse entre ellos un poco mejor, preguntar por sus aficiones, gustos o aspiraciones, entre otras cosas. Marinette se sentía un poco más integrada en el grupo, había chicos y chicas realmente amables, dedicados y apasionados por lo que ellos creían. Y un tanto peculiares, por qué no decirlo, sobre todo si nos referimos a los dos hermanos japoneses.
— Y por eso estuve hablando con ellos —decía Marinette y luego sorbió un poquito su refresco.
— Mira que pensé que eras una enchufada… —soltó Valentino mientras deslizaba la mano por su pelo para repeinárselo.
— Yo también me imaginé que… pensaríais eso —dijo la joven con una pizca de nerviosismo.
— Bueno, pero no es tu culpa que los conocieras de antes —Jesús lanzó un voto a su favor, comiendo un trocito de patata untada con ketchup—. Teniendo en cuenta que Audrey y Gabriel son de París y tú eres de allí, y has estudiado con sus hijos en el mismo instituto pues… tiene sentido. Yo no te veo como una enchufada.
— ¿Estás seguro, Jesús? —inquirió el italiano, arqueando una ceja y mirando a Jesús con cara de pocos amigos—. ¿De verdad piensas que esta… raggazza está en Dream Atélier por méritos propios y no por… contactos?
— Mira, Valentín… —dijo entre dientes Jesús y nombrando el nombre de Valentino en español con un pequeño retintín—. Será mejor que no me toques los cojoncillos o tendremos un problemilla… Yo creo que Marinette es honesta, y se ha ganado el estar aquí porque lo vale, como todos nosotros.
— Non parlarmi così, mascalzone! —Valentino apretaba los dientes a la par que estrujaba la botella de agua entre sus dedos.
— Se nota que es un pijo de mierda, madre mía… —murmuró Jesús en castellano, cruzándose de brazos.
— Creo que será mejor que dejen de discutir, ¿no les parece? —propuso Alberto, intentando apaciguar el momento tenso—. El tema de Marinette se comprobará cuando ella empiece a diseñar, a trabajar en los proyectos, las notas de los exámenes… Ella está aquí, tanto si a algunos les gusta… como si no. Todos andamos aquí por algo, ¿no es así?
— Sí —asintieron ambos con voz pesada y pusieron los ojos en blanco.
— Pues déjense ya de pendejadas y chingadas, haya paz —suspiró Alberto, queriendo zanjar la discusión entre Valentino y Jesús.
Desde luego, Valentino era un hueso duro de roer, y Marinette sabía que él la tendría en el punto de mira y la criticaría constantemente. Sería un duro competidor, aunque ella no vino para competir, sino para aprender y demostrar si sus diseños y su visión de la moda eran válidos y admirables a ojos de los profesionales más cualificados.
Laura confortó a Marinette pasándole un brazo por los hombros y sonriéndole ampliamente, y ambas iniciaron una conversación sobre curiosidades de la ciudad natal de Marinette, como la gastronomía, monumentos y demás.
La tarde cayó lentamente y, viendo la hora que era, decidieron marcharse del lugar. La gran mayoría de ellos iban a sus hogares, así que como Marinette no tenía nada mejor que hacer, se dispuso irse al loft y descansar después de un día tan emocionante y ajetreado a partes iguales.
Tikki discretamente sacó su cabecita del bolso para observar el rostro de su portadora mientras Marinette caminaba pensativa por las calles, que iban oscureciéndose poco a poco.
— Marinette, ¿estás bien? —preguntó Tikki.
— ¿Mmm? —se sorprendió por la pregunta—. Sí, tranquila, estoy bien… Sólo que ha sido un día… algo extraño.
— Si estás preocupada por lo de Valentino, no te preocupes por ello. Ya has visto que la gran mayoría de tus compañeros te defienden —le aseguró la kwami.
— Lo sé —asintió ella—. Pero también me temía que iba a tener… competencia, o algo así. Aunque yo no busco competir contra nadie.
Buscó una marquesina cercana que pudiera tener la línea de autobús que la llevase al loft. Tenía ganas de ponerse un pijama cómodo, imaginándose que estaría tumbada en el sofá y mirando en la televisión algún concurso mientras tomaba un chocolate caliente. Los minutos pasaron sin mucha lentitud, al menos escuchaba la música de su móvil a través de los auriculares mientras esperaba al autobús.
Después de un tiempo, Marinette ya se encontraba en el pasillo de la casa, quitándose el calzado y suspirando del gusto. Curiosamente, antes se había encontrado a la vecina de esta mañana, parecía que lo único que le gustaba era pasearse por el portal para ver la gente que entraba y salía del residencial. Lógicamente, tuvo que estar quince minutos de reloj hablando con ella, pues en esta ocasión no dejó a Marinette escapar tan fácilmente, hasta que tuvo que inventarse una excusa barata para acabar con la conversación y subir al ascensor como alma que lleva el diablo.
— Puede resultar una vecina agradable… pero también muy pesada —bufó Marinette, que llevaba sus zapatos en la mano y subía a su habitación.
— Jajajaja —reía Tikki, saliendo del bolso de Marinette y flotando sobre su cabeza—, se veía que tenías unas ganas increíbles de venir.
— Necesito descansar, Tikki, ¡menudo día el de hoy! —se quejó la muchacha, dejando el bolso en el escritorio y sacando todo lo que tenía en su interior—. ¡Sólo pienso en ponerme cómoda y vaguear en el sofá mirando la tele y tomando un chocolate calentito!
— Haces bien, te lo mereces —dijo Tikki, colocándose en uno de los cojines de la cama.
Más tarde, después de colocarlo todo en su sitio y ponerse un pijama corto de pantalón y camiseta de tirantes de color crema, bajó al salón mientras en el microondas se preparaba una taza de chocolate caliente. Echaban un concurso animado en la televisión sobre datos históricos de América y otras curiosidades de los estados que la formaban, pero el todo se basaba en una especie de parchís, que según en la casilla en la que cayera uno del equipo, tendría una prueba u otra.
De vez en cuando miraba su móvil a la par que, a ratos, sorbía su chocolate, contestando a los mensajes que le llegaban de diversas redes sociales o que no pudo contestar en su momento por la diferencia horaria. En París debería ser las una y media de la madrugada, bien avanzada la noche, mientras que en Nueva York ya eran las siete y media de la tarde.
Terminó de hablar con Alya en WhatsApp, contándose cómo les fue la jornada, pero entendió que su amiga se dispusiese a dormir debido a la hora que era allí. Los compañeros de Marinette de Dream Atélier crearon un grupo en dicha red social —ya que antes de irse del Burger King, decidieron darse los números de teléfono, y cuando se encontrasen a los otros alumnos podrían añadirlos al grupo—, así que era un hervidero de comentarios, memes, vídeos, notas de audio e imágenes por doquier. Los que más ponían chistes y animaban el cotarro en el grupo eran Thomas, Alberto y Jesús, cada cual con su estilo de humor diferente, pero bastante efectivo… ya que, en más de una ocasión, Marinette casi se ahogaba o con el chocolate o con su propia saliva de la risa que le producían los comentarios.
La tarde pasó a la noche con rapidez. Marinette cenó una tortilla con un revuelto de champiñones y espárragos mientras veía las noticias vespertinas en la televisión. Parecía que la televisión era su gran compañera, a parte de Tikki y los mensajes de los compañeros de Dream Atélier en el grupo de WhatsApp.
— «Ey, Marinette! :D», le escribió Thomas en una conversación privada en dicha aplicación de mensajería.
— «Dime», contestó ella.
— «Te encuentras bien? Sé que Valentino se comportó como una puta mierda contigo, sospechando de ti y todas esas cosas…».
— «Tranquilo, estoy bien. No me ha afectado tanto como esperaba ^^».
— «Estás segura?», a continuación, él envió una ristra de emoticonos de preocupación.
— «Sí, tranquilo», seguidamente, Marinette le envió un gif de dos ositos abrazándose. «Entiendo que a todo el mundo no le puedo caer bien, y algunos vienen a competir por ser los mejores».
— «Intenta no calentarte mucho la cabeza, vale? En cierta manera, te veo como si fueses una hermanita pequeña para mí, tan chiquitita, adorable, frágil…».
— «Jajajajaja XDDDDD».
— «Es verdad, te lo juro! Bueno, te dejo que me voy a cenar. Nos veremos en clase!», se despidió Thomas y le envió un sticker de Super Mario lanzando un beso.
— «Que aproveche! ^^».
Dejando el teléfono móvil en la mesita de enfrente del sofá, cogió un vaso de agua y tragó su contenido. Le empezaban a escocer los ojos, no sabiendo bien el motivo. Quizás estaría cansada del día tan movidito que tuvo en el día de hoy, o de estar mirando tan fijamente la pantalla de la televisión o del móvil. Recordó que no habló con sus padres y se quejó por ello, pero ya era demasiado tarde, quizás mañana sí podría llamarles y contarles cómo le fue.
Se arropó un poquito más con una suave manta y se colocó en posición fetal en el sofá, mientras miraba con la mirada perdida la televisión. Los ojos se le iban cerrando poco a poco, pero no le importó demasiado…
— Ha llegado el momento… —dijo una voz profunda.
— ¿Está seguro que Ladybug está aquí? —preguntó una voz aguda y temblorosa a la vez.
— Tengo mis pesquisas, pero no voy a dejar pasar la oportunidad —confirmó la anterior voz.
La luna estaba en un punto álgido y una persona de alta estatura se acercó a una ventana, la luz reflejaba su cara y reveló su rostro: era Gabriel Agreste. A su lado, había una criatura de color lila, que miraba con temor el cristal de la ventana.
— Nadie sabrá que Dream Atélier será la base de mis operaciones —Gabriel enmarcó una sonrisa malsana—. Aunque tendré que viajar a menudo a París y a otros lugares, éste es el sitio perfecto para perfeccionar mi plan. Aquí recopilaré todo, aquí averiguaré todo. Pronto será mi momento…
Gabriel se quitó la corbata del cuello, revelando un guardapelo plateado de forma ovalada y lo abrió, revelando una fotografía de su esposa Emilie. Miró el retrato con gesto compungido mientras se mordía el labio con rabia. Dos lágrimas brotaron de sus ojos, el recuerdo de su esposa le golpeaba en la mente y le dolía fuertemente el corazón. Deseaba recuperarla a toda costa, movería cielo y tierra para volverla a ver, estrecharla entre sus brazos… y que su familia se reconstruyera de nuevo.
Ser el malo de la película no estaba en sus planes, pero si nadie hacía nada por él, por su esposa… él tendría que tomar las cartas en el asunto, ya sea de una manera o de otra, por las buenas o por las malas. Todo esto lo hacía no sólo por Emilie, sino por Adrien también… su hijo había estado demasiado tiempo sin su madre. Anhelaba aquellos tiempos en los que eran felices los tres, sin complicaciones, sin dramas, sin dolor.
Retiró las gafas de su cara para quitarse las lágrimas del rostro, pero volvió a ponérselas y su gesto se torció totalmente.
— Dejemos ya los momentos de debilidad… —su voz pasó de la rabia a la determinación, ambas manos formaron puños y sacó pecho, estaba dispuesto a ser el malo de la película de nuevo—. ¡Nooroo, transfórmame!
El kwami con forma de mariposa obedeció, las palabras mágicas de su dueño hicieron que se metiera en aquel medallón, transformando a Gabriel en Papillon, el archienemigo de Ladybug y Chat Noir. Después de transformarse, activó un botón, y del techo surgieron varias mariposas blancas, que revoloteaban alrededor de él.
Era el momento propicio para sentir las emociones negativas de alguien que tuviese problemas con sus sentimientos y, con su "ayuda", dejar que el corazón de su víctima se deje llevar por sus pasiones y transformarlas en un poder acorde a sus anhelos. Así era cómo akumatizaba a la gente, sentir el sufrimiento, la furia, la desesperación de aquellos que ven sus perspectivas y nociones de la vida frustrados… igual que él.
Esta noche reanudaba su tarea… buscar los ansiados miraculous para traer de vuelta a su mujer y le otorguen el soplo de la vida. Sólo deseaba eso y… nada más.
— Marinette… —zarandeaba Tikki a su portadora con alarma, pero ella no hacía caso y seguía dormiendo—. Marinette, por favor, despierta… ¡Marinette!
Marinette gruñó mientras se tapaba con la manta, no quería que le interrumpieran el dulce sueño que tenía con Adrien, que la invitaba a bailar en un gran salón con enormes candelabros con cristales mientras sonaba la canción de Bailar Pegados en bucle. Sin embargo, Tikki empezaba a alzar la voz a un nivel que ya la muchacha no podía evitar por más que quisiese recubrirse con la manta para no escuchar nada.
La kwami optó por subirle el volumen a la televisión lo suficientemente fuerte para que Marinette decidiese quitarse la manta con cara de pocos amigos. Se frotó los ojos, mientras al oído le llegaba la información de que… ¡¿un monstruo estaba atacando la ciudad?! Se levantó de un salto del sofá y los ojos, antes adormecidos, se le pusieron como dos platos redondos.
— ¡¿Tikki?! —la voz de Marinette se sentía ahogada, casi aterrorizada.
— Intenta calmarte, Marinette… —se acercó Tikki, colocándose en su hombro.
Por inercia, la joven se acercó aún más a la pantalla del televisor, intentando informarse de lo que estaba pasando. Los datos se le agolpaban en la mente como rayos que iban a toda velocidad, recopilaba la ubicación del incidente, la apariencia del monstruo, la gente afectada… y Marinette se hacía un mapa mental de lo que podría o no podría hacer.
Se llevó ambas manos al rostro, asustada. Desconocía si aquel ser era un monstruo sin más o una persona akumatizada. No sabía si su poder sería suficiente para acabar con él. Las dudas se iban añadiendo a su cabeza como si fuesen piedras de gran peso. En cualquier caso, ella tendría que hacer algo para parar todo aquello, ¡por algo tenía poderes mágicos gracias al miraculous!
— No te niego que tengo… algo de miedo —confesó Marinette, con la cabeza gacha.
— Sí, lo sé… —asintió Tikki, apoyando su cabecita en la mejilla de Marinette con dulzura.
— Pero…
Alzó la cabeza, mirando el televisor, y fijándose en la apariencia de aquél ser: tendría unos cuarenta metros de alto, una apariencia viscosa y blanquecina recorría todo su cuerpo humanoide, con un único ojo de color rosa en la cabeza y una especie de joya de color verde esmeralda situada en el centro de dicha figura pegajosa. ¿Qué clase de engendro era ése? Enfrentarse a él sería duro de pelar, sin embargo…
— Hay que hacer algo, Tikki, no puedo estar aquí de brazos cruzados…
— ¿Entonces… crees que es el momento idóneo para transformarte en Ladybug? —preguntó la kwami, mirando a su portadora con firmeza.
— Sí, tengo que hacerlo… —respondió Marinette, con la mano en un puño.
— Está bien, te apoyaré. ¿Lista? —dijo Tikki, recibiendo el asentimiento de la muchacha—. ¡Da lo mejor de ti!
— ¡SÍ! ¡TIKKI, TRANSFÓRMAME! —exclamó Marinette, mientras sus pendientes se activaban y Tikki se metía en el interior de estos.
Una luz potente cubrió a Marinette, envolviéndola con un halo de energía de colores blancos, rosas y rojizos. Miles de destellos rodeaban su cuerpo, otorgándole un nuevo traje, como lo había deseado en sus bocetos. Mientras se iba transformando en su alter ego, intentaba pensar en cómo parar a aquel monstruo, que lo único que hacía era destrozar edificios a su paso y aterrorizar a la gente.
Finalizada su transformación, aunque no tenía un espejo, pudo observar los cambios que obtuvo. Su traje no era de una única pieza, como lo fue antaño, sino que se componía de una malla negra que cubría sus piernas y su torso, finalizando con dos tirantes gruesos a los lados que se unían a su cuello, dejando libres sus hombros y brazos completos, así como su zona esternal.
Tenía unas botas y unos guantes largos, de un color rojo intenso, cuya altura llegaba a la zona del muslo y del brazo, casi llegando al hombro. Los guantes y las botas terminaban en dos bifurcaciones, como alas de mariquita abiertas, con una tira brillante negra y dos círculos negros en cada bifurcación. Las puntas de los dedos de los guantes también eran de color negro. Las botas altas tenían un tacón grueso, ideal para correr y hacer actividad física que no le supusiese ningún problema y la punta era redondeada, y tanto ésta como el talón eran negros.
La malla no era lo único que la cubría, pues encima de ella tenía un corpiño que se ajustaba a su cuerpo y la rodeaba como si fuese un bañador, de color rojo brillante, los filos negros tanto en la parte del escote como a los lados de las ingles y caderas. Y cómo no, este corsé tenía los característicos puntos negros ubicados como en su anterior traje.
Su yoyó estaba en su cadera derecha, colocado en un cinturón negro. Pequeñas joyitas relucientes imitando el color y forma de su miraculous se repartían en el cinturón, las botas y los guantes, así como en la zona del pecho donde estaba el corpiño, que de él salía una especie de capa de color rojo semitransparente, imitando las alas del insecto que Marinette representaba como superheroína.
El traje no era el cambio más drástico que poseía, sino que Marinette pensó que su apariencia también debería ser mencionada: su pelo oscuro cambió radicalmente del negro a un intenso azul marino, con las puntas en un vivo color rojo. El cabello se recogía en una trenza que luego se unió a un llamativo lazo rojo, formándose así un recogido en forma de círculo. Los mechones que antes eran su flequillo —pues su pelo había crecido— estaban a ambos lados del rostro, con la raya a la derecha, y también tenía mechones cerca de las orejas.
Sin embargo, seguía con su máscara de siempre, que ocultaba su identidad a todo el mundo. Por último, le añadió el toque que faltaba: sus labios se habían pintado de rojo, distinguiéndola de la Ladybug adolescente. Ya era la Ladybug adulta, pero joven también. Con esta nueva apariencia, sería demasiado difícil que alguien pudiese relacionarla con su forma de civil.
Sabía que había un monstruo al que parar, pero la mente le decía que debía mirarse a un espejo, así que saltó desde el salón a la habitación para observarse, y se quedó con la boca abierta al ver que Tikki sí había cedido al deseo del cambio de apariencia, como ella había deseado en sus dibujos.
Con una última fugaz mirada al espejo, volvió a bajar al salón con otro salto, escuchando lo que decían los informativos con la última hora. La policía y otros grupos de seguridad iban de camino, y parece que el monstruo se había trasladado a otro lugar de la ciudad, por lo que Marinette tenía que memorizar la nueva ubicación. Apagó la televisión con el mando, dejando el control remoto cerca del mueble del televisor.
Abrió la puerta que daba a la terraza, sus mejillas sentían el frío viento que empezó a mecer casi con violencia su cabellera. Se acercó a la barandilla para mirar la calle y luego a los edificios de alrededor. Una vez analizado el terreno, sacó del cinturón su yoyó y empezó a deslizarse de entre las casas y los inmuebles con algo de dificultad.
La ciudad era demasiado laberíntica para Marinette. No estaba acostumbrada a las altas edificaciones que presentaba la zona, París sólo tenía unos cuántos edificios que superaban los 50 pisos de altura, pero no era habitual que hubiese estructuras tan altas por allí. Nueva York era casi todo rascacielos y carreteras sinuosas, por lo que tenía que trabajar a grandes alturas si quería detener a ese monstruo antes de que propiciara daños mayores.
Observaba desde la distancia a la gente despavorida que buscaba algún lugar para refugiarse, así como coches y otros vehículos intentando huir a toda velocidad desde varias direcciones. Pero ese ser tan extraño se las ingeniaba de una manera tal para que nadie tuviese escapatoria, bloqueando los accesos que tenía a su alrededor.
Con una joya verde circular que poseía en el centro, soltaba una especie de efluvio viscoso de color gris claro casi blanco, atrapando a varios ciudadanos a placer. Aquella sustancia se pegaba al suelo y a las paredes, teniendo a la gente dentro de ella, que se movía desesperada en su interior y algunos se agarraban la garganta, pues iban notando la falta de aire en sus pulmones.
Marinette tenía que idear un plan y rápido. Bajó con su yoyó hasta tocar con sus nuevas botas el suelo de la carretera, empezando a correr con toda la velocidad que podía y se dirigió a una de aquellas mucosidades tan extrañas.
Vio con horror cómo una niña, totalmente desesperada, se iba muriendo frente a sus ojos, agonizando porque no podía respirar. La que parecía ser su madre, que la abrazaba débilmente, no tenía signos de vida y había fallecido. Ladybug, intentando contener el llanto, puso una mano en la boca para sostener un sollozo.
Pensó que sería buena idea utilizar su yoyó y rodear la sustancia, para ver si se rompía y, como consecuencia, los ciudadanos quedarían liberados, pero no tuvo ningún resultado cuando lo intentó, las cuerdas se resbalaban y no hicieron el efecto deseado. A la mente de Marinette surgió un personaje, que le sonreía con complicidad a través de una máscara negra, y que sabía que él podría detener esto con su ataque especial.
— Chat Noir… —balbuceó Ladybug, acordándose de su compañero, arrodillándose frente a la mucosidad gris, la cual iba palpando con sus guantes—. Ojalá estuvieses aquí…
La niña miró con ternura a Ladybug antes de soltar su único aliento… y murió, cerrando sus ojitos. Una tras otra, la gente iba muriendo, dejando aquel monstruo una ristra de personas muertas a su paso.
¿Gente muerta? ¿De verdad? Marinette nunca tuvo que lidiar con semejantes consecuencias provocadas por los akumas, los ciudadanos parisinos simplemente desaparecían, se convertían en otras cosas, estaban influenciados por los efectos que proporcionaban los akumatizados cuando los atacaban… pero nunca había muerto gente. Desde luego, no sabía a ciencia cierta si el monstruo que estaba atacando era un akuma o no, pero sin su Lucky Charm no sabría si podría devolverles la vida.
De pronto, escuchó un fuerte sonido proveniente del cielo: eran unos helicópteros que se dirigían hacia el engendro viscoso. Divisaba cómo algunos soldados le disparaban, pero las balas rebotaban con demasiada fuerza que se les volvían en su contra, hiriendo a varios de ellos. Oyó sirenas a lo lejos, que bien podrían ser de la policía, o de ambulancias o bomberos.
Aquel ser, muy enfadado, proyectó sus efluvios hacia los helicópteros, provocando que las aspas se paralizasen y cayesen al suelo, propiciando una estruendosa explosión y un ruido ensordecedor, muriendo así los soldados y personas de alrededor.
Marinette estaba desesperada, pensando en que no podría hacer esto sola. Ni siquiera las fuerzas de seguridad podrían ayudar lo suficiente para acabar con esta masacre. Necesitaba al Maestro Fu o a Chat Noir, necesitaba los consejos del guardián de los miraculous y la compañía, el apoyo y la fuerza de su compañero de batallas.
Pero ella… estaba sola, muy sola. Tenía mucho miedo, no conseguiría salvar a la gente. Se sentía fracasada, poco digna para poseer el miraculous que le otorgó Fu. ¿Por qué tendría que pasar esto, por qué?
— ¡Código rojo, código rojo! —chilló un policía, con una pistola en la mano, situándose entre varios coches de su organización—. ¡Hay que acabar con este hijo de la gran puta! ¡Llamad a más escuadrones! ¡Necesitamos cercar más el área, este cabrón no debe de escaparse!
Marinette se giró, viendo a varios agentes del orden con sus pistolas, dispuestos a atacar. Ella alzó las manos en son de paz, por si se atrevían a dispararla.
— ¿Y tú quién eres? ¡Apártate! ¡No estamos en carnavales! —la regañó otro policía con rudeza, apuntándola con su pistola.
— Yo, yo… —a la muchacha no le salía la voz, ¿tanta era su desesperación?—. Soy… soy…
— ¡APARTA, JODER! —bramó, apretando el gatillo—. ¿¡NO VES QUE TE PUEDE MATAR!?
Sabía que el traje podría protegerla de las balas, pero sentía miedo por la agresividad que ejercían los policías al dirigirse a ella. No obstante, dio un paso adelante armándose de todo el valor del que disponía mientras le chillaba al agente.
— ¿ACASO NO SE DA CUENTA DE QUE LO QUE HAY AHÍ ES UN MONSTRUO? ¿SABE QUE HAY SOLDADOS FALLECIDOS, QUE NI SU MUNICIÓN NI SUS HELICÓPTEROS HAN PODIDO CON ÉL?
El policía dejó de señalarla con su pistola, aflojando el gatillo, con una expresión de extrañeza y perplejidad. Los demás agentes se miraban entre ellos de forma compungida, otros ojeaban las pintas de Marinette. De forma sorpresiva, un efluvio viscoso interrumpió la escena y se interpuso entre Ladybug y los policías. Con un salto, Marinette se apartó, observando cómo las balas de las pistolas rebotaban con facilidad en el cuerpo del monstruo.
— ¡Mierda, no le hacen nada! —gritó uno.
La heroína se puso delante de ellos, sacando el yoyó y girándolo rápidamente a modo de escudo. Algunos de los agentes gritaron de sorpresa por el efecto que ejercía tal objeto, formando una circunferencia roja y rosa brillante moviéndose a toda velocidad. Marinette miraba con desafío al monstruo, cuyo único ojo denotaba enfado por la osadía de la chica.
Casualmente, el intercomunicador de uno de los líderes de la policía empezó a sonar y el agente acercó el aparato a la boca, pulsando un botón para hablar.
— Dígame, agente Rogers.
— «Hemos descubierto que el monstruo, en realidad, es una persona» —se oyó a través del auricular.
— Una persona… —susurró Marinette, cavilando la posibilidad de que fuese un akumatizado, pero estaba atenta a la información que daba Rogers.
— «Se trata de William Lewis».
Los ojos del jefe de policía se abrieron demasiado al escuchar aquel nombre, su reacción era tan exagerada como si le hubiesen dado un bofetón y un puñetazo en el estómago al mismo tiempo.
— ¿El violador que hemos estado buscando durante semanas? —inquirió con nerviosismo.
— «El mismo» —afirmó Rogers y continuó con la información que disponía en aquél momento—. «Lo encontraron dos de nuestros oficiales cuando iban patrullando por Lexington Avenue. Había acabado de violar a una mujer de veintisiete años y robó uno de los anillos que portaba en el dedo. Cuando se le pilló in fraganti e iban a arrestarle inmediatamente, de la nada se le iluminó la cara con una especie de máscara morada y su cuerpo se transformó en lo que veis ahora mismo. Luego mató a la mujer y a los dos agentes».
"Se le iluminó la cara con una especie de máscara morada". "Su cuerpo se transformó en lo que veis ahora mismo". Para Marinette no había otra explicación: Papillon estaba de vuelta y, como era de esperar, la había perseguido hasta Nueva York, buscando el momento propicio para actuar. No necesitó escuchar más para abalanzarse con su yoyó y dirigirse hacia William, el violador akumatizado.
Le creció una especie de rabia interior. ¿Cómo era posible que Papillon escogiera semejante escoria humana? ¡A un violador! Esquivó más escupitajos blanquecinos que emanaban de la joya mientras evaluaba la situación. Posiblemente, el objeto que haya que retirar y romper sea esa joya, que sería el anillo robado.
Sin embargo, lo más importante era marcharse a un lugar más seguro para que no afectase a más personas y no causase más daño del que ya estaba hecho. Los policías seguían disparando, pero de nada servía. Dejaron de apuntar al monstruo cuando vieron que Ladybug dio un salto sobrehumano y rodeó con el yoyó el cuello de William. Desafortunadamente el yoyó se desenrolló, no surtiendo efecto el agarre.
La cabeza del akumatizado brilló con la señal de Papillon: una mariposa angulosa de color morado, iluminándose en el rostro de monstruo. Y Marinette entendió que Papillon le estaría dando instrucciones para arrebatarle el miraculous, como de costumbre.
Quería acabar con todo de una vez por todas, se le estaban empezando a revolver las entrañas por el nerviosismo, así que alzó el yoyó al cielo y pronunció las palabras mágicas:
— ¡Lucky Charm!
El objeto mágico ofreció en esta ocasión una motocicleta, totalmente roja con puntitos negros, como todas las cosas que solía ofrecerle. Los policías emanaron un grito de sus bocas, unos decían "¡Es magia!", "¿Cómo es posible?" o "¿Quién es esta chica?". Aunque no sabía conducir una moto, se montó y agarró el mango del acelerador con fuerza mientras se mordía el labio inferior.
— ¡EH! ¿QUIERES MI MIRACULOUS? —le desafió, alzando la voz y llamando la atención del akumatizado—. ¿ESO ES LO QUE QUIERES? PUES… ¡VEN Y ATRÁPAME SI PUEDES!
En esto, giró la muñeca hacia atrás y la moto echó a correr a toda velocidad, intentando mantener el equilibrio. Mientras aceleraba y rezaba por no derrapar y caerse, escuchaba muy a lo lejos unos ligeros temblores que parecían pisadas. No había duda de que había provocado al monstruo y la estaba persiguiendo. Ahora había que idear un plan.
Si su Lucky Charm le había dado una motocicleta, por algo sería, nunca se equivocaba. Afortunadamente los poderes mágicos le daban la habilidad de poder manejar bien dicho vehículo y sorteaba todos los obstáculos que iban interponiéndose en su camino. Sólo deseaba que su batalla con el akuma no provocase más destrozos… o incluso muertes.
Giró la cabeza un breve momento, comprobando que, efectivamente, el monstruo la estaba persiguiendo y dejaba a su paso ese moco blanquecino con cada pisada que daba. El sonido del motor de la motocicleta, las ruedas que casi quemaban el asfalto, las pisadas del akuma, los gritos de la gente… no podía distraerse ni un sólo segundo.
Fue tan rápido, que llegó al puente colgante de Brooklyn, uno de los más antiguos de la región. Mirando a su alrededor, los cables de acero, las torres de ladrillo y arcadas góticas del punete, el agua que había bajo sus pies, los coches que había aparcados a ambos lados de la carretera mientras las personas corrían en dirección opuesta a la de Ladybug.
— Largaos, largaos, largaos… —pedía ella entre dientes.
Escuchó un estruendo y viró la moto secamente. El akumatizado estaba en el extremo del puente. Sin previo aviso, salieron de todas direcciones varias furgonetas de color verde militar y más helicópteros, apuntando al monstruo con todo el armamento del que disponían. Ladybug miró a cada escuadrón de combate con horror porque sabía cuáles iban a ser las consecuencias. Y, además, no sabía para qué más iba a utilizar la moto que le había otorgado el Lucky Charm.
Vio a los anteriores agentes de policía acercarse con sus correspondientes patrullas, y las caras de algunos de ellos le resultaban familiares. La heroína se montó de nuevo en la moto, y corrió hacia los policías con una expresión de pánico, agudizando más el oído ante los posibles disparos que podrían perpetrarse de un momento a otro.
Uno de los policías la reconoció y alzó la mano, como un gesto de alto el fuego. Sacó un megáfono y, dirigiéndose al monstruo, dijo:
— No te muevas o será peor para ti, asquerosa bestia.
La voz del agente hizo eco y retumbó por todos lados. Marinette alcanzó a las patrullas y frenó delante de ellos. Fue cuando uno de los jefes la miró con gesto de determinación, dispuesto a hablar con ella.
— Creo que te hemos subestimado. Tienes algo de lo que nosotros carecemos. No podemos hacerlo solos. Necesitamos que nos guíes, nos ayudes —declaró él, atusándose la gorra.
Abrió ligeramente la boca, sintiéndose incómoda. No se sentía una líder en ese momento, donde todas sus sensaciones estaban tan a flor de piel. Notaba cómo las venas de todo su cuerpo palpitaban de forma dolorosa, y cómo la sangre y el bombeo del corazón llegaban a escucharse en sus oídos.
— Has dicho que él quería unos… miranosequé…
— Miraculous —dijo Marinette seriamente.
— No sé qué serán, o para qué los quiere… Pero has hecho algo que… es humanamente inexplicable. Has sacado de la nada una moto, has saltado tan alto que desafía toda ley de la naturaleza… Eres una… superheroína…
No sabía el motivo, pero Marinette se quedó asombrada por las palabras del jefe de policía. Había reconocido que ella podría ser de ayuda, aunque ella notaba que sería más una molestia que otra cosa, no podría ayudar plenamente con el estado en el que se encontraba. Pero habría que acabar con el akuma sí o sí, y los disparos o proyectiles no le irían a hacer daño a aquel ser por mucho que quisieran. Sólo Ladybug y con su poder podría acabar con todo.
Asintió con la cabeza y suspiró con fuerza.
— Te noto nerviosa, ¿te encuentras bien? —preguntó él, preocupado.
— ¡Señor, mire! —exclamó uno de los policías, señalando al monstruo.
Otro estruendo, otro ataque. Uno de los helicópteros fue dañado por un efluvio viscoso y cayó al mar. Desde luego, ya no podían estarse quietos y parados, había que actuar a la de ya. El jefe acercó el megáfono a la boca e indicó lo siguiente:
— ¡Compañeros, estamos en una situación límite! La gente está muriendo por culpa de este… ser. Pero esta mujer puede ayudarnos a acabar con él. Así que… ¡escuchadla y seguid sus instrucciones al pie de la letra!
Los ojos de Ladybug se abrieron de par en par, bastante sorprendida, mientras los demás contestaron "¡A LA ORDEN!" sin rechistar, esperando indicaciones por parte de ella. Veía sus miradas llenas de esperanza y arrojo. El corazón le iba a estallar de lo rápido que iba bombeando. Fue entonces cuando las ideas iban viniendo a su cerebro, reconstruyéndose como un rompecabezas… quizás podría funcionar.
Con ambas manos, hizo un gesto para que el jefe y algunos agentes se acercaran a ella, y escucharan su plan, un poco descabellado… pero podría ser efectivo. Les indicó que lo más importante era proteger a la ciudadanía y que en la medida de lo posible no resultase herida de gravedad, que el objetivo para acabar con el monstruo era la gema que poseía, y que de esto último se encargaría ella.
Una vez dispuesto todo, empezó el plan. El equipo de policía que estaba en tierra empezó a distraerlo, ya sea con los coches girando a su alrededor, emitiendo pitidos con el claxon, o apuntándole y disparando con las pistolas. También tres helicópteros orbitaban a su alrededor, ametrallando a su objetivo a la par que distraerlo. Únicamente un helicóptero no se movía hacia el monstruo, y era el que necesitaría Ladybug para ejecutarlo todo. Éste bajó a recoger la motocicleta y, mientras tanto, Marinette cogió el yoyó y empezó a correr hacia una de las columnas del puente, saltó de lado y empujó con fuerza hasta llegar a la otra columna.
Gracias a la fuerza centrífuga y el viento, pudo acordonar la zona, todo el yoyó cubriendo ambas columnas. Con un último giro, saltó hacia el helicóptero y, dándoles instrucciones a los agentes, colocaron sobre la cuerda del yoyó la moto. Con fuerza tiraron y tiraron, tensando todo lo que podían la cuerda y, con un "¡Ya!" de la heroína, la soltaron, catapultándola a ella junto con la moto… con una fuerza tal que el vehículo impactó directamente con la gema, resquebrajándose y volviéndose añicos.
La mariposa de color oscuro salió de la joya rota y con mucha prisa se elevaba hacia al cielo. Marinette desenrolló su yoyó con una rapidez asombrosa, deshaciéndose del agarre de las columnas del puente, mientras que ella caía con la moto, puso los tacones en el asiento y con un empujón alto saltó para alcanzar aquella traviesa mariposa.
— ¡Ya no harás más daño, pequeño akuma! —exclamó Ladybug, alzando su objeto mágico y dirigiéndolo al akuma—. ¡Yo te libero del mal!
El yoyó se abrió en dos, liberando una pequeña luz blanca en su trayecto y, por fin, capturó a la mariposa. Éste volvió a las manos enguantadas de Ladybug que, pulsando uno de los botones negros del yoyó, liberó al insecto, cuya apariencia era inmaculada: era una mariposa totalmente blanca. Respiró de alivio al saber que casi todo había terminado, susurrándole adiós a la pequeña mariposa.
Miró hacia el suelo, donde estaba tirada la moto por la caída del impacto aunque no tenía ni un solo rasguño. Marinette se dejó caer y cayó sobre el asfalto con seguridad, sin hacerse daño. Con las manos tomó con fuerza la moto y la elevó al cielo, mientras decía "Miraculous Ladybug".
El vehículo se desintegró en millones de pequeñas mariquitas mágicas envueltas en colores rojizos, blancos y rosados, se dispersaron en todas las direcciones posibles para restaurar la ciudad. Las babas blanquecinas desaparecieron, los edificios e infraestructuras volvieron a su ser, los automóviles se repararon y… la gente volvió a respirar y vivir, las personas que fueron heridas se curaron milagrosamente. Todo volvió a la normalidad.
Fue entonces cuando Ladybug escuchó el clamor popular. Se sentía incómoda, y no sabía el motivo. Ya estaba más que acostumbrada a luchar contra personas akumatizadas, colaborar con los equipos de seguridad si era estrictamente necesario, y que luego las personas alabasen su labor por rescatar a la gente. Pero… esto era diferente, o al menos así lo creía ella.
Sin embargo, no había acabado todo. El monstruo iba menguando en tamaño y su cuerpo fue cubierto con un manto oscuro, revelando quién estaba bajo ese espeso líquido blanquecino: un hombre de mediana edad, pelirrojo y con ojos marrones, iba totalmente desnudo y únicamente portaba en su dedo anular la joya robada.
Lo más desagradable no es que fuera desnudo, sino que estaba impregnado de sangre debido a los asesinatos que había cometido, y su entrepierna estaba llena de semen, que se iba derramando por los muslos poco a poco. Este detalle hizo que a Marinette le dieran arcadas, y ahora entendía por qué el akumatizado tenía esa apariencia tan viscosa y blanca.
De pronto, un grupo de policías armados se acercó a Ladybug y la sobrepasaron, arrestando a William, el violador. No quería ver más la apariencia de aquel individuo, de hecho, se empezaba a encontrar realmente mal.
De manera difusa, pudo escuchar que el jefe estaba contactando con los agentes que habían fallecido y que habían recobrado la vida, así como los dos policías certificaron que estaban vivos, así como la chica que fue violada y asesinada, por lo que podría tomar declaración para el juicio que vendría.
Se sentía mareada, tenía dolor de cabeza, notaba pinchazos en el pecho, una horrible sensación de ahogo y ganas de vomitar. Tendría que salir de ahí cuanto antes, necesitaba evadirse de todo lo que había pasado en esos tensos minutos. Y, sobre todo, se sentía tan sola… no era lo mismo sin Chat Noir al lado.
— Te-tengo que… irme… —balbuceó Ladybug para sí misma, con la mano en un puño.
— ¡Ey, señorita! —dijo el jefe de policía, poniéndole una mano en el hombro—. ¡No sabes cómo te agradezco todo lo que has hecho! ¡Nos hemos quedado sin palabras! ¡Has salvado la ciudad!
— Gra-gracias —asintió con la cabeza ella, poniendo una mano en la boca—. Ahora debo irme, tengo cosas que… hacer.
— ¿Eh? ¿Pe-pero..?
Y, dejando al policía con la palabra en la boca, se deslizó por el puente con su yoyó, de cable en cable, hasta llegar a los altos edificios e intentando recordar dónde se ubicaba el loft. Tardó unos largos minutos, hasta que pudo distinguir y divisar la pintoresca terraza de su vivienda, decorada con alegres macetas de colores, de bonitas flores de todo tipo y variada vegetación.
Llegó a la terraza con las piernas temblorosas y con falta de aire. Caminaba con dificultad y se agarró a la manilla de la puerta con debilidad, intentando abrirla para entrar en el salón. Una vez que había entrado, sus rodillas se tambalearon y cayó al suelo con un golpe seco.
Su respiración estaba totalmente desacompasada, los dientes le castañeaban y escuchó el último pitido de su miraculous, volviendo a ser Marinette y dejando de ser Ladybug.
Fue entonces cuando sintió la adrenalina como si estuviera en la boca del estómago, dándole una sensación totalmente desagradable. Y, sin previo aviso, sin pensarlo o evitarlo, Marinette empezó a vomitar lo que había cenado esa noche, dejando la ropa, el suelo y la alfombra totalmente sucios.
La posición que adquirió fue la de cuatro patas, mientras seguía devolviendo y, a la par, sollozando. Tikki le sostuvo la frente con sus patitas mientras miraba a su portadora con profunda aflicción. Marinette sentía náuseas y mucha angustia, lo único que quería era llorar, se sentía tan mal…
Cuando hubo terminado de devolver la comida, prorrumpió a chillar a lágrima viva, necesitaba sacar todo lo que tenía dentro, todas esas sensaciones que la estaban atormentando. La kwami comprendía por lo que estaba pasando Marinette, tenía demasiada tensión acumulada del día de hoy.
Hipaba y respiraba de forma irregular, sus ojos estaban totalmente rojos, sus mejillas mojadas y su voz quebrada y debilitada por los gritos que había estado profiriendo a lo largo de una hora.
Por mucho que Tikki estuviese con ella, no encontraba consuelo alguno. Sentía mucho miedo, miedo por ella misma, por su bienestar, por decepcionar a la gente que había confiado en ella todo este tiempo —su familia, sus amigos, el maestro Fu—, la presión de querer hacerlo bien en la academia de moda —y que, en todo caso, Gabriel Agreste empeoró por sus altas expectativas—, la competencia desmedida que habría en Dream Atélier, la desorientación de encontrarse en un nuevo lugar, la soledad que sentía…
La imagen de Chat Noir cruzó por su mente… quizás con este akuma y con su ayuda, hubiera sido totalmente diferente. Quizás el superhéroe hubiera soltado chascarrillos para distender el ambiente, le diría palabras de aliento y algún que otro coqueteo, sus ataques o distracciones habrían servido para la batalla.
Estaba tan habituada a combatir con él, a su lado, codo con codo, como un equipo. Pero ahora ella estaba sola, y no sabía si podría con ello, soportar esa carga tan pesada sobre los hombros. Echaba de menos a Chat Noir, lo necesitaba… ¿Quién le iba a decir que iba a necesitar tanto a aquél gato tonto?
Pero él no iba a estar, él también tiene su vida. Sería imposible que viniese a Nueva York exclusivamente para estar con ella y ayudarla en esta nueva etapa. Ni aunque Papillon estuviese merodeando por aquí. ¿Acaso ella no se largó de París, dejando a la ciudad a su suerte con posibles ataques de su archienemigo, para perseguir su sueño?
— Soy un fra-fracaso… —susurró Marinette, sintiendo el ácido en su paladar a causa del reciente vómito.
— No lo eres, Marinette… —negó con la cabeza Tikki—. Has hecho lo que has podido, y al final ha salido bien.
— ¡Menudo día de mierda! —se quejó la muchacha, levantándose con dificultad.
Miró con pesadumbre el suelo, lleno de la comida devuelta. Se observó a sí misma, con el pijama asqueroso. Emitió un quejido de protesta, sabiendo que tendría que fregar el suelo, lavar el pijama y la alfombra.
— Será mejor que te bañes y te tranquilices, seguro que te sentará bien y te ayudará —sugirió Tikki.
— Puff… —suspiró Marinette—. Y fregar y lavar todo esto…
— Sí, sugiero que primero friegues el suelo —Tikki miró abajo con cara constreñida.
Con un último mohín reprobatorio, empezó a lavar el suelo con la fregona y un producto especial para el suelo, quedando totalmente limpio. Una cosa menos. Y, aunque pareciese descuidada, decidió desnudarse en medio del salón y meter directamente la ropa sucia y la alfombra —afortunadamente no era muy grande— en la lavadora, que cupieron sin problema, situada en la cocina.
Después de eso, se fue directamente a la bañera, cubriendo su piel con agua caliente y oliendo el jabón para el cuerpo de fragancia a lavanda, cuyo aroma alcanzó a tranquilizarla en algo. Tikki se acercó a la mampara de la bañera y tiró de ella con suavidad para ver cómo se encontraba su portadora.
— ¿Te sientes mejor, Marinette?
— Mmm —murmuró, sintiéndose relajada y estando con los ojos cerrados—. Sí… algo… creo…
— Veo que el agua te ha dejado calmada —reía Tikki.
Marinette abrió los ojos y se sentó mejor en la tina, rodeando con los brazos las piernas y colocando su barbilla en las rodillas, con la mirada perdida al frente.
— ¿En qué piensas?
— Pues… en todo el día de hoy… —comentó la joven, soplando para apartar un mechón rebelde de pelo que el tapaba el rostro—. Ha sido un día duro y extraño…
— Te recomendaría que no le dieses muchas vueltas al asunto. Es mejor pensar en el día a día, y según vayan ocurriendo las cosas pues actúas como mejor te convenga. No deberías de preocuparte por el futuro, o que si vas a decepcionar a la gente, o meterte presión porque sí. Es tu primer día, Marinette. Cuando tengas un proyecto o un examen en la academia, entonces exígete el cien por cien —recomendaba la kwami, colocándose en el grifo de la bañera para mirar a Marinette a los ojos—. Con tus compañeros… pues ya los irás conociendo, así como los profesores y las materias. Lo de vivir sola y en una ciudad diferente es cuestión de acostumbrarse, mucha gente tiene que vivir y estudiar fuera, no eres la única. Y con respecto a Papillon… ya se irá viendo.
— Poco a poco… —suspiró Marinette, cuya voz estaba opacada debido a que sus labios tocaban la piel de sus rodillas—. Poco a poco…
Al cabo de unos minutos, Marinette salió del baño anímica y visiblemente mejor, con un albornoz y una toalla en la cabeza. Se puso un pijama limpio, aplicó una crema hidratante en su rostro y secó su cabello con algo de parsimonia.
La verdad es que no tenía ganas de comer, ya que como echó la cena hace poco su estómago no daba mucho de sí, por lo que se hizo una infusión que combinaba melisa, azahar y tila. Tragar aquel líquido caliente, y más si estaba aderezado con azúcar, le sabía a gloria bendita.
No quería saber la hora, sólo deseaba dormir, así que cuando tragó la última gota de la taza, la puso en el fregadero y subió las escaleras lánguidamente, quitándose las zapatillas y arropándose bajo las mantas de la cama. Mientras, Tikki apagó la luz y se puso a su lado, tomando como camita el lado izquierdo de la almohada.
— Te veo muchísimo mejor ahora, jiji —los ojos azules de la kwami brillaban en la oscuridad.
— Gracias por estar conmigo, Tikki —dijo Marinette, cerrando los ojos e inspirando profundamente—. No sé qué haría sin ti.
— No tienes que agradecerme nada, Marinette. Estoy aquí para ti, siempre —sonrió Tikki, acercando su cabecita a la frente de su portadora, dándole un ligero besito.
— Siempre… —repitió la muchacha, quedándose dormida por el efecto del baño y la infusión.
— Así que, finalmente, sí está aquí…
Gabriel Agreste estaba en la zona más alta del edificio de la academia, acompañado por Nooroo. Delante de él había pantallas cristalinas, donde él observaba cada detalle del libro de los miraculous. El poder impasible y sin miramientos de su akuma le hizo pensar hasta qué punto sería bueno y beneficioso para él continuar en Nueva York, aunque él tendría que ir de aquí para allá y no siempre estaría asentado en la Gran Manzana.
Spermapist —así es como se bautizó al nuevo villano— no dudó ni un solo segundo cómo mataba a la gente. Desconocía si tendría que escoger mejor cómo sus akumas demonizan a la gente para que esté a su disposición y merced, y las consecuencias que aquello podría traer.
Pero Emilie era más importante que todo eso. Más que la destrucción de una ciudad o la muerte de civiles. Deseaba volver con su esposa y reconstituir su familia, que ya andaba deshecha muchísimos años por su ausencia.
— Maestro… Sabe que Ladybug está sola, ¿verdad? —preguntó Nooroo, con una voz casi inaudible.
Los cristales de las gafas de Gabriel brillaron por la luminosidad de las pantallas.
— Cierto, puede ser una ventaja para nosotros… —asintió el hombre, que se atusó las gafas y éstas volvieron a brillar.
Suspirando, tocó con un dedo la lámina táctil que tenía frente a él, que contaba el primer akuma vencido por la renovada Ladybug.
— Veremos a ver si sigues en la misma línea, querida Ladybug… —dijo con desafío Gabriel, acercándose a la ventana—. ¿Podrás aguantar tú sola, sin tu amiguito Chat Noir, cada vez que envíe a un esbirro?
Con esta última frase, el reloj de la estancia tocó sus campanadas de fondo, dando lugar a las doce, y así a un nuevo día.
Nota de la autora:
DESPUÉS DE VARIOS MESES DE AUSENCIA, POR FIN ESTÁ AQUÍ EL NUEVO CAPÍTULO.
Sí, sí, lo sé, he tardado mucho, perdón, pero entre que me estaba preparando las oposiciones (que suspendí), la falta de inspiración y ganas de escribir (entono un mea culpa con esto último), y otras cosillas que había pues... era complicado.
La idea la tenía en la cabeza, otra cosa es cómo plasmarla de manera adecuada para que sea más o menos acertada, ¿no?
En fin, como ya dije, es un fic +18, ¿no? Pues aquí hay ya algunos detallitos sobre ello. Venga, va, seguro que nadie se esperaba que el akumatizado fuese un violador y encima su forma akumatizada fuese una especie de monstruo hecho de semen (de ahí a que su nombre de akuma fuese ése, la combinación de esperma y violador).
Tampoco me privé de poner a Marinette vomitando la comida, poniéndola en un estado de debilidad e inseguridad. Quizás me he pasado, pero creo que alguien que está inseguro, sus primeros pasos en una ciudad, gente nueva, la sorpresa del akuma, entre otros, deja desprevenido a cualquiera.
Ya están los nuevos compañeros de Marinette, que de hecho puse algunas características de ellos en mi cuenta de Twitter, así como su apariencia (con los Sims lo hice, jajaja).
Y bueno, espero también que os mole el nuevo traje de Ladybug ^^
Hoy estoy un pelín vaga de escribir en la nota de autora XD
En fin, si os ha gustado... ya sabéis, comentad el episodio, dadle a favoritos y esas cosillas que a una le alegra bastante 3
¡Nos vemos en el capítulo 5 y sabremos más de Adrien! ^^
