Capítulo 5: ¿Te ha comido la lengua el gato?
Un muchacho de cabellos rubios miraba con horror la pantalla de la televisión. Sus dedos se hundían en la piel del rostro, clavando sus uñas y haciéndole ligeras marcas. Una criatura pequeña, de color negro, observaba cómo se comportaba aquel humano y luego su mirada se posó en las imágenes que veía en las noticias.
— Un monstruo… —susurró Plagg.
Mientras ambos no retiraban los ojos de la pantalla, de pronto saltó la silueta de una mujer, con un traje ceñido de color rojo y negro, que saltaba de aquí para allá y se sostenía en el aire con una especie de ¿yoyó? Adrien se acercó a la televisión a escasos centímetros, posando las rodillas en el suelo, sintiendo cómo su mente casi se nublada…
¿Podría ser…?
— «Una misteriosa mujer, cuyo nombre es desconocido, pudo derrotar al monstruo junto con la ayuda de los agentes de la policía y algunos miembros de la alta seguridad neoyorquinos» —informaba Nadja, que presentaba uno de los informativos matutinos, con un semblante serio—. «Desafortunadamente, no se pudieron tomar grabaciones y fotografías de dicha mujer en un plano más cercano, y las autoridades no quisieron dar más detalles sobre lo sucedido».
— «En cuanto sepamos más información, se la haremos saber» —aseguró el otro conductor del informativo—. «De momento, estas son las últimas noticias que han ocurrido en la ciudad de Nueva York. Continuamos con…».
No necesitó escuchar más. Un monstruo, una mujer vestida de rojo y negro, y Nueva York. Con esas tres pistas ya tenía más que suficiente, sabía que aquella mujer era Ladybug y que, probablemente, el monstruo fue un akumatizado. Si esto era así, entonces Papillon estaba allí.
Adrien se levantó y, con un gesto rápido, apagó la televisión con el control remoto. Su suspiro se escuchó por toda la habitación y luego apoyó la cabeza en uno de los muros, mientras que con dos dedos punzó el puente de la nariz e inspiró con fuerza.
El kwami observaba con detalle al joven, que últimamente tenía unos prontos demasiado repentinos… e incluso violentos. Desde que se marchó Ladybug a la Gran Manzana, Adrien estaba más irascible y apenas controlaba del todo sus emociones.
En resumen: Adrien Agreste era una bomba de relojería que había que tratar con sumo cuidado, pues podría llegar a explotar en cualquier momento sin previo aviso. Parecía hasta peligroso en algunas ocasiones, y Plagg sabía de sobra que esto no beneficiaba a su portador ni psicológica, ni física ni anímicamente.
Por otro lado, el apetito de Adrien había bajado a niveles bastante alarmantes, se saltaba algunas comidas como los desayunos o las cenas, ni siquiera merendaba. Sólo comía a la hora del almuerzo y ya está. No le importaba si había bajado de peso o si se sentía más débil que de costumbre.
Plagg ya no sabía qué hacer con Adrien, él aparentaba estar bien, fingía de cara a la galería delante de la gente, pero dentro de su cuarto y en la intimidad de su habitación… la cosa cambiaba notablemente.
— No pienso estar enclaustrado en estas puñeteras cuatro paredes, Plagg —pegó fuertemente con el puño la pared.
— ¿Insinúas que... te irás de aquí? —preguntó el kwami, con el rostro un poco desencajado—. ¿Y tu padre? ¿Piensas que él te dejará?
— Tengo que encontrar la manera... No pienso dejar a Ladybug sola —respondió el rubio, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo—. Y tengo que hablar con el señor Fu ¡a la de ya!
— No sé cómo convencerás a tu padre, pero... ¿estás seguro de querer irte a Nueva York?
— Sí, la decisión estaba tomada desde el minuto uno —Adrien se giró y señaló la pantalla de la televisión, que estaba apagada—. Desde que vi el peligro que corría Ladybug. Desde que la gente se estaba muriendo. Y desde que Papillon ha decidido tomar medidas más drásticas para conseguir los miraculous, Plagg.
Las orejas de Plagg se inclinaron con preocupación, su compañero estaba bastante alterado y frustrado con la situación de su padre y, cómo no, con el problema de Ladybug. Lo único que hizo fue posarse con lentitud en el hombro del muchacho y colocar su pequeña cabecita en la mejilla de él.
— Queda con el Maestro. Ahora no está tu padre, puedes consultarlo con Fu para ver qué podéis hacer. A la asistenta cuéntale cualquier cosa para que te deje salir...
— Es que... ya soy mayor de edad... —Adrien necesitaba reafirmarse, una ola de indignación fluía por sus venas— y tengo que tomar mis propias decisiones. Tomar las riendas de mi vida. Y no es que quiera ir a Nueva York porque sienta cosas por Ladybug... es que quiero ayudar a mi compañera, y dos son mejor que uno, ¿no?
— Ey, eso último que has dicho me gusta más —Plagg señaló con su patita la mejilla de su portador—. Pero tú y yo sabemos que vas porque la amas también. Nunca te darás por vencido, ¿verdad? ¿Aunque a ella le guste otra persona?
Adrien se mordió el labio inferior con algo de rabia y frustración. Claramente, si aquel chico no estuviera en la ecuación, quizás las cosas serían muy diferentes entre ellos dos. Y no podría forzarla a que le amase a él, porque en ningún momento dio indicios de que tuviese algún interés amoroso por Chat Noir.
Pero, por más que quisiese, no podía quitársela de la cabeza ni en sueños. Ojalá las cosas fuesen más fáciles y sencillas...
— Mi amor por ella es desinteresado, aunque le guste alguien más... —dijo esto mientras se encogía de hombros con pesadumbre.
— Lo que no quiero es que tengas actitudes tóxicas. En más de una ocasión te comportaste como un niño malcriado y berrinchudo cuando ella te rechazaba. Ya sabes que un no es un no, chaval. El insistir tanto puede perjudicarte. Plantéate seriamente fijarte en otra chica.
Los ojos del rubio se mostraban acuosos, hasta que una lágrima apareció por su rostro. Plagg suspiró mientras observaba aquella lágrima silenciosa derramándose hacia el mentón.
— Muchacho, siento decirte esto, pero... el amor es un juego, y unas veces se gana y otras se pierde. Tú lo has tenido prácticamente todo, pero no todo se puede poseer con sólo quererlo y desearlo, o por la fuerza, o porque puedes. Cada persona es un mundo, y tú no puedes pretender que ella te quiera si tiene en mente a otro hombre. Ni siquiera la conoces en otros aspectos de la vida —Plagg volvió a suspirar—. Todo esto te lo digo porque ya llevo experiencia suficiente a mis espaldas cuando estuve con los otros portadores a lo largo de los siglos, cada uno con sus circunstancias y problemas, y ahí estuve con ellos, apoyándoles en todo lo que podía.
— Supongo que… tienes razón —admitió Adrien, limpiándose el rostro.
— Últimamente estás muy impulsivo y malhumorado —dijo Plagg—. Y deberías tener cuidado con cómo te estás comportando. Sé que te está afectando mucho la partida de Ladybug, pero tienes que hacer tu vida fuera de ella, rehacerla incluso. Pero… si realmente quieres ir a Nueva York para ayudarla, tienes que pensar muy bien qué vas a hacer, qué excusas le darás a Nathalie y a tu padre para quedarte allí.
Plagg tenía razón, aunque él no era el de las estrategias precisamente. Por lo que sabía, Nathalie estaba en su despacho, atendiendo las directrices y las órdenes que indicaba Gabriel desde la distancia. Los otros trabajadores de la mansión estaban haciendo sus quehaceres. Afortunadamente, Adrien ya había desayunado y estaba completamente vestido con ropa de calle.
Mientras maquinaba cualquier excusa barata y medio convincente para salir, ya estaba enfrente del puesto de la secretaria de su padre.
— ¿Ocurre algo, Adrien? —inquirió Nathalie, que observaba unas anotaciones en su tablet.
— Necesito salir un momento, Nathalie —pidió Adrien con la máxima educación del mundo.
— ¿Y es para…? —la interrogación se quedó suspendida en el aire, esperando una respuesta y miraba al muchacho de reojo.
— Pues… resulta que…
Estaba totalmente en blanco. Ojalá tener una especie de Lucky Charm que le diese la excusa adecuada en el momento preciso. O ser tan creativo como su amiga Marinette, que siempre encontraba la solución a todo y a todos, o casi. Seguramente, tanto Ladybug como Marinette saldrían del paso airosas con cualquier problema que se les presentase. ¿Por qué diantres pensaba en ellas en vez de una mentirijilla para salir de la casa?
Abría la boca como si fuese un pez fuera del agua… Estaba haciendo el ridículo como no había manera. Desconocía por completo si habían pasado segundos o minutos con su cara de atontado.
Con lo que no contó fue que, de golpe y porrazo, los aspersores del techo empezaron a lloviznar. El ceño de Nathalie se pronunció aún más y se levantó del asiento como un rayo, intentando resguardar los componentes electrónicos y todo el papeleo de la empresa Gabriel. Se podían escuchar gritos de asombro de algunos de los trabajadores de la mansión, había pillado a todo el mundo totalmente desprevenido.
Si esto no era un milagro para salir airoso de la situación, que bajase Dios y lo vea.
— Ahora no puedo hablar contigo, Adrien —dijo con rapidez Nathalie, recogiendo su tablet mientras los otros empleados gritaban pidiendo ayuda—. Tengo que hacer unas llamadas y calmar a los empleados, además de averiguar el motivo de la activación de los aspersores.
— Entonces no te molesto, Nathalie —Adrien estaba bailando la conga por dentro—. Voy a salir fuera un momento.
— Lo que veas —casi lo ignoró, girándose sobre sus talones y yéndose en dirección a la cocina (pues los cocineros eran los que más armaban barullo, la comida que estaban realizando estaba aguándose).
No sabía si esto era buena o mala suerte, pero Adrien estaba contentísimo. Salió de los grandes portones de la mansión y bajó las escaleras de dos en dos. Aunque notó que faltaba algo… o alguien.
— ¿Plagg? —susurró Adrien, mirando a los lados con disimulo.
Y en unos segundos apareció el kwami, riendo por lo bajo. Ya sabía por qué los aspersores se habían accionado de la nada.
— Hola, Chat Noir, bienvenido —le abría las puertas Fu, acompañado de Wayzz.
— Gracias, señor —sonrió el muchacho, sentándose junto a la mesa y el anciano siguió su ejemplo.
— Sé cuál es el motivo de tu visita —juntó los dedos de ambas manos—. Tienes pensado abandonar París, ¿cierto?
— No sé cómo lo hace usted para adivinar todo lo que pienso —se rascaba la nuca Adrien, emitiendo una leve sonrisa—. ¿Vio usted las noticias?
— Sí. Es un akumatizado —asintió el maestro, sacando la tablet donde tenía guardadas las imágenes del grimorio para su análisis y traducción, pero que también usaba como si fuese un pequeño ordenador para buscar información—. Si observas el rostro del monstruo con sumo cuidado y detalle, puedes llegar a ver la máscara fluorescente de color morado, típica en las personas controladas por Papillon.
Adrien sostuvo la tablet entre sus manos y sí pudo apreciar aquel detalle que casi pasaba desapercibido. Sin lugar a dudas la seña de Papillon brillaba en lo que sería el rostro de la persona akumatizada. Luego miró al maestro Fu con algo de aflicción.
— Si bien es cierto que Ladybug estaba allí —Adrien dio un respingo al escuchar el nombre de Ladybug—, para ella fue bastante complicado contener al akuma y poder resolverlo todo. Ha tenido que ver mucha violencia y eso es algo con lo que ella no contaba. Pero Papillon no parará hasta conseguir su miraculous. Ha ido detrás de ella sin ningún tipo de miramiento y buscó el tiempo propicio para atacar.
— Podría haber ido a por mí en primer lugar… yo soy el más débil de los dos.
— ¿Crees que el Cataclysm es un poder débil? —preguntó Wayzz con una ceja enarcada.
— No me refiero a eso… Sino en general —el joven se revolvía en el asiento con nerviosismo—. Soy bastante inconsistente como superhéroe o a la hora de comportarme, incluso. Por mucho que tenga un poder destructor…
— Mira… Puedes pensar que no eres apto para ser un héroe —decía Fu con voz calmada—. Yo te elegí a ti por algo, y creo que no me equivoqué en absoluto.
— Pues a veces pienso que no soy el indicado —se cruzaba de brazos el rubio—. Otra persona podría ocupar mi lugar y realizar una mejor labor que yo.
— Tu labor no sólo es destruir todo lo que tocas gracias al Cataclysm. Tu tarea también es protectora. Defiendes a los ciudadanos de los acontecimientos malos que ocurren, y también proteges a Ladybug.
— Porque sé muy bien que, si ella no está, todo estará perdido. Es la única que puede purificar los akumas y restaurar las cosas a como estaban antes.
— Pero no eres prescindible, ni mucho menos. Eres necesario. Y ahora, más que nunca, Ladybug te necesita —puntualizó Fu, dándole un toquecito en el pecho—. Tienes dotes de combate que ya quisieran muchos, distraes a los enemigos perfectamente, proteges a Ladybug para que realice su tarea con efectividad. Formas un gran equipo con ella. Ser un superhéroe, un portador del miraculous del gato negro, te da grandes beneficios y te da la capacidad de crecer como persona también.
— El Maestro sabe lo que dice —se pronunció Plagg—. Y no sé por qué cuentas esas cosas tan raras, de verdad. Desde que fuiste un renacuajo de 14 años hasta ahora… has cambiado. No eres el mismo Adrien que antes, ni tampoco el mismo Chat Noir, ya que estamos.
— Pero sabemos exactamente que soy prescindible. Ella es más importante. De ella depende que todo esté bien, en orden, que vuelva a ser lo que era. Yo… —Adrien giró la cabeza en una dirección contraria al asiento de Fu— soy más impulsivo, me dejo llevar por mis sentimientos y no pienso con tanta claridad como Ladybug si hay que organizar un plan de ataque.
Fu suspiró poniendo los ojos en blanco y colocó una mano en la frente, apretándola con los dedos como queriendo darse un masaje. Intentaba comprenderle, pero era un poco agotador. No sabía que su pupilo estaba en un modo tan pesaroso. Sabía que la falta de Ladybug le iba a afectar, ¡pero no tanto como para que se pusiera tan negativo!
— Deberías observar más las cualidades positivas que tienes —lo animó Wayzz—. Y nosotros te decimos que Ladybug te necesita, no eres prescindible como dices.
— Wayzz, ya te digo yo que éste —Plagg señaló a su portador con un gesto de la cabeza— lleva así desde que Ladybug se fue a Nueva York. Es bastante insufrible.
— Basta, por favor —pidió el rubio, mordiéndose el labio—. Ya tengo más que suficiente.
— Adrien —le llamó la atención el maestro y alzó la cabeza—, no deberías compadecerte tanto. De las veces que te he observado siendo Chat Noir, siempre has sido el más carismático de los dos, se te ve más libre, más abierto, más alegre y optimista. El más extrovertido del dúo y el bromista por excelencia. Dices lo que piensas sin temor.
Para Adrien esos rasgos de personalidad no eran más que simples patrañas. No tienen nada de heroico o importante, son "cualidades" prescindibles, tan prescindibles… como él (o así lo pensaba Adrien). ¿Por qué se ponía Fu así? ¿Para subirle la moral, quizás? La verdad es que no le iba a servir de mucho, sinceramente.
— Pero también eres leal y aguerrido. Eres bondadoso y te preocupas en demasía por los demás. Cuidas a la gente y proteges a los ciudadanos de cualquier amenaza. Sabes actuar adecuadamente cuando la ocasión lo requiere y te pones serio cuando es necesario. Eres una persona que se dedica a ayudar a los demás y a salvar el día. Si alguien te necesita allí estarás, siempre presente. Has llegado a sacrificar tu vida en impensables ocasiones, sin importarte las consecuencias.
— Y esas son las cualidades imprescindibles de un superhéroe —finalizó Wayzz con una amplia sonrisa y mirando a su maestro con afinidad.
El muchacho resopló. Plagg miraba de reojo a su portador, pues deseaba una vez por todas no sentir el aura de negatividad que llevaba consigo. Con razón Adrien no fue akumatizado, si Papillon hubiese permanecido en París éste sería un posible candidato con todas las de la ley.
— Las cualidades de un superhéroe… —repitió Adrien en voz baja, como diciéndoselo a sí mismo.
— Muchacho, créeme —Fu colocó una cálida mano en el hombro del joven—. Eres más de lo que aparentas ser, más de lo que crees que eres. No merece la pena que te infravalores y sufras por esas nimiedades que tienes en la cabeza. Debes confiar más en ti.
Los ojos de Adrien no se posaban en algún punto en particular, sólo divagaban con lentitud por la estancia en la que se encontraba. Tenía que despejar la mente, sea como fuere, de esos pensamientos oscuros que le invadían por completo. Necesitaba descansar de ello, necesitaba desconectar. Pero no encontraba ni la técnica ni la manera de hacerlo, y eso era desesperante.
— Sí... —musitó Adrien con voz queda.
— En cambio, si ves que no puedes pensar con claridad y en positivo desde que Ladybug se marchó a Nueva York, igualmente podrías consultar a un especialista… Un psicólogo, un psiquiatra tal vez… Pero, evidentemente, no podrías decirle que eres Chat Noir, o que echas de menos a Ladybug y demás asuntos que conciernen a tu deber como superhéroe.
— No podría hacerlo —suspiró Adrien, sintiéndose cansado—, pero gracias por la sugerencia y la ayuda. Intentaré apañármelas yo solo.
— Bueno, cambiando de tema… ¿Vas a ir a Nueva York? —preguntó el kwami de la tortuga.
— Me gustaría, pero no sé cómo convencer a mi padre —Adrien se rascaba la barbilla, pensando en algo—. Es bastante complicado.
— Por lo que me informaste… tu padre está en Nueva York —dijo Fu—. No sería descabellado decirle que si quiere controlarte de alguna manera... podrías ir allí.
— Lo de "controlarme" no me gusta demasiado —esbozó una sonrisa llena de nerviosismo e incomodidad—. Además, mi padre no se queda de forma permanente en Nueva York, a veces viene a París para realizar algunas reuniones, mantiene contactos con posibles clientes, va viendo las aperturas de nuevas tiendas, hace contratos y colaboraciones con otras marcas, regresa en busca de inspiración, y miles de cosas más. El hecho de que haya fundado una academia allí no significa que...
— Pero puede ser una posibilidad. Sé que no te hace ninguna gracia, Adrien, aunque creo que tu padre se preocupa mucho por ti: eres su único hijo y eres lo único que le queda, después de lo que le pasó a tu madre.
— Pero su forma de demostrar su "preocupación" no es la adecuada, Fu —soltó Plagg, defendiendo a Adrien—. No he visto a padre más controlador que él en mis miles de años de existencia. Es agobiante, testarudo, estricto, ¡no deja al chico respirar!
— Lo sé, lo sé —Fu hacía un gesto con las manos, como a modo de pausa—. Sé que no es muy agradable la situación. Sin embargo, habrá que pensar en algo con lo que Adrien pueda salir del país sin ningún atisbo de sospecha. Y la clave está en su padre y en su aprobación.
— Por mucho que sea mayor de edad, me siento como un pájaro enjaulado —masculló Adrien—. Mi poder de decisión se reduce a cero cuando se trata de él.
— Bueno, en alguna que otra ocasión te saliste con la tuya, chico —recordó Plagg—. Pero eso fue porque armaste un pollo delante de la gente o… tú también fuiste muy testarudo.
— Plagg… —lo miró de forma casi amenazante.
— Sólo estoy diciendo la verdad, a mí no me mires así.
— Suponemos que tu padre actúa así por su instinto protector… aunque sí es cierto que te sobreprotege de una manera que no es la adecuada —decía Fu mirando la tablet—. Pero hay que buscar un modo o una manera de que lo convenzas, y bajo sus términos, para instalarte en Nueva York sin que él sospeche.
Todos se quedaron en silencio durante un buen rato, pensando en cualquier argumento o excusa posible para convencer al señor Agreste. Adrien se estrujaba el cerebro buscando explicaciones plausibles para su padre, no por nada él tendría que conocer a Gabriel mejor que nadie. Plagg divagaba con Wayzz mientras estaban sentados en el gramófono antiguo, en tanto que el maestro Fu seguía deslizando su dedo por la pantalla del aparato electrónico.
— Creo que… tengo una idea… —dijo finalmente el anciano, después de que hubiesen pasado, al menos, diez minutos en completo silencio—. No sé si estarás dispuesto a ello, pero igual podría servir…
Fu, paso por paso, explicó su plan a los que estaban allí reunidos. Adrien atendía a todos los detalles que explicaba su maestro, que hasta hizo un croquis en su smartphone para que no se le escapara nada a la hora de decírselo a su padre. No era una idea descabellada, después de todo, pero habría que hacer… ciertos sacrificios.
Vivir en Nueva York quizás podría venirle de perlas y conseguiría ser más independiente, aunque bajo unas normas estrictas dictadas por su padre, pero menos daba una piedra.
Después de que Fu mostrara el plan a los presentes, Adrien aceptó su sino.
— No sé si me habré dejado algo más en el tintero o algún cabo suelto, pero creo que está todo bien atado.
— Está perfecto —dijo Adrien—. Ahora sólo queda que mi padre acepte.
— Seguramente te ponga más condiciones. Si te dice que no… yo no sé qué más se podría hacer, no tengo pensado un "Plan B".
— Ni ninguna de las letras del abecedario —reía Plagg.
— Si eso ocurriese intentaré buscar una solución —Adrien frunció el ceño con una expresión de decisión—. No pienso quedarme más tiempo aquí.
— Está bien. Por otra parte, debería recordarte que, en caso de que finalmente te instalases allí… habrías de darle el kwagatama a Ladybug.
El muchacho sacó del bolsillo de su pantalón aquel preciado colgante con una sonrisa nostálgica. Siempre lo llevaba con él a todos lados, era su "Lucky Charm" portátil. Inspiró con pesadez y, mientras observaba dicho objeto, sus ojos se tornaron acuosos.
«Odio echarla tanto de menos», pensó Adrien, cerrando el puño donde tenía el kwagatama.
— No, Adrien —se quejó Plagg con las orejitas gachas, acercándose a su portador—. No te pongas a llorar, por favor….
Inevitablemente, ambas mejillas se mojaron por las lágrimas que emanaban de sus ojos. Pero no hipó, ni resopló, únicamente eran lágrimas silenciosas las que estaban ahí. El muchacho no hizo ningún tipo de espectáculo, sólo lloraba sin hacer ruido.
El kwami se colocó en una de las mejillas de Adrien y se restregó en ella en modo cariñoso. Plagg odiaba verlo así, sufriendo por Ladybug y por ese tonto amor no correspondido, con esa dependencia amorosa malsana que tenía Adrien hacia esa mujer. Cómo deseaba que Adrien pasase página pronto, no le estaba haciendo ningún bien la situación en la que estaba encontrándose, y sabía que él tenía depresión desde que la heroína se marchó.
Intentaba con todas sus fuerzas alentarlo con chistes, haciendo lo imposible para animarlo y hacerle reír… pero caía en saco roto cuando el noventa por ciento de las veces era ignorado, la única respuesta que recibía era una mirada llena de vacío.
— Lo siento, no puedo evitarlo —se disculpó, retirándose rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano.
— Es innecesario que te disculpes —lo apoyó Fu, colocándole una mano cálida y comprensiva en el hombro—. Sé que la quieres mucho.
— ¡MÁS QUE A MI PROPIA VIDA! —reventó Adrien con un nudo en la garganta y sus manos temblaban—. ¡Argg, odio esto, odio estos arranques de…!
— Tranquilo —Fu instó a darle un abrazo, a lo que Adrien accedió—. Tranquilo…
Cuánta falta le hacía a Adrien una figura paterna que le hubiese ayudado en su día a día y en sus crisis de adolescente, que pudiera proporcionarle consejos. Conseguir sentir apoyo y alcanzar a compartir momentos juntos entre padre e hijo. Y aunque Fu no fuese esa "figura paterna" que tanto necesitaba, al menos estaba ahí cuando más necesitaba una opinión. No siempre podía acudir por las restricciones de sus horarios, pero aquel sabio anciano acertaba con sus palabras.
Era una soledad impuesta desde joven, y la falta de su madre, a la cual quería con locura y recordaba constantemente, le hacía sentir ese vacío en su interior. Anhelar una familia completa, feliz, era imposible que se hiciese realidad. ¿Cómo era posible que pudiese estar todavía en pie, en vez de estar sumido en una depresión profunda? No se lo explicaba, pero suponía que era porque tenía esperanza o que era un completo ingenuo, esperando que algún día todo volviese a la normalidad: tener un padre afectuoso y comprensivo con su hijo, y que la chica de sus sueños lo quisiese por fin.
Sin embargo, esto no era un cuento de hadas, y la realidad es mucho más cruda, una realidad a la que tiene que hacer frente… pero él estaba sintiendo la necesidad de huir. Ya estaba harto de aguantar tantos golpes que le daba la vida, las decepciones que iba sintiendo, una detrás de otra, dejándolo en la desesperanza. En ya no tener una salida dentro de ese pozo oscuro e inmenso.
Buscó una manera menos vergonzosa y humillante de desahogarse con el maestro Fu, y ambos tuvieron una charla de corazón a corazón, dejando al muchacho mucho más tranquilo y seguro de sí mismo, con más confianza. Fu siempre daba con la tecla para que su esperanza no se esfumase por completo.
Después de aquella charla gratificante, volvieron a comentar sobre el plan de convencer al padre de Adrien, ensayar algunas frases persuasivas para ganar el "Sí" de Gabriel y maquinando posibles alternativas, en caso de que fallase la primera opción.
Viendo la hora que era —las una y media de la tarde— y haciendo cálculos con la cabeza, llegó el momento de despedirse del maestro Fu. En Nueva York serían las siete y media de la mañana, por lo que su padre estaría despierto y podría decirle todo el plan que habían hecho entre los cuatro.
— No te olvides del kwagatama —le recordó Fu—. Por lo demás, te deseo muchísima suerte. Ten confianza y ya verás que irá bien.
— Le echaré de menos, Maestro —dijo Adrien, dándole un abrazo muy sentido a modo de despedida.
— Recuerda que, si en algún momento tienes alguna dificultad, puedes contactar conmigo por aquí —Fu señaló su móvil, bastante sencillo en comparación al de su pupilo.
— Lo haré, sin duda —sonrió el joven—. Vamos, Plagg. Adiós, señor Fu.
— Hasta pronto, Chat Noir.
Encontró a Nathalie bastante molesta cuando llegó a la mansión familiar. A parte del fastidio que le supuso la larga ausencia de Adrien, no logró descubrir el motivo por el cual saltó la alarma de incendios. También tuvo que revisar todas las áreas de la casa por si había desperfectos y daños para luego comunicárselo a Gabriel cuando estuviese disponible.
La excusa que encontró Adrien para la asistenta fue que se marchó a dar un paseo por París y, mientras tanto, estaba reflexionando sobre lo que quería hacer después de haberse graduado, y que gracias a esa caminata había llegado a una conclusión y quería decírsela a su padre. Lógicamente Nathalie encontró extraña esa explicación, pero al ver la cara decidida del hijo de su jefe no puso ninguna pega al respecto.
— Bien, intentaré contactar con tu padre para explicarle lo que ha ocurrido en la mansión y luego podrás hablar con él —informó ella, colocándose bien las gafas mientras lo decía.
— Muchas gracias, Nathalie —esbozó una sonrisa Adrien—. Iré a mi habitación por ahora, avísame cuando mi padre esté disponible.
Nathalie asintió con la cabeza y Adrien entró a su cuarto cerrando la puerta, dejando así salir a Plagg, que estaba escondido en el bolsillo trasero del pantalón. El joven rubio se sentó en el sofá a la espera de la llamada de la secretaria, mientras cerraba los ojos.
— Tengo miedo a lo que pueda decir él, ¿sabes? —decía Adrien, mirando el techo—. Siempre he estado buscando su aprobación en todo momento o estando bajo su vigilancia.
— Puede que eso ahora cambie —tragaba Plagg un trozo de camembert—. Ifual fu fadre nof da una forfrefa.
— ¿Que nos dé una sorpresa? —Adrien inquirió con una ceja hacia arriba mientras su kwami devoraba más queso—. Perdona que lo dude.
— A saber. Yo sólo estoy preocupado por comerme esto —y volvió a tragar otra pequeña cuña, no dándole más importancia a lo del padre de su portador.
No supo cuánto tiempo pasó, hasta que Nathalie entró por la puerta de la habitación —Plagg se escondió rápidamente debajo de la almohada de la cama de Adrien— y le indicó al muchacho que encendiera el ordenador, pues su padre le iba a hacer una videollamada.
El tic de su pie izquierdo era bastante llamativo mientras abría Skype y la asistenta observaba a lo lejos el nerviosismo de Adrien. ¿La palabra "privacidad" no existía en el diccionario de Nathalie ahora o qué?
De repente la pantalla mostró a un Gabriel Agreste serio, como siempre. La taza de café humeaba entre sus dedos, dándole un sorbo mientras el cristal de sus gafas se empañaba.
— Hola, papá —lo saludó Adrien, que intentaba calmarse de todas las maneras posibles.
— Hola, hijo —sorbió de nuevo otro ligero trago de café—. Me ha estado comentando Nathalie que querías hablar conmigo sobre tu… futuro.
— Eh… sí, claro —asintió el rubio con una sonrisa nerviosa—. Eeem… Nathalie… ¿podrías… dejarnos a solas, por favor?
La mujer inclinó la cabeza en respuesta afirmativa y salió de la habitación en silencio; internamente, Adrien respiró aliviado y le supuso una menor tensión a la situación. Giró su silla para dirigirse a su padre, cuya boca estaba ocupada masticando una galleta de jengibre y miel.
— Cuéntame qué ocurre —pidió Gabriel, terminando ya su desayuno.
Adrien inspiró profundamente antes de decirle lo que ya tenía planeado. Ya no había vuelta atrás. Le soltó la bomba:
— Quiero irme a Nueva York.
El diseñador arrugó el ceño, por lo que sus ojos se empequeñecieron y sus labios se fruncieron en una fina línea. Era evidente que no se esperaba en absoluto que su hijo le dijera tal propuesta, aunque no indicase los motivos exactos de por qué quiere irse a Nueva York.
— Explícate —exigió.
— Pues… quiero irme a Nueva York a… mejorar mi carrera como modelo —el tono de Adrien intentaba ser lo más sereno y convincente posible, a pesar de las pausas que hacía en sus frases—. Y estando aquí, en París, no creo que me pueda ayudar demasiado en ello.
— Ni siquiera me has dicho si deseas continuar unos estudios universitarios, Adrien —la voz de Gabriel era fría y cortante. Nada de lo que le decía su hijo encajaba, sabía que era una excusa—. Si bien es cierto que me ha sorprendido que dijeras esto, no lo veo muy normal. Que yo sepa… ser modelo no era algo que fuese prioritario para ti.
Mierda. El tema "modelo" no había servido. Creía que sería convincente, pero no se esperaba que su padre le soltase algo como hacer una carrera universitaria, cuando ni había pensado en esa posibilidad o a qué le hubiera gustado dedicarse en un futuro, fuera de los focos, de las fotografías de estudio y las pasarelas varias.
— Podría compaginarlo con una carrera. Hay mucha gente que se va al extranjero a ejercer estudios superiores y eso incrementa mucho su estatus, prestigio y caché, padre.
— Hmmm… Eso sí que no te lo discuto —dijo Gabriel a la vez que se frotaba la barbilla—. Pero no entiendo por qué, precisamente, tiene que ser Nueva York. Milán también es una de las cunas más importantes en el mundo de la moda, además de París, por supuesto.
— Porque Nueva York es más amplio, internacional y cosmopolita. El estilo de vida americano es muy conocido, al que mucha gente quiere aspirar. Estados Unidos es el país más importante del mundo. Y, además, estás allí casi la mayor parte del tiempo por el tema de la academia… Y con tus contacto podría llegar a más gente y a más marcas, y así lanzar al estrellato mi carrera como modelo —explicó el rubio, sacando más argumentos a la palestra.
«Necesito decirle más cosas, creo que esto no es suficiente», la mente de Adrien estaba funcionando casi al límite de su capacidad cerebral.
— Creía que no te gustaba ser modelo —esa frase fue como una daga, pero Adrien ya sabía cómo contestarle.
— Bueno, digamos que ya me acostumbré a ello. Es lo único que conozco que se me da bien y con lo que podría ganarme la vida —con esto, Adrien se cruzó de brazos—. Dudo que ser pianista, profesor de idiomas o de esgrima sea tan exitoso como ser un maniquí masculino que podría llegar a ser bastante destacado en el mundo de la moda.
Ser modelo no era una de las cosas que más le agradaba, en eso su padre tenía toda la razón del mundo. Tampoco se negaba a admitir que tenía un gran atractivo y era de buen ver, y ser modelo le había abierto algunas puertas. El hecho de ser guapo —tanto justa como injustamente— le proporcionaba una serie de ventajas para conseguir ciertas cosas. Potenciar esto en la ciudad de Nueva York podría ser una baza que su padre no podría negarle.
¿No querría su padre hacer llegar a los Agreste a lo más alto, así como a la marca Gabriel? Podría utilizar a su hijo para alcanzar su objetivo.
Pensando en ello, Adrien había llegado a una conclusión.
— Como me has estado señalando hace nada lo de hacer una carrera universitaria, ¿qué te parecería Administración y Dirección de Empresas como una posibilidad? —ofreció el joven, tenía que hacer la propuesta lo más atractiva posible para su padre—. Porque cuando te jubiles, qué mejor que tu hijo el que lleve la marca Gabriel por ahí. Y sabes de sobra que estará en buenas manos, y más sabiendo cómo es el mundo de la moda.
— ¿Me estás diciendo que quieres despegar tu carrera de modelo, haciéndote más famoso de lo que ya eres, y estudiar una carrera universitaria a la vez? —la expresión de Gabriel era de incredulidad total.
— Mucha gente estudia y trabaja a la vez, no veo por qué no —se encogió de hombros Adrien, restándole importancia—. Ya lo he hecho siendo adolescente, a parte de estudiar, ir a las clases particulares, siendo modelo… A las malas, si veo que la carrera de modelo me quita mucho tiempo, podría estudiar a distancia y únicamente acudiría a las clases prácticas, exámenes, trabajos en grupo…
— Hmmm… —está pareciendo que, contra todo pronóstico, Gabriel estaba aceptando la idea—. Nunca te he visto tan decidido, Adrien. ¿Estás totalmente seguro de hacerlo?
— Completamente —la mirada de Adrien estaba llena de determinación.
Los ojos de Gabriel apuntaban a las esquinas de la pantalla del ordenador, como si estuviese reflexionando. Adrien, interiormente, estaba gritando de los nervios. La retahíla de explicaciones y excusas se estaba agotando, y pensar en nuevos argumentos para quedarse a vivir en el continente americano tenían los minutos contados.
No sabía qué era peor: enfrentarse a los akumas, los rechazos amorosos por parte de Ladybug o esto. Si llegaba a convencer a su padre, tenía intenciones de darse un buen capricho y homenaje cuando se instalase en Nueva York. Ah, y un buen lote surtido de quesos para Plagg, con especial atención al camembert.
El silencio entre padre e hijo se iba prolongando en el tiempo, llegando ser hasta incómodo. Gabriel se frotó en el entrecejo y en el puente entre las gafas mientras suspiraba.
— Irás a Nueva York, pero tendrás que seguir unas ciertas condiciones —aceptó finalmente el padre Adrien.
Sí. ¡Sí! ¡SÍ! Le daba totalmente igual qué tipo de condiciones le impondría su padre, pero… ¡había dicho que sí!
— Haré todo lo que me pidas, papá —asentía el joven.
— Está bien —resopló Gabriel, ajustándose las gafas—. Irás a estudiar Administración y Dirección de Empresas, como bien dijiste, a distancia, en la Berkeley College. Ya tramitaré todo lo necesario con la ayuda de Nathalie para que ingreses cuanto antes.
En fin, ¡a estudiar se ha dicho! El muchacho tampoco lo veía tan mal después de todo.
— La Berkeley College es una universidad privada, y muchos de sus programas están enfocados a negocios internacionales, comercialización y administración de modas. Creo que te vendría bien.
— No sabía que supieses eso —Adrien ladeó la boca, sorprendido.
— Tuve que informarme antes de todo lo que ofertaban otras universidades para crear Dream Atélier. Sin una base sólida y unos principios y objetivos claros, no puedes fundar algo que pueda darte garantías y éxito —en esto, carraspeó y prosiguió—. A parte de estudiar a distancia, pero yendo a las tareas grupales, exámenes y todo lo que sea presencial, deberás estudiar idiomas.
— ¿Más? —se quejó Adrien—. Pero, papá…
— El mercado japonés y coreano son bastante atractivos, además del chino. Evidentemente, tu nivel de chino es superior y tu japonés está a un buen nivel. Sin embargo, no tienes el último título de japonés y sería una grata idea que empezaras coreano —se colocó de nuevo las gafas correctamente, reflejando así la luz de la pantalla con un destello blanco.
«Ni leer manga o ver anime es suficiente para mantener un buen nivel de japonés», rumió Adrien, que casi ponía los ojos en blanco.
— Asimismo, el mercado hispano y español es demasiado amplio para dejar escapar la oportunidad de que aprendas español. No creo que te supongan ningún tipo de problema: el japonés casi lo tienes dominado, el coreano no sería demasiado difícil dado a tu facilidad de aprender idiomas, y el castellano dudo que le encuentres alguna complicación por ser una lengua latina.
«Estudiar tres idiomas, además de la carrera. Papá, ¿qué más quieres de mí?».
— Hasta aquí, tus estudios —finalizó este apartado el padre de Adrien, apuntándolo todo en una tablet.
— Gracias a Dios —respiró aliviado el rubio.
— Todavía no he terminado, Adrien —lo avisó.
«Mierda».
— Tenemos que hablar de tu carrera como modelo, y esto es lo que más me preocupa —suspiró Gabriel, realmente parecía preocupado.
— ¿Por qué debería preocuparme? —inquirió Adrien, encogiéndose de hombros.
— El mercado y exigencias de aquí no son las mismas que en Francia. Y si quieres ser un modelo de talla internacional y famoso, deberás someterte a sus normas. He estado analizando cómo lo hacen en varios países, cada uno con sus diversas particularidades. Y, probablemente, te incomode saber ciertos detalles del modelado estadounidense.
— Asumiré el riesgo —dijo Adrien.
— ¿Estarías dispuesto a ser… sexualizado? —propuso Gabriel en tono trémulo.
— ¡¿Qué?! —la cara de Adrien se había desencajado por completo—. ¿QUÉ? ¿PERO QUÉ…?
— Adrien, tranquilízate, por favor —pidió Gabriel, serio.
Plagg, escondido, lo escuchaba todo y tenía los ojos tan abiertos como los de su portador. Menudos berenjenales en los que se metía Adrien, sólo por estar con su amada Ladybug. Es lo que tiene aceptar ciertos sacrificios. Si quería ir a Nueva York, tendría que aceptar todo lo que su padre le impusiera.
Al lado de Adrien había un vaso de agua fresca, que bebió de un trago y sus manos sudaban demasiado. Que su padre le dijera que si estaba dispuesto a ser sexualizado era algo con lo que no contaba e imaginaba para nada. Siempre Gabriel había tenido cuidado con este tipo de cosas, ¿pero ahora por qué era diferente?
— Mira, a mí tampoco me gusta esto —decía Gabriel mientras pasaba una mano por su pelo plateado—. Pero, para los americanos, el sexo vende. Mucho. Llama demasiado la atención para las masas y es muy usado en el marketing, por lo que las ventas suben como la espuma. No sólo lo hacen con las mujeres, sino con los hombres también y cada vez más. Muchos imperios publicitarios han ganado notoriedad basándose en la sexualidad y la sensualidad. Desgraciadamente, esto es así.
— Al menos me alivia saber que no te gusta demasiado eso… —la voz de Adrien era algo temblorosa, aunque la intentaba camuflar como podía.
— No es mi modus operandi —observaba a su hijo—. Pero las cosas han cambiado, aunque no me gusten. Seguirás siendo modelo ilustre bajo la marca Gabriel, pero si queremos que asciendas rápidamente, tendré que prestarte para otras marcas y así destaques de entre los demás maniquíes masculinos. Las pasarelas de moda, la publicidad y demás ya harán el resto.
Un quejido salió de la boca de Adrien y asintió con la cabeza, aceptando aquella condición.
— Sabemos que eres un chico atractivo y con unas características bastante idóneas para ser deseable a ojos del público. Tu belleza es igual a la de tu madre —la mirada de Gabriel se dulcificó al recordar a su esposa—. Pero… deberás amoldarte a ello sin más remedio. Y potenciar las cualidades que tienes y que sabes que puedes explotar al cien por cien.
— Está bien —aceptó el muchacho, exhalando un largo suspiro.
— Tendrás que someterte a una dieta, análisis médicos cada mes y rutinas de ejercicios para ganar masa muscular, además de cuidar tu apariencia y estética todo lo posible.
— Sí —asintió con la cabeza—. Seré un metrosexual mazado con un gran sex-appeal.
— … ¿Qué has dicho? —preguntó Gabriel mientras arrugaba la nariz.
— Nada, nada —Adrien mostró una gran sonrisa falsa a la vez que hacía gestos con las manos para distraer a su padre sobre lo que había dicho—. Continúa.
— Prohibidas las drogas y el alcohol —dijo con voz autoritaria el diseñador—. Seguramente te inviten a que consumas algo de aquello, ya sea entre bambalinas o en algún evento. Quiero un hijo sano que no se deje llevar por los vicios y los excesos.
— Por eso puedes estar tranquilo, no me gusta nada de eso —volteó los ojos Adrien.
— Me alegro por ello. Prosigo, pues —continuó su padre—. El mundo de la farándula puede ser muy atractivo para muchos, pero no quiero ningún escándalo por tu parte. Ten cuidado con las redes sociales y el contenido que publicas en ellas. Sería imperdonable que manches el apellido Agreste por las tonterías que hagas.
— Podría pedirle a un community manager que lleve mis redes sociales oficiales, pero creo que tengo derecho a tener mis cuentas personales y llevarlas yo, además de subir el contenido que yo quiera —el tono de Adrien indicaba molestia.
— Sólo te pido que seas responsable, nada más —aclaró Gabriel, notando aquella incomodidad.
— Descuida, lo haré. Siempre he sido una persona responsable, padre. Pero debes de entender que soy mayor de edad y tengo que tomar mis propias decisiones. Sé que tengo que aceptar todas tus condiciones, pero… debes confiar en mí —pidió Adrien, todavía incómodo.
— Tienes que entender también mi postura, y que todo esto lo hago por tu futuro y por tu bienestar—el lado sobreprotector de Gabriel salía a la luz—. ¿Es malo decirte que ni se te ocurra acercarte a las drogas o te dejes llevar por los excesos, o que se te suba la fama a la cabeza y acabes corrompido por ello? Para mi hijo no quiero eso, quiero lo mejor.
— Y está bien que digas eso. Quiero que confíes en mí —volvió a repetir Adrien, acercándose a la pantalla—. Por favor.
— Está bien —aceptó a regañadientes—. Sólo te digo que Nueva York no es un sitio maravilloso como lo pintan y tiene también sus peligros. El mundo del famoseo tiene demasiadas tentaciones.
— Lo sé —un suspiro de hastío salió de la boca de Adrien—. ¿Has terminado?
— Todavía no.
Gabriel siguió con su monólogo de normas para que Adrien las acatara al pie de la letra —otra cosa es que Adrien, cuando estuviese en Nueva York, las hiciera al completo—, tales como los contratos, el horario a seguir, las cuentas bancarias y las tarjetas de crédito, la posibilidad de sacarse el carnet de conducir, de unirse a actividades extra para despejarse, entre otros detalles más o menos livianos... hasta llegar al tema del lugar donde viviría.
— Vivirás en la casa que tenía tu madre aquí —cuando Gabriel decía estas palabras, a Adrien se le enterneció el corazón—. Cuando vine la reformé y está totalmente habitable. Desde que llegué a Nueva York vivía aquí, pero creo que sería mejor que te quedaras en mi lugar.
— ¿Y tú dónde vivirás? —preguntó Adrien.
— En la academia hay una vivienda en el ático para mí con todo lo necesario, así que por eso no te preocupes. Además, no siempre estoy en Nueva York y hago muchos viajes de aquí para allá.
Conociendo a su padre, seguro que la vivienda de su madre estaría demasiado equipada con tecnología muy vanguardista, seguridad por todos lados y lujos por doquier. Sólo esperaba que le dejase instalar cosas personales, como videoconsolas, alguna colección de cómics y series… vamos, lo que todo chico joven tiene en su habitación para entretenerse y evadirse de una vida de mierda.
Preguntó el muchacho si tenía derecho a modificar algo de la casa y recibió un sí por respuesta, cosa que le alivió bastante. Después de esto, lo único que faltaría ya sería el traslado de todas las cosas y cuándo sería el viaje. Lo único que sí tenía claro es que tendría que ser en menos de cinco días, Adrien quería estar con Ladybug lo antes posible para poder ayudarla con esos akumas —si es que aparecían más—, y también saborear su libertad, aunque condicionada.
Nathalie se iba a encargar de archivar y de ser informada de todos los progresos que haría Adrien durante su estancia en la Gran Manzana, aunque Adrien lo veía totalmente innecesario y fuera de lugar, cuando Nathalie estaba en París a miles de kilómetros de distancia. Pero suponía que esto era por la confianza que se había depositado en ella todos estos años y porque era una persona eficiente y muy cualificada.
Después de unos últimos detalles y apuntes, terminó la conversación por videollamada. Escuchó a lo lejos que Nathalie hablaba con su padre, seguramente informándole de todo lo que había hablado con él. Se alejó de la silla del escritorio para estampar delicadamente la frente en el cristal de una de las ventanas de su cuarto.
— Al final te has salido con la tuya, ¿eh? —preguntó Plagg, saliendo de su escondite.
Adrien sólo sonrió, cerrando los ojos.
— Quizás a un precio bastante alto, pero sí —suspiró.
— Te ha costado tener tu ansiada libertad —Plagg también miraba por la ventana.
— Una libertad condicional, en realidad —apuntó Adrien—. Pero ya no me sentiré tan preso como aquí. Por fin podré sentir lo que es ser independiente, vivir en un mundo de adultos, sin estar tan sobreprotegido. Simplemente… poseer mi vida.
— Sólo debes vigilar tus pasos para no pifiarla, pero me alegro por ti, chaval —dijo Plagg, sentándose en el hombro de su portador.
— Gracias por estar conmigo, Plagg —Adrien le acariciaba las orejillas, a lo que el kwami emitió un maullido placentero.
— Siempre estaré para ti, chico —ronroneó Plagg.
Fue todo bastante rápido. Docenas de paquetes se enviaron a la antigua casa de su madre en uno de los sitios más bonitos y tranquilos de Nueva York, cuando ella tenía que rodar algunas películas. La vivienda estaba ubicada en Upper West Side y, aunque estuviese rodeada de grandes edificios y apartamentos, en la zona en la que se encontraba había varios residenciales con casas separadas y jardines, un poco apartada del mundanal ruido.
En el viaje estuvo acompañado en todo momento por Nathalie y "Gorilla", el chófer familiar. Sorprendentemente, fue Gabriel quien fue a recibirlos al aeropuerto, cuando Adrien pensaba que su padre siempre estaba ocupado con sus asuntos y casi nunca hacía este tipo de cosas.
Cuando llegaron a la casa, varias de las pertenencias de Adrien estaban ya colocadas desde que se enviaron los paquetes. Tenía dos plantas, un pequeño patio trasero y un jardincito delantero. El salón-comedor era grande y amplio, se veía nada más entrar a la casa, aunque las dos estancias se separaban por un moderno y alto biombo de madera. Sonrió al ver que algunas de sus consolas estaban en el mueble, debajo de la gran televisión de alta definición. Lo que no se esperaba en absoluto es que hubiese un piano al lado de ésta.
— ¿Un piano? —preguntó el muchacho, muy sorprendido.
— Pensé que te gustaría tocarlo de vez en cuando —respondió Gabriel, con orgullo, pues él también sabía tocar el piano.
— Sí, creo que ha sido buena idea —asintió Adrien.
La cocina estaba muy bien equipada y era grande, todo era de color blanco y negro, en contraste con los tonos cremas y marrones del salón-comedor. También en la misma planta había un cuarto de baño de un tamaño modesto con ducha incluida, en tonos claros y verdes. Al lado de las escaleras que llevaban al segundo piso de la casa, había un pequeño habitáculo con una lavadora y secadora, una plancha con su tabla de planchar y diversos útiles de limpieza.
Franqueando las escaleras había un pequeño salón, donde sería una zona de estudios, pues había dos escritorios con cómodas sillas, un ordenador, varias estanterías y muebles de almacenaje… En la otra zona de dicho salón había sofás, una minicadena… Esa zona parecía más bien un sitio de relax, por lo que había de todo un poco.
Desde la zona de estudio se iba a un balcón algo grande, y había instaladas una máquina de hacer ejercicio y una cinta de correr, pero también una mesa con sillas y una sombrilla, y un sofá al lado. Este balcón daba al patio trasero, así que esas actividades las podría hacer en la intimidad.
— Tardabas en ponerme las máquinas, ¿eh? —inquirió Adrien con una sonrisa nerviosa.
— Ya sabes que tienes que estar en forma —la respuesta de Gabriel era totalmente evidente.
Adrien se acercó a la barandilla para mirar el patio y alucinó bastante.
— ¿Qué es esto? ¿Barbacoa? ¿Tumbonas? ¿Estufa de exterior? —enumeraba el rubio, fascinado—. ¿Un… jacuzzi?
— A falta de piscina… —se encogió de hombros su padre—. Tampoco quiero privarte de algunos placeres básicos.
— Un jacuzzi dudo que sea un placer básico, papá.
— Siempre puedes ir a una piscina comunitaria o a la de un pabellón de deportes… Si no estás conforme con esto, claro.
— No, no, no —negaba con la cabeza rápidamente—. Estoy totalmente de acuerdo con esto.
Gabriel le presentó el dormitorio, tras la puerta blanca de la zona de estudio. Era muy amplio y luminoso, con colores claros y toques turquesas, dorados, negros y plateados. La cama era de matrimonio, y hasta tenía un tocador de maquillaje —su padre le dijo que lo envió a restaurar, que era de su madre— con algunas fragancias. Desde la habitación se podía acceder a un vestidor alargado pero estrecho, y también a un gran cuarto de baño que tenía tanto ducha como bañera de hidromasaje.
— Quiero que veas una cosa, Adrien —le sugirió el diseñador, instándole a que bajara con él.
Ambos fueron al jardín delantero y Adrien pudo observar mejor todo lo que tenía en dicha entrada: desde bancos de madera, árboles, matorrales, macetas y flores, hasta una fuente donde había pájaros posados en ella que se refrescaban con el agua que emanaba.
Gabriel le dio un toque en el hombro para que los dos pudieran dirigirse al ala derecha del jardín… y en una de las esquinas había una estatua delicada de una mujer. Estaba de pie, con una túnica larga con escote de pico y parte de la cola del vestido la agarraba con la mano derecha. Su pelo largo caía como cascadas a los lados en su rostro. Tenía los ojos cerrados, pero la cara despedía tranquilidad y ternura. Era una estatua dedicada a su madre, Emilie, fielmente reproducida al mínimo detalle.
— Algunos muebles y objetos de tu madre están en esta casa, bien conservados y otros los mandé a reparar. Pero también quería tener su presencia aquí, así que había encargado esta estatua. Así podrás recordarla.
— Gracias —dijo Adrien, emocionado.
Regresaron al salón y se sentaron en los sofás, mientras que Nathalie preparaba un refrigerio y algo para picar. Afortunadamente, la nevera estaba llena y había reservas de todo lo que se necesitaba para un mes. Adrien agradeció el té helado que le brindaba la asistenta de su padre, que iba sirviendo a los demás presentes y a ella misma.
— Hay cámaras de seguridad, detectores antirrobo y dos cajas fuertes —explicaba Gabriel—. Puedes controlar muchas cosas de la casa al ser domótica, mediante voz, gestos, programas y aplicaciones. No te será complicado dominarlos.
— ¿Podría venir un experto informático o similar por si quiero cambiar algo? —preguntó el muchacho, esperando que la respuesta fuese afirmativa.
— Supongo que sí, te dejo la casa a tu cuidado y responsabilidad —contestó mientras sorbía el líquido del vaso—. Tienes contratados un jardinero que se ocupará de las zonas verdes un día a la semana para su mantenimiento y cuidado, y una empleada de servicio doméstico que se pasará dos veces en semana para hacer las tareas del hogar.
— Pero... Papá, yo puedo aprender a hacer la comida, planchar, lavar, limpiar... —protestó Adrien, no quería ser tan dependiente de otras personas, ¡lo que faltaba ya!
— Sí, y puedes aprender para valerte por ti mismo, pero una ayuda nunca viene nada mal por si hay que limpiar la casa en profundidad —decía Gabriel, un poco irritado.
— Al menos puedo decirles a ambos cuándo pueden venir y el horario que me conviene mejor, ¿no?
— Sí, tranquilo —gruñó su padre—. Deberías quejarte menos, Adrien. Te estoy poniendo demasiadas facilidades y no sé si me estoy arrepintiendo de que te quedes aquí.
— Me quejo porque quiero tener una vida independiente. Soy adulto, padre, y necesito valerme por mí mismo. Y en caso de que necesite ayuda pues ya la pediré —intentaba hacerse entender, que lo comprendiera.
— Está bien, está bien —aceptaba Gabriel a regañadientes—. Pero aún no has salido del nido y, para que aprendas a volar, te caerás varias veces. Si crees que todo te saldrá bien a la primera, estás totalmente equivocado. Sé de lo que te hablo…
— ¿A qué te refieres?
— Voy a ponerte un ejemplo: llevo varios años detrás de un objetivo y, a pesar de todos mis esfuerzos y empeño, no llego a él por diversas circunstancias, personas e impedimentos que me encuentro por el camino. Pero sé que, algún día, podré lograrlo. La vida es un proceso de enseñanza-aprendizaje, y de esos errores que cometemos podremos analizarlos para ir mejorando… hasta llegar a lo que ansiamos alcanzar —claramente, esta explicación era referida a su "yo" como villano, sin entrar en demasiados detalles para revelar su identidad oculta.
— Vaya, no lo sabía… —Adrien se quedó mirando el vaso en donde flotaba un cubito de hielo, que se iba derritiendo poco a poco.
— Es bastante complicado —en esto, Gabriel miró con complicidad a Nathalie—, pero con perseverancia todo se consigue. Sólo que ya llegará el día, la oportunidad, el momento adecuado. Y la paciencia es un grado, aunque a veces se acabe.
— No hay que rendirse… —dijo Adrien, algo ensimismado e ido, reflexionando las palabras de su padre.
— Exacto, nunca —asintió con la cabeza Gabriel—. Sobre todo, si sacas fuerzas pensando en los que más quieres.
Lentamente, Adrien giró la cabeza hacia su padre, cuya mirada estaba perdida, seguramente recordando a Emilie. Esperaba que también se refiriera a él, a su hijo, porque era lo único que tenía. De hecho, en alguna ocasión, Gabriel comentó lo mucho que se parecía a su madre y que por eso quería protegerlo tanto, porque no quería perderle también como perdió a su mujer.
Gabriel suspiró y terminó su té, que dejó de estar fresco porque todos los cubitos de hielo habían desaparecido. Después de un largo rato, empezaron una conversación banal —y otras veces se hablaron de temas más sustanciales—, hasta que habían pasado dos largas horas, en las que se comentó de los estudios de Adrien, las marcas en las que colaboraría, entre otros asuntos importantes.
Su padre decidió que ya era momento de marcharse y le entregó las llaves en mano, detrás tenía a "Gorilla" y a Nathalie, que se iban con él también.
— Cualquier cosa que necesites, llámame —dijo Gabriel, con ambas manos detrás de la espalda—. Nathalie se encargará de ver tu evolución y tus progresos y me los notificará. Si necesitas alguna cosa de la mansión, ella lo mandará directamente aquí por correo urgente. En caso de que requieras de los servicios de una asistente para que lleve tu agenda, avísame también y lo iremos viendo juntos.
— Gracias por hacerme saber que podré contar contigo para cualquier cosa que necesite —agradeció Adrien—. Casi nunca solías estar disponible…
— Algo de tiempo tendré, si son cosas muy urgentes tendrás toda mi atención… pero si son nimiedades, creo que eso podrá esperar o podrías hacerlo por tu propia cuenta. Hace nada me recordaste que eras adulto, así que en muchas ocasiones tendrás que actuar como tal.
— Está bien, pero es algo que me consuela, el saber que puedes estar ahí cuando lo precise.
— Eso no lo dudes, pero no siempre estaré ahí para ti, porque tengo miles de tareas que hacer y soy un hombre bastante ocupado —puntualizó Gabriel con un tono seco.
— Lo entiendo —dijo Adrien con algo de tristeza.
— En fin, nos vamos —se despidió el diseñador—. Te recuerdo que mañana tienes un anuncio publicitario de una fragancia con Dolce & Gabbana, por lo que estate preparado.
— Sin problema, padre —aceptó el rubio y luego movió la cabeza en dirección al chófer y la secretaria—. Que tengáis un buen viaje de regreso a París.
Y, con abrazos con sabor a despedida, se marcharon de la casa. Cottage's Joy se llamaba el chalet, cuyo nombre lo puso su madre, porque quería que fuera un lugar lleno de alegría mientras estaba ahí.
Adrien no quiso disfrutar de su nueva casa… ahora lo que necesitaba era explorar todo lo que había y que no le gustaba en absoluto, para hacer sus convenientes reformas más tarde. Iba sacando fotos con su iPhone y escribiéndolo todo en la aplicación de notas para tenerlo todo en cuenta.
— Esto no, esto tampoco, no quiero esto… —enumeraba Adrien, deslizando el dedo por la pantalla.
— Te veo haciendo muchas modificaciones, Adrien —observó Plagg, repantigándose en el lujoso sofá.
— Mi casa, mis gustos, mis normas —parecía emocionado por llevar las riendas de su vida y hacer con ella lo que quisiera, mientras seguía apuntando y tecleando.
— Si eso está muy bien, pero luego a ver si tu padre te pregunta por qué has hecho ciertas cosas.
— Meh, da igual, ya buscaré una excusa —no le dio importancia el rubio, analizando una foto que hizo a una de las esquinas de la sala de relax/estudio.
— Como veas —bostezó el kwami, hundiéndose más en el suave y mullido cojín del sofá.
— Cuando termine con todo esto, iremos fuera —una sonrisa pícara apareció en el rostro de Adrien.
— ¿Ah, sí?
— Tengo ganas de tener… un capricho.
— ¡¿ESTÁS CHALADO?! —el gritito de Plagg casi se podría oír desde el bolsillo de su cazadora.
— ¿Por qué? —preguntó Adrien, socarronamente.
— ¿¡No ves que con eso levantas sospechas!? —el volumen de la voz del kwami aumentaba.
— Calla, Plagg, que te van a escuchar… —puso la mano en el bolsillo para amortiguar el sonido, pero Plagg hacía aspavientos con sus patitas delanteras.
— Estás loco de remate. ¿Y si tu padre se entera, eh?
— El maquillaje hace milagros —se encogió de hombros—. Varios años en la industria de la moda me servirían para algo, ¿no?
— Pues no sé yo si será muy efectivo… —gruñó el kwami.
— Deja de fanfarronear, Plagg —diciendo esto, Adrien puso los ojos en blanco.
— ¡Sabes que tengo razón, chaval! —gritó de forma molesta.
— Que sí, que sí… —le daba el sí de los tontos, y se observó en el reflejo de un escaparate de la calle.
Admiró su nuevo look a través de la imagen que le devolvía el cristal. Si bien conservaba su pelo, que se iba alargando con el pasar de los meses —cosa que a su padre le disgustaba, pero ambos llegaron a un trato: el límite del largo del cabello llegaría hasta debajo de las axilas. Adrien alegaba que esa podría ser una de sus señas de identidad y podría ser bastante novedoso y atractivo para el mundo de la moda. Un modelo de pelo largo y rubia cabellera natural, de apariencia cuasi angelical. Al menos, eso era lo que quería venderle a su padre con más o menos acierto—, se detenía más en ver sus orejas… que poseían un "pequeño" cambio: estaban perforadas.
Efectivamente, se había hecho piercings en las orejas. Fue un momento de encaprichamiento, rebeldía, libertad, como ser individual que era. No fue premeditado, no lo pensó, sólo surgió cuando paseaba tan alegremente por las calles del vecindario… hasta que se encontró un local de tatuajes donde también se hacían piercings. ¿Arrepentirse por tal arrebato, tal locura? ¡Ni hablar! Y miraba embelesado su nueva apariencia, tan diferente al del correcto y modesto Adrien que obedecía a todo y a todos.
Pero sí pensó que, para no levantar sospechas, podría aplicarse algunos trucos de maquillaje en dichos agujeros, así parecerían impolutos a simple vista. Le dolió un poco el hacérselos, para qué engañarnos, pero lo dicho, no se arrepentía en absoluto. Un pendiente redondo estaba en el lóbulo derecho, mientras que un aro pequeño se encontraba en el hélix izquierdo, ambos eran plateados e hipoalergénicos, pero tenía que cuidarse los agujeros recién hechos para que cicatrizaran bien y se evitasen infecciones.
— Además, Plagg, no me negarás que estoy más guapo con ellos —decía Adrien, poniendo morritos para que su kwami sintiera más vergüenza ajena.
— Estás ridículo —espetó Plagg, indignado—. Demasiado ridículo.
— Venga, que tú también te mereces un capricho —una sonrisa maliciosa salió de la boca de Adrien y sacó su teléfono móvil—. ¿Quieres treinta kilos de camembert, veinte kilos de una gran variedad de quesos o…?
— Sí, sí, sí, estás tremendamente guapísimo con los pendientes —a Plagg se le hacía la boca agua, mientras veía la pantalla de Adrien y cómo iba pidiendo camembert online—. ¡Pide, pide más camembeeeert! ¡Ooooh, y ese queso de ahí tiene taaaaan buena piiiinta…!
Y siguieron caminando por las calles de la Octava Avenida, maravillándose con cada detalle que la barriada les ofrecía. Iba sacando la tarjeta de crédito para comprar cosas que necesitaba y, cómo no, algunas de ellas eran caprichos y deseos. Al final, Nueva York no estaba tan mal después de todo.
— Adrien Agreste, ¿no es así? —preguntó un señor de raza negra, calvo y con gafas, pero bastante joven, que miraba unos papeles que tenía en la mano.
— Sí —asintió el muchacho de cabellos rubios con la cabeza.
— Ajá… Sí… De acuerdo… Todo correcto —en esto, dio un carpetazo después de analizar el papeleo—. Bueno, pasa a la sala que hay a la izquierda, donde te maquillarán y te peinarán. Cuando acabes, ve a la zona de posado y fotografía, donde estarás con otra modelo.
— Está bien —aceptó y se dirigió a donde le mandó.
Estaba en uno de los rascacielos del barrio Triangle Below Canal (TriBeCa, como lo conocen muchos, para acortar), preparado para hacer su primera sesión de fotos publicitaria para Dolce & Gabbana. Tal y como le dijo su padre, en Nueva York las cosas se hacían de manera distinta, por lo que tendría que tener ojo avizor y observarlo todo con mil ojos.
El peluquero estaba esperándole con una amplia sonrisa, tenía el pelo verde y amarillo, rapado hacia los lados y con un piercing llamativo en la nariz.
— Ven, siéntate —apremió para que Adrien ocupase el asiento.
Fue entonces cuando se fijó en los agujeros recién hechos del modelo y le preguntó qué quería hacer con ellos. En esto, Adrien se sinceró y le explicó la situación, a lo que el peluquero, junto con el maquillador, decidieron cerrar la boca y obedecieron la petición del joven con una sonrisa de complicidad.
No necesitó mucho maquillaje en el rostro, ya que su piel —en palabras del maquillador— era perfecta, sólo se acentuaron algunas zonas de la nariz y de los pómulos y le sombrearon los ojos para que su mirada de color verde fuera más intensa. Su cabello parecía que flotaba en el agua, dándole un aura casi mística. En el área fotográfica había otra muchacha de largos cabellos rubios y con unos redondos ojos de color verde claro, con más maquillaje que el que él tenía y unas largas pestañas postizas. Ambos iban con una larga bata de raso blanco, y a Adrien todavía no le habían dado ropa con la que vestirse.
El director de la sesión de fotos se dirigió a ambos modelos, mientras que el fotógrafo iba ajustando la lente y los operarios de luces y decorado colocaban los últimos detalles antes de empezar. Les indicó que tenían que estar desnudos para esta sesión y Adrien sintió que iba a marearse. ¿Cómo? ¿Primera sesión publicitaria y ya desnudo? ¡Pero si era para un perfume normal y corriente!
La explicación dada era que las fragancias (para ambos géneros) se llamaban "Sensuality", por lo que había que evocar una situación sensual, como el nombre que las fragancias indicaban. Que los modelos tenían que estar tocándose, simulando que se besaban, y mirar a la cámara con deseo. Adrien se estaba arrepintiendo en ese mismo instante de haber firmado el contrato. ¡Nunca había estado así con ninguna chica! Sí, pensó estar así millones de veces con Ladybug, besándola, acariciándola, desnudándola y haciéndole el amor, pero en sus sueños eróticos... ¡no con una modelo desconocida!
— Agreste, ¿te ocurre algo? —la voz del director lo distrajo de su preocupación.
— ¿Qu-qué?
— Te veo preocupado, ¿ocurre algo?
— Bueno… es sólo que… Nunca he hecho este tipo de spot publicitario… —admitió con vergüenza.
— Ah, descuida, no te preocupes. En realidad, es como si estuvieseis actuando, realmente no os estaréis besando o algo así —le aseguró—. Además, Theresa tiene cubre-pezones y un tanga, así que no está desnuda, al igual que tú, que tienes ropa interior. No estaréis haciendo cosas indecentes, sólo posando para la cámara y simulando que sois una pareja apasionada.
— ¿Eres nuevo en el modelaje? —preguntó Theresa.
— No, sólo que en París no se estila esto —contestó con sinceridad Adrien—. Soy… Bueno, fui... modelo juvenil y no tuve que posar en estas circunstancias.
— Ah, comprendo —entendió ella—. No te preocupes, nos saldrá bien. Yo es que estoy acostumbrada, intentaré que estés lo más cómodo posible. ¿Tienes novia…?
— Gracias —agradeció Adrien, un poco más tranquilo—. Pues no, no tengo novia. Hay una chica que me gusta, pero… Bueno, es… complicado.
— Oh, pobre —dijo, compadeciéndose de él—. Con lo mono que eres… Tienes una cara de ángel y de no haber roto un plato en tu vida. De todas formas, hay muchos peces en el mar. Seguro que tienes mogollón de pretendientes.
— Je, je, sí —reía Adrien—. Pero solamente me gusta ella. La quiero muchísimo. Sólo que…
— Es complicado —terminó la rubia por el muchacho—. Mira, intentaré hacer que estés cómodo en la sesión de fotos y te diré un truco: para este tipo de escenas sensuales, lo mejor es que pienses en esa persona que te gusta. Piensa que la modelo que tienes al lado es ella. Piensa que la cámara es ella, cuando tengas que lanzar una mirada sexy o adoptar una pose sensual. Y el resultado te saldrá perfecto.
— Pues no te pareces nada a ella —sonrió el rubio—. Ella… Tiene un reluciente pelo negro azabache, unos ojos azules de ensueño… Es un poco más bajita que tú…
— Oh, es más pequeña que tú… —dijo ella, haciendo un gesto de la mano, como indicando una altura aproximada—. Y, por cómo la describes, seguro que es una chica muy guapa.
Ojalá saber cómo sería el tacto de su piel, si tiene lunares o pecas en su rostro y cuerpo, si sus cejas son finas o gruesas. Maldita máscara, maldito traje… y malditas identidades ocultas.
— Sí, lo es —afirmó Adrien con una sonrisa amarga.
— Seguro que no es tan bonita como la mía —decía mientras guiñaba un ojo.
— ¿Eh? ¿Qué me he perdido? —preguntó Adrien con rostro inocente.
— Jajajaja, sí, te has perdido —reía Theresa, con la mano en la barriga—. Soy lesbiana.
— Aaaaaaaaah —entendió Adrien, culpándose a sí mismo por no pillar las cosas al vuelo.
— Ya no tendrás que preocuparte —seguía riendo, divertida.
— Mira qué alivio —empezaba a contagiarse de la risa de la chica, pero el director les estaba llamando—. Bueno, el deber nos aguarda.
Y la sesión de fotos comenzó. Adrien puso en práctica las sugerencias que le había comentado Theresa en un inicio, dando un resultado bastante creíble ante las cámaras. Si bien al principio las escenas con ella fueron algo incómodas, más tarde se desenvolvía con soltura; emulaban casi a la perfección a una pareja tremendamente apasionada. No sólo se hicieron fotografías, también se grabó un vídeo para la publicidad televisiva.
Después de esto, sólo faltaba añadir efectos de luz y algún retoque en Photoshop, así como filtros, cortes y demás en el vídeo correspondiente. Ya únicamente quedaba esperar al visto bueno de la conocida marca para que la publicidad saliera a la luz.
— Con suerte, en dos días o tres aparecerá primero en las marquesinas y vallas. Luego en las revistas y más tarde en la televisión. Y así en todos los medios disponibles en donde se admita publicidad —explicaba el director, emocionado—. Buen trabajo, chicos.
Adrien respiró aliviado. Observando las fotos con Theresa —mientras iba poniéndose la suave bata blanca de raso— todo le resultaba bastante raro, no parecía él. No se reconocía en las fotografías que le habían tomado con la otra modelo. Es como si hubiese dado un cambio radical, como si fuese otra persona totalmente diferente… y eso le daba pavor.
— Posas de miedo, Adrien —dijo Theresa, señalando una fotografía mientras el diseñador gráfico iba retocándola—. El chico adorable que parece que quiere follarte con la mirada, jajajaja.
El muchacho dio un pequeño respingo al oír aquella palabra malsonante. De todas formas, esto del modelaje tenía algo de… actuación. Sí, a parte de ser modelo, era un actor, tenía que presentar una situación, hacer a un personaje. Igual que con Chat Noir, que también era un personaje que tenía muchísimo de él, de su interior y personalidad, y que no podría sacar a la luz por el qué dirán.
— No sé si me estás halagando o me estás ridiculizando, Theresa —le espetó Adrien, dándole un ligero codazo en las costillas.
— ¡Es un halago, hombre! Ojalá fuera bisexual o heterosexual, pero estoy muy a gusto siendo bollera —dijo ella, luciendo un vocabulario más agresivo.
Su iPhone vibró, observando el correo electrónico que había recibido: había sido admitido en la carrera, por lo que en cuestión de tres días sería la inauguración del curso y qué menos que ir. Reenvió dicho e-mail a su padre y a Nathalie para tenerlos informados. Tenía trabajo, ya empezaba con sus estudios universitarios… faltaban los idiomas únicamente. Desde luego, iba a ser un chico bastante ocupado… Bueno, ¿así mataba el tiempo de forma provechosa y sabría organizarse mejor, quizás?
En fin, una cosa menos y tachada de la lista...
Habían pasado cinco días desde que llegó a Nueva York. Mañana tendría que ir a la Berkeley College para la inauguración del curso académico. Además, ya había acordado estudiar —en una academia bastante prestigiosa— iniciación al castellano y lo último que le quedaba de japonés para tener el nivel superior. Así, cuando terminase japonés, empezaría con coreano y no estaría tan saturado con cursos de idiomas.
El dúplex ya iba modificándose poco a poco según sus gustos, gracias al registro de cosas que fue apuntando a lo largo de los días, así que llamó a varios gremios —sobre todo informáticos y de instalaciones electrónicas y eléctricas— para que ejecutasen esos cambios y estuviese más confortable, y no con lo que su padre impuso en un inicio.
Compró una tarjeta SIM con disponibilidad de 5G y con las mejores prestaciones que le ofrecía la compañía telefónica que contrató, pero no cambió la línea de internet de la casa porque era bastante óptima para sus necesidades. También adquirió un patinete eléctrico para no depender del transporte público si la distancia no era abismal o no podía andar tanto. Si tenía dinero a raudales, pero podía perfectamente racionarlo de manera totalmente adecuada sin parecer un crío caprichoso, ¿por qué no? ¡Sólo se vive una vez!
Con el ordenador miraba sitios interesantes para visitar por Nueva York o, al menos, en lo que era Manhattan. Entretenimiento y ocio, restaurantes o pubs, lugares culturales, parques, incluso centros polideportivos y gimnasios. Era necesario conocer el área en donde iría a vivir, por lo menos, tres o cuatro años. Si no recordaba mal, Ladybug dijo que se quedaría esa temporada —tres años— aquí. Aunque su carrera era de cuatro años quizás podría terminar los estudios en París. Eso era lo bueno de que su padre tuviese muchos contactos e influencia, que sería más sencillo un traslado de expediente.
Todo estaba bastante tranquilo, no había escuchado en estos días si algún akuma había aparecido, o si esa misteriosa mujer —que, obviamente, sería Ladybug— saldría de nuevo para defender la ciudad de otro monstruo o si se la veía parando atracos, rescatando a personas en los incendios o cualquier otra índole heroica conocida y muy cliché. Recordaba que Papillon, en algunas ocasiones, tenía una actividad frenética con las akumatizaciones, y en otras se relajaba más de la cuenta y les otorgaba más vida tanto a él como a Ladybug.
Quizás Papillon no sepa a quién akumatizar… o a saber. Pero le venía bastante bien para adaptarse cada vez más a la nueva situación.
Aunque fuese un gasto de luz, tenía la televisión sonando de fondo de forma ininterrumpida. Siempre que podía, miraba las noticias. En París en todo momento estaba informado gracias al Ladyblog, pero ahora, al no estar Alya, era mucho más complicado. Tendría que estar alerta para actuar rápido, no quería dejar sola a Ladybug en estos momentos.
— Si sigues así, la factura de la luz va a ser bonita, Adrien —decía Plagg, atiborrándose de queso.
— Hasta que Nueva York no tenga los mismos dispositivos que en París sobre los avisos automáticos de "Alerta Akuma", ni hablar —se negó en rotundo el rubio.
Toda París estaba preparada para la llegada de un akuma y así la gente se podía refugiar en sus casas en un tiempo prudencial. Una voz femenina repetía sin cesar "Alerta Akuma" en los edificios importantes, en los monumentos, en las calles, pues se colocaban altavoces en puntos estratégicos de la ciudad para que se pudiese escuchar la llamada de alerta.
El Ladyblog y los telediarios informaban casi a la misma vez, indicando la ubicación y apariencia del akumatizado. Ese dispositivo de alerta masificado por todos los rincones parisinos ayudaba muchísimo a Adrien y a Ladybug para combatir a las fuerzas del mal.
Ahora todo era diferente, eso Plagg tendría que entenderlo y Adrien asumirlo. Pero Nueva York sí debería estar preparada para lo que se viene, teniendo en cuenta los estragos que provocó aquel akuma viscoso de un único ojo.
Mientras estaba con el ordenador portátil realizando compras por Amazon, sentado en el sofá y con las noticias mostrándose en la pantalla del televisor, prestó atención al telón musical que anunciaba la información de última hora, delatando así la importancia y gravedad de lo que estaba ocurriendo.
— «Noticia de última hora» —informaba el presentador, mientras que en el recuadro de al lado se iban enseñando las grabaciones de lo que estaba pasando en directo—. «Una especie de ¿mujer? está atacando el barrio de East Village con… Espera… ¿esa no es la mujer del otro día con traje negro y rojo?».
En la escena aparecía lo que sí era una mujer, pero iba totalmente cubierta con material metálico, pegado a su cuerpo como si fuese su segunda piel, y tenía unas formas bastante voluptuosas. A su lado estaba la misteriosa mujer de rojo y negro, iba girando a toda velocidad lo que parecía un yoyó.
Ya no tenía dudas. Sentía la adrenalina, el nerviosismo y la emoción fluyendo por sus venas. Era el momento de entrar en acción.
— Bueno, Plagg, ya va siendo hora de que Chat Noir entre en escena —dijo Adrien, levantándose del sofá y apagando con el mando la televisión—. Y te pediré un cambio de imagen también, ya que Ladybug parece que lo tiene.
— Como me pidas tener de nuevo ese estúpido cascabel... —refunfuñaba Plagg, deglutiendo el último trozo de camembert.
— Deja de quejarte, Plagg. Vamos a East Village. ¡Plagg, transfórmame!
Se hacía llamar "Impaler". Con el nombre lo decía todo, y con sus ataques aún más. Tenía la habilidad de sacar barras de hierro de no se sabía dónde y atacar con ellas, además de manejar los metales a voluntad. Su cuerpo estaba cubierto por un metal oscuro, sus ojos eran violáceos, hasta su voz sonaba metálica.
Enjaulaba y acorralaba a la gente con las barras metálicas, atravesaba el pavimento y los objetos con ellas, retorcía el hierro alrededor de las personas, estrujándolas, aplastándolas, asesinándolas, manejando aquel material como si fuera plastilina. Lo más horrible eran los empalamientos. De ahí su nombre.
Al menos hablaba, no como el anterior akumatizado. No tenía apariencia de monstruo, sino de una mujer cubierta de metal. Ladybug se preguntaba cuál fue el detonante para que fuese akumatizada. En esta ocasión, sí decía que deseaba su miraculous.
El cuerpo de Impaler era lento y pesado, no siendo así sus barras, que eran rápidas y veloces. Ambas mujeres tenían casi la misma altura, si la comparaba con la masa asquerosa blanca con la que se enfrentó hacía días. Recordaba con repugnancia por qué la forma del akuma fue así y cómo al llegar a casa tuvo que vomitarlo todo.
Llevaba diez minutos esquivando los movimientos y los proyectiles metálicos que le iba lanzando. Iba con el yoyó de un lado a otro por los edificios, intentando que las instalaciones fuesen lo menos dañadas posible y que no hubiese ninguna pérdida humana. Desgraciadamente, Impaler ya tenía ochenta y siete personas en su contador de muertes e iba aumentando conforme su furia aumentaba también.
Tenía que pensar en alguna estrategia, pero como desconocía por completo la zona de East Village era demasiado complicada la situación para ejecutarla. Necesitaba tiempo, necesitaba analizar a la akumatizada más a fondo, aunque parecía imposible.
Volvió la señal de Papillon sobre el rostro de Impaler, con esa angulosa mariposa de color violáceo que brillaba en su cara, por lo que Ladybug suponía que Impaler estaba recibiendo instrucciones o la estaba presionando para que acabase de una vez con ella.
Muy a su pesar, no toda la gente se alejaba. Muchos eran los que se quedaban perplejos por aquella persecución, incluso llegando a perseguirlas y grabarlas con sus móviles. El haber aparecido por televisión la vez anterior infundió más curiosidad a los neoyorquinos y turistas que había por la zona. Seguro que tener un primer plano de Ladybug sería toda una hazaña, pero ella evitaba por todos los medios ser grabada demasiado tiempo o que le tomasen demasiadas fotografías.
Era más importante salvar a la gente y que regresase todo a la normalidad, que presentarse ante todos los ciudadanos de una forma educada, llamativa y solemne. No estaba de humor y tampoco tenía ganas. La sensación del anterior encuentro todavía le ponía los pelos de punta y la carne de gallina.
No quería fracasar, no debía fracasar.
— ¡Dame tu miraculous! —gritaba Impaler, mientras pequeñas y finas varas de hierro caían como flechas en dirección a la superheroína.
Con habilidad las esquivó una a una y se puso detrás de ella, para atacarla por la espalda con su yoyó y agarrarla con éste. Pero Impaler hizo aparecer una gran barra metálica desde abajo y Ladybug tuvo que retirarse, pues el suelo se quebró rápidamente.
«Es lista y astuta», pensaba Ladybug. «De nada me sirve que sea lenta o pesada si sus ataques están calculados o aparecen sin previo aviso a gran velocidad».
— ¡Dame tu miraculous! —volvía a insistir, repitiendo esa frase con su voz metálica—. ¡Dámelo ya!
No quería perder más tiempo, pero… por otra parte, no veía adecuado lanzar su Lucky Charm. El momento adecuado no había llegado aún. Faltaba algo para que su mente hiciera "click" y actuase con su poder especial tan característico.
Desde luego que no era Spider-Man, aunque se ayudaba de su yoyó para trepar por las paredes. Sin embargo, su recorrido siempre acababa con una ristra de varas de metal que le obstruían el camino de inmediato. Escaparse se hacía más difícil debido a la rapidez de Impaler con sus ataques. Marinette estaba, en algunas ocasiones, distraída, ida; su concentración estaba bajo mínimos prácticamente.
Su mente volaba de nuevo a Chat Noir, ubicado a miles de kilómetros de aquí, sin ella. Cómo lo necesitaba… Seguramente, entre ellos dos, podrían acabar con la akumatizada en un santiamén. Pero eso era imposible, él no estaba en Nueva York, estaba en París.
Odiaba pensar que lo necesitaba a su lado, odiaba mostrar esta dependencia hacia el héroe gatuno. ¿Por qué? ¿Acaso ella sola no era suficiente? ¿No podría con todo? ¿No era ella la más inteligente y sagaz del dúo?
Crack.
CRAAAAACK.
En un momento de despiste, casi Impaler iba a acabar con su vida de un plumazo. Una de las barras rozó ligeramente su rodilla, y otra vara más fina casi se incrustaba en su cuello, pero pudo esquivar ambas por los pelos.
— ¡Entrégamelo! —vociferó la villana.
Una garra metálica se acercó peligrosamente a las orejas de Ladybug, sorteándola con una ligera pirueta hacia atrás. Impaler seguía y seguía insistiendo, gritando a los cuatro vientos que quería los pendientes de la creación. Marinette se estaba cansando, llevarían así más de media hora, como el gato y el ratón, una de ellas persiguiendo y la otra huyendo.
Sin preverlo, llegaron a una calle sin salida e Impaler fue más veloz que Ladybug para que no pudiese escapar. Una hilera de cilindros pesados se colocaron en una pared a modo de techo, por lo que la heroína no podía subir hacia arriba con el yoyó. Impaler iba avanzando hacia Ladybug, mientras que ponía barrotes verticales, simulando una cárcel alrededor de ella. Ladybug intentó romper los barrotes con patadas o con la cuerda del yoyó sin éxito, pero no servía, eran irrompibles. Ya está, se acabó. Había perdido.
Impaler reía como una energúmena, cantando victoria. Marinette hizo introspección, quejándose de su mala suerte, pensando que había decepcionado a todo el mundo que había confiado en ella. La policía y las fuerzas del orden no pudieron con la akumatizada, llevándose varias muertes por ello. Ladybug les dijo que ella se encargaría, pero… de qué sirvió… No sirvió en absoluto.
Vio cómo ella alzaba la mano y de la nada salía un barrote fino, con la punta afilada. Iba a matarla, sin ningún tipo de escrúpulo. Desconocía que Papillon fuese tan sanguinario, que sería capaz de permitirle a un akumatizado que matara a Ladybug con sus propias manos. ¿Tan desesperado estaba por conseguir su miraculous? Impaler hizo un gesto hacia atrás con el brazo, preparándose para la estocada final y Marinette cerró los ojos con fuerza, pues no podía escapar.
Sólo esperaba que su muerte no fuese dolorosa. Fue idiota por no invocar su Lucky Charm, fue idiota por esperar tanto, fue idiota por no haber estado concentrada. Papillon había ganado.
Fiuiiiiiiiiiiiiiiiish.
CLANG.
¿Qué era ese ruido? ¿Por qué no había muerto? ¿Qué demonios había pasado? Marinette se palpaba los brazos, comprobando si todavía estaba viva, si no estaba soñando. Todavía tenía los ojos cerrados con fuerza, no quería abrirlos por miedo.
Escuchó un grito de rabia de la boca de Impaler. Y también una risa socarrona. Una risa y voz familiares… No, imposible, no podía ser. Su desesperación y su miedo deberían ser tan grandes que seguramente tendría alucinaciones. Era improbable que él estuviera aquí… ¿verdad?
— ¡Apártate! —chilló Impaler, rabiosa.
— Que te lo crees tú —la retó una voz masculina, a Marinette le dio escalofríos, conocía esa voz muy bien aunque hablase en inglés. ¿Por qué?
— ¡Apártate o te mataré a ti también! —amenazó.
— Uy, si supieras que yo tengo una habilidad un tanto… cataclísmica, no estarías tan segura de decirme eso —respondió él, entre un tono desafiante y divertido.
Cataclísmica. Cataclísmica. ¡CATACLÍSMICA! ¡IMPOSIBLE! No, no era verdad, era imposible, no podía ser él… ¡NO PODÍA SER CHAT NOIR!
Ladybug abrió, poco a poco, los ojos con mucho temor. Frente a ella, de espaldas, se encontraba una silueta masculina, de color oscuro. Sin embargo, tenía una cabellera rubia recogida en una coleta baja y unas orejitas puntiagudas de color negro en la parte alta de la cabeza. Sostenía entre sus manos un bastón largo, impidiendo con dicho objeto el ataque de Impaler. Sí, estaba soñando, no podía ser Chat Noir, era totalmente inverosímil. Chat Noir estaba en París, era más que improbable que estuviese aquí. No, no, ¡imposible!
Pero… tenía que asegurarse. Necesitaba estar segura. Urgía saber si no estaba sola en esto, si de verdad era él. Entonces, su voz, algo temblorosa, pronunció su nombre de superhéroe. Y aquella figura giró la cabeza, mirándola con esos verdes tóxicos intensos y con una radiante sonrisa en los labios.
— ¿Te ha comido la lengua el gato… My Lady?
Aquel chico habló en francés y fue entonces cuando Marinette, por dentro, experimentó una sensación indescriptible que no sabía explicar con palabras o gestos. No lo podía creer, era él, era Chat Noir. Había venido desde tan lejos para ayudarla. Y, aunque hubiese cambiado físicamente, sin duda era él, era su compañero de batallas.
Se agarró a los barrotes, en los que estaba prisionera, con fuerza. Casi se le saltaban las lágrimas gracias a la emoción. Había algo de esperanza si él estaba aquí.
— Si eres Ladybug… —Chat Noir seguía aguantando aquel choque entre su bastón y el fino barrote con toda la fuerza que podía— creo que tendrías que tener un plan, ¿no?
— Me ofende que dudes de mí —consiguió decir ella, todavía conmocionada por ver a su compañero—. Reconozco que he estado algo… distraída.
— Eso no es propio de ti —él chasqueaba la lengua varias veces como reprobación—. ¿Qué ha sido de la estratega Ladybug?
— Pues que… a veces… actuar en solitario tiene sus desventajas.
— Oh… ¿me echabas de menos? Qué boni…
— ¿De qué demonios estáis hablando? —interrumpió Impaler, golpeando el bastón de Chat Noir, no entendiendo para nada la conversación porque no hablaban en su idioma.
— Creo... que será mejor que hablemos más tarde —advirtió él, girando su rostro hacia Impaler—. Piensa en algo mientras tanto.
— ¿Quién eres tú? —exigió saber.
— Uy, si te lo dijera… creo que te arrepentirás el resto de tu vida, querida —decía él, vacilándola, así que Impaler dejó de prestar atención a Ladybug y empezó a atacar a Chat Noir—. ¡Madre mía, tranquilízate, muchachaaaa!
— ¡De-ja de mo-ver-te! —cada palabra era entrecortada por las estocadas que el héroe felino iba esquivando con soltura.
Sin embargo, la villana se paralizó por un momento: Papillon estaba hablándole. Su enemigo ya se habrá dado cuenta de que los miraculous de la creación y de la destrucción se encontraban en el mismo área, y que, probablemente, tanto Ladybug como Chat Noir estaban ahí. Enmarcó una sonrisa siniestra y por encima de su cabeza aparecieron varias barras de metal.
— Así que tú también tienes un miraculous, ¿eh?
— Técnicamente… —Chat intentaba perder el máximo tiempo posible—. Sí, ¿por?
— ¡Entrégamelo! —rugió, abalanzando las barras como si fuese una lluvia de flechas.
Chat Noir, con gracia y bastante habilidad, iba esquivando y rechazando una a una las barras que iban en dirección a él. Le encantaba provocar a sus adversarios, picarlos, hacerlos enojar. Aunque esa técnica siempre tenía dos efectos: que los ataques de los akumatizados fuesen más potentes —con su consiguiente riesgo— y que de la rabia no consiguieran acertar del todo bien, y podrían estar más agotados debido a ello.
Era un arma de doble filo, pero con sus intervenciones hacía que Ladybug tuviese tiempo para diseñar un plan estratégico y eficiente. Él era el músculo, ella el cerebro. Tenían roles diferentes, pero ambos tenían un mismo fin. Y sabían que era así, sabían cuáles eran sus papeles en todo esto de salvar a la gente de las garras de unos villanos con poderes sobrenaturales manejados por su archienemigo.
Mientras Chat Noir hacía lo suyo, Ladybug intentaba cortar los barrotes sin demasiado éxito, la cuerda de su yoyó no hacía el efecto esperado, ni tampoco las patadas o la fuerza de sus brazos para probar a arrancar los barrotes o deformarlos. O tenía que pedirle a su compañero que usara su poder para desintegrar aquella prisión o no podría salir de allí, y dudaba que el Lucky Charm le diese una pista de cómo salir de ahí.
— ¡Chat Noir, ven! —lo llamó.
— ¡Dígame… preciosa damisela en apuros! —contestó Chat, con un tono muy dulce y alegre, pero su cara se ensombreció al ver que una vara casi le tocaba la mejilla—. ¡Eh, cuidado con mi cara, que soy purrrfecto!
— Usa tu Cataclysm para sacarme de aquí —pidió Ladybug, con un tono más decidido.
— ¡A sus órdenes! —obedeció él, aproximándose a los barrotes. Con una peculiar mano enguantada, surgió de la palma de ésta un orbe oscuro de energía—. ¡Cataclysm!
La cárcel improvisada se convirtió, en cuestión de dos segundos, en montones de arena ceniza. Era libre, así que invocó su Lucky Charm, alzando su yoyó al cielo. Contra todo pronóstico, salió una garrafa grande de aceite.
— ¿Y qué voy a hacer yo con esto? —se preguntaba a sí misma mientras miraba el extraño objeto otorgado por su ataque especial.
— Yo a esta "Magneto" no la veo muy oxidada que digamos, ni necesita aceite para las bisagras, ¿eh? —comentaba Chat, evitando los estacazos de Impaler, indignada al ver que Ladybug salió de su prisión—. ¿Alguna idea?
Marinette no pudo responder a la pregunta de su compañero porque Impaler sacó de improviso varias barras desde el suelo, por lo que ella y Chat Noir saltaron todo lo arriba que pudieron y se ubicaron en un techo plano antes de que la villana los alcanzara.
No tenía ningún plan, así que… habría que improvisar. Por lo pronto, indicó que lo mejor era correr por los tejados y paredes, hasta encontrar un sitio mucho más amplio y grande, y evitar las callejuelas que no tuviesen salida para no estar arrinconados de nuevo.
Chat Noir obedeció y juntos empezaron a hacer piruetas en el aire, uno con el bastón y la otra con el yoyó, desplazándose de aquí para allá. Impaler hacía surgir varas de tamaños diferentes, intentando acertar a alguno de los héroes sin éxito, mientras los iba persiguiendo con una ira inusual, destrozando todo lo que había a su paso. El superhéroe vio con sus propios ojos cómo la akumatizada iba matando vidas en el camino, sin miramientos de ningún tipo.
— Es horrible… —murmuró para sí—. No tiene escrúpulos en matar a la gente…
— Eso es lo que más me desestabiliza —Ladybug lo había oído—. No estamos acostumbrados a este tipo de comportamiento en ellos.
— Hay que hacer algo pronto, no quiero que más personas sigan perdiendo la vida. Sé que necesitas tiempo para buscar algo con lo que derrotarla, pero dentro de un momento a otro mi anillo empezará a pitar y me destransformaré en cuestión de minutos.
— Lo sé, lo sé. Sólo un poco más, sólo necesito un poco más…
Le daba algo de tranquilidad tener a Chat Noir al lado. Ya no estaba sola, estaba con él. Su apoyo, sus chistes, sus propuestas y toques de atención… era como volver de nuevo a los viejos tiempos, pero en un entorno nuevo, con una situación completamente desconocida.
Lo que sentía era, nada más y nada menos, que seguridad. Y más confianza en sí misma. Pensar que podría con todo.
— ¡Allí, Chat! —indicó, apuntando con el dedo una explanada.
Chat Noir miraba detrás de su hombro, comprobando cuánta distancia habría entre ellos e Impaler. Giró la cabeza para ver que era un poco arriesgado aterrizar en la explanada, atiborrada de gente y con un gran centro comercial en el centro. Desconocía por completo el plan de Ladybug, pero qué remedio, había que confiar en ella.
— Ahora necesito que alargues tu bastón todo lo posible para apartar a la gente, como si crearas una pista de aterrizaje. Haré lo mismo con mi yoyó, extendiendo su cuerda —propuso ella, concentrándose al máximo y oteando alrededor.
— ¿Qué intenciones tienes? —preguntó Chat, un poco preocupado.
— Entrar en ese centro comercial y… suplicarle a Dios o a cualquier ente sobrenatural que el suelo sea lo más resbaladizo posible —confesó y emitió una risa sarcástica y nerviosa al mismo tiempo.
— ¿Sabes dónde está el objeto poseído? —inquirió él, implorando que el suelo fuese de mármol o similar.
— En su frente —respondió Ladybug. Lo averiguó mientras Chat batallaba contra Impaler y ella estaba encerrada—. Tiene una pequeña protuberancia redonda que sobresale y es de color más oscuro que el resto de su cuerpo.
— ¡Ojalá tengas razón y tu plan sirva!
— ¡Eso espero!
Sus pies se apoyaron en el suelo por fin y la muchedumbre se sorprendió y asustó a partes iguales. Impaler les pisaba los talones a unos cuatrocientos metros. El dúo de héroes pidió que se apartasen a los lados del centro comercial o se fueran a otros lugares, pero que no pisaran el área bajo ningún concepto.
Entraron dentro del edificio, e hicieron lo mismo con los compradores que paseaban por ahí. Chat extendió su bastón como dijo su compañera, y así también lo hizo ella con su curioso objeto de peleas, desde la puerta del centro comercial hasta la otra punta de éste, formando así una especie de pista alargada de aterrizaje.
Ladybug le pidió a Chat que fuera el conejillo de indias y provocase una vez más a Impaler, mientras ella vertía estratégicamente el aceite por todo el suelo de su pista improvisada.
Y así fue cómo derrotaron a Impaler: Chat Noir salió al exterior, encontrándose con Impaler y diciéndole una de sus impertinencias para picarla, se adentró en el recinto y se encaramó en una de las lámparas, mientras que la akumatizada no previó que le tendieron una trampa. Sus desventajas eran su peso y lentitud y, al entrar en contacto con el aceite y por el impulso de atacar a su provocador, se resbaló y cayó de bruces contra el suelo, chocando la cabeza frente a la fría y dura pared.
La gente del alrededor chillaba, impresionada y asustada a partes iguales, pero otras personas sacaban sus smartphones para publicar en las redes sociales los vídeos y las fotografías que habían hecho.
Y, efectivamente, de la frente de Impaler salió una mariposa negra, por lo que Ladybug enrolló su yoyó y efectuó sus típicas palabras para purificar el akuma. Una mariposa blanca salió de éste y revoloteaba alrededor de Ladybug, como si le estuviese agradeciendo que la hubiese salvado.
Por último, la superheroína alzó la garrafa al aire mientras decía "Miraculous Ladybug", volviendo todo a su ser: reconstruyendo edificios, objetos, calles, y devolviendo la vida a las personas afectadas. Todo estaba bien, ya no había peligro de ningún tipo. Marinette podía respirar tranquila.
Chat Noir se acercó a ella con una sonrisa llena de orgullo y le ofreció el puño. Ladybug se quedó observándolo por un momento, pero respondió con un choque de puños y un "Bien hecho". Él pudo comprobar que estaba cansada y algo aturdida, pero contenta y satisfecha. La ensoñación de Marinette acabó cuando sus pendientes empezaron a sonar y un grupo de periodistas se iban acercando a ellos.
— Tú y yo tendremos que irnos —dijo ella, casi en un susurro—. No quiero estar más tiempo aquí. Hemos estado demasiado expuestos.
— No sabía que te preocupase eso, y más siendo mi debut por estos lares —reía Chat, con los brazos en jarras
— Es que… todavía no estoy preparada para esto —confesó Ladybug—. Han sido muchas cosas de golpe.
Bip-bip-bip.
— Me gustaría volver a verte, pero se acaba el tiempo —exteriorizó él, emitiendo un pequeño mohín al principio—. No sé dónde vives, ni sé ni dónde ni cuándo nos veremos…
— Ya tendremos tiempo para hablar en otra ocasión, pero no ahora —Marinette sentía cómo se le retorcía el estómago, necesitaba irse inmediatamente—. Me voy ya. Cuídate.
Chat Noir hizo un ademán de querer detenerla, dando un paso al frente, pero ella sacó su yoyó mientras empezaba a correr hacia la puerta y se encaramaba a una farola, perdiéndose en los edificios.
Miró a su alrededor, viendo cómo se acercaba la gente, pero él también optó por salir y regresar a su nuevo hogar. Sabía que hizo un buen trabajo yendo a Nueva York y había ayudado a Ladybug, pero no dejaba de sentirse algo… decepcionado. El sentimiento era extraño, quizás hubiera querido hablar más con ella, pero notaba que estaba incómoda e insegura. Desconocía qué le pasaba por la mente a su compañera, pero era mejor dejarla respirar…
Seguramente, y de forma más tranquila y pausada —y sin akumas, interrupciones o desgracias de por medio— podrían hablar de todo y de nada, de observarse bajo un nuevo prisma, de apoyarse mutuamente… en la jungla de rascacielos que era Nueva York.
Iba caminando, algo cansada, de regreso al loft. Había perdido el autobús y no quería perder más tiempo. Quizás caminar le vendría bien, o eso era lo que pensaba. En realidad, no quería pensar demasiado, pero le costaba poner la mente en blanco. Y la música que escuchaba por los auriculares tampoco es que la ayudase demasiado.
En las pausas de las clases de Diseño los dos nuevos héroes desconocidos eran la comidilla de los descansos, incluso algunos profesores hablaban de ellos. Habían salido en los informativos y periódicos de toda clase, imágenes y vídeos grabados por la gente estaban publicados en las redes sociales más populares.
Incluso Alya se había hecho eco de la noticia y había asegurado que eran Ladybug y Chat Noir, pero que necesitaba más fuentes para cerciorarse al cien por cien. El Ladyblog estaba en ebullición con teorías de todo tipo, con su mejor amiga a la cabeza. Ningún medio informativo sabía cuáles eran los nombres de los salvadores de la ciudad, cuya apariencia era extraña para todos los presentes.
Las entrevistas que hacían a las personas que habían visto todo eran bastante dispares, algunas experiencias y acontecimientos coincidían, mientras otras lo explicaban de una manera demasiado exagerada o se inventaban detalles, quizás para llamar más la atención y chupar más cámara.
La verdad es que en ningún momento dijo que se llamaba Ladybug en las dos ocasiones en las que se enfrentó a los akumas. Tampoco Chat dijo nada cuando él apareció. Y entre ellos dos únicamente hablaban en francés. Era un alivio hablar en su lengua materna, fue mucho más cercano para ella, y esto hizo asegurarle de que él era realmente su compañero de siempre —aunque con una apariencia bastante cambiada, sinceramente— y que no era una persona nueva que había ocupado su lugar.
Aquella noche, cuando entró al loft, volvió a vomitar. No estaba acostumbrada a las imágenes duras que le ofrecían estos nuevos akumas: que el primero estuviese hecho de semen y ahogase a las personas hasta morir con éste, y que la segunda empalase a la gente y la estrujase con todo tipo de metales, ofreciendo imágenes grotescas de sangre y vísceras por doquier… no es que fuera demasiado agradable.
Tendría que hacerse la dura y procurar que los nervios no le jugasen más malas pasadas, que la desesperación y las distracciones no fuesen su pan de cada día cada vez que vaya a enfrentarse a una persona akumatizada, por muy desagradable que fuesen las circunstancias. Era adulta, no podía —ni debía— comportarse como una niña pequeña. Desgraciadamente se tendría que enfrentar a este tipo de situaciones de forma habitual y tenía que infundir seguridad a los ciudadanos con su actitud y comportamiento. Si ellos viesen a una superheroína miedosa, dubitativa, con falta de confianza e insegura… ¿en quién podrían confiar?
En cualquier caso, ya no estaba sola: Chat Noir había venido, y quizás para quedarse. No le gustaba la soledad, porque hacía que se sintiera invadida por una ola parecida al terror y al desconcierto. Pero al estar él ahí… sintió otro tipo de oleada…
Por una parte, se sentía culpable. Culpable por el hecho de que, probablemente, él tendría cosas importantes allí en París. Habría tenido que renunciar a varias de ellas y explicar cualquier tipo de excusas a la gente, o a quien sea, para venir aquí. Pero, ¿por qué lo hizo? ¿Quizás Chat pensaba que ella no se podría encargar de todo estando sola?
«Ah, Marinette, deja de darle tantas vueltas a la cabeza», se decía a sí misma con tono de regaño mientras meneaba la cabeza a los lados.
Tikki la miraba de reojo desde la pequeña rendija que tenía el bolso, para cerciorarse del estado de su portadora. Era preocupante verla así, en ese estado. Siempre estaba ocupada, angustiada y estresada, muy pocas veces estaba tranquila. La vio llorar y vomitar por los nervios, la escuchó decir "No valgo para esto" en varias ocasiones.
Era un saco lleno de inseguridad e inestabilidad, una mitad de este saco estaba dedicado a su carrera como diseñadora y la otra mitad a cómo ejercía su papel de heroína. Todo se mezclaba en su cabeza, y la kwami sólo estaba ahí para apoyarla y consolarla, pero no podía hacer más, no podía solucionarle la vida por más que quisiera.
Marinette no deseaba estar así, pero le era inevitable. Y no sólo se lamentaba por ser Ladybug y no saber manejar del todo bien su misión como superheroína en una ciudad que le era desconocida. La carrera de diseño de moda era más dura de lo que imaginaba, y la competencia era atroz porque sus compañeros eran bastante buenos.
Sobre todo Valentino, que no le quitaba el ojo de encima y siempre tenía la ocasión perfecta para criticar algo que hacía o decía Marinette. El italiano seguía con su inquina de que Marinette era una enchufada, por eso hacía todo lo posible para presionarla y dejarla en evidencia.
Ya llevaba una semana del curso y los profesores eran muy exigentes en las asignaturas que impartían. Cada materia tenía que enfocarse de una manera totalmente distinta y con métodos bastante diferentes, para luego ejecutar los ejercicios que les pedían sobre el papel o sobre las telas y con los materiales necesarios.
Y ya no sólo tenía eso, sino también lo que tendría que estudiar en casa y los deberes que le mandaban aparte. ¿Quién dijo que iba a ser fácil? Pero Marinette se prometió a sí misma —y a los demás— que daría todo de ella para ser la mejor, o al menos intentarlo.
Necesitaba tiempo para acostumbrarse a todo y llevar mejor las riendas de lo que estaba haciendo, porque hasta ella misma se veía irreconocible.
Siguió mirando al frente mientras caminaba, hasta que decidió mirar a un lado, elevando el cuello hacia arriba. Sus ojos se abrieron de par en par y casi se le desencajaba la mandíbula por lo que estaba viendo.
Una valla publicitaria grandísima le había llamado demasiado la atención. Bajo un fondo negro, resaltaban dos personas, un chico y una chica. Ambos eran rubios, ella tenía largos cabellos y él una media melena que le llegaba a los hombros. También los dos tenían los ojos verdes, la mujer más claros y los de él… Los de él le resultaban tan familiares…
Parecía que presentaban una nueva fragancia de Dolce & Gabbana para hombre y mujer. La actitud de los modelos era casi hasta obscena para ojos de Marinette. No estaba habituada a ese tipo de publicidad. Analizaba la imagen al detalle, pero había algo en ese hombre que… Se parecía tanto a…
— No, no es posible… —murmuraba Marinette.
Rubio y de ojos verdes. Media melena. Piel ligeramente tostada. Una figura delgada pero bien esculpida y entrenada. Incluso la nariz y los labios le sonaban, además de la estructura ósea de la cara. ¡Imposible! ¡No, de ninguna manera! No era él… ¿verdad?
— No puede ser él… —la voz de Marinette era casi inaudible.
Tikki sacó un poco su cabecita del hueco del bolso para ver qué era lo que había paralizado la caminata de Marinette y por qué estaba tan absorta. Y entendió perfectamente el motivo.
Algunos viandantes se tropezaban con ella, algunos sí se disculpaban y otros, evidentemente, no. Ella seguía ensimismada, mirando aquel chico entre fascinada y casi horrorizada. Intentaba cerciorarse de que él no era el chico que ella creía que era. Porque… si ese hombre que aparecía en esa valla publicitaria era… Adrien, se sentiría muy decepcionada, como si el mundo se le derrumbase bajo sus pies.
BOUM.
TCHACK.
— ¡Ay, qué dañoooo! —se quejó Marinette, frontándose el trasero.
— ¡Oh, lo siento, perdóname! —oyó decir a un muchacho y escuchó unos sonidos metálicos al fondo.
— No, es culpa mía, estaba parada y encima con los auriculares puestos… —se disculpaba ella, recogiendo los auriculares que estaban en el suelo y algunas pertenencias que habían salido del bolso (por suerte, Tikki seguía dentro).
— Ni hablar… Iba yo con el patín eléctrico y no me dio tiempo a retirarme a un lado o reducir la velocidad, y también iba con música… —se justificó el joven, que recogía también sus cosas y colocaba mejor su patín. Entonces, cuando miró a quién atropelló, se sorprendió—. ¿Ma… Marinette? ¿Eres tú?
Marinette se había paralizado, dejando de recoger y mirando a la persona que la había llamado por su nombre. Y se había quedado allí, en el suelo, sin poder moverse debido a la conmoción de verle frente a ella, ofreciéndole la mano para que se levantara mientras esos hermosos ojos verdes no dejaban de mirarla con preocupación y, quizás… ¿ilusión?
No, imposible… ¡IMPOSIBLE!
— A-A-A… ¿A-Adrien?
Nota de Autora:
Y después de unos cuantos mesecillos, volvemos a la cargaaaa, weeee.
¿Os soy sincera? No me ha gustado cómo escribí este capítulo, siento que he perdido fuelle, calidad. No sé, serán imaginaciones mías, pero no estoy demasiado contenta con el resultado.
En fin, lo prometido es deuda, y en esta ocasión casi todo ha sido ADRIEN, y yéndonos con él en diferentes lugares y en distintos días. Normalmente los capítulos se concentraban en un único día, pero he querido dar más dinamismo y que por fin ambos (Ladybug y Chat Noir) estuviesen juntos. Bueno, no juntos como todos queremos, ya lo sé, para eso quedan varios capítulos.
No he detallado el traje de Chat Noir a la hora de describirlo. La descripción irá en otro capítulo, así que tranquilos queridos lectores. Esto es debido a que los dos estaban más concentrados en acabar con Impaler que observarse sus cambios de estilo. Todo tiene una razón y una explicación XD
Impaler es empalador/a en inglés. Si bien no he dicho quién era la akumatizada, os doy unos datillos extras: era una mujer que hacía poledancing en un antro, unos hombres se sobrepasaron con ella mientras se iba desnudando al hacer el espectáculo, y en fin... Ya os podéis imaginar qué pasó en el local.
En fin, 35 páginas de Word han sido esta vez. Veremos a ver si no tardo tanto con el capítulo 6, que no sé cómo lo voy a derivar y encauzarlo XD
Bueno, pues ya está. No os olvidéis de comentar el capítulo, agregar la historia a vuestros favoritos y si os ha gustado... ¡recomendarla para que otras personas puedan disfrutarla!
Nos vemos próximamente ^^
