Capítulo 6: Soy Hawk Moth
Su cerebro había dejado de funcionar. Era Adrien quien estaba ahí, frente a ella. Le estaba tendiendo la mano, ¿por qué no la tomaba y se levantaba?
Sólo se dedicaba a observarle, su estómago estaba sintiendo cosas extrañas, quizás unas mariposas estaban dentro de éste, revoloteando sin cesar. Su pulso iba a mil por hora.
— ¿Eres tú, Marinette? —preguntó Adrien.
Los rayos del sol hacían que brillase más su rubia cabellera. Los labios de Adrien se movían, pero ella no escuchaba nada, estaba absorta, con la boca ligeramente abierta. Esos preciosos labios que quería besar. Esas preciosas esmeraldas por ojos que titilaban con ilusión al verla. Era tan guapo, tan…
— Marinette, ¿te ocurre algo? —Adrien pasó a la acción y colocó ambas manos en los hombros de la chica, que dio un respingo y salió rápidamente de su ensoñación.
— Ah… ¡sí, sí, sí, estoy perfectísimameeeeeente bien! ¡Nu-Nunca me he sentido mejor en mi viiiiiiiiida! —los nervios le estaban jugando una mala pasada.
— No lo creo, ¡si te he atropellado con este cacharro! —reía Adrien, señalando con la cabeza su patinete eléctrico.
Marinette oteó el patinete, se veía muy caro y con buenas prestaciones. Luego observó cómo el cuello del muchacho estaba adornado con unos cascos, él también estaba escuchando música al igual que ella.
— No creo que… tenga contusiones de ningún tipo —intentó tranquilizarse, pero esos ojos verdes eran demasiado hipnotizantes para ella—. Escuchaba música y estaba parada en la acera, mirando esa publicidad como una boba.
Con bastante vergüenza, Marinette indicó con el dedo el gran cartel publicitario. Adrien miró en dirección al dedo y emitió un pesaroso suspiro, no sabía que tan pronto hubiese salido a la luz. Realmente no parecía él, pero ahí estaba posando con Theresa promocionando aquel anuncio de perfumes.
— Así que ya ha salido… —dijo él en un susurro.
— ¿Qué?
— El anuncio —contestó, apuntando con la cabeza—. Salgo ahí.
Marinette se giró para ver mejor el cartel. Maldita sea, ¡era él! Todos sus temores se hicieron realidad. Sí, lo había reconocido en un primer instante: sus ojos, su pelo, sus facciones… ¡eran inconfundibles! Pero ella no quería creerlo, tenía una visión de Adrien bastante distinta, y él no solía hacer este tipo de spots publicitarios. Sentía cómo su decepción se iba acrecentando más y más.
Que Adrien era sexy y atractivo todos lo sabían. Que ella había fantaseado con él millones de veces haciendo cosas indecentes también. Pero verlo tan expuesto en un anuncio… era muy extraño. Era como si él, de verdad, desease a esa chica con la que compartía protagonismo en el cartel. Como si fuesen pareja. ¡Y encima estaban desnudos! ¿Qué estarían haciendo?
Los revoloteos en el estómago se sustituyeron por una gran piedra pesada.
— ¿Te gusta? —preguntó él.
No sabía si mentirle. No le gustaba aquella publicidad. Sólo le gustaba Adrien, el chico del que siempre estuvo enamorada hasta los huesos. El chico del cuál se quería olvidar en Nueva York, pero estaba delante de sus narices.
Recordaba cómo había llorado tantas veces porque no iba a saber de él durante tres años, que no lo vería, que no hablaría con él, que no quedarían los cuatro (ella, él, Nino y Alya) como estaban acostumbrándose a hacer. Pero ahí estaba. No sabía cómo sentirse. El shock que producía verlo era más grande que su raciocinio.
— No está mal —mintió finalmente, aunque su cara indicaba lo contrario—. Te ves increíble ahí.
— Gracias. Fue bastante difícil para mí —admitió Adrien, rascándose la nuca.
— ¿En serio? —Marinette no se lo podía creer.
Se ve que la chica hizo una mueca bastante exagerada y provocó que Adrien riera por la expresión de Marinette.
— ¡Ja, ja! Sí, no estoy acostumbrado a hacer este tipo de publicidad. Sabes de sobra cómo modelo y cómo son los spots publicitarios que hago.
— Ah… ya veo —Marinette no sabía dónde meterse.
— Si te soy sincero, no estaba muy cómodo cuando nos hacían las fotos —confesó él—. Era la primera vez que posaba así, y el director y el fotógrafo hicieron que actuase de esa manera…
— ¿De verdad? —preguntó Marinette, impresionada.
— Sí, la verdad es que a mi padre tampoco le gustaba mucho. Pero aquí en Nueva York las cosas son diferentes, con una publicidad a la que nosotros dos no estamos acostumbrados para nada. Todo para que las masas consuman más y les sea más atractivo el producto que se les ofrece.
— ¿Quieres decir que…?
— El sexo vende —respondió Adrien y Marinette dio un respingo por la palabra "sexo"—. Sí, lo sé, es todo un escándalo... pero qué remedio. Ser modelo no deja de tener una pequeña parte de actuación. Y ahí estoy: actuando.
Los dos se quedaron mirando el cartel. Adrien no es que estuviera especialmente orgulloso por ello, pero no había quedado mal después de todo. Se preguntaba si Marinette le estaría mirando ahora con otros ojos, parecía ¿afectada? ¿Cambiaría su amistad por un estúpido anuncio? Cuando por fin veía una cara amiga…
— Entiendo… —musitó Marinette, mirándose los pies pues ya le desagradaba mirar el cartel.
— ¿Estás bien? —se preocupó Adrien.
— Sí, completamente —volvió a mentir ella.
— Lo siento, pero no te creo, Marinette —dijo el muchacho, cruzándose de brazos.
— Piensa lo que quieras —lo dijo con un tono de molestia y abatimiento, y esto a Adrien le afectó pero intentó no tomárselo de forma tan personal.
— Estás molesta, ¿verdad?
— No, no lo estoy —Marinette esquivaba la mirada de Adrien en todo momento.
— Venga, sé sincera—él se agachó un poco, debido a la diferencia de altura entre ellos, para intentar mirarla a los ojos—. Aunque no lo creas, me importa tu opinión.
— Mi opinión no es importante...
Sentía cómo su cara se enrojecía de la rabia. Los dos estaban desnudos ahí. No quería saber si Adrien le parecía atractiva esa modelo, o si habían hecho cosas no apropiadas después de la sesión de fotos para el dichoso anuncio. ¿Y si son novios? ¡Ay, no, ya no tendría ninguna posibilidad!
Bueno, y aunque no fuesen novios esos dos. Si Adrien seguía modelando en esas condiciones, mostrándose sensual, posando de forma sexy ante las cámaras, y compartiendo planos y fotografías con otras modelos en actitudes casi eróticas… probablemente el roce entre él y esas chicas provocaría que surgiesen chispas e iniciasen, en un futuro, una relación. Y ya Marinette estaría fuera de juego y todo estaría perdido para ella, para poder confesarse de una vez por todas.
Pero, ¿en qué estaba pensando? Si lo normal y lo lógico es que un modelo como él se juntase con personas que poseyesen su mismo estatus o estuviesen en las mismas circunstancias. ¿Cómo se iba a fijar en su antigua compañera de instituto? ¿Cómo se iba a fijar en una chica cuya familia regentaba una humilde panadería-pastelería, mientras que la familia Agreste se codeaba con la flor y nata de París?
— Sí lo es. Venga, va, dime lo que piensas —insistió el joven.
— … —Marinette se cruzó de brazos, sintiéndose indefensa.
— Por favor —suplicó—. Sabes que te admiro mucho y sé que entiendes de estas cosas porque estás estudiando para ser diseñadora de moda. Por eso quiero saberlo.
A pesar de su cara roja, las mejillas adoptaron un tono carmesí. La gente se les quedaba mirando porque estaban quietos en la acera mientras las personas iban andando o casi correteando por la Quinta Avenida.
Pensar que Adrien la admiraba y tenía en cuenta su opinión era algo halagador. No obstante, seguía molesta. Ya no sólo molesta con Adrien —aunque el pobre no tenía culpa alguna— sino consigo misma. Sabía que el trabajo del chico que le gustaba tendría ciertos aspectos que no le agradarían, modelar no es únicamente colocarse la ropa y los complementos que le indicasen, es tener una actitud y un porte en las pasarelas o frente a las cámaras.
Si Adrien tenía que posar así, era porque su trabajo lo requería y sus jefes así lo exigían para vender los productos que se anunciaban. El muchacho podría considerar rechazar ciertos trabajos y proposiciones, pero quizás su padre estaría detrás de todo eso. O porque si Adrien iba a hacerse más famoso con el pasar del tiempo por aquellas colaboraciones con otras marcas, tendría que acatar esas normas y reglas, porque así era ese mundillo.
— Voy a decir todo lo que pienso, pero espero que no te ofendas —soltó de pronto Marinette.
— Venga, adelante. Te escucho —apremió él, cruzándose de brazos.
Marinette se giró, viendo otra vez la valla publicitaria con cara de desagrado pero con un leve brillo en los ojos. Estaba dispuesta a criticar el cartel sin miramientos.
— Para empezar, el anuncio es… ¡es obsceno! —extendió los brazos y hacía gestos muy expresivos mientras hablaba—. Quiero decir… ¿Qué queréis, acostaros? Más que un anuncio de perfume, sólo veo a una pareja con ganas de irse a la cama. ¡Y estáis desnudos! ¿Dónde queda la decencia?
Adrien se estaba aguantando las ganas de reír, la forma de hablar de Marinette le parecía muy divertida y más con la expresividad que la acompañaba. Incluso estaba disfrutando al presenciar y escuchar las críticas de Marinette y cómo sacaba todo lo negativo del anuncio sin ningún tipo de tapujo.
— Apenas se ve el perfume que se anuncia. Realmente no se está presentando una fragancia. Sólo… "eso".
— Sexo —corrigió Adrien, ahogando una risa cuando Marinette dio un pequeño brinco y tuvo un pequeño tic en el ojo por escuchar esa palabra.
— Eso mismo estaba diciendo —dijo la joven de forma atropellada, la rojez de su cara iba aumentando—. Y tampoco veo muy natural que la chica tenga esas uñas, ese maquillaje y esas pestañas. Parece hasta artificial, mientras que tú… Tú… em…
— Continúa, ¿yo…?
— Tú… Em… Bueno… te ves más natural —salió del paso Marinette, con dificultades para tragar saliva—. En comparación, parece que a ella le han puesto miles de capas en Photoshop para taparle imperfecciones y que se asemeje al prototipo de mujer inalcanzable y artificial, mientras que a ti… pues no has necesitado nada.
— Aaaaah, vale —asentía Adrien con la cabeza muy lentamente y con una sonrisa pilla.
— En fin, es un cartel horrible —iba finalizando Marinette, cuya nariz estaba más arrugada de lo normal—. Yo no compraría ese perfume ni loca. Han malvendido un producto, me parece asqueroso viniendo de Dolce & Gabbana. ¿Dónde tenían la cabeza ellos, en sus partes bajas o qué?
Adrien se la quedó mirando con una cara indescriptible. Intentaba poner cara de póquer, pero de poco sirvió porque, de improviso, de su boca estalló una carcajada. Marinette abrió los ojos más que nunca mientras observaba cómo el muchacho reía con ganas y hasta colocaba una mano en la barriga. Vamos, Adrien se lo estaba pasando pipa con los comentarios que ella hizo.
La verdad es que no sabía cómo tomárselo…
— No me hace mucha gracia —decidió decir finalmente, le dejó al menos un minuto para que riera a gusto y a su costa.
Pudo hasta ver unas pequeñas lágrimas en los ojos de él. ¿Tanta gracia le había hecho?
— Ay, Marinette… —efectivamente, se las estaba quitando con el dorso de la mano—. Me encantan tus ocurrencias. Has criticado el cartel de pe a pa, no te has dejado nada en el tintero.
— Jum —ella se cruzó de brazos—. Sólo he sido sincera. ¿No era lo que querías?
— Sí, era lo que quería. Y sí, has hecho bien. Pero no he visto que dijeras nada positivo, a parte de que yo parecía natural. Creo que has sido más subjetiva que objetiva. Y las críticas deben ser constructivas, nunca destructivas —explicaba él, tomando los hombros de Marinette y guiando su vista de nuevo hacia el cartel—. Ahora quiero que lo mires con otros ojos… ¿qué ves de positivo ahí?
Que Adrien le pidiese que analizase más a fondo, más allá, un cartel publicitario que él protagonizaba era bastante extraño. ¿Qué pretendía? Después de estar unos segundos pensando, finalmente comentó algunas cosas positivas: las luces estaban bien puestas, el fondo oscuro hacía que el producto y los modelos resaltasen, el tratamiento de la imagen era correcto, la fluidez de los cabellos les daba un aire etéreo, la actitud realista de ambos maniquíes, el formato y presentación de ambos botes de perfume, el tipo de letra que se había empleado…
— ¿Ves? Has sido capaz de ver más allá, ¡enhorabuena! —la felicitó Adrien con una sonrisa.
— Qué gracioso… —puso los ojos en blanco mientras soltaba un suspiro.
— Quiero decirte unos cuántos detalles que no se ven —decía el rubio mientras le guiñaba un ojo—. Realmente los dos llevamos ahí ropa interior, no estamos desnudos.
— ¿Eh? ¿Cómo? —Marinette frunció el entrecejo.
— La magia de la edición. Yo llevaba unos slips, mientras que la chica, Theresa, tenía un tanga y unas pezoneras. Todo lo que ves es falso, la fotografía se modificó para que pareciera que estábamos sin nada puesto —explicó Adrien—. En eso el diseñador gráfico hizo un buen trabajo.
Y ella que pensaba que estaban desnudos… Con razón Adrien estaba tan tranquilo y se tomó de forma tan divertida las quejas que ella arremetía contra el cartel publicitario. Le alegraba saber que Adrien era una persona íntegra, a pesar de posar así y en esas condiciones.
— Y, además, mi compañera Theresa es lesbiana y me dio consejos de cómo posar, porque realmente estaba muy nervioso y nunca hice ese tipo de anuncios, pero ella estaba muy acostumbrada. Me costó bastante pillarle el truco, pero al final todos me felicitaron. Supongo que luego mi padre me dirá qué le parece.
Con esa información, Marinette se desinfló, ya no tenía motivos para estar decepcionada o molesta. Simplemente, eran gajes del oficio de Adrien, nada más. Y ella tendría que acostumbrarse, aunque tuviese la mosca detrás de la oreja por si algún día él se enamoraba de alguna modelo.
— Por cierto… ¿es mi imaginación o… estabas celosa? —la picó, mordiéndose el labio.
— ¡¿Qué?! Pepepeperoooo… ¿¡QUÉ DICEEEEES!? Nononononononoooooo —aturullada, Marinette no sabía ni qué decir ni cómo reaccionar correctamente—. ¿Ceeeeloooos? ¿Yoooooo? ¡Jajajajajajajajaja!
Había vuelto la Marinette adolescente. Fantástico. Genial. Y ella sabía que estaba haciendo el ridículo a niveles exagerados, tanto, que la gente se la quedaba mirando mientras iban paseando.
— Lo había dicho de broma —reía Adrien—. Sé que te preocupas por mí.
No, Marinette había actuado así por meros celos, estaba celosa de esa modelo que tocaba de forma indecente a "su" Adrien y porque ambos modelos posaban de una forma excesivamente sensual. La crítica al cartel publicitario había sido por celos, mayormente. De ahí la rabia que sentía, y las posibilidades altísimas de no tener una historia de amor con él.
De pronto, Adrien dio un pequeño brinco y miró su iWatch con gesto de alarma. Si se había puesto así es que a lo mejor tenía algo importante que hacer. Por ello, los nervios de Marinette cayeron en picado y se volvió a sentir culpable de nuevo por hacerle perder el tiempo a Adrien con sus tonterías.
— Perdona, Marinette, pero tengo que irme —se disculpaba Adrien—. De todas formas… —sacaba su iPhone de una pequeña bandolera— como eres la única cara conocida desde que estoy aquí, he pensado que podríamos intercambiar nuestros números de teléfono y estar en contacto. ¿Qué te parece?
Nerviosamente, Marinette aceptó aquella propuesta e intercambiaron sus números de teléfono actuales —los de Nueva York, concretamente—, así cuando decidieran llamarse, enviarse mensajes y demás les costaría más barato, en vez de llamar con un número de París a otros de Nueva York. Eso sí, se recordaron mutuamente que seguían teniendo sus antiguos números de teléfono, sólo por si acaso.
— Si algún día estoy menos ocupado… pues igual podríamos quedar en algún sitio para tomar algo y divertirnos —propuso él con una sonrisa—. No me gustaría perder el contacto contigo, sabes que eres una gran amiga para mí.
La gran amiga, otra vez esa horrorosa frase. Suspiró ligeramente, para que no se notase ante sus ojos. Pero eso era mejor que nada. Y agradecía enormemente que Adrien contase con ella y tomase la iniciativa de quedar, comer y divertirse juntos.
Si así conocía al chico que tanto le gustaba en una faceta y entorno nuevos, pues bienvenida sea esa nueva circunstancia. Igual sus posibilidades de que él se fijase en ella irían aumentando, quién sabe. O de declarar su amor y probar si finalmente habría suerte. No todo estaría perdido.
Pero también pensar en ello hacía que se le revolvieran las tripas de los nervios y temblase internamente.
— Sería una buena idea —aceptó, devolviéndole la sonrisa—. Claro que me encantaría quedar contigo.
— Entonces quedamos en eso —asintió con la cabeza el muchacho. Se montó en el patín y lo encendió—. Me tengo que marchar, que tengo que ir a clases ahora mismo.
— ¿Estás estudiando? —preguntó Marinette, sorprendida.
— ¡Sí! Ahora tengo hora y media de japonés, el último curso que me queda para tener el superior —contestó e hizo un gesto de la mano, despidiéndose—. ¡Nos vemos!
Marinette respondió con una sonrisa melancólica y lo miró alejándose con el patinete en marcha hasta que su figura se hizo imperceptible. Luego miró otra vez el cartel. Sólo se fijó en Adrien, en sus facciones perfectas, en su piel ligeramente tostada, en su precioso rostro, y en su mirada cargada de… deseo.
Ella sostenía la mirada del modelo de ojos verdes y rápidamente sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Se le encendieron las mejillas al pensar, con su desbordante y alocada imaginación, que podía estar en el lugar de la modelo y que Adrien la sostenía así entre sus brazos. Y tembló con sólo imaginárselo.
Iba a necesitar una ducha fría al llegar a casa. ¡Malditas hormonas!
— Ojalá ser ella... —bufó Marinette, quitando la vista del cartel por la envidia que le daba aquella modelo y para no pensar más en cosas indecentes, poniéndose en marcha de nuevo.
Después de su encuentro con Adrien y con Chat Noir —que, a decir verdad, menuda coincidencia—, había pasado una semana. Intentó hacerse un planning, un bullet journal, una agenda esquematizada y un horario para tenerlo todo más en orden. Si no se organizaba y planificaba, iba a explotar de la presión. También había elaborado un tarrito de objetivos y otro de caprichos: por cada objetivo que cumplía tenía derecho a un pequeño capricho, y eso le ayudaba a seguir y a continuar.
En comparación a los otros días, se sentía mucho mejor. Quizás sea por haber visto a Adrien y por las cosas que habían hablado. Porque él la valoraba. Porque Marinette era alguien de confianza, según dijo Adrien. Porque, sobre todo, era su gran amiga.
Por otra parte, saber que Chat Noir estaba aquí para ayudarla con los akumatizados era un alivio tremendo. Ya no se sentiría tan sola tanto en su faceta de superheroína como en la civil.
Por eso estaba más a gusto, y eso hasta Tikki lo notó. Tener a una portadora más tranquila y segura de sí misma era lo que ella necesitaba. Así, Marinette podría desempeñar su papel mucho mejor y su vida diaria sería más estable.
Pero la tranquilidad se había acabado, pues se escuchó un clamor mayúsculo desde los ventanales del loft. Dejó de utilizar la máquina de coser para el proyecto que le mandaron en la academia y supo que debía transformarse.
— ¿Sabes, Tikki? Una se acostumbra a la paz demasiado rápido —dijo Marinette, haciendo una mueca llena de ironía—. En fin, qué remedio… ¡Tikki, transfórmame!
Una vez que su conversión a Ladybug finalizó, abrió la puerta acristalada y saltó por el balcón del edificio, enganchándose a los salientes de los rascacielos y edificaciones varias con su yoyó. Y sí, el akumatizado estaba en su barrio.
Medía como unos diez metros de ancho y de largo, su tamaño era grande —pero de menor tamaño, si lo comparaba con el primer akuma al que se enfrentó— y estaba compuesto de… ¿barro? ¿Mugre? ¿Qué era eso? Sus ojos parecían dos linternas amarillas y caminaba arrastrándose, pues no tenía piernas. Encima, desde la distancia en la que estaba, olía fatal, como a putrefacción. Varias moscas e insectos se reunían y pululaban a su alrededor, algunos efluvios de color verdoso y babas del mismo color se repartían por todo su cuerpo. ¡Qué asqueroso!
Ladybug sentía profundas arcadas. Su nariz y su ceño estaban más arrugados que nunca. ¿Qué le había pasado a Papillon por la mente para akumatizar y dar forma a semejante aberración?
Por lo que podía observar, lo único que hacía el akumatizado era enviar basura y restos de "no-se-sabe-qué-contenido" por todos los lugares en los que él se arrastraba. Esa era su única función, no tenía otra. Si algún viandante se sorprendía o gritaba, él pasaba de largo.
Después se escuchó una voz grave, de ultratumba, de lo que parecía la boca de aquél monstruoso ser.
— ¡Convertiré la ciudad en un vertedero! —gimió con tono distorsionado.
— ¿Qué quiere éste? ¿Que tenga tendencias gatunas y empiece a buscar en los contenedores de basura a ver si hay raspas de pescado?
— ¡Chat Noir! —Ladybug giró la cabeza y se encontró a su compañero, apoyado en el bastón.
— My Lady, qué placer verte de nuevo. Aunque en unas circunstancias… un tanto… nauseabundas —una mueca retorcida llena de asco se mostró en el rostro de Chat Noir—. Por Dios, ¡qué peste!
— Yo necesitaría una pinza para la nariz… —dijo Ladybug, taponándose la nariz con los dedos.
— Que sean dos, por favor —se unió al gesto Chat, que con la otra mano intentaba disipar el mal olor pero sin éxito—. Dime que tienes un plan.
— Pues no, si es que he llegado hace nada —la heroína se encogió de hombros—. He estado observándole y lo único que hace es echar basura y restos putrefactos. Ni siquiera ataca a la gente.
— Pero ataca a la salud pública y al medioambiente, si nos ponemos quisquillosos —Chat Noir puso los ojos en blanco, aunque, más que blanco, era de color verde claro—. Si ya lo dice él, que quiere convertir Nueva York en un vertedero.
— Eso es lo que me consuela, que no hay vidas en juego. Habrá que bajar y analizar la situación. Mientras, si eso, distráele —ordenó ella, sacando su yoyó del cinturón.
— Qué remedio —bufó él, extendiendo el bastón ubicado en su espalda—. En fin, espero que podamos terminar pronto con esto porque me ha pillado en un momento malo.
— Ah, ¿vida ocupada? —preguntó Ladybug, enarcando una ceja, que era invisible bajo la máscara, y con una sonrisita.
— ¿Qué te pensabas, que iba a venirme aquí sin hacer nada de provecho? —la imitó él, teniendo la misma actitud—. ¡Error!
Después de esto, bajaron posando los pies en el asfalto. La gente gritaba y huía despavorida, intentando refugiarse en sitios que no estuviesen contaminados por los ataques del akumatizado. Incluso algunas cucarachas y ratas salían de la basura como consecuencia de ello. Cada vez que pasaban más minutos, el barrio olía peor y el aroma era nauseabundo, casi irrespirable.
Mientras que Chat Noir iba provocando e insultando a aquel monstruo, Ladybug intentaba analizarlo, para ver si encontraba el objeto afectado por el akuma. Le llamaban la atención aquellos ojos amarillos resplandecientes, pero dudaba que el akuma estuviera allí. ¿Y si estaba en el interior de esa masa de desperdicios y mugre?
Cuando el monstruo miró a ambos superhéroes, fue entonces cuando una máscara violácea se presentó en su rostro. Inesperadamente, lo que sería su cabeza se irguió hacia el cielo, su boca se abrió y los ojos como linternas proyectaron una imagen gigante que se veía por todos los puntos de la ciudad.
Reconocían perfectamente el busto de aquel hombre con una máscara completa que ocultaba y cubría ese rostro por completo. Todo el mundo estaba sorprendido, pero no así Ladybug y Chat Noir. Sabían que Papillon se pronunciaría tarde o temprano, y que utilizaba en esos momentos a su vasallo como altavoz y reproductor de su mensaje.
— «Ciudadanos de Nueva York. Soy Hawk Moth».
Chat Noir rió por lo bajo, haciendo un pequeño aspaviento.
¿Hawk Moth? Pero si era Papillon de toda la vida, ¿a qué viene cambiarse el nombre? Quizás "Mr. Butterfly" no sería muy amenazador o masculino, a saber. Tampoco es que su miraculous fuese una polilla, era una mariposa; pero bueno, tampoco se iba a poner a analizar el nombre "recién bautizado" de su archienemigo de siempre.
— «He venido a este lugar porque necesito dos cosas: las joyas que portan esas dos personas de ahí».
El akumatizado, con una mano mugrienta, señaló al dúo de héroes. Prácticamente estaba siendo controlado, sin conciencia. Se encontraba en un estado comatoso, como si fuese una marioneta.
Por otro lado, los medios de comunicación que estaban allí presentes grababan para informar de todo lo que estaba aconteciendo. Para los ciudadanos neoyorquinos, esto era un hecho insólito hasta la fecha.
— «Son peligrosas y están en su poder. No están en buenas manos y no saben el potencial que tienen. Además, si se combinan, puede ocurrir una catástrofe» —explicaba el villano con un tono convincente.
— ¿¡Pero qué estás diciendo!? —saltó Chat Noir, indignado y chillándole al holograma creado por los ojos del akumatizado—. ¡Lo único que dices son mentiras!
— «¡CÁLLATE!» —su voz se amplificó y retumbó por todo el lugar—. «Sois una amenaza para toda la civilización. Desconocéis el gran poder que ejercen los miraculous. Tu anillo y los pendientes de Ladybug no deberían de existir».
— Está intentando llevar a la gente a su terreno… —murmuró Ladybug.
— ¡La amenaza eres TÚ! ¡TE APROVECHAS DE LAS EMOCIONES NEGATIVAS DE LA GENTE PARA CONTRO…! —gritó el héroe gatuno, más enfadado aún.
— «¡SILENCIO!» —lo interrumpió Papillon con voz autoritaria—. «Sólo sois unos críos que no tenéis conciencia de lo que hacéis, ¡vuestra presencia es peligrosa, sin saber el alcance que tienen vuestros poderes! Si no estuvieseis aquí, mucha gente inocente no se vería perjudicada».
— Ya está bien… Hawk Moth —aceptó el nuevo nombre Ladybug—. Mi compañero y yo no te vamos a dar los miraculous por mucho que insistas. Llevas así años, y no sé con qué propósito u objetivo los quieres, pero no te los entregaremos, ni mis pendientes ni su anillo. ¿Entendido?
La voz de éste se escuchó como un gruñido.
— Deja de manipular a la gente. Deja de controlar sus emociones negativas para tu propio beneficio. Deja de convertir a las personas afectadas por sus sentimientos más oscuros en monstruos, en peones que quieren destruirlo todo y que matan a la gente sólo porque tienes unos fines egoístas. ¡Yo, Ladybug, no te lo permitiré! —dijo Ladybug de forma épica, sacando toda su valentía a flote.
Chat Noir sonrió, observándola con ojos cariñosos y llenos de orgullo. Papillon emitió un rugido de rabia y luego una risa diabólica, que helaba hasta los huesos.
— «Muy bien. Si quieres guerra, Ladybug, que así sea. Yo no me detendré ante nada, pero que sepáis los dos que vosotros habéis decidido seguir con esta lucha inútil. Si no queréis darme vuestros miraculous por las buenas… ¡ENTONCES SERÁ POR LAS MALAS!».
La retransmisión se apagó de un plumazo y el akumatizado volvió en sí, con la conciencia recuperada y más enfurecido que nunca. Y así empezó una invasión de basura por todos los recovecos del barrio posibles.
Como proyectiles, iba lanzando restos de comida podrida a Ladybug y a Chat Noir, atacándolos.
— Mira, el "Señor Mariposón" me ha tocado bastante las narices —decía Chat mientras repelía una bolsa de basura con su bastón—. Voy a seguir riéndome de él si se aparece de nuevo. ¿"Hawk Moth"? ¡Venga ya! Si cree que ese nombre es más tenebroso, lo lleva claro.
— Aunque se haya cambiado de nombre aquí, sigue siendo él —girando el yoyó a gran velocidad, a Ladybug no le alcanzó una gran pila de heces malolientes—. Y ha sido listo, se ha comunicado en inglés para que lo entendieran todos y los informativos pudieran retransmitirlo en directo.
— Bueno, pues la policía, el ejército, la CIA y todos los cuerpos de seguridad ya están alerta. Ahora ya saben lo hijo de puta que puede llegar a ser Papillon.
— ¡Chat, no digas palabrotas! —lo regañó con un tono de reprobación.
— ¿Y qué hago? —Chat Noir se encogía de hombros, esquivando un cubo de basura lanzado por el akumatizado—. ¡Me ha puesto de muy mala leche!
— Pero no sabía que fueses tan malhablado.
— Y yo no sabía que fueras mi madre —replicó él—. Además, decir palabrotas ayuda a relajarse, a disminuir la frustración, el enfado y muchas cosas más.
— Creo que eso es un invento en toda regla… —ella puso los ojos en blanco, suspirando—. En fin, será mejor que nos pongamos manos a la obra. ¡Lucky Charm!
Y, contra todo pronóstico, salió un pesado cañón pintado de color rojo y puntos negros. Suficientemente grande para que cupiera… una sola persona. ¡Qué fácil!
El plan se hizo tan rápido… que al minuto la mariposa ya se había purificado gracias a la magia del yoyó. Simplemente, Chat Noir invocó su Cataclysm, se metió dentro del hueco del cañón y Ladybug lo accionó, propulsando con fuerza a su compañero.
Nuestro superhéroe se adentró en el cuerpo mugriento del akumatizado, encontrando en su interior a un hombre con ropas andrajosas. Estaba con los ojos cerrados y llevaba una linterna en la mano, haciéndola añicos con su poder destructor.
Pudo volver a llenar de oxígeno sus pulmones ya que se aguantó la respiración, y todo volvió a su ser cuando Ladybug dijo "Miraculous Ladybug" —que, ayudada por Chat Noir, pudo lanzar el cañón al aire— y el dúo chocó los puños, contentos con el trabajo rápido y efectivo que habían realizado.
La persona afectada fue un indigente, y hasta les dio pena. Una ambulancia se acercó para atenderle, así como un coche patrulla de la policía. Los medios de comunicación querían obtener alguna entrevista de aquellos jóvenes que habían salvado el día y grabar algún tipo de declaración importante, mientras los flashes de las cámaras y los micrófonos iban agolpándose sobre ellos.
— Señorita, ¿cómo se llama? —dijo una reportera, muy emocionada.
— Me llamo Ladybug —contestó Marinette, al final había que dar explicaciones y no podría evitar más a la prensa—. Y mi compañero se llama…
— Cat Noir. Mi nombre es Cat Noir —respondió por ella, mostrándose presumido.
Ladybug se aguantó la risa. ¿Ahora Chat Noir va a imitar a Papillon con el cambio de nombre? "Black Cat" sería más congruente, pero en fin, él mismo, ¿no?
— ¿Qué son los miraculous?
— ¿Es cierto que son peligrosos?
— ¿Qué saben de aquél que se hace llamar Hawk Moth?
— ¿Sois una amenaza o unos superhéroes?
El gran aluvión de preguntas empezaba a agobiarla y quería salir de ese corro sin salida que formaban los periodistas. No tenía ganas de responder. Igual podría decirle a Chat Noir que contestase por ella.
— Bueno, bueno. Son muchas preguntas. Agradezco mucho su interés, pero necesito irme, pues tengo cosas que hacer… —hacía pausas con las manos y se giró hacia su colega de aventuras—. Mi compañero Cat Noir seguro que estará encantado de responder algunas de las cuestiones que tengan.
Él asintió, pues estaba acostumbrado en acaparar este tipo de situaciones —tanto en su vida heroica como en la civil, aunque esto último Ladybug no lo sabía—. Había aprendido a encauzar las preguntas y decir sólo la información necesaria y, sobre todo, verídica. Era innecesario decir datos y aspectos de más, pues no querían que apareciesen las malas lenguas y cotilleos varios.
Así que ella se despidió de todos y se fue, dejando a su compañero con todo el percal de los medios de comunicación, pero confiaba plenamente en él.
Al llegar a casa y antes de quitarse el traje, recibió un mensaje de texto, pues su yoyó vibró.
— «¿Podemos vernos esta noche? ¿Qué te parece el edificio Chrysler, a las diez?».
Antes de destransformarse, respondió:
— «Sí, sin problema. ¡Nos vemos y ya hablamos!».
Se desplomó en el sofá mientras dio un largo suspiro, pero luego sonrió. Estaba contenta. Ni siquiera se sentía cansada. Tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo cuando habían acabado con un akuma tan rápidamente y fue pan comido para ellos. Incluso la intervención de Papillon/Hawk Moth no la hizo vacilar, ni tener miedo… ¡al contrario! Había sentido valentía, agallas, coraje… como que sabía que podría hacer de todo y más.
Aunque el tema de la prensa y los medios de comunicación era harina de otro costal…
— Has estado genial, Marinette —la felicitó Tikki, muy orgullosa.
— Gracias —sonrió Marinette, agarrándose fuerte a un cojín del sofá.
Entre ellas estuvieron hablando de los acontecimientos recientes. Después de eso, Marinette fue a la habitación a seguir cosiendo y a terminar unos apuntes —que luego tendría que estudiar— de una de las asignaturas de la academia. Lo que sí no tenía pensado, era… ¿qué iba a hacerse de cenar?
Como habían acordado, a las diez estarían en la parte más alta del edificio Chrysler. Una reunión cualquiera, para verse, para hablar, para entender y para pensar. La tarde había sido movida al ver que Papillon —que ahora se hacía llamar Hawk Moth— se había pronunciado ante toda la ciudadanía neoyorquina. Ya decidió no ocultarse más, y aunque las fuerzas del orden y la inteligencia secreta de los Estados Unidos intentasen encontrar su paradero para arrestarle o matarle… seguramente no lo conseguirían.
A Marinette le costó un poco llegar, pero ahí se encontraba. A decir verdad, estaba bastante nerviosa, por lo que abrió el yoyó y encendió el navegador. El Ladyblog echaba humo, muchos se quejaban de que ya no vivirían en primera persona las andanzas de Ladybug y Chat Noir. Uno de los puntos calientes en el foro era la variación total de los trajes de ambos superhéroes. Comentaban también el curioso cambio de nombre de Papillon a Hawk Moth, además del de Chat Noir por Cat Noir, en vez de Black Cat o similar. Eso le produjo risa, porque era lo mismo que ella pensó.
— ¿Qué te hace reír tanto? —Chat Noir había aparecido.
— Estás aquí… —dijo con simpleza Marinette, sin mirar por detrás de ella.
Su compañero había llegado y se sentó a su lado, al borde del muro y con las piernas colgando.
— Sí, ya estoy aquí —Chat Noir estiró los brazos y bostezó—. Echaba de menos hablar en francés, tanto inglés se hace agobiante.
— Decidiste venir aquí, así que atente a las consecuencias, minino —todavía sin mirarlo, le dio un ligero codazo—. Para mí está siendo difícil acostumbrarme a todo esto.
— ¿Por eso querías evitar las cámaras y las entrevistas? —ahora él estiraba los pies—. ¿O que la gente nos echara fotos y nos grabara con sus móviles?
— Sí… Me sentía… muy insegura. Bastante perdida y… sola —Marinette suspiró levemente y se encogió de hombros—. Pero eso fue el otro día, hoy estoy mejor, la verdad.
— Aún así… me dejaste solo ante el peligro con la prensa, ¿eh? —el tono del muchacho fue acusador, pero de broma a la vez.
— Se te da mejor que a mí. Adoras las cámaras y ellas te adoran a ti, "Don Presumido" —dijo ella con retintín.
— Sabes que algún día tendrás que enfrentarte a ellos, ¿verdad? Te querrán entrevistar y conocerte más a fondo.
— Algún día, algún día… Bueno, dime, ¿qué les has contado?
Chat Noir comentó que le dio tiempo a contestar cinco minutos de preguntas, antes de que su transformación se acabara. Algunas que eran más personales las esquivó, aludiendo a que unos superhéroes siempre tienen que mantener una identidad secreta para protegerse tanto a ellos mismos como a las personas que valoran y quieren, pues pueden ser blanco de ataques. Que Hawk Moth era un villano que quería conseguir los miraculous con fines egoístas y que ellos iban a ayudar en todo lo posible, ya que tenían el poder para derrotarlo.
Explicó el funcionamiento de los akumas y de qué forma se podían revertir las akumatizaciones. También propuso que se debería estudiar un sistema de alerta para cuando aparezca un akuma y así la población estuviera atenta, que hubiera una red de colaboración entre todos los ciudadanos y los medios de comunicación, entre otras cuestiones y propuestas interesantes.
Aunque no le dio demasiado tiempo para explicar todo aquello, debido a que su transformación iba a desaparecer en unos segundos y tenía que marcharse como alma que llevaba el diablo.
— Meh, y poco más les he contado… Supongo que a lo largo del tiempo irán preguntando más y sabiendo más. El asunto es que toda la sociedad esté concienciada y nos ayude a acabar con él. Cansa estar desde los catorce años con este señor —en esto, Chat Noir inspiró profundamente.
— No ha estado mal lo que les has contado. Bien hecho, gatito —sonrió Ladybug, mirando el horizonte.
— Quiero un premio —ronroneó él, girándose para mirarla.
No había reparado en verla con más detalle, pero ahí estaba Ladybug, con su traje y apariencia totalmente cambiados. Alucinó con el azul intenso de su pelo con las puntas coloreadas en rojo, y cómo el cabello se trenzaba por detrás y luego se recogía con un lazo y un pasador redondo, simulando la forma del yoyó.
O cómo, en vez de tener un traje que cubría enteramente su cuerpo como antaño, ahora disponía de botas, guantes, un body estilo corsé, mallas y una capa iridiscente. En su opinión, se veía guapísima y espléndida, pero también como una heroína.
Ladybug notó que la mirada de él se posaba en su cuerpo, en cómo la observaba, y al final le devolvió la mirada, entrecerrando los ojos.
— ¿Qué? Estoy disfrutando de las vistas —la piropeó.
— ¡Serás idiota! —Ladybug le dio un empujón, notando sus mejillas arder, entendiendo aquel mensaje.
— Jajajaja, es que es la primera vez que te veo de cerca y estaba viendo los cambios del traje. No es un delito observarte. Y era muy complicado verte si estabas moviéndote de aquí para allá y no querías que las cámaras te filmasen. Al menos conseguí reconocerte por la televisión. Pero verte tan de cerca es un lujo —la adulaba Chat.
— Tampoco es para tanto —le quitaba importancia—. Sólo que... quise cambiar, porque ya que estoy en un sitio completamente diferente... En fin, para mí esta es una nueva etapa, una nueva circunstancia en mi vida, y eso lo quise reflejar en mi traje, simplemente.
— ¿Te has deshecho de la antigua Ladybug?
— No, sigue aquí, dentro —tocó su pecho mientras cerraba los ojos—, pero… es adulta. Y las personas pasamos por fases, por etapas. Ya no somos las mismas, sino que evolucionamos.
— Ya veo, ya veo. Pues, como comprobarás, también te he imitado. Ni siquiera me has dicho si te ha gustado mi cambio de imagen, jo —se quejaba Chat, haciendo un puchero.
Ladybug puso los ojos en blanco. Cuánta insistencia tenía Chat Noir en este momento. La verdad es que no se había percatado con demasiado detalle de los cambios que había sufrido el muchacho, así que lo miró de frente y se puso a analizar su indumentaria.
Su traje era de cuerpo entero, por lo que no estaba seccionado. El cuello era en forma de uve, con unas solapas a los lados bastante angulares y que dejaba verle el esternón, las clavículas y todo su cuello. Podía distinguir distintos tipos de negro, unos más intensos y otros más claros, fusionándose con los tonos grises: grafito, carbón, azabache o ébano. En el centro del traje predominaban los colores claros, pero en los laterales de la indumentaria predominaban los tonos oscuros, degradándose con las diferentes intersecciones del traje, como la parte interna de los brazos y la parte externa de las costillas, la cintura y las piernas.
Los guantes llegaban hasta el codo y las botas hasta las rodillas, eran las partes más oscuras de su atuendo. Los bordes eran de un negro brillante, casi imitando el metal. Las puntas de las botas parecían de cuero recio muy oscuro y brillante e imitaban las patas de un gato, y las suelas tenían dibujadas las huellas de dicho animal. Las uñas (o garras) ya no estaban dentro de los guantes, sino que salían al exterior, y eran brillantes y afiladas. En lo que serían las palmas de los guantes, también había unas huellas de un color mucho más oscuro de la misma manera que en el calzado, simulando las huellitas de un gato.
Luego tenía unas correas de un material similar a los bordes de las botas y los guantes, pero eran mucho más flexibles. Éstas se presentaban de forma cruzada en las muñecas, los tobillos y a modo de cinturón, en donde éste acababa en una característica cola de gato, con un pequeño aplique metálico plateado en la punta de la improvisada cola. En el cruce de las correas, había una chapa cuadrada plateada, en donde un material parecido al ónice simulaba las huellas de un gato en el centro.
Un arnés estaba en su pecho, hecho de correas y con una chapa —idéntica a las otras— más grande. Atrás del arnés había un carcaj para colocar su bastón, todo sujetado con hebillas plateadas con su correspondiente huella oscura. Además, llevaba unas hombreras metálicas que cubrían sus hombros y parte de los brazos.
Su pelo rubio, que fue creciendo con el paso de los años, ya no estaba suelto y rebelde, sino que iba atado en una coleta con una cinta negra en la zona de la nuca , aunque varios de los mechones de su cabello estaban esparcidos por su rostro. Sus orejas, su máscara y hasta el cascabel —que estaba en el pico del cuello— permanecían inalterados.
Sin embargo, aunque el traje era diferente, Marinette había notado algo totalmente nuevo al ver que la cara de Chat Noir se había movido…
— ¿Te está gustando el paisaje, My Lady? —preguntó él con tono provocativo y enseñando los dientes.
— No es eso, es que te he visto algo raro en… las… —Ladybug entrecerraba más los ojos, moviendo la cabeza hacia los lados porque se había percatado de algo brillante en la piel de su compañero.
— Mmm. Creo que te refieres a estas dos preciosidades —captó el joven, acercándose más al rostro de su compañera y levantó los mechones del cabello, para que ella pudiera ver los…
— ¿¡TE HAS AGUJEREADO LAS OREJAS!? —chilló ella, dando un respingo y el rubio tuvo que retroceder del susto.
Evidentemente, no era una alucinación: Chat Noir llevaba pendientes. Uno de ellos era un aro negro y brillante, colocado en la parte superior de la oreja izquierda. En la derecha tenía un pendiente en el lóbulo de la oreja, que era más grande y representaba una huella de gato, en tonos negros y plateados.
— ¡Me has dado un susto de muerte… que pensaba que se me iba a salir el corazón del pecho! ¡Eso no se hace, que tengo el sentido de la escucha muy sensible! —sobreactuó Chat, poniendo ambas manos en el tórax—. Y sí, tengo dos piercings, ¿algún problema?
Ladybug se quedó paralizada, señalando con un dedo acusador las orejas perforadas de su colega con cara de horror. A decir verdad, su expresión era bastante cómica y divertida. Chat Noir soltó un bufido, casi echando saliva por la boca, y empezó a reír a gusto. Ella, como era lógico, se molestó más aún y le empujó con ambas manos, provocando más risas desternillantes por parte de él.
— ¿No te parezco guapo? —se cachondeó él, poniendo morritos.
— ¡Idiota! ¿Por qué te has hecho eso? —el tono de Marinette era de sorpresa e indignación al mismo tiempo.
— No puedo hacerme modificaciones corporales, por lo que veo… —Chat Noir puso los ojos en blanco, volviendo a bufar.
— ¡Ya faltaría que te hicieras tatuajes!
— Y escarificaciones, inyectarme tinta en los ojos, dilataciones… —enumeraba el muchacho con un matiz divertido y haciéndola rabiar aún más—. Sí, la verdad es que no me parece tan mal hacerme alguna de esas cosas… ¿por qué no?
— ¡Deja de cachondearte de mí, Chat! —lo empujó otra vez.
— Como mucho podría hacerme tatuajes de henna, pero son temporales.
— Ah, para, paaaaraaaa —gruñía ella, tapándose las orejas con las manos.
— ¿Ni calcomanías, como los niños chicos, que salían en los envoltorios de los chicles o en las bolsas de chuches y patatas fritas? —machacaba el héroe con voz insistente.
Ambos se estaban dando empujoncitos para chincharse mutuamente. Cierto era que Ladybug no le dijo que estaba guapo, que era lo que Chat Noir andaba pidiendo de forma subyacente todo el rato. Había que reconocer que se veía apuesto con su nueva apariencia, se veía más adulto pero con un toque juvenil, fresco y descarado al mismo tiempo.
Si en realidad esos agujeros se los hizo por gusto, ¿quién era ella para decidir por él? Quizás su compañero necesitaba igualmente un cambio, y por eso decidió ponerse pendientes. Pero, aún así, seguía bastante sorprendida porque no se lo esperaba en absoluto.
Después de aquel rifirrafe típico de parvulario e infantil, llegaron a una conversación más calmada e incluso seria. Ladybug tuvo en cuenta la sugerencia de Chat en cuanto a las alarmas y dispositivos de aviso, por lo que sería conveniente establecer unos requisitos y peticiones para que se pudieran ejecutar.
Habría que contactar con los medios de comunicación y permitir entrevistas, pero dentro de unos límites y con preguntas consensuadas. Hablar con las fuerzas del orden para la seguridad ciudadana, aplicando los sistemas y dispositivos pertinentes. Establecer patrullajes nocturnos, como cuando los hacían por París, por lo que tendrían que estudiar ciertas localizaciones, sitios emblemáticos e incluso barrios supuestamente conflictivos.
Prácticamente, en una sola noche, habían planificado todas esas cuestiones. Faltaría otra quedada para ver cuándo podían llevarlas a cabo finalmente.
— Lo que es una pena es que la chica que llevaba el Ladyblog, Alya, no pueda seguir informando —dijo Chat Noir mientras se rascaba la nuca deforma distraída.
— Se está informando por vías externas, porque el blog está ahora que echa humo por las novedades. Igual puede que intente contactar con alguien de aquí para que haga las veces de reportero, como hacía ella —supuso Ladybug, juntando los talones con los pies suspendidos en el aire.
— ¿Y qué comentan? —preguntó con mucha curiosidad.
— Pues… déjame que mire —mientras decía eso, la heroína sacó su yoyó, abriéndolo y poniéndolo en modo navegador y yéndose a la aplicación del Ladyblog, mostrándose así las últimas noticias—. Pues lo de Hawk Moth y Papillon, recuento de akumas nuevos en Nueva York y que estamos juntos y el cambio en nuestra apariencia.
— Estamos juntoooos —dijo él con voz cantarina, dando codazos a Ladybug.
— No lo he dicho con esa intención, y lo sabes —le lanzó una mirada amenazante—. Que estamos juntos como equipo, que nos hemos reunido, eso.
— Ahí, quitándome la ilusión —bufó Chat Noir.
— Chat, sabes que me gusta un chico, no puedes…
— Ya lo sé, ya lo sé… —decía con voz cansina—. Ni siquiera está aquí, y sigues loca por él, no sé cómo…
— Sí está aquí —confesó Ladybug, con las mejillas teñidas de un leve rubor rosa—. Me lo encontré hace pocos días.
— ¿¡Qué!? —Chat Noir no se lo esperaba para nada.
Por un breve momento tenía ligeras esperanzas. Creía que si ese tío estaba en París y Ladybug en Nueva York, habría probabilidades de que, quizás, ella empezaría a olvidarse de él. Que valoraría a Chat y que, más tarde, lo miraría como una opción a considerar. Pensaba que, después de tanto tiempo, se daría cuenta de que él siempre estuvo ahí para ella. O que sus sentimientos por él crecerían día a día y cambiarían a algo similar al enamoramiento.
Pero… eso ya qué más daba. No era posible. El corazón, los sentimientos y la mente de Ladybug pertenecen a alguien más, siempre fue así. Adrien tenía que pensar seriamente en que, definitivamente, entre él y Ladybug no podría haber una relación amorosa. Plagg tenía razón… pero eso le dolía muchísimo.
Le iba a costar bastante hacer una regresión y aplicar un "sólo amigos y compañeros" cuando se tratase de ellos dos. Porque su compañera ya se lo dejó más que claro: ella ama a otro hombre. Chat Noir tenía cero posibilidades. En fin… qué se le iba a hacer…
— ¿Entonces… qué vas a hacer? —inquirió él con las orejas artificiales gachas.
— La verdad es que… no lo sé… Tengo la impresión de que estará más ocupado que cuando estábamos en París —Marinette abrazó sus propios brazos, encogiéndose un poco—. No soy capaz de… decirle lo que siento. Así que no sé qué hacer… Lo veo complicado.
— Así que la aguerrida Ladybug cambia por completo cuando la temática trata sobre asuntos amorosos, ¿no? —se cruzó de brazos Chat Noir.
— Sí, desafortunadamente —suspiró Ladybug—. No soy "Doña Perfecta", por mucho que tú me veas así.
— Uy, pues a mí me llaman "Don Perfecto" fuera de este traje, créeme —dijo Chat Noir en un tono presumido—. Si supieras quién soy, creo que te daría un patatús bien fuerte, un infarto, una subida de azúcar que te daría diabetes, un…
— Ya, claro. Ni que fueras… —ironizó ella a la vez que hacía un ademán con la mano, pero se paró en seco.
— ¿Ni que fuera… quién? —instó él a que Ladybug siguiera hablando.
— Nada, olvídalo —negaba con la cabeza rápidamente, mientras sus ojos se iban aguando a causa del recuerdo de Adrien.
— ¿Te he molestado? —se preocupó el rubio, acercándose.
— No, no, tranquilo —volvió a repetir el gesto de negación con la cabeza—. Sólo que… no me agrada hablar de la gente que nos gusta. Eso es todo.
— Está bien —aceptó—. Lo último que quiero es que estés incómoda. Venga, hablemos de otra cosa.
— ¿Por ejemplo?
— Pues me sorprende que no hayas echado de menos esta cosita de aquí —en esto, Chat Noir sacó una pequeña bolsita de tela y de ella salió el kwagatama de Ladybug, que llevaba conservando desde hacía tiempo.
— ¡El kwagatama! —sonriendo, Ladybug lo reconoció al instante.
— Lo he tenido conmigo siempre, todo este tiempo —lo colocó en las manos de la superheroína con delicadeza—. El maestro Fu me pidió que te lo diera cuando nos encontrásemos. No tiene ni un rasguño.
— Gracias, gatito —agradeció ella, acogiendo dicho collar en su pecho—. Buen trabajo.
— Sigo diciendo que quiero un premio —Chat Noir hizo un mohín, intentando darle pena a su compañera.
— Qué pesado… —dijo Marinette con voz aburrida mientras ponía los ojos en blanco—. A ver, dime qué quieres…
— Un besito —pidió él a la vez que iba moviendo los labios, listo para recibir un beso.
— Sigue soñando, minino —lo apartaba con las manos, pero él se acercaba más y más—. ¡Quita… Quita…!
— Muaaaa, muaaaa, muaaaa —la boca de Chat Noir parecía el pico de un pato, estaba próxima al rostro de Ladybug—. Dame un besito…
Sería imposible recibir un beso de sus labios, brillantes y rojos como el carmín. Pero Adrien se repetía internamente que Ladybug quiere a otro. Era normal que lo evitase, por eso sería mejor ir de coña, como siempre había sido. Aunque, muy en el fondo, los sentimientos de él eran sinceros, intensos y verdaderos.
Ladybug, exasperada, aceptó la propuesta, pero… el beso fue a la frente de su compañero. Colocó sus labios en aquella zona de la cara, y no le dejó marca a pesar de que sus labios estaban coloreados de un tono rojizo. Se recreó un poco en el beso para que Chat Noir no le insistiera más después. Además, tenía que agradecerle porque de no haber sido por él, Impaler hubiese acabado con ella.
Él había venido a Nueva York para ayudarla, para estar con ella. No se había quedado en París. Y ese era un detalle a tener muy en cuenta. Siempre iba a estar a su lado.
— ¿Alguna cosa más? —preguntó ella, después de haberse retirado.
— Estoy conforme —Chat asintió—. Mejor un beso en la frente a no tener ninguno.
— Vaya, pensaba que te ibas a quejar.
— No, no me quejo. Que, a ver, me hubiera gustado un beso en la mejilla o en la boca —mientras él hablaba, Ladybug le lanzó una mirada casi asesina—, pero como eso es imposible porque My Lady tiene a un caballero en mente, que no soy yo, cuyo corazón le pertenece… pues respeto sus deseos.
— Ah, vale —frunció el ceño, cruzada de brazos y ablandando la mirada.
— Aunque no niego que me encantaría saber el nombre de dicho caballero…
— No quiero que la curiosidad mate al gato. Y seguro que si supieras su nombre, irías a buscarlo para amenazarlo y decirle cosas como "No te acerques a Ladybug, que te mato. ¡Ella es sólo mía y de nadie más! ¿Me oíste?" —hizo una pantomima, imitando a su colega de una forma demasiado cómica.
— ¿Por quién me tomas? —Chat Noir siguió su juego, exagerando sus gestos y poniendo una mano en el pecho, haciéndose el ofendido—. Ay, me ofendes, My Lady.
Y siguieron diciéndose burradas, a cada cuál más tonta y ridícula que la anterior. El ambiente entre ellos era divertido, distendido, y les ayudaba a afianzar más su compañerismo y amistad. Sabían perfectamente que sus comentarios no iban a malas, que no querían hacerse daño el uno al otro. Todo quedaba en el cariño y la admiración de ambos. Y no querían que eso se rompiera, porque sabían que, juntos, eran un dúo imparable.
Entre pitos y flautas, anécdotas, comentarios y vivencias, les dieron las doce de la noche, por lo que acordaron despedirse y encontrarse en otro momento que les fuese propicio y en una localización diferente. Se despidieron, deseándose las buenas noches y esperando su próximo encuentro.
Adrien llegó cansado a su nuevo hogar, después de hablar con el rector de la universidad. Si bien su padre había hablado con todos los responsables, quería decirlo por su propia boca y enterarse mejor de primera mano. Como le habían comentado, no suponían ningún inconveniente sus idas y venidas del centro, mientras que se avise con antelación, y veían apropiado y congruente que sí acudiera a las clases prácticas y a los exámenes, entre otros eventos que serían importantes.
Al menos, entendían que era modelo y tenía un trabajo, por lo que había que hacer una compatibilidad de horarios para que pudiese llegar a todo. Y no sólo tenía la carrera universitaria y la de modelo, sino que también estudiaba idiomas. Por no hablar de que había que salvar el día, otra faceta desconocida para todos. Ser Chat Noir también era una carrera de fondo, física, desgastante. Arriesgas tu vida en pos de la seguridad de la gente, y eso nadie se lo pagaba o se lo compensaba (al menos, de momento).
Llevaba unos días bastante estresantes con los estudios. Ya había salido el anuncio de Dolce & Gabbana en la televisión y en todos los medios de prensa. Le habían felicitado por su primer debut en Nueva York, con la forma de posar, de actuar y, obviamente, sobre su increíble físico. Su padre, en cambio, no es que estuviese emocionado, pero admitía que su hijo hizo un buen trabajo.
Así que, por lo pronto, la marca Dolce & Gabbana seguiría contando con Adrien para próximos anuncios de modelaje y para la promoción de productos de la compañía. De forma breve había sido maniquí de una colección de trajes de Gabriel, cuyo anuncio en una prestigiosa revista de moda saldría pronto a la luz y que Audrey Bourgeois estuvo supervisando de cerca. La carrera hacia el estrellato no había hecho más que comenzar…
En esos momentos estaba navegando por internet con el ordenador, buscando sitios interesantes para poder desconectar de tanto trabajo, tanto del flanco profesional como del estudiantil. Cómo odiaba la contabilidad, le parecía aburrida y sumamente… sencilla. Luego estaban Microeconomía, Estadística, Finanzas, Historia de la Economía… todas las asignaturas eran un absoluto rollo, eran demasiado fáciles para él. Sin embargo, se hacían pesadas, eso sí, por la gran cantidad de texto que tenía que memorizar y conceptualizar, además de la gran cantidad de actividades de cálculo y de ejercicios aplicados que tenía que realizar.
Menos mal que era viernes por la tarde y podría descansar, lo andaba deseando. Un fin de semana únicamente para andar en pijama mientras devoraba anime, leía manga o jugaba a videojuegos. No había mejor plan que ese, en su mansión de París nadie le dejaba estar en pijama todo el santo día y a viciarse demasiado a las cosas que le encantaban. Por otra parte, necesitaba salir y divertirse un poco por ahí, pero no quería ir solo. Y no conocía a nadie de suma confianza. Sólo había visto a sus compañeros de Administración y Dirección de Empresas tres veces, a los de la clase de japonés también tuvo muy poco contacto, y con Theresa, la modelo, ídem. A no ser…
El móvil de Marinette vibraba cuando se estaba duchando. Podía escuchar los sonidos de las notificaciones sucediéndose uno detrás de otro. Menos mal que sólo le quedaba enjuagarse y ya podría salir tranquilamente, pero aún así se encontraba nerviosa por no contestar a los mensajes si estaba ocupada.
Tikki estaba en el baño con ella y ojeó la pantalla del smartphone.
— Marinette, ¡es Adrien! —anunció la kwami.
— ¡¿QUÉ?! —chilló Marinette, a punto de resbalarse mientras salía a toda velocidad de la bañera—. ¿Adrien? ¿Estás segura, Tikki?
— ¿Qué ganaría con mentirte? —cogió dicho objeto, enseñándole la pantalla del móvil en sus narices—. ¿Ves?
Marinette chilló como una adolescente y se puso más nerviosa aún cuando sostuvo el teléfono entre sus manos, viendo absorta las notificaciones. Sin embargo, al tener los dedos empapados, no podía escribir o hacer cualquier cosa con la pantalla, así que se dispuso a secarse lo más rápido que podía. No quería hacer esperar demasiado a Adrien.
Una vez que se había secado el cuerpo —ya se secaría el cabello después— y se había puesto algo cómodo, se sentó en el sofá del salón con mucho nerviosismo y deslizó el dedo por la pantalla. Y, efectivamente, era Adrien quien le escribió.
— «¡Hola, Marinette! Espero que no estés ocupada, pero, ¿te gustaría quedar esta noche?».
La respuesta de la muchacha no se hizo esperar.
— «Hola, Adrien. Sí, no tengo nada mejor que hacer, ¡podemos quedar sin problema!».
Después de ese mensaje y un emoji sonriente y sonrojado a partes iguales enviado por la joven, Adrien escribía. Marinette intentaba no perder la calma mientras esperaba la respuesta, sintiendo cómo su estómago se revolvía de la emoción. Que el chico que tanto le gustaba había pensado en ella para quedar... ¡era todo un mundo! Estaba más que feliz.
— «Conozco un sitio que igual nos podría gustar a los dos, por las fotos del recinto y la ubicación creo que tiene un ambiente muy acogedor. Lo mejor será que no cenes en casa, comeremos allí, si te parece bien. Eso sí, vístete un poco formal, ¡pero no demasiado! ¿A qué hora te parecería bien que quedásemos? Mientras tanto, te paso la dirección y las coordenadas del sitio por Google Maps, así sabrás mejor cómo llegar al lugar».
Cenar con Adrien con vestimenta formal en un sitio acogedor e íntimo. ¡Ay, parecía una cita! Sus pies se agitaban en el aire mientras reía como una tonta y su cara adquiría un tono rojizo por la vergüenza, imaginándose millones de posibilidades de cómo podría acabar esa "cita". No podía evitar chillar, estaba tan ilusionada…
— Oh, mierda… ¡no sé qué ponerme! Dice que me ponga ropa formal, pero que no sea demasiado formal. ¿Qué me pongo, qué me pongooo? —decía muy nerviosa a la vez que miraba el armario desde la distancia.
Mientras iba hacia las escaleras para dirigirse a la habitación, miraba la dirección que le indicó Adrien. Luego empezó a calcular cuánto tiempo tardaría en vestirse, peinarse y secarse el pelo, maquillarse, preparar el bolso y coger el transporte público para llegar. Al final eligió un punto de encuentro cercano al lugar a las ocho y media de la noche, cuya propuesta Adrien accedió sin problemas. Se despidieron y Marinette volvió a chillar, casi haciéndose daño en las cuerdas vocales.
Tikki la miraba desde el sillón, poniendo los ojos en blanco pero manteniendo una pequeña sonrisa. La verdad es que su portadora necesitaba divertirse, pero no podía hacerse ilusiones, Marinette tenía demasiados pájaros en la cabeza. Si no mantenía los pies en la tierra, se iba a dar un batacazo grande.
— ¡Tengo que secarme el pelo! —se dio cuenta, corriendo hacia el cuarto de baño para encender el secador de pelo.
La kwami suspiró y reía por lo bajo, mientras que escuchaba de fondo el sonido del secador. Se fue flotando hacia la habitación y, por iniciativa propia, abrió el armario de su portadora. Con ojo crítico, miraba la ropa de la que disponía Marinette, pensando qué indumentaria podría ser la adecuada para acudir a la susodicha cena con Adrien.
Conociéndola, sabría que no se decidiría por cuál prenda llevar, tardaría larguísimos minutos y luego se quejaría de que llegaría tarde a la cita. Tikki no sabía si tenía un buen gusto a la hora de combinar los colores o de escoger un conjunto apropiado, pero decidió elegir por Marinette y así le ahorraría muchos minutos y tiempo valioso. También escogió unos zapatos y hasta el bolso. Todo ello lo tendió en la cama, de manera que la ropa no tuviese ninguna arruga dentro de las perchas.
Al cabo de unos minutos, que para Marinette fueron interminables, salió con el pelo totalmente seco y subía los peldaños de dos en dos hasta su cuarto, aturullada por el acontecimiento más importante del día: quedar con Adrien.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que su cama lucía diferente, pues había prendas esparcidas de forma cuidadosa sobre ella, un par de zapatos al pie de ésta y un bolso. Extrañada, miró a Tikki, que encogió las patitas delanteras y le sonrió con cara de circunstancias.
— Perdona, Marinette, pero quise ayudar y…
— ¿Lo has hecho tú, Tikki? —preguntó Marinette, cogiendo una de las perchas donde había una blusa.
— Sí —afirmó la kwami, enseñando los dientes—. ¿Te molesta que haya decidido escoger lo que llevarías puesto?
— En absoluto —negó con la cabeza la muchacha, observando con detenimiento las prendas seleccionadas por su diminuta amiga—. La verdad es que has escogido bien, nunca había pensado en esta combinación, ahora que caigo. Y la elección de los zapatos ha sido acertada, ya sabes que los tacones altos y yo no somos muy amigos, no estoy muy acostumbrada…
Tikki respiró aliviada, su portadora parecía contenta. En esto, la observaba mientras Marinette se vestía con algo de premura. Era un conjunto sencillo y algo formal, unos pantalones de vestir negros de corte recto y una blusa color vino tinto con escote de pico y mangas cortas japonesas, complementándolos con unos zapatos negros con poca cuña y un bolso rectangular negro. Era algo oscura la indumentaria, pero ideal para la noche.
Una fina línea negra en los ojos, una máscara de pestañas para rizarlas, un poco de rubor en las mejillas y un pintalabios del mismo tono que la blusa, ése era su maquillaje que decoraba su rostro. Peinó su cabello, dejándolo suelto y liso, sin ningún tipo de adorno en él. Un reloj de pulsera y un colgante negro en el cuello finalizaban su apariencia completa.
— ¿Cómo me veo? —pregunto Marinette, mirándose en el espejo de pie de su cuarto.
— Yo te veo bien, Marinette. Échate unas gotas de colonia, que eso es lo que te falta para acabar, y terminar de preparar el bolso —sugirió la kwami, apoyada en el marco del espejo.
— Cierto, ¡casi se me olvidaba!
Después de la sugerencia de Tikki y ver que estaba todo en orden, decidió llamar a un taxi en vez del metro o el autobús. Sabía que le iba a costar caro el trayecto, pero así no hacía esperar a Adrien más de lo debido. No quería que en su primera cita se llevase una mala impresión de ella. Bueno, cita o lo que sea que fuese eso.
Su estómago tenía tantas mariposas que parecía que una se le saldría por la boca, aunque sabía que era por los nervios y que realmente no habitaban mariposas en su estómago. Tenía el móvil en la mano para mirar algunas redes sociales y distraerse, mientras el taxista la llevaba a la zona indicada. Sin embargo, con la diferencia horaria, no había actividad en el otro lado del charco, así que no podía hablar con Alya o con sus antiguos amigos de instituto.
— Ya hemos llegado, señorita —dijo el conductor del vehículo, que terminó de estacionar—. Son veintisiete dólares con ochenta centavos.
Marinette protestó internamente, ¡qué caro! Sabía que el lugar estaba lejos, pero se esperaba unos diez dólares menos o similar. Y, además, tenía que pagar una propina extra, era obligatorio en los taxis de Nueva York. Le dio, sin darle muchas vueltas, treinta dólares y le dijo que se quedase con el cambio, saliendo del automóvil.
Miró su monedero con algo de preocupación, no sabía si tendría dinero suficiente para pagar la cena y las bebidas que se tomarían. Igualmente, podría pedir lo más barato de la carta, si es que ponían los precios. Pero si iban a pedir a ciegas, sería bastante complicado…
Suspiró y anduvo por la calle durante un rato, sintiendo cómo unos hombres la miraban con demasiado interés. No le gustaba esa sensación de sentirse observada, y más con la forma en que la miraban. Torció una esquina y comprobó que los tres la perseguían. Tenía el corazón en un puño y sólo deseaba encontrarse con Adrien para ir al lugar donde cenarían.
Aceleró el paso un poco más y escuchaba los murmullos desagradables de aquel trío de hombres. Logró captar algunos trozos de la conversación que mantenían, y todos se dirigían a su persona. Que si estaba buena, que qué culo tenía, que menudos andares, que se la follarían, que seguro que la chupaba bien… Marinette sintió auténtico terror, y no podía escaparse para planear algo o incluso transformarse en Ladybug.
Rezaba para toparse con Adrien a medio camino, aumentando más la distancia de las zancadas. Pero no esperó que dos de los hombres se pusieran a ambos lados de ella y el tercero detrás, siendo más rápidos. El de la izquierda la agarró por la muñeca con una fuerza descomunal y entre los tres la llevaron a un callejón oscuro y sin salida.
Marinette intentaba chillar, pero una mano oscura le obstaculizaba el habla, acallándola. Le habían robado el bolso y Tikki estaba ahí. Le empezaron a sobar el cabello, el rostro, el trasero y los pechos, mientras le decían guarradas de todo tipo.
Tenía tantas ganas de llorar… ¡estaba viviendo una absoluta pesadilla! ¿Acaso la iban a… violar? Estaba en estado de shock, apenas podía reaccionar o defenderse. Cerró los ojos intensamente, esperando lo inevitable.
— ¡Eh, vosotros tres! ¡Parad ya!
No supo qué estaba pasando, ya que no miraba por tener los ojos cerrados, pero sólo escuchaba los gritos de los tres hombres, golpes en la carne y sonidos metálicos chocando contra cualquier parte. Decidió abrirlos y encontró a Chat Noir enfrentándose a esos canallas, haciéndoles llaves con una habilidad pasmosa y dándoles con el bastón casi sin despeinarse.
Los tres estaban en el suelo, totalmente agotados y adoloridos, y Chat se sacudía las manos, chocándolas entre sí después del trabajo realizado.
— Hi-Hijo de puta… —murmuró uno de ellos, sus brazos estaban recubiertos de tanta tinta que parecían negros.
— Serás… cabrón… —blasfemó el que parecía el cabecilla, ciertas partes de su piel estaban rojizas e inflamadas por los golpes.
— Te… mataremos... —dijo por lo bajo el otro, cuyas gafas de sol estaban rotas, además de su labio partido que emanaba sangre.
Chat Noir se acercó a una conmocionada y sorprendida Marinette. Por otro lado, ella no se podía creer que él estuviera aquí. ¿Acaso estaba haciendo rondas nocturnas por su cuenta, sin siquiera haber avisado? Bueno, teniendo en cuenta que él no sabía que ella era Ladybug…
— ¿Estás bien? —preguntó el héroe, acariciándole los brazos ya que la muchacha temblaba de arriba abajo.
— S-Sí —respondió, pero él no estaba muy convencido de ello—. Gracias por venir, Chat Noir.
— No hay de qué, para eso estoy —sonrió él para poder tranquilizarla en algo—. Espera, ¿me has llamado Chat Noir? ¡Yo me llamo Cat Noir!
— Soy Marinette. Me salvaste algunas veces cuando estábamos en París —informó ella, incorporándose poco a poco con la ayuda de Chat Noir.
Adrien, camuflado en su traje de superhéroe gatuno, cayó en la cuenta de que había salvado a su amiga. De hecho, estaba esperando a Marinette en la entrada del local —cerca del punto común—, pero decidió dar un pequeño paseo por la calle para ver si coincidían por el camino. Gracias a ello, se encontró el panorama de que tres tipos estaban acosando a una chica, y su instinto protector salió a flote, decidiendo transformarse para salvarla.
Pero, ni en sueños, pensó que esa chica fuese Marinette. Menos mal que llegó a tiempo.
— Ah, pues me alegro de volverte a ver —volvió a sonreír mientras le devolvía el bolso a Marinette y salían del callejón, dejando atrás al pérfido trío de hombres—. No sabía que estuvieses aquí.
— Estudios —contestó con simpleza, todavía estaba afectada por lo que había ocurrido.
— Veo que vas muy guapa y arreglada —decía él, como quien no quería la cosa—. ¿Vas a algún lado? ¿Quieres que te acompañe?
— He quedado para cenar con… un amigo —respondió Marinette con las mejillas sonrosadas, no sabiendo si era por el halago de Chat Noir, acordarse de que había quedado con Adrien o que Chat se ofreciera a acompañarla—. Pero no creo que sea necesario que me acompañes, me queda muy poco para llegar. Es por esta calle, tooodo recto.
— ¿Estás segura? —preguntó con preocupación Chat Noir.
— Sí, de verdad —dijo ella, encogida de hombros—. Pero gracias por preocuparte, en serio.
Chat Noir se la quedó mirando un buen rato, con el ceño fruncido, notable a través de su oscura máscara. A Marinette hasta se le hacía adorable ver esa preocupación en él. Adrien reconocía que su amiga se veía preciosa, elegante y sencilla al mismo tiempo. No quería justificarlos, pero entendía por qué esos malnacidos se abalanzaron sobre ella.
Pudo notar cómo los ojos de Marinette estaban llorosos, no era un secreto que estaba profundamente afectada por lo sucedido, y no era para menos. A nadie le gustaría pasar por esa experiencia y, si el no hubiese llegado a rescatarla, muy probablemente estaría en el suelo, ensangrentada, derrotada, adolorida, llena de golpes y con la ropa maltrecha, cubierta de los fluidos de esos sujetos y con sus pertenencias sustraídas.
Su corazón dio un pequeño vuelco cuando recibió un abrazo de la joven, agradeciéndole la ayuda. Él la correspondió de forma tímida y caballerosa, sin querer hacerla sentir incómoda. Sin embargo, quiso acompañarla hasta la entrada del local —en vez del punto de encuentro— para asegurarse y Marinette aceptó a regañadientes.
— Bueno, ya hemos llegado —anunció triunfante y teatral—. Ya puede quedar usted con su "amiguito", princesa.
— Madre mía, Chat… —rió por lo bajo Marinette—. Es un amigo, sólo vamos a… cenar, eso es todo. Y… ¿princesa?
— Sí, usted ha tenido que ser rescatada de unos malhechores —explicó él de manera cómica, algunos viandantes se le quedaban mirando e incluso unos pocos le reconocieron—. Yo soy un caballero de oscura armadura que ha rescatado a una princesa, como otras tantas personas que necesitan de mis servicios.
— ¿Y Ladybug? —preguntó ella, quiso saber qué iba a responder—. Creía que siempre estabas con ella…
— Bueno, digamos que estoy transformado por iniciativa propia, mirando el terreno y acostumbrándome a la ciudad. París no es igual que Nueva York, así que… en fin, a hacer una pequeña redada de reconocimiento.
— Entiendo —la explicación de Chat la convenció—. Bueno, voy a esperar a Adrien.
— ¿Adrien? —se hacía el loco, como si no supiera nada—. ¿Adrien… Agreste?
— Ejem, sí, está aquí —asintió ella, un poquito incómoda—. Me sorprende que no lo sepas, hay anuncios de él empapelando toda la ciudad.
— ¿Y cómo es que vas a quedar con él?
— Porque me lo encontré hace pocos días y éramos antiguos compañeros de instituto… ¡Oye! ¿Por qué te tengo que contar este tipo de cosas?
— No sé —Chat Noir sacó la lengua, divertido—. Tenía curiosidad.
— Claro, claro. Pues a ver si la curiosidad va a matar al gato —en esto, Marinette intentaba girarlo en dirección contraria mientras que Chat Noir estaba de brazos cruzados—. Vete, que igual, si le encuentras, le empezarás a dar un interrogatorio de tercer grado o algo así. ¡Vamos, sigue patrullando!
— Uy, ¡qué nerviosa y mandona está la princesa! —reía él, y se le ocurrió decir las siguientes palabras—. ¿Acaso es que… te gusta el tal Agreste y vais a tener una cita romántica?
Marinette enrojeció violentamente y empujó a Chat Noir con todo el ímpetu que podía, pero era difícil porque no podía combatir contra los poderes y fuerza sobrehumanas del héroe. Lo que faltaba ya, que se metiera con ella, ¡si apenas la conocía! ¿A qué vienen tantas confianzas? La cara de pillo de Chat Noir llegaba a ser muy desesperante para la muchacha, cuyo rostro estaba de un carmesí profundo producto del bochorno y la vergüenza.
— ¡Ja, ja, ja! Vale, vale, no te molesto más. Me voy yendo, ¡pasa una buena noche con tu… "amorcito"! —se despidió Chat Noir, haciendo una reverencia muy floreteada y despareció desde las alturas.
— Este chico es… —resopló Marinette, molesta—. No sabía que le gustase fastidiar a la gente ajena.
Le había dado en el punto que más "dolía": su amor incondicional y su atracción desmedida por Adrien. Quizás Chat Noir lo decía de broma o a modo de coña para chincharla, pero bien que había acertado el muy condenado. El anhelar que fuesen novios era un deseo que Marinette tenía bien guardado dentro de su corazón. Un deseo que bien conocía su entorno más cercano o Alya, su amiga más íntima.
Aún así, agradecía enormemente que Chat Noir apareciese en aquel preciso instante. Si no hubiese sido por él, no sabría cómo habría reaccionado ante aquella situación tan desagradable. No estaba orgullosa de haberse sentido paralizada por el miedo a lo que ocurriría o por lo que serían capaces de hacer esos tres. Evidentemente, se defendería e incluso transformaría en Ladybug si no hubiese estado en shock, pero fue una situación que no se esperaba para nada…
No le agradaba tener el papel de damisela en apuros, sabía defenderse sola perfectamente. Pero la ocasión de esta noche fue diferente. Sin quererlo, fue el objetivo de esos hombres. Intentó buscar los motivos y los porqués de ello. Y, aunque los tuviese, no tenían sentido alguno. Ella sólo quería disfrutar de la noche en buena compañía, tomando algo con Adrien mientras hablaban y afianzaban su amistad. ¿Acaso una mujer no podía ir sola, de noche, por la calle?
Pensando en esas cosas que hacían cabrearla aún más, llegaba Adrien a la entrada del local a la misma vez que ella. Marinette miró fugazmente el reloj de pulsera y se dio cuenta de que ella había llegado muchísimo antes de la hora acordada, pero Adrien sí llegó puntual a la cita. No sabía por qué se sentía tan mal, pero quería esconder ese sentimiento. Que Adrien le preguntase cómo estaba o por qué la veía rara no le apetecía en absoluto, ni siquiera quería explicarle que fue atacada por tres tipos que la querían robar y violar.
Adrien iba ataviado con un chaleco y pantalones de vestir de color marrón claro y una camisa turquesa, a parte de unos zapatos un poco más oscuros que el traje. Su pelo rubio estaba sin recoger, suelto y lacio, con la raya a la izquierda. Saludó a Marinette con alegría, y le dio tres besos en la mejilla —como se solía saludar en Francia—, además de agasajarle su aspecto.
— Me alegra muchísimo que hayas decidido quedar conmigo —dijo Adrien con una sonrisa.
— Créeme, yo necesitaba desconectar también y qué menos que quedar con alguien conocido, ¿no? —decía Marinette, sintiéndose algo nerviosa.
— Sí, ¡desde luego! —asintió Adrien y le ofreció el brazo—. ¿Qué, entramos?
— ¿Hay que pagar la entrada? —preguntó ella, preocupada, pues no tenía tanto dinero como le gustaría para disfrutar mejor de la velada.
— No, sólo lo que vayamos a comer y las consumiciones —contestó sin darle demasiada importancia y sonrió aún más al ver que su amiga aceptaba se enganchó delicadamente a su brazo—. Espero que te guste el sitio.
Las puertas de la entrada del local estaban abiertas de par en par. Eran de roble y acristaladas, con diferentes motivos y colores formando una vidriera. Nada más entrar encontraron unas escaleras para ir hacia abajo, ya que la estancia era cuadrangular y sólo tenía dos puertas accesibles para los cuartos de baño de ambos sexos. Otras puertas indicaban que estaba prohibido el paso o que sólo el personal autorizado podría entrar.
Marinette se encogió de hombros mientras que Adrien decidió bajar, esperando una respuesta de la joven para que bajasen juntos por las escaleras. Éstas eran de color oscuro y las barandas tenían unas formas ornamentadas y recargadas, los peldaños estaban cubiertos con una alfombra rojo sangre, así como el pasamanos, que era bastante robusto y mullido.
Al llegar a lo que sería el sótano del local, llegando abajo del todo, ambos se sorprendieron, quedándose con la boca abierta de la impresión. El lugar estaba lleno de pilares y arcos en el techo, construidos con madera oscura y decorada con motivos florales, y el suelo era de ébano. Desde el techo colgaban unas preciosas lámparas Tiffany, debajo de ellas se situaban unas mesas redondas con su correspondiente par de sillas. Todo el mobiliario era de un tono oscuro.
Sin embargo, la decoración era predominantemente roja: la alfombra que había bajo sus pies, las luces del techo y de las paredes, las velas de las mesas, las flores decorativas… Parecía a caso hecho y Marinette se miró a sí misma, observando que ella podría ser parte del local, como un mueble o decoración más. A pesar de que la estancia era oscura, era bastante íntima y acogedora, como indicó Adrien.
Frente a las mesas había una especie de escenario, con cortinas rojas de terciopelo a los lados sin correr. En el centro de éste había un micrófono y varios instrumentos musicales esparcidos por la tarima, como un piano, un saxofón, un clarinete, una batería, una trompeta, un contrabajo y una guitarra; aunque no sabía si había acertado en nombrar mentalmente todos los instrumentos que se encontraban en la plataforma o si se había equivocado en algunos, tampoco es que supiese demasiado de música, el que entendía más era Adrien.
¿Quizás en el local iba a haber música en directo o un concierto? La verdad es que sería bastante interesante, y más en un entorno como éste.
— ¿Nos sentamos aquí? —propuso Adrien, haciendo que Marinette dejase de observar aquel bar tan peculiar.
Ella asintió con la cabeza y se sentaron uno casi al lado del otro, las sillas miraban en dirección al escenario. El centro de la mesa tenía una vela roja dentro de un cuenco negro semitransparente. Los rojizos tulipanes del jarrón eran de plástico pero no desentonaban con el ambiente. Todo era fantástico, no podría ponerle ninguna pega.
En la parte trasera del local había un bartender atendiendo las peticiones de los clientes sobre qué bebidas querían consumir. Desde el piso de arriba llegaban los pedidos de comida, así que, presumiblemente, arriba estarían las cocinas. Tras la barra había colocados varios montaplatos, que eran unos pequeños ascensores donde se subían y bajaban los platos con la comida ya preparada. Poco a poco el local se iba llenando de gente, creando ambiente.
— ¿Te gusta? —solicitó la opinión de Marinette el rubio, ya que la miró de reojo.
— ¡Qué bonito! ¡Nunca he estado en un sitio así! —exclamó ella, ilusionada.
— Cuando vi las fotos pensé que te podría gustar, ¡creo que acerté! —dijo Adrien con orgullo y felicidad—. A pesar de estar un poco en penumbra, la decoración roja y las luces con las lámparas de Tiffany le dan un toque bastante elegante.
— Parece un local exclusivo, sinceramente —la voz de Marinette indicaba nerviosismo... y eso Adrien lo notó.
— No te preocupes, yo pago todo —soltó Adrien con simpleza.
— ¿Qué? —Marinette se alteró un poco más—. ¡No, Adrien, no es necesario que hagas eso!
— Tranquila, no quiero hacerte sentir culpable —le hizo un gesto con las manos para intentar tranquilizarla—. Pero me gustaría invitarte, eso es todo.
— Pe-Pero… —balbuceó ella, no muy convencida.
— Déjame que lo haga.
— Yo…
— Por favor —pidió Adrien, mirándola fijamente a los ojos.
Marinette estaba totalmente desarmada, no podía competir contra esa mirada intensa, tan verde como la hierba de los prados. Sí, Adrien parecía muy convencido de querer invitarla y, aunque ella se sentía mal, no quería aprovecharse o parecer una muerta de hambre. Accedió finalmente, aceptando la propuesta con un deje de derrota.
Adrien sonrió con satisfacción porque Marinette sucumbió a su proposición de pagarlo todo y tomó entre sus manos la carta, pues sólo había una en la mesa. Miró primero la lista de bebidas que había disponibles para pedir, algunas eran interesantes por los sabores, otras carísimas, pero siempre estaban las típicas que todo el mundo suele pedir.
— ¿Qué te apetece beber? —le preguntó, apartando la mirada de la carta.
— No sé… —dudaba la joven, juntando las puntas de los zapatos debajo de la mesa.
— Tenía pensado pedir mosto tinto y luego una botella de agua para los dos, por si nos apetece servirnos de ella mientras comemos.
— Me parece bien —ella se encogió ligeramente de hombros—. Si no te importa, te imito y tomo un mosto también.
— Estupendo —asintió con la cabeza y volvió a meter la cabeza en la carta.
La muchacha respiró profundamente y sacó el teléfono móvil del bolso. Ojeó un poco el interior de éste y Tikki estaba profundamente dormida, hecha un ovillo en el fondo del bolso, como si fuese un nido. Discretamente le acarició suavemente la cabecita con un dedo y luego cerró la cremallera sin mucha prisa, de forma lánguida.
No quería parecer maleducada, pero ya que Adrien estaba muy pendiente de los platos que podría escoger de la carta, pues no le quedaba mucha opción... Puso el móvil debajo de la mesa y empezó a jugar a Amour Sucré, un juego de simulación de citas y novela visual a partes iguales. Normalmente lo jugaba en el ordenador, pero la aplicación del móvil estaba vinculada a su cuenta, por lo que podía jugar sin necesidad de estar en el PC. En estos casos, cuando ella estaba fuera, le venía de perlas tener el juego en su smartphone.
Su personaje o avatar que manejaba estaba en la universidad, sin embargo, también jugó a la versión del instituto con el mismo personaje. No obstante, la ruta que tenía en aquella etapa no se encontraba en la universidad, por lo que tenía que "ligarse" a otro chico… pero no se decidía del todo. Menos mal que era un juego y no la vida real… aunque, ya estuvo en esa tesitura con Chat Noir, Adrien y Luka: unos eran amigos y otros querían algo más.
— ¿Qué te parece si nos tomamos un entrante, Marinette? —de nuevo, Adrien había sacado a su amiga de su concentración—. Aunque no suene elegante, me encantaría pedir una ración de patatas fritas con queso cheddar y taquitos de bacon.
Marinette desvió la mirada del teléfono después de terminar con un mini-juego de Amour Sucré y atendió a Adrien, quien le ofrecía la carta para que la mirara con detenimiento y así hacerla partícipe de lo que iban a comer.
Efectivamente, el entrante era para dos personas y costaba cinco dólares. Según la imagen de presentación, parecía un entrante grande, con mucha cantidad de queso y bacon.
— Pensaba que, con tu carrera de modelo, tenías que tener una dieta algo restringida —lo miró de reojo.
— Es cierto lo que dices, pero ya que no me vigilan tanto… a veces, un caprichito de vez en cuando, no viene nada mal, ¿no crees? —él sacó ligeramente la lengua y miró al techo, casi poniendo los ojos en blanco.
— Adrien, ¡el rebelde! —ironizó ella y rió de forma inaudible.
— Bueno, tengo que agradecer que mi metabolismo es rápido, por lo que da igual lo que coma… que lo quemaré en un santiamén.
— Qué privilegiado eres. Está bien, si te apetece pedimos ese entrante, que te veo con muchas ganas.
Adrien tomó un pequeño dispositivo, el cual tenía un interruptor que presionó, y al poco rato llegó un camarero a tomar la comanda de ambos. Fue el muchacho quien pidió por los dos, después de haber estado debatiendo él y Marinette sobre lo que comerían: una botella de agua de dos litros que iban a compartir, mosto para ambos, el entrante de patatas con queso y baicon, sólo un primer plato de musaka para los dos y un postre de tiramisú con almendras para cada uno.
Si Marinette hacía las cuentas correspondientes… el precio oscilaría en unos ochenta y dos dólares, a no ser que quisieran tomar otras bebidas a parte del agua o el único mosto que pidieron. No pudo evitar tener un tic en el pie, aunque la alfombra que tenía bajo sus pies amortiguaba el insistente sonido del tacón. Se sentía culpable, Adrien no tenía que pagarlo todo.
Vale que él era rico, tenía un trabajo y se podía permitir absolutamente todo lo que quisiera, y que si le apetecía invitarla… lo haría de igual manera. Ella sólo tenía unos cincuenta dólares y unos pocos centavos, y con el gasto del taxi tenía mucho menos. Pero, de todas formas, ella lo veía injusto.
Vivía con lo justo porque tenía que pagar las facturas de la vivienda, el alquiler, los materiales que le pedían en la carrera de diseñadora de moda, fotocopias de apuntes y otras cosas indispensables para vivir. Sólo podía disponer del dinero de la beca, y de lo poco que tenía ahorrado y que le dieron sus padres… pues era bastante complicado ahorrar y quedar con la gente si quería tener un rato de ocio. Salir de esta guisa era un lujo para ella.
Llegaron el entrante y las bebidas cuando un grupo de personas se dirigió al escenario y el cabecilla del grupo anunció que tocarían a ritmo de jazz y de blues para amenizar la velada de todos los presentes. El grupo de músicos empezó a tocar una tonada suave, armónica y distendida, ideal mientras se comía y los comensales podrían hablar entre ellos a la vez que podían apreciar la música que sonaba en el local.
— Música en directo mientras se come, ¡es fantástico! —exclamó Adrien mientras cogía una patata untada con queso y bacon con el tenedor.
— La verdad es que sí, nunca he podido estar en un sitio de este tipo —estuvo de acuerdo Marinette, antes de beber un poco de mosto.
— Yo tampoco. Así que podríamos decir que… es nuestra primera vez —rió Adrien, atacando otra patata.
Marinette estuvo a punto de escupir el mosto. Menos mal que el bar estaba casi a oscuras y el decorado era rojo, porque entonces se le hubieran notado todos los colores que aparecían en su rostro. Era evidente que Marinette asociaba la "primera vez" con otra cosa, y no con esta nueva experiencia a la que se refería el joven muchacho.
Los platos se iban sucediendo mientras comían y los temas de conversación fluían entre ellos. Marinette se enteró de que Adrien estaba estudiando una carrera de administración y dirección de empresas, a parte de modelar —eso sí, no sólo para su padre, sino para otras marcas, como pudo ella comprobar con ese maldito anuncio de perfumes— y estudiando idiomas, como japonés, coreano y español.
Vivía en Upper West Side, en una casa que tenía su madre antiguamente, y luego fue reformada y acondicionada por su padre para Adrien. Disponía de jardinero y servicio doméstico a domicilio, Nathalie miraba su agenda desde la distancia —ya que Adrien se negó a tener una secretaria propia— y su padre lo visitaba de vez en cuando para ver si estaba todo en orden. Asimismo, un community manager era quien administraba sus cuentas oficiales en las redes sociales. El muchacho pidió tener las suyas personales, propias, para estar en contacto con sus amistades y poder publicar lo que le diera la gana, mientras que las otras eran de promoción de su carrera y se llevaban de una manera profesional.
Adrien suponía que, siendo los primeros días y semanas, sería normal esa vigilancia casi persistente y que su padre intercediera por todo, desde las cosas de la universidad hasta los contratos de modelo. Sólo anhelaba que esa vigilancia se flexibilizara con el tiempo. Al menos, su padre no vigilaba demasiado lo que él ganaba o en qué se gastaba el dinero. Pero sí incidía en que no se metiera en escándalos típicos de la farándula y que llevase una vida sana e hiciera ejercicio asiduamente.
Marinette atendía a todo lo que el chico le explicaba, entendía que Adrien, de alguna manera, se estaba desahogando y se sentía a gusto compartiendo todos esos datos con ella. De vez en cuando su mirada se desviaba a su cuello, observando cómo su nuez de Adán se movía cuando hablaba. Era sumamente atractivo…
El chico apremió a que ella contara detalles de su vida. Así pues, Marinette le explicó que vivía en la zona del SoHo en un pequeño loft. Era parecido a un ático, aunque vivía en un residencial y su vivienda estaba situada en la última planta del complejo. Confesó que el dinero que disponía era de la beca y de lo que había ahorrado ella y el poco dinero que le dieron sus padres, y con todo eso pagaba las facturas de la casa, el alquiler, la comida, cosillas que necesitaba para vivir y otros gastos necesarios de la carrera, como materiales y apuntes varios. Que había hecho muy buenas migas con sus compañeros, a excepción de uno de ellos, el cual sospechaba que Marinette estaba en Dream Atélier por contactos y no por méritos propios.
Adrien se indignó con esto último y dijo que ese comentario podría ser de pura envidia. Él sabía cómo era Marinette y, aunque ella conociese poquísimo a Gabriel Agreste, había entrado en aquella academia por su talento y su saber hacer. La animó a que no se rindiera, a que siguiera como hasta ahora y que se esforzara al máximo para demostrarle a los demás de lo que era capaz. La muchacha agradeció muchísimo los ánimos de su amigo y siguieron conversando de otros temas variados.
Ambos sintieron que el tiempo pasó volando en compañía del otro. Ya estaban con los postres y celebraron que todo lo que habían comido estaba delicioso. Tanto el agua como el mosto se bebieron en un santiamén, parecía que los dos tenían mucha sed. Si bien Marinette seguía con sed, se negaba en rotundo a pedir una bebida extra porque no quería que Adrien gastase de más, pero el chico le dijo que no pasaba nada, que podría pedir sin problemas, que estaban allí para disfrutar, conversar, comer y beber, y que tampoco es que esto se hiciera todos los días.
Qué remedio, Adrien parecía insistente con ello, así que Marinette accedió y ambos se pidieron un refresco de cola para aguantar un poco más en lo que quedaba de noche gracias a la cafeína.
De pronto, uno de los músicos acercó el micro a su boca cuando una de las piezas musicales del grupo acabó, queriendo anunciar algo.
— Espero que todos los presentes estéis pasando una excelente noche en el Cozy Red Sofa. En esta ocasión, queremos hacer una improvisación con alguien del público. ¿Alguien de aquí sabe tocar algún instrumento de los que hay en el escenario?
Adrien tragó saliva, no se esperaba aquello. Evidentemente, el piano no tenía ningún secreto para él, sabía tocarlo a la perfección. El asunto era… ¿se atrevería a dar un paso al frente, presentarse y tocar con la banda de música una pieza improvisada? Notaba cómo la mirada de Marinette se posaba en él y luego miraba en dirección al escenario, parecía expectante.
¿Acaso ella quería que él participara? Volvió a mirarle con ojos destellantes, iluminados por la vela de la mesa y las lámparas de la estancia.
Fue entonces que, por darle el gusto, Adrien levantó la mano con un poco de indecisión, a decir verdad. El público murmuraba, cuchicheando entre sí, y Marinette sonreía de oreja a oreja, desbordando ilusión. El músico pidió amablemente que Adrien subiera a la plataforma donde estaban todos los instrumentos y los asistentes aplaudieron, Marinette incluida.
— Bueno, muchacho, dinos ¿cómo te llamas y qué instrumento de aquí sabes utilizar? —preguntó, pasándole el micrófono al chico.
— Hola, me llamo Adrien y sé tocar el piano —contestó él con algo de vergüenza.
— ¡Estupendo, tenemos a un pianista entre nosotros! ¡Espero que sepas tocarlo divinamente, Adrien! Mientras, voy haciendo las presentaciones: yo me llamo Louie, y soy el que toca el saxofón. Luego está Charles, el del piano, que te cederá su puesto. A la trompeta está James, con la guitarra tenemos a nuestro querido Fred, al contrabajo está el increíble Peter, Tom está a cargo del clarinete y por último, pero no menos importante, está Raymond con sus baquetas dándolo todo con la batería.
Escuchó más aplausos del público, vitoreando al grupo de músicos y a Adrien también. Louie se veía buena gente y Charles se levantó del asiento del piano, cediéndoselo cortésmente. Se sentó en él y vio que la marca del piano era un Steinway & Sons, que era bastante buena y de increíble calidad. Los aplausos cedieron, dejando que Louie volviera a hablar para la audiencia presente.
— ¡Venga, vamos a empezar! —exclamó Louie, ansioso por empezar a tocar con el nuevo integrante—. ¡Un, dos! ¡Un, dos, tres y…!
Y la música comenzó a sonar a un ritmo desenfrenado, alegre, divertido. Lo bueno es que Adrien pudo seguirles el ritmo al instante y tocaba con una habilidad y rapidez asombrosas. Se le veía contento y feliz, ilusionado, como Marinette.
Para ella, el joven rubio parecía que estaba jugando, disfrutando de todo aquello. Había química y camaradería con los demás miembros del grupo. En una parte de la canción, le dejaron hacer un solo, y fue ahí cuando Adrien se lució con el piano de cola. Los dedos del muchacho fluían, levitaban, volaban al tocar las teclas blancas y negras, creando una magnífica melodía y sintiendo el ritmo en las venas. Los demás miembros y el público asistente se quedaban encandilados por la destreza del muchacho y cómo iba sintiendo la música, cómo creaba esa melodía para ellos en exclusiva.
Marinette se movía en el asiento, siguiendo el ritmo con los pies, los hombros o la cabeza, incluso tamborileando con las uñas o los nudillos de la mano la superficie de la mesa. Internamente le daba rabia no entender demasiado de música, pero al menos lo estaba disfrutando. ¿A quién lo le daría ganas de bailar con semejante pieza musical?
Y, además, era la primera vez que veía a Adrien tocar así el piano. Fuera de conciertos, festivales, concursos o con Kitty Section —el grupo de rock formado por Luka, Iván, Rose y Juleka, aunque Adrien participaba de forma temporal—, para ella era un privilegio observarlo tan de cerca y escuchar este tipo de concierto tan particular en vivo y en directo.
La música seguía sonando, terminando así el solo de Adrien y volviendo todos a tocar al unísono, animando más a la gente que estaba escuchando al grupo musical. El chico estaba poniendo toda la carne en el asador, dándolo todo. A veces se preguntaba qué pensarían su padre, o su madre, si lo vieran tocando de esa manera. Igual Gabriel lo miraría con reproche, pero quizás a Emilie le haría ilusión y hasta le animaría a seguir.
Finalmente, cuando la canción terminó, todos prorrumpieron en aplausos, hasta el mismo Adrien aplaudía. Se sintió acogido, formando parte —aunque fuese en un breve periodo de tiempo— de algo tan movido, alegre y desenfadado como un grupo de jazz y blues.
Su mirada se fijó en su amiga Marinette, la cual aplaudía de forma vehemente y con una sonrisa radiante. Los vítores y los aplausos, los elogios, se apagaron a su alrededor cuando los ojos de él y los de ella conectaron. Adrien sintió una especie de escalofrío que le erizó la piel, no sabiendo muy bien el motivo.
Pero sí sabía una cosa, o al menos eso era lo que le dictaba el corazón: Marinette estaría para él. No lo abandonaría. Lo apoyaría al cien por cien, lo animaría a hacer cosas que antes no sería capaz de hacer. Y ya… no estaría solo.
Nota de la autora:
Hey hey hey, ¿qué pasa, cómo estamos? Bienvenidos (aunque hay más chicas que me leen, las cosas como son) a un nuevo capítulo de Miracle Romance.
Me sorprende hacer este capítulo tan pronto, en comparación a las otras veces. Encima lo he hecho en el ordenador del trabajo, ¡qué maravilla, nada mejor que escribir un fic para matar el tiempo en los puntos muertos donde no se hace nada! ¿Verdad?
Siento que este capítulo está algo flojete, pero bueno, en el capítulo 7 va a haber algo de chichaolla amorosa, wiiiii. ¿Qué pasará, qué misterio habrá (puede ser mi gran noche, tururu rú)?
Dentro de dos capítulos o tres, habrá un semi-reveal (omg, qué has hecho, por qué spoileas (?) porque soy la autora y hago lo que me da la gana (?)).
En fin, no sé más qué decir, ando un poco espesa ahora mismo porque he acabado ahora mismito de terminar el fanart ilustrativo del capítulo, haciendo un directo de 5 horas en mi cuenta de Facebook, ¡toma castaña! Jajajaja.
32 paginitas de Word, qué monada. Sigo en la tónica de 30 para arriba, jajaja, con más de 16000 palabras (redondeando cifra arriba, cifra abajo).
Ya sabéis, si os ha gustado el capítulo y el fic en general, dejad comentarios en las partes que más os gustan, agregadla a vuestros favoritos y lista de lecturas, votadla... ¡y recomendarla a la peña, a ver si le mola!
Espero traeros el capítulo 7 pronto, pero... ¡nunca se sabe! Un saludete y hasta pronto :3
