Capítulo 7: Por eso me gusta quedar contigo

— ¡AAUHHH!

Un chillido agudo se había escuchado por todo el lugar rasgando la tranquilidad de la noche, mientras sonaba una música bien conocida por la gran mayoría.

Todo el mundo estaba obligado a bailar al ritmo de Thriller de Michael Jackson. Y si alguien se atrevía a equivocarse y no hacía una coreografía perfecta… tendría una terrible consecuencia: quedarse paralizado para siempre con una postura incómoda. Ese era el efecto que provocaba aquel akuma, que iba caracterizado como el "Rey del Pop".

Con su guante brillante lleno de lentejuelas tocaba a los elegidos a placer, que tenían que bailar forzosamente al compás de la música que salía de su sombrero, como si de un altavoz se tratase. Los zapatos que portaba hacían que levitase en el aire si tenía la necesidad, dejando una estela de pequeñas estrellas doradas que brillaban a cada paso que daba.

Ladybug y Chat (Cat) Noir miraban aquel espectáculo, anonadados. Al menos, este akuma no mataba a nadie ni destruía mobiliario urbano o edificios, pero seguro que a la ciudadanía que le había tocado semejante maldición estaría con una tortícolis enorme y dolores musculares a tutiplén. Algunas poses eran la mar de incómodas, con sólo verles ya se podía hacer uno a la idea.

Así que habría que actuar, qué remedio. Y buscar una manera de poder vencerlo.

— Venga, Ladybug, dime qué tienes pensado —dijo Chat Noir, mirando desde la distancia junto con su compañera.

— Vamos a ver, este akumatizado lo único que hace es bailar canciones de Michael Jackson. Y, a parte de eso, obliga a la gente a que baile de la misma manera que él —hizo un pequeño informe Ladybug.

— ¿Y? ¿Sigue? Esa parte me la sé, es bastante obvia —la chinchó, dándole un pequeño codazo en las costillas.

— Calla y escucha —gruñó la chica, frunciendo el ceño—. ¿Esto no te recuerda a un akuma bastante particular? ¿No te suena este tipo de situación, muy parecida, a la cual ya nos enfrentamos antes?

Con este tipo de preguntas hizo que su colega se pusiera a reflexionar. Efectivamente, esta situación era similar a la de Rossignoble, que pedía rimar y bailar al mismo tiempo a personas a las cuales tocaba con su látigo-micrófono. Y, si no bailabas y rimabas a la vez, te convertías en una estatua metálica de color rosa chillón.

Quizás Papillon estaba falto de ideas con este villano en el momento en el que lo creó... o, probablemente, era el propio akumatizado el que quería estos poderes para someter a todo el mundo a que bailase al son de Michael Jackson.

— Vale, ya he captado lo que querías decir, bichito —él se cruzó de brazos, algo impaciente dando puntapiés con la bota izquierda—. ¿Y qué propones?

— Supongo que si nos acercamos y nos llega a tocar con su guante, habrá que bailar de forma obligatoria y sin opción a defendernos con libertad de movimiento. Pero yo no soy una especialista en imitar los pasos de Michael Jackson y ni siquiera me sé las coreografías de él, sinceramente —Ladybug puso una mano en la barbilla, pensativa.

— Pff, ¡eso es pan comido para mí! —hinchó el pecho Chat, orgulloso.

— Eres bastante presuntuoso, ¿lo sabías? —la muchacha puso los ojos en blanco y suspiró con mucha desgana.

— ¿Acaso lo dudabas? Sé bailar con los ojos cerrados —decía él con los puños en las caderas y moviendo la falsa cola de gato con más rapidez—. Deberías de aprender de los mejores.

— Baja ese ego, gatito, o la caída desde las nubes provocará que tengas un buen golpe en la sesera.

— ¡Qué adorable! No, ahora en serio, sé que podría vencerlo con facilidad.

— Parece que eres tú el estratega aquí —apuntó Ladybug con una ceja enarcada, oculta bajo la máscara.

— No creo que el cambio de roles sea malo. Siempre he sido el sumiso y tú la dominante en nuestra relación, My Lady —dijo Chat con voz seductora y haciendo que Ladybug enrojeciera violentamente.

— ¡Déjate ya de tonterías y di lo que tengas que decir, Chat! —exigió ella, empezando a molestarse de verdad.

— Sólo quiero que te dejes llevar, ¿entendido? —propuso Chat Noir, seguro de sí—. No te arrepentirás. Confía en mí, ¿de acuerdo?

Ella suspiró con pesadez, resignada. No sabía qué tenía pensado su compañero y qué plan había ideado para vencer al akumatizado. Sólo esperaba que fuese efectivo y pudiesen acabar cuanto antes.

Eran las once menos cuarto de la noche y tenía sueño, mucho sueño. Apenas había dormido el otro día porque se quedó trabajando hasta las tantas de la madrugada en un proyecto de la academia y que, milagrosamente, pudo terminar por los pelos. ¡Necesitaba descansar ya!

Llevaba unos días estresantes con miles de cosas que tenía que hacer, y se iban acumulando más y más que no sabía cuándo iba a terminar con todas sus tareas pendientes. Y desde que Papillon —ahora Hawk Moth— había aparecido, tenía que combatir contra akumatizados todos los días, incluso algunos sábados y domingos.

Se ve que su archienemigo estaba realmente enfurecido por encontrarse al dúo de héroes en Nueva York, y ya no le sería tan fácil conseguir el miraculous de la mariquita y, a parte, el del gato negro. Marinette estaba que trinaba de rabia. ¿Cuándo iba a tener, por fin, un respiro?

Chat Noir tomó la iniciativa y bajó a donde se encontraba el villano, y ella lo siguió con algo de recelo. Fue entonces cuando el peón de Papillon se giró y miró penetrantemente a Chat Noir, que le devolvía la mirada de forma chulesca y desafiante al mismo tiempo.

Ladybug no sabía dónde meterse, pero iba a hacer caso a su compañero por una vez, rezando para ver si su estrategia resultaba buena y eficaz para acabar con el akuma.

— ¡Eh, tú, vulgar imitación de Michael Jackson! —lo provocó el superhéroe, haciéndole enfadar.

En esto, lanzó el sombrero —cuyos bordes eran bastante afilados— como si fuese un bumerán hacia Chat Noir, que esquivó sin dificultad alguna. Seguía evadiendo los ataques, combatiendo casi cuerpo a cuerpo contra él, dándole tiempo a Ladybug para que pudiera pensar en algo más. ¿Sería indicado invocar el Lucky Charm en ese mismo momento, o esperaría más y ver qué pasaba?

Por más que analizaba el terreno y revisaba todo lo que había a su alrededor, el akuma no había provocado ningún desastre. Sin embargo, sí que había que devolver a la gente a su postura natural y… no a esas poses antinaturales, que daba dolor con sólo verlo.

Habría que hacer algo... pero no sabía de qué manera actuar. Ojalá recibir una señal desde el cielo o algo similar.

— ¡No te metas con Jackson, el sucesor del Rey del Pop! —gruñó el akumatizado.

— Pues tu originalidad brilla por su ausencia si tomas el apellido de Michael Jackson, ¿sabes, chaval? —Chat Noir siguió provocándole, recibiendo por respuesta otro sombrero lanzado hacia él—. Sólo eres una mera calcomanía, pero nunca serás como él. Puf, si hasta yo sé bailar mejor que tú.

— ¡Deja de hablaaaaar! —se enfurecía el aludido, visiblemente cansado ya de Chat Noir—. ¡Cállate! ¡CÁLLATE!

Ladybug se acercó a ambos contrincantes, pues seguía sin ideas de ningún tipo. La situación era bastante frustrante y todavía no quería invocar su poder mágico, veía que lanzar su Lucky Charm era demasiado arriesgado por la prontitud. Las provocaciones de Chat Noir tendrían que tener una finalidad, pero no sabía cuál.

— ¿Vas a retarme tú también? —preguntó Jackson a Ladybug, claramente molesto, señalándola con el dedo.

— Interesante… —se rascaba la barbilla el héroe felino mientras sus ojos vagaban por el cuerpo y actitud de Jackson—. ¿Quieres que te proponga un trato?

Y a Ladybug se le arrugó el ceño y la nariz con un rostro lleno de indignación e incredulidad a partes iguales. ¿Qué demonios hacía Chat Noir? ¿Pero qué diantres se le pasaba por la cabeza? Para ella esto no pintaba bien, nada bien.

— Hmm… te escucho —dijo Jackson, algo interesado en la pregunta que formuló Chat Noir.

— ¿Qué te parece… un duelo de baile? —sugirió el rubio, con un brillo verdoso en sus ojos afilados y rajados como los de un gato.

A Ladybug se le rompieron todos los esquemas. No lo hizo, pero si por ella fuera se tiraría de los pelos delante de ellos dos. O incluso le daría un tirón enorme de orejas o en la cola a su colega de batallas. ¿A dónde iría a parar con eso del duelo del baile?

— Te enfrentarás a mí. Si ganas, te damos nuestros miraculous y por fin serás reconocido como el digno sucesor de Michael Jackson. Pero si yo gano, pararás de hacer todo esto, revertirás los efectos secundarios de la gente a la que obligaste a bailar, nos dirás dónde está escondido el akuma para destruirlo y fin del juego —en esto, Chat Noir le ofreció la mano, como para sellar un pacto—. ¿Qué me dices?

«Vale, a Chat Noir se le ha ido la olla por completo. ¿Es capaz de arriesgar nuestros miraculous en una estúpida pelea de baile? ¿Este gato piensa, es gilipollas o qué?», pensaba Ladybug mientras ponía los ojos en blanco.

— Si accedo... será bajo mis normas —propuso Jackson, aún reacio a aceptar.

— No veo por qué no —dijo Chat Noir, encogiendo los hombros y alzando ligeramente los brazos—. Tooodo tuyo.

— Chat, pero… ¿qué estás…? —inquirió Ladybug, interviniendo por fin.

— Shhhh —pidió silencio el muchacho, poniendo un dedo en los labios de Ladybug casi sin mirarla.

Su atención estaba puesta en Jackson y Ladybug estaba ahí, parada, como si no existiera. Daba igual si le regañaba o si protestaba porque no le hacían caso, ella estaba fuera de la ecuación en ese momento.

En su fuero interno, Chat Noir quería demostrarle que él también lo valía, que podría elaborar estrategias aceptables y planes válidos para derrotar a los villanos de turno. Quería que su compañera viera lo que era capaz de hacer y planear. Quería que confiara más en él.

Podría parecer grosero incluso, pero necesitaba que ella lo valorara, y para eso ella tendría que callar, observar y obedecer. No quería fallar, no debía meter la pata… aunque ser Chat Noir, el gato negro de la mala suerte, no es que le diera plenas garantías o fiabilidad. Bueno, si fallaba tenía a Ladybug en la retaguardia… y probablemente un regaño posterior por su parte.

Ambos habían tenido unos días muy moviditos siendo superhéroes, y no solamente con los ataques del "Señor Mariposón" —como lo llamaba él para hacerlo rabiar y, ya de paso, a Ladybug también—, y sus secuaces, sino que también con otras tareas que quisieron otorgarles las autoridades: robos, incendios, salvar a la ciudadanía de catástrofes naturales… ese tipo de "cosillas sin importancia", como suele decirse.

Finalmente, después de varias quedadas privadas entre ellos, acordaron realizar entrevistas a varios medios de comunicación y hablar con las fuerzas del orden. También evidenciaron que sería positivo establecer prioridades y normas de actuación, sugerir una red de colocación de dispositivos e instalaciones de avisos y emergencias, así como un horario de patrullajes, y medidas de colaboración entre los héroes, medios de información, los ciudadanos y los agentes de seguridad, el cuerpo de bomberos y hospitales.

Incluso estuvieron en contacto con el alcalde de la ciudad para tratar de todos esos asuntos y barajar algunos puntos de suma importancia. Nueva York era una ciudad más que caótica y toda prevención era poca. No querían que un desliz por su parte desencadenase alguna muerte, desgracia u acontecimiento más grave.

Chat Noir parecía estar en su salsa cada vez que realizaban una entrevista, dando datos anecdóticos y metiéndose a los presentadores y al público —si había— en el bolsillo. Sin embargo, Ladybug intentaba aparcar los nervios a un lado y parecer lo más seria y profesional posible. Aun así, eran un buen combo y agradecía esos momentos con Chat Noir, donde él quitaba el hierro al asunto y ella se sentía más aliviada e incluso un poco más cómoda.

Pero claro, la vida de superhéroes no era lo único que tenían. Sus trabajos y sus carreras, sus estudios, su tiempo libre, sus vidas, esas cosas tan típicas de la vida rutinaria tenían que hacerse hueco también en las veinticuatro horas que poseía el día.

Por lo tanto, el estrés era el pan suyo de cada día, y saber conciliar todos los aspectos de su vida personal, académica y heroica era casi… un auténtico calvario.

— Trato hecho —aceptó Jackson, tendiéndole la mano a su contrincante de baile, el cual la estrechó vigorosamente—. Ella no participa, ¿verdad? ¡Esto tiene que ser un duelo entre los dos!

Los dos hombres miraron a Ladybug, cada uno con una expresión diferente: mientras que Jackson la contemplaba con desagrado, Chat Noir la observaba con expectación. Comprendió entonces que no debía meterse en este asunto y que se mantendría al margen, dejándole toda la responsabilidad a su compañero.

Sin esperarlo, el cinturón de Jackson se deshizo y salió de su pantalón, se dividió y formó una especie de jaula alrededor de Ladybug. Ella tocó aquellos particulares barrotes y se situó en el centro con rapidez, pues recibió una descarga eléctrica al tocar aquel material, pillándola por sorpresa.

El superhéroe intentó no verse afectado por aquella circunstancia, como si no le hubiese importado lo más mínimo. Claro que le molestaba que hirieran a Ladybug, claro que hubiera corrido hacia esa jaula extraña e intentaría sacarla de ahí… pero su plan era otro.

Con una mirada fugaz le dijo un "Lo siento" que ella captó a la perfección. Ladybug sabía que únicamente debía observar y confiar en su compañero. No le apetecía demasiado… pero era lo que había.

— Así no podrá intervenir —dijo Jackson con satisfacción—. ¡Que empiece la fiesta!

Se quitó el sombrero y quedó aquella prenda flotando bajo sus pies. Y de él salieron unos hologramas con la silueta de Michael Jackson y unos marcadores, una pista de baile para cada uno de los participantes y unos altavoces.

Chat Noir ya se olía para qué servía todo lo que el sombrero expulsó.

— Tres canciones con sus correspondientes coreografías. Gana el que alcance la mayor puntuación, obtenida con la suma de las tres rondas. ¿Preparado? —explicó el akumatizado, haciendo diversos movimientos de piernas.

— Únicamente espero que no seas un tramposo —dijo Chat Noir con una sonrisa socarrona, estirándose los brazos y haciendo crujir los dedos entre sí.

— ¿Por quién me tomas? —como era de esperar, Jackson se indignó ante tal comentario.

— Por un villano… y los villanos suelen usar trucos sucios y rastreros para ganar —contestó el muchacho, ampliando más su sonrisa burlona y con un soplido retiró de la cara un mechón de pelo rubio.

Pero, para la sorpresa de Jackson, la mirada de Chat Noir se ensombreció y luego sus ojos se atigraron muchísimo más, ya que sus pupilas sólo formaban una finísima línea vertical.

Esto le infundió miedo a Jackson, tragando saliva fuertemente. Ladybug no sabía qué había hecho Chat Noir para que el akumatizado se sintiera tan nervioso de repente, sólo podía verlos de espaldas y algo alejada de todo aquello.

— ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te gane? —preguntó Chat Noir, con esos extraños ojos, y sus dientes caninos se veían más afilados y puntiagudos que de costumbre con esa sonrisa endiablada.

— Yo no tengo miedo —dijo el otro, con falsa seguridad—. Al fin y al cabo, soy yo quien dicta las normas en este juego.

— Vas a perdeeeeer, vas a perdeeeeer, vas a perdeeeer —repetía canturreando el héroe gatuno mientras se relamía los labios con la lengua.

— ¿¡Quieres dejar de hacer eso!? ¡Me estás poniendo nervioso!

«Si eso es lo que pienso hacer, subnormal», pensó Chat Noir. «Nada mejor que desesperar a tu enemigo, burlarte de él, intimidarle y hacerle sacar de sus casillas para que haya más posibilidades de que falle».

— Oh, lo sieeento —fingió disculparse—. Es que cuando me preparo para algo importante y que me encanta… me suelo comportar así.

Ladybug no se enteraba de nada y el no saber qué pasaba era bastante incómodo. Se cruzó de brazos y, de vez en cuando, tenía un tic en el pie, debido a su impaciencia. Al final terminó por sentarse en el suelo, no sabiendo cuándo iba a empezar aquella batalla de baile, pues parecían más entretenidos en hablar que otra cosa.

De pronto apareció un holograma que indicaba una cuenta atrás y el título de una canción, que presumiblemente sería la que iban a bailar. Cuando el contador llegó al número cero, cada participante tenía una silueta de Michael Jackson frente a él y la música empezó a sonar, iniciando así el duelo de baile.

El akumatizado bailaba con soltura, pero Chat Noir no se quedaba atrás, sus pasos y movimientos eran precisos, casi calcados, al Rey del Pop. Viéndole parecía fácil hacer aquella coreografía al ritmo de la música. Cada gesto, cada acto icónico, él lo reproducía con total fidelidad, como si el espíritu del cantante se hubiese instalado en su compañero.

Ella sabía que Chat Noir bailaba, pero desconocía que lo hiciese tan bien. ¿Dónde habría aprendido todo aquello? Era interesante y hasta emocionante verle bailar, Ladybug apreciaba que él se lo tomaba con ganas, incluso se divertía.

Por otro lado, el imitador no parecía demasiado convencido al ver que su rival se desenvolvía con soltura y el marcador estaba más avanzado que el suyo. Claramente se estaba agobiando, y Chat Noir tenía todas las de ganar.

Las canciones se iban sucediendo, casi sin pausa entre una y otra, teniendo como última canción la tercera de ese repertorio. Imitar pasos de robot típicos de Michael, el conocidísimo Moonwalk, cuando tenían que girar rapidísimo sobre sí mismos terminando con un cierre en puntas de pie… pero uno de los movimientos más complicados, el inclinarse unos cuarenta y cinco grados hacia adelante…

Ese movimiento lo falló el akumatizado debido a los nervios, mientras que Chat Noir lo ejecutó a la perfección. Esto fue suficiente para que el susodicho se cabreara y mandara al infierno todo, desapareciendo así los hologramas que había a su alrededor.

Evidentemente, el dúo de héroes se puso alerta y a cubierto, esperándose alguna reacción más violenta. Sin esperarlo, la cárcel en la que estaba cautiva Ladybug desapareció por completo, sorprendiendo a ambos. ¿Qué tenía pensado hacer?

Jackson tiró su guante al suelo con rabia mientras gritaba de frustración. Les lanzó a los dos una mirada cargada de odio a la vez que rechinaba los dientes.

Con cautela, Ladybug se acercó a él y tomó el guante entre sus manos. Era evidente que el akuma estaba ahí y era la fuente de poder del akumatizado. Sin embargo, ella necesitaba un objeto para que todo volviera a la normalidad, por lo que invocó su poder mágico y salieron unas tijeras. Con ellas rasgó la tela blanca con lentejuelas y salió una mariposa de color oscuro que luego purificó con su yoyó con su frase "Miraculous Ladybug".

Y, por fin, todo volvió a su ser…

El akumatizado resultó ser un chaval que se había presentado a unas audiciones para hacer un musical de Michael Jackson y el resultado no fue favorable para él. Afortunadamente todo había quedado en un susto y no hubo daños personales ni materiales, pero sí le dieron una amonestación al muchacho.

Las personas afectadas aplaudieron al dúo de héroes con mucho entusiasmo, muy agradecidas por lo que habían hecho por ellas y porque las rescataron una vez más. Desde que Ladybug y Chat Noir llegaron a la ciudad, los ciudadanos habían sido salvados muchísimas veces en tan corto periodo de tiempo.

Ni siquiera había finalizado el mes de octubre cuando ellos dos habían aparecido casi a mitades de septiembre. Nueva York era, sin lugar a dudas, un lugar peligroso. No obstante, ahí estaban aquellos superhéroes, arriesgando sus vidas para el bien común de todos. Por eso Marinette, muchas veces, se sentía realmente agotada, no paraba casi ni un segundo. Necesitaba realmente un respiro.

Chat chocó el puño con ella, pero ésta respondió con algo de cansancio, sin ganas.

— Hey, ¿estás bien, bichito? —preguntó, con un poco de preocupación.

— Sólo que… estoy cansada, eso es todo… —ella contestó con voz desgastada, su postura corporal delataba cómo se encontraba—. Tengo muchas responsabilidades en mi vida civil y con esto también. Muchas cosas son. No puedo evitar sentirme así.

— Oh, vaya, lo desconocía por completo…

— Ser Ladybug es complicado, pero mi vida normal tampoco es un caminito de rosas…

— Entiendo… —Chat Noir asintió con la cabeza, comprendiendo. Sin embargo, inmediatamente mostró una sonrisa amplia y de orgullo—. Bueno, al final he sido yo quien realmente ha salvado el día, ¿eh?

— Ya estás poniéndote medallitas… —como era lógico, Ladybug puso los ojos en blanco.

— Oye, ¡me lo merezco! —él daba golpes de pecho, frunciendo el entrecejo que se marcaba a través de la flexible máscara negra—. Fui yo quien planeó la estrategia para vencerle. ¡Tú no tuviste que hacer nada, salvo romper el objeto y purificar a la mariposa negra, nada más!

— Prácticamente impusiste tu modo de hacer las cosas, sin darme opción a rebatir o replicar.

— Prácticamente… intentaba demostrarte que yo también tengo voz y voto aquí, aunque tú seas la estratega de los dos. Sé perfectamente cuál es el papel de ambos, tú el cerebro y yo el músculo, tú el ataque a distancia y yo el cuerpo a cuerpo.

Ladybug no sabía qué decir en aquel momento. Sólo se limitó a escuchar mientras tenía la cabeza gacha.

— Sólo quiero que me tengas en cuenta y, aunque en la gran mayoría de ocasiones te haga caso y el asunto salga bien… yo también quiero participar y aportar mi granito de arena. Que tengo capacidad de tomar decisiones. Que soy bueno en idear algún plan para acabar con el enemigo. Sólo quiero eso… Quiero que realmente seamos un equipo, aunque sepamos cuál es el rol de cada uno —explicó Chat Noir con sinceridad y algo de tristeza en los ojos.

Los miraculous empezaron a pitar, la transformación de ambos se iría en breve. No podrían seguir manteniendo esta conversación —o monólogo en este caso por parte del héroe felino—, pero el muchacho ya había puesto las cartas sobre la mesa de cómo se sentía y cómo quería ser tratado por su compañera.

— No sabía que… —farfulló, no pudiendo encontrar una frase más elaborada.

— Me siento así —la cortó él—. Soy algo más que un escudo humano, Ladybug. Sé que al final eres tú quien salva el día arreglándolo todo con tu "Miraculous Ladybug". La que se lleva el mérito y los honores… Siempre he sido el segundón, por así decirlo.

— Tú… Eh…

Sus joyas volvieron a emitir un sonido de aviso.

— Será mejor que cada uno se vaya por su lado —dijo él con decepción—. Ya quedaremos otro día por la noche para patrullar y seguir hablando de esto, si quieres.

A Marinette se le hizo un nudo en la garganta y, no sabía el motivo, tenía ganas de llorar.

— Yo… yo…

— Adiós —se despidió él, alargando su bastón y alejándose del lugar.

Los periodistas empezaron a acercarse para interrogar al dúo, pero fue imposible ante la marcha de Chat Noir. Marinette no estaba de humor para responder, así que sólo contestó algunas preguntas con frases cortas y de una manera un tanto seca. Estaba cansada, estresada y ahora había pasado esto con su compañero de batallas.

¿Alguna vez sentiría que todo lo que estaba haciendo, desde que había aterrizado en Nueva York, había merecido la pena? ¿Y por qué, en esta ocasión, había sentido a Chat Noir tan lejano y distante?

Quizás Chat Noir dejó de albergar sentimientos amorosos por ella y, en consecuencia, la estaría bajando de ese gran pedestal en el que la tenía subida con el paso del tiempo. Sería natural porque, a fin de cuentas, ella no correspondía sus sentimientos de la misma manera que él. Por lo que, al final, Chat se habría quitado la venda que tenía en los ojos y que la cegaba por completo.

Aún así… ¿por qué ella se sentía tan mal por pensar en todo aquello? Las comisuras de sus labios habían bajado y sus ojos retenían las lágrimas que querían salir. Con voz queda les dijo a los reporteros que no iba a atender alguna pregunta más y que tenía que irse, escuchando ligeras protestas por ello.

Pellizcó el puente de la nariz y respiró hondo. Su yoyó emitió un sonido y, abriéndolo, vio en la pantalla el mensaje de Chat Noir, cuyo texto indicaba un sitio determinado de Nueva York y la hora para quedar por la noche al día siguiente. Cerrando rápidamente el yoyó, extendió la cuerda y se encaramó a un edificio con éste, para irse ya de una buena vez.

Eso sí, nadie vio cómo Ladybug lloraba de camino a casa y sollozaba mientras las sirenas de algunas ambulancias y los cláxones de los automóviles hacían su ruido particular. Marinette sentía frío y temblores, el clima era demasiado fresco y le ardían los bordes de los ojos por las lágrimas y el frío del viento que rozaba la piel de su rostro.

Únicamente tenía en mente una cosa: llegar lo más pronto posible a casa y tenderse en la cama para enjugar sus lágrimas en la almohada. Sólo eso y nada más.

— ¿Habéis visto cómo baila? ¡Alucino!

Estaban en una de las pausas de las clases, en la cafetería que se situaba en el ático del edificio. Algunos de los compañeros habían hecho pequeños grupos según su grado de afinidad entre ellos, pero entre todos intentaban llevarse bien y hacían cohesión en la medida de lo posible, como si fuesen un gran equipo y cada integrante tenía una particularidad que lo distinguía del otro.

Comentaban la última peripecia de los recién llegados héroes y, sobre todo, los pasos de baile que realizó Chat Noir al enfrentarse al akumatizado que imitaba a Michael Jackson, cuyo nombre real respondía al de Frank.

Pronto Ladybug y Chat Noir se habían convertido en celebridades en Nueva York. Surgieron varios clubs de fans —no oficiales—, se hablaba de ellos por todas y en todas partes, daba igual el medio. El fenómeno fan había crecido como la espuma y eso le hacía sentir a Marinette una cierta incomodidad.

En París esa efervescencia de fama no fue tan monstruosa, pero aquí… era apabullante. Su colega se había acostumbrado a la situación y hasta le agradaba aquello, sintiéndose como pez en el agua. Sin embargo, ella no opinaba lo mismo, le agobiaba ese éxito desmedido que había aparecido en un abrir y cerrar de ojos sin previo aviso.

Daba igual si sacaban el tema en cuestión en las noches de patrullaje, cada uno veía ese fenómeno de forma diferente y no se iban a poner del todo de acuerdo. Él era el positivo mientras que ella lo miraba en un prisma más negativo.

Escuchaba de fondo cómo Jesús y Thomas hablaban alegremente de Chat Noir, mientras enseñaban a los demás compañeros el vídeo que grabó un fan de las coreografías del superhéroe y Jackson. El vídeo tenía medio millón de reproducciones en YouTube y subiendo. En Twitter e Instagram se podían encontrar pequeños vídeos o gifs de algunos pasos de él, que se reproducían en bucle, sin descanso.

Chat Noir era el fenómeno en aquel momento y, de cierta forma, se alegraba por él. Únicamente esperaba que no se le subiera la fama a la cabeza, por el bien de los dos. Los oía de lejos, no atendiendo del todo.

Se acordaba de la última conversación que tuvo con Chat Noir y todavía le seguía doliendo, al punto de que sentía ligeras punzadas en el pecho al recordarlo. Habían discutido en la noche en la que Chat Noir decidió quedar. Él había expresado abiertamente cómo se sentía con todo aquello. Admitía que se había rebelado y que Nueva York le estaba dando una oportunidad extraordinaria para ser más libre, más competente en lo que hacía y ser más reconocido.

Que no se sentía realmente apoyado por ella. Que al final sólo ella era quien tomaba las decisiones vitales, pero que su opinión realmente no valía. Él únicamente obedecía y callaba. Y que, por fin, había encontrado una manera de enfrentarse al enemigo porque entendía del asunto, quería demostrar que él lo valía. Que él realmente no hacía nada importante.

Dejó caer que se sentía un inútil y un cero a la izquierda, que su rol en la pareja estaba desfasado desde hacía mucho tiempo y que estaba cansado de ser un mero escudo humano que sólo recibía golpes. O que él era el típico elemento de distracción para los enemigos. Sacó cosas de hacía años, cosas que tenía muy guardadas en su interior y que necesitaba exteriorizar.

Evidenció que sintió envidia porque ella pudiera estar más en contacto con el maestro Fu que él, al punto de que ella sabía muchas más cosas que él y eso le hacía estar en bastante desventaja. Que no sabía nada de los miraculous, los poderes que podrían obtener, los kwagatamas, nada.

Chat Noir gritó y lloró aquella noche. Gritó y lloró mucho. Con rabia, con indignación, con decepción y con tristeza. Sus gestos corporales eran incluso agresivos, pero se situó a una buena distancia para no hacer daño a Ladybug. Mostró su dolor de una forma explosiva. Se vació por completo.

Y ella… sólo lloraba en silencio, dejándole hablar y explicarse. No tenía derecho a replicarle o rebatirle, él necesitaba soltarlo todo y así lo hizo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que minusvaloró a Chat Noir en todo este tiempo y que, en muchas ocasiones, lo había juzgado mal.

No soportó verlo así de dolido y alicaído. Le hacía mucho daño a su conciencia. Le pidió disculpas una y otra vez, pero las frases no le salían de forma adecuada por la boca. Es como si la hubiesen dejado K.O. en combate. Sentía como si ninguna palabra le fuese a servir para que su compañero estuviese mejor. Era horroroso.

El clima al que se llegó fue bastante frío. Y aunque él hubiese aceptado sus disculpas, recibiendo un abrazo sentido de ella… ya nada sería igual que antes. No con todo lo que había dicho Char Noir y, claramente, ella le había dado toda la razón en la gran mayoría de los puntos que él expuso. Fue un debate crudo, una conversación amarga.

Marinette suspiró con un semblante triste, recordando todo lo que ocurrió. Ni siquiera había dormido bien aquella noche después de eso. Qué deprimente.

— No sabía que teníamos a un bailarín nato de superhéroe —dijo Justin, observándole atento con una sonrisa.

— Yo lo siento, pero me estoy fijando más en su culo y su paquete —soltó Caterina, haciendo que los demás se riesen y Marinette enrojeciese hasta las orejas, captando perfectamente la conversación que mantenían sus compañeros—. Es que ¡mirad cómo mueve las caderas!

— De hecho… Yo escuché que… —empezaba a decir Justin y Marinette empezó a tener un tic nervioso en el ojo izquierdo.

«Por favor, que no diga lo que creo que va a decir… Por favor…», suplicaba ella en silencio.

— … si ves que un tío baila muy bien, en el sexo debe de ser la leche —finalizó Justin y, como era de esperarse, Marinette soltó un bufido sonoro y se llevó la palma de la mano a la frente, hastiada—. Lo malo es que no he salido nunca con ningún chico, y eso que soy bisexual. Cosas de la vida.

— Vamos, que no has probado una buena polla en tu vida—Caterina y su vocabulario soez eran habituales de escuchar, algunos de sus compañeros ya estaban acostumbrados a ello.

— Eh… no, no he probado una, al menos de momento —dijo con sinceridad—. Pero tampoco pienso ponerle los cuernos a mi novia.

— Pensad en tener una relación abierta o un trío —propuso la italiana con tono descarado, cruzando las piernas.

— No es lo mío, pero ¿gracias por la sugerencia?

Su compañera Caterina era la más abierta y sexual del grupo, muy liberal en ese sentido. No solía preocuparle nada, se lo tomaba todo muy tranquila y despreocupadamente. Estaba soltera y, siempre que podía, tenía un ligue nuevo, por lo que tenía una vida sexual bastante activa.

— Pero sí, hay que admitir que baila de puta madre —admitió Caterina—. No me extraña que tenga un club de fans, es sexy, tiene un traje que quita el hipo, baila genial y seguro que en el sexo es un tigre…

— ¿Tigre porque es… un gato? —preguntó Harry, ajustándose las gafas—. Bueno, más bien representa a un gato, no es que sea un gato de verdad...

— Felino o algo así, creo que se me ha entendido perfectamente —ella hizo gestos con la mano con ligereza.

— ¿Y si le preguntamos a nuestra francesilla, eh, Marinette? —inquirió Thomas, colocándose al lado del asiento de Marinette para que le prestase más atención.

— ¿Eh? Perdón, chicos, estaba… distraída —se quiso disculpar ella al dar un pequeño respingo, encogiéndose de hombros.

— Meh, no te preocupes. Estaba diciendo que qué te parecía Cat Noir y sus movimientos, según Caterina, sensualones para el baile —le dijo Thomas mientras se tocaba su abundante barba.

— ¿Chat Noir? Eh…

«¿Por qué me tienen que preguntar por esto?».

— Como sabemos que tanto Ladybug como Cat Noir son franceses en realidad, pues podrías darnos algo de información, no sé. Digo, estaban en Francia antes, por lo que no son de aquí.

— Ah, ya veo… Pues… Él… solía, de vez en cuando, bailar para distraer a los enemigos. Pero lo hacía en muy contadas ocasiones, no era habitual. Eso es todo lo que sé, cuando yo estaba y ellos dos estaban en París, y tal… —explicó a la vez que se acariciaba la uña del pulgar izquierdo, mirando hacia los lados con algo de indiferencia.

— Así que no lo suele hacer… ¡Pues menudo espectáculo ha dado! Es todo un showman…

— Sí… —dijo ella en voz baja, casi en un susurro.

— Cada vez que actúa o dice algo… me cae mejor ese chaval —dijo Jesús—. Puede que tenga fans del género femenino a montones, pero algunos tíos como yo también nos mola cómo hace y dice las cosas.

— Lo verás como un referente, ¿no? —preguntó Alberto, pasándole un brazo por detrás del hombro y apretándole fuerte.

— Me parece muy cachondo, alegre, un tío valiente y seguro de sí mismo. Y se me hace curioso cómo interactúa con Ladybug. Parece como si estuviera intentando ligar con ella…

— Siempre lo hace —soltó Marinette mientras suspiraba y ponía los ojos en blanco.

— ¿Y siempre le rechaza? —se sorprendieron Thomas, Jesús y Alberto, diciéndolo casi al unísono.

— Casi siempre —contestó Marinette, torciendo la boca hacia un lado.

— Yo creo que hacen linda pareja —confesó Alberto, y sus compañeras latinoamericanas le dieron la razón—. Se ven tiernos juntos. Parecen opuestos y, sin embargo, se complementan. Pero creo que en el fondo se atraen.

— No son pareja, ya os lo digo yo —confirmaba Marinette, levantándose del asiento y estirándose un poco—. Ni siquiera conocen sus identidades. Sólo son un dúo de superhéroes y ya está.

— Oh, Marinette, ¿de verdad no los ves lindos? —esta vez fue Alicia quien preguntó—. ¿No te gustaría que se convirtieran en pareja? ¡Cat es un amor con Ladybug!

— No —la respuesta de Marinette fue rotunda.

— Bueno, al menos puedes admitir que Cat Noir se ve bien sexy… —Caterina, cómo no, siempre diciendo las frases más… "oportunas"—. Yo me lo tiraría, porque tiene un polvazo que…

— ¡Caterina! —la regañaron algunos, un poco cansados de que siempre su compañera pensase con la entrepierna y no con la cabeza.

A decir verdad, Marinette nunca había pensado en Chat Noir desde otra perspectiva. El plano sexual estaba totalmente prohibido para ella. Podría admitir que Chat Noir era atractivo y guapo, y seguramente detrás de la máscara lo sea también.

Pero él… ¿habría pensado igual, de aquella forma? Sabiendo que él estuvo enamorado de ella, probablemente sí. Pensar en ello le daba escalofríos, no quería malpensar más, pero tanto Caterina como Justin, con su dichosa frase que era clavada a la de Nino cuando celebraban su graduación, habían hecho que se plantease esas cuestiones.

«Maldito Nino y maldito Justin con sus frasecitas idénticas del baile y… y… "eso"».

Ya tenía suficiente con que, de vez en cuando, pensase en Adrien de forma calenturienta y se imaginase cosas pervertidas con él. Luego, Adrien y ella quedaban y se ponía roja como un tomate, no pudiendo mirarle a la cara la mayor parte del tiempo al recordar esos sueños o imaginaciones depravadas suyas. Odiaba sus hormonas con toda el alma cuando se le subían a la cabeza y bajaban más abajo de su ombligo.

¡Qué remedio! Todavía le gustaba Adrien, no lo podía evitar. Pero… le parecía tan inalcanzable, tan del otro mundo… que ella se sentía poca cosa a su lado.

Desafortunadamente, como si su cerebro no tuviese raciocinio alguno, no pudo evitar mirar de reojo la pantalla del móvil de Thomas y cómo volvía a reproducir los movimientos de Chat Noir… y ver más detenidamente el trasero de su compañero de aventuras.

Oh, no. Oh, no. ¡Oh, no!

«¡DEJA DE VERLE EL CULO, MARINETTE, POR DIOS!», se regañaba a sí misma, retirando rápidamente la vista del móvil.

— Uy, te has puesto roja —notó Caterina, dándole en la mejilla con el dedo índice—. ¿A que es sexy?

— ¡No! —se quejó Marinette—. Me he puesto así por vuestra conversación. ¡A mí Chat Noir no me atrae para nada!

Algunos de sus compañeros rieron. Esperaba no tener que enfrentarse a una conversación o insinuación similar dentro de muchísimo tiempo. Sólo quería que la pausa acabase cuanto antes para empezar la clase siguiente y no tener que pensar en cómo Chat Noir movía el culo de forma rimbombante al ritmo de Smooth Criminal de Michael Jackson.

Esperaba que su subconsciente no le jugara una mala pasada cuando se encontrase con él cara a cara y le diera por verle de soslayo el trasero. Eso era lo último que quería en el mundo.

Sonó una melodía —en vez de un timbre o campana— que anunciaba el regreso a clases, así que no les quedó más remedio que levantarse y abandonar la cafetería.

Con eso, Marinette pudo respirar tranquila y tendría su mente concentrada en la materia que le tocaba a esa hora.

«Caterina creó el grupo Girls Rule 3».

«Laura agregó a Marinette».

— «Hola chicas :D», las saludó Caterina en el grupo de Whatsapp que recién creó.

— «Qué es esto?», preguntó Nicole, acompañando su texto con un emoji confuso.

— «Un grupito que he hecho, porque somos las mejores :D».

— «O sea, sin los chicos».

— «Efectivamente».

Marinette estaba tumbada en la cama mientras curioseaba en el teléfono. Veía un poco tonto que se crease un grupo a parte del que ya tenían con todos, pero bueno, al ser de "sólo chicas", pues… Únicamente quería que no fuese un grupo tonto en el que se publicasen tonterías, chismorreos y cotilleos de todo tipo.

No sabía si escribir o esperar a que todas se presentasen. Incluso incluyeron a Alice, que era una chica trans. Eso era buena señal y parecía que la tenían en consideración a pesar de su condición. La verdad es que su grupo de compañeros para nada era discriminatorio o racista.

— «Deberíamos poner unas normas al grupo, no? Como temas a evitar y tal», propuso Stella.

Minako añadió un gif de una chica de un anime asintiendo, dando por hecho que estaba totalmente de acuerdo con Stella.

— «Joder. Normas? En serio?», protestó Caterina.

— «Esto no va a ser un grupo sin ley. Al menos, unas pocas normas, no sé».

— «Qué aguafiestas».

— «Stella tiene razón», dijo Nicole.

— «Sip», le dio la razón Michelle, apoyando a su hermana de color.

— «Buah. Ni siquiera podré poner vídeos o imágenes de tíos buenorros que están para follárselos?», preguntó Caterina mientras incluía emojis tristes.

— «Eo, estamos chicas bi y lebis aquí, cariño. No nos apetece ver pollas indeseadas», evidenció Michelle, acompañando su texto con la imagen de un no gigante de color negro.

— «No me recordéis las fotopollas, por favor. Recuerdo una época en la que tanto en Twitter, como en Facebook e Instagram me enviaban ese tipo de imágenes por mensaje privado. AS-QUE-RO-SO», confesó Laura.

Inmediatamente el chat se llenó de gifs, emoticonos e imágenes de apoyo a Laura, expresiones de asco y de objetos más o menos fálicos siendo pisoteados, troceados, pinchados, etc. Marinette no intervino aún, se sentía un poco fuera de lugar, sólo estaba de mera espectadora.

— «Vale, vale. Y chicos guapos sólo, sin nada sexual? Eh? Para alegrarnos la vista», siguió insistiendo Caterina.

— «Llegas a ser algo cargante, Cate», dijo Ana.

— «Seguro que llegará a ser tan pesada que incluso será capaz de poner un vídeo de Cat Noir bailando y enfocándose más en el trasero de él que otra cosa», puso Laura y fue un grave error.

— «Oh, gracias por recordármelo, mia cara».

Y, efectivamente, Caterina no tardó ni cinco segundos en poner un vídeo en bucle sobre el trasero de Chat Noir mientras bailaba al son de Michael Jackson.

— «NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO», escribió Marinette por fin.

— «Ey, por fin apareces, francesita :D», la chinchó Caterina y, para rematar, envió una imagen aumentada del culo de Chat Noir.

— «NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO», volvió a repetir Marinette.

— «Cate, vas a traumar a la pobre Mari», la regañó Ana.

— «Yo no sé qué bicho le ha picado con Cat Noir. Si está tremendo. Y muy follable».

— «Te estás equivocando con Chat Noir de cabo a rabo», le contestó Marinette, ofuscada.

— «Es rubio, tiene cuerpazo, mírale ese culo y el paquetón que tiene…».

— «Cate, será mejor que dejes de salpicar todo lo que se habla aquí con cosas sexuales», la reprendió Ana y puso una imagen de "Stop" debajo de su mensaje.

— «Aburridas. Sois unas aburridas», se quejó Caterina, enseñando el dedo corazón a través de un emoticono.

— «Por eso dije lo de las normas, chicas. Hay que tener un orden y cierto control para que esto no se desmadre. Caterina, per favore, ti chiedo di comportarti correttamente e di non sembrare un pervertito. Lo farai o no?», dijo Stella y, en su última burbuja de texto, se dirigió a su compañera italiana en el idioma que ambas compartía.

Nadie escribió hasta que la aludida respondió.

— «Ok, sono d'accordo».

— «Vale, estupendo entonces», se alegró Stella a la vez que puso una carita feliz. «En breve me gustaría redactarlo, pero me gustaría saber vuestra opinión y qué propuestas pondríais».

Entonces se sucedieron los mensajes uno tras otro, algunos más cortos y otros más largos, para ponerse de acuerdo en qué poner y qué no, y cómo podrían diferenciar este grupo del otro para no colocar siempre lo mismo. Marinette también aportó sus puntos de vista y cómo el grupo podría ser de utilidad.

Pasaron unos largos minutos y el chat volvió a la normalidad.

— «Bueno, os apetecería quedar hoy?», preguntó Alice.

— «Esta tarde?», se sorprendió su tocaya de nombre español, Alicia.

— «Pues claro».

— «Creo que alguien de acá lo necesita desesperadamente», asintió Alicia.

— «Marinette, te vendría bien?», inquirió Laura.

— «Eh? Por?», se sorprendió Marinette.

— «La gran mayoría te hemos notado triste, como ha dicho Alicia-chan», dijo Minako.

Marinette envió un gif donde un personaje aleatorio que buscó negaba con la cabeza.

— «No mientas, se te notaba mucho», insistía Minako.

— «Chicas, de verdad, no es necesario».

Esa frase bastó para que unas cuantas de sus compañeras decidieran, en vez de escribir, enviar notas de audio. Hicieron tanta presión de grupo que, al final, Marinette accedió a quedar con ellas, aunque sea a tomar un café en Starbucks y luego a cenar todas juntas en un KFC cercano.

Cuando fueron a la cafetería estuvieron hablando de cosas triviales y amenas, aunque luego apretaron las tuercas a Marinette para que confesara el motivo de su desánimo el otro día. Obviamente no les iba a decir que discutió fuertemente con Chat Noir o que ella era Ladybug, pero evidenció el problema contando que tuvo una riña grave con un conocido y explicó la situación a grandes rasgos.

Tuvo comentarios de todo tipo por parte de sus compañeras: unas explicaban que quizás él necesitase tiempo y que no presionara, que él estaría dolido y que a lo mejor no querría verla, que este tipo de conversaciones en cuanto a los sentimientos se tendría que haber hablado muchísimo antes… o que incluso él habría conocido a otra chica y con esa actitud estaba poniendo tierra de por medio, ya que Marinette explicó que dicho muchacho estaba coladito por ella.

Incluso Caterina fue razonable al exponer sus pesquisas, cosa que sorprendió a todas. Pero sí dijeron todas que ella intentase no pensar tanto en ello y que lo mejor sería que él diera el primer paso a una sincera reconciliación de su amistad, pues Marinette contó que se disculpó muchas veces pero no parecía demasiado efectivo.

Iba a ser difícil no pensar en ello, pero lo intentaría. No querría que le afectase y le perjudicase en su carrera, pero tarde o temprano se lo tendrá que encontrar, ya sea en una emergencia o en un ataque de un akuma.

Anocheció pronto y las muchachas se divirtieron, pasando una tarde agradable, llena de anécdotas, algunos chascarrillos típicos de Caterina y frikismos de Minako, incluso de mensajes y dichos feministas de Michelle y Nicole. Esta salida les hizo sentirse más unidas y, al final, Marinette no se arrepintió de merendar y cenar con ellas. Era una manera curiosa de conocerlas mejor y que ellas también tuvieran la oportunidad de conocerla.

No podía estar más agradecida…

Hacía un poco de más frío del habitual y por eso sus bocas exhalaban un ligero vaho. Algunas hojas anaranjadas caían de los árboles suavemente. El otoño había llegado para quedarse unos meses en Nueva York.

— ¿Seguro que no te molesta? —preguntó, incómoda.

— Para nada —negaba con la cabeza él.

— ¿Y si tienes cosas más importantes que hacer? —volvió a preguntar la chica con un tono preocupado.

— Pues, en primer lugar, no habríamos quedado, ¿no? —en esto, el chico se encogió de hombros y luego sonrió.

— Bueno, sólo hemos ido a tomarnos un batido, algo rápido… —de forma inconsciente, enrolló rápidamente un mechón oscuro entre sus dedos, tirando ligeramente de éste.

— Y hemos estado hablando más de una hora y media… —miró cómo su amiga se quejó por aquel tirón y se le hizo un nudo en el cabello.

— Por eso lo digo —ella se vio en un apuro, dejó de caminar e intentaba deshacerse del nudo que se había hecho sin querer, que pudo arreglarlo en unos pocos segundos con algo de maña—. ¡Adrien, no estás obligado a venir!

Marinette tenía las mejillas totalmente encendidas mientras iba caminando al lado de Adrien con paso ligero después de ese incidente con su pelo. Se abrochaba el último botón de su chaquetilla de punto a la vez que mascaba chicle de forma sonora debido a los nervios.

— Te digo que no tengo prisa, Marinette —dijo Adrien, poniendo los ojos en blanco.

— Eres una persona muy ocupada. Entre que eres modelo, estás estudiando una carrera algo complicada, también estás estudiando varios idiomas… —enumeraba la chica con los dedos de la mano.

— Oh, entonces es un delito gravísimo quedar contigo, no puedo estar con mis amigos o tampoco puedo despejarme… —dramatizó el rubio, burlándose un poco.

— ¡No estoy diciendo eso! —Marinette parecía realmente apurada e inquieta a partes iguales—. Sólo que…

— Decías que necesitabas comprar material escolar porque se te acabó tu cuaderno de bocetos y algunas cosas más. No me voy a morir porque entremos a una tienda, cojas lo que necesites y hagamos cola. De verdad que no —Adrien paró y ella también, así que colocó sus manos en los hombros de su amiga y negaba en la cabeza, intentando que, con ese gesto, se tranquilizase.

La muchacha respiró fuerte y exhaló el aire por la boca con mucho ruido y pesar. A parte de que se sentía culpable por molestar, de alguna forma, a Adrien con sus tonterías —según ella— y que él tenía un modo de vida más ocupado que el de ella… se sentía más angustiada por aquella situación.

Y eso no era lo único que podría llegarle a preocupar, sino que le daba vergüenza que el chico del que estaba enamorada se diera cuenta de que Marinette compraba las cosas más baratas como método de cuasi supervivencia. No siempre necesitaba un cuaderno caro o unos materiales de altísima calidad —aunque ya le gustaría a ella tenerlo todo con las mejores prestaciones, marcas, calidad, etcétera—, pero si compraba artículos económicos para cosas sencillas o bocetos en sucio… pues tampoco era para tanto, ¿no?

Muy por encima miraba los escaparates de las papelerías para no hacer esperar a Adrien demasiado. Aun así, los precios estaban por encima de lo que ella estaba buscando. Adrien parecía no importarle la búsqueda y captura del cuaderno ideal con precio irrisorio que su amiga intentaba encontrar por todos los medios. Él también veía materiales escolares que le podrían interesar en el futuro para la carrera o adquirir próximamente alguna cosa que tuviese en mente usar para más adelante.

Marinette caminaba a paso acelerado para no perder tanto tiempo, pero se hacía complicado por los demás viandantes que hacían sus compras de la tarde al igual que ella.

— Esta ciudad me agobia —se quejó—. ¡Demasiada gente!

— Deberías de quejarte menos, Marinette —le aconsejó—. Últimamente estás muy quejica…

— Seguramente sea del estrés —decía mientras rechinaba ligeramente los dientes—. Estoy que no puedo con mi alma. Siento que… voy a explotar de un momento a otro.

— Trata de relajarte —dijo Adrien de forma dulce—. Creo que una buena sesión de yoga o irte a un spa, a que te hagan un buen masaje, podría…

— No me lo puedo permitir, y lo sabes —Marinette empezó a frustrarse mientras se imaginaba estando en una camilla recibiendo un masaje placentero.

— Te lo podría pagar, y lo sabes —propuso él con un tono distraído.

— ¡Ni hablar! —su voz se elevó más de lo habitual—. No quiero que me pagues nada de eso. Tengo que conformarme con lo que tengo y con lo que me puedo permitir.

— ¿No se te ocurre que podría regalarte alguna cosa de las que te he nombrado?

— No tienes por qué gastarte dinero en mí, Adrien —ella se ruborizó.

— Marinette, sabes de sobra que tengo dinero a manos llenas y prefiero emplearlo, aparte de en caprichos, en cosas productivas o para ayudar a los demás. Y si alguna cosa de esas te sirve para desestresarte y que estés de buen humor, gastaría ese dinero con mucho gusto. No me gusta verte así —el comentario de Adrien parecía un regaño y su amiga se encogió un poco, sintiéndose más chiquitita.

— Es que…

— Créeme que no me importaría.

— Pero…

— ¿Tan mal te parece? —las preguntas y respuestas que se lanzaban el uno al otro eran rápidas, casi sin pensar.

— No sé…

— ¿No sabes?

— Adrien, deja de preguntarme, por favor —rogó Marinette casi con ojos acuosos.

— Te estoy presionando, ¿verdad? —el chico se dio cuenta y decidió parar.

— Sí… —asintió ella con languidez—. No me hagas sentir más mal de lo que ya estoy…

— Lo siento —se disculpó—. Tampoco era mi intención.

— Lo sé…

Marinette se giró para no ver a Adrien por un momento y una gota rebelde caía sobre su mejilla. Tenía tantas preocupaciones, tantas responsabilidades, tantos pensamientos, tanto estrés, tantas cosas en la cabeza… que necesitaba desahogarse de alguna manera.

Y aunque Adrien quisiese ayudar, no quería depender de él para nada. No quería aprovecharse. Ese es el dinero ganado con el esfuerzo de su trabajo como modelo, no iba a ser una pedigüeña o una caprichosa sólo porque su amigo tenía una cuenta corriente demasiado holgada.

Era como hacer trampa, como si estuviese tirando de "contactos" —por llamarlo de alguna manera, aunque extraña— para obtener beneficios que no le correspondían en absoluto. Si ella estaba en Nueva York, cursando su carrera soñada en una academia prestigiosa, era por sus logros, su mérito y su esfuerzo. Con esto no quería darle la razón a su compañero Valentino de que era una enchufada. ¡Ni hablar!

Sabía que Adrien lo hacía con toda la buena intención del mundo. También observó que la ciudad lo estaba cambiando: era más suelto, confiado, desenfadado e, incluso, atrevido. En París —que ella supiese— no era así.

Afortunadamente conservaba su esencia de siempre, a fin de cuentas, era Adrien. Por lo que conocía de él, era bastante responsable y trabajador, muy educado, amable y elegante. Siempre estaba dispuesto a ayudar, era cercano con sus amistades, pero en general era bastante reservado y cauto. Nunca lo vio llorar o dejarse llevar por la ira. Constantemente daba segundas oportunidades, incluso a las personas que no lo merecían en absoluto.

Amigable, comprensivo, alentador, empático… y podría seguir enumerando las maravillosas cualidades que poseía su amor platónico. Pero estaba viendo unas facetas y actitudes en él totalmente nuevas. La verdad es que no se lo esperaba y Marinette estaba sorprendida con ello en el pasar de los días que estaba con él.

Suponía que esto vendría a ser una especie de desarrollo personal, una evolución en el carácter y su personalidad. O cómo afrontar su vida, qué hacer con ella y cómo comportarse con las demás personas. Probablemente la independencia era lo que él necesitaba y le proporcionaba todo eso, a saber.

No estaba incómoda… pero, a veces, le recordaba a cierto personaje que conocía, con la salvedad de que esa persona era mucho más exagerada que Adrien en sus ademanes y comportamiento.

En fin, sería mejor que dejase todos esos pensamientos a un lado y se concentrara en encontrar el cuaderno de bocetos lo más rápido posible.

Pasaron más de treinta minutos y Marinette se empezaba a desesperar con la búsqueda del dichoso cuaderno. Y Adrien estaba perdiendo el tiempo con ella, ¡pero no quería malgastar tanto dinero en un cuaderno! Pero… ¿y si él pensaba que era una rata o una agarrada? ¡No, venga ya!

— Marinette, ¿estás bien? —preguntó Adrien, después de que estuvieran un buen rato mirando los cristales de los locales y de diversas papelerías.

— No, la verdad es que no —respondió Marinette a la vez que suspiró.

— Espero que no sea por lo de antes… —él quiso observar la expresión de su amiga para ver si no le mentía.

— Tranquilo, no es por eso… —Marinette negó con la cabeza.

— ¿Tienes mucha urgencia? Digo, por conseguir el cuaderno hoy y tal.

— No mucha, si te soy sincera —ella alejó su vista del escaparate y comenzó a andar lentamente—. Pero es algo que me quiero quitar de encima cuanto antes porque tengo que estudiar bastante y próximamente tendré dos pruebas de dos asignaturas.

— De ahí tus prisas, supongo —Adrien caminaba a su lado, atento a la explicación.

— Sí, el cuaderno me ayudaría muchísimo para escribir y dibujar esquemas, bosquejos y conceptos en sucio de algunos diseños para esas pruebas. Cuando ya tengo la idea afianzada es cuando escojo un cuaderno más "serio" para hacerlo en limpio, repasarlo con tinta y colorearlo, además de que luego le voy añadiendo algunos detalles extras. Por último, lo plasmo en folios específicos según las indicaciones que me den los profesores para esos proyectos que me piden hacer.

— Lo tienes todo calculado y controlado, je —dijo el chico con una sonrisa de medio lado.

— Admito que sí, pero eso me ayuda a organizarme, plasmar ideas y, si no cuajan, poder desecharlas. De un mismo proyecto puedo hacer como siete u ocho bosquejos hasta que salga el definitivo —Marinette seguía con su explicación y, de una forma u otra, explicando todo aquello, le llegaba a ayudar a aplacar los nervios—. Y a veces, viéndolos de nuevo, alguna idea descartada de entre esos bocetos anteriores me podría servir para otro proyecto a futuro que podría encajar mejor.

— Vamos, que ninguna idea que pueda pasar por tu cabecita se va a la basura.

— En efecto —la joven asintió—. Y por eso este tipo de cuadernos los lleno en un santiamén, de tantos dibujos que hago… ¡que no me da para más!

—Ahora entiendo. Normal. Y no me extrañaría que también tuvieras una agenda con organizadores mensuales y semanales —mientras decía eso, Adrien se rascaba la barbilla.

— Me has pillado. Tengo un bullet journal, una agenda, otra agenda esquematizada más pequeña, un monthly planner y un weekly planner. Y un corcho y una pizarra, además de un horario. Y una aplicación parecida a un bullet journal para el móvil. Y también…

— No sé, pero creo que me estoy empezando a agobiar —Adrien soltó una risa y ella también rio, dándole un pequeño codazo.

— Lo siento —se disculpó entre risas, pues el rubio no paraba de carcajear—. Pero creo que haciendo todo eso y tenerlo todo en orden sería la mejor manera para no volverme loca.

— ¿¡Y luego me dices que si soy yo el que está ocupadísimo!? A ver si voy a tener que plantearme seriamente si puedo quedar contigo por si te pillo en mal momento con tus proyectos, exámenes y demás…

— ¡Jo! ¡No digas eso, Adrien…!

Así estuvieron un buen rato, olvidándose de la búsqueda del cuaderno, riendo y metiéndose el uno con el otro mientras seguían caminando de forma tranquila. Marinette ya no sentía esa tensión, se encontraba a gusto con Adrien. Estaba relajada y feliz.

Los rayos del Sol se iban ocultando poco a poco, dejando el cielo de color anaranjado entre nubes rosáceas, blancas y grises. La iluminación de las calles iba apareciendo, así como la de los comercios y locales variados.

De pronto, a Marinette una tienda le llamaba especialmente la atención y le apetecía entrar. La palabra "Tiger" estaba plasmada en el letrero, por lo que ese era el nombre de la tienda. Rápidamente tenía como un gusanillo en el estómago. No sabía si Adrien querría acompañarla a la tienda. La gran puerta indicaba cómo estaba el interior del local, que era muy colorido y tenía bastantes objetos expuestos a la venta.

Adrien captó las intenciones de Marinette al segundo.

— Te apetece entrar, ¿verdad? —le preguntó con una sonrisa afable y ojos cariñosos.

Como era de esperar, las mejillas de la muchacha se tiñeron de rosa. Se sentía culpable, sería volver a perder el tiempo, entretenerse demasiado en el local y no buscar de nuevo el cuaderno.

— No sé si será buena idea… —murmuró con una voz casi inaudible.

— Sé que quieres, se te nota —él se acercó más a ella y el color rosa pasó al rojo al milisegundo—. Venga, no pasa nada, entremos en la tienda. ¡Igual nos llevamos una sorpresa!

Agarró su muñeca con decisión y franquearon la puerta. La música que sonaba era de los años setenta, algo que no era bastante habitual. El establecimiento estaba casi a rebosar. Iba a ser difícil pasear por los pasillos para mirar la tienda entera.

— ¡Mami, mami! —gritaba una niña cerca de ellos—. ¡Quiero este sombrero de bruja!

Se dieron cuenta de que gran parte de la tienda tenía elementos y decoraciones de Halloween.

— Ah, es cierto, queda poco para que estemos en los últimos días de octubre —se acordó Adrien—. El tiempo pasa muy rápido, ¿eh?

La niña estaba "negociando" con la madre para ver si le compraba el sombrero y al final accedió. Ambas se retiraron y Adrien y Marinette pudieron observar la estantería llena de objetos para la cabeza.

Marinette no se lo pensó dos veces y cogió un sombrero más pequeño que se agarraba con un clip, adornado con un velo de rejilla negro, unas flores moradas y calaveras grisáceas. Por su parte, Adrien tomó entre sus manos una diadema que tenía calabazas como antenas y, dándole a un pequeño botón, se iluminaron.

— ¡No sé ni lo que soy! —reía Marinette, ajustándose el pequeño velo que le ocultaba parte de la cara—. ¡Pero este gorrito genial!

— Yo soy una calabazaaa, weeee —Adrien hacía el tonto, moviendo la cabeza de un lado a otro para que las antenas se agitasen.

— ¡Vaya, te falta esto! —le ofreció una cesta de plástico con forma de calabaza y una capa negra, que Adrien se puso velozmente.

— ¿Truco o trato? —preguntó él, poniendo voz de niño pequeño y luego rio a carcajadas.

— ¡Jajajaja! ¡Parecemos críos!

— ¡Lo importante es pasárselo bien, jajajaja!

Sólo estuvieron un minuto haciendo el tonto y riendo, hasta que dejaron dichos objetos en sus respectivas estanterías. La verdad es que las cosas a comprar eran de decoración, gadgets divertidos —aunque algunos eran muy útiles—, utensilios de cocina, juguetes, joyería, ropa, aseo personal y algunas cosas más, hasta que llegaron a… la sección de papelería.

A Marinette se le hicieron los ojos chirivías y tuvo que contenerse muchísimo. Adrien vio la emoción que desprendía su amiga, así que llevaba una cesta de la tienda con él para que pudiera meter todo lo que quisiese.

— Ah, mira qué bonito… —dijo Marinette con un tono de voz suave, como si hubiese visto a un cachorrito.

Había cuadernos a dos y a tres dólares. Siempre eran números redondos, nunca centavos. El número de páginas entre ellos variaba, así como los diseños y, obviamente, el precio. Pero Marinette estaba fascinada y, sin pensarlo, había cogido varios: dos grandes de tonos lisos, de color negro y rosa oscuro; otro era brillante y en relieve, simulando las escamas de una sirena, pero era de menor tamaño; y unos tres que tenían anillas, eran ideales para meterlos en un bolso y venían en un pack.

También puso en la cesta algunos rotuladores y bolígrafos que vio convenientes, notas adhesivas con la forma de la típica hoja de otoño, marcadores fluorescentes diseñadas como si fuesen jeringas, unas chinchetas de estrellas de colores…

Se volvía loca con los precios y con los objetos que iba viendo. No hacía falta decir que la cesta se iba llenando más y más, Adrien notaba el peso de estos artículos en su brazo. Pero veía a Marinette tan ilusionada que no se le pasó por la cabeza pararla.

De ahí pasaron a la sección de electrónica —cogió un soporte para el móvil y unos auriculares—, a la de manualidades —cayeron en la cesta unas cuantas cintas de colores, cuentas, perlas y cintas adhesivas—, a la de higiene y cosmética —el peso de la cesta se notó aún más con la esponja de maquillaje, tiras de puntos negros, capuchón para el cepillo de dientes, higienizador de manos, pañuelos desechables y toallitas refrescantes— y, por último, a la sección de cocina y hogar —cuatro botes de té de diversos aromas, un paquete de curry, un pelador de patatas y una cesta plegable para la ropa sucia.

— Son cuarenta y siete dólares, por favor —dijo la dependienta cuando pasó todos los artículos por caja.

Marinette se arrepintió de haber cogido todo aquello y ponerlo en la cesta por ese estúpido impulso consumista que le dio de no se sabe dónde. ¡Si sólo iba a por un maldito cuaderno para sus bocetos! ¡Se había vuelto loca! ¡Ni siquiera reparó en si Adrien deseaba algo! ¿Qué diantres le había pasado?

La dependienta estaba esperando, mientras tenía una cola detrás de ellos esperando también. Dios, cómo le iba a doler apoquinar esos 47$ que los podría usar en cosas más útiles y no en caprichos.

Abrió el bolso y se encontró a Tikki en el fondo de éste con cara de circunstancias, juzgándola con la mirada y haciéndola sentir más culpable de lo que ya estaba. Marinette rodó los ojos y suspiró mientras sacaba el monedero con lentitud.

— ¡QUIETO TODO EL MUNDO!

Se escucharon disparos al aire, se rompieron cristales a su alrededor y cayeron algunos objetos cercanos a ella. La gente chillaba aterrada intentando esconderse en cualquier rincón de la tienda. Un delincuente había aparecido con un pasamontañas que le tapaba el rostro y un par de pistolas en las manos. Otro compañero estaba en un coche caro, que probablemente fuese robado.

No esperó a que Adrien intentase protegerla, no iba a ocurrir lo mismo que hacía unas semanas, ni hablar. Aunque agradeció que Chat Noir la salvara en aquella ocasión, para ella fue humillante que esos tres tipos decidieran hacerle esas barbaridades y que no pudiera defenderse debido al shock de la situación.

Pero, esta vez, no iba a ser así. Reaccionó a tiempo y se enfrentó al ladrón que tenía delante con una expresión de determinación en el rostro. Únicamente usó sus puños desnudos y unas pocas patadas, así como un rodillazo en la entrepierna de él. No había tomado clases de defensa personal, pero alguna que otra técnica se la había enseñado el maestro Fu en las quedadas de formación sobre los miraculous y en los entrenamientos que tuvieron.

A su vez, Adrien tomó una barra rígida cuyo extremo tenía la cabeza de un caballo de peluche —era un juguete para niños, típico para jugar a "Indios y vaqueros" o similar— y la utilizó a modo de sable de esgrima, bloqueando y golpeando al otro atracador que fue a ayudar a su compañero mientras disparaba al aire como un loco.

La vista de Adrien era aguda y calculadora, por lo que pudo darles a ambos en las partes más débiles con la barra y esquivar con rapidez las balas que iban dirigidas a él. Marinette quedó prendada por la valentía que mostraba Adrien y cómo arriesgaba su vida a riesgo de ser disparado. Sin embargo, tenían que asegurarse de la integridad de todos los que estaban en el local, así que se acercó cautelosamente a la dependienta y le dijo que llamase a la policía, pero que mientras siguiese resguardada.

Le susurró a Tikki que saliera del bolso, ya que lo iba a utilizar, y cogió dos cuerdas que encontró debajo del mostrador. La kwami salió de éste y se escondió en un pilar rápidamente. Entonces, con toda la fuerza que tenía, Marinette giró el bolso con la correa varias veces y golpeó las cabezas de los ladrones con él, quedando así algo conmocionados y sin capacidad de reacción. Le pasó a Adrien una cuerda como si fuese un balón de baloncesto y se dispusieron a atarlos fuertemente para que no escapasen.

Estampándolos contra el suelo y bocabajo, Marinette y Adrien, como si tuviesen una especie de conexión más cercana de la habitual, colocaron sus pies encima de las espaldas de los atracadores y… chocaron los puños, sin pensar, mientras decían "¡Bien hecho!".

Al escucharse se sobresaltaron y retiraron los puños de inmediato, mientras el público allí presente les aplaudía y vitoreaba por la hazaña que habían hecho, incluso algunos grababan y echaban fotos. Marinette se sorprendió al comprobar que no necesitó transformarse en Ladybug para parar un robo, pero sí es cierto que no estuvo sola ya que Adrien estaba al lado.

No obstante, aquella reacción, ese chocar de puños… era tan familiar, era una sensación tan conocida... Bien es cierto que, en esa ocasión y sin su traje, se había comportado como Ladybug. Bueno, a fin de cuentas, ¡ella era Ladybug, con o sin la máscara! ¿Verdad? No era el momento para cuestionarse o tener una estúpida crisis de identidad. Ladybug y Marinette eran la misma persona, punto, sólo que las circunstancias le obligan a comportarse de una manera u otra.

Pero Adrien… ¿Por qué tenía ese gusanillo tan raro, como si tuviese una corazonada? ¿Por qué pensó que —aunque sería una locura— a quien le chocaba el puño era a Chat Noir? ¡Si Adrien y él eran como la noche y el día! En fin, mejor no darle vueltas a la cabeza, bastante tenía con sufrir los elogios de la gente que se acercaba a ella.

Todos recuperaron la compostura y poco tiempo después vino un dúo de policías y arrestaron a aquellos individuos y, una vez dispuestos en el coche, quisieron que tanto ella como Adrien testificaran, así como algunos usuarios que presenciaron el robo para tener diferentes declaraciones. Así la tienda tendría una indemnización por las roturas ocasionadas y los deterioros.

Como colofón final y como agradecimiento, Marinette obtuvo una compensación: todos los artículos que iba a comprar le salieron gratis. Se sintió bastante apurada, pero todas las cajeras y hasta la jefa de la tienda vieron bien que se llevase todo lo que quería sin costo alguno.

Así pues, vemos a Marinette y Adrien caminando cerca de un parque cargando con los artículos adquiridos. Parecía que no tenían prisa y se dedicaban a hablar de su reciente peripecia.

— Venga, Marinette, confiesa… ¿tú has estado en clases de defensa personal? —preguntó el rubio.

— Qué va, para nada —respondió ella—. Sólo hice lo que… ¿me pedía el cuerpo? ¿O me habré acordado de algún vídeo o película donde hiciesen algo parecido para noquear a algún delincuente? ¿No sé?

— Ya veo, ya veo… En breve te veo quitándole el puesto a Ladybug como sigas así… —bromeó Adrien y ella dio un respingo.

— ¿Yo, a Ladybug? Jajajajajajaja —reía de forma exagerada, bastante nerviosa—. ¡Si yo no tengo poderes! ¡Si yo no hago acrobacias como lo hace ella, y es más fuerte y más lista que yo! ¡Jajajajaja!

— Lo decía en broma, mujer —él frunció el ceño—. Aunque en alguna ocasión te dije que eras como nuestra Ladybug diaria, ¿te acuerdas?

— ¡Síííí, jajajajaja! —el nerviosismo de la chica aumentaba, las asas de la bolsa se retorcían en su mano, dejándola roja.

— ¡Súper Marinette, sí! —se acordaba el muchacho, recordando aquello cuando eran más jóvenes que ahora.

Los pasos de Marinette empezaban a ser más torpes a causa de los nervios.

— No soy tan genial… —dijo ella en voz baja, pero Adrien la escuchó perfectamente.

— ¿Que no? A ver si voy a tener que regañarte por tener ese pensamiento… ¡De verdad que eres genial! Siempre te preocupas por los demás, ayudas a todos, eres desinteresada, tienes mucho talento, eres bastante lista, si ves que hay algo injusto ahí estás para enfrentarte a ello, defiendes lo que es lo correcto a capa y espada… —enumeraba el chico, evidenciando las buenas cualidades de su amiga con total sinceridad.

— Ay, Adrien, para… —Marinette paró en seco y se tapó la cara con las manos, a pesar de que la bolsa pesaba—. ¡Me estás haciendo sacar los colores!

— De verdad, créetelo —también él paró de andar e intentaba retirarle las manos del rostro para que dejara de ocultarse—. Eres increíble. Y mucha gente seguro que estará de acuerdo conmigo.

No podía creerse que Adrien le estuviera diciendo todo aquello. La vergüenza se le arremolinaba en la cara con millones de colores y tenía un nudo en el estómago a causa de ello. Sin embargo, era feliz, le hacía feliz que él pensase así de ella.

Sus manos volvieron a su posición normal y únicamente sonrió con timidez, para Adrien eso fue suficiente y regresaron a continuar aquella caminata por el parque. El cielo se iba oscureciendo más y más y el Sol, ocultándose, hacía que el horizonte se tiñera de rojo. Ya se podían divisar las primeras estrellas por encima de sus cabezas. Siendo las siete de la tarde, era prácticamente normal que la gente empezase a ultimar sus compras.

— Gracias por estar ahí y ayudarme —confesó Marinette.

— Era lo menos que podía hacer —Adrien se encogió de hombros con una sonrisa—. Me instruí en kárate y esgrima, para una situación de peligro real creo que es lo idóneo… ¡aplicar lo aprendido!

— Bueno, esa barra con el caballito le daba un aire divertido, no te lo voy a negar —ella aguantó la risa haciendo un ruidito.

— Sí, eso no era ni una espada, ni un sable y tampoco un florete… pero menos da una piedra, ¿no? —el muchacho volvió a encogerse y meneó la cabeza.

— Si alguien conocido te viera con eso… —Marinette se aguantó la risa con el dorso de la mano.

— Kagami sería la primera en reírse de mí, eso está claro —aventuró a decir él.

— ¿Lo dices porque ella es muy estricta? —preguntó, encogiendo ligeramente los ojos mientras observaba a Adrien.

— A veces incluso más que mi padre, y eso es mucho decir… —Adrien puso los ojos en blanco.

— Vaya… —silbó ella y soltó una leve carcajada.

Adrien tropezó levemente con una baldosa y maldijo por lo bajo. Advirtió a Marinette diciéndole que tuviera cuidado con las baldosas del parque porque algunas sobresalían del suelo. La muchacha tenía unas botas con un mínimo de tacón, pero tuvo en cuenta el comentario de Adrien.

En ese momento, la discusión que tuvo con Chat Noir se le vino a la cabeza por arte de magia. Negaba con la cabeza fuertemente, queriendo eliminar esos momentos de un plumazo, pero su cabeza le estaba jugando una mala pasada.

— ¿Te ocurre algo? —preguntó él, observándola de reojo para no incomodarla del todo.

Marinette se estaba debatiendo internamente, no sabía si decírselo o no. Bueno, si ya se lo había dicho a sus compañeras de la academia…, ¿por qué no a Adrien, que encima es la persona más cercana a ella? Igual podría darle un punto de vista diferente…

— No quería inmiscuirte en esto, pero… Ah… Me gustaría preguntarte una cosa —empezó a decir Marinette mientras juntaba los dedos con timidez—. Em… esto… hace pocos días discutí con una persona conocida… de hace mucho tiempo, ¿sabes? De antes de venirme aquí… Somos amigos y… y… b-bueno… Esa persona me estuvo echando muchas cosas en cara que ocurrieron en el pasado…

— Oh, vaya… No sé qué decir… —Adrien arqueó las cejas, sorprendido.

— Intenté disculparme de mil maneras, aunque admito que no encontraba las palabras adecuadas para que supiera que estaba realmente arrepentida o decirle frases de aliento para poder animarla —mientras contaba esto, Marinette tenía la cabeza gacha y la mirada perdida.

— ¿Tan mal se encontraba?

— Sí, incluso lloró… Me sentí muy culpable por todo aquello —ella abrazó sus propios brazos, a pesar de que portaba la bolsa—. Juzgué mal a esa persona y no le di el espacio que ella quería, que ella necesitaba en… nuestra relación, digámoslo así. Es complicado, Adrien. Y no te lo comento todo porque… bueno… hay cosas que son más… delicadas.

Adrien se rascó la nuca, intentando pensar qué decirle a su amiga. Se veía afectada con ese asunto y quería ayudarla de alguna manera, aunque no sabía cómo. Al menos, Marinette había llegado a tener confianza con él para contarle aquello, cosa que agradecía mucho.

— ¿Alguien más lo sabe? —se interesó el rubio.

— Pedí opinión a mis compañeras de clase de la academia, y cada una me dijo una cosa diferente —ella se encogió de hombros, suspirando—. Les he dicho más o menos lo mismo que a ti.

— Me sorprende que me pidas consejo, sabiendo que con las relaciones sociales no soy muy allá. Quiero decir, el único contacto verdadero que he tenido con personas ha sido en el instituto, pero nada más. He vivido aislado durante mucho tiempo, dentro de mi casa.

— No digas eso, Adrien.

— Tengo muchas carencias, Marinette, aunque no te lo creas… —su voz bajó un tono y tampoco iba a contarle todas esas carencias afectivas y familiares que tuvo a lo largo de los años, o la situación que tuvo en su casa y cómo lo vivía con profundidad.

— Pero tienes cosas buenas, de verdad —insistió Marinette—. Y perdona que te diga, pero quizás, gracias a ese "aislamiento" como tú dices… Eh… Pues… Creo que no juzgas a la gente tan a la ligera, no tienes prejuicios, se nota que quieres causar una buena impresión para llevarte bien con todo el mundo, te ofreces a ayudar de buena gana a quien sea…

— Marinette… —sentía su pecho reconfortado al escuchar esas palabras.

— Pero si hace nada me decías que querías regalarme un día de spa y un masaje porque me veías mal… ¿te das cuenta? Eso es muy noble por tu parte.

— …

— Eres rico y, a pesar de ello, eres un chico humilde que no se pavonea con lo que tiene.

A Marinette se le encendían las mejillas al decir todo lo bueno que Adrien tenía. O al menos, lo que ella consideraba que él tenía. Que fuera verdad o no ya no lo sabía. Quizás a él lo tenía en un pedestal y el amor podría cegarla, a saber. Pensándolo mejor, descubrió que ese mismo comportamiento —de tener en un pedestal a la persona amada— lo adquiría Chat Noir cuando ella era Ladybug.

Al final él y ella no eran tan diferentes. Sin embargo, ella no podía corresponderle, su corazón pertenecía a Adrien… aunque él no lo supiese.

— Soy afortunada de… tenerte. Me alegra que seamos… amigos —confesó ella con la cara colorada.

— Yo también pienso lo mismo —soltó Adrien, sorprendiendo a Marinette al escuchar esa frase. Él únicamente miraba al frente, con la mirada relajada y sonrisa afable—. Eres una amiga muy valiosa para mí. Por eso me gusta quedar contigo.

— A-Adrien…

— Así que… ni se te ocurra decirme más que me molestas. Siempre es un placer disfrutar de tu compañía y me alegras el día cada vez que hablo y quedo contigo.

A la muchacha casi le daba un vuelco el corazón. ¿De verdad se sentía a gusto con ella? ¿Ella le alegraba aquellas tardes y noches, en las que merendaban, iban de tiendas, bailaban, cenaban, iban al cine o simplemente charlaban? ¿En serio no le molestaba en absoluto?

Sentía su cara arder con fiereza, sus ojos brillaban de emoción. No sabía qué decir, estaba muda, aunque una pequeña versión de sí misma que se encontraba en su interior daba saltitos de alegría y chillaba como loca.

Su cabeza daba miles de vueltas y, debido a la emoción, tuvo un ligero mareo que intentó evadir a toda costa. Adrien seguía a su lado, rozando ligeramente su brazo con el de ella, a pesar de que ambos cargaban con las bolsas de la tienda. Estaba a gusto, estaba feliz. Y este momentito lo iba a atesorar en su corazón, recordando esas bellas palabras dichas por el chico que tanto amaba.

Ese ambiente que se creó se enrareció cuando Marinette se distrajo y tropezó con una de las varias baldosas del parque que sobresalían ligeramente del suelo. Se regañó internamente por no tener más cuidado. La actuación de Adrien fue rápida y sus reflejos le ayudaron a salvar a Marinette de la caída.

Los objetos de las bolsas volaron en todas direcciones. Las bolsas dejaron de estar agarradas a las manos de Adrien y Marinette y cayeron al suelo. Adrien protegió a Marinette, maniobrando de tal manera que él quedó bocarriba y ella quedando encima de él, bocabajo.

Se había manchado el caro abrigo de su padre, pero poco le importaba. Le daba igual que pudiera tener una contusión o un hematoma, eso se podría arreglar con maquillaje y medicamentos. Simplemente le había salido el instinto protector, nació de él y necesitaba amortiguar la caída de Marinette.

La agarró, la abrazó con fuerza. No quería que se lastimara y que sufriera algún daño. Ya le había dicho hacía unas horas que se sentía cansada, que estaba agobiada y miles de cosas más, además de la preocupación que tenía por la pelea que había tenido con esa persona que le había comentado. Lo que menos deseaba es que el día terminase con ella herida por una maldita caída.

Aunque la pose en la que estaban era algo vergonzosa… era también agradable. Sentir el cuerpo de Marinette encima del suyo le daba cierta sensación de tranquilidad y algo de calor. Afortunadamente no pesaba mucho, así que no le molestaba demasiado. Notó que ella temblaba y se movía un poquito.

Otra vez su instinto volvió a emerger y una mano decidió acariciarle la espalda, como si aquello pudiera tranquilizar dicho temblor. Pronto el estremecimiento de Marinette cesó. Dejó un tiempo prudencial y le preguntó si estaba bien.

No percibió gesto alguno, seguía quieta, sin emitir siquiera un sonido. Estaba inquieto, desconocía si era adecuado incorporarse un poco por si podría llegar a molestarla. Aun así lo hizo, pero unas manos se aferraron a él. Parecía que no quería soltarle. ¿Por qué? ¿Qué le ocurría?

Los viandantes se les quedaban mirando, pero poco le importaba, sólo quería saber si Marinette se encontraba bien. Pero… todo era muy confuso, y no sabía qué hacer o cómo reaccionar adecuadamente.

De forma inesperada, Marinette alzó la cabeza lánguidamente, sin dejar de aferrarse a él.

Y Adrien…

A Adrien se le había caído la mágica venda de los ojos. La venda roja con puntos negros de Ladybug. Esa tela —en realidad invisible— que no le hacía ver su entorno con claridad. Ya su mundo no giraba en torno a Ladybug. Porque Marinette había entrado en él, colocando ese mundo patas arriba. Marinette había entrado por la puerta y Ladybug había salido por la ventana.

Sus rostros estaban demasiado cerca, sus narices casi se tocaban. Podía sentir el suave aliento de ella en su cara, que olía al batido de frutos del bosque que consumió. Fácilmente lograba contar las pecas exactas que se esparcían finamente por su nariz y en la zona inferior de los ojos, no se notaban a simple vista, pero a esa distancia…

Sus ojos… eran tan profundos como el cielo, como el océano, como el zafiro. Brillantes, grandes, redondos, pero ligeramente almendrados dada su ascendencia asiática. Aquella nariz sutilmente moteada era redondita, pequeña, adorable, respingona.

El cabello de Marinette caía como cascadas a ambos lados de la cara. De un intenso color negro que, con los últimos rayos del Sol, tenía algunas tonalidades anaranjadas y cerúleas. Últimamente la veía con el cabello suelto más a menudo. Le sentaba de maravilla y cada vez lo tenía más largo. La primera vez que la vio con el pelo suelto le impresionó, ya que siempre lo tenía recogido con dos coletas.

Nunca se lo había tocado. Parecía suave y sedoso, además de brillante. Pero, ¿sería una falta de respeto querer tocarlo?

Marinette emitió un quejido suplicante, parecido a un suspiro mezclado con un gemido. Era un sonido extraño que nunca había escuchado antes. Quizás sí se había hecho daño, pensó su conciencia.

Otra vez aquella necesidad imperiosa había aparecido y su mano, automáticamente, acarició la cabeza de Marinette, cerca de la mejilla de ésta. Ella no se movió, sólo miraba sus ojos y nada más. Efectivamente, era suave como la seda, brillante como el satén; era muy agradable tomar entre sus dedos los finos, largos y oscuros mechones de pelo.

Le costaba respirar o pensar con claridad. No había reparado en lo preciosa que era su… ¿amiga? De verdad… ¿qué diantres estaba pasando? O más bien, ¿qué le estaba pasando a él?

De forma inconsciente cupo la palma de la mano en su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel. Pasó el dedo pulgar por el moflete, que era blandito. De un rápido vistazo observó sus labios, coloreados de un tenue rosa claro debido al labial. Parecían tan… apetecibles.

Adrien tragó saliva sonoramente.

— ¿E-E… Estás bi-bien? —tartamudeó, volviendo a tragar saliva.

Sentía cómo se le secaba la garganta a la velocidad de la luz y cómo su nuez pesaba más de la cuenta. Su cerebro no hacía las conexiones necesarias o es que sus neuronas estaban muriendo. Todavía tenía la mano en su mejilla, notando su calor y suavidad. Ella cerró los ojos y abrió un poco la boca, mostrando sutilmente sus dientes.

Volvió a abrir los ojos, que estaban más brillantes que nunca. Otra vez Marinette suspiró de esa forma tan extraña e indescriptible. A Adrien le pitaban los oídos, nunca se había sentido así, ni estando cerca de Ladybug. ¿Por qué? ¿Por qué esto?

Una gota llegó a tocarle en la punta de la nariz y por fin el muchacho reaccionó ante aquella chispa de agua venida del cielo. Adrien se incorporó en el suelo, retirando la mano del rostro de Marinette, pero extrañando al milisegundo ese contacto con aquella delicada piel. Ella se alejó de él al ver que se movía, poniéndose de rodillas y posándose en los talones.

— Lo siento… Yo… No quería… —empezaba a decir el rubio, excusándose.

— No, soy yo la que no te hice caso y no puse atención —dijo ella, disculpándose y bajando la cabeza—. Por eso me tropecé.

— No pasa nada. Estaba oscureciendo y es normal no fijarse demasiado en el suelo —parecía que Adrien había recuperado el tono de su voz y la compostura, e intentaba actuar con naturalidad—. Además, había unas cuantas baldosas así de mal.

— Va-Vale… —asintió ella.

— Pero… estás bien, ¿verdad? —preguntó él.

— Sí, sí, no te preocupes… —respondió Marinette, sonriéndole con muchísima timidez. Pero cayó en la cuenta de algo y se llevó las manos a la cabeza con expresión de horror—. ¡OH, NO, LAS COMPRAS!

Sí, todos los objetos que compró —bueno, en realidad le salieron gratis— estaban desparramados por el suelo enlosado. Marinette se arrastraba por el suelo a recoger todos los objetos que podía y observarlos al milímetro para ver si se habían roto o tenían algún que otro desperfecto.

Adrien la ayudó, recogiendo con las bolsas todo lo que se había caído. Por suerte nada estaba roto y Marinette respiró aliviada. Había algunas cosas manchadas, pero eso tenía remedio, lo importante era recuperarlo todo y que estuviera en buenas condiciones.

Coincidieron en querer guardar un artículo en las respectivas bolsas que tenían y sus manos chocaron. Su mano era algo más pequeña comparada con la de él. Efectivamente, la piel de su mano era suave igual que la de su rostro. Quería que el tiempo corriese más despacio para poder disfrutar de ello. La chica sintió una corriente eléctrica al ver cómo casi se posaba la mano del chico que le gustaba en la suya.

Ambos rieron nerviosamente y Adrien accedió a que Marinette cogiera el objeto para guardarlo en la bolsa. Después de eso, se levantaron del suelo y se palmearon algunas zonas para quitarse el polvo y suciedad de la ropa.

Las medias de la chica se habían ensuciado y tenían una ligera carrera en un lado y un agujero en el otro, pero ninguna herida. Los bajos de la falda se habían manchado un poco, pero sus botas tenían algunas salpicaduras oscuras. Naturalmente el abrigo de Adrien había sufrido manchas, así como el calzado… y hasta su pelo rubio había sido afectado por la suciedad, desde las puntas hasta la zona de la nuca.

No se habían dado cuenta de que el cielo se oscureció y no se debía a que anochecía, sino que empezaba a llover y los nubarrones se habían asentado en Nueva York para quedarse esa noche.

— Oh… —la voz de Marinette era un murmullo, fijándose en las gotas que caían del cielo.

— Está chispeando… ¡y no llevo paraguas, mecachis! —se quejó él, todavía asimilando lo que había pasado hacía unos escasos segundos.

La lluvia… qué recuerdos le traía. La primera vez que Adrien le confesó que no sabía hacer amigos, que todo era nuevo para él… y le ofreció aquel paraguas negro…

— Tendremos que refugiarnos o nos caerá una tromba de agua si seguimos aquí —dijo Adrien, lamentándose—. Siento no tener un paraguas, Marinette.

— Da igual… Además, creo que… será mejor que me vaya a casa… —contó con voz afligida, agarrando la bolsa fuertemente.

— ¿Eh? —Adrien no comprendía muy bien por qué iba a irse.

— Es tarde… —explicó ella, sonriéndole con melancolía—. Tengo que coger el autobús, dejar las cosas en casa y organizarlas y ponerme a hacer la cena.

No quería que se fuera, no quería. ¿Y no podrían irse a cenar juntos, dentro de un restaurante y así se refugiarían de la lluvia? Así podrían pasar más rato, disfrutando de su compañía. Pero… sabía que no podría ser, y no iban a llevar todo el rato las bolsas de aquí para allá, ya que ambas tenían bastante peso.

— Entiendo… —la voz del chico bajó una octava—. ¿Quieres que llame a un taxi, te lo pago y así llegas antes a casa?

— No es necesario —negó con la cabeza—. Prefiero coger el transporte público, pero te lo agradezco de todos modos.

— Al menos déjame que te acompañe a la parada, Marinette.

— Está bien…

Sólo deseaba estar unos minutitos más con ella. Sólo eso, nada más. Caminando a paso acelerado y con cuidado para no resbalarse con las aceras mojadas, llegaron a una parada cercana. Con mucha suerte, dos líneas que pasaban por el barrio de Marinette se encontraban en el trayecto, así que no necesitaban moverse de allí.

Cortésmente se ofreció a llevar las dos pesadas bolsas hasta que Marinette se subiera al autobús. Transcurrieron tres cuartos de hora, éste había llegado y su amiga se montó en él, alejándose de Adrien para que la llevase a casa.

Sintió un vacío difícil de explicar. No encontraba el motivo de por qué se sentía así. Era una sensación desagradable, como si un agujero negro se hubiese instalado en su estómago y le estuviese apretando en lo más hondo. Buscar las palabras adecuadas para nombrar aquel sentimiento era extraño. Y agobiante.

Disponía de tiempo —en realidad, todo el tiempo del mundo ya que había terminado con sus tareas de la universidad y de coreano—, por lo que se fue a una tienda cercana a comprarse un paraguas, daba igual el costo. Cogió uno de color naranja, el primero que vio y pilló. Lo bueno es que no hacía viento, así que no se tendría que preocupar por si se rompía el paraguas en el camino.

Quiso andar mientras escuchaba música. Melodías que podrían relajarle. Cantos armoniosos como nanas para arrullarle. Disfrutar de la música a la vez que observaba el cielo llorar sobre su cabeza, cobijado bajo una cúpula naranja de tela impermeable.

Aferró el mango del paraguas fuertemente mientras escuchaba una canción de amor. Inmediatamente pensó en Marinette. Su corazón palpitaba de nuevo al imaginarse con ella, soñando con su voz y su sonrisa.

Sin embargo, suspiró pensando en Ladybug. Pero no era un suspiro cualquiera, sino uno de decepción. Con todo lo que había pasado esos días con ella, nada iba a ser igual. Ahora, con lo que había vivido hacía unos minutos con Marinette, supo que… su enamoramiento se había esfumado por completo.

Ya no quería a Ladybug. Al contrario que Marinette que, poco a poco, iba haciéndose un hueco mayor con el paso del tiempo dentro de su corazón, pero…

¿Realmente se sentía atraído por ella? ¿Quizás estaba confundiendo sus sentimientos? ¿Estaba sintiendo esto por simple despecho? ¿Se estaría enamorando de Marinette? ¿O sólo es… una buena amiga, la cual apreciaba muchísimo?

Sólo Adrien lo iba a saber con el paso del tiempo.


Nota de autora:

Ey, ¿cómo estáis? ¡Espero que bien! Ojalá no sintáis que he tardado mucho en actualizar.

No sé qué poner aquí, más allá de que las cosillas en italiano son frases traducidas del Google Translate Prácticamente es "Caterina, deja de ser una pervertida y compórtate, ¿vale?", algo así, más o menos.

Este es el capítulo en el que se pone fin al LadyNoir, si es que creéis que había algo. Adrien/Chat ha dicho "BYE BYE" a Ladybug. Oh, pero en su puesto está... ¿Marinette? ¡PERO SI SÓLO ES UNA AMIGA, WTF! [vale, dejo la broma, pero es que es mítica, no me lo negaréis].

He querido poner un poco más de interacción entre los compañeros de Marinette, para que se vea cómo es el ambiente allí. Creo que este capítulo es un tanto extraño, no lo sé, a la hora de escribirlo, plantear los temas a tratar aquí, los diálogos. ¡VOSOTROS DIRÉIS!

El próximo capítulo promete ser una montaña rusa de emociones. Habrá un poco de lemon (¿epa? ¿qué, cómo, quién?) y... ¿una posible muerte? No voy a decir más.

En fin, espero que os haya gustado el capítulo. ¡Consta de 31 páginas en Word!

No os olvidéis comentar, guardar la historia en vuestras listas de lectura y votar en el cap. ¡Y compartir el fic con otras personas, igual les gusta! :3

¡Nos vemos próximamente!