Capítulo 8: Me gusta alguien
Cada día iba descubriendo algo nuevo de ella.
El tono de su voz era inocente, puro, a veces infantil, pero muy vivaracho y colorido, como los intensos tonos de un colibrí. Sus pasos y acciones eran torpes en ocasiones, pero en otras eran elegantes y alegres, denotando energía interior y optimismo.
Su sentido del bien y del mal eran claros. Ella sabía qué era incorrecto y qué cosas eran correctas para hacer o decir, ya sea en ese momento o a futuro. Cuando se equivocaba inmediatamente se disculpaba, o evitaba mirar a los ojos con la cabeza gacha, claro gesto de que sabía que había cometido un error.
Era lista, divertida, creativa. Cada vez que comentaba una anécdota, una ocurrencia o similar, a él se le contagiaban las mismas ganas que ella, su mismo estado de humor. Es como si ella absorbiera todo lo negativo, lo oscuro, y lo transformara en sentimientos totalmente opuestos. Su vida cotidiana, cada día, era una aventura, ningún dato le parecía superfluo aunque a ella sí le pareciera así, no quería aburrirle con sus "tonterías".
Había que admitir que era realmente guapísima. Ojos profundos como el océano pero azules como el cielo. Pelo largo, brillante y sedoso, negro como el tizón. Tenía unas pecas en la nariz y en las mejillas que apenas se notaban porque estaban muy difuminadas, pero si te acercabas demasiado podías apreciarlas. No tenía por costumbre maquillarse pero cuando lo hacía su belleza se incrementaba aún más.
Su sonrisa era siempre sincera y mostraba su estado de ánimo como si fuese un libro abierto, pudiendo saber qué le ocurría en cada instante. Adoraba verla nerviosa y tímida, apreciar cómo su cara se coloreaba de un tono carmesí cuando sentía vergüenza por algo. Le gustaba verla bailar, cómo movía sus caderas, sus brazos, su cabeza, todo su cuerpo cuando se dejaba guiar por la música en la pista de baile.
Y así podría seguir y seguir… No sabía cuántas veces había contado las cualidades positivas que tenía, más destacables que las negativas.
Cada vez que llegaba de regreso a casa después de haber quedado con ella, una sonrisa se apreciaba en su rostro y se acostaba tranquilo en la cama. Sus días con ella eran más ligeros, más amenos, más alegres y felices. Se sentía afortunado de tenerla a su lado.
Si bien a Ladybug ya no la seguía amando como antes, Marinette iba ganando terreno en su corazón. Se iba fijando más y más en ella, y cuando quedaba con la muchacha las horas se pasaban volando, síntoma de que se lo había pasado muy bien en su compañía.
Recordaba que Plagg le había dicho en millones de ocasiones que se olvidase de Ladybug definitivamente, que su objetivo amoroso fuese otro para no seguir sufriendo a lo tonto. A Marinette sólo la veía como una amiga, ¿verdad? ¿VERDAD? ¿O… ya se estaba dando cuenta de que estaba queriéndola y su corazón le estaba avisando?
Pero lo que no quería pensar es que Marinette podría ser el segundo plato o la sustitución de Ladybug, no sería demasiado justo para ella. Sería bastante rastrero irse con Marinette si quería olvidar a Ladybug.
Si en algún momento decidía dar el paso, si quería salir con Marinette pero en calidad de pareja, tendría que ser porque realmente la amaba y apreciaba, no como un método para olvidarse de la superheroína. Ambas tenían cosas en común, pero cosas que las separaban también. No sería justo compararlas, cada una tenía sus pros y contras, como cualquier persona.
Quizás sería el momento de decidirse: si seguir enamorado de Ladybug —aunque quedaba poco para que ese sentimiento se esfumase, debido a la discusión que tuvieron semanas atrás—, o dar el paso e interesarse más por Marinette. Intentar poner tierra de por medio con Ladybug, no teniendo esos sentimientos amorosos por ella. Tendría que pensar seriamente si Marinette, para él, podría ser algo más que una simple amistad. Ahora Marinette era su mejor amiga, incluso más que Nino o cualquiera de sus compañeros con los que compartió vivencias en París. Nueva York les había acercado mucho, más de lo que él podría imaginar.
Curiosamente, a pesar de haber sido amigos y compañeros en la adolescencia, no la conocía lo suficiente. Ella siempre estaba rodeada y acompañada, ya sea con su mejor amiga Alya o algunos compañeros y amistades. Pero apenas había diálogos a solas, conversaciones profundas, sólo temas superfluos carentes de importancia. Todo lo de alrededor les entretenía, en pocas ocasiones se podría descubrir cosas interesantes sobre ella que nadie supiera.
Pero Nueva York le brindó la oportunidad de conocerla más a fondo gracias a las quedadas que él proponía para no sentirse solo. En ambientes cotidianos como en una cafetería, comer o cenar en un restaurante, bailar en una discoteca o beber algo en un pub, ir al cine a ver una película, sentarse tranquilamente en un parque, comprar en tiendas o centros comerciales, o simplemente pasear… en todos esos ámbitos sabía más y más de Marinette. La forma en la que hablaba, cómo se expresaba, conocer sus intereses, sus miedos, cómo le iba en la carrera, sus arranques de inspiración, sus anécdotas, su forma de actuar con él o con los demás…
Ahora entendía por qué, en aquél lejano entonces, Nino, Nathaniel o Luka se habían fijado en ella. Marinette era realmente extraordinaria en todos los sentidos. Lo extraño era que, ¿por qué no se había fijado en ella antes? Ah, sí, volvemos al punto de partida de nuevo: Ladybug. La superheroína lo dejaba totalmente ciego, y él mismo se imponía el no rehacer su vida amorosa por tener la minúscula esperanza de estar con ella.
Ladybug… Ladybug… Qué decepción había tenido con ella. Era lamentable la situación a la que habían llegado ellos dos. Él indignado de la rabia y ella admitiendo que se había equivocado en muchos aspectos. Aunque ella le hubiese dado ese abrazo y se hubiese disculpado muchísimas veces y de diferentes maneras… no se sentía totalmente reconfortado y cómodo. Ya no iba a ser igual que antes.
La heroína no era tan importante para él como lo fue antaño. No después de lo que pasó. Actualmente los patrullajes eran cordiales y se ponían de acuerdo para vigilar la ciudad por las noches. Se impusieron un horario para ello. Si por casualidad había algún percance, se avisaba. En tanto que los enfrentamientos contra los akumas o las intervenciones en hechos delictivos o catastróficos ambos actuaban de forma profesional.
Había dejado de llamarla "My Lady", como acostumbraba a hacer. Ya no se atrevía a coquetearla. En su mente se imponía que tenía que trabajar con Ladybug y ya, y llevarlo todo con la máxima profesionalidad, actuando de forma eficiente contra todo enemigo o inconveniente que ocurriese en la ciudad.
Esto la prensa y los medios lo notaron, así como los fans del dúo de héroes. Pero ellos no tienen ni voz ni voto en eso, porque no sabían nada. Los rumores y teorías se sucedían, pero poco le importaba. Él seguía comportándose divertido, con sus bromas y actitud tan típica de él cuando se enfundaba el traje y la máscara, pero con Ladybug el cambio fue radical. Le daba absolutamente igual.
A veces Adrien se preguntaba si hizo lo correcto en venir a Nueva York, porque él vino aquí por ella, por Ladybug. La salvó estando ella sola, aprisionada en barras de metal. Igual hubiera muerto si no llegase a intervenir. Pero, ¿y qué? Tenía que cambiar el chip, él había venido al principio por Ladybug, pero luego, pensándolo mejor, este traslado, este viaje a un nuevo lugar le había venido de perlas.
Está disfrutando de una libertad que antes no le había sido concedida. Conociendo a una chica que le estaba dándole vueltas a su corazón sin quererlo. Y también… estaba conociéndose a sí mismo. Estos años iban a ser sus años de independencia, de valerse por sí mismo, de ser, simplemente, él.
Las cosas tenían que cambiar. Esto no podía seguir así, tenía que tomar una decisión.
— Plagg… —murmuró Adrien, acostado en la cama.
Sólo recibió un gruñido como respuesta, estaba claro que el kwami sólo quería dormir. Adrien se giró, sumiéndose en sus pensamientos, intentando interpretar qué sentimientos tenía por Marinette. Y así siguió unos largos minutos, que para él parecían horas, hasta que el sueño lo venció.
—
— La macroeconomía y la microeconomía. ¿Qué entendemos por esto?
Estaba en la Universidad, atendiendo en clase. Si bien tenía la carrera de modelo y las academias de idiomas para aprender español y coreano, eso no le imposibilitaba ir a clase si los horarios le eran propicios.
No quería ser un alumno ausente la mayor parte del tiempo a pesar de sus responsabilidades. Menos mal que en todos los sitios a los que va el profesorado quedaba advertido, ya que si él no iba era por cuestiones de trabajo o causa de fuerza mayor.
Tomaba apuntes en su ordenador portátil mientras la profesora daba la lección. Observaba la pizarra interactiva e intentaba copiar todo lo posible. Para él no le parecía difícil todo lo que estaba dando, sentía cómo su cerebro absorbía como una esponja todos los conocimientos que le iban aportando.
De tanto estudiar y esforzarse a lo largo de los años, tenía la vista cansada al observar pantallas u objetos lejanos por mucho tiempo. Afortunadamente cuando era Chat Noir tenía una vista de lince, pero esto no se trasladaba a cuando era Adrien. Por lo que tuvo que ir a una revisión al oftalmólogo y, de ahora en adelante en ciertas circunstancias, tendrá que llevar gafas para su miopía o lentillas si tenía que hacer otras actividades.
Lógicamente su padre no le encontraba tanto drama a aquello, ya que lo único que le interesaba es que su hijo fuese estudioso, el número uno en todo. Si la miopía, en un futuro, iría a más pues siempre se podría operar. En todo caso, unas gafas o unas lentillas —al ser más estéticas— no iban a ser problema para los estudios de Adrien o la carrera como modelo.
— A la hora de hacer un estudio de mercado, es conveniente saber los diversos factores que nos ayudarán a…
El muchacho tenía la mente en otra parte. El otro día él y Marinette fueron a ver Venom. Al tener ambos la mayoría de edad, podían ver las películas adultas sin ningún tipo de problema. Era curioso, en Francia la mayoría de edad se conseguía a los dieciocho años, pero en algunas partes de Estados Unidos lo era a los veintiuno.
Después de estar en el cine, fueron a cenar. A decir verdad, compartir un bol de palomitas con Marinette era la ocasión perfecta para acariciarle "accidentalmente" la mano. Si ella metía la mano dentro del bol, él también quería, por lo que siempre había roces. Recordaba cómo se le enrojecía la cara a pesar de la oscuridad de la sala, o cómo tartamudeaba de vez en cuando.
Él lo dejaba pasar, como si fuese una casualidad más. Seguro que cuando Marinette iba con Alya al cine no le importaba que las manos se rozasen dentro del bol de palomitas. O quizás porque él era un chico y ella una chica… aunque no tenía mucho sentido.
Nunca descubrió la timidez de Marinette con él. O esa evitación tan característica que a veces le daba por tener. Con nadie le pasaba, ni siquiera con Luka. ¿Por qué con él era diferente? ¿Qué diantres pasaba ahí?
Adrien filosofaba en su pupitre, mirando la pantalla pero en ningún punto en particular, hasta que el profesor le llamó la atención porque notó que su alumno estaba en las nubes en vez de en la lección que estaba impartiendo.
— Señor Agreste, ¿podría decirme la diferencia entre la media, la mediana y la moda?
La expresión de Adrien cambió, pero no de forma radical sino mirando al frente y mostrando una sonrisa. Él ya se sabía la diferencia entre esos tres tipos de valores y los explicó con sencillez y sobriedad. El profesor se quedó conforme, aunque no esperaba que el muchacho le respondiera. Se giró y siguió explicando la lección, y Adrien volvió a sumergirse en sus pensamientos.
Antes de que finalizase la clase, recordó cómo la chica de oscuros cabellos comía con una cara de felicidad inmensa una patata frita con extra de queso cheddar y beicon. Y cómo ella, sin darse cuenta, se manchó la falda con el queso porque estaba demasiado fundido y no se percató del hilillo amarillo que colgaba de la delgada patata.
Y las risas que se echaron ambos por ello… con una tarde y una noche llena de anécdotas para volver a recordar una y otra vez…
—
— «¡Hola, Marinette! ¿Cómo te va? Recuerdo que me comentaste que hoy tuviste un examen tipo test y una presentación sobre un tema. ¿Te fue bien?».
Esperó a que ella contestara. Él ya había terminado de modelar para una revista y le habían hecho una entrevista exclusiva. Saldría en breves, probablemente. Su padre estaba presente en todo momento, cuidando la forma en la que Adrien se presentaba y se expresaba en aquella entrevista. Supervisaba las fotos y cómo posaba. E incluso proporcionaba datos extras o evidenciaba que ciertas cosas no eran necesarias recalcarlas o colocarlas.
No fue demasiado cómodo pero había que hacerlo. Todo por estar en el estrellato y ser un maniquí masculino de talla mundial.
Tenía hambre y apenas había comido, pero seguía en el edificio donde le habían echado las fotos y la entrevista. Llevaba una bata negra y el pelo recogido en un moñito, con algunos mechones sobresaliendo de éste. Estaba aburrido y algo cansado, y su vientre lo único que hacía era ruidos para que lo llenasen cuanto antes de comida.
Por eso le envió un mensaje a Marinette, y si ella conseguía contestar podría mantener una conversación más amena que la que había mantenido en ese frío rascacielos. Con ella podía ser más natural, más abierto, más él. Pero de cara a la galería… tenía unas normas de comportamiento más estrictas, porque si no lo hacía… ¿qué pensaría su padre? ¿Qué imagen podría dar?
Claro estaba que Marinette no sabía que él era Chat Noir. Eso cambiaría demasiado las cosas. Porque si ella llegase a descubrir y aceptar esa faceta de él… Adrien sí que podría ser completamente él mismo, sin barreras de ningún tipo, sin cortapisas. Pero él se contentaba con darle, poco a poco y de forma muy sutil, esos retazos que liberaba cuando estaba con ella.
Adrien podría reconocer que siendo civil y superhéroe cambiaba como de la noche al día. Pero él sabía perfectamente que era la misma persona, y que ninguna parte era más falsa o verdadera que la otra. Él era un ying-yang viviente, en constante movimiento, cambio y evolución. Quedarse con sólo una cosa de forma permanente era aburrida. Sólo él entendía por lo que pasaba y por qué actuaba de tal manera según la situación.
Alguna que otra vez había pensado en decirle que era Chat Noir. Marinette era una persona confiable, que siempre estaba dispuesta a escuchar y a comprender. Pero sabiendo esto, ¿igual podría unirles más? Incluso podría desahogarse con ella a la hora de explicar ciertos hechos con Ladybug.
No. No era conveniente. Aunque le gustaría, las identidades deberían permanecer secretas. Involucrar a Marinette en todo esto sería peligroso. Vaya, estaba pensando como Ladybug, cuando él abogaba justamente lo contrario.
«Me gustaría decirte la verdad…», pensó el joven mientras iba mirando la pantalla del móvil, esperando una respuesta.
La puerta del camerino se abrió y entró su padre en él. Adrien guardó su smartphone en el bolsillo de la bata a gran velocidad.
— ¿Has comido algo? —preguntó Gabriel, cerrando la puerta tras de sí.
— No, y la verdad es que tengo hambre —confesó el rubio mientras giraba el sillón reclinable para mirar a su padre y no darle la espalda.
— Deberías comer, tampoco vas a estar en los huesos.
— Con el ejercicio que hago, más que notarse los huesos lo que gano es músculo… aunque la dieta es algo que no me agrada demasiado.
— Si quieres ganar grasa, triglicéridos y demás, tú mismo…
Agradecía las salidas con Marinette porque podía comer toda la comida basura —y la que no— que quisiera. Luego lo compensaba en casa con una dieta más estricta y ejercicio, pero necesitaba disfrutar de esos placeres de la vida. Si no tuviera esos controles de peso, medidas y analíticas, desde luego que otro gallo cantaría. Pero no, tenía que ser el modelo perfecto y deseable que requería la profesión. Y por imposición, obviamente.
— Voy a traerte una barrita energética, una manzana, un plátano y un zumo de naranja. Estoy hablando con el director de la revista, revisando algunos puntos sobre tu entrevista y las fotografías que van a exponer en el artículo. No me agradan especialmente las fotos que te han hecho, pero… —puso los ojos en blanco— no había mucha elección.
— Lo sé —asintió Adrien, notó cómo su móvil vibraba—. ¿Puedes traerme eso, por favor? De verdad que me muero de hambre…
— Señor Agreste, le estamos esperando —dijo una chica de tez oscura, asomándose y portando una carpeta de documentos y una taza de café, cuyas gafas cuadradas estaban a punto de caérsele de la nariz.
— Enseguida voy —Gabriel se giró, pero antes de irse se dirigió a su hijo—. Le pediré a alguien que te traiga la comida.
La puerta se cerró detrás de su padre y Adrien sacó rápidamente el móvil, había recibido un mensaje de Marinette y suspiró con una sonrisa en los labios.
— «Hola, Adrien. Perdona por no haberte contestado antes, estaba saliendo de la academia y he acabado de llegar a casa. El examen no fue complicado y la exposición pues… me defendí como pude, tuve que hacer la presentación con tres creaciones que hice, así que vine cargadita…».
Sabía que Marinette era el tipo de persona que no escribía de forma tan formal, pero como él lo hacía —una costumbre que tenía y por los modales que había adquirido— quizás por eso su amiga tendía a imitarlo.
— «Me alegra saber que te ha ido bien».
Ella respondió con un emoticono, plasmando una mano con el pulgar hacia arriba.
— «Yo no he podido ir a la universidad, tenía entrevista y sesión de fotos. Me han dicho que saldrá dentro de poco».
Otro emoji, pero de expresión de sorpresa, por parte de Marinette.
— «En fin, así es mi trabajo. Menos mal que ya adelanté tarea de la carrera y ejercicios de las clases de japonés, así que no me preocupa».
Adrien estaba pensando seriamente si sería conveniente quedar por la tarde o no. Tenía demasiadas ganas de ver a Marinette de nuevo. Salir con ella se estaba convirtiendo en una adicción para él. No era normal, pero necesitaba salir con ella.
— «Por cierto, conozco un sitio en donde sirven unos tés riquísimos y sus pasteles son de lo mejor. ¿Te apetecería quedar esta tarde, si no te pilla mal?».
Y envió el mensaje sin dudarlo, sin vacilar. Seguramente Marinette le diría su consabido discurso sobre lo muy ocupado que estaba Adrien con su carrera, la universidad y los idiomas, y que sería una locura quedar porque apenas tendría tiempo. O los agobios de ella por la academia y los miles de proyectos y controles que tiene siempre.
Sí, alguna que otra vez tuvieron que posponer una quedada o cancelar una salida por motivos de fuerza mayor, pero normalmente no era la tónica general.
«Por favor, di que sí», imploraba él mientras daba vueltas por el camerino.
Marinette no escribía y eso lo estaba desesperando. Aunque no estuviese ocupada, quizás tendría otro plan o no le apetecería. Podía entenderlo perfectamente, pero… él necesitaba salir. Y no con cualquiera, sólo con ella. Ni compañeros de facultad, ni modelos, ni alumnos de idiomas… tenía que ser ella, Marinette.
Una responsable del edificio había llegado a la habitación y le había ofrecido la barrita energética, un par de frutas, un zumo de naranja y una jarra de agua con un vaso. Adrien tuvo todo el tiempo del mundo para comer tranquilamente, esperando un dichoso mensaje o señal por parte de su amiga. Pero nada, cero.
El malhumor se iba acrecentando por momentos. Plagg había asomado la cabeza desde la bandolera del muchacho.
— Adrien, ¿es mi impresión o te estás obsesionando con Marinette?
Su portador le dirigió una mirada asesina. Después de hacerle una especie de gruñido, volvió a mirar el móvil, pendiente de la pantalla.
— No digas tonterías, Plagg… —murmuró, deslizando el dedo por el cristal frontal del móvil.
— No dejas de mirar el teléfono fijamente, chaval —evidenció el kwami—. Y si no te contesta inmediatamente ya pones cara de perro amargado. Háztelo mirar.
— ¡Déjame en paz! —le espetó.
— Oye, que yo veo muy bien que estés pasando página, ¿eh? Que aquello con Ladybug sí que era una auténtica obsesión, pero ¿no te estás pasando un poco? Vas a asfixiar a Marinette como sigas así.
— Yo no estoy asfixiando a Marinette. Yo…
Un sonido de notificación. Adrien agarró el teléfono como si fuera su bote salvavidas o la última cura posible contra el cáncer. Era un mensaje de Marinette y su corazón dio un vuelco.
— «Lo siento, he tardado mucho, lo sé. Estaba haciéndome la comida y tenía mucha hambre. En principio no tendría problema y me vendría genial para despejarme. Dime sitio y hora y allí nos veremos».
Finalizó el mensaje con una carita sonriente, aunque todo el texto estaba lleno de emoticonos de diferente índole. Era correcta pero a la vez expresiva. Era tan adorable.
— Tienes una cara de bobo... —se rió Plagg de su portador.
El rubio le enseñó el dedo medio y le mostró la lengua. Escribió con rapidez, añadió un sticker a la conversación que mantenía con la chica y se levantó del asiento, quitándose la bata y desnudándose para luego colocarse su ropa y salir del camerino cuanto antes.
—
— Si todo va bien, podré aplicar mi plan cuanto antes.
El grimorio estaba en un altar con una cúpula transparente que lo rodeaba. Dicho libro levitaba con un aura de color amarillo. Nathalie estaba presente, pero a través de una pantalla, desde París concretamente.
— ¿Cómo van tus investigaciones, Nathalie? ¿Has encontrado al guardián o sigue escondiéndose como un cobarde?
Mientras que Gabriel iba analizando el libro en busca de más poderes y pistas para él y para revivir a su esposa, Nathalie hacía investigaciones de todo tipo con respecto a los miraculous, su paradero y del guardián, a parte de otros asuntos relacionados. La distancia no iba a ser un impedimento para trabajar codo con codo si ambos tenían el mismo propósito y objetivo.
— Desgraciadamente, no hay muchas novedades, Gabriel. Hemos investigado París de cabo a rabo —informó la asistente mientras se ajustaba las gafas.
— Lo que daría por incluir cámaras en las alcantarillas y en cada mínimo recoveco de París. Seguro que el alcalde no se daría cuenta de ello, sólo está ocupado en sus cuatro tonterías de poca monda —dijo con nerviosismo.
Gabriel se encontraba en el ático de su academia, donde él dormía y tenía su despacho las veces que estaba en Nueva York. Muy de vez en cuando iba a París y no sólo por temas de negocios. Él era un señor bastante ocupado y, aunque su profesión era la de diseñador de moda, cómo obtener el poder absoluto era su prioridad máxima.
— ¿Ha hecho alguna prueba con algún akuma o akumatizado? —preguntó ella con un leve atisbo de curiosidad.
— De momento no, aunque he estado haciendo algunos ensayos —bebió un poco de vino de la copa que tenía en la mesa del escritorio—. Todo a su debido tiempo. Pero ya sé cómo hacer para controlarlos a la perfección y hacerlos un poco más poderosos.
— Con toda la experiencia acumulada que lleva a sus espaldas, espero que resulte.
— Sólo es cuestión de tiempo. Práctica. Ensayo y error. Intentarlo una y otra vez —Gabriel se levantó del asiento portando la copa en la mano.
— ¿Dispone de crisálidas suficientes? —inquirió Nathalie.
— Las necesarias como para akumatizar a un cuarto de la población de Nueva York… y aumentando. Tengo responsables que las cuidan. Velan para que siempre haya capullos, mariposas y huevos de gusano. Explicar a mis trabajadores que tengo una fascinación y una afición por las mariposas es… un tanto extraño, pero bueno.
Se hizo una pausa.
— Las constantes vitales de Emilie siguen siendo bajas, pero estables —notificó la secretaria de Gabriel—. El cuerpo continúa con su buen estado de conservación. Se le intenta hidratar cada día y aplicarle nutrientes esenciales, como ordenó.
— Mi querida Emilie… —murmuró Gabriel, cuyos dientes chocaron levemente contra el cristal del vaso.
— Por lo demás… no sé qué decirle, Gabriel. Ya hemos hablado de Adrien, del guardián y los miraculous, los nuevos akumas y Emilie… ¿desea otra cosa?
— Puedes retirarte por ahora, Nathalie —dijo con simpleza Gabriel.
Otra pausa, pero más larga. Nathalie quería saber más.
— ¿Qué día tiene pensado hacerlo?
Gabriel se giró. Sorbió el líquido de la copa, testando el sabor con su lengua y paladar.
— En vísperas de Halloween, querida. Va a ser un acontecimiento… de muerte.
—
Las calles se iban llenando de color negro, morado y naranja. Esqueletos, zombis, vampiros y calabazas, brujas y hombres lobo, telarañas y pancartas de "Truco o trato" decoraban los escaparates de las tiendas. Algunos edificios tenían pantallas, anunciando eventos para el día de Halloween, prometiendo fiestas horripilantes llenas de diversión por los cuatro costados.
Marinette y Adrien habían coincidido en la calle, ni siquiera tenían pensado quedar hoy. Pero qué caprichoso era el destino, ¿verdad? El muchacho había salido de su clase de coreano, mientras que ella salía de comprar un poco de fruta, una botella de zumo de melocotón y productos de higiene íntima.
Adrien insistió en cargar con la bolsa que ella portaba, pero Marinette se oponía rotundamente —no quería que el chico viera las compresas y tampones que había comprado, le daba mucha vergüenza—, así que Adrien decidió comprar un paquete de nueces mondadas para compartir y unas latas de refresco para así picotear un rato en un parque cercano, además de hablar y contarse sus cosas.
Estaban hablando tan tranquilamente, cuando Marinette notó algo raro en sus piernas: un gatito se había acercado a ellos y le maullaba a la muchacha, mientras la colita iba rozándole las espinillas. La mirada de Marinette se dulcificó al mirar al gatito y Adrien la observó con atención. ¿A ella le gustaban los gatos?
Marinette se agachó y con las manos cogió al pequeño felino. Tenía un precioso pelaje negro y unos brillantes ojitos verdes. Lo acunó entre sus brazos y empezaba a hablarle como si fuese un bebé. Era enternecedor verla así.
— Hola —decía ella, mirando al gato con ternura—. Hola, chiquitín. ¿Cómo estás?
El gato maullaba y, al notar los suaves dedos de Marinette recorriéndole la cabeza y acariciándole detrás de las orejas, empezó a ronronear a gusto.
— ¿A que eres la cosita más bonita que hay? ¿A que sí? —Marinette seguía empleando esa voz ridícula, intensificando las caricias—. ¿Eh, chiquitín?
— ¿Te gustan los gatos? —preguntó Adrien, curioso.
— Mmmm —pensaba ella, sin dejar de acariciar al gatito—. Nunca me lo planteé. Me gusta más otro tipo de animal, pero los gatos no están tan mal. Son monos.
— Ah, vale —dijo con simpleza el muchacho, su pregunta tenía un doble sentido que probablemente ella no entendería.
— Además, no sé por qué, pero éste me recuerda a alguien en concreto —distraída, Marinette empezó a acariciar la barriguita del gato.
— ¿A quién?
— Ja, ja, ja, a Chat Noir —contestó con simpleza, casi sin pensar.
— ¿En serio? —Adrien no se lo creía, estaba bastante sorprendido por la respuesta de su amiga.
— Sí —afirmó ella con la cabeza y el gato emitió un débil maullido—. Es pensar en los ojos verdes y el pelaje negro de este pequeñín, y automáticamente se te viene él a la cabeza.
— ¿Pero Chat Noir no tiene el pelo rubio?
— Lo sé. De hecho, tiene los cabellos dorados como tú los tienes —al darse cuenta de lo que había dicho, Marinette enrojeció y empezaba a decir cosas algo incoherentes—. Jejejeje, bueno, ya sabes, los vídeos, las fotografías, las apariciones, esas cosas… Jajajajaja, tú ya me entiendes, ¿no?
— Sí, ya veo, ya veo —la mirada de Adrien era más interesante y profunda, y la joven se sentía algo cohibida.
— Y él me salvó en más de una ocasión. Es una celebridad, un superhéroe, es normal. Bueno, sigue siendo rubio a pesar de su cambio de imagen, así que… —decía ella con mucho nerviosismo.
— Entiendo —Adrien asentía con la cabeza de forma lenta.
El pequeño gato demandaba atención con sus maullidos y gestos, así que Marinette aprovechó para concentrarse en él, acariciándole y hablándole como si fuese un niño pequeño. El joven sólo la observaba, pasmado. El minino, de corta edad, se dejaba acariciar y tocar, agradecido por los suaves y tiernos toqueteos de aquella humana que le daba cariño.
Adrien sólo se abstraía en ver aquellos labios rosados, a nada más le prestaba atención. Sentía la necesidad de querer tocarlos y besarlos. No sabía por qué razón tenía esa emergencia, pero le parecían apetitosos a simple vista. Juntar sus labios con los suyos, pasar su lengua por ahí. Tenía muchos deseos de querer hacerlo, pero debía contenerse.
— ¿Adrien? —le llamó la atención, desvaneciendo su ensimismamiento.
— Ah, ¿qué?
— ¿Te encuentras bien? —preguntó, preocupada.
— Sí, no te preocupes —mintió él, mostrando una sonrisa—. Sólo que… estaba pensando si este gatete sería macho o hembra.
Marinette miró lo que serían las partes bajas del gato, que estaba panza arriba, pero con el pelaje no se veía del todo bien el sexo del animal. Tocar esa zona sería un atrevimiento, pues podría molestar al gatito y, con todo su derecho, el minino le daría un zarpazo por su inconformidad.
— Yo no tocaría ahí abajo, igual se molesta o nos araña —dijo Marinette, encogiéndose de hombros—. Prefiero saber si es abandonado o tiene dueño.
— No veo que tenga ninguna correa al cuello —observó Adrien, entrecerrando los ojos y acercándose al felino, tocándole ligeramente el hocico—. Parece sano.
— Me da pena dejarlo aquí, pero sé que la casera no acepta animales —hizo un puchero Marinette mientras mecía al gato.
— ¿Quieres quedártelo?
— No lo sé, pero me da lástima. Se le ve tan cariñoso…
Acercó su rostro y el gato puso una patita en su cara. Se quedaron un rato con él, jugando y acariciándole. El felino también aceptó a Adrien, que lo acurrucaba y acariciaba como hizo Marinette, aunque él no ponía voces agudas como ella. Sorpresivamente, se dejó tocar abajo y Adrien comprobó que, efectivamente, era macho, pues se le veían los testículos ligeramente a través del pelaje con sólo retirarlo un poco.
— Creo que, al ser manso, probablemente tenga dueño. Y no todos los gatos llevan collar. Quizás esté aquí por el simple gusto de pasear —barajó Adrien mientras el gato ronroneaba en su regazo, pues se habían sentado él y Marinette en un banco.
— Me pregunto cuántos meses tendrá… —mantenía un dedo en el aire y el gatito intentaba tocarlo, estando tumbado.
— A ojo… le echaría unos cinco meses o cosa así —sopesó—. Si tuviese menos, sería más torpe con sus movimientos y sus maullidos serían más bajitos.
— Sabes mucho de gatos, por lo que veo… —dijo con incredulidad Marinette, sus hombros se tocaban y se sentía a gusto, pero a la vez, incómoda; una sensación bastante extraña.
— No tanto como piensas —negó con la cabeza él—. Sólo sé unas pocas cosas básicas, me gusta informarme. Soy una persona curiosa por naturaleza. Por cierto, ¿cuál era tu animal favorito?
— El hámster —confesó Marinette, frotándose las rodillas con las manos.
— Eh… —balbuceó Adrien, rascándose la cabeza—. Si no es cosa del destino… Curiosamente, a mí también me encantan. ¡Qué coincidencia!
Las mejillas de Marinette estaban muy encendidas. No podía creer que ambos tuviesen como animal favorito el hámster. Como él decía… ¿sería cosa del destino? Su curiosidad iba en aumento y, como no aguantaba más, quería preguntar algo que era muy esencial para ella.
— ¿Y… qué nombre te gustaría ponerle, si tuvieras uno?
— ¡Buena pregunta! —rió él, nadie le había hecho esa cuestión—. Pues... la verdad es que le pondría…
— ¡Oh, ahí estás!
De pronto, el gato saltó del regazo de Adrien. Con sus patitas caminó al sitio donde provenía aquella voz, que parecía familiar para él. Una niña de no más de ocho años observaba a Marinette y Adrien, mientras el gato estaba en sus brazos y sus patitas colgaban. ¡Misterio resuelto, el gatete tenía dueña!
— Me preguntaba dónde se había metido —dijo la niña, sonriendo a la pareja—. Gracias por cuidar de él.
— No hay de qué, ha sido un placer. Es un gatito muy bueno —Adrien miró al gato con ternura y guiñó un ojo a la pequeña—. Tanto, ¡que mi amiga quería llevárselo!
— ¡Adrien, no digas eso! —lo regañó Marinette, colorada y muy avergonzada.
— Ji, ji, la verdad es que es muy bueno… ¡pero es muy tímido y no suele irse con extraños! —informó la niña, algo sorprendida—. ¡Eso significa que le caísteis superbien!
— ¡Menudo honor! —dijeron a coro Adrien y Marinette que, asombrados, empezaron a reír a carcajadas por la coincidencia.
— Bueno, Pupo, nos vamos —se despedía la niña y cogió la patita del gato, para que pareciera que les estuviese diciendo adiós también—. ¡Graciaaaas! ¡Adiós!
Ambos se despidieron de la pequeña y de su mascota. Se hizo un pequeño silencio, pero no era desagradable o incómodo, sólo era una pausa en la que los dos no dijeron nada. Después Adrien se fijó en el cielo y suspiró. Estaba anocheciendo.
— Se está haciendo de noche —dijo con simpleza.
— Hemos estado ocupados charlando, comiendo nueces y jugando con Pupo, es normal —ella se encogió de hombros, terminando con la última nuez de la bolsa y dando un trago a la lata.
— ¿Tienes ganas de llegar a casa? —preguntó Adrien, evitando poner una cara circunstancial de tristeza.
— Un poco sí —asentía la joven con la cabeza y se levantó del asiento para tirar la bolsa y las latas de refresco que ya habían consumido.
Marinette se tocó el vientre con algo de malestar, inclinándose un poco hacia adelante y se apoyó en el borde de la papelera.
— ¿Te encuentras bien? —Adrien se levantó del banco, preocupado.
— No es nada, tranquilo —aseguró Marinette, haciendo un gesto con la mano—. Son… eh… cosas de chicas.
— ¿Seguro? —insistió.
— Seguro.
Adrien tenía el corazón en un puño, preguntándose qué le pasaba a Marinette. Quizás no quería preocuparle, pero le gustaría saber la verdad. Esperaba que esas molestias no fueran graves.
Ya que Marinette dijo que le gustaría regresar a casa pronto, la acompañó a una parada de autobús y le llevó las compras en todo momento antes de que se subiera al vehículo. Notó que la cara de su amiga expresaba más cansancio del habitual y en sus ojos se asomaban unos leves círculos de color oscuro.
Sacó el móvil para escribirle un mensaje, pero Plagg sacó su vena aconsejadora y le dijo que no sería demasiado conveniente porque podría agobiar a Marinette. Con un poco de rabia guardó el smartphone en el bolsillo de su bandolera y se montó en su patinete eléctrico en dirección a Cottage's Joy.
—
Daba vueltas en la cama, no pudiendo conciliar el sueño. Daba igual que el colchón fuera grande, o las sábanas anchas y largas, siempre iba al mismo punto de partida. Plagg, de fondo, roncaba a gusto en un montoncito de cojines bien apilados y mullidos.
«¿Cómo diablos puede dormir?», pensó Adrien, fastidiado.
Se sentó en el borde de la cama con las manos en la cabeza. Desconocía el motivo, pero tenía calor, así que se quitó el pantalón y la camiseta del pijama, quedando únicamente en calzoncillos. Seguía incómodo, como si algo le molestara, pero no sabía el qué.
La botella de agua que tenía al lado de la mesita de noche estaba vacía. Genial, tenía que bajar a rellenarla o irse directamente a la nevera, beber en la cocina y ya luego mañana, si eso, rellenar de agua la botella. Adrien estiró los brazos e hizo un gruñido, levantándose de la cama y poniéndose las zapatillas de andar por casa.
Bajó las escaleras con somnolencia y parsimonia a partes iguales, sin muchas ganas de irse a la cocina, pero qué remedio quedaba. La ventana estaba abierta y pasaba una ligera brisa, haciendo que las cortinas blancas ondulasen levemente. No había ni una sola mota de polvo, señal de que la limpiadora había hecho eficientemente su trabajo —también había que decir que Adrien no era una persona que ensuciara todo a su paso y él también limpiaba por encima cuando tenía tiempo— en el día de hoy, mientras que él estudiaba y trabajaba.
Abrió el frigorífico, encontrándose con varias botellas de cristal llenas de agua fresca. Destaponó una y empezó a beber, escuchándose perfectamente cómo tragaba aquel líquido transparente e insípido. Paró de beber después de unos cuantos tragos y suspiró, cerrando los ojos.
— No sabía que fueras un rondador nocturno.
Escupió algo de agua al escuchar aquella voz. No era verdad, ¡era imposible!
Cerró la puerta de la nevera de un portazo, sin importarle demasiado el contenido que albergaba el frigorífico. Todavía tenía la botella de agua en la mano. La apretaba tan fuerte que hasta los nudillos los tenía blancos.
Era tan irreal, pero ahí estaba.
— ¿Qué… qué…? —balbuceó Adrien con los ojos como platos—. ¿Có-cómo…?
Marinette estaba ahí, en su cocina. EN SU PUTA COCINA. ¿Cómo había sido capaz de haber encontrado su casa y colarse? ¿A través de la ventana? La mirada de Adrien rebotaba de la ventana a la inquilina a tal velocidad que parecía un árbitro de un partido de ping-pong.
La reconoció por su voz, pero la apariencia de la chica era totalmente diferente. Estaba sentada en la encimera con las piernas cruzadas y tomándose un yogurt de fresa, evidentemente robado de la cocina de Adrien.
Su cabello estaba suelto y algo despeinado, cayendo por la espalda. Sólo tenía un camisón de tirantes, negro y con transparencias. El camisón se abría casi en la parte baja del pecho. De soslayo, Adrien pudo comprobar que Marinette no poseía ropa interior. Cualquiera diría que era ella, porque estaba totalmente irreconocible.
— Tu ventana estaba abierta —indicó ella, señalando con la cabeza la ventana.
— ¿Cómo has sabido que… que vivía aquí? —por fin pudo preguntar el rubio, colocando lentamente la botella en una encimera cercana a él, pero manteniendo las distancias con Marinette.
Ella emitió una risita, de esas que a Adrien le parecían adorables. La piel se le puso de gallina al ver cómo se le marcaba el escote cuando cambió ligeramente de posición. Otra mirada fugaz, constatando que la chica no tenía braguitas. No tenía sentido.
Se comía el yogurt con lentitud, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cerraba los ojos al tragar y pasaba su lengua por la parte cóncava de la cuchara. Hacía ruiditos extraños y sonreía. Él estaba parado, observando aquel espectáculo digno de ser grabado. Tenía el cerebro paralizado y no podía pensar con claridad.
— Conseguí la información por ahí… —dijo ella con misterio, blandiendo la cuchara por encima de la nariz.
— No… no entiendo… y… —Adrien tartamudeaba— has entrado por la ventana… pe-pero… está la puerta exterior y la valla… y…
— Sé defenderme solita… y soy muy flexible.
Marinette abrió un poco las piernas, aunque Adrien no estaba de frente para comprobar si estaba enseñando el pubis. Ella dejó el yogur a un lado, saciada. Y miró la entrepierna de Adrien sin ningún tipo de remilgo, al contrario, miraba esa zona con demasiado descaro.
— Pareces contento de verme —se mordió el labio inferior y volvió a reír.
El implicado miró hacia abajo y comprobó que tenía una erección más que notable. Avergonzado, intentó taparse con las manos en vano. Se regañaba por haber bajado a la cocina sólo en calzoncillos, en vez de haberse puesto, aunque sea, los pantalones del pijama. Para Adrien todo esto era rarísimo, esta situación tan inverosímil y extraña en la que intentaba encontrarle la lógica, pero carecía de ella en su totalidad.
— Marinette, ¿qué haces aquí? ¿Por qué estás aquí? —quiso preguntar, su cabeza no dejaba de dar vueltas como una noria.
Volvió a coger el yogur y comerse lo que quedaba, no ofreciéndole respuesta alguna. Adrien no sabía qué esperar de esta situación. Sería muy violento, e incluso irrespetuoso, por su parte echar a Marinette de su casa. Ni siquiera sabía si ella había ido por la calle con el camisón puesto o si se había cambiado dentro de su casa. El interrogante estaba en el aire y Marinette era la única que podía contestar a sus preguntas.
Jugueteaba con la cuchara de forma distraída. Movía los pies como si fuera una cría chica que no llega al suelo —en realidad no llegaba— mientras canturreaba una tonadilla bajo la absorta mirada de Adrien. Todo era muy surrealista.
Al final, con tanto jueguecito sin sentido, se le cayó la cuchara al suelo. El cubierto bajó como si pesase un quintal, pero su sonido era sordo, lejano. Y parecía que Marinette no estaba por la labor de recogerlo.
— Vaya, se me ha caído... —el tono de su voz fue más suave—. Me ha costado subirme aquí, así que… ¿podrías darme la cuchara, por favor?
Marinette se encogió de hombros con coquetería, pestañeando mucho, y sus pies seguían ese movimiento pendular de forma arrítmica. Para Adrien esto era una encerrona, se tendría que agachar para coger la cuchara y estaría muy cerca de ella. No sabía qué era capaz de hacer.
Pero Adrien, ante todo, era un caballero y no era una persona descuidada. Las suelas de las zapatillas le parecían tan finas que podía sentir las frías baldosas del suelo de la cocina. Arrastraba los pies con inseguridad. Su mente le decía que había gato encerrado, pero su corazón le decía que siguiera, que se atreviera a acercarse a la muchacha.
Antes de llegar a donde estaba Marinette se inclinó a coger la cuchara muy lentamente. Sentía tanta tensión que le dolían los músculos del cuello y de la espalda. Notaba que sudaba más de la cuenta. No se atrevía a levantarse o siquiera mirarla. Porque, quizás, ya no habría vuelta atrás. Desconocía qué iba a pasar, pero algo ocurriría.
Decidió levantarse después de unos segundos, tragando saliva sonoramente. Y, en esto, unas piernas le rodearon la cintura. Las piernas de Marinette. Aquella saliva que había tragado se había quedado atascada, a medio camino, en la garganta. Ahora el sudor que tenía era frío y el pelo que le nacía en la parte baja de la nuca estaba totalmente erizado.
Adrien estaba paralizado de pies a cabeza, sosteniendo el cubierto torpemente. No quería mirar más abajo de las caderas de Marinette, así que su vista se quedó clavada en otra dirección para no sentirse más violento de lo que se encontraba.
— Estás totalmente rojo, Adrien —dijo ella con voz dulce—. Je, ¿acaso te ha comido la lengua el gato?
Esa frase lo hizo reaccionar, mirándola de frente. La cara la tenía ardiendo y le costaba respirar. Ella cogió la cuchara en un segundo y la dejó dentro del envase del yogur, que estaba vacío. Marinette se abrió más de piernas y volvió a morderse el labio inferior. Tenía a Adrien bajo su influjo y su merced. Sólo faltaba una pequeña reacción por su parte para empezar.
El joven intentaba controlar sus impulsos lo más que podía. Recordaba todas las veces en las que la hacía reír, en las que le daba ánimos o empatizaba con ella. Se le venían a la cabeza las ocasiones en las bailaban juntos, realizaban paseos, veían películas o comían y bebían. Siempre, siempre… había sido respetuoso y amable con ella. Siempre la había tratado como se merecía.
Pero su mente últimamente le daba malos momentos, bastante vergonzosos. Su subconsciente le jugaba muy malas pasadas. Ratos fugaces en los que le decía su cerebro que la besara, que la abrazara y alzara al aire dándole vueltas como en las típicas películas de comedia romántica. Decirle un "Te quiero" y confesarle sus sentimientos más profundos, lo que sentía por ella.
Aun así, ¿era lo que sentía en realidad? ¿La quería, la amaba… o sólo sentía atracción? O lo que era peor… ¿todo esto era una burda excusa para poder escapar de la larga sombra de Ladybug? ¡No sabía qué pensar o qué hacer!
¡Y ahí estaba Marinette: semidesnuda, con un camisón transparente, sin bragas, con un pelo salvaje y unos labios que daban ganas de comérselos! Nunca, en su puñetera vida, había pensado que su dulce y tímida compañera de instituto estuviera insinuándose delante de él. Le estaba provocando y era totalmente consciente de ello.
Tampoco ayudaba el hecho de que su entrepierna palpitaba, estaba excitado y eso le carcomía por dentro. Tenía que controlarse y tranquilizarse, si no… esto no acabaría bien. Las piernas de Marinette ejercían una fuerza inusitada, acercando más el cuerpo de Adrien contra el suyo.
Cerró los ojos, intentando respirar profundamente aunque se le hacía bastante difícil. Pero no contó con que Marinette estaba tocándole el pecho, con sus finas y pequeñas manos. Notaba las yemas de sus dedos en la piel y cómo acariciaban cada músculo de su torso. Cada toque iba encendiéndolo más y más, pero seguía rígido como una estatua. Dar un paso en falso sería catastrófico.
«Es tu amiga, Adrien, es tu amiga», se repetía una y otra vez como si de un mantra se tratase.
Ella se iba deleitando con aquellas caricias que le proporcionaba, disfrutaba manoseándole. Se relamió los labios con deseo. Finalmente sus manos se engancharon al cuello del chico, tirando un poco más de él. Poco le quedaba a Adrien para rendirse, porque el instinto llamaba a su puerta imperiosamente.
— ¿Te gusta que te acaricie? —preguntó Marinette de forma seductora—. Tu piel es suave… lampiña… perfecta…
Un dedo tocó la nuez de Adán de Adrien, prueba de su incipiente madurez. Con sus manos copó el mentón y la mandíbula de éste. A pesar de haberse desarrollado, Adrien era imberbe y lampiño, así que las únicas partes de su cuerpo que tenían pelo eran sus cejas, pestañas y el cuero cabelludo.
Tocó los lóbulos de las orejas, comprobando que uno tenía el agujero del pendiente que se hizo casi dos meses. Ella sólo sonrió, no dándole importancia ante este hecho. La verdad es que Adrien nunca le había dicho a Marinette que se había hecho piercings en las orejas —ya que él se ocultaba los agujeros con maquillaje y no daba evidencias de haberse hecho un retoque corporal, además de que su pelo, cada vez más largo, ayudaba a ocultarlos—, por lo que le había extrañado bastante que no hiciera algún comentario o reacción al respecto.
Acarició su rubia cabellera que iba creciendo con el pasar de los meses. Si su entrepierna era una zona delicada, que le acariciasen la cabeza era un punto débil que poseía. Adrien empezó a ronronear, sin embargo, su ronroneo no era exactamente igual cuando era Chat Noir. Le faltaba poco para caer en aquel pozo oscuro, y no era precisamente de tristeza, desesperación o cualquier sentimiento negativo.
Ahora sus uñas iban a su nuca, rascándole ligeramente.
— Te gusta… —habló ella y, sin dejar de acariciarle, lo apretó más contra su cuerpo, quedando las caderas de ella apontocadas en la entrepierna de él, sorprendiéndolo—. Me gustas.
Las piernas de Adrien temblaban, le costaba mucho permanecer de pie. "Me gustas" repiqueteaba en su cerebro como un disco rayado, como una cacofonía. Sus conexiones neuronales fallaban, ya nada tenía sentido, se sentía abrumado. El animal interior que poseía iba a aparecer dentro de un momento a otro. Ni nada, ni nadie… lo iba a parar.
De su boca salió un gemido al notar cómo Marinette empezó a frotarse contra él. Tuvo que agarrarse al borde de la encimera casi con desesperación. No podía más, esto era una maldita tortura.
— Bésame —solicitó Marinette, acercado su boca al oído de él con una voz tan sensual que el muchacho volvió a gemir irremediablemente—. Bésame, por favor… Adrien… Mi príncipe.
Esa ya fue la gota que colmó el vaso e hizo derramar todo lo que había en él. La bestia de Adrien salió a la superficie y rugió como nunca. Agarró el rostro de Marinette con los pulgares sobre sus mejillas y le dio un profundo beso. ¡Dios, cómo lo andaba deseando! Eran suaves y jugosos, sabían demasiado bien a pesar de la influencia del yogur de fresa.
Adrien tenía hambre, mucha. Profundizó aún más el beso, introduciendo su lengua entre los labios de Marinette, probando así su lengua y empezando un curioso baile dentro de su boca. Ella gemía y él también. Éste no era su primer beso, pues ya tuvo unos cuántos con Ladybug aunque por el influjo de los akumas y las circunstancias que los rodeaban.
Desconocía si este era el primer beso de Marinette, pero poco importaba ya. Le encantaban sus besos, su boca, sus labios, su lengua. Necesitaba de su contacto, de su calor, del roce de su piel. Sus manos descendieron a sus brazos, que eran muy suaves. Marinette tenía la piel más blanca y rosada que él, y sólo en las mejillas y en el puente de la nariz es donde tenía esa tenue constelación de pecas. Adrien sintió su espalda siendo arañada débilmente por las uñas de la chica, pareciendo un gesto de posesión y marcaje.
Los movimientos de ellos eran errantes e insistentes. Él pedía más besos, ella más cercanía entre sus cuerpos. Las caderas de Marinette se movían y su intimidad mojaba el calzoncillo de Adrien, demostrando que estaba demasiado excitada. Adrien no pensaba, sólo se dejaba llevar por su instinto.
Marinette rompió el apasionado beso en el que se encontraban inmersos para empezar a morder ligeramente la mandíbula marcada del joven Agreste, así como lamer y chupar su cuello. El muchacho era consciente de que lo único que los separaba físicamente era la ropa interior de él, porque el camisón de abertura abierta no tenía tanta importancia.
Si era capaz de quitarse el calzoncillo… entonces las cosas pasarían a otro nivel, un nivel que no sabía si iba a poder ejecutar. Porque entonces esto sólo sería sexo. ¿Dónde quedaba todo eso de hacer el amor? Porque si elegía entre lo uno y lo otro, claramente quería tener relaciones sexuales con la persona que quería, pero… no esto exactamente. Esto era un calentón. Ni un ápice de romanticismo había.
Le parecía curioso estar pensando en estas cosas y que su cerebro todavía tenía cordura a pesar de todo. Pero su cuerpo se movía solo, respondiendo a sus instintos más primarios. Sabía que su conciencia no estaría tranquila si se acostaba con Marinette, porque él no quería que las cosas fuesen de esta manera.
Titánicamente intentó apartarse de ella y de su cuerpo, era casi imposible. Cuando Adrien aplicó un poco más de fuerza, Marinette se quejó e hizo un sonoro puchero.
— ¿Qué te pasa? —preguntó ella con agresividad, nunca la había escuchado hablar así.
Sus cuerpos se tocaban a partir de las caderas —debido a que Marinette todavía tenía enrolladas las piernas alrededor de Adrien—, pero de cintura para arriba estaban separados, observándose a los ojos.
— No… no quiero… esto —balbuceó Adrien, frunciendo el ceño.
— Claro que esto es lo que quieres —interrumpió ella—. ¡Me respondiste, me besaste!
— Sí, he hecho eso, pero no es lo que deseo de verdad —negaba con la cabeza mientras se cruzaba de brazos.
— ¡Mentiroso! —lo acusó, poniendo una mano en su pecho—. ¿Acaso no te gusto?
Tarde o temprano iba a tener que enfrentarse a esa pregunta. Y, con lo que había pasado, quizás ya tenía la respuesta, pero… evidentemente, no quería que fuese así, que pasase así.
— Yo… Sí, me gustas… Mucho, en realidad —confesó Adrien y el color rojo se apoderó de sus mejillas con rapidez—. Pero yo nunca he querido que… Esto es… ¡es demasiado rápido!
— ¿Entonces qué? ¿No te parezco atractiva? ¿No estoy sexy? ¿No quieres acostarte conmigo?
¿Hola? ¿Desde cuándo Marinette había sido tan lanzada con este tipo de preguntas? La conocía lo suficiente, ella evitaba decir la palabra "sexo" siempre que podía cuando había algo sexual en su entorno —como publicidad, anuncios, películas, revistas, series—, por lo que ella decía "eso" o utilizaba palabras suaves que hiciesen alusión a aquello. ¿De verdad esta chica era Marinette?
— Eres guapísima —volvió a confesar el muchacho—. Estás irresistible con eso puesto. Pero… no quiero acostarme contigo, no así, no en estas circunstancias.
— ¡No me jodas!
Marinette no era de usar palabrotas y te utilizar un tono soez. De hecho, él solía tener un vocabulario más agresivo, pero cuando era Chat Noir. Esto no encajaba.
Adrien respiró hondo y recobró la compostura, intentando sonar serio y decidido. Por fin su maldita erección había cesado y no estaba excitado. Había vuelto en sí y quería tener toda la lucidez posible.
— Simplemente, me gustaría que las cosas fuesen de otro modo. Paso a paso. Conocernos mejor, enamorarnos el uno del otro y llegar a ser pareja. Esto es… sólo un calentón, Marinette.
— ¿Entonces para qué cojones he venido yo aquí? —ella aporreó la encimera con sus puños.
— Si lo que querías era acostarte conmigo, la respuesta es no. Soy una persona honrada, con principios. No quiero aprovecharme de ti. Yo quiero, necesito enamorarme de ti. Pero esto no está bien. Tú eres una romántica empedernida y yo también lo soy. Y aquí veo que no hay amor por ninguna parte —contestó Adrien, totalmente consciente de las palabras que iba diciendo.
— ¡Eres gilipollas! —lo insultó Marinette, escupiendo mientras hablaba—. Yo… ¡YO HE ESTADO ENAMORADA DE TI DESDE EL PRIMER DÍA! ¡Desde que me diste ese estúpido paraguas! ¡Y tú… lo único que decías es que era una buena amiga! ¿¡Tú sabes lo que duele eso!?
Enterarse de esa forma le había sentado como una patada en el estómago.
— Yo… Te juro que… No sabía…
— ¡Eres un idiota, Adrien Agreste! —Marinette lo empujó con las manos, apartándolo de ella—. ¡Eres un auténtico idiota!
— De verdad, Marinette, que yo…
— ¿Por qué das siempre las señales equivocadas? ¿Por qué primero sí y luego no? ¿Es que no soy suficiente? —mientras la chica hacía estas preguntas intentaba bajarse de la encimera, ya dándole igual todo.
— Mira… No me fijé en ti porque estaba enamorado de otra persona, ¿vale? Y si he dado señales de interés es porque me has empezado a gustar, pero nunca pensé en que te iba a hacer daño —explicó él, observando cómo se bajaba Marinette.
— Ja, ¿y quién era? ¿Kagami, quizás? Si ni siquiera está aquí y es pareja de Luka —Marinette se giró, ya había palpado con sus pies el suelo—. Por favor… ¿Qué me estás contando?
— No es Kagami, es… Y bueno… si se supone que tú estabas enamorada de mí, ¿por qué intentaste estar con Luka? —contraatacó Adrien—. ¿Lo has utilizado, acaso?
— ¡No, estaba confundida! Me di cuenta de que él y yo sólo podíamos funcionar siendo amigos, porque yo en el fondo seguía amándote —ella se llevó las manos a la cabeza, casi tirándose del cabello—. ¿Es que no lo ves? ¿Por qué me ponía roja cuando tú estabas delante, por qué tartamudeaba, por qué era tímida, por qué hacía el ridículo y miles de cosas más? ¡PORQUE ME GUSTABAS!
Ahora entendía el comportamiento de Marinette. Pero, aun así, todo esto estaba mal, no era ni adecuado ni correcto. Ella no podía venir a una casa ajena como si fuese una fan acosadora y presentarse en su cocina medio desnuda con un apetito sexual voraz. No estaba bien.
— Lo que no puedes hacer es venir aquí, de golpe, sin yo saber que venías, robarme un yogur de la nevera y presentarte de esta manera —la voz de Adrien se elevó—. Pareces una… loca… actuando así, Marinette.
La aludida rechinó los dientes a la vez que sus manos se cerraron en puños. Dio un paso al frente, como si estuviese desafiando a Adrien.
— ¿De quién estás enamorado? —preguntó Marinette, que más que pregunta parecía una orden.
— De Ladybug —reveló el rubio, ni siquiera lo reflexionó, contestó sin más y sin mediar las consecuencias de su respuesta.
El rictus de su cara cambió por completo. Pasó del odio a la risa en un milisegundo. Escuchó su risa retumbar por toda la cocina. Y no era una risa bonita, como las que solía tener, era una risa… que daba escalofríos. Decididamente, a Marinette se le había ido la pinza, su comportamiento no era normal. ¿Qué diablos estaba pasando?
Le miró con ojos llenos de obsesión, de locura. Se abalanzó sobre Adrien, quedando él en el suelo y ella encima de su cuerpo. El muchacho no pudo reaccionar debido a la rapidez de Marinette, que lo agarraba de las muñecas.
— ¿Me prometes que vas a ser un chico bueno de ahora en adelante?
— Pero, ¿qué estás haciendo? —preguntó Adrien, asustado.
— ¿No decías que estabas enamorado de Ladybug? —riendo, se restregó contra él de nuevo, volviendo a las andadas—. Yo soy Ladybug.
Adrien frunció el entrecejo, no creyendo en las palabras de Marinette. ¿Cómo iba a decir eso? ¡Es imposible! Ni de coña Marinette iba a ser Ladybug… Negó con la cabeza e intentó liberarse de su prisionera, pero parecía que no tenía suficientes fuerzas, se sentía cansado.
— Eso es imposible —dijo el muchacho.
— Piénsalo bien, Adrien —ella hizo una mueca coqueta—. Tenemos los mismos ojos, la misma piel, las mismas pecas en el rostro. Misma estatura y figura.
— Perfectamente se puede cambiar la apariencia que se desee al portar un miraculous. La persona que lo usa puede tener el pelo, figura corporal, lo que sea que desee. Que algunas cosas coincidan no significa que ambas seáis la misma persona —explicó Adrien, cada vez con menos fuerza al intentar zafarse de ella.
— Lo sé, gatito —dijo Marinette, cambiando la voz ligeramente y enfatizando la última palabra, haciendo que Adrien tuviese un escalofrío—. Creo que te suena más esta voz, ¿verdad? A ti también te cambia cuando te transformas…
Estaba en shock. ¿De verdad que esto era real? ¿No era un sueño? Tenía que ser mentira…
— Imposible… —murmuró Adrien, abriendo más los ojos.
Y, delante de sus narices, Marinette se transformó en Ladybug. Era la mismísima Ladybug, su compañera de batallas. La chica que lo rechazaba una y otra vez cuando él quería algo más. La que decía que sus identidades secretas y de civil tenían que permanecer ocultas a toda costa. Lo que estaba sucediendo no tenía pies ni cabeza, todo era una absoluta contradicción.
Además de eso, ella sabía que él era Chat Noir, habiéndole llamado de esa manera y haciendo alusión a que él cambiaba la voz cuando se transformaba en superhéroe. Aunque él también tuvo parte de culpa, él mismo se descubrió al mencionar los miraculous y que los portadores podían cambiar su apariencia una vez transformados.
Marinette —ahora Ladybug— sacó su yoyó del cinturón y ató las muñecas de Adrien por encima de la cabeza de éste. Ahora sabía cómo y de qué manera se había colado en su casa, en su cocina, y cómo había sorteado las cámaras de seguridad, las vallas y la puerta, entrando por la ventana. Y que tampoco iba semidesnuda por la calle, iba transformada, colgándose de los tejados y edificaciones de Nueva York con su yoyó. Eso sí que era más lógico y encajaba más.
— ¿Desde cuándo sabes que yo soy…?
— Shhhh —Ladybug le tapó la boca con un dedo enguantado, interrumpiendo su pregunta—. Ya hablaremos de eso en otro momento, no ahora. Quiero que seas un gatito bueno y te dejes llevar.
— ¿Qué? —Adrien estaba casi aterrado, no sabiendo qué iba a ocurrir.
Lo acalló con un beso, profundo, con lengua. Adrien no dejaba de tener los ojos abiertos, atónito a lo que estaba sucediendo. Ladybug inició un camino de besos y lamidas desde el cuello, parando a la oreja derecha del chico para morder el lóbulo de ésta y humedecerla, pasando por sus hombros y sus pectorales hasta llegar a los pezones, chupándolos y mordiéndolos, sacándole a Adrien más de un suspiro por aquel húmedo contacto que realizaban la lengua y los labios de Marinette.
El muchacho intentaba estar en sus cabales, pero su cuerpo se dejaba dominar por las sensaciones que iba experimentando, y porque su subconsciente no paraba de enviarle señales de que Marinette y Ladybug eran las chicas —o la chica, más bien— que le gustaban. Su bestia interior estaba medio despierta, a punto de salir.
Realmente Adrien tenía una lucha, un debate interno, ¿qué podía hacer? ¿Se dejaba hacer y se rendía a los bajos instintos, obligándose a tener relaciones sexuales con ella? ¿O seguiría sus principios y sacaría fuerza de no sabría dónde, apartándose de ella y obligarla a que saliera de su casa?
Con estos pensamientos en mente, no se dio cuenta de que ya estaba en el ombligo. Se había distraído tanto, debatiéndose a sí mismo, perdido entre la ristra de besos, lamidas y caricias por parte de Ladybug… que no cayó en la cuenta de lo lejos que ella había llegado. Tentativamente jugaba con el elástico del calzoncillo, haciendo desesperar al muchacho. Estaba claro que lo iba a desnudar, se le veía en su mirada y en sus intenciones.
Y, sin darle tiempo a reaccionar, se vio sin ningún tipo de prenda que lo cubriese. Ella, orgullosa, le había retirado la prenda interior con una rapidez pasmosa. Su pene estaba expuesto y sintió tanta vergüenza y apuro que su rostro estaba empapado en sudor y totalmente rojo.
Ladybug se relamió los labios con osadía, mirando la virilidad de Adrien y cómo ésta crecía. Inmediatamente tocó la base, haciendo que el chico se sobresaltase. Era obvio que ella se atrevería a hacer eso. El agarre era firme, intenso, rápido y constante. Adrien se mordió los labios con tanta fuerza que hasta le dolía. Con el dedo pulgar hacía círculos en la punta del glande, que estaba mojado con líquido pre-seminal. Aun así, molestaba un poco por el material con el que estaba diseñado el traje, así que era un tanto "abrasivo".
Sin embargo, no entendía cómo era posible que Marinette pareciera una experta en el arte de la masturbación masculina dado que ella era virgen. Ni siquiera creía que ver y aprender de la pornografía o el hentai fuera suficiente para que lo hiciese tan bien. Y encima sin ningún tipo de timidez, vergüenza, duda, nada. No era típico en Marinette y tampoco lo sería con Ladybug.
El rubio seguía sin entender lo que estaba pasando. Su cuerpo reaccionaba perfectamente a toda la estimulación que ejercía la heroína sobre su pene y en todo su cuerpo. Ya no luchaba, se dejaba hacer por completo. Estaba atado y no tenía alguna fuerza, ésta se había evaporado definitivamente. Sólo esperaba a lo inevitable, al desenlace, maldiciéndose por dentro por no haber ofrecido suficiente resistencia. Su moral, su integridad, se habían ido por el desagüe sin ningún miramiento.
Ella seguía subiendo y bajando la mano, viendo cómo el prepucio se extendía y se arrugaba, cómo algunas venas del falo palpitaban y cómo se endurecía más aquel órgano en segundos con cada sacudida. La mirada de Ladybug estaba cargada de vicio y lujuria. Adrien cerraba los ojos, presa de sensaciones contrapuestas. Era un sí y un no. Sólo había contradicción en su mente y su cuerpo.
Hubo un momento en el que pensó chillar de desesperación, e incluso llorar. Se sentía mal y "bien". Él sabía que esto tenía que parar, pero Marinette no estaba por la labor.
Pero, milagrosamente, había parado. Adrien suspiró, aliviado, que hasta puso los ojos en blanco. Sin embargo, esto no había acabado. Ladybug pasó la lengua por los labios y luego se chupó los dedos, inclusive la palma de la mano, empapados del fluido que emanó el pene del joven.
— Mmm —murmuró ella, testando el sabor—. Es curioso. Sabes… interesante.
Adrien abrió los ojos, todo colorado. Le costaba mantener la respiración.
— Seguro que has soñado conmigo muchas veces, ¿verdad, gatito? Soñando cosas sucias, muy sucias, ¿eh? —mientras decía esto, ella se puso a cuatro patas, acercando su cabeza peligrosamente a la entrepierna de Adrien—. Puedo hacer que tus sueños se hagan realidad…
Otra vez volvió a relamerse los labios mientras veía el pene palpitante de Adrien con deseo. Y el rubio sabía lo que iba a pasar, la actitud de Marinette era una declaración de intenciones. Sabía perfectamente qué iba a hacer con su boca. Como acto reflejo, el chico cerró los ojos fuertemente. Ella se iba acercando más y más, los labios estaban a punto de rozar el glande hasta que…
Abrió los ojos de par en par. Se despertó.
Adrien recobró el sentido, volviendo a la realidad. Se despertó de verdad. Todo fue un sueño. No sabía si calificarlo como sueño, sueño erótico o pesadilla, pero no fue real. Su corazón bombeaba a mil por hora, estaba totalmente alterado. La piel estaba empapada en sudor, así como su pelo. Hasta la almohada y la sábana bajera del colchón se vieron afectadas.
Miraba alrededor con ojos dilatados, buscando algún indicio, algo que le hiciera ver que todo eso fue real o una mera alucinación de su mente. Se palpó a sí mismo, tenía el pijama puesto. Miró abajo y vio con horror cómo su pantalón —y luego miró dentro de éste— y el calzoncillo estaban mojados por completo, y no de sudor precisamente. Había tenido una polución nocturna y el semen se había esparcido por toda la parte delantera del calzoncillo y había traspasado la tela, por lo que el pantalón estaba humedecido por aquél viscoso líquido blanquecino.
Gruñó fastidiado, viendo el percal que había provocado con su estúpido sueño. Lo más sensato sería lavar toda la ropa de cama, el pijama y la ropa interior. Esperaba que el colchón y la almohada no estuviesen tan afectados como aparentaban.
Deshizo la cama y quitó las sábanas y la funda del colchón y la almohada, aunque el edredón, afortunadamente, quedó intacto. Puso a lavar todo eso y se desnudó de arriba abajo, mandando también su ropa a la lavadora. Inmediatamente se fue a la ducha a limpiarse y, sobre todo, tranquilizarse.
Aunque el momento del baño no era éste, le fue apropiado para aclararse las ideas. Ya había tomado una decisión. No quería arrepentirse, pero creía que había tomado la elección adecuada. ¿Marcha atrás? Ninguna.
Sólo sabía una cosa: le gustaba Marinette y querría enamorarse de ella. Conquistarla a ser posible. Y, quizás, ser correspondido. También había otra cosa clara: Ladybug y su enamoramiento estarían guardados en el cajón de los recuerdos.
Había que pasar página y dejar atrás una etapa. Estaba decidido.
—
31 de octubre por la mañana. Un dolor indescriptible apareció en la parte baja del vientre. Se retorcía en la cama, perdiendo el tiempo en ello y sabiendo que ya había sonado la alarma para ir a clase. Tenía que ir, pero menudo sufrimiento…
— Ah… Me duele mucho… —se quejó, temblando bajo las sábanas.
— Marinette, tienes que salir de la cama… Hace más de veinte minutos que te ha sonado la alarma…
— No quiero ir, Tikki —Marinette hizo un puchero—. Me encuentro muy mal.
— Tienes un examen —la kwami se preocupó, acercándose a su compañera—. ¡No puedes faltar!
— Ya lo sé… —gimió la muchacha, teniendo unas increíbles ganas de llorar.
— Venga, vamos —apremió Tikki, retirándole la sábana para ver si Marinette se podría desperezar, pero se encontró una sorpresa—. Ups…
Marinette había manchado las sábanas y su pijama de sangre. La regla había aparecido de repente, sin avisar. Con razón le dolía tanto y el otro día tenía molestias. Creía que le dolía la barriga porque había comido algo que no debía y le había sentado mal, pero claro… ella no contaba con que le iba a venir la regla. Odiaba tener la menstruación irregular, sin saber cuándo le vendría.
Su madre y ella hablaron de este tema, ya que no querían, de momento, que Marinette se sometiera a un tratamiento de hormonas o con pastillas anticonceptivas para regular el ciclo. Pero las cápsulas de aceite de onagra no es que sirviesen demasiado.
En esta cuestión su cuerpo actuaba como quería. Igual, en verano cuando estuviese en casa y tuviera más tiempo, hablaría con su madre para ir al ginecólogo y poner una solución efectiva a esto.
Se levantó y miró el estropicio que había formado durmiendo. Llegaba tarde a clase y lo sabía, así que advirtió al grupo de compañeros que llegaría tarde por este imprevisto, que avisasen a los profesores y que lo sentía muchísimo.
Hoy sería un día ajetreado, desde luego. Vertió en las sábanas y el colchón agua oxigenada y dejó que se secaran al aire, desmantelando la cama y dejándola sin hacer. También echó el líquido en su ropa interior y en el pantalón del pijama, ya que tenían manchas de sangre. Con todo y con eso, las prendas a la lavadora. Tomó una ducha rápida y caliente para sentirse más cómoda y que los músculos se calmasen a causa de la tensión.
Se vistió con ropa cómoda y más holgada de lo normal, se sentía muy hinchada y cualquier prenda que se pusiera y estuviera más ajustada le sentaría fatal y le molestaría. Incluso se puso zapatillas deportivas, no tenía tiempo de estar demasiado mona, de pintarse o lo que sea. Se hizo un moño alto y se puso un liviano brillo de labios, poco más.
El desayuno era leche con cacao en polvo y unas pocas magdalenas, pues, aunque le gustaría deleitarse más con el desayuno y comer algo más, tenía que irse ya que dependía del transporte público para llegar a Dream Atélier.
Y el horrible día no hacía más que comenzar. Tuvo que esperar veinte minutos en la parada de autobús. Luego hubo atascos por más de cuarenta y cinco minutos —y todo eso estando dentro del autobús, que estaba llenísimo de gente y ella tuvo que estar de pie porque no había ni un maldito asiento—, una calle estaba en obras y por último fue corriendo, con mucho dolor y quejándose por el camino, a la academia porque faltaban tres minutos para que comenzara el examen.
Desde luego, hoy no era su día. Sólo esperaba que pasase rápido. Muy rápido.
—
Era de noche. Gabriel Agreste se había transformado en Papillon —Hawk Moth para los habitantes neoyorkinos—, estando dentro de la academia que fundó. Ya estaba todo preparado. Sus mariposas estaban con él y eligió una al azar. Aquella nívea mariposa se colocó en el bastón y éste hizo una reacción en ella. La mariposa aumentó su tamaño por dos y sus alas eran más afiladas, se coloreó de negro y despedía unos destellos violáceos. Era un súper akuma.
— Excelente —dijo para sí Gabriel, maravillado con su nueva creación—. Gracias a esta criatura, podré darles ataques especiales a aquellas personas que estén bajo mi influjo. Poderes devastadores. Aunque sea de un único uso, pero es suficiente para desatar el caos… o hacer que tanto Ladybug como Chat Noir estén en peligro de muerte.
Carcajeó ante ese mero pensamiento. Iba a utilizar medidas más radicales para conseguir tener de vuelta a su esposa. Ya no le importaba mucho lo que pasara a su alrededor, su objetivo era recuperar a su mujer.
El bicho se posó en la palma de su mano y, dándole un pequeño toque, empezó a alzar el vuelo, colándose por una rendija para salir al exterior. La mariposa sola ya iba a buscar un objetivo, localizando el sentimiento más negativo que pudiese poseer una persona.
— Vuela, mi querida mariposa. Encuentra un corazón oscuro y púdrelo hasta sus entrañas.
Observó cómo la mariposa se iba de su alcance, pero podía sentirla y percibir el sentimiento más tenebroso, cuyo insecto que mandó iría hacia él. Era ideal, ya que por estas fechas mucha gente puede hacer algunas fechorías.
Al fin y al cabo… es Halloween.
—
Hoy tenían que quedar por la noche sí o sí. Siendo Halloween podría ser el día ideal —o la noche más bien— para los delincuentes y que se realicen trastadas más graves que las habituales. De hecho, hoy habían parado dos atracos a tiempo, y cómo no, los ladrones iban disfrazados en consecuencia para no levantar sospechas.
Después de salvar la ciudad en diferentes localizaciones esta noche y haber hecho patrullaje, estaban en el edificio Woolworth, en su parte más alta.
Marinette sabía que su relación con Chat Noir estaba tocada y ya no era la misma, no como antes. Cordialidad a la par que frialdad en sus actos y sus palabras, todo con rectitud. Echaba de menos los apodos que recibía por su parte, pero sólo escuchaba "Ladybug" al dirigirse a ella. Cero coqueteos, cero bromas con ella. Chat Noir parecía otro. Se notaba bastante que había puesto demasiada tierra de por medio.
Ella intentaba que las cosas fueran lo más amigables posible, intentándole dar a Chat Noir el protagonismo que merecía, escucharle si tenía alguna idea en mente, etc. Pero él no es que pusiese demasiado de su parte, estaba muy dolido y eso Marinette lo comprendía. Estaban trabajando juntos a la fuerza, pero era lo que había.
Y eso era bastante triste y lamentable, a decir verdad.
Sin embargo, Marinette no estaba por la labor de querer darle más vueltas al tema, aunque le preocupase toda esta situación que se cernía sobre ellos. Tenía un asunto más grave que atender: su menstruación. Todo el santo día le dolía el bajo vientre, las sienes y la zona más baja de la espada, donde se situarían los riñones. En las clases tenía ganas de chillar, llorar y retorcerse por el suelo. Quería una mantita y hacerse un ovillo cerca de un sitio calentito sin que nadie la molestara. Obviamente, eso era imposible.
Se sentía muy débil y bastante distraída. El examen había sido duro y de milagro había contestado a todas las preguntas que le hicieron; de hecho, rellenó tres hojas y media escribiendo todo lo que se le ocurría. Aquellos dolores no le permitían concentrarse, no estaba al cien por cien.
Asimismo, con las prisas y los nervios, el estómago lo tenía cerradísimo no, lo siguiente. Y eso que tenía un hambre canina. De hecho, vomitó su leche con magdalenas después del examen en los lavabos. Se sentía realmente mal, pero no podía faltar a un examen y a las clases. Ella dependía de una beca para sacarse la carrera y poder sobrevivir en Nueva York. No podía tirarlo todo por la borda sólo porque la regla había hecho su aparición "estelar". De ninguna manera.
Al llegar a casa no es que la cosa mejorase. Los profesores eran exigentes y, aunque el día uno de noviembre fuese festivo, habían pedido cuatro actividades y una exposición para la semana que viene, además de otro examen dentro de una semana y media. Así que Marinette comió unos escasos fideos instantáneos y mucha agua —ya que su estómago estaba entre un "quiero y no puedo"—, subió a su habitación y empezó trabajar en los deberes mandados y avanzar en todo lo que pudiese con la exposición, además de subrayar lo más importante, resumir el temario y hacer cuadros sinópticos para estudiar.
En general y hablando mal: fue un día de mierda. Únicamente quedaba hacer una última ronda de reconocimiento por un barrio en concreto e irse cada uno por su lado. Qué ganas tenía de llegar a su casa… Estaba tan cansada, dolorida y con mucho sueño.
Por otra parte, Chat Noir estaba pensativo, mirando al horizonte. No miraba a un punto en concreto, tenía la mirada distraída y perdida, quizás estaba sumido en sus reflexiones, a saber. No habían hablado mucho en el día de hoy, sólo lo imprescindible.
Lo que no sabía ella es que su compañero de batallas tenía una lucha interna. Tenía la intención de decirle algo, pero lo estaba reflexionando mucho, de ahí su especie de concentración mezclada con despiste.
Sin embargo, no esperaba que Ladybug iniciase la conversación.
— Perdona que me meta, pero… ¿te ocurre algo?
Adrien, a través de su oscura máscara, arrugó el ceño suavemente. Por lo menos no tenía una mirada agresiva. Se movió un poco en donde estaba sentado y habló.
— Estoy pensando en una cosa… aunque es algo sin importancia —hizo una mueca, enseñando un colmilludo diente.
— Quizás te pueda ayudar —sugirió la muchacha, luego hizo una pausa—. Si quieres, claro. No quiero parecer una entrometida.
— Meh… no creo que puedas ayudar demasiado, y no es importante, ya te lo he dicho.
Ladybug agachó la cabeza. Quería mostrarse lo más amigable posible para limar asperezas con Chat Noir. Quizás haciéndole que hablase y se abriera un poco podría resultar, e interesarse por lo que pudiera decir. No es algo malo, ¿no? Ni tampoco era de ser cotilla, si podía ayudarle, ¿verdad?
Esto el muchacho lo notó. Sabía que Ladybug hacía su mayor esfuerzo para hacer las paces, para poder "curar" todo lo que aconteció en el pasado, aprender de los errores y volver a empezar de nuevo. Así que Adrien bajó un poco la guardia con su actitud defensiva y volvió a reflexionar con el tema que tenía en mente.
¿Sería conveniente decírselo? ¿Cómo se lo tomaría? ¿Probaba a arriesgarse? ¿Podría ser un motivo más de pelea? ¿Y si enterraba mejor el hacha de guerra?
Le sonrió a Ladybug y ella respondió con una sonrisa nerviosa. Abruptamente volvió a hablar su compañera.
— Quiero pedirte perdón una vez más, Chat. No sé cuántas veces lo repetiré, pero quiero ofrecerte lo que esté en mi mano para que tú…
— Tranquila —la cortó él y ella hizo un respingo, sorprendida—. Creo que ya me ha quedado claro que estás arrepentida. Perdona por haberme puesto estos días bastante frío y duro, pero estaba demasiado molesto con toda la situación… Y porque también necesitaba pensar y aclarar mis ideas.
Ella lo escuchaba atentamente, con los ojos muy abiertos. Marinette no creía que podría tener una conversación normal con él, todo lo contrario a lo que últimamente se decían…
— Ya no te guardo rencor, Ladybug. Así que, por mí, está todo zanjado y arreglado. Estás perdonada. Además, yo también quiero pedirte disculpas por mi comportamiento, porque…
Sin esperárselo, Chat Noir recibió un fuerte abrazo de Ladybug, que empezó a llorar. Se agarró a él con fuerza, sin querer soltarlo, mientras sus sollozos eran débiles. Él correspondió el abrazo, envolviéndole la espalda y acercándola más a él.
No estuvieron demasiado tiempo así, pero sí lo suficiente para que sintieran que se dijeron, con ese abrazo, un "Lo siento" y "Perdóname". La heroína estaba feliz y retiró sus lágrimas rápidamente.
— Gracias, de verdad —dijo ella, sonriente—. Te juro que…
— No es necesario que jures —hizo un gesto con la mano—. Ya lo sé.
Ella se movió en su asiento, agitando los pies adelante y atrás, o haciendo círculos, no hacía con ellos un movimiento repetitivo o concreto. Simplemente, estaba feliz. Fue perdonada y sólo eso bastaba para que las cosas fueran igual que antes. O, al menos, eso esperaba…
Sentados en el pico más alto de ese rascacielos y observando el barrio en donde se encontraban, por fin estaban el uno al lado del otro en cercanía, no a varios metros de distancia.
Chat Noir le pasó un brazo por los hombros con confianza, de manera reconfortante. Ladybug no se retiró, antaño seguramente lo habría hecho.
— Me gustaría decirte algo.
Se giró para verle.
— Pero no me gustaría que te enfadaras… Tampoco sé cómo será tu reacción cuando te lo cuente, pero creo que es necesario decírtelo.
— Mientras que no sea algo grave, peligroso, pervertido o algo así, creo que podrías decírmelo sin problemas —dijo Ladybug, apremiándole a que él le contase lo que deseaba decir.
El chico suspiró con algo de pesadez, haciendo un gesto raro con los ojos, empequeñeciéndolos un breve momento con un ligero tic, sobre todo en el ojo derecho.
— Vale… Está bien —para Adrien ya no habría marcha atrás, estaba preparándose mentalmente por días para confesárselo a su colega de batallas—. Pues… esto… eh… En fin, allá voy… ¡Me gusta alguien!
Después de haberlo soltado, Chat Noir cerró los ojos con fuerza y se retiró rápidamente por si Ladybug explotaba o algo parecido. Pero no, no fue así. Estaba impasible o más bien estaba asimilando lo que Chat Noir le confesó. ¿Le gustaba alguien? Vaya, pues eso era… ¿¡fantástico!?
— ¡Eso es genial! —chilló Ladybug—. Me alegro mucho por ti, Chat.
El héroe gatuno abrió un ojo, un tanto incrédulo por aquellas palabras, y se reincorporó.
— Eh… ¿En serio? —inquirió, acercándose de nuevo a su compañera y adquiriendo una postura normal.
— Claro. ¿Por qué tendría que molestarme? —preguntó ella, riéndose—. ¿Creías que me iba a poner celosa?
— Quizás —admitió el chico—. No sé… Como sabías de mis sentimientos hacia a ti…
— Pero eso fue en el pasado, ¡gato tonto! —palmeó su espalda, a modo de pequeña regañina—. Ahora… sientes algo maravilloso por esa persona, y eso es fantástico. ¿Estás enamorado?
— Enamorado creo que es una palabra muy seria y muy fuerte —dijo Chat Noir—. Contigo digamos que fue admiración y enchochamiento a partes iguales. Obsesión, casi que me atrevería a decir.
— Eso ya me da algo de vergüenza ajena, perdona que te diga —a Marinette no le gustó escuchar la palabra "enchochamiento" porque lo veía muy obsceno en boca de Chat Noir—. Menos mal que eso se te ha pasado… ¿verdad?
— Completamente, puedes estar segura de ello —aseguró el rubio enmascarado—. Para mí eres una buena amiga con la que se puede confiar y una estupenda heroína. ¿Posible novia? ¡Ni de lejos! Encima que estabas siempre con la cantinela de "No debemos saber nuestras verdaderas identidades, tienen que estar ocultas a toda costa"…
La imitación que hizo su colega la hizo reír.
— No deja de ser una verdad tan grande como un templo, te lo recuerdo —apuntó Ladybug, señalando ese hecho con un dedo.
— Lo sé, lo sé —Chat Noir puso los ojos en blanco mientras entonaba sus frases muy aburrido—. Eras muy pesada. ¡Y lo sigues siendo!
— Gracias —elevó su pecho, orgullosa—. Me importa nuestra seguridad y la de nuestros seres queridos. El riesgo puede ser enorme.
— Pero en Nueva York no tenemos amigos o familiares —decía Chat Noir, hasta que se dio cuenta de que estaba rotundamente equivocado—. Emm, mejor olvídalo, me he equivocado.
— Ah, entonces tienes amigos y familia aquí, qué curioso… Y yo que pensaba que no tenías a nadie aquí.
— Jeje, pues… ¡error! Aquí está mi padre, aunque no siempre, y tengo a una amiga que…
— Oh, ¿esa chica es la que te gusta? —Ladybug ignoró completamente la parte del padre porque le interesaba más lo de la amiga—. ¡Cuenta, cuenta!
— Qué cotilla eres… —resopló Chat Noir.
— No soy cotilla, sólo… quiero ayudar, podría darte consejos para ganarte su corazón o cómo pensamos las chicas con respecto a los chicos, y…
Su frase se vio interrumpida por un retorcijón de su vientre. Carraspeó para no darle importancia y para que Chat Noir no supiera que estaba en "esos días del mes", por si se atrevía a preguntarle qué pasaba. A decir verdad, seguía algo debilucha y despistada, y esta conversación la ayudaba a estar un poco más atenta y activa, aunque por dentro se sentía peor de lo que aparentaba a simple vista.
— Creo que no eres la indicada en decirme eso… si todavía andas rondándole a ese chico por años y no te atreves a decirle que te gusta.
— ¿Perdona? —no sabía si era peor aquel horrible dolor de útero o esa frase dicha por su compañero—. Es que él y yo… Sí, somos amigos, pero… ¡Él sólo me ve como buena una amiga! ¿Cuántas veces tengo que…?
Adrien paró en la cuenta de que esa frase le sonaba muchísimo. Recordaba aquél sueño o pesadilla —vaya, no sabía cómo clasificar lo que soñó aquel día—, en donde Marinette decía esa misma frase. Sacudió su cabeza ligeramente. No tenía que fusionar o mezclar a Marinette con Ladybug, en ningún caso.
Son dos personas diferentes. Él ya dio el paso en querer estar con su amiga… Marinette. ¡Oh, mierda! ¿Por qué estas absurdas coincidencias? O era la mente que le jugaba una mala pasada…
— ¡Llevo enamorada de él años y años, y él nunca se ha fijado en mí, no me ha dado una maldita señal! —su tono era de frustración y rechinó ligeramente los dientes mientras arrugó el ceño.
Le sonaba tanto todo lo que Ladybug decía que era horrible. Tendría que pararla o la mente de Adrien explotaría por el cúmulo de casualidades.
— Bueno, bueno, algún día lo conseguirás, ya verás que sí —era necesario cambiar de conversación, y prefería decirle cómo se sentía con respecto a Marinette—. En fin, ¿te interesaría saber cosas de la chica que me gusta?
Ella asintió con la cabeza. Bien, pudo desviar la charla a otro terreno más… ¿seguro?
— Venga, cuéntame…
— No te voy a dar muchos detalles, porque ella es una persona… anónima, normal, digámoslo así. Y quiero que sea así, por lo que voy a tomar tu carta de las identidades secretas y todo ese rollo que cuentas, y también se lo aplicaré a ella —comentó Chat Noir antes de proseguir.
— Entiendo —se encogió ligeramente de hombros—. No pasa nada, continúa. ¿Cómo es ella?
Los ojos de Chat Noir empezaron a brillar al comenzar al describirla. Y sus mejillas tomaron un leve tono carmesí, cosa que su antifaz negro pegado en su rostro no podía ocultar.
— Ella es… preciosa —admitir todo y decirlo a viva voz era bochornoso, pero a la vez era agradable porque podría, por fin, liberarse de todo aquello—. Su pelo es precioso, sedoso, largo y brillante. Tiene unos ojos preciosos que, cuando se ilusiona o está contentísima, se le iluminan de una manera que envidiaría a las estrellas. Ah, y su piel también es preciosa, muy suave y…
— Vale, me ha quedado claro que es… PRECIOSA —se cachondeó de él.
— Joder, Ladybug —bufó Chat Noir—. Que me estoy abriendo y me interrumpes diciendo eso.
— Es que has repetido muchas veces esa palabra que roza lo ridículo, usa otras palabras para describir su… preciosura —le aconsejó—. Además, no te fijes sólo en su físico, eso te deja en mal lugar porque entonces parecerías una persona superficial.
— Todavía no he terminado, bichito. He dejado lo mejor para el final. Superficial… dice ella…
Los ojos de Chat Noir rodaron para ponerlos en blanco por un breve momento, inspiró aire y siguió con su descripción.
— Ojalá la conocieras, es una muchacha fantástica. Tiene mucho talento y es muy creativa, intentará ponerle solución a la gran mayoría de las cosas con su imaginación. Es bastante tímida y algo reservada, pero cuando pilla mucha confianza se suelta y te puede contar muchas anécdotas. Cuando quedamos para salir y tomar algo, ni de broma quiere que la invite porque quiere demostrarme que ella puede con todo. Se esfuerza mucho en sus estudios, es curiosa y es muy lista. Si ves que tienes dudas, ella te dirá cuál es la mejor opción que cree conveniente, o te impulsa a que decidas a hacer algo, animándote. Si se equivoca, pedirá perdón al segundo, sintiendo de verdad que se ha equivocado. Podría hablar horas y horas de ella… En resumen, es una chica encantadora y posee un corazón de oro —explicó Chat Noir, cuya cola artificial se movía emocionada al recordar a Marinette.
Ladybug se quedó pasmada. No sabía qué decir. En realidad, estaba sorprendida por las palabras de su compañero de aventuras. Todo eran frases sinceras, de verdadero amor y devoción por esa chica. No era que le gustase, es que estaba enamorado. Puede que para él aquella palabra fuera fuerte y grave, pero es que era muy evidente.
— Eh… vale. Eso me gusta mucho más —dijo al fin ella, después de una larga pausa—. Chat, tú lo que estás es enamorado, eso de sólo te gusta es tontería.
— Que no, no estoy enamorado —negó con la cabeza, insistiendo en ese hecho—. Hace poco tiempo que me di cuenta que me gustaba y que sentía esas cosas por ella, pero realmente al principio la consideraba únicamente una amiga y nada más.
— Sí, y las amistades pueden evolucionar, ¿sabes? De la amistad al amor hay una fina línea que cruzar…
— Y del amor al odio también hay un solo paso, ya que estamos… —y, una vez más, Chat puso los ojos en blanco.
— ¡Admítelo! ¡Admite que estás enamorado!
— Es complicado, Ladybug —las orejas negras se agacharon—. No quiero salir escaldado de nuevo…
Se hizo otro silencio, pero esta vez incómodo. Ellos dos sabían a lo que se refería.
— Te vuelvo a pedir perdón por todo —soltó ella, disculpándose.
— Ya da igual eso. Hay que quemar etapas. Así que tranquila por eso —la calmó con una pequeña palmadita en el hombro—. Si quieres a ese muchacho, pues adelante. Y si, por un casual, se fija en ti y… ¡aleluya, hermanos! ¡Ladybug por fin tendrá novio! ¡Y se casarán y comerán perdices… y!
— ¡Qué exagerado! —exclamó, cruzándose de brazos—. Si a lo largo de estos años no he podido… ¡Tú tienes más posibilidades!
— No lo sé… Yo quiero ir poco a poco —Chat Noir se encogió de hombros—. Sin molestarla o intimidarla. Si veo algún indicio de su parte, si veo que tiene interés, pues entonces… intentaré cortejarla de alguna manera, suave y casi imperceptible. Ir de manera brusca o avasallarla no creo que sea bueno.
— Oh, por fin razonas —dijo burlonamente la superheroína—. Mientras que no le hagas chistes incómodos o juegos de palabras de gatos, seguro que tendrás un éxito arrollador con ella.
— Veré qué puedo hacer —le sonrió—. Gracias por escucharme.
— No hay de qué —ella le devolvió la sonrisa—. Para eso están los amigos, ¿no? Además…
BOUM.
BOUM.
BOUM.
Tanto Ladybug como Chat Noir se asustaron por el ruido que, de pronto, había comenzado. Parecían bombas. Ese horrible sonido, tan estruendoso, se escuchaba continuamente. Sólo deseaban que no fuese un atentado terrorista o similar.
— Ese sonido no me hace ni una pizca de gracia —Chat Noir se levantó—. Será mejor que indaguemos dónde está el foco del ruido.
Ladybug asintió y se levantó con un poco de dificultad, otra vez su útero la estaba martirizando con pinchazos. Qué ganas tenía de acabar con todo, regresar a casa y acostarse en la cama con una bolsa de agua caliente sobre su vientre y en sus riñones.
Con una mirada ambos decidieron saltar del rascacielos y supervisar la zona antes de ir al origen de todos esos sonidos atronadores. Marinette notaba que iba más lenta que su compañero, él corría a cuatro patas y se ayudaba de su bastón para esquivar algunos obstáculos, pero ella sólo usaba su yoyó sin demasiada soltura o rapidez. Asimismo, se estaba empezando a agobiar e incluso a marear. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
Una fuerza invisible creaba abolladuras en todo lo que había a su paso. Aplastamientos tan grandes como una casa de tres plantas a lo sumo. La gente huía despavorida, temiendo por su seguridad. Escaneando el desastre, sólo había afectados elementos materiales y mobiliario urbano. Afortunadamente el dispositivo de alerta llegó a ser efectivo y las personas que se encontraban cerca del desastre pudieron cobijarse.
Estaba claro que todo esto lo creó un akuma. Menudo poder devastador… Había roto varias farolas, por lo que Chat Noir lo tuvo más fácil gracias a su visión nocturna. Por otro lado, estaba alerta. Más alerta que ella. Y ella no tenía los cinco sentidos puestos, tenía una clara desventaja.
«Concéntrate. ¡Concéntrate, Marinette!», se regañaba a sí misma internamente.
Y otro estruendo más, creando un pequeño cráter en el asfalto, cerca de donde estaban. Marinette se asustó tanto que hasta tembló. Papillon había aprovechado el día perfecto para mandar un akuma, de noche, en Halloween.
Notó una presencia a su lado y giró. Delante de ellos se presentó el supuesto creador de abolladuras: estaba cubierto de arriba abajo por una capa negra, roída y sucia, levitaba en el aire sin necesidad de un elemento externo. No tenía manos pero sí pies, que eran de un color verde putrefacto. En su pie izquierdo colgaba una anilla dorada y, después, le seguía una cadena con una gran bola de demolición totalmente oxidada y corroída de color grisáceo.
Ladybug intentó por todos los medios concentrarse y saber dónde se encontraba el objeto akumatizado con el que Papillon controlaba a aquella persona, que no era otra cosa que la anilla dorada que rodeaba el tobillo, pues destacaba más que lo demás que portaba. Sin embargo, era la bola la que provocaba esos desastres, por lo que sería muy difícil destruir la anilla al estar unida a esa esfera mortal.
— Parece un dementor… —susurró Chat Noir, soltando su vena friki, pero luego alzó la voz—. ¿Te has escapado de un libro de J.K. Rowling?
Recibió como contestación un amago de ataque con la bola —que Chat Noir esquivó con eficacia—, antes de desaparecer a la misma velocidad con la que apareció.
— Muy bien, le has provocado. Ahora somos su blanco —dijo, con algo de ansiedad, Ladybug.
— Esa era mi intención —se puso en guardia, mirando alrededor—. Prefiero que no siga destruyendo cosas o le dé por atacar a la gente.
— Sabes que no podemos verlo porque una de sus características es hacerse invisible, ¿verdad? —Ladybug giraba su yoyó con impaciencia.
— Podemos escucharlo perfectamente cuando mueve su tela al desplazarse de acá para allá. Es invisible pero no imperceptible, bichito —era evidente que Chat Noir tenía más desarrollada su capacidad de escucha gracias a sus orejas de pega, pero también porque estaba más atento que Ladybug—. Pensé que eso también lo sabías, sueles fijarte en esos detalles.
— Lo siento, hoy no estoy muy fina que digamos —se justificó ella, notando cómo se incrementaba el dolor de su vientre.
— Pues hay que ponerse las pilas, este akuma es peligroso y es capaz de hacer cualquier cosa… ¡Cuidado!
Por escasos milímetros pudieron esquivar aquella bola de acero sin tener rasguño alguno. Era cierto, el akuma cuando se acercaba hacía un ruido, parecido a las cadenas que llevaba mezclado con el sonido del viento. Como Marinette no estuviese pendiente… lo iba a tener complicado para vencerlo. Tendría que delegar en Chat Noir y pensar una estrategia.
— Chat, por favor, ¿podrías encargarte en provocarle más y que se acerque a ti? —pidió Ladybug—. Quiero probar a hacer algunas cosas y necesito pensar en cómo vencerlo…
— No sé qué te pasa, pero deberías mantenerte alerta —le aconsejó el héroe—. A ver si acabamos pronto, porque todo esto me da mala espina.
A cada minuto que pasaba, Marinette se sentía más débil y mareada, al mismo tiempo que los dolores no la dejaban concentrarse lo suficiente. Comprobaron que el akumatizado era intangible cuando desaparecía, ya que Ladybug probó de todo: echarle harina, rociarlo con spray de colores chillones para el pelo, intentar acercarlo al agua localizar su situación gracias a las salpicaduras u ondas que se formarían en el medio líquido… pero nada.
Invisible y con un poder destructor tal que parecía invencible. Chat Noir tenía mil ojos y sus dos pares de orejas bien abiertas, sorteando todos los ataques. Y Ladybug… sus movimientos eran más torpes y lentos. Había intentado de todo, pero nada, ya sólo le faltaría invocar el Lucky Charm para acabar de una vez por todas. Había que cambiar de estrategia.
Sería complicado, mas no imposible. Pero, antes que nada…
— Chat Noir, el akuma está en ese brazalete dorado que tiene en el tobillo —le advirtió, casi respirando con dificultad al moverse de un lado a otro con el yoyó.
— ¿El mismo donde está colgada la bola y la cadena? —preguntó él, temiendo la respuesta ya que se lo olía.
— Desgraciadamente… sí —respondió Ladybug, pesarosa.
— Menuda putada —maldijo por lo bajo el héroe gatuno—. ¡Qué remedio! Va a ser complicado porque es el mismo objeto con el que ataca, bueno… casi.
BOUM.
El golpe dirigido a una vivienda casi rozó a Ladybug, y Chat Noir tuvo que agarrarla, aferrarse a su cuerpo para protegerla y alejarse ambos de la zona afectada con el bastón de éste.
— No quiero regañarte, My Lady, pero creo que va siendo hora de que uses tu Lucky Charm. En las condiciones en las que estás, porque veo que no estás bien, es mejor terminar rápido con esto —Chat Noir se sostenía con la vara a diez metros del suelo.
— De verdad que lo siento, yo… —los ojos se le iban cerrando, inclinando mínimamente la cabeza hacia la derecha.
— No es tu culpa —negó con la cabeza el joven—. Lo malo es que es tarde e ir al médico no puede ser posible, además de que cobran un dineral… Cuando terminemos con el akuma, intenta descansar y tomarte algo para el dolor o lo que sea…
— Gracias por comprenderme… —Ladybug sorbió un poco la nariz—. No soy la perfecta Ladybug en la que todo el mundo confía.
— Deja de decir tonterías, ¿quién no ha tenido un día malo o está pachucho? ¡Fíjate en mí, con mi alergia a las plumas! ¿Eso me hace menos perfecto o menos válido como superhéroe? ¡Qué va! —lógicamente, Chat Noir intentaba quitarle hierro al asunto, a la par que se fijaba en todo por si el akumatizado volvía a la carga.
— Lo sé, sólo quiero que recuerdes que el akuma está ahí, por si puedes destruirlo antes de que yo…
— ¿Por qué dices eso? —le preguntó, arrugando la nariz—. ¡Podrás con él, ya verás!
«No estoy tan segura…», pensó Marinette.
El dolor se volvía insoportable. Veía más capaz a Chat Noir, él podría vencer al akumatizado con facilidad. Pero ella… ella se estaba convirtiendo en un estorbo. Se sentía impedida, desconocía que la menstruación haría tanta mella en su cuerpo, y qué casualidad que hoy iba a hacerlo con tanta violencia.
Como no quería molestar en demasía a su compañero, se soltó de él, aterrizando en un ático cercano. No iba a perder más tiempo. Sacó su yoyó del cinturón y empezó a pronunciar las palabras mágicas para que un objeto aleatorio hiciera su aparición estelar, ayudándola para vencer al enemigo al que se enfrentaban en esta ocasión.
— ¡Lucky Cha…!
— Deadly Iron Sphere!
Una voz tétrica se escuchó, era tan heladora que se calaba hasta en los huesos.
Ladybug no pudo invocar el Lucky Charm. Ladybug no hizo aparecer objeto alguno con su magia. Ladybug fue interrumpida al decir su frase mágica.
Chat Noir no llegó a tiempo. Vio cómo el akumatizado reveló su identidad, saliendo de su estado de invisibilidad, colocándose de espaldas a Ladybug. Cuando pronunció aquellas sombrías palabras, su tela enmohecida se abrió como una cortina y aquella bola que tenía enganchada en la cadena desapareció… volviendo en una versión más grande y devastadora a través de paño oscuro que cubría a esta marioneta de Papillon.
Aquella bola colisionó contra el cuerpo de la heroína violentamente. Se oyó un crujir de huesos múltiple y una espiración corta, repentina, con falta de aire.
Ella no pudo reaccionar, no pudo moverse o girarse para enfrentar al akumatizado. No pudo salvarse de aquel ataque mortal.
Marinette no recordó su último pensamiento antes de perder totalmente la consciencia, antes de caer al suelo abruptamente con un sonido sordo y con todo el peso de su cuerpo. Ya no había luz… únicamente oscuridad.
Y, finalmente, se escuchó otro sonido, esta vez desgarrador: el grito de Chat Noir, chillando el nombre de Ladybug a todo pulmón, que se escuchó a varios metros a la redonda.
