3.-Un amor largamente perdido.

La reunión terminó poco antes de anochecer. Ni siquiera la habían interrumpido para comer o descansar un rato, pues lo que se trataba en ella era demasiado importante para las dos partes involucradas.

Yamato suspiró, dejándose caer sobre un diván de la habitación que tenía asignada, en lo que Nanaumi le conseguía algo de comer. Podría hacerlo con los demás, el resto de los reyes e invitados que no pertenecían a la familia Ren, que se apartó en grupo a un salón privado para seguir discutiendo entre ellos, para disfrutar que seguían vivos y juntos, pero no quería seguir cargando con el peso del odio de todos.

Era agotador.

Estaba preparado para hacerlo con el de Koumei, con el de su familia, a la que se lo estaba arrebatando, pero no con el de sus aliados, con el de Ja´far, que era el más peligroso dado el caso. Aun podía sentir los hilos de sus armas presionándolo, y si no hubiera reaccionado a la velocidad que lo hizo, interponiendo su brazo entre estos y su cuello, estaba seguro que lo habría ahorcado en lugar de solo inmovilizarlo, como sucedió. Muerto sin tiempo de hacer nada, sin haber logrado su objetivo principal, solo fugaces satisfacciones en el proceso de obtenerlo.

Debería cuidarse de él durante algún tiempo, no volver a bajar a la guardia en su presencia, pues si en ese momento parecía odiarlo, estar dispuesto a matarlo por poner en entre dicho la honorabilidad de la Alianza, por haber hecho algo tan sucio, después de enterarse que su Alteza era viudo y cuanto había amado a su esposo, aunque eso significará que no estupró su virginidad, parecía dispuesto a matarlo por afrenta personal.

Sinbad estaba molesto por que desobedeció su orden, Darius Leoxes por que iba en contra de sus creencias, pero los demás no tenían un motivo razonable para mirarlo de ese modo. Era la guerra, y él uso tácticas de guerra. Pero si era por Koumei podía soportarlo, pues era verdad lo que dijo. Lo amaba.

Por eso no le importaba lo que pensaran los demás, incluso lo que Koumei pensará de él. Sería suyo, y eso era lo único que importaba.

Aun así, fue un golpe duro, además de inesperado, que aun amará a ese príncipe muerto, que le hubiera pertenecido de un modo que jamás le pertenecería a él.

Había considerado tener competencia, que alguno de los muchos hombres que lo rodeaban se hubiera atrevido a levantar los ojos hasta él, dejándose llevar por lo hermoso y noble que era; que incluso él se hubiera dignado mirar a alguno, a darle esperanzas… también, en sus días más negros, llego a temer que, a la usanza de su imperio, deseará desposar a una de sus hermanas, si es que había elegido vivir como varón y no como doncel, o que estuviera enamorado de su poderoso hermano y no de un hombre cualquiera que lo decepcionaría cuando no pudiera rescatarlo de sus manos, pero jamás eso. Un muerto, alguien digno de su nobleza, parte de su familia, al que amaba de verdad.

Alguien contra quien ya no se podía competir.

Contra el príncipe Ren Hakuren no tenía oportunidad, pues no solo lo amaba, sino que lo desposó; y no solo por no haber tomado su virginidad, que si bien en su momento le satisfizo creer que la tomaba, nunca acabo de gustarle la idea de estársela arrebatando, sino porque para Koumei, él nunca llegaría a ser como Hakuren, no importaba lo bueno o malo que fuera, que llegará a ser. Siempre estaría bajo su sombra.

Hasta ese día había esperado, confiado en que a fuerza de amarlo, de demostrárselo cuando fuera suyo, lograría su amor, pero ahora sabía lo único que tendría de él sería su odio, lo que seguía siendo mucho mejor que su indiferencia, que no existir ante sus ojos, y aunque trataría de hacer todo lo posible por que algún día los sentimientos de Koumei cambiaran, por más tiempo del que desearía debería conformarse con amarlo él, como lo había hecho todos esos años.

Por el momento había logrado que lo mirará sin temor, retándolo, que fuera él quien se acercará, aunque fuera para agredirlo, que le pusiera la mano encima, que le hablará sin que su voz temblará, frío, duro, mientras negociaba su entrega en sus brazos, su presencia a su lado, tener a sus herederos…

-El príncipe es muy afortunado de que usted desee casarse con él, Takeruhiko-sama.-Nanaumi había vuelto, y su sinceridad era gratificante.

Ella de verdad creía que era Koumei el afortunado y no él, a pesar de que eso lo pondría para siempre fuera de su alcance, porque sabía cuan fuerte era lo que sentía por el príncipe de Kou, pero si era por su felicidad estaba dispuesta a ser la primera en celebrar sus bodas. Él nunca podría ser así de desinteresado. Y ahora dudaba de lo que todos esos años él había pensado, alentado por ella, que solo con mostrarle cuanto lo amaba Koumei lo aceptará e hiciera lo mismo.

-Algún día, él también verá lo que yo.-ella se había dejado caer a sus pies y sostenía su copa de vino.

Meditabundo no era una palabra que pegará con su señor, y a su modo, quería animarlo. De no estar el príncipe enamorado de otro no sería necesario, pues solo con estar al lado de su señor se daría cuenta de lo afortunado de que era, pero ahora, ambos deberían esforzarse para que él olvidara el pasado.

-Nanaumi…

-Sino es que es un tonto…

-Sé una buena chica y déjame solo.

Ella obedeció de inmediato, como siempre, solo volviéndose a mirarlo antes de salir. Si todo fuera tan fácil como ella decía no tendría problemas ahora, pero no era el caso.

Se tocó los arañazos que le Koumei le diera al violarlo y pensó que tan profundas serían las marcas que él le había dejado al hacerlo. Las suyas desaparecerían en unos días, las más profundas en semanas, pero las de él, ¿cuándo?

Nunca tal vez, como la impresión que él tuvo al verlo la primera vez, mientras paseaba por unas provincias recién conquistadas por Kou haciéndose pasar por un viajero común, pues Kina había cortado relaciones con el Imperio apenas él subió al trono. Eso debía significar que Koumei era ya el segundo príncipe imperial, pues su reino había dejado de pagarle tributo a Kou luego de que fue unificado, y poco después asesinaron a su emperador y herederos.

Ese día solo quería recolectar información, conocer a otro de los nuevos príncipes del Imperio, pues había conocido a los anteriores al ir con su padre a pagar el tributo y, de lejos, había visto al actual emperador y a su hijo mayor, el hermano del que debería conocer ese día, más joven que él y ya conquistador de un calabozo.

Que eran una familia impresionante lo pudo volver a constar cuando posó sus ojos sobre el jovencito que montaba al frente de la comitiva, tan hermoso que dudo por un instante de sus ojos, pero al que mientras más veía, más se convencía de que era real y no un sueño, con ese cabello rojo oscuro, esos ojos claros y levemente rasgados, de pestañas tupidas, atentos a todo a pensar de su aparente aburrimiento, y sus facciones finas, su silueta espigada, su andar reposado, sus movimientos gráciles y su tono educado, atento y respetuoso con todos a quienes se dignaba hablarles, pese a su rango.

Lo contempló menos de lo que habría deseado, y mientras se informaba a donde iría después su comitiva, decidió que algún día desposaría a alguien tan bello y tan noble como él, solo para darse cuenta después, conforme más lo miraba, que no estaría satisfecho sino con él, que lo deseaba a él.

Pero para tenerlo, para aspirar a su mano, necesitaba poder. No le bastaba con ser el gobernante de su reino, pues sabía que a su padre y a su hermano tampoco les bastaría. Para conseguirlo debería conquistar también un calabozo.

Lo amaba tanto, deseaba tanto tenerlo, ansiaba tanto su presencia, que no le importaba el precio a pagar. Ni siquiera que Koumei lo odiará.

Frágil como una copa de cristal. Era una suerte que apenas saber lo que le había pasado sus hermanos, de sangre y adoptivos, lo consideraran así, pues de otro modo habría sido difícil alejarse de ellos luego de lo que pasó, conseguir quedarse a solas e irse apenas había probado un par de bocados, luego de retirarse junto con ellos a uno de los salones del palacio de Balbadd.

De inmediato había sido ordenado su traspaso a otra habitación, en atención a su posible estado, aunque Hakuryuu-dono dijera que era para que estuviera más cerca de sus hermanos si es que se sentía mal.

Más cerca, más vigilado, pero también resguardado de que Yamato-oh pudiera acercarse a él. Eso estaba bien. De su supuesto estado prefería no pensar, confiarse en las probabilidades de que estando herido no podría haber quedado en preñado, que ya bastante malo era su destino de todos modos.

Su honor no era tan importante en sí mismo, podía vivir así, pero que hubiera mancillado el de su familia, el de Hakuren, en el proceso era imperdonable. Era por lo que había aceptado la boda, más incluso que si por si acaso estaba embarazado. Después de todo, el honor y la familia siempre habían sido lo más importante para los Ren, para él. Para Hakuren.

Esa boda volvería a dejar en su lugar la dignidad de su familia, no dejaría que su nombre corriera por boca de todos, y no permitiría que nadie lo mirará a él con lastima o a su hermano sobre el hombro. Que pasará de tener un hermano desposado con un príncipe imperial a uno abiertamente deshonrado por su enemigo, que tenía la desfachatez de hacerlo público sin consideración a su pudor.

Por ahora todos los miembros de la Alianza habían jurado silencio y mientras ambos cumplieran su parte del acuerdo, la situación para él sería soportable o eso esperaba.

En esos momentos lo único que deseaba era estar solo para llorar hasta que no pudiera más y recuperar así el control sobre sí mismo, porque hacerlo sería catártico y no podía permitirse seguir mostrándolo en público. Para empezar, no debió haberlo hecho ese día, pero estaba tan exhausto, tan agotado por lo sucedido durante esa semana, que no considero que Yamato-oh pudiera exigir su mano de ese modo, ese día, y al mostrar su dolor, su turbación, le dio poder al rey de Kina, pues la preocupación de su emperador por él se volvió debilidad, y la de su hermano, furia, aun cuando solía ocultar tan bien lo que pensaba.

Todos le dejaron ver cuánto los afectaba lo que le había hecho, y, si era mentira, como creía, eso de que lo amaba, debería hacer algo para que no creyerá que podía usarlo como carta de triunfo en contra de su familia.

Pero también era porque no quería consuelo, sino regodearse en su dolor, que era lo único que le quedaba de su amor largamente perdido, de sus sueños rotos y todo lo que había perdido por el camino que lo había llevado a donde estaba ahora, fuera su culpa o no.

Aún era pequeño cuando conoció a Hakuren, y aunque en un primer momento no lo impresionó, tan sencillo, tan fácil de conmover, de dejarse llevar por sus sentimientos, se volvió una presencia constante en su vida, cada vez más imprescindible conforme pasó el tiempo, conforme su alegría y su sinceridad eran el única ancla a la cual asirse en medio de la crueldad de la guerra, el único rayo de luz en medio de tanta desesperación.

El emperador era admirable y su hermano era fuerte, imitando a su alteza Hakuyuu, y ellos procuraban ser un sostén, darles una razón de seguir a ambos, fortaleza para pelear a Kouen, pues pelear nunca fue lo suyo y pronto se encontró en la retaguardia, protegido por todos, planeando sus ataques, sus victorias, pues estaba convencido de que tenían la razón, de que el mundo que imaginaban era como debería ser.

Los admiraba, respetaba a todos, y aun así, se inclinaba más hacía su Alteza, el segundo príncipe imperial, del mismo modo que su hermano lo hacía el heredero del emperador, y apenas dejaba la infancia cuando se dio cuenta que lo que sentía por él era muy distinto a lo que sentía por el resto de sus hermanos, de su familia.

Se enamoró de él sin apenas darse cuenta, pues le era tan natural como respirar, y darse cuenta de que él sentía lo mismo fue una de las sensaciones más maravillosas que experimentó en su vida, y durante meses, el tiempo que podían estar juntos era pleno solo con su mutua compañía, pues no les hacía falta hablar siquiera para entenderse.

Después Hakuren, y su alteza Hakuyuu, comenzaron a cambiar. Se volvieron más duros, severos, y a pesar de que cada vez les faltaba menos para lograr la unificación de los tres reinos, no parecían satisfechos, sino temer algo. Que su ambición no se logrará, llegó a creer, pues aun siendo como era, Hakuren compartía el ansia de poder de su hermano.

No le dijo nada, y él lo dejó pasar. Solo después supo por Kouen que ellos comenzaban a sospechar no solo de Al Thamen, sino de su madre, de su tío.

De haberlo sabido habría empañado su felicidad, pero habría podido hacer algo, investigar las conspiraciones de la corte cuando lo dejaban en la capital en lo que ellos y Kouen se iban a conquistar territorio, lo habría podido apoyar más, y tal vez, solo tal vez, su relación se habría profundizado más, más rápido, pues durante meses, Hakuren no se atrevió siquiera a besarlo por el respeto que sentía por su hermano.

Más tiempo pasó, y solo cuando Kou estuvo unificado, Hakuren decidió que debían hacer bien las cosas y pedir la aprobación de su familia, su padre y emperador, y su hermano Kouen.

Koutoku-sama nunca se encargaba de ellos, así que le pareció natural no decirle, más cuando su hermano y rey había estado de acuerdo, y los meses que pasaron fueron todo lo que habría podido desear, hasta el momento, en que, arrepentido por haberlo seducido sin haber formalizado su unión, aunque ambos habían estado de acuerdo y lo habían deseado por mucho tiempo, Hakuren lo hizo presentarse con él a pedir perdón y sellar el contrato matrimonial.

Pero para ese momento, él ya también sabía que en el corazón del Imperio anidaba la traición, y lo hicieron en secreto, solo mientras que los príncipes conseguían el poder suficiente para tomar el destino en sus propias manos.

Y aunque él le rogó a Hakuren que fueran ellos a conquistar el que sería el calabozo de Astaroth, o que por lo menos fueran junto a él y Kouen, se negó, lo mismo que su Alteza Hakuyuu, porque no podían dejar el reino desprotegido las semanas que tardaran dentro de la celda, porque para un conquistador de calabozo sería más fácil hacerse con otro, y por qué Kouen era tan confiable que era como hacerse con el poder ellos mismos, además que aún no era imprescindible que ellos conquistaran uno.

Se molestó, rogó, insistió, pero todo fue en vano. Sólo logró obtener la promesa de Hakuren de que, cuando volvieran, las cosas estarían mejor, y entonces harían levantar al magi un nuevo calabozo, que irían a conquistar juntos. Y él cedió, a pesar de que si hubiera insistido lo suficiente, o fingido que estaba enfermo, Kouen habría retrasado su partida a conquistar su segundo djinn; porque si bien Hakuren podía ser infantil y reír mucho por cualquier cosa, y ser ruidoso y demasiado extrovertido, cuando llegaba el momento era confiable como nadie que conociera, y estaba dispuesto a darlo todo por proteger lo que amaba, lo que era importante para él, tal como terminó haciendo.

Creían tener más tiempo, pero cuando estaban en el calabozo, Gyokuen, esa horrible mujer, aprovecho sus ausencias para matarlo a él, a su hermano y a su padre sin compasión. Ella y Al Thamen fueron los primeros en arrebatarle lo que más amaba, por no haber previsto lo que se atrevería a hacer, y ahora, el recuerdo que le permitía seguir su vida, las memorias a las que se había aferrado, habían estado a punto de serle arrebatadas por Yamato-oh, de ser manchadas por su egoísmo.

Aun ahora podía sentir cerca de él a Hakuren, nunca lo había dejado, y por primera vez deseaba no hacerlo pues no se sentía digno de su compañía y no sabía que más hacer aparte de llorar para pedirle perdón por lo que debería hacer, por faltarle a su memoria casándose con ese hombre, que si bien jamás tendría su corazón, sí tendría su cuerpo, su presencia y su apoyo si así lo requería, pues si de verdad le dejaría reinar con él en Kina, como le había dicho que haría cuando acordaron los términos, se desempeñaría bien, por el bien de todos, porque era el único modo que veía de seguir cumpliendo su sueño de unificar al mundo.

Solo le gustaría saber si en verdad lo había conocido, o visto antes, para justificar ese amor que decía tenerle, o si solo fue una excusa, algo con que justificar sus acciones… si era así, lo odiaría por siempre, con todas sus fuerzas, por robarle lo único que le había dejado el futuro.

Poco a poco, Koumei se dejó envolver por las sombras, suspirando conforme se calmaba, abrazado por la oscuridad, que contrario a lo que había creído, no le hacía sentir la magnitud de su soledad, sino la cercanía de áquel que había sido mundo, hasta que, agotado, se quedó dormido, y fuera de su puerta, Hakuryuu se permitía alejarse después de haberlo escuchado llorar hasta no poder más.

Había querido hablar con él, pero al oírlo sollozar no se atrevió a entrar. No cuando él era el causante de todo aquello.