4.-Acuerdos e impresiones.

La luz entraba a raudales por los ventanales de la habitación de Hakuryuu en el palacio, la alcoba del rey de Balbadd, aquella donde debería de estar Alibaba por derecho propio, si tan solo las cosas hubieran sido distintas.

Ahora estaba ocupada por todos los Ren, que junto a Aladdin, se miraban entre ellos, tratando de decidir quién rompería el silencio.

El joven magi no tenía prisa en hacerlo, hablar era difícil cuando no tenías nada bueno que decir, y además, el rukh se portaba de manera extraña con varios de los presentes y trataba de adivinar por qué. En principio era diferente al modo de portarse del rukh con Sinbad-ojisan, que era el primero que no era un magi o había caído en la depravación con quien lo había notado, y también distinto entre si entre los Ren que presentaban anormalidades.

El caso más fácil era el de Koumei-dono, a quien había mirado atentamente, preocupado de que pudiera caer en la depravación debido a lo que estaba pasando, pero no era el caso. Más bien se parecía a cuando el rukh de Kassim había rodeado a Alibaba, negándose a dejarlo, pero eso había sido solo por unos momentos, antes de mezclarse con el de él, aunque no se diera cuenta de ello en ese momento, y en cambio, cada vez que había visto al estratega de Kou, había percibido lo mismo, con menor o mayor intensidad, como ahora.

Los otros eran Hakuryuu y Kouen-ojisan, parecidos entre sí, distintos a cómo eran antes, y definitivamente algo que ya había visto. Tres anormalidades distintas en cuatro personas, tres de las cuales estaban presentes, y al igual que el resto de su familia, parecían todo menos felices.

Kouen, sentado junto a Koumei, estaba serio, como siempre, pero había un aura intimidante a su alrededor, peligrosa si no estuviera rodeado por sus hermanos, que más o menos cerca de él, habían procurado mantenerlo tranquilo hasta el momento en que llegó Mei y todos se quedaron callados, viéndolo dormitar ahora sobre su hombro.

En realidad solo fingía, y Kouen lo sabía por qué su respiración seguía forzada, pero seguro no quería causarles molestias, preocuparlos más de lo que ya estaban, en especial a Kougyoku y Kouha, y eso solo lo hacía enfadar más. No era su culpa, no tenía por qué sentirse culpable cuando todo era por causa de ese maldito bastardo que estaría muerto de seguir estando él a la cabeza del Imperio, pero él tampoco se animaba a decírselo, a gritarle y hacerlo reaccionar como siempre. No se atrevía a ponerle una mano encima después de saber lo que ese desgraciado le había estado haciendo durante toda esa semana, ni siquiera por su propio bien.

Odiaba el cariz que habían tomado las cosas y no podía hacer otra cosa que esperar, que darle tiempo a Koumei para que se tranquilizará, pues el día antes, cuando lloró, cuando se quebró así frente a todos, le había recordado el pasado, la peor época de su vida, cuando no podía sino verlo sufrir sin hacer nada, y no quería regresar a ella, en especial ahora que el destino le daba la oportunidad de seguir velando por él y el resto de su familia.

A unos pasos de ellos, recortada su silueta por la claridad de la ventana, Hakuryuu se sentía un poco excluido, mirando como los Ren pelirrojos se apoyaban entre ellos, Kouha y Kougyoku cerca de Koumei-dono, solo mirándolo, sin hacer ruido, como si temieran despertarlo, pero lo entendía.

No podía estar con ellos porque, aunque Ren, su única, verdadera familia era Hakuei. Nunca se había preocupado por establecer lazos con ellos, y ahora, sintiéndose culpable, menos que nunca sabía cómo acercarse a ellos.

Era su culpa, pues no debió derogar la responsabilidad de tomar prisioneros a sus primos, ni la de llevaros a Balbadd para el juicio. Estar agotado por el uso excesivo del magoi no era una excusa, pues pudo hacer que los llevaran sus magos, o los magos de la Alianza, pero rendido Kouen a Sinbad y aguardándolo ahí, y rendidos Kouha y Kougyoku, poco le había importado la suerte de Koumei-dono, a quien aparte había dado por muerto en la batalla, por ingenuo primero, por quedar a la merced de Yamato después.

Ahora se preguntaba si no estaría mejor de estar en verdad muerto, y que ese era un hombre terrible si a propósito, en contra de sus órdenes, había fallado el golpe que debía matarlo.

También se culpaba por no haberlo sospechado, que algo iba mal con él, cuando no se dejó revisar por sus médicos al llegar, magos en los que debió confiar al ser del ejército capturado de su hermano, y que también desestimó anonadado por lo que Kouen le había dicho hacia unas horas.

Era débil, no estaba preparado para ser el emperador que Kou necesitaba, y ahora debía cargar con haber entregado a un miembro de su familia, a quien había amado su hermano, a un hombre indigno, todo por no darse cuenta que si se negaba a ser reconocido por los médicos debió ser por vergüenza, para tratar de mantener la dignidad de la familia.

Yamato hizo mal al exponerlo así, al decir lo que le había hecho en público para forzar su decisión, sobre todo cuando esta era tan obvia, cuando no había más que hacer, a pesar de que fuera injusto. De que Koumei-dono no lo mereciera.

Pero era fuerte, más duro de lo que creyó después de oírlo llorar así de desesperanzadamente el día antes, pues ya no había ni rastro de lágrimas en sus ojos, y no se quejaba, estaba tranquilo, calmado. Solo un estremecimiento involuntario lo recorrió cuando se toparon a Yamato más temprano, o cuando mencionaron su posible estado.

En realidad lo había sorprendido desde el día antes, como logró pasar de la conmoción de saber que sería entregado en matrimonio a la frialdad necesaria para mostrarse como el implacable negociador que era y en persona acordar su venta, según sus propias palabras.

Incluso él había considerado negarse a establecer las condiciones en ese momento, pues no se sentía capaz de hacerlo apropiadamente, pero Koumei-dono tomó el control del asunto, y una tras otra le arrojó condiciones a Yamato que fueron discutidas hasta que se acordó lo que podía considerarse justo para todos.

Lo primero, lo único en lo que se mantuvo inflexible y exigió desde un inicio, fue en que prometiera que no volvería a violentar a Koumei, pues a la primera agresión de la que tuvieran noticia volvería a Kou, de donde no sería exiliado puesto que aceptaba ir por su voluntad a ese matrimonio, y, como añadió Kougyoku, mirándolo con un rencor difícil de creer en ella, que en ese momento dejarían de responder por su vida.

Para su sorpresa, Yamato estuvo de acuerdo. Solo añadió que sí, sin motivo alguno, ellos atentaba contra su vida, o simplemente un atentado misterioso le sucedía antes o después de la boda, desaparecería junto con Kina y Koumei hasta que juzgará conveniente regresar, y confirmar que podía desaparecer su reino los hizo tener más cuidado con las negociaciones, en las que todos participaron en mayor o menor grado.

Condiciones sucedidas una tras otra, en las que no podían sino sorprenderse de la liberalidad con que Yamato aseguraba que Koumei tendría poder y libertad, que solo estaría debajo de él en Kina, como su consorte real, a pesar de que sabía por el tono de Koumei, por el modo en que lo miraba, lo que pensaba de él, exigiendo muy poco a cambio, apenas que si en realidad estaba embarazado no dañaría al bebe de ninguna manera consciente y que se comportaría como una reina digna para Kina, a cambio de lo cual él aceptaba que su reino se mantuviera en un solo lugar, a menos que peligrará por una catástrofe, para garantizar la seguridad de Koumei.

-Solo quiero añadir una cosa.-pidió al terminar de exigir los Ren sus condiciones, haciéndolos preguntarse qué sería, pues creían haber cubierto todo.-Si Koumei me asesina, exijo la seguridad de que el reino de Kina no se volverá parte del Imperio Kou, sino que Koumei reinara apropiadamente, contando con la opinión de mis consejeros, ya sea que él se mantenga en el trono el tiempo necesario para evitar una guerra civil, contando con el apoyo de la Alianza de los siete mares, o que solo este fungiendo como regente en lo que nuestro hijo llega a la mayoría de edad.

Yamato también era difícil de predecir, y si alguien se había cuestionado su cordura al actuar como lo hacía, con eso quedo bien claro que sabía exactamente lo que hacía, las consecuencias que podían tener sus acciones y de las que hasta ahora se había protegido rebatiendo puntos en los acuerdos, solo para terminar aceptando que, si era Koumei quien tomará justicia por su propia mano, estaba bien.

Que no estaba loco era algo que Kouen tenía bien claro.

Era astuto, perspicaz, y sabía bien lo que hacía, lo que quería. En otra situación podría admirar su determinación para lograr sus objetivos, su valentía al enfrentarlos así, pero por ahora solo quería matarlo, justo como sugirió Kouha que hicieran, pues no le parecía justo que, embarazado o no, debieran entregarle su precioso hermano menor a ese hombre; no era necesario. De haber sucedido hacía un par de semanas nadie se habría atrevido a murmurar siquiera al respecto, por más que se hubiera sabido lo que hizo.

Por lo menos, podía estar orgulloso del modo en que Koumei defendió su vida, pues era lo que hacía al acordar los términos de su matrimonio con él, y aunque no estaba de acuerdo en algunas de las concesiones que hizo, habían sido su decisión.

Aun así, Yamato Takeruhiko era alguien a quien debería vigilar con cuidado por el bien de su familia, a la que, orillado por la muerte, se había dado cuenta que descuido en los últimos tiempos. Muchas veces en años pasados. De no ser por eso, de haber hablado antes con Hakuryuu, las cosas no habrían llegado tan lejos. Todo había sido su culpa por no saber protegerlo, de Gyokuen, de la organización, de sí mismo… de ese hombre.

Desde el día antes no dejaba de preguntarse en que pensaba Sinbad, el porqué de cada una de sus expresiones, de sus acciones, el modo en que los escuchaba, como si oyera algo que los demás no podían, y por qué su enojo por las acciones de Yamato era notorio, sincero… aunque menos que el de su general, ese doncelito pecoso que había defendido a Koumei y se retiró de repente, sin poder soportar más ser testigo de la entrega de su hermano al hombre que lo deshonró…

Para él era ventajoso que ni siquiera sus propios aliados terminaran de aceptar a Yamato, y ahora sabía que si algunos lo habían censurado primero por indisciplinado, ahora el escándalo lo había dejado en una posición precaria, sobre todo porque había ofendido al poder detrás del rey de la Alianza de los siete mares…

Kouha se desperezó a un lado de Koumei, y aburrido de no hacer nada, fue a su espalda, abrazándolo un momento antes de comenzar a peinarlo con el cepillo de Hakuryuu, mientras que Kougyoku, sentada a sus pies, con su cabeza y brazos sobre su regazo, se dejaba acariciar el cabello por su hermano, que no podía evitar notar lo llevaba suelto ese día.

Hakuei había salido hacia uno rato a preparar té y algunos dulces, infames como todo lo suyo, malos para quien los conocía y comía por cortesía, y peor para quien, como Aladdin, jamás había tenido la desgracia de probarlos, y al que por ser un magi, además de un niño y su amigo, le tocó una porción mayor.

Escudado en que por su ánimo no debía tener hambre, Koumei dejó los suyos aparte después de probarlos, y se volvió al magi, que entre estremecimientos se pasaba los suyos, para preguntarle aquello que los tenía a todos ahí.

-¿Cuándo podremos saber si estoy… si la suposición de Yamato-oh es correcta?

El magi negó con la cabeza, pasándose el resto de sus dulces con un trago del amargo y hervido té de la princesa.

-Un médico podría decirte mejor.

-¿No puedes ver un cambio en el rukh?-no tenía ganas de que uno de ellos, de los que guardaba un mal recuerdo por lo ocurrido desde la batalla, lo tocará, y aunque sabía que estaba siendo injusto, pues no todos eran así, no le importaba.

-El rukh a tu alrededor es extraño, Mei-onichan…

No quería decirle que era el de un muerto que se negaba a abandonarlo, como Kassim con Alibaba… dolía tanto pensar en su amigo…

Koumei asintió. Lo sabía. Lo sentía. Incluso a veces había deseado poder verlo, en especial desde que escucho como ese mismo magi lo había hecho para todos en esa ciudad hacía tiempo. Era bueno saber que no estaba loco, aunque una parte de él temiera asegurarse de que era verdad.

-No confió en magos de los implicados.-Kou, Kina, Balbadd, la Alianza…

-En Reim…. En Reim vive mi amigo Sphintos. El forma parte de una gran familia de médicos de Heliohapt, pero fueron desterrados y ahora es el médico de Titus y Marga. Él nos dirá la verdad.