5.-La verdad tras la verdad.

Silencio en la noche, todo estaba en calma. Nadie habría podido decir que hacía ocho días, en las llanuras de Tenzan, se había librado la batalla que había decidido la suerte de todos. La capital, a salvo de daños, se erguía silenciosa e imponente, coronada por el palacio imperial, donde Hakuryuu caminaba rápido y silencioso, ignorando tanto a los nobles como a los sirvientes que encontraba en su camino.

Se detuvo al llegar frente a las habitaciones del primer príncipe imperial, primero de su hermano, luego de Kouen. No recordaba haber entrado en ellas desde la muerte de Hakuyuu, pues las pocas veces que había hablado con Kouen en todos esos años habían sido en público o en su estudio, nunca dentro.

Aunque a partir de ahora deberían hablar más, por necesidad. Apenas el día antes habían cambiado un par de palabras en privado, referentes a su boda. No más, sin ternezas ni arrepentimientos, solo lo indispensable. Después de todo era un asunto de estado.

De momento, Kouen estaba confinado en una habitación del palacio de Balbadd, lo mismo que Koumei. Uno por que aún era peligroso, el otro para resguardarlo del peligro.

Ahora él estaba solo. Deslizó la puerta y caminó hasta el centro de la estancia, donde sus pasos resonaron en la oscuridad. En otro palacio, las lámparas iluminarían aunque no hubiera nadie para apreciarlo, pero no en los suyos. El temor al fuego siempre estaba presente, y si él podía proveerse la luz, ¿por qué arriesgarse dejando el fuego sin vigilar? Encendió las lámparas una a una, mirando cada rincón que la luz develaba, preguntándose quien era en verdad Kouen.

Aquella habitación lujosa, impersonal, casi vacía de objetos personales, no le decía nada. La decoración era la que había dejado su hermano, parecida a la del palacio que se incendió, y apenas unas cuantas armas pendiendo de las paredes, de distintos reinos del mundo, permitían ver que alguien más ocupaba ese espacio.

No pudo evitarlo, y aunque no era su objetivo, se dirigió a su estudio, el único lugar del palacio donde podías saber quién era Ren Kouen, repleto de pergaminos. Nunca fue capaz de creerle que estuviera más ávido de conocimientos que de poder, no concordaba con su imagen, y ahora que él le había dicho que era para obtener el poder de destruir a Arba, lo confirmaba. El emperador de fuego era un hombre ambicioso, y quien lo dijera, paciente, tolerante. No le importaba aguardar por su venganza con tal de obtenerla, estar al lado de su enemigo, y eso era algo a lo que él jamás pudo resignarse.

No podía detenerse mucho ahí, aunque ahora tenía curiosidad por ver qué era lo que con tanto afán había estudiado Kouen, y debió pasarlo de largo. Por el momento. Pronto volverían a Kou, de manera oficial, pues si ahora él estaba ahí, solo en sus dependencias, era porque necesitaba ver el contrato matrimonial del que le habló.

Volvió a la habitación y buscó donde él le indicó, un compartimento oculto en la pared donde reposaba una caja lacada de negro, sellada, que mantenía escondido el secreto mejor guardado de sus hermanos hasta el día anterior.

La llevó con cuidado hasta una mesa y ahí dudo un momento antes de romper el sello y tomar con sus dedos temblorosos el pergamino, soltando el listón que lo mantenía enrollado, para, después de leerlo, pasarse la mano por el rostro, evitando mancharlo con sus lágrimas.

Todo era verdad. Las palabras de Kouen, la desesperación de Koumei-dono porque su secreto se descubriera… Se sentía solo. Inútil. En especial inútil. Todo lo que deseaba proteger, lo que amaba, resultaba dañado. Su país, su familia, sus amigos…

Estuvo a punto de hundir a su propio país por su afán de venganza, lo orilló a una guerra civil de la que era tan culpable como Kouen y por la que había adquirido compromisos con la Alianza de los que aún no estaba seguro cuál sería su costo a largo plazo, y en un momento, no le importo ser capaz de aniquilar a su propia familia en esa guerra, a su propia gente.

Fue cruel al usar sus djinns contra su ejército, al sacrificarlos del mismo modo que había censurado en otros, y para mayor vergüenza suya, jamás en Kouen, pues era mejor general que él y tenía un estratega maravilloso que buscaba reducir al mínimo las bajas. Además, lo había visto pelear, en Magnostad por ejemplo, y la estrategia que usaban era la de absorber ellos mismos, usuarios de contenedores metálicos, la mayor parte de los daños catastróficos, personalmente los que podían pelear, evitando los daños a terceros si no lo hacían.

Y no fue mejor con su familia. Hakuei se había alejado de él durante meses por que no supo elegir el momento adecuado para revelarle que fue su madre la que mató a su padre, a sus hermanos, exigiéndole su apoyo en vez de buscando hacerla entender… lo que hizo con ella, aunque fuera en una ilusión al conquistar Belial aun lo atormentaba, y ahora no sabía cómo había sido capaz de llegar tan lejos.

Sus acciones lo horrorizaban pero lo que le hizo abrir los ojos no fueron ellas, o las palabras de Aladdin, sino las de Kouen, las del hombre que siempre considero su enemigo… Sí tan solo hubiera hablado con él antes, cuanto dolor podrían haberse ahorrado, a sí mismos, a su familia, a su país…

Pero no todo era su culpa. Él era un niño que recibió una carga muy pesada, que de un momento a otro se vio despojado de casi todo lo que amaba, de su rango y posición, marcado por la guerra. Solo. Nunca se le negó nada en el palacio, pero tampoco se preocuparon por él, y durante años solo contó con el afecto de Hakuei, pues si bien Koumei era cortés su trato no invitaba a la cercanía, y Kouen, poderoso, imponente, estaba demasiado lejos, y no solo cuando estaba en campaña. Sus primas lo miraban con lastima cuando se las llegaba a encontrar, y no había podido sino envidiar a Kouha, el amor que sentía por su madre loca, el esfuerzo que hacía por ella cuando él no podía sino odiar a la suya, y el modo en que sus hermanos se preocupaban por él, mirándolos de lejos cuando estaban juntos, recordando que él alguna vez estuvo así y ahora no tenía nada…

Kouen debió haber hablado con él. Era su responsabilidad, si era cierto lo que dijo, pero tal vez nunca encontró el modo de acercarse a él, que casi de inmediato lo culpo por no hacer nada para vengar la injusticia que se había cometido. Si tan solo lo hubiera hecho, en el momento indicado, en calma, no se hubiera dejado consumir así por su afán de venganza, no hubiera creído que era el traidor que se imaginaba que era, al que no le importó la muerte de sus hermanos a pesar de que recordaba lo cercanos que habían sido, el afecto que se tenían…

País, familia, amigos… No había dejado nada sin dañar en su camino. El mismo había matado a Alibaba, y hacerlo, aunque en ese momento apenas si le dolió, pues lo mataba como el reflejo de todo lo que no podría ser, resentido por que intentaba usar sus sentimientos contra él, después lo había ido consumiendo lentamente. Le había dolido como pocas cosas, pues era más que su primer amigo... al final sabía que lo hizo cegado como estaba por su odio, por su ignorancia de tantas cosas… lo único de lo que no se arrepentía era de haber matado a Gyokuen, de que fue con ella con quien probó primero la habilidad de Belial, a quien ya no se sentía capaz de seguir usando.

Se sentía perdido. Solo. ¿Qué se suponía que hiciera ahora? ¿Cómo pediría perdón por lo que había hecho? ¿Por lo que aun debía hacer? ¿Cómo se acercaría a su familia? ¿Lo aceptarían, aun después de juzgarlo? Extrañaba a Judal, porque él tampoco lo juzgo, ni en sus peores momentos, y aunque ahora sabía que eso no estuvo bien, había sido bueno tener la aceptación de alguien que solo quería estar a su lado, ser su familia y ayudarle cuando nadie más lo hacía.

Por eso no podía sustituirlo por Aladdin. Eran demasiado diferentes, aunque ambos fueran magis. ¿Cómo aceptar su oferta? ¿Cómo aceptar el destino si era así? Seguía creyendo que estaba bien haber caído en la depravación, pero Aladdin, aunque dijera lo contrario, no estaba seguro. Sabía que en el fondo aun lo dudaba, esperaba que él se diera cuenta y ya no maldijera su destino, pero no podía hacerlo cuando había sido tan duro, cuando las cosas no mejoraban a pesar de sus esfuerzos.

¿Cómo hacia Koumei para no dejarse caer en la depravación? ¿Kouen?

Se levantó y depósito de nuevo el pergamino en su caja, sobre la cama, arrojando junto el pañuelo húmedo con que se había estado secando las lágrimas. Llorar no solucionaría nada, pero desahogarse le había quitado un peso de encima, pues los últimos meses no se había permitido sentir nada que pudiera hacerlo flaquear en sus propósitos.

Ahora debía buscar un nuevo modo de lograr lo mismo.

Acarició la caja con la punta de los dedos y se preguntó como lo haría. No amaba a Kouen, pero debía casarse con él. Ni siquiera estaba seguro de que era lo que sentía ahora por él. Estaba tan acostumbrado a odiarlo que dejar de hacerlo de un momento a otro lo había confundido, lo mismo que descubrir todas esas nuevas facetas en él, lo gentil que podía ser, lo mucho que amaba a su familia, que se preocupaba por todos…

Siempre había soñado con casarse con alguien a quien amará, con Morgiana-dono, y no podría ser. Un sacrificio justo para retribuirle a su país lo que había hecho, el cual entendía, pero del que no podía dejar de sentirse nervioso, y no solo por renunciar a alguien que amaba, que era lo que más le dolía, sino de pensar que ahora tendría vivir como un doncel en vez de como un varón, como había hecho hasta ahora. Temor por ese cambio, y no solo por renunciar a quien había sido hasta ese momento. Pero era necesario.

Su boda traería la estabilidad política a Kou, pues no solo significaría que las dos ramas de la familia imperial se volvían a unir por sus dos cabezas, el emperador de fuego desposando al heredero legítimo del fundador del Imperio, sino que las facciones que los habían apoyado durante la guerra civil quedarían en paz, porque podría tener el poder y el derecho, pero la mayoría del ejército, del pueblo, seguían a Kouen, el príncipe imperial, el general que los había llevado a la prosperidad y la victoria en innumerables ocasiones, por quien estaban dispuestos a morir, trabajo de años que él no podía hacer olvidar con algunas campañas exitosas y una insurrección para reclamar su derecho al trono, por más que estuvieran usurpando su título.

Unión para el Imperio en ese momento, y para el futuro, pues cuando tuviera un hijo, nadie disputaría su derecho al trono, no habría guerra de sucesión, y podría darle lo que él siempre deseo, una familia, un país en paz…

Además, Kouen no solo le aseguraría un heredero fuerte, o que el país se mantuviera unido por sus dotes como general, por lo que representaba para sus hombres, sino que le daría fortaleza para negociar con Sinbad. Podría hacerlo él mismo, pues era el único al que no había visto perderse ante la grandeza del rey de Sindria, pues la propia era notoria, y su carácter también era el de un rey, acostumbrado a imponer, a decidir. A no dejar que nadie lo hiciera por él. Eso era algo que él debía aprender de su futuro esposo.

Solo le preocupaba si Kouen aceptó la boda por esos mismos motivos, esa sonrisa triste cuando le preguntó si de verdad deseaba eso al quedar a solas, tocándole la mejilla, y que sabía era por él, no por sí mismo…

En público jamás lo habría cuestionado, el Imperio no funcionaba así, pero que le preguntara eso a solas, las únicas palabras que le había dirigido así, preocupado por él, en toda su vida, lo habían hecho dudar. Él lo hacía porque debía hacerlo, ¿pero Kouen pensaba lo mismo?

Tal vez también sabía que en privado nunca funcionaría, como él. Tal vez amaba a alguien. Un tiempo le pareció que a Hakuei, y robarle a su hermana, aunque ésta se mostrara de acuerdo con su decisión, lo hacía sentir mal. Después de todo, podría haberlos casado, si se hubiera atrevido a sacrificarla sin preguntarle antes, y dimitir en favor de sus hijos, llegado el momento, pero no le podía hacer eso. Era tiempo de que cargará con la responsabilidad de sus actos.

Pero ahora, luego de lo que Kouha le había dicho esa mañana, que qué habría importado un bastardo real de Kina si mataban a Yamato, pues Kouen lo recibiría como suyo si ya desde antes el Imperio lo había hecho para él, se preguntó si no era a Koumei, al intocable viudo de su hermano, a su propio hermano, a quien el emperador de fuego amaba.

Levantando el rostro, Hakuryuu se levantó y tomó con él la caja lacada, saliendo de las habitaciones de su futuro marido. Era tiempo de volver a Balbadd, para preparar su partida. Su boda se llevaría a cabo la tarde siguiente, y ellos sabrían si Koumei esperaba o no un hijo la mañana después, consumado ya su matrimonio, pues los nobles de Reim estaban invitados a él.