Ojos color mar
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By Gissa A. Graham
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Capítulo 10: Reencuentros.
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La idea de un día tranquilo, ver a su hija, convivir y luego descansar para esperar las fechas navideñas se esfumó por completo del panorama de George Johnson, él creyó que con dejar a los Andley en su residencia neoyorquina sería más que suficiente, con eso sus vacaciones comenzarían. No obstante pronto se dio cuenta de lo equivocado que se estaba. En cuanto los instaló e intentó despedirse Albert lo detuvo pidiéndole cómo favor especial que lo compañera a donde sus sobrinos serían interrogados pues no existía mejor y más confiable abogado para la familia que él. De muy mal humor, aunque muy bien disimulado, aceptó con su acostumbrada cara seria pues en el trabajo rara vez sonreía.
Una vez en el ministerio de principio se negaron a darles alguna información sobre el motivo de la citación de los hermanos Conrwell y el joven Brown, los policías se limitaron a llevarse a los primos a un cuarto de interrogatorios, sólo asegurándoles que serían muy bien tratados. Para Albert y George que se quedaron fuera esperando por los muchachos los minutos fueron muy lentos, se les hizo interminable el tiempo que no vieron a los chicos, mucho más porque seguían ignorando el motivo por el que fueron llamados.
Pero al fin salieron los tres al parecer en perfectas condiciones, todos con caras extrañas, pero todo indicaba que sólo era por lo que ahí adentro les habían dicho pues su expresión se dirigía más a la molestia que al miedo o algo parecido.
El motivo por el que fueron llamado ante la justicia de Nueva York fue porque sus nombres se vieron involucrados en el posible asesinato de la actriz Susana Marlowe, después de unos días de investigación se había concluido que no había sido un suicidio sino que alguien la había arrojado desde aquella fría azotea del hospital St. Jacob. La cara de los jóvenes era de pocos amigos no porque se sintieran mal por la muerte de una desconocida, claro que una muerte siempre es algo de pesar, pero existía algo que era de más importancia para ellos y era lo que los tenía así; el detective Smith, quien los interrogó, dejó entrever que su amiga de principios de adolescencia, Candy, aquella chiquilla de coletas, algo impertinente, quien gustaba de hacer cosas rudas y a quien no veían desde cuatro años atrás, parecía estar involucrada en dicha muerte. Además Anthony particularmente se veía mal pues además de Candy también su buen amigo Terry, antes Grandchester ahora Graham, también se encontraba involucrado así que se preguntaba cómo era que esos dos se conocían. En cuanto el rubio vio a su tío y a Johnson arremetió contra ellos por haber mandado con un total desconocido a su amiga, a quien todavía recordaba con sumo cariño y con quién ansiaba reencontrarse.
—Está vez exijo que me digan que hicieron con Candy? Necesito saber dónde se encuentra –más que molesto se dirigió a ambos mayores.
—¿Por qué esa urgencia de saber de ella? –preguntó de inmediato George preocupado por su hija– ¿A caso es algo referente ella por lo que los hicieron venir aquí?
—Al parecer se encuentra implicada en un caso de asesinato.
Tranquilo pero desasosegado informó Stear, sin embargo la actitud del joven no se comparó con la del administrador y abogado de los Andley que por vez primera se le vio un rostro desfigurado.
—Eso es imposible.
Y no dijo más, George simplemente salió del lugar para dirigirse de inmediato a su casa tenía que comprobar de primera instancia que su rubia estaba sana y salva resguardada en su hogar.
—George, espera esto tiene que tener una explicación –gritó Albert un tanto confuso por toda la situación pero sabiendo dos cosas: que el moreno no se detendría y que tampoco podían retirarse ni él ni sus sobrinos de aquel lugar hasta firmar sus respectivas declaraciones.
—¿Pero que le pasa? –preguntó un extrañado Archie.
—A de sentir remordimiento por la situación en la que hoy se encuentra Candy –dijo con enojo Anthony, luego viendo a su tío agregó–. Como de seguro tú también has de tener remordimiento. ¿Qué clase de persona dejaste que la adoptará?
—Cállate Anthony, que si George está así de preocupado es porque la joven le importa y muchísimo más de lo que cualquier de ustedes puede imaginar –Albert espetó en un todo que no deja lugar a reproches–. Respondiendo a tu pregunta: Candy es la muy feliz hija del mejor de los hombres que conozco, esa es la razón por la que nos impresiona que pueda estar implicada en algo así, por eso George fue a asegurarse que ella está bien.
—¿Cómo lo sabrá? –el apuesto inventor pregunto.
De principio el patriarca no emitió palabra alguna, después de unos segundos de reflexión comprendió que si ya se iban a reencontrar con la chica pues adelantarles algo no estaría del todo mal, decirle que ella vivía en esa ciudad no debería ser tanto problema para George quien había exigido ser él quien diera la noticia completa.
—Tío, ¿cómo lo comprobara? –Archie lo incitó a continuar.
—Porque Candy… vive aquí en Nueva York.
—Ella vive aquí, ¿desde cuando? –el rubio menor obviamente cuestionó.
—Desde que fue adoptada.
—¿Entonces si puede ser cierto? –casi grito Tony.
—Puedo jurarles que eso es imposible. Compréndanlo.
—¿Tan seguro que estás tío?
—Por completo.
—Pues todo esto es muy raro, ¿sabes también quien está implicado? –sin esperar respuesta el rubio menor prosiguió– Terry.
—¿Cómo dices?
—De ese patán se puede esperar cualquier cosa –por supuesto que Archie lo atacó.
—No en un asesinato –mencionó Stear ganándose una furiosa mirada de su hermano– ¿Qué?, hay que ser lógicos, sabes que lo del establo estuvo muy raro y los Brigthon tampoco provocaron mucho escándalo después que él se fue. Además es Terry, a pesar de tanto rumor que corría y corre sobre él, de ser impulsivo, provocador, arrogante…
—Cuanta defensa –ironizó Anthony.
—A pesar de todo eso –prosiguió el de lentes sin hacer mucho caso a su primo–, es un buen tipo, podrá ser coqueto, pero antes y ahora podía acercarse a cualquier chica, ¿por qué meterse en tanto problema por estar con Annie?, y ¿asesinato?, no, eso en definitiva no, hasta tú estarás de acuerdo conmigo Archie, que si tuviese la remota necesidad o ganas para realizar algo así podría conseguirse los medios para llevarlo acabo sin ensuciarse las manos.
—Tú no eres mi hermano, eres un traidor –todos rodaron los ojos ante ese comentario tan infantil–. Y ustedes dos lo son aún más —luego con la mirada fija en Albert agregó—. Cuando ignoraba que eras mi tío no dolía tanto.
Archie se alejó de sus parientes quienes únicamente sonrieron por la actitud dramática del castaño.
—Iré a hacerle una visita a Terry hoy, ¿alguien quiere ir conmigo?
Preguntó Anthony sin que nadie se asombrará de ese hecho pues todos sabían que de vez en cuando intercambiaba correspondencia con su amigo inglés. Así que Albert fue el único en responder.
—Sí, ya es hora que retome mi amistad con él.
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Un auto negro se mal estacionó frente a una hermosa mediana residencia neoyorquina permitiendo así que su único pasajero, quien precisamente conducía, bajase veloz y con un rostro muy compungido.
—¿Candy?, ¿Candy? —se oía la voz de George llamando, más bien gritando, desde el bastante en que entro a la casa para presto subír las escaleras—¿Dónde estas?
Al escucharlo los señores Morgan salieron de la cocina donde desde hace horas le esperaban.
El moreno sin tocar abrió una habitación y corrió al interior buscando, para su desasosiego no encontró a nadie, volvió a salir gritando.
—Señor Johnson Candy está con Amber –desde la planta baja el señor Morgan habló.
—¿En donde?
—En la habitación de mi hija, acá abajo. Como le estuvo esperando le pedimos que se durmiera un poco aunque fuese aquí para cuando llegara le avisáramos rápido.
George volvió a correr mientras escuchaba a su empleado, necesitaba comprobar que quien en los últimos años se había convertido en su sangre se encontraba bien. Algo adormilada, con una chistosa pijama de franela y frotándose los ojos salió la mencionada por un pasillo.
—Wow, también te extrañé pero necesitó dormir, anoche fue algo pensado…
Fue interrumpida por un fuerte abrazo de oso, actitud que extraño a todos, Johnson era el ser más serio y reservado que se conociera sobre la faz de la tierra, claros que con Candy a veces sacaba un lado algo cariñoso, hasta tierno, pero nunca mostrando tan a flor de piel sus emociones.
—Estas bien –respiró aliviado el hombre. La soltó para verla por todos lados–. Con tus horribles coletas pero bien.
—Hey, que son cómodas para dormir –respondió Candy para luego preguntar algo preocupada por los modos nada usuales en su padre– ¿Por qué estaría mal?
—Llegaron a mis oídos una extraña noticia –por fin con calma explicó–, sobre que podrías estar implicada en un… incidente.
—Hablas de lo que sucedió en el hospital.
George volvió a ponerse pálido, pero poco a poco fue recuperando el color mientras Candice lo diría a un sofá al tiempo que le comenzaba a relatar lo acontecido durante su ausencia, el accidente en el teatro, la llegada de Susana al hospital, su intervención quirúrgica en la que perdió una pierna, el estado depresivo en el que cayó, su aparente suicidio y sobre Terrence, de este último contó brevemente de la amistad forjada pero a la vez fue muy fervientemente defendido de toda acción en la que George pudiese considerarlo responsable, por supuesto que tan elocuente defensa llamó la atención del padre, Candy defendía al inocente, pero ese brillo en sus ojos y la manera de decirle "Terry" de forma tan familiar le hacían pensar al inteligente hombre que su hija y ese actor tenían algo más. «Tengo que conocer inmediatamente a ese actorcillo, y mandar a investigar un poco sobre él.» planeaba George maquiavélico en su mente. «Si Candy está tan interesada en él tendré que buscar hasta el último recóndito detalle.»
En definitiva George Johnson ya era un padre en todo la extensión de la palabra, en él se aplicaba perfectamente la famosa frase de "más padre es el que cría", los celos paternos le surgían por cada poro de su piel, muchísimo más que cuando su hija hablaba de Anthony, claro el rubio había sido una ilusión de una adolescente de catorce años, este tal Terry era el posible presente en una jovencita de dieciocho, y no sólo eso, era un actor, un hombre cuya fama y buen parecido físico podía utilizar para seducir a chicas inocentes como su rubia, claro que eso George no lo permitiría.
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El viejo edificio al fin se veía en la lejanía, un poco más y llegaría a su hogar, en verdad que ya lo ansiaba, ese día a Terrence Graham le pareció eterno, desde que un día antes recibió la citación para declara por el caso de Susana Marlowe sabia que así sería, casi pudo sentir cada segundo vivido, por mucho ese era hasta ese momento el más intenso de su vida, incluso más que aquel del nefasto accidente en el teatro pues ahora había muchas emociones involucradas, pero al fin el asunto de Susana ya estaba claro para la policía de Nueva York y sobretodo para él.
Su fallecida compañera era una chica co-dependiente, obsesiva y bastante caprichosa, a eso se le agregó la cantidad necesario de auto-compasión y depresión lo que provocó esa faceta de chantaje mal disimulado, luego, para colmo de males, se convino la participación de otra chica todavía más obsesiva quien fue quien la asesinó, sólo que esta segunda resultó además ser una joven trastornada emocional y psicológicamente desde años atrás, cuyo nombre era mejor no recordar. Con esos nuevos acontecimientos se daba cuenta que había cosas que jamás estarían a su alcance, no podía controlar todo y en sus manos nunca estuvo la posibilidad de poder ayudar a ninguna de las dos mujeres.
—«¿A caso soy un imán que atrae únicamente mujeres obsesivas?» –se preguntó mentalmente Terry a lo que como respuesta un rostro pecoso se dibujó en sus recuerdos. «No, no sólo atraigo chicas trastornadas también atolondradas, o al menos eso quiero».
Con esos pensamientos en su cabeza Terry subió perezoso los escalones para llegar a su departamento. Mientras subía los últimos peldaños se percató de que dos hombres altos y rubios, uno más alto y otro un poco más bajo que él, le esperaban fuera de su departamento se alegró de inmediato al reconocer a uno de ellos.
—Tony, ¿visitando Nueva York? –mencionó al tiempo que un fuerte apretón de manos se daban y una sonrisa se marcaba en los dos conocidos.
—No, visitando a un amigo, y te traje…
—¿Albert? –al reconocer al otro individuo de inmediato también fue saludado–, ¿en serio eres tú?
—El hábito no hace al monje, aunque traiga traje, sigue siendo Albert –bromeó el mayor de los tres.
—Traje, corbata, abrigo, el cabello corto y sin lentes –Terry continuó el juego de su amigo, pues a pesar de seguir algo acongojado por las noticias y acontecimientos del día ya se encontraba mucho más sereno con él mismo.
Los hombres después de saludarse amistosamente fueron invitados a pasar a la modesta morada. Ahí platicaron de todo, primero sobre la verdadera identidad de Albert como el tío abuelo William, cosa que hasta ese instante Terrence ignoraba; luego platicaron sobre el accidente del teatro y ese día de locos en la comisaría donde sin saberlo casi coinciden. Con esa noticia Anthony respiro más tranquilo debido a que se dio cuenta que Terry realmente no conocía a Candy, al parecer todo había sido un mal entendido, o al menos eso suponía.
—¿Tú cómo te encuentras ante todo esto? –preguntó Anthony.
—De hecho bastante tranquilo, al principio con sentimientos de culpa pero ahora que ya se aclaró la situación estoy más relajado, comprendo mejor que todo esto estaba fuera de mis manos.
—La verdad cuando Tony me contó que podrías estar implicado en un asesinato me preocupe por ti, no por creerte capaz de hacer algo tan atroz –aclaró al instante Albert–, sino porque temía tu reacción ante tal acusación, pensé que como en Londres buscarías un bar, mucho vino y una intensa pelea.
—Digamos que tengo una especie de entrometida consciencia que no me dejo achacarme culpas que no me correspondían, además de recalcarme cosas tan simples como que no lograba nada bebiendo –habló sin reflexionar en lo que sus amigos pensarían al respecto de aquella información.
—¿Tú consciencia te dijo eso? –incrédulo preguntó el rubio menor.
—Tu consciencia, ¿acaso será de carde y hueso y usará faldas? –inteligente cuestionó Albert.
—¿Quieren un poco de té?
Intentó cambiar el tema el joven inglés, pero Anthony quien también era muy listo no lo dejó.
—¿Cómo se llama tu consciencia?
Con un bufido de resignación y ante las obvias risas burlonas de sus visitas el castaño regreso a su asiento de donde se había levantado al intentar evadir el cuestionamiento, para posterior responder.
—No tengo idea.
—¿Qué?
—¿Cómo?
Se oyeron las preguntas al mismo tiempo.
—No sé su nombre, aún.
—Explícate –exigió saber Tony pues era obvio que su amigo estaba interesado en una mujer, y que todavía desconociera como se llamaba era algo muy interesante.
—Es una chica que conocí el día del accidente del teatro –sabiendo que ambos rubios no lo dejarían en paz hasta sacarle toda la información, sobretodo Tony, Albert sería más sutil, dijo lo elemental–, la he visto seguido desde entonces, hemos platicado varías veces, pero por diversas circunstancias no sé su nombre.
—¿Cómo que porque no has preguntado en todo ese tiempo su nombre? –Brown lo regaño.
—Bueno con lo del accidente primero no tenía cabeza, luego con todo lo que ocurría tampoco era algo en lo que estuviese pensando, después le puse un apodo…
—¿En serio le pusiste un apodo a una chica que te gusta? –lo interrumpió Albert–. Claro, ¿cómo no he intentado esa táctica antes cuando todos saben que así es como se conquista a alguien?
Tío y sobrino comenzaron a reírse.
—No era mi intención conquistarla…
—No era, ¿ósea que ahora si lo es? –más burlas del más joven.
Terrence negó con la cabeza también riendo ante lo evidente.
—Pues… no en un inicio, menos aún por todo lo acontecido, no era propio, pero… Creo que no puedo negar lo obvio.
—Eso significa que sí has intentado algo –afirmó nuevamente Anthony.
—Ya hemos comido juntos –mintió parcialmente pues comer postres en la azotea no era precisamente una comida –, sé donde vive, en que trabaja.
—Tienes todos esos datos pero no sabes su nombre.
—Le gusta que le diga por su apodo –mintió descaradamente.
—De seguro su apodo a de ser "Amor de mi vida"
—O "Mi bella princesa" –secundó Tony a su tío ambos fingiendo seriedad, que no les duró nada pues comenzaron a reír, uno más abiertamente que el otro.
—Hasta aquí será la información que les daré de ella –ya molesto espetó Terry, pues él era el sarcástico y el de las bromas, no el objeto de los sarcasmos y las burlas.
—Claro que ya nos dirás nada de ella, sí ya nos dijiste todo lo que sabes.
Anthony seguía burlándose, tanto le impresionó como su arrogante amigo estaba por una chica que ya estaba carcajeando a mandíbula batiente.
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Los grandes candelabros iluminaban el lugar con una luz tenue dando un ambiente un tanto íntimo al lugar, de la misma forma sonidos de metal chocando contra la varilla se dejaron oír cómo si fuese música de fondo. El "Delmonico's" * con sus casi 90 años de historia, lucia en todo su esplendor, Candy se preguntó internamente que hacia ella y su padre en un sitio tan lujoso, ostentoso, y por su puesto costoso.
Sentados en una mesa del fondo los Johnson esperaban pacientemente, habían llegado con quince minutos de antelación. Su padre le había pedido asistir a ese merienda con él y unos entrañables amigos, Candy sólo esperaba que los entrañables amigos no llegasen muy tarde porque sólo tenía hora y media antes de tener que dirigirse a su trabajo, además de todo la rubia había estado muy intranquila esos días, desde el incidente no había visto a Terry con quien anciana encontrarse, ese día su papá había arruinado sus planes ya que pensaba ir a buscarlo a su departamento antes de ir a trabajar, sin embargo en lugar de eso se encontraba en un lujosos restaurante esperando por quién sabe quién.
El momento llegó, George vio desde la distancia el arribo de los cuatro hombres Andley, luego como eran conducidos por el hostess hacia ellos, así que Inhalando hondo.
—Candy, te tengo una sorpresa –la chica sólo parpadeo sus pensamientos estaban junto a un encantador actor británico–. ¿Recuerdas que querías ver a los primos Andley?
—¿Yo quería? –cuestionó confusa.
—Siempre preguntas por ellos.
—Ahh, sí, creo –la verdad es que hace tiempo no los recordaba– ¿Qué con eso?
El moreno no podía creerlo, su hija se encogió de hombros sin darle importancia, ¿dónde estaba las preguntas perennes sobre Anthony cada vez que menciona a esa familia?, en ese instante el de origen francés se dio cuenta que su hija no había preguntado absolutamente nada de ellos en este último regreso, que se había limitado a platicar del incidente del hospital y de su… amigo, en definitiva al día siguiente buscaría quien investigará a aquel joven.
—Hoy vinieron a verte –comentó regresando sus pensamientos a lo que sucedía en el restaurante.
El hombre dirigió su vista más allá de la espalda de su hija provocando que ella girará de inmediato para ver lo que su padre miraba, ahí frente a ella cuatro varoniles figuras la observaban. Le tomó unos segundos reconocer a tres de ellos, al cuarto la única vez que lo vio había sido con barba y bigote por lo que de momento no le dio importancia.
—Candy, ¿en serio eres tú? –Stear, como siempre el más ecuánime habló dando un paso hacia ella quien de inmediato se levantó al confirmar con esa voz quienes eran.
—¡Stear!
Lo abrazó emocionada, Archie y Anthony la miraron largo y tendido, sin decir nada, no podían dar crédito a lo que sus ojos veía, de la chiquilla traviesa con dos coletas y siempre inquieta parecía no quedar nada, ahora veían a una joven de dieciocho años con el cabello suelto, enfundada en un vestido largo pero suelto, con zapatos un poco altos y con un ligero maquillaje que hacia resaltar sus bellos ojos verdes. La joven, luego abrazó a Archie, quien a duras penas balbuceo algo sobre lo feliz que estaba por verla. Al final dejó a Anthony, quien también abrazó. Por un instante su corazón se alocó cuando sus ojos se prendaron de aquellos azul cielo, su estómago revoloteó y un ligero rubor llegó a sus mejillas, del chico de quince años muy delgado ya no había mucho pues ahora se le veía más alto, con más peso, más buen mozo. Al abrazarlo recordó el afecto que sentía por él, pero se dio cuenta que era un afecto tierno, de amor sin duda pero amor de añoranza, de amistad, aún así las mariposas, el corazón loco y el rubor se presentaron por esos recuerdos de antaño, de amor infantil. Sabía perfectamente que ese no era amor de pareja porque había alguien más en su mundo que la hacia sentir sensaciones mucho más disparadas, más intensas, que no sólo alocaba su corazón y estomago, sino todo su ser, quien no sólo la hacia ruborizarse sino llenar de un calor intenso su cuerpo completo, ahora existía alguien a quien necesitaba ver más que nada.
—!Anthony! –dijo para posterior soltarlo para dirigirse a todos, ignorando un tanto a Albert– Mis tres paladines. Los he extrañado mucho.
Continuará…
Gracias por perderse en mis letras.
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*Notas:
El Restaurant Delmonico's es uno de los primeros restaurantes de Estados Unidos considerado como uno «de lujo», fue inaugurado en la ciudad de Nueva York en 1827. Sigue activo hasta la fecha.
De mis letras:
Hermosas lectoras les dejo otro capítulo antes de que la semana termine.
Bueno Anthony lo siento pero ya te ganaron a Candy. ¿Ahora qué pasará con estos tres? Además Archie se emocionó por verla.
Gracias infinitas por leer, por colocar la historia en sus favoritas y por sus bellas palabras.
Gane W. G., Maquig, Skarllet Northman, Yagui, Monicaibez, Vialsi, Tete, Eli, Dianley, Elisa Lucia, Anmoncer, Dejimar, Ale Sagastume, Goshy, Gladys, Darling Eveling, Sol Grandchester, Solsire, Misaky, Angye, Guest, Arya Stark, Cony de G, Astana, Wendy Alfaro, Guest, Guest y Guest.
Nos leemos.
