Prólogo

Ha pasado un año ya, y los hechos, tras haber avanzado positivamente durante unos meses, de pronto dieron un retroceso. Puedo entenderlo, puesto que yo estuve en ese lugar ya hace tiempo, pero es increíble presenciar cómo le consume el deseo día con día. Mi nombre es Akira Jin, y este es mi testimonio.

Después de los eventos en Yokohama, el asedio de los demás reporteros y su estancia en el hospital, la ex profesora Akiko Aoshika continuó con su recuperación en casa de la señora Yamamoto. Ese día que fue dada de alta se presentó la antesala de los episodios que acontecieron después.

Ese día me encontraba esperándola en la recepción del hospital cuando de pronto escuché a lo lejos protestas y voces entrecortadas en los pasillos que daban a los pabellones. En un instante reconocí la voz de Aoshika y fue que me acerqué. Quería que le devolvieran el abrigo que llevaba puesto el día que ingresó, pues no era de su propiedad, y quería devolvérselo a su dueño.

- Le repito que no tenemos la prenda con nosotros. – Decía la enfermera a cargo tratando de sonar paciente pero firme. – El día que ingresó los paramédicos se encargaron de quitar cualquier tela que se interpusera para auxiliarle.

- Pero es que no pudo haber desaparecido así nada más. – Replicó ella con tristeza. – Por favor…

- Profesora Aoshika, - Le interrumpí llegando a su lado rápidamente. – Venga un momento por favor.

- Akira jin, - Me miró como siempre lo había hecho desde que nos conocimos. – Me viste con aquél abrigo, por favor, dile que…

- Ok, - La interrumpí. – Entiendo, venga, yo le explicaré. – La aparté de aquella escena, despidiéndome de la enfermera y agradeciendo que por una vez en el tiempo que Aoshika llevaba ahí, era la primera que no actuaba desesperadamente.

Salimos del hospital y llegamos al estacionamiento dirigiéndonos a mi auto, y en todo el camino no hubo más que silencio. Solo fue cuando abrí la puerta y le ofrecí entrar que ella se sentó del lado del copiloto y giró a su espalda, viendo el asiento trasero y distinguiendo el abrigo, olvidado por semanas ahí, que hizo que sus ojos vacíos brillaran levemente.

- Adelante. – Le dije sonriendo mientras encendía el vehículo. – Tómelo. Solo espero que no le moleste la sangre y suciedad secas. No he tenido tiempo de mandarlo a la tintorería.

- No. – dijo torciéndose para tratar de alcanzarlo y tomarlo entre sus manos como si fuera el más valioso de los tesoros. – Te agradezco que no lo hicieras. – Lo acarició con delicadeza entre su regazo. – Es… Esto es… - Suspiró lastimosamente. – Lo único que queda… - Hizo una pausa para tratar de reprimir inútilmente las lágrimas que ya resbalaban por sus mejillas. – De… De él.

Me quedé en silencio, ¿qué podía decir? Mientras a nuestro paso se abría el camino de la autopista de la ciudad. Pasó un rato hasta que por fin habló.

- ¿Cómo lo conseguiste?

- ¿Eh? – mantuve la vista en el camino

- Esta prenda, ¿cómo la obtuviste? – Me miró fijamente sin dejar de abrazar el abrigo. – Creí que la enfermera dijo que los paramédicos me la quitaron de encima para atenderme.

- Solo la tomé. – Respondí. – Cuando llegó la camilla y la subieron a la ambulancia, yo subí con usted, llegó un momento en el que dejó de respirar y los auxiliares tuvieron que descubrirla para darle reanimación cardiovascular, y ya que tiraron el abrigo en un rincón olvidándose por completo de él, pues lo tomé. Al final, - Hice una pausa para pasar una curva luego de que el semáforo se iluminó en verde. – creí que lo querría conservar, esto solo…

- Solo para devolvérselo. – Me interrumpió. – Quería dárselo, dejarlo en… en su... en…

- Encima del cuerpo, - la interrumpí – cuando lo identificaran. – me miró de golpe con los ojos muy abiertos. – Si es que le dejaban verle, ya que como era menor de edad, solo se le permite a los familiares entrar a identificarlo.

Ella solo bajó la mirada al piso, sin dejar de llorar, recargando su cabeza en el vidrio de la ventana, mirando al vacío. – Mi apartamento queda a lado contrario, – Dijo al cabo de un momento. - ¿Qué sucede? – Me miró.

-Verá profesora Aoshika, la señora Yamamoto ya antes le ofreció su residencia para alojarse un tiempo ahí en lo que arreglaba sus asuntos pendientes. Y en lo personal me parece una gran idea, puesto que los reporteros no la dejarán en paz ni por un instante.

- Entiendo, - dijo ella. – No van a dejarme sola.

- Así es. – le sonreí. – Menos ahora.

El cuerpo fue identificado por Yamamoto en la morgue, por ser su único familiar vivo y tutora legal, quien pidió que no se practicara la autopsia al cuerpo, por temor a ser descubierto el secreto de su sobrino. Yo claramente haría lo mismo.

Hay una tumba sin funeral, ¿Quién vendría de todas maneras?, con una placa conmemorativa en la cripta familiar donde se encuentran grabados los nombres de sus padres. Siempre con ubicación desconocida, por lo menos para Aoshika, evitando así que se deteriore aún más su estado físico y emocional. Así, para cuando ella despertó del coma luego de tres días en el hospital, todo ya estaba hecho en el más absoluto silencio que se pudiera adquirir por medio de la discreción (o el dinero).

La señorita Aoshika ya nunca volvió a su departamento, por lo que todas sus pertenencias fueron trasladadas a la mansión Yamamoto. Jamás se presentó a la escuela Hakutoku, Así que los trámites de su renuncia y terminación de contrato fueron hechos por medio de un gran abogado que trabajaba para su benefactora. Y ya que lo he mencionado, Hakutoku tenía planes de empezar de cero en otra dirección de Yokohama para evitar el escándalo con la prensa, pero no hubo presupuesto suficiente ni para terminar contratos y liquidar a los empleados, así que solo cambió de director y subdirector otra vez. Los cuales se "aseguraban" de que no entraran maleantes a su escuela implementando un programa de protección social y ciudadano probado en Estados Unidos, y por tanto, completamente fallido.

La única ventaja es que, aunque seguían existiendo abusivos, estos ya no estaban relacionados con la organización Toumei, la cual desapareció con la muerte de Dou, el último de los Haguro junto con sus hombres subordinados. Claro que desaparecer es solo un decir, ya que, como muchas compañías desintegradas, solo son absorbidas por una mucho más grande y poderosa. Así es, el crimen organizado no es diferente de los negocios legales y empresas privadas que manejan el destino de la economía del país. La única diferencia, si es que puede haber una, es que se merca con vidas, drogas, armas, carne y sangre.

La mafia Yakuza no lamentó siquiera un poco la extinción de los Haguro. Sabía mejor que nadie que si no terminaban muertos debido a sus acciones imprudentes tanto del padre como del hijo, alguien más sin ser precisamente un miembro rival, terminaría cobrando venganza de sus actos pasados. De hecho ya se tenía trazado un plan en caso de que ocurriera; no es que la mafia fuese completamente honorable, simplemente protegían sus negocios e inversiones. Y es que desde el fallecimiento de su padre y su posterior ascenso al poder, Dou nunca se ocupó un solo día de seguir con los negocios familiares. Solo derrochó la fortuna que le fue heredada en comprar armamento militar estadounidense en desuso para su entretenimiento personal; todas sus fuerzas concentradas en destruir al enemigo, una obsesión que le llevó a su muerte. Una muy oportuna para que los Yakuza se hicieran con el poder y aprovechando el estatus de empresa privada de la organización Toumei, así podrían salir a plena luz del día a hacer sus negocios sucios, y la policía japonesa no podría hacer nada en su contra más allá de simples pagos de fianza por una que otra multa, y seguir comprando armamento americano e incluso ruso. Respaldada la organización criminal ahora por el gobierno y la ley, sería ingenuo pensar que Japón no es una sociedad igual de corrupta y podrida que incluso la occidental, contrario a la imagen que quiere vender al mundo de una civilización utópica y ventajosamente tecnológica. Pero no pueden dejar que el negocio se les vaya de las manos a quienes se benefician de ello, y por eso deben los líderes gubernamentales y corporativos mantener bajo control a su rebaño de ovejas, vendiéndoles la idea que Japón es un país muy seguro, tranquilo y pacífico, cuasi perfecto, y eliminarán a aquellos que piensen en romper esa burbuja ilusoria con solo soplar fuerte, incluso si para ello es necesario aliarse con el crimen organizado.

Obviamente todo esto lo sé debido a mi condición de reportero y mi contacto en la policía que por meses se dedicó a investigar los movimientos de Haguro, y sólo necesitaba relacionarlo directamente a un crimen para darle arresto e iniciar su proceso judicial a pesar de ser un menor de edad. Sí, a todo mundo benefició que Haguro muriera esa noche de luna nueva, sin importar cómo ni quién se encargara. Simplemente fue un movimiento estúpido el secuestrar, violar y exponer en la red a la ex profesora.

Sin embargo, ella no lo ve así. Pudo haber sobrevivido al ataque, despertar del coma y mejorar medianamente su salud, pero cuando se enteró que el hombre que de verdad amaba no sobrevivió, el corazón de Akiko Aoshika murió junto a él.

Le asignaron una habitación de tantas, alistado con equipamiento médico básico para monitorear sus signos vitales, debido a su aún delicada convalecencia. La vista panorámica tras los ventanales reflejaban al lago que rodeaba la residencia junto con campos abiertos y un cielo despejado en los meses de mayo. Debido a su intento de suicidio en el hospital no se le permitió mantener la puerta cerrada, el ama de llaves la visitaba con regularidad en el día para llevarle comida, aunque casi ni la tocara, y mantener rondas por los pasillos. Y sin Yamamoto ahí debido a sus ocupaciones y negocios, lógicamente comenzó a sentirse encarcelada. Yo la visitaba todas las noches, y me quedaba en vela para cuidar que no hiciera nada estúpido; a veces bajo su ventanal en los jardines, a veces en la azotea, y otras en los pasillos. Me repitieron disculpas porque no querían causarme ninguna molestia, pero una vez más les dije lo que en verdad pensaba; que no era ninguna para mi. A decir verdad, me sentía en deuda con estas personas debido a que no pude ayudar en el momento oportuno, pues pensé que pude haber hecho más.

Fui lo más discreto y silencioso posible pero ella sintió mi presencia, aunque no me dirigía la palabra. Ni siquiera le importaba, todo le era indiferente. Y entonces comenzó una noche de junio, la segunda luna llena desde el incidente…

- ¿Qué ha pasado? – Pregunté.

- Ella está… - comenzó el ama de llaves. – un poco inquieta.

- ¿Un poco inquieta? – Sonreí. – Esos gritos parecen ser cosa de una crisis nerviosa, señora Tosaki. – Intenté girar la perilla de la puerta de la habitación, pero esta no cedió. – La dejó encerrada.

- Quería escapar e ir a la morgue del hospital.

-¿Qué? – La miré sorprendido. – ¡Eso no puede ser!

- Solo escuche si no me cree.

Gritos, llantos y súplicas inundaban la noche silenciosa; y una sola oración se distinguía:

- ¡Por favor! Ya es luna llena… ya estás aquí. Devuélvelo…. ¡Devuélvemelo! ¡HAZ QUE REGRESE AQUÍ! – gritó llorando. - ¡REGRÉSAME A AKIRA! ¡Devuélvanme a Akira Inugami! - Estaba en un increíble Frenesí.

- Llame a la señora Yamamoto. – Dije con el ceño fruncido.

- No está aquí. – Respondió Tosaki. – Volverá de Tokio en un par de días.

- Está bien. – maldije mi suerte. – Me encargaré desde aquí, gracias. – Me entregó la llave de la habitación, y con una leve reverencia se retiró del pasillo.

No pude hacer gran cosa más que esperar a que Aoshika se calmara un poco sin decir nada; de todas formas no me oiría. Largo rato escuchaba sus llantos al otro lado de la puerta:

- No pude despedirme... – Gimoteaba anegada en lágrimas. - ¡Solo… solo quería ver su cuerpo para comprobar por mí misma que no era una ilusión! ¡Solo… solo que… quería ver su cuerpo! Comprobar con mis propios ojos que está muerto… o… pedirle… ¡Exigirle la luna llena que lo traiga a mi!

A espaldas de la puerta, y con un pie recargado, encendí un cigarrillo. Al sentir el humo del tabaco llenando los pulmones, exhalé con los brazos cruzados y la mirada al piso: - Por lo menos ya está hablando. Tal vez vaya por un buen camino al permitirse sentir, aunque sea rabia.

… §…

31 de mayo del 2007.

REPORTE DE ESTADO.

Luego de haberse declarado la fecha de muerte el 17 de mayo del año presente a las 06:07 hrs, se ha puesto al espécimen en observación inmediatamente luego de su adquisición. En su primera evaluación, luego de cuatro horas el tejido no presenta autolisis. En su segunda evaluación, ocho horas después, no se observa colapso de venas y acción de la gravedad que provocaría la decoloración de la piel, aunque si existe una disminución importante de la temperatura. En su tercera evaluación efectuada 24 horas después de la muerte no se presentan cambios. 48 horas después comienza la decoloración. A 72 horas de muerte presenta rigor mortis. 96 horas después no hay inflamación microbiana. A los cinco días no se observa ninguna mancha que evidencie los lugares donde la sangre se asiente debido a la posición corporal. Seis días después comienzan los cambios de estado: primera evidencia de coagulación celular ósea en las extremidades mutiladas: no es uniforme, pero existe. Cabe destacar que es 23 de mayo para entonces, inició del cuarto creciente lunar, a las 18:07 horas. El 24 del mes, a la misma hora se ha completado la coagulación ósea y el 25 el rigor mortis ha desaparecido casi por completo. Para el 26 aún existe decoloración. 27: la temperatura corporal aumenta de a poco. 28; la decoloración ha quedado atrás. 29; la temperatura se mantiene en unos estables 36°C. Para el 30 comienza apenas la coagulación sanguínea externa en las extremidades mutiladas. Hoy a las 18:15 horas se observa que el espécimen ya tiene pulso, aunque no es estable. Cuatro horas después, a plena luna llena su pulso se estabiliza con un ritmo cardíaco promedio. Sin embargo, no existe actividad cerebral.

Descripción particular: sujeto masculino de entre 15 y 17 años de edad, estatura promedio de 174 cm, complexión delgada a media y atlética bien definida. Rasgos asiáticos y occidentales, cabello lacio y negro azabache, ojos en tonos almendra y miel, casi amarillos y poco comunes.

Clasificación racial específica: Licántropo mestizo.

Observaciones: cuerpo presentado incompleto. Mutilaciones antemortem en ambos brazos; el derecho sin dedos, el único conservado es el pulgar, mientras que el brazo izquierdo está ausente, cortado por encima de la mitad del antebrazo. Heridas graves en perforación de pulmón izquierdo y abdomen superior rasgado. Extremidades inferiores completas.

Después de leer el documento, una mano asomándose por encima del escritorio tomó un bolígrafo y firmó en la parte inferior derecha de la hoja, golpeándola con un sello entintado dejando la palabra "Clasificado" en mayúsculas, para luego guardarlo en un folder al interior de un archivero, mientras las luces de la estancia eran apagadas por completo.