Capítulo 2: Bajo la luna
Ordenaron, comieron y bebieron mientras hablaban vana y casualmente. Cuando el postre llegó, un chiste de Akira provocó una risilla en ella. Lentamente quedaron en silencio, y Akiko desvió la vista a través de los vidrios de la enorme ventana a unos metros; miraba la luna en medio de algunas nubes. Tras unos segundos él habló: - Te ves preciosa hoy.
Ella desvió los ojos para encontrarse con los suyos. – Gracias. – Bajó la vista a la mesa, tomando la cucharilla para comer el postre.
-Lo digo en serio, y no es un cumplido.
Se detuvo con el cubierto en el aire para preguntar: - ¿Cómo, a qué te refieres?
-Realmente soy franco cuando digo que eres hermosa. Pero cuando te dicen algo así noto que bajas la vista o te haces la desentendida, como si no te gustara. Dime, ¿Es eso?
La incomodidad hizo que ya no pudiera comer, solo revolvía la cucharilla de un lado a otro del plato. – Es solo que no estoy acostumbrada a que me lo digan.
-¿En serio? – Parpadeó. – No lo sabía, pensé que como siempre recibías "una flor" por lo menos una vez en diario, estabas acostumbrada y te tenían harta, así que ya no iba a decírtelo más…
- ¡No! – Exclamó. – No me malentiendas, es solo que… - Frunció el ceño, sus dedos temblaron muy leve.
- Oh, Akiko, - "soy un idiota", se recriminó. – Discúlpame, yo…
- Ya fui abusada antes. – Soltó. Había hablado y no podía callarlo más. – Tenía quince años. Me desarrollé desde los once, y conforme fui creciendo mi padre me miraba raro, no quería que saliera, ni siquiera con amigas; solo de escuela a casa y de regreso. – Akira solo la miró sin decir palabra. - Cuando ingresé en secundaria rápidamente llamé la atención como en todos lados, pero esta vez fue diferente porque ya era consciente de los cambios en mi cuerpo. Algunas niñas se sienten mal por esto, pero yo no. Estaba orgullosa porque siempre me elogiaron, sin embargo no era tan vanidosa como las populares de la escuela, quienes al verme inmediatamente me envidiaron, pero se me acercaron para ser mis amigas. La líder de ellas era la típica niña porrista novia del chico popular y el mejor atleta; la promesa del deporte y de nuestra generación; ambos de familias con prestigio en mi ciudad natal. Todo mundo decía que ellos debían estar juntos; pero yo a él le gustaba, jamás tuve experiencia en romances hasta ese momento, así que solo me dejé llevar como la chiquilla tonta e ingenua que era. Yo tenía muchos amigos hombres también, del mismo círculo que él, ella se dio cuenta e ideó un plan. Un día me quedé tarde en la escuela porque me tocaba aseo. Mis amigas se quedaron para ayudarme, pero en cuanto el resto de la clase se fue, me rodearon y me acusaron de que llevaba muy corta la falda y la blusa tan ajustada que se me desgarraría sola "parece que buscas enseñar los senos", me dijo una, "¿Por qué ya mejor no te desnudas como la puta que eres?", dijo otra. Yo no comprendí hasta que entre todas me agarraron a golpes. Tres hombres me sacaron de entre la turba, pero solo para llevarme al campo de juego detrás de los edificios para sostenerme entre dos, y el tercero, el mejor amigo del chico que me gustaba, abrió mis piernas, rompió mis bragas y me penetró mientras decía "Por esta vez él no será el primero en disfrutar el trofeo de desvirgar a la hermosa". Terminó tan pronto empezó y luego me dejaron ahí tirada en medio de la cancha.
"Llegué a mi casa con la ropa alborotada, sucia y llena de tierra. Mi madre me preguntó qué había pasado, pero como no respondí, ella solo me dijo que era una chica sucia y lavara bien mi uniforme. Me metí a la ducha y me fui a dormir. Al llegar a la escuela a la mañana siguiente simplemente decidí olvidarlo, como si nada hubiera pasado; era solo una pesadilla, nada pasó realmente más que una pesadilla, me forcé a pensar. Pero en toda la escuela ya se habían enterado del incidente, y nadie se me acercaba, como si no existiera. No, peor, es como si a todos les pareciera repulsiva, no querían hablarme y solo me hacían gestos de asco. Y yo solo fingía que no ocurría nada. Pero unos días después apareció el chico que me gustaba y me dijo que se había enterado de todo, y que lo lamentaba, pero lo que no podía comprender es ¿Cómo nunca me defendí? ¿Cómo podía estar tan tranquila? ¿Acaso no los provoqué? Y solo me obligué a sonreír y respondí que no ocurrió nada, ya que era todo lo que podía hacer. Ese chico nunca me defendió, solo hizo lo que los demás; se alejó no sin antes decirle a todos que me había gustado. Nunca les dije nada a mis padres y ellos tampoco hicieron nada para saber; siendo una familia conservadora, soñaban que yo me casara virgen. Así que en cuanto pude me fui de casa, de la ciudad y me esforcé para volverme una docente. Encontré a alguien del trabajo con quien formé una relación y me casé a los veintiún años; tal como mis padres querían, yo sería una mujer respetable y un ama de casa con hijos, lo que me permitiría escapar de mi pasado. Pero inmediatamente entendí que no sería fácil; cada que mi marido intentaba tocarme yo me alejaba como si fuera la peste. Mi error fue no haberle dicho de inmediato lo que me pasó, pues solo reía con miedo y nerviosismo; la vida de clase media fue buena, a pesar de yo no trabajar jamás nos faltó nada. Pasaron seis meses y la situación ya era insostenible, así que harto me gritó que si tanto me daba asco que se acercara, ¿por qué me casé con él? No tuve otra opción que decirle todo. No reaccionó, solo me preguntó si no denuncié, pero como le dije que no serviría de nada ya que venían de familias influyentes, no me insistió, solo me dijo que me daría tiempo. Tiempo que duró cuatro meses más en los que me obligué a sonreír y desviar la conversación cada que venía el tema del sexo. Y en el quinto mes, una noche en el que con todo mi valor me desnudé en la alcoba e intenté obligarme a hacer feliz a mi marido, cuando se puso encima de mí… simplemente… no pude. Me aterró, le dije que se quitara, me dijo que no, que ya casi, me sostuvo fuertemente de las muñecas y con su peso me obligó a abrir las piernas, me dijo que era hermosa, ardiente y… yo solo lo patee en pánico. Al liberarme él cayó de lado de la cama, y yo sentada al otro extremo esperé a que reaccionara, todavía en shock. Al ponerse de pie por fin me dijo que ya no podía soportar esta situación, que debíamos separarnos, porque no era posible que me dejé coger por otro que no fue siquiera mi novio y él que era mi esposo no podía tocarme, que no era justo que no le tocara parte de mi precioso cuerpo. Me preguntó si lo odiaba, yo pensé; claro que no, te amo. Pero no le contesté, solo lloré y obligándome a sonreír le dije que era lo mejor, que esperaba fuera feliz. Luego de unos meses terminé dando clases en Hakutoku."
Al terminar, Akiko solo suspiró e hizo a un lado el postre ya sin el menor antojo. A Akira le sorprendió lo clara de la historia. Es decir, su voz no se quebró una sola vez, no hubo pausas, no titubeó, ella jamás lloró. – Lo siento. – Era todo lo que podía decir. – Yo no tenía idea.
-No pasa nada. – Respondió de una manera tranquila.
- Pediré la cuenta. – Dijo apresurado.
- De acuerdo. – Sonrió sinceramente.
Salieron en silencio al solitario estacionamiento. No podía dejar de sentirse ansioso; el aire frío en sus pulmones, olfateando, escuchando… ¿Era por lo que acababa de saber? No. seguramente era la energía del creciente lunar.
Llegaron junto a la puerta del auto, abrió las puertas cuando…
-Date la vuelta y no hagas movimientos bruscos. – La punta de cañón de una pistola le presionaba en medio de la espalda.
"Ah, maldición", pensó que hubiera preferido que la ansiedad se debía a la confesión de la ex profesora. – Muy bien, - Levantó las manos mientras se daba media vuelta. – tranquilos. – un hombre alto y muy delgado cubierto con un pasamontañas le apuntaba al pecho.
-Quédate quieta, perra. – Escupió un hombre obeso detrás de Akiko, a quien le apuntaba con una navaja a la cara con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo rodeaba su cuello y ella abría mucho los ojos.
-Ok, - Dijo tranquilo. – Toma mi cartera en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. – El ladrón hizo caso mientras abría la misma y sacaba un billete.
-¿Qué es esto viejo? – Chilló con desagrado mirándolo. – Aquí solo hay cincuenta dólares. – Le arrojó lo obtenido a la cara, sin dejar de apuntarle.
- Así es, - Le respondió el hombre, sonriendo ampliamente, mostrando sus excesivamente largos caninos. – Es lo único que obtendrás. Así que lárgate de mi vista y llévate a tu feo y gordo amigo.
- JAJAJAJA… - Rieron con sorna ambos maleantes. – Parece que no entiendes la situación campeón. – el tipo delgado se acercó a inspeccionar el interior del auto. – Como no llevas efectivo, lo único de valor es este auto que, vaya que es lindo, aunque un poco raro.
- Te repito. – Dijo Akira ahora con desprecio. – Lárgate antes de que los mate, a ambos.
- ¡Ya mátalo! – Gritó el gordo inmovilizando con facilidad a la mujer. – Para que nos podamos divertir con esta lindura – Con el brazo que sostenía el cuello acarició con su manaza uno de los senos, ella solo se estremeció abriendo los ojos aterrados.
- Bien. – Cortó cartucho apuntando a la cabeza de Akira, quien lo miraba fijo sin dejar de sonreír; la comisura de sus labios comenzó a temblar. – Solo dame las putas llaves o…
- ¡AAHHH! – Gritó el obeso. – ¡La puta me mordió! – Un disparo en la dirección de Akiko mientras se liberaba por debajo del abrazo, detenido a tiempo por la mano derecha de Akira.
- ¡Pero qué mi…! - otro disparo, esta vez rasgando justo en la parte izquierda del rostro del hombre, cuya cabeza terminó girando a un lado por la fuerza del impacto.
¡GRRRR! Un gruñido profundo y prolongado venía de Akira Jin quien, se suponía debía estar muerto para entonces. Lentamente le devolvió la mirada al asesino, mostrando lo que debía ser un rostro destrozado siendo la carne regenerada en segundos ante su aterrada mirada. A continuación dobló la mano que sostenía el arma hasta romper la muñeca con la que debía ser atravesada por el primer impacto y ahora estaba como si nada.
-¡AAAHHHH! – Gritó el tipo quien calló repentinamente, pues el hombre lobo en cuestión de segundos ya le había rasgado la yugular con tan solo usar sus garras recién crecidas, salpicándolo de sangre y cuyos ojos brillaban intensamente en la oscuridad. Se había convertido en asesino por quién sabe qué vez más.
El sonido de choques eléctricos donde Akiko lo sacó de su estupor, y al cruzar del otro lado del auto le vio. El tipo obeso convulsionaba tendido en el piso mientras ella arrodillada aplicaba repetidas dosis de un taser paralizante directamente sobre la entrepierna de sus pantalones.
-¡Akiko! – Exclamó Impresionado. - ¡Levántate! – La tomó del brazo. - ¡Vamos!
La forzó a entrar al lado del copiloto mientras cerraba ambas puertas, encendía el auto y se iban a gran velocidad, dejando los cuerpos atrás.
Una vez estacionándose frente a la casa de ella no fue necesario preguntar ni otorgar permiso; ambos entraron, y sin perder tiempo él fue al baño de la planta baja al fondo para lavarse toda la sangre de encima, mientras ella iba a la cocina a preparar algo de té, café o lo que sea que pudiese relajarlos de aquél mal rato; incluso alcohol si fuera necesario. Una vez ambos en la sala, él cerró las cortinas que pudiesen ofrecer una vista interior al tiempo que ella bajaba las luces hasta un punto muy tenue, apenas lo suficiente para poder moverse en la oscuridad.
Ya estaban sentados uno junto al otro en el sofá largo y mullido mientras bebían té caliente acompañado de un poco de whisky. Y tras unos minutos en que el silencio y la penumbra reinaban, ella comenzó a hablar: - Lo siento. – Dijo al fin.
-¿Eh? ¿Por qué? – Levantó una ceja sin entender.
- Si no hubiera aceptado salir contigo no pasarías esta clase de situaciones. – Miraba al piso con los pies en la alfombra y la taza entre manos.
- hm. – Sonrió reclinándose en el respaldo, dando un sorbo a su taza. – Tú no tienes la culpa de nada. Esos pendejos sólo buscaban algo qué robar para salir momentáneamente de su miseria, y nos topamos en el momento justo. Sino éramos nosotros era alguien más, y probablemente un inocente habría muerto. – Pero ella sólo guardó silencio. – Además, lo cierto es que somos los de nuestra especie los que cargamos con…
- No. – Lo interrumpió tajante mientras le alzaba la vista. – Ya me han ocurrido cosas horribles y retorcidas mucho antes de involucrarme con tu especie.
- Tienes razón. – Respondió serio. – Pero hasta ese momento nunca te habían…
- Mi apariencia lejos de ser una ventaja ha sido una maldición con la que he tenido que cargar incluso esta noche. – se quejó deslizando por su melena el lazo que la ataba, pasando los dedos por su cabello alborotándolo y dándole una apariencia provocadora. – Los hombres en los que me interesé terminaron aprovechándose, lastimados u odiándome. - Hizo una pausa. – Y el único que me amó de verdad terminó muriendo. – Él se quedó en silencio. Realmente no lo había visto desde esa perspectiva. – Sí no fuera por este amargo rato tal vez te preguntarías por qué te conté mi horrendo pasado. Eso que es tan íntimo para mí.
- Jamás. – La miró a los ojos sería y gravemente. – Jamás debes considerar lo que te hicieron como algo así para callar; esa porquería no fue creada ni provocada por ti, así hayan pasado cincuenta años.
- Te lo conté, – siguió como si no lo hubiera escuchado. – Porque me recuerdas tanto a él.
- Akiko… - Susurró.
- La forma de tus ojos. Ese tono miel intenso; la mirada desafiante que le diste a esos tipos. Incluso… - Bajó la voz hasta un susurro. – sonreíste de esa manera altanera enseñando los colmillos tal y como él hacía… tanto que… por un momento pensé… - Su voz tembló. – Que él había resucitado en ti.
La miró de manera nostálgica. – Ya veo. – Dijo al cabo de unos segundos.
-Debes pensar que soy una estúpida. – Se levantó con ambas tazas vacías para dejarlas en el fregadero de la cocina, al volver desvió su camino a las escaleras. – Tengo más habitaciones en esta casa, puedes tomar la que te apetezca, ya sea aquí o arriba. Mañana es domingo, así que no creo que tengas que ir a trabajar, ¿O si?
- ¿Quieres decir que deseas que me quede contigo esta noche? – Preguntó poniéndose de pie.
- Pero claro que sí. – contestó. – No me gustaría que llegues a casa con la ropa ensangrentada y la gente sospeche que eres alguna clase de asesino y eso. Yo la lavaré.
- No es necesario, en verdad.
- No trates de convencerme de lo contrario. – Sonrió. - Soy muy terca.
- Está bien. – Suspiró. – Tomaré la recámara de abajo.
- Muy bien. - lo condujo a lo largo del pasillo, debajo de los escalones al fondo, pasando el baño y a mano derecha abrió una puerta. Era una habitación pequeña y sencilla, con todo lo básico; cama individual con sábanas blancas, un buró cerca de un enchufe eléctrico, cómoda con diversos cajones para la ropa y una pequeña ventana que daba al patio trasero. Él entró en la estancia. – Nos vemos, que descanses. – Se despidió ella en el umbral, con la puerta en la mano.
- Gracias, igual. – Dijo él sonriendo amablemente.
- No tienes por qué. Es lo que hacen los amigos; se apoyan mutuamente. – Dijo al fin, comenzando a cerrar la puerta.
- Oye, Akiko. – Alcanzó a decir Akira
- ¿Mm? – preguntó abriendo de nuevo.
- No eres estúpida. – Dijo en tono serio.
- Lo sé, ja ja. – Se rió. – Eso lo dije solo para mí misma.
- Pero no debiste arriesgarte a enfrentarte tu sola a ese cabrón. Un movimiento en falso y pudiste ser degollada, - le preguntó. - ¿Dónde sacaste un taser paralizador?
- Ahhh, eso… - Se recargó en el umbral cruzando los brazos. – Me lo dieron en el centro de conservación. Es para cualquier animal que desee atacarme, pero me especificaron que nunca lo ha ocupado ningún encargado. Solo me lo dieron como una formalidad preventiva, ya que en las épocas de apareamiento los lobos en celo, especialmente los machos, se vuelven muy territoriales. Pero nadie ha tenido la necesidad de usarlo jamás; así que lo conservo en mi bolso y lo llevo a todos lados para usarlo como un arma de defensa personal.
- Ok. No creí que tú… - comenzó, ¿En verdad esta era la gentil y tímida mujer que él conocía? – tuvieras que cargar con eso.
- Lo sé, yo tampoco. – coincidió. – Pero justo anoche mientras cenaba pensé en lo que me ocurrió en el pasado. Es decir; siempre fui una chica sociable y amistosa cuando niña, y abusaron de mi. – A Akira no le gustaba que hablara de aquello como si fuera algo cotidiano, aunque debía aceptar que tal vez era una forma de sacarlo y enfrentarlo. – Luego me volví tímida y lo más discreta posible para no tentar a los hombres, pero de todas maneras volvió a ocurrir. Y en el ataque, - volvió la vista a un punto muerto. – Me dije que ya no tenía nada que perder porque ya no tenía ningún valor como mujer; así que pasé de una Justine a ser Juliette. Pero al creer que ya todo estaba perdido, entendí después que estoy viva. Así que, no me quedaré sin hacer nada si puedo por mi misma pensando que necesito que alguien se apiade de mi y me rescate.
- Entiendo. – Le sonrió. – Me da gusto que pienses así. – Era una verdad a medias.
- Gracias. – Se la devolvió. – Buenas noches Akira.
- Buenas noches Akiko. – se despidió.
Cerró la puerta detrás de ella. Volvió al pasillo que conducía a la entrada y dobló esquina para luego subir por las escaleras y entrar a su habitación. Al cerrar la puerta la sonrisa se desvaneció de golpe.
Sabía que tenía que continuar, sabía que tenía que seguir; respirar aunque esto doliera en lo más profundo de su ser. – Te extraño tanto… - susurró viendo la luna a través de la ventana. – Inugami… - sus labios temblaron y las lágrimas rodaron de sus ojos cristalinos.
… §…
"Andando en un bosque entre las sombras, solitario. En la inmensa oscuridad percibí un aroma; al principio fue leve, tímidamente floral y delicado. Nunca había olfateado una fragancia así; me intrigó de inmediato y me acerqué más; cambió a rozagante, pasional e intenso, embriagó mi nariz y alteró mis sentidos ese aroma tan penetrante. Y a lo lejos te vislumbré; fue primera vez que te vi. Parecías una inmensa luz entre la oscuridad que me envolvía. Conforme me acerqué distinguí tu silueta; tu andar, el vaivén de tus caderas, ropa y calzado, toda tú parecía exudar sensualidad pura. Sin embargo distinguí que no andabas bien; cabizbaja y ebria tropezaste. Solo fue instintivo pero en un segundo te sostuve. Y con tan solo ese acto me condené; no quise reconocerlo pero fue atracción instantánea. Tan miserable y triste pero a la vez sublimemente hermosa. Al conocerte me di cuenta que estabas dañada, y luego por mi causa hecha pedazos, y yo también me rompí. Pero no me arrepiento un solo instante en haberte conocido… Es mi destino estar a tu lado y protegerte porque… te amo… eres mía por derecho porque te entregaste. Cumpliré mi promesa y te encontraré".
