Capítulo 3: Obsesión

Era domingo por la tarde cuando Akira se despidió de Akiko, quien antes le entregó su ropa limpia y doblada, libre de sangre ajena, por la puerta de la recámara que habitaba, ligeramente abierta, procurando proteger la privacidad del hombre.

Al pie de las escaleras del pórtico, ella cambió cómo subía al auto y mientras se alejaba por el camino pavimentado rodeado de árboles y otras casas espaciadas a la distancia, él se despidió con un gesto de mano que a su vez correspondió con una ligera sonrisa

Una vez dentro de la cabaña cerró la puerta. Dedique lo restante del día a trabajar en su computadora portátil completando los informes de observación que registran la conducta de la manada de lobos a su carga. Ordenando las cuentas, administrando los gastos monetarios, leyendo los estados de cuenta del banco, etcétera. Pudo haber escapado del predicamento en su país natal, pero no de las obligaciones que conllevan una vida independiente. Manteniendo su mente ocupada con labores todo lo que podría, incluso siendo ama de casa, plomera, carpintera ya veces también jardinera; ahora más que nunca requería de sus propias fuerzas de trabajo para mantenerse mentalmente estable. Pero era por las noches cuando apareció el horror; el insomnio, la ansiedad, la tristeza, la culpa, la impotencia; sus demonios no la dejaban en paz. Recién establecido no podría dormir, forzándose a comer aun cuando todo sabía un arena, bebía y era amargo. Era solo cuando se agotaba físicamente que podían dormir de manera natural, siempre minutos antes de la media noche. Cerró con seguridad todos los accesos al hogar y apagó las luces segundos antes de subir a su habitación a dormir.

A la mañana siguiente llegó al refugio Ikunou como todos los días de lunes a viernes a las ocho de mañana para completar su jornada hasta las cuatro de la tarde. Aunque tenía un horario muy flexible, debido a los cambios bruscos del clima en aquél lugar, siempre procuraba cuidar su puntualidad y cumplir con su deber incluso si esto fuera en deshoras laborables; en verdad se había encariñado con su manada.

Al llegar a casa la misma rutina: informes, administración de cuentas, aseo del hogar y limpieza de trastos. El reloj de pared de la sala marcaba las nueve de la noche cuando quiso sentarse en el sofá en pijama a ver un poco de televisión.

-No entiendo nada de esto. - dijo cuando terminó de dar vuelta a los canales con el control remoto. - Hay muchos programas pero ninguno que me llame la atención.- Luego, de media hora apagó el electrónico y subió las escaleras.

Luego de lavar los dientes, en el compartimento detrás del espejo de baño apoyado en la pared que se encuentra un frasco de plástico con somníferos dentro. Estaba segura de no poder dormir porque no estaba completamente agotada, así que tuve tres pastillas. Ya en la cama al cabo de quince minutos apagó la lámpara sintiendo el efecto y durmió en medio de la oscuridad.

Quietud y silencio total en las calles solitarias y lóbregas; solo algunos faroles encendidos acompañaban a la luna en el cielo despejado de julio. Una sombra solitaria vagaba caminando cerca de aquella cabaña ubicada en los suburbios en frontera con el bosque. - ¿Tres dosis ya, Akiko? - reflexionó para sí. - No hace diez días que comenzaste con una. - terminado por alejarse en medio de la noche.

Continúa su rutina sin ninguna novedad hasta la noche del sábado. Se ordenó la ropa en su clóset una vez limpia y seca. Ya terminaba cuando bajó la vista al cesto blanco de plástico y se dio cuenta de lo que siguió hizo que sus ojos brillaran en lágrimas; en el fondo, un conocido abrigo oscuro de cuello en pelo sintético, tan rasgado que atesoraba tanto, ahora se completamente completamente limpio, sin rastro de suciedad y sangre viejas.

-¡No puede ser! - se reprochó mientras lentamente lo levantaba, con las manos temblorosas. - Debí lavarlo sin darme cuenta. - Lo volteó una y otra vez sin querer creerlo. - Había tanta ropa sucia esparcida ... - Gimoteó. - ¡No no! - Ya no estaba. Ya no se tuvo ninguna evidencia material de aquél hombre que la había salvado. - Perdóname ... - abrazó fuertemente la prenda en su pecho mientras cerraba los ojos. - ¡Lo siento! - se aferró a él como nunca, llorando. - Lo si ... - abrió de golpe los párpados. - ¿Qué ... qué es esto? - Algo extraño sufrido; un aroma ... - ¿Es el ... el suavizante de telas? - siguió olfateando. - ¿Es ... es porque está limpio? - No se detenía, era intenso. - No. Es un olor fuerte y desenfadado ... es ... - Un olor delicado pero marcado, bajo y limpio, como un árbol joven y fresco ... como ... - Como el de él ... - dijo al fin. - Es el olor de Inugami. - Susurró con un gran alivio. - De Akira Inugami, de su piel. - aspiró profundamente aquella prenda, con ojos suavemente entrecerrados, recordando la última vez que sus cuerpos estaban abrazados.

Acto seguido bajó el interruptor de luz quedando a oscuras. Solo hasta entonces se dio cuenta que a través de la ventana con cortinas abiertas se colaba la luna llena. Los ojos resplandecieron con su reflejo en las pupilas; un brillo intenso nunca antes visto. Fue entonces que lentamente subió su camisa amplia y de manga larga del pijama que tuvo lugar hasta descubrir su torso. Deslizó los amplios y cómodos pantalones por sus anchas caderas hasta dejarlos caer al piso. Descalza desabrochó su sostén y liberó sus enormes y redondeados senos. Lentamente se deshizo de las diminutas bragas en forma de bikini, quedando completamente desnuda, a contra luz. El espejo de cuerpo entero contempló su reflejo vistiendo solo aquél abrigo sin cerrarlo. El aroma se intensificó en cuanto la tela rozó su piel clara, lo que provocó que sus mejillas se sonrojaran. - Eres tú. - Dijo sonriendo con cautela. - Solo tú puedes enviarme un mensaje así, ¿verdad ... Akira? - Sus labios pronunciaron el nombre como una oración. A continuación se abrazó así misma apretando sus propios pechos. - ¡Aahhh! - Gimió por lo bajo dejándose caer en medio de la cama boca arriba. Algo cálido grabado desde su bajo vientre hasta sus muslos. Era una sensación nueva para ella; con inocente curiosidad entreabrió las piernas, para con la yema de los dedos de la mano derecha bajar desde el ombligo, acariciando lentamente, llegando al pubis; apenas rozando, como el aleteo de una mariposa, sus dedos se abrieron paso donde nacía aquél canal que tantos hombres ansiaban tener. - ¿Acaso ...? - apenas si rozaba la superficie. - Esto ... esto es ... - a la luz azul admiró las yemas ahora brillantes y resbaladizas. Si, estaba mojada; su intimidad secretaba abundantemente ese líquido caliente. Ya pasó una vez cuando se perdió la muestra, pues ellos le inyectaron dosis repetidas de un cóctel de drogas que la estimulaban para disfrutar de las muertes. Inmediatamente grabe lo que los médicos le dijeron en su recuperación: "Casi siempre pasa que la mente, luego sufre un evento traumático, queda atrapado en el mismo momento una y otra vez, lo que reduce su incapacidad de superar el hecho. Algunas personas reviven el momento recreadamente en el presente; a esto se le llama ... "- Síndrome de Estrés Postraumático. - Dijo sin dejar de contemplar sus dedos. Y era cierto, lo sufrió; cada que la luna estaba menguante o nueva, en Japón, no podía dormir debido a los terrores nocturnos; No gritó solo no lo haría sino hasta luego de unos días que no podría con el agotamiento y ver nacer el primer creciente. No fue sino hasta llegar a Alaska y estar cerca de los lobos sumado al paisaje desolado en nieve que pudo calmarse. - No. - Dijo por fin. - Esto no es parte de eso. - Sonrió lentamente risueña. - Esto es diferente. - Sus mejillas se encendieron aún más debido a la euforia que ahora podría moverse por todo su cuerpo.

Embriagada por ese olor tan característico que la envolvía, fue presa de una niebla de sensación; con uno de los dedos y humedecidos exploró un poco más hasta toparse con la punta erecta de un pequeño botón rosado. Lo que acarició suavemente obteniendo la reacción inmediata: - ¡Ahhhh! - Su respiración ruidosa se volvió entrecortada. Nunca se había preocupado por investigar nada de la sexualidad antes de lo ocurrido en su adolescencia. Era vergonzoso y pervertido en solo pensarse haciéndolo; pero ahora todo era diferente, ya que, guiada por su propia voluntad, sin ser forzada por nada ni nadie, le preguntó una emoción exquisita. Con el dedo índice manipulaba delicadamente su clítoris mientras que los demás acariciaban sus labios menores y exploraban alrededor de la vagina, disfrutando de ese dulce néctar que brotaba y comenzando un sonar, lo que la enloquecía. - ¡Aahh ... si ...! - Se quejó, tomando con su brazo izquierdo ambos senos, acariciando sus pezones rosados y erectos, recordando una escena del pasado mientras cerraba los parpados.

Aquella vez cuando se encuentra en su departamento, tropezando y cayendo encima de él, tratando de quitarle inútilmente "la máscara", se dio cuenta de su error y se quitó rápidamente avergonzada y pidiendo disculpas. La verdad era que no lo estaba por considerar aquél acto como deshonroso, sino por, primera vez en su vida, estar gustosamente excitada. La realidad, la perversa y deliciosa realidad era que, en los segundos que estaba sentada arriba de su cuerpo, podía sentir cómo su entrepierna rozaba con la de ella; una entrepierna que de pronto se puso dura como una roca; una que palpitaba a través de los pantalones y, cuan larga era, rozó apenas por unos tornillos de tela su fino botón rosado. A partir de esa noche, a veces en la ducha se sorprendió así misma preguntándose, ¿Qué tan largo, grueso y duro era ese miembro viril en punto de ebullición ?, para después sonrojada agitar la cabeza, reprimiendo el pensamiento acompañado de una pequeña mordida de sus labios. Pero ahora era diferente; removiendo los mismos con la lengua, mientras que con los dedos se manipulaba sin necesidad de metros en su vagina, ardía en deseos de ser tomada por esa bestia. Imaginando que él estaba ahí y no solo su abrigo, la besaba y la acariciaba, dominandola como el hombre lobo que Akira Inugami siempre fue, lamiendo sus senos y mordisqueando sus deliciosos pezones. Las manos de ella ahora eran de él hurgando en su intimidad. mientras que con los dedos se manipulaba sin necesidad de metros en su vagina, ardía en deseos de ser tomada por esa bestia. Imaginando que él estaba ahí y no solo su abrigo, la besaba y la acariciaba, dominandola como el hombre lobo que Akira Inugami siempre fue, lamiendo sus senos y mordisqueando sus deliciosos pezones. Las manos de ella ahora eran de él hurgando en su intimidad. mientras que con los dedos se manipulaba sin necesidad de metros en su vagina, ardía en deseos de ser tomada por esa bestia. Imaginando que él estaba ahí y no solo su abrigo, la besaba y la acariciaba, dominandola como el hombre lobo que Akira Inugami siempre fue, lamiendo sus senos y mordisqueando sus deliciosos pezones. Las manos de ella ahora eran de él hurgando en su intimidad.

-¡Aahhhh ...! - Comenzó una gritar de placer. - ¡Así, no te detengas! - Gimió ruidosamente. La razón abandonó a Akiko por fin. Comenzó a materializar a un Inugami en sus pensamientos; Sus gruesos brazos el sujetador de la breve cintura, el cuerpo tensado y atlético que podría ver incluso con los ojos abiertos - ¡Ahhh ...! - Abriéndose paso entre sus piernas con el peso propio, sintiendo la pesada y gran erección entrando lentamente en ella mientras le besaba y lamia el cuello - ¡Nyaaa! - Se retorció de placer al sentir la goteante humedad de su duro pene. Clavando sus fulgurantes ojos claros y penetrantes en su cuerpo voluptuoso, meneando sus caderas y agitando sus pechos, hambriento de ella como el cazador a su presa, la mirada sudar, gritar de placer y moverse tan rápido que se volvería loca de lujuria. - ¡Inugami - kun! - Lo que hacía haciendo la presión insoportable ... - ¡Inugami - kun! - Cada vez más rápido, el calor la asfixiaba - ¡Inu ... Inu ...! - Ya no pudo más ... - ¡INUGAMIIII! - El orgasmo llegó tan intenso que incluía el líquido claro y viscoso mojó sus piernas hasta por encima de las rodillas mientras temblaba, y su sexo palpitaba en espasmos sin el olor de la prenda que llevaba puesta la abandonara por un instante.

Al exhalar varias veces exhausta y feliz, gracias a él, al fin podría dejar los recuerdos de los abusos atrás como parte de un pasado que ya no le pertenecía. Y que ahora en adelante, sabiendo reivindicada gracias a la memoria del hombre que siempre amaría, su vida ya no estaba arruinada como mujer en absoluto; pues ya no se tuvo éxito e indigna, ya le era tan ajeno. Esa noche Akiko Aoshika durmió tal y como estaba; satisfecha y tranquila. Inconsciente de las calamidades que abrieron paso al abrir esa puerta.