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El patrullaje de esa mañana no dista mucho de ser igual que los demás, salvo por la pequeña excepción de que Sougo, esta vez, sí le acompaña. Como de costumbre, sus charlas giran entorno al hecho de que el sádico chico no parece darle tregua, y es que el mocoso no se cansa de tirar por el retrete su tan preciada mayonesa.

Le insiste de mil maneras, pero o el niñato es sordo o es un tarugo total. Y, en realidad, se sabe de sobra la respuesta. Porque se niega a dar el brazo a torcer y ni siquiera si le pide que, por lo menos (y es gracioso que tenga que suplicarle, cuando él ha sacado de su propio bolsillo para comprar su sagrado alimento), le deje un pote, pero no hay caso.

Recuerda la razón de su inminente odio y, aunque le parece infantil, lo entiende. De todos modos, algunas veces podría al menos no ser tan cruel. Se ríe por pensarlo, es imposible que el mocoso no sea cruel, y lo ha sabido desde siempre, que es un jodido sádico.

Se rinde en su charla interna y también a seguir discutiendo con Okita. No hay mucho que hacer sobre eso, se dice. Opta por encender un cigarrillo, que por lo menos es lo único que no le ha quitado todavía.

Les toca pasar por el distrito Kabuki y siente en todo el cuerpo que algo va a ir mal, como siempre que estaban cerca de la fastidiosa Yorozuya. Pero el trabajo es trabajo y no hay mucho que hacerle. Avanza junto al capitán de la Primera División, a pie, porque no es opción usar el coche en compañía de Sougo. Ya muchas veces se ha escapado cuando él bajaba a comprar cigarrillos y no piensa seguir dándole esa ventaja.

Cuando deben pasar por el dichoso lugar de sus pesadillas, ve a la niñata maleducada a punto de salir junto a su enorme perro. Omite su existencia, porque si quiere salir vivo de allí es lo mejor que puede hacer.

Pero la suerte no está para él ese día, mucho menos si tiene a dos sádicos cerca.

—Toshi —le saluda, como siempre, con esa familiaridad que no tienen y ese tono que le avisa que tiene que huir si no quiere ser víctima de sus juegos.

Okita le mira y en sus ojos puede ver de nueva cuenta una advertencia: tiene que irse de allí.

—¡Oye, Toshi! —le llama de nuevo—. Maldito, te acabo de hablar

Hijikata sabe que la mejor es opción es irse, cuanto antes. Lo sabe, pero no puede negarse a esos ojos azules que no parecen ser de la misma persona que le está insultando de arriba a abajo.

—¿Qué quieres, mocosa?

Se detiene y detrás suyo también lo hace Sougo. No se siente como algo seguro, pero no se mueve de allí, de todos modos.

Los ojos de ella brillan, de manera distinta a cómo lo hacen cuando ve a Okita, a quien mira con algo más que desprecio. Él se tensa.

—Nada —responde, con fingido desinterés—. Solo quería que respondieras cuando te hablo.

Ella está por irse, pero Sougo le detiene con insultos dignos de un preescolar en toda regla y ella, en cambio, no voltea a verlo. Él suspira y enciende un nuevo cigarrillo (el séptimo en lo que va de la mañana), vuelve a retomar su camino pero se detiene cuando la ve volverse.

—Adiós, Toshi.

Es el mismo tono de siempre, confianzudo y burlesco, pero, aun así, sabe que es diferente a cómo trata a cualquiera que no sea un conocido muy cercano. Prefiere evitar pensar demasiado en ello y retoma su andar, Sougo no dice ni hace nada por el resto de ese día. Sin embargo, la mañana siguiente no tiene ni mayonesa ni cigarrillos y no los encuentra en ninguna tienda de la ciudad.

—Definitivamente la Yorozuya siempre trae problemas.